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HYDE

David Lozano  

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Fragmento

Índice

Portadilla

Índice

Cita

Prólogo

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31

Capítulo 32

Capítulo 33

Capítulo 34

Capítulo 35

Capítulo 36

Capítulo 37

Capítulo 38

Recibe antes que nadie historias como ésta

Capítulo 39

Capítulo 40

Capítulo 41

Epílogo

Agradecimientos

Sobre el autor

Créditos

Grupo Santillana

 

«Solo los malos pensamientos disfrutaban ya de mi intimidad; los más tenebrosos, los más perversos pensamientos».

El gato negro, Edgar Allan Poe

 

Pablo camina, paso a paso. Nota la humedad de la madrugada en su rostro. La oscuridad allí, en plena naturaleza, muestra esa noche tonalidades metálicas. Un escenario que encaja bien con su estado de ánimo.

Una noche para morir. Para terminar con todo.

El muchacho continúa por el sendero que lo aleja del campamento, en silencio. Avanza arrastrando los pies. No vuelve la vista atrás, ni siquiera presta atención a los sonidos procedentes de la espesura.

Ya nada importa. En su interior, la oscuridad es mucho mayor. No puede huir de ella, como tampoco puede huir de ellos. No hay salida. Y el amanecer queda tan lejos… pasarán horas hasta que adviertan su ausencia.

Y para entonces será demasiado tarde.

Las copas de los árboles se recortan contra el firmamento. El muchacho ha alzado el rostro, sus pupilas se pierden en un cielo sin estrellas.

Pablo ha llegado hasta la orilla del lago. La madera cruje ahora bajo su peso; se encuentra ya en el embarcadero, lo recorre lentamente. Esa senda de tablones que se asoma al pantano, más allá de la última tabla, conduce a la muerte.

No cabe otro desenlace. No a sus ojos.

Se sitúa al borde. Dedica unos minutos a contemplar su reflejo, el brillo de las aguas y ese vaivén tenue con el que golpean contra el muelle.

Tiene miedo.

No es capaz de mantener por más tiempo su propia mirada. Y, sin pronunciar palabra, salta.

Experimenta la frialdad del agua conforme su cuerpo se hunde. No grita, no chapotea, no hace ningún esfuerzo por intentar mantenerse a flote. Se ha rendido. Poco a poco desaparece de la superficie. Una de sus manos brota de repente, surge para extender sus dedos en un gesto de vacilación antes de ser tragada por las aguas definitivamente.

La serenidad vuelve entonces al lago, la noche se cierra sobre el paisaje como si nada hubiera sucedido.

Cerca, los compañeros duermen en el campamento.

CAPÍTULO 1

La portezuela del todoterreno acababa de cerrarse a su espalda provocando un chasquido. Hugo se giró desde su posición, unos metros más adelante, para ver cómo se alejaba el último de los dos vehículos que les habían conducido hasta la finca. Después, reanudó su inspección del escenario que los recibía. Sentía curiosidad aunque, al mismo tiempo, un inesperado titubeo ganaba fuerza en su interior. ¿Había hecho bien en aceptar?

¿No habría sido mejor pasar de todo aquel asunto?

Ahora que se encontraba allí y no había vuelta atrás, que todo estaba a punto de empezar, una sombría intuición comenzaba a dominarle. No supo explicarse lo que experimentaba en esos instantes, ni su detonante —nada había ocurrido desde que sus compañeros y él llegaran a aquel lugar—, pero no se trataba de una sensación agradable, sino todo lo contrario: una vaga intranquilidad, como si un sexto sentido le advirtiera de que se encontraba al borde del abismo.

¿Acaso corremos algún riesgo?

Se esforzó por apartar de su mente esos augurios. Achacó su inseguridad a los nervios y prefirió centrarse en el panorama que tenía ante sus ojos: frente a él se alzaba un imponente portón enrejado que interrumpía el trazado de un muro de cuatro metros de altura. Aquella muralla de piedra se extendía circundando un terreno de gran superficie.

—Ni que fuera una cárcel.

Hugo dio un respingo. Había reconocido la voz femenina que llegaba hasta él desde su izquierda. Orientó su mirada hasta encontrarse con la esbelta figura de Diana Marín. Ella lo observaba con sus ojos penetrantes, sin pestañear, su rostro dominado por la mueca de leve desprecio que dirigía siempre a todo lo que la rodeaba.

Era una chica difícil... pero estaba muy buena, un factor que a juicio de Hugo eclipsaba todo lo demás.

—No sabía que también participabas en el experimento —se limitó él a comentar.

No había exteriorizado ningún entusiasmo, aunque lo sentía. Diana, que mascaba chicle, detuvo el movimiento de sus mandíbulas para sonreír.

—He venido con el grupo del otro coche. ¿También aquí vas a espiarme? —se apartó un mechón rubio de la cara.

—¿Espiarte?

—He notado que en el instituto me miras bastante —seguía observándolo. Y seguía sin pestañear.

Hugo evitó manifestar interés hacia ella. Conocía ese perfil de chica. Si pretendía atraerla tendría que aparentar indiferencia, no debía caer en la provocación.

—Pues no es así. Seguro que tu ego acaba superándolo.

A ella la divirtió aquel giro en la conversación que, evidentemente, no esperaba.

—Vaya, a lo mejor eres menos vulgar de lo que suponía…

Hugo enarcó las cejas.

—¿Vulgar?

—Verás, esperaba encontrarte aquí: eres deportista y todo eso. Imaginé que leer no está entre tus aficiones. Y los chicos como tú suelen ser muy previsibles con las tías, ¿sabes? Suelen ser previsibles en todo. Me aburren.

A Hugo le molestaron aquellas palabras.

—Las niñas bien, superficiales y creídas, también son un perfil muy corriente.

Ella sonrió. Su compañero acababa de ganarse un punto en su particular sistema de calificación masculina.

—¿Superficial y creída? No me conoces…

—Es la imagen que das. A mí me basta.

—Bueno —ella comenzó a alejarse sin despedirse—, durante estos días tendremos ocasión de comprobar nuestras impresiones...

—Seguro.

Hugo la siguió con la vista antes de recuperar la atención sobre el portón de entrada a la finca. En el fondo, había quedado satisfecho tras la breve charla con su compañera: si Diana había captado que la miraba en clase (lo cual era cierto), si contaba con verle allí e incluso había construido una imagen de él —aunque fuera poco positiva—, había que concluir que su presencia en el instituto no pasaba desapercibida para ella. Diana estaba interesada en él. De alguna forma, su pretendido ataque acababa de ponerla en evidencia. Vaya sorpresa.

—¿Te gusto, Diana? —murmuró Hugo para sí mismo, ganando confianza—. Nunca sospeché que tuvieras sentimientos…

Sus reflexiones fueron interrumpidas por la voz del profesor Vidal, el docente del instituto que dirigiría el experimento durante aquella semana:

—¡Chicos! ¿Estamos todos? —el hombre contaba con una mano mientras con la otra sostenía en el aire una bolsa de deporte—: Hugo, Esther, Jacobo, Diana, Álvaro, Cristian, Andrea y Héctor. Perfecto, coged vuestras cosas y entremos ya, ¡no hay tiempo que perder! ¿Alguien no me ha entregado aún la autorización de sus padres?

El profesor era un tipo alto y grueso, de andares nerviosos, que rondaba los cincuenta años. Solía llevar su escaso pelo enmarañado y las gafas de pasta que jamás se quitaba —ni limpiaba— le daban un permanente aire de ensimismamiento. Embutido en un apretado traje gris, acababa de activar por control remoto la apertura del acceso a la finca, cuyas hojas comenzaron a retroceder hacia el interior con un crujido. Lo que quedó ante los ojos de los recién llegados fue un camino empedrado flanqueado de árboles, una senda que serpenteaba hasta perderse en una zona boscosa tras describir un meandro muy pronunciado. No se veía ninguna construcción, ni siquiera entre las copas de los árboles, lo que confirmaba la impresión del vasto tamaño de aquella propiedad.

—¡Despedíos del exterior! —advirtió Vidal mientras iniciaba la marcha—. Tardaréis una semana en volver a pisarlo. ¡Abandonamos la civilización!

Se le veía emocionado, desde luego mucho más que a los jóvenes participantes en aquel proyecto, quienes a sus diecisiete años —excepto Jacobo, un repetidor que había cumplido los dieciocho— mostraban la típica apatía ante una novedad poco prometedora. Lo único que había convencido a los estudiantes para embarcarse en aquella iniciativa era que se perderían una semana de clases.

Hugo obedeció la instrucción de Vidal. Sus retinas archivaron todo lo que quedaba ante él: distinguió la carretera, los tramos de vegetación, el coche estacionado del profesor, los destellos anaranjados del atardecer. Sin motivo, procuraba grabar en su memoria cada detalle de aquel paisaje, como un condenado a cadena perpetua que recorre los últimos metros de libertad que lo separan de su celda.

El dramatismo con que estaba viviendo esa llegada era absurdo, pero no lograba evitarlo. La intuición que había brotado en su interior minutos antes —te estás equivocando, lárgate mientras puedas— resurgía.

Nunca le había ocurrido nada parecido. ¿Qué despertaba en él ese nerviosismo?

Hugo fue el último en atravesar el umbral de la finca, después de enviar un par de mensajes con el móvil. Tras él, el acceso volvió a cerrarse, apartándolos del mundo.

Todavía no eran conscientes del auténtico aislamiento al que iban a someterse. Daba igual; hubiera sido tarde para arrepentirse. Demasiado tarde.

 

 

Sueño 1

 

Hugo avanzaba a cámara lenta. Ante él se extendía un corredor en penumbra a cuyos lados las puertas se sucedían, todas idénticas, hacia un final que se perdía en la distancia.

Intentaba frenar, detenerse, algo monstruoso le aguardaba tras alguno de aquellos accesos. Era inútil, sus pies seguían conduciéndole hacia delante.

Hugo se veía a sí mismo abriendo cada una de las puertas. Los extraños interiores de las habitaciones quedaban entonces ante su vista, espacios vacíos y húmedos en los que aún aleteaba la respiración de presencias recientes. Presencias hostiles que le buscaban.

El eco de un gruñido brotó en ese momento. Algo hambriento le había detectado desde una de las dependencias que iban quedando junto a él.

CAPÍTULO 2

En cuanto los agentes forzaron la puerta del piso, llegó hasta ellos una oleada nauseabunda que se expandió con rapidez por toda la escalera. El inspector Esteban Lázaro apartó su rostro bronceado mientras reprimía una arcada. Se cubrió la nariz y la boca con una mano, procurando reponerse del impacto.

Aquello no era Diógenes, era algo mucho peor: el inconfundible hedor a muerto, que quedaba grabado en la memoria para siempre. Nada olía igual.

El inspector no necesitaba entrar en el piso para confirmar la sospecha de los vecinos:

—Aquí hay un fiambre —comentó a sus subordinados—. Seguro.

Dio la orden.

Los policías entraron a continuación para descubrir a los pocos minutos el origen de esa peste que ya había contaminado el patio de la casa alertando a los residentes. Lázaro, vestido con un impecable traje gris, avanzó sin prisa por el pasillo de aquel apartamento hasta llegar a un despacho donde los agentes comenzaban a recoger indicios.

Allí estaba el cadáver. Sentado aún sobre su silla, ante el escritorio. Así había sorprendido la muerte a aquel tipo. Su figura permanecía inclinada hacia delante, la cabeza quieta sobre el teclado del ordenador. Los brazos colgaban a ambos lados del cuerpo, medio apoyados encima de la mesa. El inspector imaginó su balanceo mientras ese sujeto agonizaba.

A la víctima, un hombre de unos treinta y cinco años, le habían rajado el cuello con un arma blanca, seccionándole la yugular. La sangre había manado en abundancia del corte, inundando el teclado y toda la mesa, que ahora mostraba una enorme mancha oscura, la huella vieja de un charco que se había extendido hasta resbalar por los cajones como una cascada. En el suelo había más fluido seco.

—Mira —Lázaro se giró al escuchar al detective Millán, su compañero, que se había acercado y ahora le enseñaba una bolsa de plástico con un cuchillo manchado en su interior—. El arma del crimen. Veinte centímetros de hoja. El asesino no se molestó mucho en esconderlo. Estaba en el suelo.

—¿Para qué iba a llevárselo? Demasiado comprometedor. Apuesto a que no encontraremos ninguna huella en él.

El detective Millán se encogió de hombros.

—Supongo.

Joven e inquieto, aquel policía ofrecía el aspecto informal de siempre: vaqueros, camisa por fuera del pantalón, zapatillas y una barba de varios días que quedaba bien en su rostro de facciones marcadas. Esteban Lázaro volvió a centrar su atención en la escena del crimen.

El cadáver permanecía con los ojos muy abiertos. Era una estupidez, pero el inspector imaginó que aquel tipo había muerto atento a una tecla concreta, tal vez la inicial del nombre de su asesino. A lo mejor su debilidad extrema le había impedido pulsarla antes de morir. Lázaro aproximó su propio semblante cubierto con un pañuelo, e intentó seguir la dirección de aquellas pupilas fijas que quizá ocultaban un último mensaje.

—La «k», la «l», la «m»…

No consiguió determinar hacia qué letra miraban exactamente.

Se apartó para dejar trabajar a los demás agentes. Los fogonazos de los flashes provocaban un baile de sombras que parecía agitar el escenario, aunque hacía días que nada se movía allí.

Unas manos enguantadas alzaron entonces, con delicadeza, la cabeza de la víctima. En la piel del rostro se dibujaban las marcas de las teclas. Nuevas fotos. La camisa empapada, rígida por la sangre seca, y la brecha en el cuello con restos coagulados que se amontonaban en su contorno, quedaron a la vista de todos.

—Una lesión muy profunda —valoró Millán, aún con la bolsa de plástico en una mano—. ¿El agresor tenía mucha fuerza?

El policía insinuaba una autoría masculina. Esteban le pidió que levantara la bolsa para fijarse una vez más en el arma del crimen.

—No necesariamente —respondió—. Con un instrumento tan afilado, un corte así no requiere especial energía; solo un tajo decidido.

—Quien hizo esto no vaciló.

Lázaro estuvo de acuerdo. Por otra parte, había sido fácil pillar a la víctima desprevenida, pues la puerta del despacho se encontraba a su espalda. O el asesino ya se encontraba en la casa, o —si es que no disponía de llaves— se había encontrado la entrada del piso abierta.

Reflexionó. ¿Qué se ocultaba detrás de aquella agresión tan violenta? ¿Rabia, locura? ¿Un ajuste de cuentas, tal vez? O a lo mejor nada de todo eso; simplemente, una resolución fría y calculadora. Una ejecución.

El detective recorrió con la vista la trayectoria que la sangre había seguido desde el cuerpo. Algunas salpicaduras delataban el impacto de la cuchillada, los movimientos convulsos de la víctima. Aquel tipo se había desplomado hacia delante en poco tiempo y la sangre había continuado brotando hasta precipitarse —Lázaro acababa de darse cuenta— sobre el ordenador. Eso no era una buena noticia.

—¿Estaría encendido? —se preguntó en voz alta.

—Seguro —Millán señaló una luz parpadeante que guiñaba desde el marco del monitor—. Si la pantalla lo estaba...

—Ojalá podamos recuperar la información del disco duro. Eso siempre ayuda a atar cabos.

—No te hagas demasiadas ilusiones, fíjate cómo ha quedado el equipo. ¿Empezamos a tomar declaración a los vecinos?

Esteban Lázaro suspiró.

—Adelante. Y avisadme en cuanto llegue el forense.

 

 

Hugo se había mantenido separado del resto del grupo conforme avanzaban por el terreno de la finca. El edificio que surgió ante sus ojos tras aquella caminata de casi veinte minutos era un caserón inmenso, con su torreón y los muros de piedra cubiertos de musgo. La fachada mostraba hileras de ventanales con venecianas de madera y en el extremo derecho se erguía la torre, de cinco alturas.

No tardaron en atravesar los umbrales de aquel edificio. Se encontraron con un escenario decadente: el vestíbulo, amplio y vacío, comunicaba con pasillos de paredes tapizadas con telas cuyo color había devorado el tiempo. Los muebles se veían viejos y algunas alfombras cubrían tramos de un rechinante suelo de madera que también había conocido épocas mejores. El techo abovedado de algunos corredores mostraba desconchones y grietas en la pintura.

A pesar de todo, la casa les gustó y las instalaciones importantes, como la cocina y los baños, se mantenían en buen estado. Alguien había encendido la calefacción horas antes y la temperatura en el interior del edificio era agradable.

El profesor Vidal lo tenía todo muy bien planificado, así que en pocos minutos los jóvenes participantes en el experimento habían tenido ocasión de dejar sus pertenencias en sus respectivas habitaciones de la segunda planta y el grupo completo se encontraba ya en uno de los amplios salones de la residencia.

Aguardaban impacientes una explicación al proceso de selección que habían protagonizado en el instituto y que había culminado con su presencia allí. Eran, de alguna forma, los elegidos. Pero nadie sabía con certeza para qué; tan solo se les había comunicado que el proyecto tenía que ver con los hábitos de lectura.

Hugo, el más atlético de los presentes, aprovechó esos minutos de espera para fijarse en el resto de los implicados en el experimento. Aparte de Diana, la pija hostil, había superado los tests Cristian Collado. Era un compañero de otra clase, pelirrojo, de baja estatura, huesudo y de flequillo muy largo que se apartaba regularmente de la frente mediante unos soplidos muy característicos. Conocido como el «salido» de la promoción, se pasaba el día haciendo comentarios sexuales y rascándose sin pudor los lugares más insospechados del cuerpo. Sus ojillos paseaban nerviosos por la estancia, atentos a cada rincón, pero sobre todo a las chicas. Para variar.

También estaba Álvaro, que le saludó con un gesto de cabeza al descubrir su mirada. Le caía bien. Alto, delgado y de amplia espalda, vestía con su particular estilo: foulard gris al cuello, abrigo y un sombrero negro bajo el que sobresalían unos mechones de flequillo que ocultaban sus ojos vivos, que no perdían detalle. Se le notaba emocionado con la casa. En el instituto se había ganado fama de ir a su rollo, hasta el punto de que circulaban rumores sobre él que ni se molestaba en desmentir. Nunca mostraba interés en lo que atraía a sus compañeros, salvo los idiomas y el dibujo, disciplinas en las que destacaba. Por lo visto, era un maestro de los videojuegos violentos. Aunque pocos conocían a Álvaro realmente. Hugo siempre había intuido que aquella actitud suya tan poco abierta no era hermetismo, sino ausencia; el modo en que pasaba desapercibido aquel chico tenía un aire de huida. Álvaro no se sentía cómodo en el instituto y se ocultaba en su propio refugio, un mundo más allá de las clases y los compañeros que a Hugo le habría gustado conocer. El horario escolar era para Álvaro un simple paréntesis que se abría en medio de su vida real, a la que retornaba en cuanto sonaba el timbre de la última clase. Era un tío distinto. Y ahora estaba allí, con los demás. Hugo decidió aprovechar esos días para intentar conocerle mejor.

Cerca de él se encontraba Jacobo Hernández, el repetidor, que a sus dieciocho años mostraba ya la corpulencia del adulto. De rasgos duros, arrastraba un largo historial de ligues y rupturas con alumnas del instituto, turbulenta trayectoria que le había granjeado fama de seductor. La incipiente barba y unos ojos de un azul intenso hacían estragos entre sus compañeras. A menudo faltaba a clase y se rumoreaba que el motivo de sus ausencias eran las borracheras. «No viene a clase porque no se tiene en pie», murmuraban algunos, alimentando su reputación. El hecho de que Jacobo nunca fuera a terminar los estudios, algo que nadie dudaba, no impedía sin embargo su éxito con las chicas. El atractivo de los rebeldes, había deducido Hugo hacía tiempo con cierto resentimiento. A ellas les encanta liarse con tipos enfrentados al mundo.

Junto a Jacobo permanecía sentada Andrea, la hippy, con su pañuelo palestino al cuello, las rastas y esa mirada entre absorta y confusa —boca entreabierta incluida—, secuela de una dosis diaria de marihuana. Hugo dedujo que su compañera habría decidido celebrar el comienzo del experimento fumándose algunos porros antes de viajar. Su ritmo vital parecía funcionar con efecto retardado; cualquier estímulo provocaba en ella reacciones a destiempo.

También habían invitado a Héctor Mainar, un compañero pálido y desconfiado cuya timidez rozaba lo enfermizo, hasta el punto de que nadie sabía nada de él después de varios años en el mismo instituto. Durante las clases permanecía mudo e inmóvil como una estatua, era incapaz de intervenir en público sin tartamudear y enrojecer. Pasaba los recreos solo, en un rincón, con los auriculares puestos (a saber qué música escuchaba) mientras devoraba su almuerzo. Nunca había mostrado el menor interés en hacer amigos. Era un alumno invisible, una sombra que jamás se apuntaba a las excursiones ni a las actividades extraescolares. Al contrario que Álvaro, Héctor no podía escudarse en una personalidad fuerte.

Hugo pensó que aquel chico lo iba a pasar mal, obligado a convivir con los demás durante una semana. No estaba preparado para eso… ¿cómo lo habían incluido en el experimento?

Por último se encontraba allí Esther, una estudiante de otra clase, famosa por su obsesión con la moda y la estética en general. Cada mañana aparecía en su aula luciendo —tenía buen tipo— un modelito distinto y con una capa de maquillaje de al menos medio centímetro de profundidad en la cara. Una de las leyendas que circulaban en el instituto sobre ella era que nadie había logrado ver nunca su verdadero rostro. Otra, que una compañera había intentado darle una bofetada durante una discusión y la mano agresora se había hundido en el sustrato de pote hasta desaparecer (¡sin llegar a tocar nada sólido!). E incluso había quien afirmaba que, en realidad, Esther se había quemado la cara en un incendio y ocultaba un semblante deforme. Los góticos del instituto, por su parte, defendían abiertamente que no tenía rostro, solo un molde que se quitaba para dormir. Ninguno de aquellos rumores, en cualquier caso, había hecho mella en los hábitos estéticos que Esther exhibía cada mañana. Ella menospreciaba a muchos de sus compañeros aunque, eso sí, se contaba entre las conquistas más recientes de Jacobo.

Hugo nunca había hablado con ella. Advirtió entonces lo incomprensible del grupo de estudiantes que constituían: una adicta al maquillaje, un tímido patológico, una hippy demasiado aficionada a la hierba, un oscuro experto en videojuegos violentos, un repetidor borracho, un obseso sexual, una pija que despreciaba a todos y él mismo, demasiado centrado —tuvo que reconocerlo— en el deporte, una fijación que le llevaba incluso a controlar en exceso su alimentación.

Vaya equipo. ¿De verdad habían superado todos ellos unas pruebas sobre lectura? ¿De qué iba aquel experimento?

El profesor apareció en ese momento. Los estudiantes lo observaron moverse con torpeza hasta un sillón que alguien había colocado frente a los asientos de ellos. Se recolocó las gafas de pasta, que le resbalaban por la nariz grasienta.

—Buenas tardes —saludó, con una carpeta entre las manos, acomodándose—. ¿Todo en orden? ¿Alguien ha tenido algún problema con las habitaciones?

Nadie emitió ninguna queja excepto Cristian, que acababa de comprobar que en la sala no había cobertura.

—Algún inconveniente debía de tener esta impresionante casa, ¿no? —contestó el profesor—. Bueno —su tono se volvió solemne—, ha llegado el momento de comenzar. ¿Preparados?

Tomó aire, como si lo que se propusiese comentar fuera muy serio.

Y empezó a hablar.

 

 

Sueño 2

Es sangre.

Un charco de sangre oscura que empapa el suelo sobre el que descansan sus pies desnudos. Hugo nota la caricia turbia de ese fluido.

Frente a él se extiende la sucesión infinita de puertas.

Hugo ha regresado al escenario de sus sueños. Lo reconoce. Del charco nace un reguero que resbala hacia delante, el rastro de un cuerpo herido que se pierde por el corredor.

Quiere huir, pero no puede. La sangre lo inunda todo a su alrededor, le guía hacia el horror que le aguarda más allá de la última puerta.

CAPÍTULO 3

—Nuestro fiambre ya tiene nombre —el detective Millán mostraba una cartera de cuero marrón—. Darío Querol. Treinta y seis años.

—¿Sabemos a qué se dedicaba? —Lázaro siempre había pensado que la profesión dice más de las personas que su edad o su indumentaria.

—Hemos encontrado varias tarjetas profesionales suyas —respondió el detective—. Por lo visto, debe de ser un publicista bastante bueno, me suena la empresa para la que trabaja: Premium.

—Un publicista… qué curioso. No se trata de un sector conflictivo.

—La gente a veces oculta una doble vida.

—Casi siempre, Millán —el inspector dirigió la mirada hacia la parte del piso que se veía desde la puerta del despacho—. Lo que está claro es que a este tipo le iba bien: muebles de los buenos, ropa cara... ¿habéis averiguado algo más durante el registro?

Su compañero negó con la cabeza.

—Todo normal: la casa está ordenada y limpia aparte de la escena del crimen. Hemos encontrado dinero y equipos informáticos de alta gama, así que hay que descartar el móvil del robo.

—En ningún momento me lo había planteado.

A Millán le sorprendió aquella certeza.

—¿Tan seguro estabas?

—Quienquiera que cometió el crimen sabía que su víctima estaría en casa, Millán. Lo más probable, ya que la puerta del piso no está forzada, es que incluso hubieran quedado en verse aquí.

—Es posible.

—Un joven empresario de éxito no es un perfil hogareño —respondió el detective—. Supongo que se pasaría todo el día en la agencia, inmerso en sus proyectos y con comidas y cenas de trabajo. No debía de pisar esta casa más que para dormir, de ahí que todo esté tan ordenado. ¿Crees que un ladrón que dispone de todo el día para entrar a robar en un piso escogería justo el único momento en que su propietario se encuentra dentro? No, Millán. La persona que acudió a esta casa, si es que no estaba ya en ella, vino expresamente a matar a Darío Querol. Llegó, cumplió su objetivo y se largó.

—Buena argumentación.

Esteban se quitó mérito con un gesto.

—La pregunta que ahora tenemos que hacernos es: ¿qué motivo puede llevar a alguien a acabar con un individuo como Querol?

—A lo mejor estaba metido en líos de drogas… —aventuró Millán.

—En tal caso, nuestra víctima parece ser de los que pagan. Y a esos no se los cargan.

—¿Y si su dinero procede del narcotráfico?

Esteban rechazó aquella hipótesis.

—Lo dudo. El estilo de los que se enriquecen con la droga es inconfundible y esta casa está diseñada con buen gusto, sin incurrir en el exceso. No, nuestra víctima no se movía en esos ambientes.

—¿Entonces? ¿Un crimen pasional? Eso justificaría su fácil acceso a la casa y la ausencia de robo…

—Si el móvil del crimen fuera de esa naturaleza —meditó Esteban—, su autor o autora no se habría limitado a un tajo tan limpio. Se habría ensañado, le hubiera asestado treinta, cuarenta puñaladas. Se habría dejado llevar por la rabia. Sin embargo, la persona que asesinó a Querol no perdió en ningún momento la calma. Ejecutó su cometido y se marchó.

Millán resopló.

—Qué frialdad…

—No le tembló el pulso al empuñar el cuchillo. Y por eso mismo no encontraremos huellas. Quien no se pone nervioso comete menos errores.

—¿Pero los comete?

El inspector Lázaro se alisó el traje.

—Los comete, sí. Porque se confía. Eso hemos de esperar, en algo habrá tenido que equivocarse…

Así lo deseaba. Intuía que se enfrentaban a un caso difícil.

 

 

—Los móviles no os servirán de nada aquí —afirmó el profesor Vidal, mirando a Cristian—. Ni en esta sala ni en cualquier otro lugar de la finca. Olvidaos de ellos. Se han instalado incluso inhibidores de frecuencia para garantizar el aislamiento. Es vital, para el éxito del experimento, que durante esta semana os veáis libres de los estímulos del exterior.

—¿Insinúa que durante toda la semana no podremos contactar con nadie de fuera? —Jacobo ya estaba asediando a una nueva compañera de clase y nece ...