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LA BAHíA DE LOS SUSPIROS (TRILOGíA DE LOS GUARDIANES 2)

Nora Roberts  

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Fragmento

Prólogo

La historia pasó de generación a generación, en canción y en relato, hasta que las brumas del tiempo la convirtieron en mito y leyenda. Pero algunos la dieron por cierta, porque las leyendas traen consuelo.

Otros sabían que la historia era cierta.

Sabían que en otros tiempos, en un reino antiguo como el mar, tres diosas crearon tres estrellas para honrar y ensalzar a una nueva reina. Forjaron una estrella de fuego, una estrella de agua y una estrella de hielo destinadas a brillar sobre todos los mundos, y las iluminaron deseándole fortaleza de corazón, de mente y de espíritu.

Aquellas diosas de la luna, guardianas de los mundos, velaban por dioses, semidioses, mortales e inmortales. Aunque eran seres de luz, entendían la guerra y la muerte, la sangre y el combate.

Había otra diosa, un ser oscuro cuya inmensa sed y avaricia inagotable le habían ennegrecido el corazón. Nerezza, la madre de las mentiras, maldijo las estrellas, pero no dejó de codiciarlas. La noche de su creación, les lanzó su poder mientras volaban hacia el cielo, las embrujó. Por esa maldición, un día se precipitarían a la tierra desde su refulgente lecho alrededor de la luna.

Cuando poseyera las tres estrellas, cuando se hiciese con su poder, la luna moriría, la luz cesaría de existir y Nerezza gobernaría la oscuridad.

Por ello, las diosas de la luna —Celene la adivina, Luna la afable y Arianrhod la guerrera— concentraron su magia para proteger las estrellas.

Pero esas cosas requieren sacrificio, coraje y cantidades ingentes de esperanza.

Las estrellas caerían; no podrían evitarles ese destino, pero caerían en lugares secretos y permanecerían ocultas hasta que llegase un día, en otro reino, en que los que de ellas procedían fuesen a buscarlas para brindarles protección.

Seis guardianes que lo arriesgarían todo con tal de evitar que las estrellas cayesen en las malvadas manos de Nerezza.

Para salvar la luz y todos los mundos, los seis se unirían y ofrecerían cuanto eran a esa búsqueda, y también a la batalla.

Ahora los seis, venidos de tierras remotas, se habían reunido, habían forjado sus lazos y lealtades, habían derramado sangre ajena y entregado la propia para encontrar la primera estrella. Y las diosas volvieron a encontrarse.

En la playa de arenas blancas donde, llenas de alegría y esperanza, habían creado las estrellas, se congregaron bajo una luna llena y de un blanco polar contra el cielo oscuro.

—Han vencido a Nerezza —declaró Luna, cogiendo de la mano a sus hermanas—. Han descubierto la Estrella de Fuego y la han colocado donde ella no pueda alcanzarla.

—La han ocultado —la corrigió Arianrhod—. Lo han hecho muy bien, pero ninguna estrella se hallará fuera de su alcance hasta que todas regresen al hogar.

—La han derrotado —insistió Luna.

—Sí, por el momento. Han luchado con valor, lo han arriesgado todo en la batalla, lo han dado todo por encontrarla. Y sin embargo...

Miró a Celene, que asintió con la cabeza.

—Veo más sangre, más batallas, más miedo. Combates y oscuridad donde un dolor y una muerte terribles pueden llegar en un instante y durar toda la eternidad.

—No cederán —dijo Luna—. No lo harán.

—Han demostrado su valor. El valor es más auténtico cuando detrás hay miedo. No dudo de ellos, hermana. —Arianrhod alzó la vista hasta la luna y el lugar que durante tanto tiempo habían ocupado tres resplandecientes estrellas—. Pero tampoco dudo de la furia y las ansias de Nerezza. Les dará caza, no se cansará de atacarlos.

—Y reclutará a otro, a un mortal. —Celene clavó su mirada en el mar y vio en su negra y cristalina superficie las sombras de lo que podía llegar a ser—. Con las mismas ansias que ella. Ha matado por recompensas mucho menos codiciadas que las Estrellas de la Fortuna. Es como veneno en el vino, un puñal en la mano tendida, unos dientes voraces tras una sonrisa. Y en poder de Nerezza, es un arma afilada y fulminante.

—Debemos auxiliarles. Estamos de acuerdo en que han demostrado su valía —razonó Luna—. Tenemos que ayudar.

—Sabes que no podemos —le recordó Celene—. No debemos interferir en sus decisiones. Hemos hecho cuanto podíamos hacer. Por ahora.

—Aegle no es su reina.

—Sin Aegle, sin este lugar, sin la luna y sin nosotras, sus siervas, no tienen mundo. En sus manos se encuentra su destino, el nuestro y el de todo.

—Nos pertenecen. —Arianrhod apretó con más fuerza la mano de Luna para reconfortarla—. No son dioses, pero son más que mortales, cada uno tiene un don. Lucharán.

—Pensarán y sentirán, que es tan importante como combatir. —Celene soltó un suspiro—. Y amarán. Mente, corazón y espíritu, además de espada, colmillos e incluso magia. Están bien armados.

—En eso confiamos. —Luna, flanqueada por sus hermanas, levantó el rostro hacia la luna—. Que nuestra confianza sea su escudo. Somos guardianas de los mundos, y ellos lo son de las estrellas. Son esperanza.

—Y valor —añadió Arianrhod.

—Son astutos. Mirad. —Sonriente, Celene alzó una mano e indicó con un gesto la espiral de color que surcaba el cielo—. Pasan junto a nosotras, cruzando nuestro mundo en dirección al siguiente. Hacia otra tierra, hacia la segunda estrella.

—Y todos los dioses de luz van con ellos —murmuró Luna, y envió el suyo.

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Por un segundo, como en un único batir de alas, a Annika le llegó el aroma del mar y oyó las voces que se alzaban en una canción. La sensación desapareció al instante, difuminada en la nebulosa de velocidad y color, pero le inflamó el corazón como lo hace el amor.

Luego oyó un suspiro, y luego el eco de más suspiros, música, sí, pero de otra clase. Música agridulce. Y se apoderó de ella y la colmó de lágrimas.

Se desplomó, el corazón rebosante de una mezcla de alegría y pesar. Daba volteretas en espiral, sin aliento, invadida por un entusiasmo temerario salpicado por un breve destello de pánico.

Y ahora mil alas se agitaban en el viento, mil y otras

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