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INTOXICADOS POR LA FE

Bernardo Stamateas  

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Fragmento

Una flecha al aire

por Pacho O’Donnell

Crecí en un hogar de honestas convicciones católicas regidas por la concepción de un Dios punitorio, alerta a nuestras faltas, severo, implacable judicante, que todo lo veía y a quien nada se le escapaba. Y quien en la temible instancia del Juicio Final pasaría revista a nuestras muchas y graves endebleces con un fallo fácilmente previsible: la condena eterna. Fue muy impactante para mí aquella escena de una película española, ¡Viva Azaña!, en la que un cura-maestro, ante una pregunta de uno de sus alumnos acerca de qué era eso de la condena eterna, escribió un uno seguido de ceros, muchísimos ceros, hasta cubrir la superficie del pizarrón con ceros…

Me era muy difícil ser un “niño bueno”, porque la lista de pecados era vastísima y eran todos muy fáciles de cometer. Por ejemplo, aquello de los “malos pensamientos” que el sacerdote confesor indagaba infaliblemente… ¿era acaso posible no tener “malos pensamientos”?

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De eso se ocupa Stamateas en este libro, de lo tóxico de la religiosidad opresiva, amedrentadora, que no libera sino que achicharra, que no está basada en el amor sino en el temor. Que nos insta a albergar en nuestro interior a un Dios que nos ama, que aspira a que seamos lo que debemos ser y no lo que cierta religiosidad burocrática y formalista pretende que seamos. Quizás la pregunta que nos será formulada al fin de nuestros días no será “¿por qué cometiste tantos pecados?”, sino “¿por qué no fuiste lo que debías ser?”.

Porque de eso se trata: de tener el coraje de estar en contacto con nosotros mismos, con nuestro deseo, de buscar y encontrar a Dios no en las formalidades de la burocracia religiosa, sino en el amor y la alegría por ese maravilloso don de la Vida que debe ser consagrada a las dos leyes divinas fundamentales: el amor a Dios por sobre todas las cosas y al amar al prójimo como nos amamos a nosotros mismos. Todo lo demás es superfluo. “Mira, yo he puesto delante de ti hoy la vida y el bien, la muerte y el mal; escoge pues la vida, para que vivas” (Deuteronomio 30:15 y 19).

Es este uno más de los textos con los que Stamateas nos pone en guardia sobre la toxicidad que amenaza nuestra existencia. Y lo hace con una escritura que penetra hondo en nuestra conciencia y en nuestros sentimientos, discurriendo con admirable y atractiva simpleza sobre temas complejos y arduos, lo que lo ha consagrado como uno de los autores preferidos por nuestra gente, cualquiera sea su ideología, condición social o religión.

Sus libros son como las flechas lanzadas al aire del poema de Longfellow:

Disparé una flecha al aire,

y cayó, no supe dónde.

Mi vista no podía

seguir su raudo vuelo.

Lancé al aire una canción,

y cayó, no supe dónde.

¿Qué vista podría seguir

una canción por los aires?

Mucho después, en un roble,

encontré la flecha intacta;

y la canción, toda entera,

en el pecho de un amigo.

Bienvenida sea, entonces, esta vigorosa dosis de espiritualidad curativa que aporta Bernardo Stamateas a esta sociedad enferma de pragmatismo, escepticismo, relativismo y materialismo.

Bernardo va a todas partes

por Alejandro Rozitchner

Es gracioso que Bernardo me haya pedido un prólogo a mí, que soy un pensador ateo. Pero somos amigos, y cada vez que en la calle veo a alguien que lleva un libro de Stamateas me pongo contento. Siento que mi amigo pastor es capaz de acercar su moral de plenitud y osadía a muchos que le están buscando la vuelta a las cosas. Me alegra que sus libros se lean tanto, porque quiere decir que hay muchas personas que viven su vida con ánimo de aventura, que es como creo que vale la pena vivirla. Que tratan de ser los protagonistas de su búsqueda, que se niegan a repetir los caminos formales de la costumbre, que desafían los automatismos y quieren ver por sí mismos. Y decidir, y crecer.

Sí, soy ateo. Ateo y recontra ateo; es decir, no sólo estoy seguro de la inexistencia de dios: no es siquiera una pregunta o un problema. Su única realidad, para mí, es la de ser una idea en la mente de la mayor parte de los seres humanos. Sólo una idea. Pero tengo amigos religiosos, porque uno no necesita pensar y sentir en todo igual que las personas a las que quiere. (¡Hasta me casé con una mujer, un ser tan distinto a mí, y le han salido personas chiquitas de adentro!). El respeto por la diferencia, me gusta pensar, no es algo que nos llame al recato. No debemos callar por respeto al otro: lo que tenemos que hacer es expresar nuestra diferencia completa y después seguir siendo amigos. A veces se puede, y es muy lindo. ¡Incluso he comido muchos asados con peronistas, y con sindicalistas también, y los he disfrutado mucho!

Stamateas es un hombre valioso, porque es un hombre de fe que puede al mismo tiempo ser alguien abierto y moderno. En su visión, la fe no implica una posición temerosa y conservadora, todo lo contrario. El suyo no es un sistema que niegue al individuo y al placer; no aboga por una mirada retrógrada y triste. Su fe es crecimiento y ganas de vivir. Ganas de vivir: concepto primordial entre todos los conceptos, base emotiva de toda existencia vital, de toda afirmación de la vida. Me gusta el chiste que dice que las chicas buenas van al cielo y las chicas malas van a todas partes. Podríamos decir que los religiosos buenos van al cielo, pero Stamateas va a todas partes: se mete en los medios, viaja, tiene amigos ateos como yo, con los que se divierte y piensa. No tiene miedo. Y su actitud nos ayuda a los demás a que tampoco lo tengamos.

Es muy valioso que sea precisamente un religioso el que diga que la fe puede ser tóxica. Es verdad: hay demasiada tradición negadora de la vida en los templos de todos los cultos. Hay demasiado miedo, demasiado resentimiento, un patológico amor por la pobreza y la debilidad, que en vez de considerarlos problemas a solucionar los elevan al nivel de cosa sagrada. La pobreza y el dolor no son sagrados: lo que es sagrado, en todo caso, es la vida que no debe detenerse en esos límites, la vida a la que hay que alentar para que, en la medida de lo posible, supere esos encierros.

La fe no tiene por qué ser una posición desanimada o infeliz. El amor a dios tendría que ser una fiesta, una expresión de la capacidad de querer al mundo y no una vocación crítica de desestimarlo todo. Creo que autores como Stamateas ayudan a que nuestra realidad sea más plena y más rica. Ayudan a actualizar la posición religiosa, a generar un modo de creer que sea también un modo de querer vivir.

Vamos a leer en detalle este libro, a ver qué dice. ¡Vamos!

Activar la fe real

por Lucas Márquez F.

La fe define el conjunto de creencias de una persona. Por eso, si queremos saber el enfoque de vida de alguien, le preguntamos: ¿qué fe profesas? Pero la fe es también la más extraordinaria habilidad que Dios le ha dado al ser humano, la capacidad de creer en cosas buenas que nos van a pasar, pero que aún no han ocurrido.

De manera que intoxicar o envenenar la fe de alguien es prácticamente destruir su vida.

Bernardo Stamateas explica de una manera clara y práctica el daño que las religiones han provocado a la fe auténtica.

Conozco al autor de este libro íntimamente, y puedo asegurar que el profundo interés de Bernardo Stamateas es activar la fe real de Dios en la vida de muchas personas.

Tan humanos como divinos

por Sergio Bergman

Bernardo Stamateas nos propone asumir que la fe puede ser tanto un camino de redención de sentido como un camino en el que se pierde todo sentido, quedando atrapados en la opresión de entregar por determinadas creencias nuestra propia autonomía y libertad espiritual. No sólo se trata de vivir con autenticidad en la libertad de conciencia en lo que uno cree, sino que existe un desafío mayor: vivir con integridad, coherencia y unidad en la experiencia vital, ya que aquello en lo que creemos es lo que somos, lo que hacemos.

Esta fe libera, nutre, expande, permite ser y crecer. Pero al mismo tiempo, en nombre de esa fe, se construyen trampas tanto internas —en la debilidad del carácter o del espíritu— como externas —por la acción de manipuladores inescrupulosos que intoxican en nombre de la pureza de una fe celestial—, al someterse en obediencia debida a lo más terrenal que conocemos: la corrupción de una noble idea por el peor de los fines. Someter el ser espiritual del prójimo a un interés profano, sacrificando lo sagrado de la interioridad de cada ser humano como ámbito de autonomía, responsabilidad y libertad indelegable, es tóxico.

Nos envenenamos en nombre de una fe que no es tal, al sojuzgarnos tanto a la voluntad de otros y sus intereses como a los aspectos oscuros de la propia interioridad, esos en los que uno, en la desesperación, en la ignorancia o atrapado en falacias, pierde discernimiento y pensamiento crítico. La fe establece un ámbito de ideas y creencias anidadas en la construcción social de sentido que la cultura nos proporciona como espacio humano de interpelación e interpretación de la realidad. Aun las verdades absolutas de nuestra fe son parte de una construcción sociocultural; quienes somos creyentes del origen del Creador sabemos diferenciar entre Él en su esencia y todo aquello que en nuestras verdades teologales no puede escaparse a nuestra naturaleza humana, finita, terrenal y cultural. Esta verdad es la que enuncia que Él siendo Uno y Único nos tiene a todos nosotros como sus hijos reunidos en una familia humana de hermanos, aun cuando vamos por el camino singular y particular de nuestras verdades, que no son relativas por coexistir con otras tan auténticas como las nuestras. Sin embargo, a modo de seguro de caución, dejamos sólo en Él la verdad absoluta, de forma tal que todos caminemos hacia ella por la verdad de su elección sin asumirla como exclusiva o excluyente.

La espiritualidad es entonces universal, un espacio amplio donde todo ser humano por ser humano es espiritual más allá de sus creencias, raza, cultura, etnia, nacionalidad, origen o destino. Ser espiritual es ser humano y aquí anida la fe sana. La redención de la humanidad toda como familia es entonces espiritual. Una espiritualidad que niega este paradigma nos lastima.

La religiosidad es la experiencia subjetiva íntima y personal en la que cada individuo traduce ...