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INDIAS BLANCAS (2018)

Florencia Bonelli  

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Fragmento

Índice

Portada

Dedicatoria

Agradecimiento

Epígrafe

Capítulo I. Una voluntad poderosa

Capítulo II. Los esposos Javier

Capítulo III. Una princesa de ciudad

Capítulo IV. Un penoso asedio

Capítulo V. Las Memorias de Blanca Montes

Capítulo VI. El extraño del pañuelo rojo

Capítulo VII. El rey del desierto

Capítulo VIII. María Francisca Balbastro

Capítulo IX. Una impresión imborrable

Capítulo X. La mañana de la revelación

Capítulo XI. El zorro y la rosa blanca

Capítulo XII. Ojos grandes

Capítulo XIII. Las fugitivas

Capítulo XIV. Pura felicidad

Capítulo XV. Zorro Cazador de Tigres

Capítulo XVI. Fe ciega

Capítulo XVII. Una mujer sin tierra

Capítulo XVIII. Dos guardapelos de alpaca

Capítulo XIX. La condena de Blanca Montes

Capítulo XX. Los fantasmas del pasado

Capítulo XXI. Últimas palabras

Capítulo XXII. Los celos

Capítulo XXIII. La traición y sus consecuencias

Capítulo XXIV. El paria

Capítulo XXV. Un gran embuste

Capítulo XXVI. Las perspectivas más agoreras

Nota de la autora

Biografía

Otros títulos de la autora

Créditos

Grupo Santillana

A María, la madre de mi Señor. Mi refugio, mi consuelo, mi auxilio.
A su sobrino Judas Tadeo, al que llaman patrono de las causas difíciles y desesperadas. Ya lo creo que lo es.
A mi sobrino Tomás. Tan cerca de ellos, tan pendiente de nosotros.

Agradecimiento

A mi tía, Ana María Moncada de Furey, que tan generosamente me contó de su antepasada, Ignacia del Moral, una cautiva.

Yo no soy huinca, capitán, hace tiempo lo fui.
Deje que vuelva para el Sur, déjeme ir allí.
Mi nombre casi lo olvidé: Dorotea Bazán.
Yo no soy huinca, india soy, por amor, z.
Me falta el aire pampa y el olor de los ranqueles campamentos,
el cobre oscuro de la piel de mi señor,
en ese imperio de gramillas, cuero y sol.
Usted se asombra, capitán, que me quiera volver,
un alarido de malón me reclama la piel.
Yo me hice india y ahora estoy más cautiva que ayer.
Quiero quedarme en el dolor de mi gente ranquel.
Yo no soy huinca, capitán, hace tiempo lo fui.
Deje que vuelva para el Sur, déjeme ir allí.

“DOROTEA, LA CAUTIVA”
DE FÉLIX LUNA

Capítulo I. Una voluntad poderosa

La tarde que Laura Escalante recibió el telegrama del padre Donatti no pudo evitar que su madre, sus tías y su abuela se enteraran. Incluso debió leerlo en voz alta. “Agustín grave. Carbunco. Avisa general Escalante. Padre Donatti.” El sacerdote lo había despachado en la villa del Río Cuarto, donde se hallaba el convento franciscano en el cual él y Agustín vivían desde hacía casi cinco años.

Las cuatro mujeres permanecieron calladas, mientras Laura repasaba las líneas en silencio. Al levantar la vista, descubrió el semblante fosco de su madre, ese ceño que conocía bien y que le dio a entender que olvidara lo que acababa de ocurrírsele.

—El carbunco es muy contagioso —informó tía Soledad.

—Y en ciertos casos, mortal —agregó tía Dolores, con aire de pitonisa en oráculo.

—No irás a verlo —expresó Magdalena, la madre de Laura.

—¿Es que se te había cruzado la idea por la cabeza? —preguntó la abuela Ignacia, con ese acento madrileño que, después de casi cincuenta años en Buenos Aires, no perdía por orgullo.

—Agustín es mi hermano —tentó la muchacha.

—Medio hermano —arremetió Soledad.

—E hijo de una cualquiera —completó Dolores.

—Bueno, bueno —terció Magdalena, que prefería no recordar a la primera mujer de su esposo ni siquiera para denostarla; ya suficiente tenía ella con sus celos y rencores—. Lo cierto es que no irás, yo no puedo acompañarte y tú sola no pones un pie fuera de esta casa.

En otra ocasión Laura habría comenzado un pleito, pocas cosas la estimulaban tanto como polemizar con “el cuarteto de brujas”, apodo que María Pancha, la criada, usaba para referirse a las patronas mayores. Esta vez, el desánimo por la noticia de la enfermedad de Agustín la guió al interior de la casona sumisa y silente, con los ojos cálidos y la boca trémula. Las mujeres la contemplaron partir y luego retomaron sus bordados.

—¿Quién le avisará a Escalante? —habló Soledad, que se animó a expresar lo que las otras no.

Las miradas se posaron en Magdalena, que siguió afanada en su labor de encaje a bolillo.

—Hace años que Escalante no habla con su hijo —expresó a modo de excusa y sin levantar la vista—. Desde que Agustín tomó los hábitos —añadió, como si sus hermanas y su madre no lo supieran.

—¡Qué hombre tan impío! —soltó Ignacia, expresión que siempre usaba para manifestar la aversión por su yerno. En otros tiempos no había sido así, pero de eso hacía muchos años.

—Si estuviese tía Carolita ella podría escribirle —aportó en vano Soledad, pues tía Carolita se hallaba en París y no regresaría en varios meses.

Ninguna volvió a hablar. Se concentraron en los trabajos de pasamanería, encaje y bordado que les tomaban gran parte de la tarde y que María Pancha vendería al día siguiente en la Recova antes de ir al Fuerte a ofrecer a los soldados sus confituras y pasteles. Quienes comprasen los primorosos entredós, los encantadores cuellos con terminación de puntilla o los alamares para embellecer los trajes militares pensarían en la habilidosa negra María Pancha como la autora de tan delicadas labores, pues revelar que las mujeres de la familia Montes trabajaban para sostenerse resultaba inadmisible.

Laura escribía con celeridad en el tocador de su dormitorio. Nada quedaba del semblante compungido de momentos atrás. Poco había bastado para que se le ocurriese una idea y se disponía a llevarla a cabo. Siempre se salía con la suya, como decía a menudo la abuela Ignacia.

María Pancha entró en el dormitorio de Laura y cerró la puerta con sigilo. Sabía lo del telegrama, por eso había llorado. La negra quería y respetaba a pocas personas, pero a Agustín Escalante, lo adoraba. Era su hijo, aunque no lo hubiese parido, porque, junto con la señora Carolina, lo había criado como propio. Se acordaba como si fuese ayer de la primera vez que lo había sostenido en brazos, recién nacido, o la ocasión del primer baño, o la de los primeros pasos en el solado de la casa de Córdoba. Recordó también la vez que, siendo un niño de cuatro años, tropezó y se cortó el mentón. Aunque asustado por la sangre, se había comportado valientemente y no había llorado mientras ella lo curaba con agua D’Alibour. A los ojos de la negra, Agustín Escalante carecía de defectos. Se trataba de un ser noble, dulce y generoso, y al mismo tiempo sagaz y determinado. Y ahora le decían que estaba muriendo. La vida no podía ensañarse una vez más con su niño, no con alguien como él. Se cubrió el rostro y se puso a llorar de nuevo.

Laura se acomodó junto a María Pancha y le pasó el brazo por los hombros. Conocía el amor incondicional que la mujer le profesaba a su hermano. Ella misma lo quería entrañablemente. Agustín encarnaba una especie de héroe de cuentos a quien recurría en cualquier adversidad y que siempre la salvaba. La había encubierto en sus travesuras de niña o defendido de la ira de su madre, le había hecho más llevaderas las penitencias, regalado golosinas que Magdalena jamás habría consentido que comiese, prestado libros a los que ella no tenía acceso y enseñado a decir frases en latín. Los domingos, después de misa, la llevaba de paseo a la plaza y la mostraba con orgullo a sus amigos, que le habían tomado cariño, pues era una niña muy bonita y ocurrente.

Una tarde Agustín dejó la casa paterna en Córdoba y se confinó en el convento de San Francisco. Por algún tiempo no recibió a nadie en su celda y sólo se comunicaba por escrito con María Pancha. Laura creyó que su hermano había dejado de quererla y se apagó como un pabilo frente al viento; casi no comía y merodeaba por la casa sin saber qué hacer ni adónde estar. No era ella misma, le faltaba una parte fundamental de sí: su hermano mayor. Experimentó el repentino abandono de Agustín como una traición y, en un arrebato de llanto y furia, le dijo a María Pancha que lo odiaba. Al día siguiente, la criada le anunció que Agustín deseaba verla, y a Laura volvieron a brillarle los ojos.

Debieron ir a escondidas al convento, porque el padre de Laura, José Vicente Escalante, había decretado que Agustín ya no era hijo suyo y que nadie de la familia volvería a tener tratos con él. Laura nunca había sido una niña obediente, y recibió esa orden con indiferencia. Durante una siesta, ella y María Pancha se escabulleron por el portón de mulas y corrieron hasta el convento, distante sólo pocas cuadras.

Las recibió el padre Donatti, confesor y amigo de Agustín, e hizo una excepción al permitirle a la pequeña encontrarse con su hermano. Lo aguardaron en el patio de la iglesia donde tantas veces Laura había jugado mientras su madre se confesaba con el padre Donatti. El convento de San Francisco era sólido y sobrio, y carecía absolutamente de aparatosidad y boato. El pórtico que daba al jardín tenía incluso las columnatas con la pintura descascarada y faltaban algunas tejas en la cornisa, como una encía sin dientes. Solía ir al convento con buena disposición; ese día, sin embargo, a Laura se le antojó que aquel recinto silencioso y simple había perdido el encanto de ocasiones anteriores, cuando el sol daba de lleno sobre el empedrado y las ramas de los jacarandaes parecían guirnaldas. Ese día estaba nublado y las flores eran un pegote sobre los adoquines. Su hermano se había vuelto loco al cambiar ese sitio por la comodidad y el lujo de su hogar. Cierto que Agustín nunca había mostrado mayor inclinación por las riquezas y el poder del respetado general José Vicente Escalante; más bien se complacía en cuestiones que nada tenían que ver con los negocios del padre, lo que había erigido un muro entre ellos, una distancia y una frialdad que incluso Laura, en su corta edad, había notado.

Agustín las recibió en una sala pequeña desprovista de mobiliario y adornos, sólo una banqueta larga donde se sentaron los tres muy juntos. Laura se aferraba a la cintura de Agustín y lloraba a pesar de que se había propuesto no hacerlo. Su hermano había perdido peso, tenía la expresión más saturnina que de costumbre y se estaba dejando crecer la barba. Vestía una túnica de tela basta, color marrón, y sandalias.

—He decidido tomar los hábitos, Laurita —soltó Agustín.

Laura lo miró llena de espanto, mientras trataba de pensar en una frase contundente que lo hiciera cambiar de parecer, que le abriera los ojos y lo enfrentara a su error. Él no había nacido para llevar hábito ni para vivir entre las sombras de un convento.

—No podremos salir de paseo los domingos —intentó, pero se dio cuenta de que a Agustín no se le movía un músculo de la cara—. Ni tampoco podrás estar con tus amigos ni jugar al billar en el café de los Plateros —probó esta vez, sin mayor esperanza, pues Agustín seguía inmutable.

—Nada de eso importa ahora, Laurita —expresó el muchacho, y su voz sonó tan tranquila y segura que Laura tuvo la certeza de que nada lo conmovería—. Lo único que deseo que sepas es que te quiero y que nunca dejaré de quererte. Y como sé que tú también me quieres, estoy seguro de que no te opondrás a que yo haga esto que deseo desde hace mucho tiempo.

Agustín no lo supo, porque Laura escondió bien sus sentimientos para no defraudarlo, pero esa tarde dejó el convento con el corazón hecho trizas. La casa ya no fue la misma sin él, ella tampoco. Incluso el adusto general Escalante, que aparentaba no importarle, se tornó meditabundo e introvertido, y pasaba más horas en su estudio con una botella de coñac como ún

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