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HOMENAJE A BORGES

María Kodama  

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Fragmento

El 24 de agosto de 1899
nace en Buenos Aires

El 24 de agosto de 1899 nace en Buenos Aires, capital de la República Argentina, un niño. La Cruz del Sur a las puertas del laberinto señala hacia los cuatro puntos cardinales la extensión de ese laberinto trazado en su espacio infinito: la pampa. El niño recién nacido oye desde los brazos de una de sus abuelas sonidos que no comprende. El niño recién nacido siente que otros brazos lo sostienen y otros sonidos más ásperos y breves, que tampoco comprende, lo acarician. La inquietud por la diferencia se disipa con el contacto cálido y protector de los abrazos. El niño crece y comprende que esas son dos lenguas distintas: el inglés y el español.

Allí comienza el trazado de su camino que tercamente se bifurca en otro, que tercamente se bifurca en otro. Bifurcación que se dio en su vida, en la lengua, en el espacio, en el tiempo que marcará mucho más adelante la separación del amor y de la aventura de Europa, que marcará también la separación entre el mundo de sus lecturas y el real. En el prólogo de Evaristo Carriego dice1:

Yo creí, durante años, haberme criado en un suburbio de Buenos Aires, un suburbio de calles aventuradas y de ocasos visibles. Lo cierto es que me crié en un jardín, detrás de una verja con lanzas, y en una biblioteca de ilimitados libros ingleses. Palermo del cuchillo y de la guitarra andaba (me aseguran) por las esquinas.

Esa bifurcación que irá dibujando el mundo, lo llevará a escribir en el epílogo de El hacedor: “Poco antes de morir, descubre que ese paciente laberinto de líneas traza la imagen de su cara”2.

Trataremos de recorrer juntos ese laberinto trazado por Borges y de atisbar cuál es la imagen de su cara. Borges, complejo como un palimpsesto, es a la vez el forjador de sueños y el señor del laberinto, el bibliotecario de Babel y el que fundó míticamente Buenos Aires. Buenos Aires, su ciudad: ¿Qué es una ciudad? Una ciudad es el Aleph de Borges, contradicción y vértigo de imágenes, también un caleidoscopio de infinitas y cambiantes formas armoniosas, quizá es la más artificial y compleja creación del hombre para el hombre que pueda imaginarse. En ella se pone de manifiesto el complicado mecanismo de la mente humana. De la caverna que era sólo un refugio para protegerse de la intemperie, a través de un larguísimo proceso, el hombre traza, diseña y erige una ciudad para que satisfaga, también como la lámpara de Aladino, los más variados deseos de sus habitantes. Sin embargo, esa ciudad vista y cantada por los árabes como una mujer a la que aman y desean conquistar, se convertirá también en el espejo que mida la grandeza y la degradación de los hombres que la habitan.

Los griegos sentían el orgullo de pertenecer a la polis y muchos de sus filósofos y escritores poseían junto a su nombre el de su ciudad: Zenón de Eleas, Tales de Mileto.

Para los romanos, la ciudad debía tener el nombre secreto que encerraba la fuerza y la gloria de esa ciudad. El divulgarlo era terrible porque la dejaba indefensa, a merced de sus enemigos.

Para los pueblos bárbaros, la ciudad era objeto de supersticioso temor y trataban de evitarlas en sus marchas. Aún hoy los nombres de las ciudades evocan en la gente fantasías o recuerdos unidos a formas, colores, sabores, perfumes, y a la estrecha relación establecida para algunos desde la infancia a través de los libros o del arte.

Borges no podía escapar a esta fascinación y, desde su primer libro, la ciudad, su ciudad, Buenos Aires, está presente. Borges dice que Fervor de Buenos Aires, publicado en 1923, “prefigura todo lo que haría después”3 y agrega que entre las cosas que se proponía estaba “cantar un Buenos Aires de casas bajas y, hacia el poniente o hacia el Sur, de quintas con verjas”4: así leemos en el prólogo de la edición de 1974. En 1921 Borges vuelve

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