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LA ARGENTINA IMAGINADA

Hernán Brienza  

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Fragmento

INTRODUCCIÓN
El fantasma de Canterville

Si los llamo compatriotas es porque la idea de patria será el fundamento de mi tesis.

Les enseñaron que la patria era sólo una geografía en abstracción, o algo así como un escenario de la nada. ¿Y qué otra cosa puede ser un escenario teatral si no tiene comedia ni actores que la representen? La verdad pura es que nos movemos en un escenario, que ustedes y yo somos los actores y que la comedia representada es el destino de nuestra nación. ¡Compatriotas, yo les hablaré de un animal viviente, de una patria en forma de víbora!

MEGAFÓN

I. SALE EL FANTASMA

“Lectores apacibles y bucólicos, ingenuos y sobrios hombres y mujeres de bien, tiren este libro saturnal, melancólico” e inconducente, podríamos decir parafraseando al poeta Charles Baudelaire en Las flores del mal. Porque este libro habla de fantasmagorías que hace más de dos siglos recorren la Tierra. De espectros que agitaron tempestades violentas a lo largo y a lo ancho del mundo moderno. Se desataron pasiones que condujeron a guerras crueles y violentas en los miles de años vividos por la humanidad, pero también las más bellas utopías de fraternidad, identidad y liberación colectiva. Hoy se parece al personaje central del cuento de Oscar Wilde, “El fantasma de Canterville”, antes que a un aterrador espíritu de las narraciones góticas del siglo que lo vio nacer. Hablo del fantasma del “nacionalismo”, cuya sombra contradictoria, ladina y creadora, destructora y luminosa, ha sobrevivido a tantas otras ilusiones, como las del liberalismo, el marxismo, las religiones y la globalización, entre otras. Este libro habla, justamente, de cómo esas fantasmagorías se desplegaron en estas tierras ubicadas al sur del sur, es decir, narra las “comunidades imaginadas” durante los doscientos años de esta persistencia histórica que llamamos Argentina. Bienvenidos a esta aventura intelectual.

Nada ha sido tan vilipendiado en el siglo XX, por la industria cultural hegemónica, como el nacionalismo argentino. Los diarios principales, las grandes editoriales, las revistas, las academias, las universidades han llevado adelante una campaña brutal contra todo lo que oliera a nacionalismo. Los aparatos ideológicos del liberalismo conservador han “tolerado” incluso a los teóricos y escritores que representaban a sus supuestos enemigos de clase: el marxismo, la izquierda, aun en su versión más radicalizada como el “guevarismo”, han encontrado lugar en las estanterías de bibliotecas, librerías, cátedras, y nada impide a trotskistas “furibundos antisistema” trabajar y ganar altos salarios en canales de televisión y diarios pertenecientes a los grandes grupos económicos. Pero pocos “nacionalistas” han logrado traspasar la tranquera de la civilización sarmientina. Como si existiera un acuerdo macro entre los integrantes de las tradiciones de pensamiento europeas, de las dos grandes racionalidades occidentales, tanto de derecha como de izquierda, para cartelizar la industria cultural argentina. Fuera de los márgenes del establishment políticamente correcto murieron casi todos los escritores de la tradición “nacionalista”, pero aun peor suerte llevaron aquellos que se arrojaron a los brazos de lo popular, lo plebeyo, lo barbárico, en términos de Rodolfo Kusch. Lo prueban, por ejemplo, las vidas de Raúl Scalabrini Ortiz, Arturo Jauretche, Juan José Hernández Arregui, Fermín Chávez y los olvidos de escritores exitosos en su época, como Manuel Gálvez, el propio Leopoldo Lugones o Leopoldo Marechal, sin ir más lejos. El “nacionalismo” y, por ende, uno de sus subproductos, el “pensamiento nacional y popular”, son la gran “bestia negra”, el “hecho maldito” de la Argentina liberal conservadora.

Sin duda, la tradición nacionalista no está exenta de oscuridades, crueldades, xenofobias, prejuicios, violencias discursivas, errores, equivocaciones, brutalidades, recodos grotescos, imitaciones risueñas, giros totalitarios, perversiones derechistas, encierros oligárquicos, desprecios de clases. Pero también es cierto que ha tenido una complejidad a lo largo del tiempo que no justifica esa condena. Hay nacionalistas para todos los gustos, oligárquicos, aristocráticos, republicanos, fascistas, nazis, demócratas, liberales, populares, revolucionarios, marxistas, trotskistas. Sin embargo, todos corren la misma suerte en la hoguera.

Hace unos años, en una nota de opinión del diario La Nación, el historiador militante Luis Alberto Romero utilizó el término de “nacionalismo patológico”, que predomina en el sentido común de los argentinos y lo definió:

(…) una suerte de enano nacionalista que combina la soberbia con la paranoia y que es responsable de lo peor de nuestra cultura política. Nos dice que la Argentina está naturalmente destinada a los más altos destinos; si no lo logra, se debe a la permanente conspiración de los enemigos de nuestra nación, exteriores e interiores. Chile siempre quiso penetrarnos, el Reino Unido y Brasil siempre conspiraron contra nosotros. Ellos fraccionaron lo que era nuestro territorio legítimo, arrancándonos el Uruguay, el Paraguay y Bolivia. La última y más terrible figuración del enano nacionalista ocurrió con la reciente dictadura militar. Entonces, el enemigo pasó de ser externo a interno: al igual que los unitarios con Rosas, la subversión era apátrida y, como tal, debía ser aniquilada. Poco después, la patología llegó a su apoteosis con la Guerra de Malvinas.

La operación cultural que hace Romero incluye a los nacionalismos dentro de una multiprocesadora y sugiere que todos son iguales. No difiere entre el nacionalismo republicano, el popular, el lugoniano, el liberal conservador. Para él, todos los discursos son iguales, en un claro error conceptual y metodológico. Porque uno podría estar de acuerdo con que una exacerbación de la pasión nacional puede conllevar cierto tipo de conflictos en su vientre; pero unificar en un solo párrafo el nacionalismo americanista de Manuel Ugarte y el de la dictadura militar, el marxista de Hernández Arregui con el de Jorge Rafael Videla, o incluso la “restauración nacionalista” que propone Ricardo Rojas con los desvaríos del general Leopoldo Galtieri, parece ser una operación cultural difícil de establecer y sostener. Menos en Romero, que es uno de los historiadores más reconocidos en los ámbitos académicos, gracias a la trayectoria de su padre José Luis.

No todos los nacionalismos son iguales. Unificarlos es sólo una decisión ideológica que parte del prejuicio o de una decisión política. Romero escribe:

Ese nacionalismo constituye un mito notablemente plástico, capaz de adaptarse a situaciones diversas. Así, nuestro actual gobierno [hablaba del kirchnerismo] puede hacer uso de él, resucitar muchos de sus tópicos —tarea en la que ayudan estos escritores neorrevisionistas— e incluir en su campaña general contra diversos enemigos —la lista es conocida— este revival de la Vuelta de Obligado que prenuncia una revitalización del mito en beneficio propio, tal como lo está haciendo con la causa de las Malvinas. En 1983, muchos creímos que habíamos logrado desterrar al enano nacionalista. Hoy, yo al menos lo dudo.

Resulta alumbrador, entonces, el final de la nota de Romero. Para él, los discursos oficiales del alfonsinismo habían logrado enterrar el nacionalismo. No se trataba de “cuestión nacionalista”, mucho menos de enfrentamiento entre nacional

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