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HYDE

David Lozano  

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Fragmento

Índice

Portadilla

Índice

Cita

Prólogo

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31

Capítulo 32

Capítulo 33

Capítulo 34

Capítulo 35

Capítulo 36

Capítulo 37

Capítulo 38

Capítulo 39

Capítulo 40

Capítulo 41

Epílogo

Agradecimientos

Sobre el autor

Créditos

Grupo Santillana

 

«Solo los malos pensamientos disfrutaban ya de mi intimidad; los más tenebrosos, los más perversos pensamientos».

El gato negro, Edgar Allan Poe

 

Pablo camina, paso a paso. Nota la humedad de la madrugada en su rostro. La oscuridad allí, en plena naturaleza, muestra esa noche tonalidades metálicas. Un escenario que encaja bien con su estado de ánimo.

Una noche para morir. Para terminar con todo.

El muchacho continúa por el sendero que lo aleja del campamento, en silencio. Avanza arrastrando los pies. No vuelve la vista atrás, ni siquiera presta atención a los sonidos procedentes de la espesura.

Ya nada importa. En su interior, la oscuridad es mucho mayor. No puede huir de ella, como tampoco puede huir de ellos. No hay salida. Y el amanecer queda tan lejos… pasarán horas hasta que adviertan su ausencia.

Y para entonces será demasiado tarde.

Las copas de los árboles se recortan contra el firmamento. El muchacho ha alzado el rostro, sus pupilas se pierden en un cielo sin estrellas.

Pablo ha llegado hasta la orilla del lago. La madera cruje ahora bajo su peso; se encuentra ya en el embarcadero, lo recorre lentamente. Esa senda de tablones que se asoma al pantano, más allá de la última tabla, conduce a la muerte.

No cabe otro desenlace. No a sus ojos.

Se sitúa al borde. Dedica unos minutos a contemplar su reflejo, el brillo de las aguas y ese vaivén tenue con el que golpean contra el muelle.

Tiene miedo.

No es capaz de mantener por más tiempo su propia mirada. Y, sin pronunciar palabra, salta.

Experimenta la frialdad del agua conforme su cuerpo se hunde. No grita, no chapotea, no hace ningún esfuerzo por intentar mantenerse a flote. Se ha rendido. Poco a poco desaparece de la superficie. Una de sus manos brota de repente, surge para extender sus dedos en un gesto de vacilación antes de ser tragada por las aguas definitivamente.

La serenidad vuelve entonces al lago, la noche se cierra sobre el paisaje como si nada hubiera sucedido.

Cerca, los compañeros duermen en el campamento.

CAPÍTULO 1

La portezuela del todoterreno acababa de cerrarse a su espalda provocando un chasquido. Hugo se giró desde su posición, unos metros más adelante, para ver cómo se alejaba el último de los dos vehículos que les habían conducido hasta la finca. Después, reanudó su inspección del escenario que los recibía. Sentía curiosidad aunque, al mismo tiempo, un inesperado titubeo ganaba fuerza en su interior. ¿Había hecho bien en aceptar?

¿No habría sido mejor pasar de todo aquel asunto?

Ahora que se encontraba allí y no había vuelta atrás, que todo estaba a punto de empezar, una sombría intuición comenzaba a dominarle. No supo explicarse lo que experimentaba en esos instantes, ni su detonante —nada había ocurrido desde que sus compañeros y él llegaran a aquel lugar—, pero no se trataba de una sensación agradable, sino todo lo contrario: una vaga intranquilidad, como si un sexto sentido le advirtiera de que se encontraba al borde del abismo.

¿Acaso corremos algún riesgo?

Se esforzó por apartar de su mente esos augurios. Achacó su inseguridad a los nervios y prefirió centrarse en el panorama que tenía ante sus ojos: frente a él se alzaba un imponente portón enrejado que interrumpía el trazado de un muro de cuatro metros de altura. Aquella muralla de piedra se extendía circundando un terreno de gran superficie.

—Ni que fuera una cárcel.

Hugo dio un respingo. Había reconocido la voz femenina que llegaba hasta él desde su izquierda. Orientó su mirada hasta encontrarse con la esbelta figura de Diana Marín. Ella lo observaba con sus ojos penetrantes, sin pestañear, su rostro dominado por la mueca de leve desprecio que dirigía siempre a todo lo que la rodeaba.

Era una chica difícil... pero estaba muy buena, un factor que a juicio de Hugo eclipsaba todo lo demás.

—No sabía que también participabas en el experimento —se limitó él a comentar.

No había exteriorizado ningún entusiasmo, aunque lo sentía. Diana, que mascaba chicle, detuvo el movimiento de sus mandíbulas para sonreír.

—He venido con el grupo del otro coche. ¿También aquí vas a espiarme? —se apartó un mechón rubio de la cara.

—¿Espiarte?

—He notado que en el instituto me miras bastante —seguía observándolo. Y seguía sin pestañear.

Hugo evitó manifestar interés hacia ella. Conocía ese perfil de chica. Si pretendía atraerla tendría que aparentar indiferencia, no debía caer en la provocación.

—Pues no es así. Seguro que tu ego acaba superándolo.

A ella la divirtió aquel giro en la conversación que, evidentemente, no esperaba.

—Vaya, a lo mejor eres menos vulgar de lo que suponía…

Hugo enarcó las cejas.

—¿Vulgar?

—Verás, esperaba encontrarte aquí: eres deportista y todo eso. Imaginé que leer no está entre tus aficiones. Y los chicos como tú suelen ser muy previsibles con las tías, ¿sabes? Suelen ser previsibles en todo. Me aburren.

A Hugo le molestaron aquellas palabras.

—Las niñas bien, superficiales y creídas, también son un perfil muy corriente.

Ella sonrió. Su compañero acababa de ganarse un punto en su particular sistema de calificación masculina.

—¿Superficial y creída? No me conoces…

—Es la imagen que das. A mí me basta.

—Bueno —ella comenzó a alejarse sin despedirse—, durante estos días tendremos ocasión de comprobar nuestras impresiones...

—Seguro.

Hugo la siguió con la vista antes de recuperar la atención sobre el portón de entrada a la finca. En el fondo, había quedado satisfecho tras la breve charla con su compañera: si Diana había captado que la miraba en clase (lo cual era cierto), si contaba con verle allí e incluso había construido una imagen de él —aunque fuera poco positiva—, había que concluir que su presencia en el instituto no pasaba desapercibida para ella. Diana estaba interesad

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