Loading...

IMPERFECTOS

Cecelia Ahern  

0


Fragmento

Créditos

Título original: Flawed

Traducción: Francisco Pérez Navarro

1.ª edición: octubre 2016

© Cecelia Ahern 2016

www.cecelia-ahern.com

© Ediciones B, S. A., 2016

para el sello B de Blok

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)

www.edicionesb.com

ISBN DIGITAL: 978-84-9069-542-5

Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidasen el ordenamiento jurídico, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.

Contenido

Portadilla

Créditos

Dedicatoria

Recibe antes que nadie historias como ésta

Definición

1

2

3

4

5

6

7

8

9

10

11

12

13

14

15

16

17

18

19

20

21

22

23

24

25

26

27

28

29

30

31

32

33

34

35

36

37

38

39

40

41

42

43

44

45

46

47

48

49

50

51

52

53

54

55

56

57

58

59

60

61

62

63

64

65

66

Agradecimientos

Dedicatoria

Para ti, papá

Definición

IMPERFECTO: incorrecto, defectuoso, sucio, dañado, distorsionado, endeble, débil, deficiente, incompleto, inválido.

(Referido a persona): tener debilidad de carácter.

1

1

Soy una chica de definiciones, de lógica, de blanco y negro.

Recuérdalo.

2

2

Nunca confíes en un hombre que se sienta a la cabecera de una mesa en casa de otro hombre sin que se le haya invitado expresamente a que lo haga.

No son palabras mías. Son palabras de mi abuelo Cornelius, y la consecuencia al pronunciarlas fue verse relegado al extremo más alejado de la mesa y a no poder recuperar su lugar en un futuro próximo. El problema no fue exactamente lo que dijo, sino a quién se lo dijo. Al juez Crevan, uno de los hombres más importantes del país y que, a pesar del comentario de mi abuelo el año pasado, vuelve a sentarse a la cabecera de nuestra mesa en la comida anual del Día de la Tierra.

Papá volvió de la cocina con una botella de vino tinto y descubrió que le habían usurpado su sitio habitual. Me di cuenta de que se sentía desplazado, pero como se trataba del juez Crevan, se limitó a manosear nerviosamente el abridor mientras pensaba qué hacer. Terminó sentándose junto a mamá en el extremo opuesto, allí donde debería estar el juez.

Mamá está nerviosa, lo sé porque se comporta de la forma más exquisita posible. No tiene un solo pelo fuera de lugar en su perfectamente cuidada cabellera rubia, que lleva recogida en un moño tan elaboradamente retorcido como solo ella es capaz de hacer. Seguro que para llegar a la nuca se disloca ambos hombros. Su piel brilla tanto que se diría que es de porcelana; su maquillaje es inmaculado; su vestido azulado de encaje combina a la perfección con el azul de sus ojos, y sus brazos están perfectamente tonificados.

Para ser sincera, mi madre es ese tipo de belleza que la gente asocia con las modelos publicitarias más solicitadas. Quizá se deba a que realmente lo es. A pesar de haber tenido tres hijos, su cuerpo es tan perfecto como creo que siempre lo fue. Aunque sospecho, mejor dicho, sé, que, como la mayoría, ha contado con ayuda para mantenerlo así. La única forma de saber si mamá ha tenido un mal día o una mala semana es verla llegar a casa con las mejillas sonrosadas, los labios carnosos, la frente tersa o los ojos menos cansados. Alterar su aspecto es su forma de levantarse el ánimo. Suele ser muy puntillosa con su aspecto y, tras echar un rápido vistazo a la gente, es por este por lo que la juzga. Se siente incómoda cuando algo es menos que perfecto; un diente torcido, una doble papada o una nariz desproporcionada, hacen que cuestione a esa persona, que desconfíe de ella. No es la única, claro, la mayoría de la gente piensa exactamente igual aunque no lo reconozca. Mi madre nunca intentaría vender un coche sin lavarlo primero y dejarlo reluciente. Y aplica la misma regla a todo el mundo. Si eres indolente con tu aspecto, también lo serás con tu interior. Yo también soy una perfeccionista, pero no con el aspecto físico, sino con el lenguaje y la conducta, lo que pone de los nervios a mi hermana Juniper, la persona más indefinida que conozco. Aunque es definidamente indefinida, eso se lo concedo.

Observo el nervioso comportamiento de mi familia con una sensación de vanidosa satisfacción, porque yo no siento ni una pizca de tensión. La verdad es que me divierto. Para mí, el juez Crevan es, sencillamente, Bosco, el padre de Art, mi novio. Voy casi todos los días a su casa y comparto vacaciones con él, asisto a muchas de sus fiestas familiares y lo conozco mejor que mis padres y la mayoría de la gente. He visto a Bosco a primera hora de la mañana, con el pelo enmarañado y restos de pasta dentífrica en los labios; lo he visto en mitad de la noche, deambulando soñoliento en bóxers y calcetines —siempre duerme con calcetines— hasta el cuarto de baño o hasta la cocina para beberse un vaso de agua; lo he visto tumbado en el sofá, borracho, con la boca abierta y rascándose la entrepierna; lo he visto en un karaoke, bailando pasado de copas o cantando desafinadamente. He metido palomitas de maíz debajo de su camiseta, o la punta de sus dedos en un bol de agua templada mientras dormía para que sintiera ganas de orinar. Lo he oído vomitar en medio de la noche, roncar, lloriquear y hasta he olido sus pedos. No puedes tenerle miedo a alguien cuando has convivido tanto con él y conoces su lado humano.

No obstante, mi familia —y el resto del país— lo ven como una persona terrible a la que venerar, incluso temer. Yo lo comparo con uno de esos jueces de los concursos televisivos de nuevos talentos, un personaje caricaturesco siempre a un paso de ser abucheado. Disfruto imitándolo para diversión de Art. Se retuerce de risa mientras paseo arriba y abajo imitando a Bosco en «modo juez», con una capa improvisada alrededor del cuello, frunciendo el ceño y señalándolo todo con el dedo. A Bosco le encanta señalar con el dedo cuando se encuentra frente a una cámara. Estoy convencida de que el papel de juez temible, por importante que sea, no es más que una actuación y no tiene nada que ver con su verdadero yo.

Bosco, conocido por todo el mundo como el juez Crevan, excepto para Art y para mí, es el juez principal de un comité llamado Tribunal. El Tribunal, creado como una solución temporal para investigar públicamente ciertos crímenes, es ahora una comisión permanente que supervisa el interrogatorio de individuos acusados de ser imperfectos. Los imperfectos son ciudadanos normales que han cometido graves errores sociales de tipo ético o moral.

Nunca he estado en ese tribunal, aunque sé que muchos de sus juicios están abiertos al público, además de retransmitirse por televisión. Son procesos justos porque se escucha a los testigos del hecho en cuestión, y tanto amigos como familiares son llamados para que testifiquen acerca del carácter del acusado. El Día del Nombre los jueces deciden si el acusado es imperfecto o no. Si lo es, sus imperfecciones son expuestas públicamente y su piel es marcada con una «I» en una de cinco partes corporales, que dependen del error de juicio cometido.

Por una mala decisión, marcan la sien.

Por mentir, la lengua.

Por robar, la palma de la mano derecha.

Por deslealtad o mentir al Tribunal, en el pecho por encima del corazón.

Por salirse de la línea marcada por la sociedad, la planta del pie derecho.

También tienen que llevar un brazalete con una «I» roja, para que se lo identifique en todo momento y sirva de ejemplo. No entran en prisión, no han hecho nada ilegal, pero sus actos han sido juzgados como dañinos para la sociedad. Siguen viviendo entre nosotros pero condenados al ostracismo, rigiéndose por reglas distintas.

Cuando nuestro país se deslizó por una resbaladiza pendiente y terminó sumido en una gran confusión económica por las malas decisiones de nuestros líderes, el objetivo principal del Tribunal fue apartar a esas personas imperfectas de cualquier tarea relacionada con el liderazgo. Ahora, su misión es marginarlas antes de que accedan a esos puestos para evitar que hagan daño a la sociedad. En un futuro cercano, el Tribunal podrá jactarse de haber conseguido una sociedad moral y éticamente perfecta. Para muchos, el juez Bosco Crevan es un héroe.

Art ha heredado el aspecto atractivo de su padre, su pelo rubio, sus ojos azules y su sempiterna disposición a cometer una travesura. Tiene unos rizos incontrolables y unos ojos enormes que brillan como los de un diablillo revoltoso, aunque es muy capaz de salir siempre bien librado. Se sienta a la mesa frente a mí y tengo que esforzarme para no estar mirándolo todo el rato, aunque por dentro doy saltos de alegría al saber que es mío. Afortunadamente, no comparte la intensidad de su padre. Sabe cómo divertirse y soltarse la melena, y cuándo intercalar un comentario divertido si la conversación se vuelve demasiado seria. Sabe elegir tan bien el momento oportuno, que incluso Bosco no puede evitar reír. Para mí, Art es la luz que ilumina hasta los rincones más oscuros.

En este día de abril celebramos cada año el Día de la Tierra con nuestros vecinos y amigos, los Crevan y los Tinder. A Juniper y a mí nos encanta esa fiesta desde que éramos niñas, y siempre vamos tachando en nuestros calendarios los días que faltan, planeando qué vestido nos pondremos, decorando la casa o preparando la mesa. Y este año me siento más emocionada que nunca, ya que es el primero que Art y yo estamos juntos oficialmente. No es que planee meterle mano por debajo de la mesa ni nada por el estilo, pero tener a mi novio cerca hace que todo resulte más excitante.

Papá es el director de una cadena de televisión que emite noticias las veinticuatro horas del día, News 24, y el otro invitado a la mesa, Bob Tinder, además de nuestro vecino es director del periódico Daily News. Ambos medios de comunicación son propiedad de Crevan Media, así que los tres combinan trabajo con placer. Los Tinder siempre llegan tarde. No sé cómo consigue Bob sacar puntualmente su diario, cuando nunca logra llegar a tiempo a una cena. Cada año ocurre lo mismo. Hemos pasado una hora tomando aperitivos en el salón y deseando que habernos trasladado al comedor haga que, mágicamente, los Tinder se den prisa. Ahora estamos sentados con tres sillas vacías. Su hija Colleen, que va a mi clase, es la tercera invitada que falta.

—Deberíamos empezar —dice Bosco repentinamente, poniendo fin a la cháchara y adoptando una postura más formal.

—La cena ya está preparada —apunta mamá con un vaso de vino en la mano—. Podemos permitirnos un pequeño retraso —añade sonriendo.

—Deberíamos empezar —insiste Bosco.

—¿Tienes prisa? —pregunta Art, dirigiéndole una mirada burlona que de pronto parece nerviosa—. El problema de ser puntual es que, como llegas primero, no hay nadie para comprobarlo —añade, provocando la sonrisa de todos—. Y yo debería saberlo, porque he esperado a esta chica toda mi vida. —Me da un ligero golpecito con el pie por debajo de la mesa.

—No —niego—. Ser puntual es actuar o llegar exactamente a la hora indicada. Tú no eres puntual, tú llegas ridículamente temprano.

—El pájaro madrugador se lleva el mejor gusano —se defiende Art.

—Pero el segundo ratón es el que se queda con el queso —replico. Y Art me saca la lengua burlonamente.

Mi hermano pequeño, Ewan, deja escapar una risita, y Juniper pone los ojos en blanco.

Bosco, frustrado por nuestra conversación, la interrumpe y repite:

—Summer, Cutter, empecemos a comer.

La forma en que lo dice hace que todos dejemos de reír en el acto y volvamos la cabeza hacia él. Ha sido una orden.

—¿Eres la policía de la comida, papá? —pregunta Art sorprendido, con una extraña media sonrisa.

Bosco sigue mirando fijamente a mamá. Eso tiene un extraño efecto en todos los reunidos, creando una atmósfera similar al instante anterior al estruendo del trueno: pesado, húmedo, capaz de provocar dolor de cabeza.

—¿No crees que deberíamos esperar a Bob y a Angelina? —consulta papá.

—Y a Colleen —apunto, provocando que Juniper vuelva a poner los ojos en blanco.

Odia que rectifique hasta los menores detalles de los demás, pero no puedo evitarlo.

—No, creo que no —se limita a responder Bosco con firmeza.

—Está bien —acepta mamá, levantándose y dirigiéndose hacia la cocina, tranquila y sosegada como si no pasara nada, lo que me indica que las piernas le tiemblan incontroladamente.

Miro confusa a Art y me doy cuenta de que también está tenso porque parece a punto de soltar otra broma, algo que suele hacer cuando se siente incómodo, atemorizado o molesto. Veo que su labio superior empieza a curvarse hacia arriba ante la idea de soltar su chiste, pero no llegamos a escuchar lo que iba a decir, porque en ese momento oímos una sirena.

3

3

La sirena resuena larga, baja, premonitoria. Salto alarmada de mi asiento y mi corazón comienza a latir salvajemente. Cada centímetro de mi ser presiente el peligro. Es uno de esos sonidos que conoces desde siempre pero que nunca esperas que retumbe por ti. El Tribunal lo llama «la señal de alerta», y es una sirena continua de tres a cinco minutos que surge de las furgonetas del Tribunal. Y aunque no he vivido ninguna guerra, me transmite lo que la gente debió de sentir momentos antes de un ataque. Puede invadir tus pensamientos más felices en medio de cualquier acontecimiento normal.

Ahora, la sirena resuena cerca de casa y transmite una sensación siniestra. Todos quedamos momentáneamente inmóviles, hasta que Juniper reacciona antes que nadie —ya que es la que suele hablar antes de pensar y la más chapucera actuando—, se levanta y choca contra la mesa, haciendo que los vasos se tambaleen y derramen gotas de vino tinto sobre el mantel blanco. Parecen gotas de sangre. No se molesta en disculparse ni en limpiarlas, sino que sale corriendo del comedor con papá pisándole los talones.

Mamá parece completamente desconcertada, congelada en el tiempo. Mira a Bosco blanca como el papel, y me da la impresión de que está a punto de desmayarse. Ni siquiera intenta impedir que Ewan salga corriendo por la puerta.

La sirena resuena más fuerte todavía, se está acercando. Art se levanta de improviso. Yo también lo hago, y lo sigo hasta el recibidor y al exterior, donde todos se han reunido y apiñado en el jardín delantero. Lo mismo está ocurriendo en los jardines vecinos. Los ancianos señor y señora Miller, en el de la derecha, se abrazan aterrados. Cuando miro alrededor, veo que todo el vecindario está haciendo lo mismo. Han salido a sus jardines y esperan aterrados a ver ante qué casa se detiene la sirena. Al otro lado de la calle, Bob Tinder abre la puerta y sale. Ve a papá y ambos intercambian una mirada seria. Parecen decirse algo en silencio, pero no acabo de captarlo. Al principio, creo que papá está furioso con Bob, pero el rostro de este no cambia de expresión, y no sé interpretarla. Me pregunto qué estará pasando. La espera es tensa. ¿A quién vendrán a buscar?

Art me coge la mano y me da un suave apretón para infundirme confianza. Intenta ofrecerme una de sus sonrisas tranquilizadoras, pero resulta demasiado breve e insegura, con lo que solo consigue el efecto opuesto al deseado. Las sirenas están casi sobre nosotros, ensordeciéndonos, invadiendo nuestros sentidos. Las furgonetas aparecen en nuestra calle, con las brillantes «I» rojas grabadas en sus costados para que todo el mundo sepa a quién pertenecen. Los denunciantes de ilegalidades, también conocidos como «soplones», son el ejército del Tribunal, enviados para proteger a la sociedad de los imperfectos. No son nuestra policía oficial, sino los responsables de capturar a todos los moral y éticamente imperfectos. Los criminales van a prisión directamente, no tienen nada que ver con el sistema judicial para imperfectos.

Las luces de emergencia situadas en el techo de las furgonetas giran y giran, emitiendo haces rojos tan brillantes que casi iluminan el cielo crepuscular, enviando una señal de advertencia a todo el mundo. Grupos de familias que celebraban el Día de la Tierra se mantienen abrazados esperando no ser ellos a quienes buscan, esperando que ninguno de los suyos sea apartado de su lado. Ni de su familia. Ni de su hogar. No esta noche. Las dos furgonetas se detienen en medio de la calle, justo frente a nosotros, y siento que mi cuerpo empieza a temblar. Las sirenas enmudecen.

—No —susurro.

—No puede tratarse de nosotros —murmura Art, y su expresión transmite tanta seguridad, tanto convencimiento, que le creo.

Por supuesto que no podemos ser nosotros, tenemos al juez Crevan sentado a nuestra mesa, somos prácticamente intocables. Eso ayuda a disipar parte del miedo, pero aumenta mi ansiedad por el pobre desgraciado al que estén buscando. Me sorprendo, porque siempre he creído que los imperfectos son dañinos, que los soplones están de mi parte, que me protegen. Pero lo que está ocurriendo en mi calle, frente a mi puerta, lo cambia todo. Siento que en este momento somos nosotros contra ellos. Y ese ilógico y peligroso pensamiento hace que me estremezca.

Las puertas laterales de las furgonetas se deslizan con un sonido susurrante y los soplones saltan a la calle, exhibiendo su emblema rojo sobre los negros uniformes de combate. Hacen sonar sus silbatos mientras se mueven y su sonido nubla mi mente, impidiéndome formular un solo pensamiento racional. En mi cabeza solo hay lugar para el pánico. Quizá sea esa la intención. Los soplones corren, y yo me quedo paralizada.

4

4

Pero no se acercan a nosotros, sino que se alejan en la dirección opuesta, hacia la casa de los Tinder.

—¡No, no, no! —grita papá, y capto el estallido de rabia en su voz.

—Oh, Dios mío —susurra Juniper.

Miro asombrada a Art esperando su reacción, pero él no deja de contemplar fijamente la escena, con la boca abierta.

Y entonces advierto que Bosco y mamá no están con nosotros.

Suelto la mano de Art y corro hacia la puerta de casa.

—¡Mamá, Bosco, deprisa! ¡Son los Tinder!

Mamá ya corre por el pasillo. Un mechón de pelo se ha soltado de su moño y le cae sobre la cara. Papá la recibe en el jardín e intercambian una mirada que solo significa algo para ellos dos, con los brazos a los lados del cuerpo, abriendo y cerrando las manos casi espasmódicamente. Pero sigue sin haber rastro de Bosco.

—No lo entiendo —exclamo al ver que los soplones se acercan a Bob Tinder—. ¿Qué está pasando?

—Shhh. Calla y espera —me dice Juniper.

Colleen Tinder, a quien conozco desde la infancia, se encuentra en el jardín delantero de la casa junto a su padre, Bob, y a sus dos hermanos pequeños, Timothy y Jacob. Bob se coloca frente a sus hijos en actitud protectora, resoplando ante los agentes. Su familia, no. Su hogar, no. Esta noche, no.

—No pueden llevarse a los niños —dice mamá en voz baja y distante, de forma que sé que está allí y a punto de dejarse arrastrar por el pánico.

—No lo harán —responde papá—. Es por él. Tiene que ser por él.

Sin embargo, los agentes pasan junto a Bob, ignorándolo como ignoran a los niños, que, aterrorizados, se han echado a llorar. Agitan una hoja de papel ante ellos y entran en la casa. De repente, comprendiendo lo que está pasando, Bob atrapa la hoja de papel en el aire y corre tras ellos. Le grita a Colleen que vigile a los pequeños, tarea nada fácil porque el pánico también está empezando a dominarlos.

—Yo la ayudaré —dice Juniper dando un paso al frente, pero papá la sujeta por el brazo—. ¡Ay! —se queja.

—Quédate aquí —le ordena papá con un tono de voz que jamás le había oído.

De repente, se oye un grito procedente de la casa de los Tinder. Es Angelina Tinder. Mamá se tapa la cara con las manos. Un gesto fallido en su máscara habitual.

—¡No! ¡No! —oímos gritar una y otra vez a Angelina, hasta que por fin la vemos aparecer por la puerta con dos soplones arrastrándola por los brazos.

Estaba casi preparada para asistir a nuestra cena: vestido negro de raso, collar de perlas, sandalias enjoyadas y rulos en el pelo. Sus hijos gritan al ver que se llevan a su madre. Corren hacia ella e intentan abrazarla, pero los soplones los retienen y hacen a un lado.

—¡Apartad las manos de mis hijos! —grita Bob, cargando contra ellos, y de inmediato es derribado y sujetado contra el suelo por dos enormes soplones, mientras Angelina grita desesperadamente que no la separen de sus hijos.

Yo jamás había oído un grito de angustia similar. Jamás había oído un sonido tan desgarrador como ese. Ella tropieza, pero los soplones evitan que se desplome y se la llevan cojeando a causa del tacón roto de su zapato.

—¡Dejadla conservar algo de su dignidad, maldita sea! —grita Bob desde el suelo.

La meten en la furgoneta y las puertas se cierran. El sonido de los silbatos cesa.

Nunca había visto a un hombre llorar como lo hace Bob. Los soplones que lo inmovilizan le hablan en voz baja y tranquila. Él deja de gritar, pero no de llorar. Por fin lo sueltan, suben a la segunda furgoneta y se alejan.

Mi corazón late desbocado, me cuesta respirar. No puedo creer lo que estoy viendo.

Espero el estallido de solidaridad de mis vecinos. Somos una comunidad fuertemente unida, celebramos muchas fiestas juntos y cuidamos los unos de los otros. Miro alrededor y aguardo. La gente se limita a contemplar a Bob sentado sobre la hierba, abrazando a sus hijos y llorando. Todos permanecen inmóviles. Quiero preguntar por qué nadie hace nada, pero me parece estúpido porque yo tampoco lo hago, no puedo moverme. Aunque ser imperfecto no es un crimen, ayudar a un imperfecto conlleva riesgo de encarcelamiento. Bob no es imperfecto, su mujer está acusada; aun así, todo el mundo tiene miedo de involucrarse. Entonces, el señor y la señora Miller dan media vuelta y vuelven a entrar en su casa. La mayoría de los demás los imita. Me quedo con la boca abierta, asombrada.

—¡Maldito seas! —grita Bob al otro lado de la calle. No muy alto al principio, de modo que pienso que se lo está diciendo a sí mismo. Pero, a medida que va elevando el tono, creo que su grito se dirige a las furgonetas que ya han desaparecido. Y a medida que incrementa su rabia, me doy cuenta de que se dirige a nosotros. ¿Por qué? ¿Qué hemos hecho?

—Quedaos aquí —nos ordena papá. Y mirando a mamá, añade—: Que todo el mundo vuelva dentro y conserve la calma, ¿de acuerdo?

Mamá asiente, tan serena como si nada hubiera pasado. La máscara se ha recompuesto. El mechón de pelo ha vuelto a su lugar, aunque no recuerdo haber visto que se lo arreglara.

Al dar media vuelta para entrar en casa, veo a Bosco mirando por la ventana con los brazos cruzados, contemplando plácidamente la escena. Y entonces comprendo que es a él a quien gritaba Bob. A Bosco, al presidente del Tribunal, al director de la organización que se ha llevado a Angelina.

Sé que él puede ayudarla. Es presidente del Tribunal de los Imperfectos, de modo que tiene que estar en condiciones de hacerlo. Todo se solucionará y recuperaremos la normalidad. El mundo volverá a girar en la dirección correcta. Las cosas tendrán otra vez sentido. Con esa convicción, mi respiración empieza a normalizarse.

Mientras papá se acerca a Bob, este deja de gritar, aunque sigue llorando. Es el sonido de un corazón destrozado.

Cuando ves algo, ese algo no puede ser invisible. Cuando oyes un sonido, este nunca puede ser inaudible. Sé, sin asomo de duda, que esta tarde he aprendido algo que jamás olvidaré. Y ese aspecto de mi mundo que se ha visto alterado, nunca volverá a ser el mismo.

5

5

—No hay más ciego que el que no quiere ver —dice Bosco repentinamente, alcanzando la botella de vino y llenando generosamente su copa.

Ha insistido en que nos sentemos de nuevo a la mesa, aunque después de lo que ha pasado ninguno tenga hambre. Papá sigue con Bob y mamá ha ido a la cocina en busca del plato principal.

—No lo entiendo —le digo a Bosco—. ¿Angelina Tinder está acusada de ser imperfecta?

—Ajá —responde él cordialmente, con los ojos brillantes, casi como si disfrutase con mi reacción.

—Pero, Angelina es...

Mamá deja caer un plato en la cocina, y el sonido que produce al romperse me hace callar. ¿Acaso se trata de una advertencia, de un modo de decirme que no siga hablando?

—¡Estoy bien! —grita, demasiado animadamente.

—¿Qué era lo que ibas a decir sobre Angelina, Celestine? —pregunta Bosco, mirándome a los ojos.

Trago saliva. He estado a punto de decir que es amable, encantadora, que tiene hijos pequeños, que es una madre estupenda y que la necesitan, que nunca, en todo el tiempo que he estado con ella, la vi hacer o la oí decir nada incorrecto. Que como profesora de piano nunca he conocido una mejor, y que ojalá toque como ella cuando sea mayor. Pero no lo hago, porque Bosco me mira fijamente y porque mamá no suele romper nada. En lugar de eso, digo:

—... Es mi profesora de piano.

A mi lado, Juniper hace un gesto de desaprobación. Estoy tan disgustada conmigo misma que ni siquiera soy capaz de mirar a Art. Bosco se echa a reír.

—Podemos encontrarte una profesora nueva, querida Celestine —dice—. Además, creo que deberíamos ir pensando en prohibir a Angelina que toque el piano. Los instrumentos musicales son un lujo que los imperfectos no se merecen. —Ataca su primer plato llevándose a la boca un gran trozo de carpaccio. Es el único de los presentes que ha cogido los cubiertos—. Pensándolo bien, espero que haya sido lo único que te enseñó —agrega con una expresión risueña en la mirada.

—Sí, claro —aseguro frunciendo el ceño, confusa ante su pregunta implícita—. ¿Qué ha hecho de malo?

—Enseñarte a tocar el piano —se burla Art—. Si alguien te oye tocarlo, será su perdición.

A Ewan se le escapa una risita. Yo miro a Art con una sonrisa, agradeciéndole que haya roto la tensión que reinaba en la sala.

—No tiene nada de divertido —interviene Juniper, a mi lado, tranquila pero firme.

—En eso estás en lo cierto, no tiene nada de divertido —corrobora Bosco, fijando la mirada en ella.

Juniper desvía la suya.

Y la tensión vuelve a dominar el comedor.

—No es cómicamente divertido, sino peculiarmente divertido —digo.

—Gracias, lingüista —masculla Juniper entre dientes. Siempre me llama así cuando hago precisiones gramaticales.

Bosco me ignora y sigue dirigiéndose a mi hermana.

—¿Angelina también era profesora tuya, Juniper?

—Sí. La mejor profesora que he tenido —contesta Juniper, observándolo con el rabillo del ojo.

Se hace el silencio.

Mamá entra en el comedor justo a tiempo.

—Debo reconocer que sentía mucho afecto por Angelina —dice—. La consideraba una buena amiga. Me sorprende este... acontecimiento.

—A mí también, Summer. Y créeme, a nadie le duele tanto como a mí, ya que tendré que pronunciar su veredicto.

—No solo lo pronunciarás, ¿verdad? —dice Juniper con una extraña calma—. Será tu veredicto. Tu decisión.

El tono de Juniper me da miedo. No es el momento oportuno para lanzar uno de sus discursos, no quiero que moleste a Bosco. Se trata de alguien que debe ser tratado con respeto, y el lenguaje de Juniper me parece peligroso. Nunca he visto a nadie hablarle así a Bosco.

—Es imposible saber cómo es realmente la gente que nos rodea, aquellos que consideramos amigos —dice Bosco, sin apartar la mirada de Juniper—. Nunca sabemos lo que ocultan aquellos que consideramos nuestros iguales, lo veo todos los días.

—¿Qué ha hecho Angelina? —vuelvo a preguntar.

—Por lo que sabemos, hace unos meses viajó al extranjero con su madre para que a esta le practicaran la eutanasia. Algo que aquí es ilegal.

—Pero acompañó a su madre a otro país donde sí era legal porque su madre se lo pidió —protesta Juniper—. No hizo nada ilegal.

—El Tribunal no es una sala de justicia legal. En él solo se cuestiona el carácter, y creemos que con lo que hizo, tomar la decisión de viajar a otro país para llevar a cabo un acto semejante, demostró tener un carácter imperfecto. Si el gobierno hubiera sabido sus planes, habría actuado para impedírselo.

Permanecemos en silencio tratando de digerir sus palabras. Yo sabía que la madre de Angelina había estado enferma muchos años, que sufría una enfermedad incurable. Lo que no sabía, aunque todos asistimos a su funeral, era cómo había terminado sus días.

—El Tribunal no juzga las creencias religiosas de nadie, por supuesto —prosigue Bosco, presintiendo nuestras dudas sobre su juicio—. Solo evaluamos el carácter de una persona. Y observando estrictamente las enseñanzas admitidas sobre la santidad de la vida, al permitir que Angelina Tinder regrese a nuestro país tras haber hecho lo que hizo, el Tribunal se siente capaz de sancionar la angustia y el dolor provocados. El tema no es que lo hiciera en otro país, ni que en ese país fuera legal o no. Lo que juzgamos es su carácter.

Juniper suelta un bufido a modo de respuesta.

¿Qué le pasa? Odio que mi hermana se comporte así, porque todo el mundo dice que somos idénticas. Aunque es once meses mayor que yo, podríamos pasar por gemelas. No obstante, basta con conocernos un poco para cambiar de opinión, porque Juniper se pierde en cuanto abre la boca. Como mi abuelo, nunca sabe cuándo mantenerla cerrada.

—¿Estabas al corriente de que Angelina Tinder planeaba un viaje para matar a su madre? —pregunta Bosco con los codos sobre la mesa y centrando su atención en Juniper.

—Claro que no —responde mamá por ella con un hilo de voz. Y sé que lo hace así para ahogar su deseo de gritar.

Juniper tiene la mirada fija en su plato, y yo ruego en silencio que se mantenga callada. Esto no resulta nada divertido. Estoy en un salón lleno de la gente que más quiero, y mi corazón late como si me hallara frente a un grave peligro.

—¿Marcarán a Angelina? —pregunto, todavía conmocionada tras conocer a una persona imperfecta que vivía en mi misma calle.

—Si la encuentro culpable el Día del Nombre, sí, será marcada —confiesa Bosco. Hace una pausa y, dirigiéndose a mamá, continúa—: Haré todo lo posible por que esto no trascienda a la prensa, por supuesto. No será difícil, ya que el caso de Jimmy Child ocupa todos los titulares. Nadie se preocupará por una profesora de piano imperfecta.

Jimmy Child es un futbolista de élite que estuvo engañando a ...