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INDIAS BLANCAS 2. LA VUELTA DEL RANQUEL (2018)

Florencia Bonelli  

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Fragmento

Índice

Portada

Índice

Dedicatoria

Epígrafe

Capítulo I. La amante del doctor Riglos

Capítulo II. El ministro de Guerra y Marina

Capítulo III. La casa de la calle Chavango

Capítulo IV. Dos números en un billete

Capítulo V. La despedida

Capítulo VI. Tía Laura

Capítulo VII. Noticias del Viejo Continente

Capítulo VIII. Ojos negros, trenza de oro

Capítulo IX. Tardías confesiones

Capítulo X. Mortal y fría indiferencia

Capítulo XI. Je l’adore

Capítulo XII. Un Rubicón en Tierra Adentro

Capítulo XIII. La gente de los carrizos

Capítulo XIV. Un desafortunado encuentro

Capítulo XV. Mal de amores

Capítulo XVI. Regreso sin gloria

Capítulo XVII. Déjà vu

Capítulo XVIII. La identidad de un caballero

Capítulo XIX. Más allá de un affaire

Recibe antes que nadie historias como ésta

Capítulo XX. La traviata

Capítulo XXI. Los amantes furtivos

Capítulo XXII. Cruz y delicia

Capítulo XXIII. Meeting político

Capítulo XXIV. El retrato a la carbonilla

Capítulo XXV. Los prisioneros de Martín García

Capítulo XXVI. El noble inglés

Capítulo XXVII. La malicia

Capítulo XXVIII. Corazón de piedra

Capítulo XXIX. Profranación en Tierra Adentro

Capítulo XXX. La tempestad

Capítulo XXXI. De regreso en Río Cuarto

Capítulo XXXII. De regreso en París

Capítulo XXXIII. J.A.R.

Capítulo XXXIV. Perdonar es divino

Capítulo XXXV. Gabriel Mariano Rosas

Capítulo XXXVI. La promesa de Laura

Epílogo. Promesa cumplida

Biografía

Otros títulos de la autora

Créditos

Grupo Santillana

Tomás, le dediquemos este libro a tu madre,
la persona más buena que conozco.
A mi hermana Carolina, entonces.
Yo la quiero profundamente.

"Los indios jamás se olvidan de una ofensa recibida… La venganza entre los indios es cosa sagrada. Todo lo que tienen de agradecidos y de humanitarios, lo tienen de rencorosos y vengativos.”

“MEMORIAS DEL EX CAUTIVO SANTIAGO AVENDAÑO”, DE MEINRADO HUX

Capítulo I. La amante del doctor Riglos

La misa recién comenzaba y las voces se alzaban para cantar el Kyrie eleison. Laura Escalante lo entonaba con gusto, movida por su inclinación al canto más que por devoción religiosa. El coro de niños y los acordes dramáticos del órgano, que inundaban las naves de la Catedral Metropolitana, la llevaron a aceptar que, después de todo, doña Luisa del Solar había tenido razón de oponerse a conmemorar el segundo aniversario de la muerte de Julián Riglos en la capilla de la baronesa, como se conocía a la capilla de la casa de la Santísima Trinidad, mandada a construir por la bisabuela de Laura, María del Pilar Laure y Luque, esposa de Abelardo Montes, barón de Pontevedra. Aunque la calle ya llevaba el nombre de San Martín, a la mansión de los Montes los porteños seguían llamándola de la Santísima Trinidad.

—Querida —había interpuesto doña Luisa días atrás—, ¿cómo piensas reunir a toda la gente que concurrirá al aniversario de Juliancito en la capilla de la baronesa, que, apretados, sólo admite una veintena de personas? Sabes lo querido y apreciado que era, todos sus amigos querrán estar allí, amén de tus parientes, los míos y los de él.

A pesar de que Julián Riglos había vuelto a casarse luego de la muerte de Catalina del Solar, para doña Luisa seguía siendo Juliancito, su adorado yerno. Que lo hubiera hecho con Laurita Escalante exaltó el cariño y buen concepto que le tenía. Por eso, la matrona porteña se creía con derecho a hacer y deshacer cuando de honrar la memoria de Juliancito se trataba, y Laura la dejaba. Doña Luisa del Solar, ubicada junto a ella en la primera banca, entonaba las estrofas del Gloria con voz chillona y disonante, pronunciando pésimamente el latín; pero no se amilanaba, por el contrario, desplegaba la seguridad y la prestancia de una soprano. Laura se llevó el abanico a la boca para ocultar una sonrisa; después de todo, nadie habría aprobado que la viuda riera en la misa por su difunto esposo.

De hecho, las amistades y conocidos de Laura Escalante estaban curados de espanto, y si la joven viuda se hubiese echado a reír a carcajadas mientras el sacerdote pronunciaba el sermón, no se habrían sorprendido. Escandalizado, sí, pero no sorprendido. De la Escalante esperaban cualquier cosa. ¿Acaso no había dado de qué hablar exactamente dos años atrás al negarse a usar el luto cuando falleció su esposo Julián? Todos achacaban la decisión a la frialdad con que siempre lo había tratado. Lo cierto era que Laura encontraba absurda la imposición y el negro, de lo más desagradable.

—El negro nunca me ha sentado y no voy a andar mal arreglada porque a la sociedad se le ocurra que ése es el color con el que se honra a los muertos. Yo honro a Julián en mi corazón por el cariño que le tuve y lo recordaré siempre en mis oraciones, a pesar de lo tormentoso que fue nuestro matrimonio —manifestó el día en que sus tías y su abuela le propusieron mandar a teñir los vestidos.

De todos modos, se cuidó de llevar los colores despampanantes a los que tenía acostumbrados a sus amigos, y limitó el guardarropa a discretas tonalidades malva, gris y marrón. Tampoco usó joyas dispendiosas sino clásicas perlas. Esa tarde, para la misa, eligió cuidadosamente el vestido, en tafetán de seda púrpura, con cuello y puños en encaje negro. A pedido de Magdalena, su madre, le indicó a la modista que lo confeccionara sin escote, completamente cerrado, a pesar de que era enero y el calor, insoportable. Había elegido un collar y unas arracadas de amatistas, y lucía en la mano izquierda el brillante del tamaño de un garbanzo que Julián le había obsequiado meses después de la boda y que ella jamás usó en vida de su esposo. Como siempre, bajo el vestido y prendido con un alfiler de oro a su justillo, llevaba un guardapelo de alpaca.

Con disimulo, Laura dirigió la mirada hacia el ala derecha de la Catedral, donde se hallaban ubicados en la primera banca algunos de los mejores amigos de Julián. Repasó esos rostros familiares con detenimiento ahora que todos parecían atentos a la homilía de monseñor Mattera. El primero, Nicolás Avellaneda, que desde el 74 ostentaba el título de presidente de la República Argentina, una posición con nombre rimbombante y realidad más bien inestable, continuamente amenazada por alzamientos provinciales y traiciones partidarias. A Laura le gustaba Nicolás Avellaneda, y en varias ocasiones habían conversado y acordado acerca de la imperiosa necesidad de combatir el analfabetismo, tarea que la mantenía ocupada gran parte del tiempo. El último censo había arrojado un guarismo alarmante: en la Argentina, el setenta y uno por ciento de los habitantes no sabía leer ni escribir. Esto había disparado una serie de medidas destinadas a aniquilar ese mal, en especial durante el gobierno de Sarmiento, cuando Avellaneda era ministro de Instrucción Pública. Laura pensó: “Esta noche le preguntaré a Nicolás si cree que se ha conseguido disminuir ese setenta y uno por ciento”, porque esa noche los más íntimos estaban invitados a cenar en la casa de la Santísima Trinidad.

Junto al presidente, se encontraba su ministro de Guerra y Marina, el general Julio Roca, a quien Laura había conocido en Ascochinga en el 73, como el esposo de una aristócrata cordobesa, una de las Funes Díaz, Clara, pacata y melindrosa en opinión de Laura, irremediablemente enemistada con la sociedad de Córdoba que tan mal había tratado a su tía Blanca Montes. Con Roca, sin embargo, la atracción había sido mutua. Laura no sólo lo encontraba seductor, sino irreverente y seguro de sí, lo que lo convertía decididamente en alguien de su interés. Aunque no se lo había confesado siquiera a María Pancha, estaba segura de que si le hubiese dado pie, Julio Roca le habría propuesto convertirla en su amante. Roca desvió la mirada hacia ella y sus ojos se encontraron momentáneamente, hasta que el ministro apenas sesgó los labios en una sonrisa artera y Laura bajó el rostro; se había puesto colorada.

Trató de concentrarse en el sermón, pero un movimiento furtivo entre las columnas de la izquierda atrajo su atención. La reconoció de inmediato, aunque iba completamente de negro y con una mantilla de ñandutí sobre la cara. Se trataba de Loretana Chávez. El año anterior, a pesar de que no habían anunciado la misa en la sección de sociales, Loretana también había asistido, aquella vez, a la iglesia de San Ignacio. Laura lo comentó con María Pancha, que, sin inmutarse, manifestó:

—Fui yo quien le avisó a Loretana de la misa por el doctor Riglos.

Laura miró de hito en hito a su criada, que, con la misma parsimonia, explicó:

—Tú le debes mucho a esa mujer, que gracias al amor que le brindó al doctor Riglos, te hizo el matrimonio más llevadero. ¿O piensas que Riglos te habría dejado tan tranquila si no hubiera tenido otra que lo apaciguara? Aunque él nunca se enamoró de ella, sabía que ella estaba ahí, aguardándolo siempre, y eso era suficiente para llenar el vacío que tú no tenías pensado ocupar.

—Ahora ella es una santa y yo debo estarle agradecida —se enfureció Laura.

—En cierta forma, sí.

—¡Pues la odio!

María Pancha no insistió, al tanto del motivo que alimentaba ese encono, que en nada se relacionaba con los cuatro años de amoríos de la pulpera con su esposo.

La mirada de Loretana se tropezó con la de Laura Escalante, y enseguida volvió a ocultarse detrás de la columna. La ira y el desprecio inundaron a Laura, que se abanicó enérgicamente. Clavó la vista en monseñor Mattera y, aunque simuló apreciar las palabras de encomio que el obispo prodigaba al difunto doctor Riglos, le llegaban como un sonido distante y ajeno. Sus pensamientos habían regresado a la casa vecina al polvorín de Flores, un sitio apartado del centro de la ciudad donde Julián había instalado a Loretana; allí la visitaba casi a diario.

Esa mañana a principios de enero del 77, particularmente bochornosa, Julián se quejó de un fuerte dolor de cabeza y Laura, durante el desayuno, lo obligó a beber las famosas gotas de Hoffmann que, según tía Carolita, eran furor en París para combatir jaquecas. Julián partió hacia el bufete, como de costumbre, y Laura no volvió a pensar en él, como de costumbre. Horas más tarde, mientras la casa de la Santísima Trinidad dormía la siesta, insistentes golpes de aldaba en la puerta principal sacudieron del letargo a sus integrantes. Un muchachito con aspecto de indigente le explicó a María Pancha que sólo hablaría con la señora Riglos. Laura, que escribía en su habitación, se presentó en el recibo y tomó la nota que le extendía el mensajero. Evidentemente había sido garabateada en un apuro. Rezaba: “Señora Riglos, su esposo se ha descompuesto en mi casa y pide por usted. Loretana Chávez”. Más abajo detallaba la dirección. María Pancha entregó unas monedas al mensajero, mientras Laura explicaba las novedades a sus abuelos, su madre y sus tías.

—¿Irás a la casa de ésa? —se escandalizó la abuela Ignacia.

—Eres siempre tan oportuna, Ignacia —masculló don Francisco.

Laura le ordenó a Magdalena que enviara al doctor Eduardo Wilde a la dirección indicada en la esquela. Deprisa, con el cuarteto de brujas opinando a porfía detrás de ella, dejó la sala y se dirigió a su dormitorio para prepararse. El viejo Eusebio, cochero de toda la vida de los Montes, ya aprestaba los caballos. Media hora más tarde, cruzaban al galope la Plaza de la Victoria rumbo al barrio de San José de Flores.

La misma Loretana abrió la puerta. Laura apenas movió la cabeza en señal de saludo y entró, con María Pancha a su lado. Loretana las condujo en silencio. Julián yacía en la cama matrimonial de una habitación primorosamente decorada. Laura se acercó a la cabecera y contempló a su esposo detenidamente. Lucía pálido, y la mueca amarga de la boca indicaba que sufría. Se sujetaba el brazo izquierdo a la altura del pecho.

Julián parpadeó lentamente. Le tomó un momento reconocer a su esposa.

—Temí que no vinieras —farfulló, y Laura se sentó en la silla que le acercó Loretana.

—¡Cómo no iba a venir! —dijo en voz baja, compelida por las circunstancias, por el silencio, por la penumbra, por la poca fuerza que manaba del cuerpo de ese hombre al que había considerado invencible.

—Temí que no vinieras —insistió Riglos— porque me odias.

—No te odio —aseguró Laura.

—Sí, me odias. Y para nada cuenta que yo te ame más allá del entendimiento.

Laura percibió que Loretana se movía furtivamente y dejaba la habitación. Julián, ajeno al martirio de su amante, extendió la mano con esfuerzo, y Laura se la sostuvo. Se contemplaron directamente a los ojos.

—Deberías haberte casado con Loretana y permitido que yo lo hiciera con Nahueltruz Guor —expresó por fin.

—Jamás —replicó Julián—. No con un indio.

Laura se refrenó de confesarle que ese indio era hijo de su tía Blanca Montes, nieto de Juan Manuel de Rosas y del doctor Leopoldo Montes, biznieto del barón de Pontevedra, tataranieto del duque de Montalvo y sobrino segundo de Lucio Victorio Mansilla. Quiso decirle, en resumidas cuentas, que por las venas de Guor corría sangre con más blasones y tradición que la de él. Y se abstuvo porque ella no había amado a Guor porque fuese un indio o un patricio, lo había amado simplemente por ser el hombre que era.

A pesar de que el doctor Eduardo Wilde bromeó con Julián y le aseguró que en pocos días volverían a encontrarse en la confitería de Baldraco, a Laura le refirió otro panorama. De ninguna manera se lo movería de esa cama; y así, Laura y María Pancha visitaron lo de Loretana a diario, por la tarde. Les abría la doméstica, las invitaba a pasar y, mientras Laura permanecía en la habitación junto a su esposo, Loretana aguardaba en la cocina. La presencia de la señora Riglos no la incomodaba, se disponía a soportar ese y otros inconvenientes siempre que Julián permaneciera en su casa, donde ella pudiera cuidarlo y mimarlo a discreción. Lo amaba como jamás pensó que llegaría a amar a ese hombre a quien, en un principio, sólo había considerado el mejor recurso para escapar del tedio y la mediocridad de Río Cuarto. Julián Riglos la había enamorado. La había hecho sentir a gusto con la seguridad que le brindaban su dinero y su experiencia; la habían complacido sus modos galantes, tan distintos de los de los soldados del Fuerte Sarmiento, y la entretenía la infinidad de anécdotas que solía relatarle; había vivido en Europa, y eso, para ella, equivalía a lo máximo que una persona podía aspirar. Le había prometido que algún día la llevaría.

En un principio, la sorprendió que un hombre así le rondara los pensamientos aun después de que dejaba la casa; con el tiempo terminó por admitir que el doctor Riglos encarnaba al príncipe azul de los cuentos de hadas que la convertiría en la princesa que ella añoraba ser. Julián la había protegido de las ferocidades de una ciudad grande y cosmopolita que la habría devorado sin misericordia; la había ayudado a mejorar y a superarse, y había satisfecho cuanto capricho y veleidad le había cruzado por la cabeza. Le había dado una hija, Constanza María, su razón de vivir. A veces, contrariada, la conciencia cargada de remordimientos, se preguntaba por qué Dios le daba tanto cuando ella había sido responsable de tanto dolor. A menudo evocaba sus años mozos, cuando sólo le importaba convertirse en una princesa de ciudad; se acordaba de las locuras y los desatinos; de Nahueltruz Guor también se acordaba, a quien seguía amando secretamente, un amor muy distinto del que sentía por Julián, un amor menos agradecido y respetuoso, más carnal y mundano, más como la Loretana de antes.

Al quinto día, una tarde caliginosa en la que Julián había estado inquieto y molesto, Loretana pidió a la señora Riglos unas palabras. Laura, hastiada de la situación, molesta por el calor, aceptó a regañadientes y entró en el despacho. Loretana fue al grano y le dijo que tenía que pedirle perdón, que la conciencia así se lo dictaba.

—Sinceramente, Loretana —expresó Laura con agobio innegable—, no siento que deba perdonarte absolutamente nada. Tu relación con mi esposo…

—No es por eso que tengo que pedirle perdón.

Laura levantó las cejas.

—La conciencia me tortura por algo que sucedió años atrás, algo que cambió mi vida y la suya. A mí la fortuna me sonrió. Usted, en cambio, ha sido muy desdichada.

Laura se puso rígida. Las palabras de Loretana le habían herido el orgullo. No le gustaba que la gente supiera que era infeliz, que se sabía incompleta y frustrada. Desde su regreso a Buenos Aires, se había esmerado en crear la imagen de una mujer desprejuiciada y satisfecha. Aunque María Pancha opinara que quería tapar el sol con un dedo, Laura se afanaba en ese propósito. Que Loretana, a quien ella consideraba muy por debajo, le espetara la verdad tan meticulosamente celada, la irritó sobremanera.

—Su desdicha, señora Riglos —prosiguió Loretana—, es toda por mi culpa. Fui yo la que le dijo al coronel Racedo aquel día en Río Cuarto que usted estaba en el establo.

Laura, que había evitado mirarla a los ojos, movió la cabeza con rapidez y le clavó la vista.

—Lo hice a propósito —admitió la mujer, decidida a exponer la verdad completa, a sacarse ese peso de encima de una vez y para siempre—. Sabía que Nahueltruz estaba enamorado de usted, los había visto juntos. ¡Ah, cómo la amaba! Me sentí morir porque yo creía que Nahueltruz era mío. Pero al verlo junto a usted me di cuenta de que nunca lo había sido. Y sentí rabia, despecho, celos… Y le dije a Racedo que usted lo esperaba en el establo porque sabía que Nahueltruz y usted estaban ahí, despidiéndose. Por mi culpa, Racedo y Nahueltruz pelearon ese día. Por mi culpa, Nahueltruz tuvo que matarlo y convertirse en un fugitivo. Por mi culpa…

Laura le propinó una bofetada de revés y Loretana lloró con angustia sincera, las manos sobre el rostro. Laura se quedó mirándola, la mente en blanco, atenta al llanto de Loretana, que terminó por crisparle los nervios. Quería que se callara. No soportaba su gemido lastimero, le martillaba los oídos. Un impulso malévolo la hizo mirar en torno. Sus ojos se toparon con el pisapapeles de mármol y sus dedos se cerraron en torno a él; los nudillos se le volvieron blancos y las uñas rojas. Lo levantó en el aire y se abstrajo mirando el contraste de su mano y el mármol verde, consciente del efecto de la piedra fría sobre su piel, de lo contundente que sería al caer sobre la cabeza de Loretana. Imaginó el sonido del cráneo al partirse y el olor metálico de la sangre, que se encharcaría rápidamente sobre la alfombra. El estómago le dio un vuelco y el asco le produjo ganas de vomitar. Como si la hubiese quemado, soltó el pisapapeles, que cayó con estruendo sobre el escritorio.

—Ni siquiera vales la pena —expresó al pasar junto a Loretana.

Julián Riglos murió esa noche, y Laura indicó a la compañía funeraria que buscase el cuerpo en el barrio de San José de Flores y lo trajese a la casa de la calle de la Santísima Trinidad, donde la capilla de la baronesa se aprestaba para recibir el ataúd.

Laura se arrodilló y el monaguillo hizo sonar la campana. “Aunque sea”, se dijo, “prestaré atención al momento de la consagración de la eucaristía”, y no volvió a dirigir la mirada hacia la columna de la izquierda.

Capítulo II. El ministro de Guerra y Marina

Laura Escalante entró en la sala con el andar majestuoso de una reina. Como en cortejo, la seguían sus abuelos, sus tías, su madre y María Pancha. Aunque la misa había terminado a las cinco en punto, los saludos en el atrio habían durado más de lo previsto. Eran las seis y media de la tarde y, en menos de tres horas, los invitados a la cena comenzarían a llegar. La familia, sin pronunciar palabra, se encaminó hacia los interiores para aprestarse.

María Pancha siguió a Laura hasta su habitación. A pesar de que, entre domésticas, cocineras, lavanderas, cocheros y jardineros, la casa de la Santísima Trinidad contaba con una docena de sirvientes, María Pancha se encargaba personalmente de Laura, de su ropa, de su baño, de la limpieza de su habitación, de cada aspecto y detalle de su vida. Del arreglo y cuidado de su cabello, de eso se ocupaba especialmente, porque desde hacía algunos años se había convertido en el desvelo de su niña. Nunca lo había llevado tan largo, abundante, saludable y luminoso. Antes de lavárselo con los jabones y afeites en los que Laura gastaba fortunas en las tiendas de ultramarinos, María Pancha dedicaba media hora para masajearle las puntas con aceite de almendras; se lo enjuagaba sólo con agua de lluvia que recogía del aljibe y con la que preparaba té de manzanilla, que le preservaba el rubio dorado; cada tanto, lo hacía con vinagrillo, que lo volvía esplendente. Luego de secarlo al sol, María Pancha se lo tronchaba en dos partes; con una hacía una trenza pequeña que le enroscaba en torno a la coronilla y, con la otra, una gruesa y compacta como la jarcia de un barco, que le colgaba más allá de la cintura.

—Desde hace un tiempo le prestas más atención a tu cabello que a tus escritos y libros —comentó María Pancha una mañana que le pasaba un aceite aromático para desenredarlo—. Recuerdo —prosiguió— que antes casi debía atarte de pies y manos para peinártelo y lavártelo.

La mirada tímida de Laura buscó en el espejo la inquisitiva de María Pancha.

—Era lo que a él más le gustaba de mí —expresó en un susurro, y bajó la cabeza cuando el reflejo de su criada se tornó borroso.

María Pancha abrió el ropero y sacó el vestido que Laura luciría esa noche. Luego del segundo año de viudez, las normas protocolares se suavizaban, y colores más atrevidos volvían a formar parte del guardarropa. Laura, cansada de las tonalidades pálidas, las perlas y la cara lavada, había decidido llevar un traje que, sabía, haría abrir grandes los ojos a los señores y fruncir los entrecejos a las señoras. En encaje marfil, con holandilla de exacta tonalidad, las mangas hasta el codo y la espalda, sin embargo, no estaban forradas, y la piel de Laura podía apreciarse a través del intrincado bordado del género. El escote espejo, pronunciado hasta un punto sin duda escandaloso, le permitiría ostentar alguna joya largamente arrumbada en el alhajero. Según madame Du Mourier, la modista de Laura y de las mujeres más pudientes de Buenos Aires, el encaje sobre la piel desnuda de hombros, brazos y espalda era la última moda en París.

—¿La gargantilla de brillantes o la de zafiros? —preguntó Laura, mientras enseñaba las alhajas, una en cada mano.

—La de zafiros —opinó María Pancha—. Doña Ignacia pondrá el grito en el cielo cuando te vea con ese vestido —reflexionó, con la vista en la espalda prácticamente desnuda de su niña.

Laura desestimó la advertencia. Hacía tiempo que la abuela Ignacia había dejado de ser la Gorgona de su niñez. Al mito, en parte, lo habían destruido las Memorias de su tía Blanca Montes, cuando la bajaron del pedestal para convertirla en un ser humano común y corriente, con más faltas y desaciertos que las virtudes que la propia Ignacia de Mora y Aragón se jactaba de poseer. Laura le había perdido el miedo y, a pesar de que seguía respetándola, la trataba con indiferencia; a veces, incluso, con cinismo.

Luego de su exilio de dos años en Córdoba, Laura había regresado a Buenos Aires escoltada por su esposo, el doctor Riglos, y por una vastísima fortuna, la heredada de su padre. Aunque en un principio había temido regresar, el dolor y la desesperanza, que la convirtieron en una mujer muy diferente de la jovencita que había partido hacia Río Cuarto a principios del 73, le proveyeron la coraza para enfrentar sin vacilación al mundo hostil de la Capital. La Laura Escalante —ahora de Riglos— que puso pie en la casa de la Santísima Trinidad aquella tarde de abril del 75, lo hizo con la seguridad que le confería saber que sus integrantes dependían económicamente de ella, y con la frialdad y el desapego nacidos de la amargura. Pronto resultó palmario para todos, incluso para el mismo Riglos, que nadie opinaría sobre su vida, sus decisiones o su dinero. Laura Escalante se había convertido en un ser feroz e implacable. Hasta su abuela Ignacia le temía.

—Cierto que doña Ignacia habla poco y nada desde que perdió ese diente —siguió discurriendo María Pancha, mientras le trenzaba el cabello—. ¡Bendito sea el hueco en la encía de tu abuela! —profirió de repente, y Laura explotó en una carcajada.

María Pancha detuvo sus dedos y se quedó mirándola, una mirada tierna y maternal, mientras Laura inspiraba bocanadas de aire para sofrenar la risotada. Nada fácil reír dentro de un corsé.

—¡Qué hermosa eres cuando ríes! —dijo, y Laura se puso seria, perturbada por la observación tan inusual de María Pancha—. Ojalá rieras más a menudo. Me haces acordar a la Laura de antes.

—Aquella Laura ya no existe —aseguró sombríamente, y se puso de pie.

—Esta noche viene el general Roca —mencionó María Pancha.

—Sí, lo invité y aceptó. Julián lo apreciaba sinceramente. Era justo que viniera esta noche. Roca lo ayudó con la última parte de su libro.

—Hoy en el mercado me alcanzaron unos chismes muy interesantes —comentó María Pancha como al pasar, y siguió ocupándose de guardar la ropa.

—Pues bien, ¿qué chismes? —se impacientó Laura.

—Se dice que, por estos días, al general Roca lo mueven sólo dos empeños: convertirse en el presidente de la República en el 80 y llevarse a la cama a la viuda de Riglos. Supongo que no te sorprende. Me dijeron también que, en el Club del Progreso, se hacen apuestas para ver quién será el primero en contar con tus favores después del luto. Roca es el preferido.

Llamaron a la puerta, y María Pancha se apresuró a abrir. Eugenia Victoria, prima de Laura, y su hija mayor, Pura Lynch, entraron en la habitación. Pura se echó a los brazos de María Pancha, que la abrazó y le besó la coronilla varias veces, mientras su madre, Eugenia Victoria, saludaba a Laura con dos besos, según la moda en las cortes europeas.

—¡Tía Laurita! —profirió Pura, y se quedó mirándola.

—No te preocupes, Laura —habló Eugenia Victoria—, tu ahijada sólo ha venido a ver tu vestido. De inmediato se va.

—¡Oh, tía Laura! —prosiguió la muchacha—. ¡Es más hermoso de lo que madame Du Mourier aseguró!

Pura se acercó lentamente, concentrada en los detalles del vestido de encaje. A sus ojos, tía Laura se asemejaba más a un hada de los cuentos de Perrault que a una mortal.

—¿No vas a darme un abrazo? ¿Ni siquiera un beso? —se quejó Laura, divertida ante la reacción desorbitada y espontánea de su sobrina.

Pura la aferró por la cintura y hundió el rostro en el regazo de su tía, que la abrazó y le besó la frente.

—¡Niña! —se escandalizó Eugenia Victoria—. ¡Suelta de inmediato a tu tía Laura! ¿Que no te das cuenta de que le arrugas el vestido?

—Como si le importara —interpuso María Pancha, contenta, pues cada vez que Pura Lynch se encontraba cerca, a Laura le cambiaba la cara.

—Perdón, tía —se excusó la muchacha—. ¡Qué hermosa estás! —insistió—. Esta mañana, cuando fuimos a lo de madame para que me tomase las medidas, nos contó que Eusebio acababa de llevarse tu vestido, el que lucirías esta noche. Nos dijo: “C’est la plus belle robe de Buenos Aires”. Et, vraiment, ni plus ni moins, c’est la plus belle de toutes! —exclamó, llevándose las manos al pecho.

—Sinceramente —admitió Eugenia Victoria—, el vestido es magnífico. De todos modos, habría que tener tu silueta para lucirlo con tanta gracia. —Y ensayó una mueca desesperanzada al echarse un vistazo frente al espejo. Después de cinco embarazos, la cintura de la que se había ufanado de joven sólo era un recuerdo.

—Daría con gusto todo lo que tengo (riqueza y silueta) —aseguró Laura—, a cambio de la mitad de tu felicidad junto a José Camilo.

Eugenia Victoria, de las pocas que conocían en detalle la historia de Laura, la contempló con tristeza. Laura, que odiaba inspirar ese sentimiento, volvió a su tocador y siguió maquillándose. Ante la aseveración de su tía, Pura se había quedado callada y meditabunda.

—Pero, tía —irrumpió nuevamente, con el entusiasmo de quien ha encontrado la solución a un grave problema—, ahora que se ha cumplido el segundo aniversario de la muerte de tío Julián, podrás casarte de nuevo y ser tan feliz como mamá.

—¡Niña, qué necedades dices! —se escandalizó Eugenia Victoria, mientras Laura y María Pancha se reían.

—Oh, mamá, para usted siempre estoy diciendo necedades. —Y sin reparar en el vistazo admonitorio de Eugenia Victoria, Pura se arrodilló junto a Laura—: Tía, por favor, por favor, lleva este vestido en mi fiesta de quince años, por favor. Serás la más hermosa de la fiesta, todas te envidiarán.

—Ese día —pronunció Laura—, tú serás la más hermosa de la fiesta.

—Las dos seremos las más hermosas de la fiesta. Prométeme que usarás este mismo vestido el día de mi fiesta.

—Madame Du Mourier me confeccionará otro para esa ocasión —observó Laura.

—Seguramente no será tan hermoso como éste —se empacó la muchacha.

—Esta noche viene la mitad de Buenos Aires a cenar, todos lo habrán visto para esa fecha. ¿Qué dirá la gente? ¿Que no luzco un vestido nuevo para un acontecimiento tan especial como la presentación en sociedad de mi ahijada?

—¿Desde cuándo te importa lo que dice la gente? —reprochó Pura, y las tres mujeres se pasmaron—. Siempre haces y deshaces a voluntad, eso dice la abuela Ignacia. No dejarás de complacerme sólo por atender los comentarios de la gente, ¿verdad?

Laura le acarició la mejilla y sonrió lánguidamente. Tenía muchos sobrinos —sus primos habían sido prolíficos—, mas, a pesar de que por todos albergaba sentimientos muy profundos, a Pura Lynch la unía un lazo más fuerte y trascendente. En la vitalidad y desparpajo de Pura, en sus ansias por vivir y experimentarlo todo, solía reconocer a esa Laura Escalante a la que se había referido María Pancha hacía un momento, la joven que había muerto en Río Cuarto seis años atrás.

—Te lo prometo —acordó Laura—, usaré este vestido el día de tu fiesta de quince años.

—¡Gracias, gracias, tía Laura! Estarás más linda que tía Esmeralda.

—María Pancha —intervino Eugenia Victoria—, acompaña, por favor, a Pura hasta el coche. Teodoncio la aguarda en la puerta.

Laura se despidió de su sobrina, y María Pancha la condujo fuera de la habitación. Eugenia Victoria tomó asiento frente al tocador junto a su prima y se empolvó la nariz.

—No sé qué hacer con esa criatura —suspiró.

—Absolutamente nada, eso es lo que debes hacer. Dejarla ser tal como es, libre y desprejuiciada, llena de vida y luz. En su personalidad radica el gran atractivo de Purita. ¿Quiénes llegaron?

—Hasta hace un momento el abuelo Francisco entretenía a un grupo entre los que distinguí al general Roca, a Eduardo Wilde, a Miguel Cané y a Carlos Guido y Spano, que no sé cómo lograste que dejara su confinamiento y se presentara esta noche. La abuela Ignacia me dijo, medio enojada, que no habías invitado a la viuda de mi hermano Romualdo.

—¿A tía Esmeralda? —ironizó Laura, emulando a Purita—. Sabes que no la tolero.

—Sí, pero es la viuda de Romualdo —apuntó Eugenia Victoria.

—Eso quería, ser la viuda de tu hermano, para heredar su fortuna y malgastarla en frivolidades y amantes.

—No digas eso. Romualdo la quería muchísimo. Esmeralda es de la familia.

—No de la mía —expresó Laura, y se puso de pie para evidenciar que no tocaría el tema de Esmeralda Balbastro.

En consideración al motivo de la cena —la presentación póstuma del libro Historia de la República Argentina del doctor Riglos—, ni siquiera a doña Ignacia se le ocurrió objetar que debía servirse comida criolla. Se dejaron de lado las suntuosas recetas francesas que acostumbraban servirse en la mesa de los Montes para dar lugar a empanadas, humita en chala, asado de carne y achuras, papas, choclos, cebollas y pimientos cocinados sobre los rescoldos, y otros platos típicos. De postre, la selección no era menos autóctona: pastelitos de dulce de batata y membrillo, melcocha, flan con dulce de leche, ambrosía y variedad de fruta en almíbar perfumado con clavo de olor. El general Roca, ubicado a la derecha de Laura, comentó:

—¡Nada como un buen asado argentino! No entiendo ese empeño en preparar comidas del Viejo Continente cuando lo nuestro es superior. Yo nunca como mejor que en campaña, cuando los soldados preparan esos asados suculentos y jugosos. No hay mejor asador que el soldado argentino —remató con orgullo.

—¿Es de su gusto este asado, general? —quiso saber Laura, y le apreció de soslayo la capa azul, con orifrés, entorchados y medallas de colores, que le sentaba de maravilla.

—De los mejores que he comido últimamente —aseguró Roca y, sin prudencia, le miró la piel del hombro, apenas velada por los bordados del encaje.

—Hice venir a dos peones de la estancia de Pergamino, los dos mejores para asar en opinión del capataz.

En comparación con los demás invitados, el general Roca era una visita reciente de la Santísima Trinidad. La amistad con Julián Riglos había comenzado en el 74, cuando el por entonces ministro de Guerra, Adolfo Alsina, los presentó. Volvieron a verse en contadas ocasiones debido a que Roca, asentado en Río Cuarto, visitaba la Capital con escasa regularidad. La amistad, sin embargo, se afianzó a través de un fluido intercambio epistolar en el cual Roca, a pedido de Riglos, completaba escenas de la guerra del 65 contra el Paraguay, conocida como de la Triple Alianza, que constituía la parte final del último volumen de su Historia de la República Argentina. Roca se explayó especialmente al describir la cruenta batalla de Curupaytí, y no sólo mencionó los errores estratégicos y tácticos sino los horrores que debió presenciar ese mediodía cuando los soldados de la Alianza caían como moscas frente a la andanada paraguaya. El aporte de Roca al libro de Julián resultó invaluable y su nombre se mencionó en el capítulo Agradecimientos. Desde la guerra contra el Paraguay, Julio Roca sólo había conocido aciertos militares que lo catapultaron a una carrera meteórica. Se podía afirmar, sin posibilidad de error, que era el militar más relevante de la escena política argentina.

En cuanto a los demás invitados, Laura admitió que se trataba de hombres y mujeres de la más refinada extracción, con modales impecables, conversación cultivada e interesante, rostros placenteros y prendas tan elegantes como las que se habrían encontrado en los salones de la aristocracia parisina. Aunque se sentía a gusto entre ellos —después de todo, por nacimiento y educación pertenecía al círculo que conformaban—, invariablemente, en su compañía, la asolaba un sentimiento oscuro e incómodo que le impedía disfrutar.

—Hace poco recibí carta de su hermano —comentó Roca.

—Puedo imaginarme el tenor de la epístola —aseveró Laura.

—El padre Agustín Escalante es de los pocos misioneros que conozco. Me refiero a un verdadero misionero —apuntó Lucio Mansilla, y monseñor Mattera levantó la vista del plato con aire ofendido.

—Al igual que el padre Marcos Donatti —acotó Laura, y Mansilla asintió con solemnidad.

—Su hermano se queja —prosiguió Roca— de la pésima condición de los soldados e indios que viven en el Fuerte Sarmiento. Afirma que salarios y abastecimientos a veces no llegan porque los comisionados los roban o se los juegan, y, si llegan, es con tal retraso, a veces de años, que ya están completamente enajenados a comerciantes y pulperos.

—Pobre hermano mío —suspiró Laura—. Parece un Quijote enfrentando los molinos de viento.

La conversación derivó en el tema obligado de los últimos meses: la campaña del desierto, la que Roca venía diseñando con meticulosidad de orfebre desde la muerte del anterior ministro de Guerra, Adolfo Alsina, y para la cual había obtenido la aprobación y presupuesto del Congreso con la famosa Ley 947 de octubre del año anterior. En poco más de tres meses, un ejército de seis mil hombres, armados con Remington, tratarían de extender la línea de la frontera sur hasta el río Negro, arrasando con cuanta toldería y malón se interpusiese en su camino. Se decía que, en realidad, esta campaña constituiría simplemente el golpe de gracia a los indios del sur, pues desde hacía un año el ejército argentino llevaba a cabo una tarea estratégica de desgaste que dividía y debilitaba a las tribus.

—La zanja de Alsina fue un error desde el vamos —opinó el doctor Estanislao Zeballos, y varias voces se aunaron para apoyarlo.

El joven doctor Zeballos se refería a la zanja de tres metros de ancho y dos de profundidad que el anterior ministro de Guerra y Marina había mandado a excavar en el 76, paralela a la línea de la frontera sur, con el objetivo de dificultar a los malones el arreo de ganado, una medida de protección con reminiscencia medieval, en opinión del general Roca, que sólo había dificultado el abigeato pero que de ninguna manera lo había exterminado.

—Esa zanja —prosiguió Zeballos— nos limita, e impone un linde entre los territorios nacionales y los de esos salvajes que es completamente inaceptable. No debemos dar al indio la impresión de que queremos llegar sólo hasta allí, cuando, en realidad, Tierra Adentro nos pertenece por derecho.

—¿Qué derecho? —quiso saber Laura.

Se contemplaron con la frialdad que caracterizaba sus relaciones desde el día en que Riglos los presentó. Zeballos, que había querido y admirado a su profesor y amigo Julián Riglos, sabía que la mujer magnífica e inteligente que en ese momento le sostenía la mirada con la osadía de un guerrero celta, había sido desamorada y cruel con su marido, convirtiéndolo en un hombre sombrío y pesimista, proclive a la bebida. Eso no se lo perdonaba. Tampoco que se hubiese negado a publicar su libro La conquista de quince mil leguas el año anterior, porque toda Buenos Aires estaba al tanto de que, si bien la Editora del Plata se encontraba a cargo de Mario Javier, un riocuartense doctorado en Filosofía y Letras, la verdadera propietaria era la viuda de Riglos. Finalmente, el ministro Roca consiguió publicarlo con fondos del gobierno.

—¿Derecho? —repitió Zeballos—. ¡Pues el derecho que nos da la cultura, la civilización y el progreso! No podemos caer en la misma indolencia de los salvajes, hacer la vista gorda y quedarnos de brazos cruzados cuando ellos ocupan tierras que son vitales para el desarrollo de la república y que se encuentran completamente desaprovechadas, porque, claro está, estos salvajes lo único que saben hacer es ocuparlas.

—Eso no es cierto —objetó Laura, y percibió que la tensión entre los comensales aumentaba—. Me asombra, doctor Zeballos, que siendo usted tan avezado en el tema de los indios del sur diga que sólo ocupan la tierra cuando es sabido que la trabajan y con pingües ganancias. Probablemente las técnicas que utilizan para labrarla carezcan del avance de las usadas en nuestros campos, pero eso no significa que mantengan la tierra ociosa. Además, crían ganado, no sólo vacuno sino lanar, yegüerizo y equino. En esto último no hay quien los supere.

—Señora Riglos —interrumpió Zeballos, con ostensible sarcasmo—, me asombra que usted sea tan avezada en materia de salvajes.

—Mi nieta está compenetrada en el tema de los indios pues su hermano, el padre Agustín Escalante, es misionero en Río Cuarto y trabaja con los ranqueles, como mencionó hace un momento atrás el coronel Mansilla —explicó en vano don Francisco Montes porque, en realidad, los presentes sospechaban que el manifiesto interés de la señora Riglos por los indios tenía otras raíces y que a esas raíces se había referido Estanislao Zeballos con su comentario.

Durante meses, los porteños habían escuchado los cuentos acerca de un romance entre la por entonces señorita Escalante y un ranquel durante su fuga a Río Cuarto en el 73, más allá de las afanosas explicaciones de Julián Riglos que se hartaba de aseverar a amigos y conocidos que Laura jamás se había involucrado con un salvaje, más bien, había sido víctima de uno de ellos, y que afortunadamente el coronel Racedo la había salvado de la lascivia y abyección del inmundo ranquel, pagando con su vida el acto heroico. Esto afirmaba el “pobre Riglos”, como solían llamarlo luego de su casamiento con Laura Escalante. Ahora bien, las voces que aseguraban que el amorío había existido y con ribetes de novela nunca se acallaban del todo y, a pesar de los años, todavía se repetían en voz baja las anécdotas y detalles a los más jóvenes o a algún despistado que nunca las había escuchado.

—Debemos ocupar esas tierras —apuntó Wilde, en tono conciliador— no sólo para no dejarlas ociosas sino por el riesgo que existe de que nos las arrebaten los chilenos, que, desde hace años, las miran con cariño.

Laura decidió acabar con la discusión acerca de los derechos sobre los territorios indígenas no porque le preocupara incomodar a los amigos de Julián sino para ahorrarle un disgusto a Magdalena, su madre, que se había demudado. Ella guardó silencio; los demás, en cambio, encontraban de lo más estimulante el tema y prosiguieron con la polémica. Preponderaban las voces de Mansilla, Zeballos y Sarmiento, tres gallos con espolones demasiado prominentes para coexistir sin fricciones ni disputas.

—¿Y tu mujercita, Roca? —se interesó el ex presidente Sarmiento, cansado de la atención casi exclusiva que le dispensaba la viuda de Riglos al ministro de Guerra y Marina.

—En Santa Catalina, con su familia —respondió, y el modo tajante y frío que utilizó contrastó con sus maneras normalmente galantes.

—¿La estancia de Santa Catalina? —preguntó doña Felicitas Cueto de Guerrero—. Tengo entendido que pertenecía a una misión jesuítica antes de que los expulsaran en 1767.

—Así es —respondió Roca.

—No me extraña —acotó Sarmiento, con cierta ironía—, porque Córdoba en absoluto es una provincia desprovista de conventos e iglesias. En realidad —prosiguió—, Córdoba, toda en sí, es un gran claustro donde la mayoría de sus habitantes son sacerdotes, monjas, oblatos, motilones o monaguillos, con mentalidad y comportamiento dignos de la época del oscurantismo.

Monseñor Mattera, muy ocupado con un suculento trozo de lomo, no pudo replicar de inmediato, y perdió el turno cuando Roca manifestó:

—Te concedo que los cordobeses están arraigados a la tradición católica más que en otras partes y que, en ocasiones, resulta difícil hacerlos razonar más allá de los dogmas y las prédicas del domingo, pero, debo admitir, son buenas personas, caritativas y gentiles.

—No, no lo son —interpuso Laura, y la sala enmudeció.

El general Roca la miró ceñudo, mientras sopesaba si debía replicar y mostrarse ofendido. Ésa era la segunda vez en la noche que la señora Riglos lo hostilizaba con sus comentarios, primero al oponerse a su política con los salvajes, y ahora al referirse despectivamente a la sociedad cordobesa, de quien su mujer, Clara Funes Díaz, era parte hasta la médula. Finalmente, relajó el entrecejo cuando los ojos negros y chispeantes de Laura lo desafiaron. “Demasiado hermosa para enojarme”, decidió, y la miró con picardía, casi con ganas de provocarla.

—Pero usted es cordobesa —se escuchó la voz de Mansilla.

—Mi padre solía decir —habló Laura, y apartó la vista del general—: “No por que hayas nacido en un chiquero eres un chancho”.

Los invitados la miraron con incredulidad hasta que Sarmiento lanzó una carcajada a la que pronto se unió el resto, a excepción de monseñor Mattera, que pugnaba por tomar la palabra irremediablemente sofocada por risotadas.

Laura se inclinó sobre la izquierda y se dirigió a Nicolás Avellaneda casi en un susurro para preguntarle acerca de los últimos planes para abrir escuelas en la provincia de Entre Ríos. Como siempre que conversaba con Avellaneda, se compenetró en el tema y no volvió a prestar atención a las disquisiciones que se desarrollaban en torno hasta que una palabra, una simple palabra, le provocó un vuelco en el estómago. Alguien dijo: Racedo. Laura levantó la vista y sus ojos se congelaron en los de María Pancha, que le indicó con una mueca rápida que se recompusiera y continuó sirviendo el postre.

—Eduardo Racedo dejó el fuerte de Río Cuarto hace menos de un mes —explicó el general Roca—, el 12 de diciembre para ser más exacto. Lo acompaña un ejército no muy numeroso. En realidad, su expedición tiene como objetivo primordial el reconocimiento del terreno, ubicar rastrilladas, fuentes de agua y las tolderías. Por supuesto —acotó Roca, y una sonrisa irónica le levantó las comisuras—, nadie será capaz de detenerlo si la Providencia lo pone frente a un ranquel, en especial al que asesinó a su tío Hilario. Su odio ciego por los salvajes puede convertirse en el determinante para una victoria segura.

Laura apoyó los cubiertos y se llevó la servilleta a la boca para ocultar que le temblaba. Sabía que Roca era un hombre que no daba puntada sin hilo, e interpretó ese comentario tan naturalmente vertido como la estudiada revancha por sus ataques anteriores. “Ojo por ojo, diente por diente”, sentenció. Jamás volvería a jugar con Roca. Bebió un trago de vino tinto para reanimarse. Con mucha compostura, dejó la servilleta a un costado del plato, indicando el final de la cena. Aunque habría correspondido a doña Ignacia darla por terminada, Laura hizo caso omiso del protocolo y se puso de pie. De repente le pareció que aquella cena y lo que la motivaba eran una gran farsa que debía acabar pronto, tenía que desembarazarse de esa gente, quedarse sola y pensar, refugiarse en su mundo hecho de recuerdos y nada más.

Los invitados la siguieron a la sala sin murmuraciones ni miradas significativas. Gracias a los esfuerzos de doña Luisa del Solar, de tía Carolita y de Eugenia Victoria, los ánimos regresaban y una conversación moderada iba ganando terreno al silencio de momentos atrás. Roca, compungido por su desliz, se acercó a Laura y le pidió disculpas.

—Ha sido desgraciado mi comentario acerca de la muerte del coronel Hilario Racedo —expresó—. Mi torpeza es imperdonable, pero quiero asegurarle que lejos de mis intenciones está traerle recuerdos dolorosos en esta noche tan especial. Le pido que me perdone. —Con vehemencia, tomándola de la mano, imprecó—: Dígame que me perdona o no podré volver a mirarla a la cara.

Laura levantó la vista y se topó con el rostro oscuro y atractivo de Roca muy cerca del de ella. Para su sorpresa, se dio cuenta de que el padecimiento del recio militar era sincero. Descubrió también en el brillo de sus ojos pardos y en la firmeza de su gesto la determinación que había encontrado en pocos hombres, quizá sólo en dos, en su padre, el general José Vicente Escalante, y en su amante, el cacique Nahueltruz Guor. Supo con certeza que el destino de los indios del sur estaba sellado si del general Roca dependía.

—General, no hay nada que perdonar. Aquello pasó hace muchos años y, sí, es un recuerdo doloroso, pero de eso usted no tiene la culpa. No se atormente con algo que ahora carece de importancia.

—Dígame que me perdona, hágalo de corazón.

—Lo perdono, si eso necesita.

Roca le besó la mano y se alejó en dirección a sus amigos, que platicaban animadamente mientras tomaban cigarrillos de sus pitilleras y saboreaban el coñac y otros digestivos. Mario Javier y su ayudante, Ciro Alfano, ya repartían, como obsequio entre los invitados, los volúmenes de Historia de la República Argentina, recibidos en medio de muestras de aspaviento y asombro, pues la edición era muy lujosa. La Editora del Plata no había escatimado en gastos, y Mario Javier aceptaba los elogios con timidez. A nadie pasó inadvertida la simple dedicatoria: “Para Laura”.

Guido y Spano leyó un discurso, que conformaba el prólogo del libro, donde destacaba la grandeza de Riglos como persona y su extraordinaria capacidad como abogado e historiador. Se refirió a él en los términos más encomiosos; lo llamó “un hombre brillante de nuestro siglo”. Prosiguieron los panegíricos cuando Nicolás Avellaneda y luego Sarmiento tomaron la palabra. Finalmente se brindó con champán y, al grito de “¡Por Julián!”, todos entrechocaron las copas.

Sólo quedaban Lucio Victorio Mansilla y su madre, doña Agustina. Laura los acompañó hasta el vestíbulo, donde recibió con paciencia los últimos halagos y los despidió afectuosamente. Camino a su habitación, pasó por el comedor, donde las domésticas cuchicheaban mientras apilaban platos, limpiaban ceniceros y recogían copas. Por fin, la velada había terminado.

María Pancha la aguardaba con la cama abierta y el déshabillé y las pantuflas listas. Hojeaba el primer tomo de Historia de la República Argentina que dejó de inmediato sobre la mesa de noche cuando Laura entró en la habitación. La ayudó a deshacerse del vestido de encaje, del corsé, del polizón y de la combinación de batista. Laura se sentó frente al tocador, y María Pancha le deshizo la trenza y retiró las presillas que sostenían la que le coronaba la cabeza. Laura se quitó las joyas, mientras María Pancha le cepillaba el pelo.

—Ésta ha sido una noche difícil —murmuró—. Tengo una jaqueca persistente y aguda.

—Te prepararé una infusión de valeriana —dijo María Pancha—. Lo único que tienes es cansancio.

Por un rato, ninguna volvió a hablar y sólo se escuchaba el sonido de la cerda del cepillo sobre el cabello de Laura.

—Es un alivio saber que por fin se publicó el libro de Julián —comentó—. Mario Javier hizo un excelente trabajo.

—Fue su última voluntad antes de morir —recordó María Pancha—. No me habías dicho que te dedicó el libro.

—Para mí también fue una sorpresa cuando leí el manuscrito. Pensé que se lo dedicaría a Loretana o su hija, Constanza María.

—Nunca fuiste capaz de comprender la inmensidad del amor de ese hombre. Te amó hasta el último momento, a pesar de Loretana y de Constanza María.

—Hablas como si, en vida, hubieses adorado a Julián cuando sabemos que no lo soportabas.

—El doctor Riglos no me gustaba, cierto, pero eso no impide que reconozca que te amó locamente.

—Estaba obsesionado conmigo, no me amaba —se irritó Laura.

—Es una línea muy sutil la que separa la obsesión del amor. El amor apasionado es una especie de obsesión. También es muy sutil la línea que separa el amor del odio. Nunca lo olvides —enfatizó María Pancha—: a veces lo que parece odio es sólo un profundo amor muy contrariado.

Laura desprendió el guardapelo de su justillo y lo abrió. Hacía tiempo que había entrelazado los dos mechones y siempre la sobrecogía el contraste de sus tonalidades, uno tan negro, el otro tan rubio. Como habían sido Nahueltruz y ella, uno tan distinto del otro. En un tiempo, convencidos de que las diferencias no contaban, se habían animado a hacer planes, pero la realidad dio al traste con sus quimeras y les hizo comprender muy dolorosamente que las diferencias eran infranqueables.

—Es penoso vivir con ciertos recuerdos pero imposible abandonarlos —expresó María Pancha, sombríamente—. Sigues tan enamorada de ese indio como el primer día.

—Sólo a ti te permito que me hables con tanta franqueza —admitió Laura, sin visos de enojo—, a ti que me conoces como nadie; me miras y sabes lo que pienso. Tus palabras han expresado lo que yo misma no me atrevo a decir por miedo; ni siquiera me atrevo a alentarlas secretamente. Porque tengo miedo, María Pancha. Miedo de descubrir que lo sigo amando, que la herida que con tanto afán trato de cicatrizar sigue tan abierta como el primer día. Una vez me dijiste que el tiempo y el cariño y el cuidado de mis amigos me harían olvidar. Ahora temo que su recuerdo permanecerá conmigo siempre y que alterará mi vida por completo.

María Pancha dejó el cepillo sobre el tocador y acercó una silla a la de Laura. Le levantó el rostro por el mentón y le secó las lágrimas con el mandil.

—Vamos, dime —la alentó—, dime todo lo que no te animas siquiera a pensar. Díselo a tu María Pancha, que te conoce del derecho y del revés, como bien dices.

—¡Oh, María Pancha! —sollozó Laura—. Lo cierto es que, a pesar del tiempo y de todo lo que ha pasado, nunca he dejado de lamentar la gran desilusión de mi vida. Sólo he aprendido a sobrellevarla. Desde que lo perdí, aprendí a vivir sin esperanzas ni ilusiones. Las horas, los días, las semanas se enhebran como abalorios en un collar y conforman los meses, los años. Así transcurre mi vida. Nahueltruz Guor estaba presente en todos mis pensamientos cuando dejé Río Cuarto a principios del 73 y lo sigue estando ahora, seis años más tarde.

Capítulo III. La casa de la calle Chavango

Durante el verano, las familias decentes abandonaban el bochorno de Buenos Aires, que se tornaba pestilente e insalubre, y se refugiaban en la frescura de sus quintas y estancias. Los Montes partían religiosamente hacia San Isidro. Para deleite de su madre, que adoraba ese lugar, Laura había recuperado la quinta hipotecada en tiempos de Justiniano de Mora y Aragón, el marido bígamo de tía Dolores, y que años más tarde Francisco Montes, aconsejado por Julián Riglos, vendió para pagar deudas largamente postergadas.

Recuperar el patrimonio familiar era de las cosas que le otorgaban mayor satisfacción a Laura, no sólo las propiedades sino las obras de arte, las joyas, los muebles, la vajilla. Gastó una fortuna en remozar la casa de la Santísima Trinidad, que parecía caerse a pedazos el año en que regresó de Córdoba. Le hizo poner sistema de agua por tuberías y luces a gas, y fue de las primeras casas porteñas en contar con estas modernidades. Se colocaron artesonados en todas las salas y dormitorios y, en el comedor y salón principal, se doraron a la hoja. Se quitaron las alfombras de Kidderminster, arrasadas por las polillas, y se cubrieron los nuevos pisos de parquet con unas de Persia. Se colgaron espejos venecianos con candelabros de pared que le otorgaron el aspecto de un gran salón de baile, dorado y luminoso. Se recuperaron y mandaron a restaurar los cuadros de los pintores flamencos del Renacimiento, debilidad de la baronesa de Pontevedra, y Laura encomendó a su agente en Londres, lord Leighton, que comprara pinturas de los prerrafaelistas, un grupo de artistas jóvenes que revolucionaba el arte en Europa. La abuela Ignacia encontró las pinturas demasiado modernas y decididamente carentes de buen gusto. Se retapizaron sillas, sillones, confidentes y canapés con jacquards y brocados de Lyon, y la bergère con un damasco azulino, el mismo de tiempos de la abuela Pilarita. Se recuperó la araña de cristal de Murano, orgullo de la baronesa, vendida a los Álzaga para pagar impuestos, que volvió a brillar, esta vez con bujías a gas, en el salón más lujoso de Buenos Aires, en opinión del poeta Guido y Spano, proclive a estas expresiones exuberantes. Cuando por fin terminaron las obras, la mansión ostentaba el boato y la elegancia de los tiempos de Abelardo Montes, barón de Pontevedra.

En honor a la verdad, el placer de Laura no residía en echar mano a los objetos que habían integrado la inmensa fortuna del barón o en embellecer la casa que había constituido su orgullo en vida; el placer residía en el poder y la autoridad que eso le confería frente a sus parientes. El dinero la volvía descarada, a veces tirana y despiadada.

Esa mañana, sin embargo, Laura disfrutaba sinceramente de su última adquisición, al igual que Eusebio, el cochero, que había soñado con conducir una victoria desde el día en que se enteró de que existían. Estrenaba además una librea de calicó azul con cuello y puños verdes, los colores que, según doña Ignacia, habían predominado en el escudo de armas de la dinastía del duque de Montalvo.

Inusualmente, la familia Montes había regresado de San Isidro a la casa de la Santísima Trinidad la noche anterior para asistir ese día, 30 de enero, a la consagración de la capilla de Santa Felicitas, levantada en honor de Felicitas Guerrero de Álzaga, muerta siete años atrás, en el 72. En realidad, toda la aristocracia porteña y las personalidades relevantes del gobierno habían abandonado sus retiros en el campo para participar del recordatorio en honor de la celebrada belleza porteña.

Alrededor de las once de la mañana, los padres de Felicitas, Carlos Guerrero y Felicitas Cueto, aguardaban a parientes y amigos para iniciar la ceremonia. Laura, junto con sus tías Dolores y Soledad, su madre y su abuela —el abuelo Francisco había preferido quedarse en San Isidro— marcharon en la victoria nueva protegidas por parasoles y pequeñas sombrillas hacia la parte sur de la ciudad, cerca del Riachuelo, en la zona de Barracas.

—A la quinta de Álzaga, en la Calle Larga y Pinzón —ordenó Laura a Eusebio, que de inmediato puso en marcha el coche.

—¡Qué pesar! —exclamó Dolores—. Tener que volver al lugar donde Felicitas sufrió tanto.

No volvieron a hablar durante el trayecto; el recuerdo de la muerte de Felicitas ...