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JOYAS DEL SOL (TRILOGíA IRLANDESA 1)

Nora Roberts  

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Fragmento

Queridos lectores:

Aquellos que ya están familiarizados con mis libros saben que Irlanda es uno de mis lugares favoritos, en la vida real y en la ficción. Es un país de dramáticos acantilados y apacibles campos. Un lugar de mito, magia y leyenda. En Joyas del Sol he tomado algunos de esos mitos y creado mi propia leyenda.

Podía haber sucedido.

Me gustaría que conocieran a los Gallagher de Ardmore: Aidan, Shawn y Darcy, que regentan el pub local de ese bonito pueblo costero del condado de Waterford. No lejos del pueblo hay una casa de campo, un sitio mágico donde una solitaria americana va a explorar sus raíces y su corazón.

No estará sola en la casa, porque en ella hay otra mujer solitaria, que resulta ser un fantasma.

Con la ayuda de un príncipe de las hadas, que amó aunque no con sabiduría, Aidan Gallagher, de Ardmore, y Jude Frances Murray, de Chicago, hallarán su lugar y darán el primer paso para romper un hechizo de cien años.

Me gustaría transportarles a Irlanda conmigo, a través de las puertas del pub Gallagher’s, donde el fuego crepita y las pintas aguardan. Tengo una historia que contarles.

NORA ROBERTS

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Evidentemente, sin lugar a dudas, había perdido la cabeza.

Siendo psicóloga, debería haberlo sabido.

To dos los indicios apuntaban a ello, habían estado ahí, rondándola y pululando durante meses. Los nervios a flor de piel, el mal humor, la tendencia a soñar despierta y a despistarse. Había tenido falta de motivación, de energía, de determinación.

Sus padres le habían dicho, con la delicadeza que les caracterizaba: «Venga, puedes hacerlo mejor, Jude». Sus compañeros de trabajo habían empezado a mirarla disimuladamente, con una discreta compasión o un manifiesto desagrado. Había llegado a detestar su trabajo, a sentirse molesta con sus alumnos, a sacarles una docena de insignificantes faltas a sus amigos y familiares, a sus compañeros de trabajo y superiores.

Cada mañana, la simple tarea de levantarse de la cama y vestirse para las clases del día había adquirido la magnitud de escalar una montaña. Peor aún, una montaña por la que no sentía interés alguno ni en verla de lejos, y menos en escalarla.

Y luego vino el comportamiento precipitado e impulsivo. Ah, sí, eso resultó ser el indicio determinante. La equilibrada Jude Frances Murray, de una de las ramas más sólidas de los Murray de Chicago, hija sensata y abnegada de los médicos Linda y John K. Murray, había dejado su trabajo.

No es que se hubiese tomado un año sabático en la universidad, no es que se hubiera pedido unas semanas de permiso, sino que había dejado su trabajo, justo en mitad del semestre.

¿Por qué? No tenía ni la menor idea.

Había sido una sorpresa tanto para ella como para el decano, para sus compañeros y sus padres.

¿Acaso había reaccionado de ese modo hacía dos años, cuando su matrimonio se había ido a pique? Por supuesto que no. Simplemente había seguido con su rutina: sus clases, sus estudios, sus relaciones. Todo había marchado sobre ruedas incluso mientras incluía en su agenda las citas con los abogados y archivaba ordenadamente los papeles que simbolizaban el final de una unión.

No es que hubiera existido mucha unión, tampoco había habido muchas dificultades para que los abogados legalizaran el fin de la relación. Un matrimonio que había durado poco menos de ocho meses no generaba muchos líos ni problemas. Ni pasión.

Fue precisamente la pasión, supuso Jude, lo que había faltado. Si ella la hubiera tenido, William no habría abandonado su piso para irse con otra mujer casi antes de que el ramo nupcial se marchitara.

Pero no tenía sentido darle vueltas al asunto en aquel preciso instante. Ella era lo que era. O había sido lo que había sido, se corrigió. Y sólo Dios sabía lo que era ahora.

O quizá ése era el problema, pensó. Había estado al límite, se había asomado al oscuro y vasto mar de uniformidad, de monotonía y de tedio que formaba parte de Jude Murray. Había levantado los brazos, retrocedido precipitadamente desde el borde, y había salido corriendo y gritando.

No era nada habitual en ella.

Al pensarlo, tenía unas palpitaciones tan fuertes que se preguntaba si podía ser un infarto, y eso sería la gota que colmara el vaso.

CATEDRÁTICA AMERICANA HALLADA MUERTA

EN UN VOLVO ALQUILADO

Sería un obituario extraño. Quizá llegaría a publicarse en el Irish Times, que a su abuela tanto le gustaba leer. Por supuesto que sus padres se quedarían atónitos. Sería una muerte tan indecorosa, pública, embarazosa. Completamente inapropiada.

Naturalmente también se sentirían afligidos, pero sobre todo desconcertados. ¿En qué demonios estaría pensando la chica al irse a Irlanda cuando tenía una próspera carrera y un precioso piso a orillas del lago?

Lo achacarían a la influencia de la abuela.

Y claro, tendrían razón, al igual que la tuvieron desde el momento en que fue concebida en un apareamiento de muy buen gusto, precisamente un año después de la boda.

Aunque no estaba dispuesta a imaginárselo, Jude estaba segura de que las relaciones sexuales de sus padres eran siempre de un gusto exquisito, y precisas. Un poco como los ballets tradicionales de buena coreografía que tanto les gustaban.

¿Y qué hacía sentada en un Volvo alquilado, con el maldito volante en el maldito lado contrario del coche, y pensando en las relaciones sexuales de sus padres?

Lo único que podía hacer era apretar los párpados hasta que la imagen se desvaneciera.

Esto, se dijo a sí misma, era justo el tipo de cosas que sucedían cuando uno se volvía loco.

Respiró hondo una vez, después otra. Oxígeno para despejar y tranquilizar la mente. Tal como lo veía, le quedaban dos posibilidades. Podía sacar las maletas del coche, entrar en el aeropuerto de Dublín, devolver las llaves al de la agencia de alquiler, de pelo color zanahoria y sonrisa kilométrica, y reservar un vuelo de regreso a casa.

Por supuesto que ya no tenía trabajo, pero podía vivir de su cartera de acciones tan ricamente durante algún tiempo, gracias a Dios. Tampoco tenía ya el apartamento, porque se lo había alquilado a aquella simpática pareja para los próximos seis meses, aunque si decidiese volver a casa, se podría quedar con la abuela durante un tiempo.

Y la abuela la miraría con aquellos preciosos ojos de color azul apagado, llenos de decepción. «Jude, querida, siempre llegas al límite del deseo de tu corazón. ¿Por qué nunca puedes dar ese último paso?»

«No lo sé. No lo sé.» Abatida, Jude se tapó la cara con las manos y se balanceó. «Fue idea tuya que yo viniese aquí, no mía. ¿Qué voy a hacer en la casa de campo de Faerie Hill en los próximos seis meses? Ni siquiera sé cómo conducir el maldito coche.»

Estaba a punto de romper a llorar. Sentía cómo le invadía la garganta, le zumbaba en los oídos. Antes de verter la primera lágrima, echó hacia atrás la cabeza, cerró los ojos con fuerza y se maldijo. Los llantos, pataletas, sarcasmo y otros comportamientos por el estilo constituían únicamente diversos mecanismos de defensa. La habían educado para entender estos comportamientos, la habían enseñado a reconocerlos. Y no iba a caer en ello.

«Pasa a la siguiente escena, Jude, idiota patética. Hablando contigo misma, llorando en un Volvo, demasiado indecisa, demasiado paralizada como para arrancar el coche y partir, maldita seas.»

Volvió a resoplar y enderezó los hombros. «Segunda opción», dijo entre dientes. «Termina lo que has empezado.»

Le dio a la llave de contacto y, rezando una oración para no matar ni herir a nadie, incluida ella misma durante el viaje, sacó el coche con cuidado.

Cantaba, sobre todo para no chillar, cada vez que llegaba a uno de esos círculos de la autopista a los cuales los irlandeses denominaban, alegremente, «glorietas». La cabeza le dejaba de funcionar, confundía la izquierda con la derecha, se imaginaba embistiendo con el Volvo a media docena de transeúntes y cantaba a pleno pulmón cualquier melodía que asaltaba su aterrorizado cerebro.

De camino por la ruta del sur, de Dublín hasta el condado de Waterford, gritó melodías de programas, vociferó canciones de los pubs irlandeses y, a las afueras de la población de Carlow, donde logró salvarse de milagro, cantó el estribillo de Brown Sugar tan estridentemente que el mismísimo Mick Jagger sentiría vergüenza ajena.

A continuación, se calmó un poco. Quizá el ruido hubiese horrorizado tanto a los dioses del viajero que se refrenaron y no le interpusieron más coches en su camino. Quizá fueran los omnipresentes santuarios dedicados a la Santísima Virgen que ocupaban el borde de la carretera. En cualquier caso, Jude empezó a conducir normalmente y casi a pasarlo bien.

Una tras otra, las verdes colinas ondulantes resplandecían bajo un sol que brillaba como el interior de las conchas y se adentraban cada vez más en las sombras de las oscuras montañas. El macizo montañoso se perfilaba contra el cielo jaspeado de nubes grisáceas y luz nacarada, más propia de un cuadro que de la realidad.

Cuadros tan espléndidamente pintados que, cuando los contemplabas durante bastante tiempo, sentías que te deslizabas dentro de ellos, fundiéndote en los colores y formas y en la escena que algún maestro había creado con su talento.

Eso fue lo que vio, cuando se atrevió a apartar la mirada de la carretera. Brillo y una belleza sobrecogedora y deslumbrante que desgarraba el corazón a la vez que lo aliviaba.

En los prados de color verde, un verde irreal, irrumpían laberínticos muros de agrestes setos o filas de raquíticos árboles. Vacas de piel moteada y ovejas lanudas pacían perezosamente, unas figuras sobre los tractores atravesaban los campos. Aquí y allá, éstos estaban salpicados por casas de color crema y blanco, en las que la ropa

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