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JUEGO, LUEGO EXISTO

Ezequiel Fernández Moores  

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Fragmento

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(porque me ayudaron a entender por qué elegí ser periodista).

EL MOHICANO NECESARIO

A diez mil kilómetros de distancia de Madrid, donde resido, un periodista me convoca desde hace años a las páginas de deportes de La Nación. Ezequiel Fernández Moores siempre me devuelve a la posición del lector que establece una relación de máxima confianza con el periodista. No suele ocurrir a menudo. En los últimos tiempos, el periodismo invita a la decepción, en gran medida porque se ha vuelto cómodo, confuso y asustadizo. Todo le produce miedo: la revolución tecnológica, la precariedad económica y la competencia de las redes sociales. Se ha iniciado un lamentable proceso donde se desanima la búsqueda y certificación de los hechos, donde el poder se favorece de un trato amable y los desfavorecidos rara vez encuentran amparo.

Resulta alentador el encuentro con Fernández Moores y sus columnas. Incluso en las escasas veces que no coincido con su opinión, le leo con gratitud, en primer lugar, por el respeto con el que trata a los lectores. Sus opiniones son firmes pero no dogmáticas. Su interés por los datos es tan relevante como su desinterés por la demagogia. Su estilo, sucinto y contundente, desestima la retórica en favor de una claridad admirable. Sus columnas no deleitan, exigen. Requieren que el lector abandone el confort y reflexione sobre un mundo que en muchos aspectos marcha decididamente mal.

Fernández Moores escribe en las páginas de deportes, pero su pulsión periodística es universal. Trata el deporte, y fundamentalmente el fútbol, con la seriedad que merece, cualidad cada vez más infrecuente. Al fútbol se lo suele mirar desde dos ventajistas posiciones: desde la frivolidad, en nombre del entretenimiento, y desde el interés económico, en nombre del negocio. Una tercera mirada hizo mutis desde que el fútbol es fútbol. Sorprende el desinterés de los intelectuales por un acontecimiento social, político y económico sin rival en la cultura popular contemporánea.

Un siglo y medio después de su aparición como pasatiempo para la clase obrera, el fútbol ha aprovechado su camaleónica facilidad para adaptarse a todos los cambios posibles —políticos, sociales, económicos y tecnológicos— y transformarse en un caleidoscopio de infinitas vertientes. Desocuparse de esta realidad, como generalmente ha ocurrido con los intelectuales, es lamentable. Tratar este colosal acontecimiento desde la frivolidad es rentable pero alienante. Colaborar en su desnaturalización y masajear las obsesiones mercantiles de sus nuevos propietarios —banqueros, jeques, oligarcas y la corte de pícaros que los acompaña— significa despreciar el carácter popular de un juego que ha transformado a los hinchas en consumidores, a las grandes organizaciones en colosos mercantiles y a los dueños en estrellas políticas. A estas alturas, el fútbol es una inquietante metáfora de nuestro tiempo: obsesiona a todo el mundo y privilegia a unos pocos.

Para Ezequiel Fernández Moores el fútbol, el deporte en general, es un asunto muy serio. No se equivoca. Tampoco se equivoca cuando nos transmite sus preocupaciones con estilo y rigor. No conozco un periodista latinoamericano que cultive más y mejor los datos en sus columnas. Su trabajo no es fácil. Fernández Moores considera, con razón, que se está arrebatando el fútbol a la gente, al pueblo llano, y que se está utilizando a la gente con fines poco confesables. En sus columnas asoma el amor por un juego maravilloso y su rechazo a todas las formas de corrupción, violencia y engaño que habitan en el fútbol.

En una época de regresión crítica y falsedades digeribles, Fernández Moores nos recuerda el papel del periodismo como elemento esencial de contrapoder, de la saludable naturaleza de un oficio que, por desgracia, pierde credibilidad a borbotones. Es probable, y ojalá me equivoque, que en su entorno lo vean como un mohicano, un periodista molesto que no hace concesiones, ajeno a las amables corrientes actuales, caracterizadas en el periodismo deportivo por el sometimiento a la avidez del poder.

La magnitud de su importancia se manifiesta en el trascendente valor de su trabajo. Como no podía ser de otra manera, el eje de la obra periodística de Fernández Moores se sitúa en Argentina y más concretamente en Buenos Aires. Sin embargo, la naturaleza de sus textos escapa al marco argentino, quizá porque enfoca su trabajo con un minucioso gran angular. No hay nada de contradictorio en esta consideración. Fernández Moores logra el pequeño milagro de conectar la mirada milimétrica del entomólogo con una visión universal del deporte. Es una característica de gran periodista, de periodista necesario, uno de los pocos que convocan a su audiencia sin importar ciudad, país o continente. Lo sé muy bien. Aquí, en Madrid, a diez mil kilómetros de distancia de Buenos Aires, cada columna de Fernández Moores me resulta tan próxima que parece escrita en la habitación de al lado.

SANTIAGO SEGUROLA

DÍGANME EZEQUIEL
FERNÁNDEZ MOORES

En una sala de la Universidad de Coventry hay académicos, periodistas, deportistas, historiadores y dirigentes, y los hay de todo el mundo, pero sobre todo ingleses. Ezequiel Fernández Moores muestra en la pantalla un tramo de la película Maradona by Kusturica. El gol más maravilloso de los Mundiales se mezcla con dibujos animados en los que Diego marea a Margaret Thatcher hasta hacerle explotar la cabeza. A Diego no lo pueden agarrar el príncipe Carlos y la reina Isabel. Tampoco lo alcanza Ronald Reagan con un lazo. Suena Sex Pistols, “Good Save the Queen”. A ciento cincuenta kilómetros de Londres eso se parece mucho a una provocación. Ezequiel, tan de visitante en el escenario, la completa diciéndoles a los locales algo así como que ustedes se quejan de la Mano de Dios, hablan de la viveza criolla, del fair play inglés, pero bien que el Mundial de 1966 tuvo lo suyo. Y les muestra goles ingleses hechos con la mano.

El auditorio hierve cuando termina. Los escoceses, con tantas ganas de entrarles a los ingleses, aplauden la presentación y recuerdan los arbitrajes de ese Mundial. Hay un largo debate. Lo de Ezequiel no es una tribuneada nacionalista. Lo que expone en el congreso Play the Game, en junio de 2009, es la doble vara con la que a veces Europa se encarga de juzgar a Sudamérica. Argentina es la trampa; Inglaterra, el juego limpio. ¿Argentina es la trampa, Inglaterra es el juego limpio? En el medio de todo eso está Malvinas. “El fútbol puede ser a veces una metáfora de la guerra. Pero no es la guerra”, dice Ezequiel. “El objetivo horroroso de las guerras —cierra— es aniquilar al enemigo. Ese no es el fin del fútbol. Porque en el fútbol, sin rival, nos quedamos jugando solos”.

Estuve esa tarde en Coventry. Y conocí otras de sus intervenciones en Play the Game, donde cada dos años el deporte debate sus pliegues, sus costados más oscuros. Esas presentaciones de Ezequiel se conocen poco en la Argentina, pero puedo decir que siempre rompieron el sentido común impuesto por el tono monocorde que habita a veces entre algunos periodistas europeos, los que a la vez tienen en Ezequiel a un referente. “¿Julio Grondona? Sí, hablemos de Grondona, pero no nos olvidemos de Ángel María Villar”, les recordó a los españoles. “¿Ustedes creen que del FBI y la Justicia estadounidense puede salir algo bueno?”, los hizo dudar la última vez mientras se celebraba la caída del imperio que gobernaba Joseph Blatter. Los malos no siempre son tan malos y los buenos casi nunca son tan buenos.

Ezequiel lleva cuarenta años en el periodismo. La mayor parte de ese tiempo lo ejerció en agencias como Noticias Argentinas (NA), Diarios y Noticias (DyN) —cerrada ahora por sus dueños— y la italiana ANSA, una redacción de la que todavía forma parte. El de agencia es el trabajo más anónimo, el que firma con iniciales, EFM, pero que hace con mano de artesano, con la misma obsesión que el que firma con nombre y foto, como lo muestran algunos cables que se rescatan en este libro, incluso la primera investigación sobre el financiamiento del Mundial 78.

Pero además de las agencias de noticias, su labor más cotidiana, hay una línea de tiempo en el trabajo de Ezequiel que une las revistas El Periodista de Buenos Aires, Trespuntos, TxT y Mística con los diarios Página/12, Olé y La Nación. Hay medios que quedaron en el camino y otros en los que Ezequiel escribió quizá de manera más esporádica. Y aunque no formen parte de este libro, están también sus participaciones en radio y televisión, columnas, documentales, y hasta un programa junto a su amigo Eduardo Galeano, Fútbol pasión.

Vanguardista entre los freelance, durante México 86, uno de los ocho Mundiales que cubrió, Ezequiel trabajó para diversos medios. El interés creció a medida que Diego Maradona y el equipo argentino avanzaron en el campeonato. También creció el oportunismo. En una de sus salidas para Canal 11, Ezequiel comentó un partido con una mirada crítica hacia el juego de la Selección, lo que sorprendió a quienes estaban en Buenos Aires, envueltos en la euforia.

—¿Pero qué partido vio este Rodríguez Murs? —se preguntó el conductor del noticiero.

El gag muestra que Ezequiel nunca nadó sobre la espuma del triunfo, y trató siempre de alejarse del periodismo de resultados, aunque sin dejar de empatizar con la alegría popular. Sin ser moralista, sin ser agreta, sin ser solemne. Esa característica tal vez lo diferencia de Dante Panzeri, periodista mitológico, de quien se lo considera un sucesor porque se inscribe en esa tradición ética, en la libertad para ejercer el oficio, tantas veces en tensión con los intereses de las empresas periodísticas que lo contrataron.

Ezequiel no se esconde en los baños para buscar la primicia, no busca en los tachos de basura para encontrar la mugre ajena, no necesita entrar en el griterío para exponer sus ideas. Y si bien tiene artículos de opinión, es sobre todo un contador de historias, que a veces traen barro y otras tantas veces traen belleza. A los que crecimos leyéndolo, los que quisimos ser periodistas por sus notas, nos enseñó que para escribir sobre deportes había que t ...