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KALINKA

Hania Czajkowski  

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Fragmento

Capítulo 1

KALINKA

“Mamá, ¿qué es la Gran Prueba?”. Ella sonreía misteriosa cuando yo se lo preguntaba, pero nunca me contestaba. Y yo no me preocupaba demasiado. Desde pequeña estuve segura: uno viene a esta tierra para cantar, bailar, amar y ser feliz. Y para atreverse a ser valiente.

Y así fue. Hasta hace dos meses y dos días.

Pasó aquí, en Antigua, Guatemala, en este pueblo mágico de calles empedradas con olor a chocolate caliente y a café recién tostado. En esta aldea colonial, rodeada de volcanes que rugían en la noche, anunciando el gran cambio de la tierra a las ancestrales comunidades mayas que dormían en sus faldas.

“¡Dios mío! Necesito ayuda, estoy destrozada. Esto no puede ser cierto”. Pero lo era. Los volcanes rugían augurándome tiempos caóticos, revueltos, solitarios. Corazones rotos, sueños destruidos. Soledad. Desgarros emocionales. Desamparo.

Era marzo, tiempo de Cuaresma, las calles se llenaban de procesiones y de misteriosos mayas que portaban vírgenes y Cristos. Y yo caminaba con ellos mirando el piso, envuelta en una manta de colores, llorando día y noche, noche y día, buscándolo.

No contestaba más el teléfono, ni los WhatsApp de las galerías, no pintaba. No soñaba. Solo caminaba, día y noche, por estas calles empedradas recordando nuestro amor. Extrañaba su olor, sus abrazos, sus besos, su fuerza. No lo entendía, habíamos sido tan felices.

Como antiguos nómades, sin rumbo, olíamos los aires para saber adónde iríamos al día siguiente. Nuestra vida era gitana, loca, aventurera. Viajábamos por el mundo sin anclarnos en ningún lugar. Amándonos. Haciendo equilibrio, danzando con los vientos. Soñando. Viviendo cada día con pasión, con valor. Defendiendo nuestra vida atípica de todas las convenciones, los clichés, las esperanzas rotas y los sueños perdidos. No era lo habitual, pocos amaban así y muy pocos se atrevían a vivir así.

Todo era perfecto, hasta que Iván me abandonó. En medio de la noche y sin explicaciones. Nos habíamos dormido abrazados, enredados en un abismo de amor. Me desperté a la mañana tiritando de frío; la cama estaba vacía. Iván se había ido. Sobre la mesita de luz del hostel, una pequeña estatuilla maya, de madera antigua, me miraba de costado, como burlándose de mí. Nunca la había visto, ni sabía qué significaba.

La estatuilla de madera, eso fue todo. Ni una nota, ni una explicación, ni una llamada desde entonces. Desde hace dos meses y dos días.

A veces me parecía reconocer su silueta en la penumbra. Entonces, aminoraba los pasos, y caminaba cada vez más despacio, hasta llegar al borde mismo de la esquina. Seguro, seguro que, como tantas veces cuando jugábamos a las escondidas, él me estaba esperando del otro lado de esas ochavas coloniales de ángulos rectos. Pero cuando me asomaba, solo veía la calle desierta, iluminada apenas por los viejos faroles. Todas las puertas estaban cerradas, el mundo caía sobre mis espaldas y la soledad me atravesaba el alma, como un helado cuchillo de acero. Lo buscaba también con los ojos cerrados, pero no lo encontraba. Lo buscaba en el presente, lo buscaba en el futuro. ¿Tal vez se había adelantado en el tiempo? ¿Estaría preparando un nido para que nosotros, pájaros nómades, aterrizáramos en algún lugar y dejáramos de vivir entre los vientos? No, no era cierto. Iván había desaparecido. No estaba en Antigua. Nadie lo había visto. Caí desgarrada sobre el piso de piedras, y, llorando con rabia, golpeé con mis puños los adoquines de aquellas conocidas calles empedradas. Mi amor me había abandonado. Se había ido. Quizás, para siempre.

Jamás creí que enamorarme así, locamente, fuera posible en esta tierra donde casi nadie parecía ser feliz. Ni yo lo era realmente, a pesar del hechizo de mamá. Una relación tras otra que se terminaba al poco tiempo de empezar. Como todos vivían de la misma manera, yo también creí que eso era todo, que así era el amor en estos tiempos turbulentos. Hasta que nos conocimos.

Las dramáticas procesiones de Cuaresma pasaban delante de mí, una tras otra, portando estandartes. Cruces, santos, Cristos. Vírgenes y ángeles se asomaban desde los enormes tándems, sostenidos por cientos de cargadores. Y me miraban, con pena. Y yo me quedaba mirándolos también, sin saber qué hacer. Los antiguos mayas, ahora cristianos, avanzaban lentamente, estoicos, sufridos y doblados por el peso de las estatuas que representaban las escenas bíblicas. Sin embargo, estaban iluminados. Algo más elevado que ellos mismos los sostenía, lo podía ver en sus miradas.

Yo también lo sentía cuando estábamos juntos, bañados por la luz de ese amor mágico. Único. Una fuerza sobrenatural nos sostenía. ¡Y era tremenda! Todo empezó aquí, en Guatemala, muy cerca de Antigua. En una pequeña aldea maya a orillas del bravo océano que acariciaba las arenas volcánicas de la playa de Monterrico. Mi corazón dio un vuelco cuando lo vi. Latía como un tambor, se me salía del pecho. Nunca me había pasado. Nunca, hasta que el universo lo puso delante de mí. Fue amor a primera vista.

Puedo asegurar que existe, estoy muy segura. Aunque todos se rían de este concepto antiguo. Irreal, dicen. No es cierto. De pronto lo único que quieres es pasar el resto de tu vida con esa persona. Y es una certeza. Y es ilógica, por supuesto, si no, no sería amor a primera vista.

Desde el primer minuto caí rendida a sus pies. ¡Estaba un poco asustada! Yo, una nómade independiente y fuerte, una feminista rebelde y soñadora, una mujer que sabía manejar su vida, ¿embobada con un tipo que apenas conocía? Traté de disimular, de que no se me notara, pero una misteriosa corriente magnética me atraía hacia él y al instante anulaba todos mis pensamientos. Lo único que yo atinaba a hacer era mirarlo, embelesada, sin poder ocultar cuánto me gustaba. Su perfil masculino, definido, como esculpido en piedra, sus ojos azules como el mar del Norte, su cabello ondulado con aires de niño. ¡Era perfecto! Yo había llegado al Delfín, un hostel friki y legendario, enclavado sobre arenas negras, rodeado de palmeras y a orillas del mar, con la idea de instalarme allí un tiempo para trabajar sobre mi próxima exposición en París. Despreocupada, liviana. Libre, sin compromisos. Y yo creía: feliz. Había llegado dispuesta a vivir alguna aventura informal, como me venía pasando últimamente, de preferencia con algún europeo. Eran educados, y en general, poco dramáticos. Los hombres se habían vuelto muy complicados en los últimos tiempos, y las mujeres perdíamos la paciencia rápido.

Lo que menos me imaginé es que iba a caer perdidamente enamorada en los brazos de aquel aventurero, en esa fatal noche de luna nueva. Esa noche negra y misteriosa en la que perdí mi razón, mi cordura y mi legendaria independencia. No fueron muchos los preámbulos. Apenas una conversación casual, una atracción irresistible. Una energía magnética que nos atravesaba el alma y nos arrojaba uno a los brazos del otro, sin resistencias. Me tomó de la cintura, y sin palabras, fuimos caminando hacia la playa. Como pisando estrellas. Lo único que quería era estar con él. Y no solo eso, en ese momento supe, aterrada, que iría tras él hasta el fin del mundo. Traicionando todos mis principios de independencia y libertad. Sagrados, intocables. Hasta ese fatal momento en que cambió toda mi historia. Y la dio vuelta. Ardiendo de pasión, arrullados por las olas del Pacífico, caímos abrazados, desnudos, en éxtasis sobre las arenas volcánicas de Monterrico. Negras como la noche. Negras como el misterio. Las olas del Pacífico, estremecedoras, intensas, gigantescas; hablaban, rugían, susurraban, anunciando desmesuras. Pasiones que ya casi no se vivían en esta tierra.

Y estoy segura. Fue aquella fatal noche, entre esa densa mata de palmeras, cuando Iván me robó el alma. Y para sellar el robo, me inundó con un río de fuego, entre cientos de estrellas fugaces que cayeron a la tierra, marcando aquel momento sublime. Y terrible.

En esa noche sin luna, me di cuenta de que no podemos manejar los sentimientos, y que, además, jamás deberíamos hacerlo. La auténtica pasión, la que te enciende desde las vísceras con un fuego que anula los pensamientos, tan rara y cuestionada en nuestro tiempo, es una puerta directa a otras realidades. La pasión por alguien concreto, con nombre y apellido, completamente humana, es un enigma celestial. Un misterio. “Amar así es absurdo y feroz, Kalinka”, me dije, temblando.

Sollozaba bajo la lluvia hablándome a mí misma, como lo hacía todo el tiempo desde que Iván me había abandonado. “Pero cuando estabas con él, te sentías viva. ¡Vibrabas, temblabas! Todo se iluminaba. Tus fuerzas se multiplicaban, tus ojos brillaban como estrellas. Vivías. Vivías. Vivías”. En medio de un extraño mareo, escuché su voz:

—Eres mía. Para siempre. ¿Me seguirás hasta el fin del mundo, Kalinka?

—Hasta el fin del mundo. Solo nosotros sabemos lo que significa amar de esta manera —le dije en un susurro—. Siempre, siempre estaremos juntos. ¡Pero ya no estamos juntos, Iván! —rugí como un animal herido—. Me disparaste directo al corazón. Justo, justo cuando intenté rectificar algunos pequeños temas entre nosotros. ¡Había que hablarlos! Había demasiado alcohol por tu lado, demasiados excesos, promesas y repeticiones. Pero podíamos arreglarlos. Estaba segura. No puedo soportar esta tristeza —susurré deslizándome por la pared hasta caer extenuada sobre la antigua veredita de baldosas de piedra.

Yo, Kalinka Bohm, la feminist

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