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HOY HE CONOCIDO A ALGUIEN

Milena Busquets  

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Fragmento

1

«Nos pasamos la vida entera acercándonos y tomando distancias, en un vaivén continuo, respecto a uno mismo, a nuestros amores, a cosas menos importantes», pensó Ginebra mientras esperaba que la clienta saliera del probador. «Un movimiento que se repite idéntico, primero una carrera hacia delante, a toda velocidad —siempre es a toda velocidad—, el vértigo, la cúspide de intensidad, y luego la marcha atrás, cuando la luz se ha apagado o la estamos apagando nosotros o la ha apagado otro dejándonos a oscuras; cuando aquello que nos parecía único, importantísimo, excepcional, pasa a ser un capítulo más de nuestra vida, algo, por otra parte, que le ha pasado a casi todo el mundo —esto le ha pasado a todo el mundo, no te preocupes—, que ha sido narrado en multitud de novelas y de películas, unos sentimientos que podemos considerar sin que nos importen demasiado, mirar de lejos, sentimientos en ocasiones ya apenas recordados. Tal vez persistan más los hechos, las frases, y uno empiece a olvidar lo que sintió —el vértigo, la puñalada, el sol inundando la habitación, el suelo abriéndose bajo los pies— en cuanto deja de sentirlo. Esto me pasó a mí, fue así, ocurrió de este modo. ¿O quizá no? ¿Hasta qué punto uno olvida o modifica los recuerdos —lo que sintió en un momento dado— precisamente para que se puedan convertir en esto, en recuerdos, temas de conversación, historias que ya no molestan, ni mueven nada, para estar siempre en el futuro, a la espera de lo que puede suceder, en la línea de salida, siempre con prisa, siempre impaciente por que algo ocurra, algo distinto, nuevo, definitivo, trepidante? Y siempre ocurre.»

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Ginebra tenía veintisiete años y sólo experimentaba nostalgia por el futuro y por lo que podía suceder, y todavía podía suceder todo. Era algo tan obvio que ni siquiera se lo planteaba. Le parecía un hecho irrefutable que su vida era un potencial casi ilimitado. Hay personas que viven en el pasado, personas —no demasiadas: los niños muy pequeños, los adultos cuando son intensamente felices— que viven en el presente y personas que viven en el futuro. O quizá todos estemos a ratos en un tiempo y a ratos en otro, según las circunstancias, o en dos a la vez, hasta el final en que, si hemos vivido lo suficiente, sólo nos quedamos definitivamente en uno, en el pasado. En el pasado de Ginebra había muchos amigos, un ex novio formal, algunos novietes y algunos muertos reales, relegados todos allí por diversas razones; personas que ya sólo existían como recuerdos muy lejanos (a menudo más vivos los muertos que los vivos), a las que raramente volvía y a las que apenas reconocía cuando se cruzaba casualmente con ellas en el presente. En el presente estaban sus padres muertos, su hermano vivo, algunos amigos, y muchos personajes en tránsito hacia el pasado, o acaso también hacia el futuro, o sólo de paso hacia ningún sitio.

—¿Qué te parece, Ginebra?

La señora salió del probador. Una mujer mayor, guapa. La expresión «todavía guapa» le parecía a Ginebra una impertinencia: había viejos y viejas guapísimos, pocos quizá, pero tampoco abundaban los jóvenes realmente guapos; la verdadera belleza (la de Grace Kelly, por ejemplo, entrando por la puerta en La ventana indiscreta y lanzando el abrigo encima del sofá), como la verdadera inteligencia (que ella sólo concebía unida a cierta dosis de bondad) eran cualidades poco frecuentes, excepcionales.

La señora Ofelia Verdi era una burguesa estirada, autoritaria y distante, un tipo de mujer que por lo general no despertaba muchas simpatías, pero que a Ginebra le hacía gracia, quizá porque le recordaba a su propia abuela o porque pensaba que ella nunca acabaría así. Según Ginebra, que siempre tenía teorías para

todo, la señora Verdi era una especie en vías de extinción. Aunque mediara una gran diferencia de edad entre ellas, y aunque el mundo en que nacieron las mujeres como la señora Verdi no tuviera nada que ver con el suyo (aunque en cierto modo fueran el mismo), Ginebra las reconocía al instante sin vacilar, y ellas a ella también, y la simpatía solía ser recíproca —dentro de lo que cabe en unas mujeres poco dadas a las muestras de simpatía o de afecto— e inmediata. Eran mujeres acostumbradas desde siempre a tenerlo todo, a mandar sin que nadie les replicara, a medir con precisión las distancias con los demás y a arrogarse un protagonismo absoluto, pero cuya vida había sido ya lo bastante larga para haberlo visto y quizá sufrido (aunque de esto último jamás se hablaba) casi todo, lo cual les permitía mirar el mundo desde lejos, con bastante mala leche y mucha ironía. Por lo general no consideraban necesario ser simpáticas ni bondadosas. De hecho, Ofelia decía que desde que la bondad se había puesto de moda, la vida social se había vuelto un aburrimiento y ya casi ni valía la pena montar cenas.

—La gente tiene pavor a pelearse hoy en día. En mi época nos encantaba. Supongo que éramos menos hipócritas y perezosos —exclamó en una ocasión.

—Tienes toda la razón —contestó Ginebra, muerta de risa—, los jóvenes de hoy en día sólo queremos ser felices.

—Mejor sería que os preocuparais menos por la felicidad y que madurarais antes, os ahorraríais muchos disgustos.

La señora Verdi era el tipo de cliente para el que le gustaba trabajar, aunque pensase que en realidad una mujer como aquélla no la necesitaba a ella para nada. Además eran amigas, o Ginebra creía que lo eran —Ofelia había sido amiga de la madre de Ginebra y la conocía a ella desde niña—, de modo que en más de una ocasión le había propuesto seguir haciendo lo que hacía —acompañarla de compras, opinar sobre lo que adquiría, pensar en ella cuando veía algo que le podía gustar, escucharla— sin cobrar, pero la señora Verdi se había negado siempre.

—Querida, muchas gracias, pero de eso ni hablar. Es tu trabajo y sé lo ocupada que estás y lo caro que es tu tiempo y las muchas personas a las que les dices que no. Un trabajo es un trabajo, no se hace gratis.

Ginebra era estilista, una de las pocas de la ciudad, y, pese a su juventud, una de las mejores. Su trabajo consistía tanto en elegir lo que se iban a poner las modelos en una sesión de fotos para una revista de moda, como en decidir la ropa que vestiría un ama de casa en un anuncio de detergentes, o en asesorar personalmente y por una cantidad considerable de dinero a hombres y mujeres que lo necesitasen y estuviesen dispuestos a pagar el precio. Decidir lo que iban a ponerse unas modelos —y lo que, por consiguiente, se acabarían poniendo la mayoría de mujeres— era divertido, pero trabajar directamente con gente concreta, disfrazarlos de aquello que en la vida real querían ser, descubrirles que podían ser incluso más, ser mejores o diferentes, o ser otros —algunos querían ser otros, aunque casi todos estaban encantados con ser quienes eran, o quienes creían ser—, transformarlos, o en ocasiones sólo interpretarlos, lograr que se sintieran atractivos y felices, le encantaba.

Ginebra había estudiado arquitectura, pero no llegó a licenciarse. Algún profesor había lamentado amargamente que decidiese al final dedicarse a su verdadera pasión, la moda, y abandonara una carrera para la que parecía tener talento. Su abuelo y después su madre habían sido arquitectos, y, un poco porque tenía facilidad para el dibujo y para organizar espacios, pero sobre todo por amor a ellos y como una especie de homenaje, y dado que obviamente su hermano no iba a seguir ese camino, empezó a estudiar arquitectura.

—Date la vuelta. Me gusta mucho, es precioso —dijo Ginebra.

La señora Verdi se estaba probando un largo abrigo de astracán negro, con cinturón, que contrastaba maravillosamente con su cabello pelirrojo, su tez blanquísima y sus ojitos azul pálido de malvada de película. Llevaba las uñas pintadas de un naranja rojizo, y los dedos huesudos, delgados, transparentes y afilados parecían garras. Por un instante, Ginebra los imaginó rasga ...