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ITALIA '90

Pablo S. Alonso  

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Fragmento

Introducción: recuerdos del 90

—¿No salir campeón es un mal resultado?

—No es un resultado bueno. A mí la gente cuando me ve por la calle me dice: “Lo felicito por el 86”. Del 90 ni se acuerdan.

CARLOS SALVADOR BILARDO, La Nación Revista, 19 de junio de 2016

Lunes 9 de julio de 1990. Fiesta patria. La Plaza de Mayo está llena. No es para celebrar el Día de la Independencia. Tampoco se le daba el sí a la reforma del Estado, como Bernardo Neustadt había promovido el 6 de abril. La inflación estaba lejos de domarse. La “revolución productiva” y el “salariazo”, excepto para los más incautos, ya habían terminado de revelarse como argucias de campaña electoral del gobierno que había asumido —a las apuradas, en un caos en parte generado por este mismo— el 8 de julio de 1989. Un año después, la Selección Argentina de fútbol perdía la final de la Copa del Mundo, Italia ’90, contra la República Federal Alemana. Diezmada, no pudo retener el título de 1986. No, no había nada que festejar.

Sin embargo, ahí está la multitud. Y pasadas las 20 sale al balcón de la Casa Rosada el presidente de la Nación, Carlos Saúl Menem, solo para comunicar por gestos que la Selección —las figuras convocantes, los héroes igual, como titularía El Gráfico— iba a presentarse una hora después. “Yo así, acá no vuelvo”, le dice Menem al personal de Ceremonial, fastidiado por la demora, al regresar adentro.

“Así” significaba sin Diego Armando Maradona o alguna otra figura de la que pudiese, por contigüidad, obtener algo del calor popular. “Esta espera me tiene patilludo”, se queja como si quisiese bromear con su caudillesco vello facial, mientras le muestra a la prensa un sillón de cuero negro anatómico que le obsequió una empresa electrónica japonesa, valuado en 7.000 dólares; una ganga comparado con la Ferrari que le regalarían meses después. La Ferrari sería devuelta, del sillón no se supo nada más.

Mientras tanto, la Selección completaba un largo recorrido iniciado cuando llegó a Ezeiza a las 15:45 proveniente de Roma, con una escala en Río de Janeiro. Las manifestaciones de apoyo popular a lo largo del trayecto lo habían convertido en una procesión. A las 21:26, informó con precisión La Nación, el equipo ingresaba en la Casa de Gobierno. “Menem no quiso salir con ellos. Después de varios ruegos, lo convencieron”, contó la revista Gente, aliada del nuevo gobierno desde el primer segundo.

“Vamos, vamos, ¿por dónde hay que ir?”, pregunta Diego Armando Maradona. Eduardo Bauzá —un polifuncional de Menem como lo había sido José Basualdo para Carlos Salvador Bilardo— le señala el camino. Los primeros en salir son Menem y, en muletas, Nery Alberto Pumpido, el arquero que tuvo la doble desgracia de hacerse un gol en el partido inaugural y de fracturarse la tibia y el peroné en el segundo.

La multitud siente que la espera valió la pena cuando, faltando veinte minutos para las diez de la noche, Diego —quien se había abrazado con Menem tras bambalinas— se asoma al balcón, todavía con la camiseta de la Selección, no la azul que le tocó en la final sino la tradicional a rayas. Le siguen Claudio Paul Caniggia, Oscar Alfredo Ruggeri, Héctor Enrique —campeón de 1986, que había quedado fuera del equipo pero se había subido al micro proveniente de Ezeiza—, Néstor Lorenzo, Sergio Daniel Batista y Julio Jorge Olarticoechea. Luego, Bilardo y el resto del plantel.

Nadie pudo convencer a Menem de que sería un gesto de grandeza ceder el balcón —y la atención de los medios— a los jugadores, quedándose adentro como había hecho Raúl Ricardo Alfonsín en 1986. En cambio, Menem se mueve entre Maradona y Caniggia o Sergio Javier Goycochea. Deportistas como él, después de todo. También se asoma al lado de Diego el gobernador de la provincia de Buenos Aires, Antonio Cafiero, derrotado en la interna presidencial de 1988 por Menem. Fernando “El Pato” Galmarini, secretario de Deportes, también goza del primer plano de ATC, cuyos acontecimientos Antonio Carrizo —“A ver, un primer plano de la cara de Goycochea, que nos lo están pidiendo los teléfonos”— y Mauro Viale siguen desde estudios. Hasta María Julia Alsogaray, entonces encargada de liquidar ENTel, sale a bañarse de la gloria, hablando, como Bauzá, para ATC.

“Me parece que Italia no sale campeón, me parece que Italia no sale campeón: Argentina, Argentina lo cagó”, se canta desde el balcón y la popular/plaza repite; desde allí, luego comienza a subir el “Maradona, Maradona”. El destinatario, halagado y acostumbrado a las loas, prefiere redirigir los cánticos al arquitecto del equipo, el Doctor: “Borombombón, Borombombón, es el equipo del Narigón”. Afónico y algo avergonzado, Bilardo logra convertir los cantitos en el primal “¡Argentina, Argentina!”. Y como en una posta de salmos, también se viva el apellido del arquero que llegó al Mundial como suplente, pero con los penales atajados en cuartos y semifinal hizo mucho para que esa plaza existiese: Goycochea.

“Creo que algún consenso tiene que tener uno para que esta gente haya salido a la calle para saludar al Presidente y a quienes lo acompañan en esta tarea de gobernar”, dice Menem en una lectura muy particular de lo que está sucediendo. “El equipo jugó al límite de sus posibilidades y se hicieron partidos malos, otros buenos como contra Italia y otros regulares, pero nunca apelamos al juego brusco, esto es lo bueno que hay que destacar”, agrega y omite detalles como tener el primero y el segundo expulsado en una final mundial y ser el equipo con más amonestados, por no mencionar el detallito de darle a beber agua envenenada a un futuro socio del Mercosur.

Mientras tanto, se desarrolla en el Teatro Colón la tradicional gala del Día de la Independencia, donde el hincha de Banfield, ex guardavidas y vicepresidente Eduardo Duhalde había sido enviado —seguramente muy feliz con la tarea— como delfín del Poder Ejecutivo. Independencia o no, la fiesta del 9 de Julio estaba del otro lado de la 9 de Julio.

***

¿Por qué nos acordamos tanto de Italia ’90? ¿Por qué me acuerdo tanto yo, que durante un año conservé en mi mente el resultado de cada uno de sus cincuenta y dos partidos —creo que no incluía las resoluciones por penales— y ahora tengo que hacerme una hernia mental para recordar con quién jugamos en la primera ronda de Rusia 2018?

Generacionalmente —como nacido en 1981— puedo decir que el de Italia fue mi primer Mundial, al menos el primero que viví a full. De México ’86 recuerdo a la familia frente al televisor en la final y luego salir a festejar por las calles de Crucecita, en Avellaneda. En cambio, el del 90 es un bombardeo de memorias. Por ejemplo, el álbum de Panini, que completé el 31 de mayo, ocho días antes del debut, con Luis Alberto Islas, Néstor Clausen y Jorge Valdano como parte del plantel de diecisiete figuritas, más una para el escudo de la Asociación del Fútbol Argentino (AFA) y otra foto grupal en la que —detalle— se veía a Pedro Damián Monzón, quien no contaba con una figu individual. Un sábado a la mañana, mientras viajaba en el Renault 12 de mi viejo, abrí el sobre que traía la fichu de Maradona; recuerdo el quiosco/librería escolar de Avenida Mitre, donde la compré. Un álbum en el que pegué los stickers que venían en los chicles de Stani, que además había reeditado una Copa del Mundo con veinte gramos de “pastillas surtidas”, y un “oro” de plástico más que berreta, cuya base aún conservo, donde guardo, entre otras cosas, algunos pines de Ciao, la mascota. Otros de esos prendedores engalanan bremers que todavía visto.

Cuando se hacían bien, las cosas portaban la leyenda “Copyright 1986 COL Italia ’90”; siendo el COL el Comité Organizador, que estaba en todo, desde poner a punto los estadios de las doce sedes hasta licenciar el merchandising. Como la hermosa Ferrari producida por Burago, decorada con el logo y la mascota del Mundial —Ciao había sido votada un año antes por los jugadores del Totocalcio, el Prode italiano—, que mis abuelos maternos —italianos, como mi madre— me trajeron de Italia unos meses después de terminado el Mundial.

El discreto videojuego oficial World Cup Soccer: Italia ’90, realizado para computadoras de 8 y 16 bits —PC excluida— tenía sus contrapartidas no autorizadas. Como había infinidad de figuras basadas en Ciao sin licencia: yo tengo un peluche tamaño Chirolita. También tuve la “pelota oficial”, pero no era la Etrusco Único de Adidas con la que se jugaron el Mundial, la Eurocopa y los Juegos Olímpicos de 1992, sino otra con logo, mascota y escudo de la FIFA, perteneciente al merchandising que el COL había aprobado. Sus gajos (“Cucito a mano”, indicaba uno) eran muy berretas y no me duró nada. Mi tío todavía tiene una, desinflada pero entera al no haberse utilizado en partidos callejeros o en el potrero de enfrente (soy la prueba viviente de que pasarse años jugando en un potrero no garantiza un jugador de fútbol siquiera decente).

Y no hace falta haberle prestado atención al fútbol para recordar la promoción local de Coca-Cola, con cuyas chapitas había que formar “MUNDIAL 90” para ganarse un televisor de veinte pulgadas donde poder verlo. Para miles de familias fue más difícil conseguir la “N” que para Argentina hacer un gol en la gira previa al torneo.

Seguramente, el producto que más recordamos todos —y lo mejor es que ni siquiera hay que haber vivido en tiempo real el Mundial— es la canción oficial, “Un’estate italiana”. Temazo cuyo anacrúsico primer compás despierta en nosotros reflejos emotivos pavlovianos. Hubo una versión en inglés y otra en español, pero aun así la que más pegó fue la que siempre traducimos mal: “estate”, en italiano, no significa estadio, sino verano. Y, salvo la semifinal contra Italia y la salvada de papas frente a la Unión Soviética, no tuvimos muchas “noches mágicas” —el empate con Rumania y la final fueron de noche, pero no precisamente mágicas—: el maldito fixture nos mandó a sudar octavos y —especialmente— cuartos a las cinco de la tarde.

Es una canción que conecta el mejor pop de los sesenta —el patrón de batería patentado por la producción de Phil Spector “Be My Baby” (1963), que utilizaría todo el mundo desde entonces, incluso Los Redondos en “Un poco de amor francés” (1989)— con lo mejor de los festivales europeos a la Sanremo. Por última vez, una canción estaba primero al servicio de un Mundial, de una idea, y no de una carrera. Con sus voces Gianna Na

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