Loading...

LA BOCA ROJA DEL RIACHUELO

Graciela Ramos  

0


Fragmento

PRÓLOGO

Entre 1914 y 1918 los dos presidentes que gobernaron la Argentina —el conservador Victorino de la Plaza y el radical Hipólito Yrigoyen— adoptaron la neutralidad frente a la Primera Guerra Mundial, que, iniciada en territorio europeo, pronto iba a adquirir alcance global.

Cuando Yrigoyen asumió la presidencia de la Nación, la ciudad de Buenos Aires contaba con más de medio millón de obreros que se desempeñaban en el sector industrial. La mayor parte de ellos vivía en el sur de la ciudad. Talleres y pequeñas industrias poblaban los barrios obreros de La Boca, Nueva Pompeya y Barracas, mientras que, en la provincia de Buenos Aires, Avellaneda se destacaba por la presencia de los frigoríficos.

Dicha concentración geográfica contribuyó a la formación de una cultura de la clase obrera, sus valores, sus costumbres, sus ideales compartidos. Esta comunidad aspiraba a una sociedad más justa donde no existiera la explotación del hombre por el hombre mismo. Donde la bandera del progreso flameara para todos.

Recibe antes que nadie historias como ésta

Mientras mayor era la desocupación y, por lo tanto, la demanda de empleo, mayor era la facilidad de los empresarios para minimizar sus gastos en el pago de la mano de obra.

Socialistas y anarquistas competían para ganarse la adhesión de los trabajadores.

Entonces todo comenzó a salirse de control. Los empresarios despedían a los obreros, bajaban los salarios y, lejos de atender las demandas de los trabajadores por mejorar la calidad de vida, los castigaban por reclamar algo que les correspondía por derecho propio, por derecho humano.

Paralelamente, en la misma época, se desarrollaba con gran libertad el ejercicio de la prostitución. Esta red de mafiosos nació por el año 1889, en manos de un grupo de rufianes polacos judíos, conocido como el Club de los 40. Fue el embrión de lo que le siguió, la Varsovia y luego Zwi Migdal. Tras la Primera Guerra Mundial dicha organización mafiosa (La Varsovia en ese momento) entra en su máximo apogeo.

Estos delincuentes reclutaban niñas de entre trece y dieciséis años en sus aldeas de origen en Polonia o Rusia, les prometían trabajos como asistentes domésticas en ricas familias judías o matrimonios con prósperos y acaudalados jóvenes que las estaban esperando. En cambio, en el mismo viaje, las niñas eran sometidas a maltratos y violaciones. Preparadas para luego servir como prostitutas en los burdeles de la Sociedad Israelita de Socorros Mutuos Varsovia de Barracas al Sud y Buenos Aires o bien subastadas al mejor postor en el café Parisien, entre otros…

Cuento en esta ficción los detalles íntimos de las vidas de las personas comunes que fueron afectadas por los coletazos de las buenas o malas decisiones que se tomaron en este período de nuestra historia: la Semana Trágica, la Liga Patriótica, la Varsovia, las políticas anarquistas. Definitivamente, todos hacedores de nuestra cultura.

A las víctimas de la tremenda Semana Trágica, a ellos dedico mi libro.

PRIMERA PARTE

Todos piensan en cambiar el mundo, pero nadie piensa en cambiarse a sí mismo.

LEÓN TOLSTOI

CAPÍTULO 1

Rosa María Fortunata Peñaloza Montesino acababa de cumplir catorce años. Era hija de don Zoilo, salteño de primera cepa, ferviente admirador del general Güemes, y de Hana, una bella polaca que había llegado para iluminar su vida, pero muy débil de salud; falleció cuando Rosa María era aún muy pequeña.

En la cálida estancia, en la provincia de Salta, la niña creció amada por su padre y rodeada de sirvientas regordetas que respetaron cada uno de sus caprichos. La historia del general Güemes, relatada a diario por don Zoilo, y los cuadros que posaban elegantes en las paredes determinaron y dieron marco a la ideología familiar.

El mismo día que cumplía nueve años fue galardonada en el colegio con una distinción especial por un hermoso poema que ella misma había escrito, homenajeando al general Güemes. Don Zoilo estaba tan orgulloso y agrandado que no entraba en sí. Desde ese momento se lo hacía declamar a Rosa María en cada evento o cena de la que participaban. Ella, ya resignada ante los sucesivos pedidos de su padre, inhalaba profundo, luego se ponía de pie y bamboleando los brazos y revoleando los ojos para todos lados, sabiendo que las miradas estaban sobre ella, recitaba su composición.

La cocina. Ah, Rosa María vivía en la cocina. Dominga, una mulata de caderas anchas y motas en la cabeza, le había enseñado todos sus trucos. La niña había adoptado a su cocinera como si fuera su propia madre. Juntas, le ponían nombres a cada plato. El preferido de todos era el picante de panza. Entre ambas lo habían denominado “La cazuela de la reina”.

La casa era grande, con muchos cuartos, pasillos y galerías. Rosa María disfrutaba de cada rinconcito de su hogar. Algunas veces se ponía los vestidos que habían sido de su madre y desfilaba. Otras, se convertía en reina y —completamente identificada en su rol actoral— perseguía a los criados, exigiendo que cumplieran sus órdenes. Era tanto el cariño que todos le tenían que se ponían a su merced y terminaban jugando con ella.

A pesar de ser huérfana de madre, don Zoilo se encargó de que su hija creciera feliz. Era una niña curiosa, ávida de saber y conocer. Sin darse cuenta, se había convertido en una jovencita muy culta; siendo todavía muy pequeña, leía los diarios que llegaban a la casa. A escondidas de don Zoilo, hurgaba la biblioteca familiar y encontraba tesoros cada vez más interesantes. Se impresionó con la vida de Facundo Quiroga, relatada por Sarmiento. Quedó presa de sus propias emociones con Echeverría y sus Rimas. Estuvo dando vueltas y buscando respuestas luego de la lectura del Dogma socialista del mismo autor. Machado, José Hernández, Mármol, entre tantos otros escritores, deslumbraron y dieron luz a esa mente fértil y ávida de saber. Lloró, se rio y se emocionó con las novelas que encontró en un estante lleno de telarañas y humedad, en un recóndito lugarcito de la biblioteca. Su preferida era Wuthering Heights de Ellis Bell, obra que luego se publicaría con el nombre verdadero de su autora, Emily Brontë. A escondidas de todos, con esa novela perfeccionó su inglés.

Era una niña más bien solitaria, tenía algunas amigas, pero siempre ponía excusas para no asistir a las tertulias; prefería apoltronarse en algún sillón, debajo de los robustos árboles en verano, o calentita frente al hogar, en invierno, siempre con la compañía de un libro.

Todo comenzó una tarde. ¡Maldita tarde! Rosa María había concluido sus clases de piano, disfrutaba de la música, era ella la que en cada crepúsculo endulzaba los oídos de todos con bellas melodías. Tenía un breve recreo hasta que llegara el profesor de matemática. Cada día repetía la rutina, caminaba hacia la cocina a buscar los buñuelos de banana. Dominga se los dejaba tibios en un plato, sobre la mesa, tapados con un repasador. El aroma la guiaba sin escalas, pero ese día, cuando pasó por la puerta del escritorio de su padre y la vio cerrada, se detuvo. Siempre estaba abierta, se hallara él adentro o no.

Pegó la oreja, custodiada por la palma de su mano, en la puerta de madera y reconoció, entre los murmullos, la voz de su tío Alberto. Sonrió. Siguió escuchando. Supuso que estarían hablando de la situación política de Salta, como la noche anterior cuando dedicaron un rato de la cena a comentar sobre don Zerda —el gobernador del clan—; así le decían por sus posturas bien definidas a la hora de defender a su gente. A Rosa María le gustaba escuchar las conversaciones ajenas, cuando las personas hablaban distendidas, sin cuidarse de la presencia de ella. Impulsada por la curiosidad, giró con cuidado el pestillo de la puerta, con la intención de tomarlos por sorpresa y asustarlos. Espió y entonces los vio. Apenas parpadeó y volvió a mirar. Había algo que no estaba en su lugar. Siguió escuchando murmullos e incluso le pareció oír un quejido. Se quedó muy quietita, casi sin respirar, mirando. “¡Por Dios bendito!”, se dijo. ¿Qué estaba pasando…? Su tío Alberto estaba recostado sobre el escritorio y su padre encima de él. ¡Estaba descompuesto! Cuando sintió el impulso de abrir la puerta con todo y correr a ayudar se dio cuenta de que había algo más. Su padre tenía los pantalones y los calzones por la rodilla.

Se quedó dura. Helada. Y aunque sentía ganas de vomitar no podía sacar los ojos de la escena. Luego, cuando reaccionó, cerró la puerta sigilosamente y se alejó lo más rápido que pudo.

Acostada boca arriba en su cama, tenía los ojos como huevos y el corazón entumecido. “¿Papá? ¿Era papá? ¿El que estaba fornicando con el tío Alberto era papá? No, no puede ser, mi padre es un señor, sí, un señor macho. No es ningún marica”, pensaba. Cerró los ojos con fuerza para borrar de su cabeza la imagen de su padre trepado sobre el culo de don Ramírez Cuesta.

El asco le provocaba náuseas, parecía que la cabeza le iba a explotar y las lágrimas de impotencia comenzaron a rodar sobre sus mejillas rojas de ira.

Su padre, el conocido don Zoilo, más macho que todos los machos, era un marica.

CAPÍTULO 2

Luego de esa tarde, su apacible y cándida vida cambió para siempre. Comenzó a seguir a su padre como una sombra, pero cuidándose de no levantar sospechas. Necesitaba confirmar que lo que había presenciado no era un mal sueño, que la relación carnal de su padre con su tío, don Alberto Ramírez Cuesta, era un hecho. Y lo confirmó. Unos días después, a la hora de la siesta, cuando se suponía que estaba estudiando en su cuarto, se acercó sigilosamente al despacho de don Zoilo y pudo ver cómo a su padre lo montaba don Alberto. Vio cómo los bigotes de don Alberto se perdían en la bragueta de su padre. Toda una historia de amor, como las que leía en las novelas. ¿Amor? ¡Pero, qué asco! ¿¡Cómo podía ser tan pervertido!? ¡Su propio padre! La repulsión y la náusea se apoderaron de su espíritu…

Don Alberto Ramírez Cuesta era amigo de don Zoilo desde que ella tenía uso de razón. Era un hombre soltero y sin hijos. Y, por lo que parecía, bien maricón. Igual que su padre. Rosa María sentía que su cabeza estaba a punto de explotar. Las apasionadas imágenes de su padre con su tío la perturbaban. Sintió que el amor filial comenzaba a trastabillar. Tenía que hacer algo. Tal vez tomar distancia. Aclarar las cosas. Pero definitivamente no quería hablar con su padre de un asunto tan delicado. Sería como perderle el respeto. Además, si había algo que no estaba en discusión era el amor que don Zoilo sentía hacia su hija.

Dominga la vio pasar como un refucilo corriendo a encerrase en su cuarto. Enseguida fue tras de ella.

—Pero, m’hijita, ¿qué le ha pasao? —decía con las palmas blancas de sus manos negras apostadas sobre la pesada puerta de madera, trabada desde adentro con la tranca cruzada.

—Nada, Dominga, vaya que ya voy —dijo con voz temblorosa, intentando disimular su estupefacción.

Se cubrió la cara y lloró en silencio, asqueada por lo que había descubierto. ¿Y ahora? ¿Por qué todo se había vuelto tan oscuro, tan triste? ¿Por qué sentía tanto asco? ¿Dominga estaba al tanto de todo esto? ¿Cómo iba a mirar a los ojos a su padre si esa imagen horrible de ambos hombres fornicando estaba fija en su mente? Sintió los golpes de Dominga otra vez del otro lado de la puerta. Se levantó y sacó la tranca.

—¿Qué le pasa a mi niña? ¡Desembuche! Me dejó plantao al pobre ojudo de las matemáticas y ahora me sigue encerrada.

—Nada, Dominga, no me moleste, quiero estar tranquila —contestó—. Me duelen la cabeza y la panza.

Dominga la miró con desconfianza, sabía que estaba mintiendo, pero decidió seguirle la corriente. Apoyó la palma de la mano sobre su frente.

—Usté mi está encubando algo —dijo—. Mejor le traigo un poco de aguadulce y un buñuelo de banana.

Rosa María abrió los ojos, y al fin el estómago ganó la pulseada.

—Bueno —aceptó.

Comer algo le alivió un poco el estado de ánimo, pero la puntada en el pecho seguía. No sabía qué hacer con toda esa información que le carcomía el espíritu.

Trató de disimular su tristeza y de despistar un poco a Dominga, que no le sacaba los ojos de encima. Bien abrigada, dio un largo paseo por el jardín, después regresó a la casa y ordenó sus cosas, esquivando el encuentro con su padre. Lue- go de un rato, Dominga tuvo que ir a recordarle que don Zoilo la estaba esperando para cenar. Rosa María llegó fingiendo una sonrisa, pasó al lado de su padre y en vez de estamparle un beso en la mejilla como hacía cada noche, apenas le palmeó la espalda y se sentó frente a él.

La cena transcurrió prácticamente en silencio. Con la vista en el plato, contestó lacónicamente las preguntas que don Zoilo le hizo y, apenas pudo, se retiró de la mesa.

Recluida en la oscuridad de su cuarto, pensaba y lloraba. Sabía que nunca podría decirle que se había enterado de esa relación enferma que mantenía con su tío. Pero tampoco podía seguir viviendo con toda esa información quemando su cabeza, se estaba volviendo loca. La opción de hablar con Dominga quedó descartada enseguida, seguro que ella también lo sabía.

¿Puede el amor desaparecer por una situación adversa que cuestiona los dogmas teológicos de la fe? Tal vez no tendría que ser así, pero su corazón comenzaba a rechazar todo lo que viniera de su padre. ¡Qué difícil le resultaba! ¡No podía ni mirarlo a los ojos! Menos aún tocarlo. No era justo para nadie seguir con esa actitud, pero, ¿qué podía hacer?

Entendió que lo único que le quedaba por hacer, lo correcto, lo más justo para todos, era irse. Lejos, muy lejos… Tomar distancia, ventilar su mente que estaba llena de rabia y asco. Quedándose allí no podía. Pero ahora debía pensar cómo se iría, adónde y con quién.

La excusa perfecta sería viajar con el objetivo de estudiar. Algunas de sus conocidas se habían ido a Córdoba, otras a Buenos Aires e incluso algunas habían viajado a Europa. La única solución por el momento era irse. Sí, estaba claro, tenía que alejarse, dejar pasar el tiempo, aclarar sus sentimientos, entender, luego comprender… Esa era la solución.

Pasaron varios días y Rosa María soportaba cada vez menos la presencia de su padre. El tiempo no estaba ayudando para nada. Lo único que necesitaba era no verlo más. Cuando estaba junto a don Zoilo le costaba tratarlo con respeto. Tenía que hacer mucho esfuerzo para no despreciarlo; ya no dejaba que la abrazara. Conversaba lo justo y necesario, y cuando su padre le preguntaba si le sucedía algo, se excusaba y se retiraba a su cuarto. Luego venía la culpa, esa que cuestiona todo, que pega fuerte en el centro del pecho y corta la respiración.

Finalmente, una noche luego de la comida tomó valor y se dirigió a don Zoilo:

—Padre, tengo que hablar con usted —dijo—. ¿Quiere que nos sentemos en los sillones al lado del hogar? Hace mucho frío esta noche.

—¿Qué pasa, hijita? Hace días que la veo así, como distante.

—Es que tengo que hablarle de algo importante. 

Se sentaron uno frente al otro, al costado del hogar.

—¡Despache nomás! —dijo don Zoilo mientras se prendía un puro.

—Quiero viajar a Buenos Aires…

Don Zoilo detuvo el movimiento de las manos, la miró y se puso pálido.

—¿A Buenos Aires?

—Sí, padre, siempre lo quise. Es mi gran sueño. ¿Podré cumplirlo? Imagínese si pudiera estudiar en Buenos Aires… La hija de los Triverio se fue a estudiar a Europa, eso queda más lejos.

—Pero usted estudia, m’hija.

—Sí, aquí. Yo quiero ir a la universidad.

—¿Universidad? —preguntaba don Zoilo asombrado.

—Sí, padre lo que le quiero decir es que me quiero ir de Salta.

—¿Y por qué ahora, así, de golpe?

—Hace mucho que lo pienso, padre. Puedo ir a vivir a un convento en Buenos Aires. ¿Qué le parece? Me adapto a la vida de la ciudad, estudio. Usted me visita todas las veces que quiera…

—No sé, no puedo ni pensar en la idea de que usted se vaya de la casa —contestó don Zoilo francamente perturbado con la noticia.

—Padre, si no me voy ahora, igual cuando me case me voy a ir. Y la verdad es que casarme está bien lejos en mi vida. No es algo que me ocupe el pensamiento, yo quiero estudiar y, tal vez, viajar un poco.

—Bueno, mi niña. Deje que lo mastique, es que se me quedó atorao en el garguero todo esto.

—Bueno. Yo me iría en unas semanas. Digo, si está de acuerdo, ¿no?

—¿Ya? ¿Pero qué le pasa, m’hija? ¿Qué bicho de viajes le picó justo ahora?

—Piense, padre, mañana lo organizamos. Sería muy lindo que usted me acompañara en esta decisión. Fíjese que de mis amigas quedan pocas en Salta. Casi todas se fueron a cumplir con sus destinos, algunas se casaron, otras se van a casar y otras se fueron a estudiar.

—Es que no entiendo. Así, de repente. ¿Por qué? ¿Acaso le pasó algo?

—No, no. Hace mucho que lo pienso, lo que pasa es que nunca me animo a conversar con usted sobre el tema.

—Mire, Rosa María, a mí no me parece adecuado, usted es muy chica —don Zoilo empezó a negarse con más firmeza.

—Es la edad para casarme o estudiar, yo quiero estudiar, ojalá usted lo entienda.

Don Zoilo vio la tristeza en los ojos de su hija. ¿Tan importante era para ella ir a estudiar? La verdad es que siempre fue una niña muy intelectual. Pero nunca se imaginó que le plantearía irse a Buenos Aires.

—Yo lo entiendo, hija —don Zoilo apagó el cigarro antes de terminarlo. Se puso de pie y sintió una fuerte puntada en el pecho que casi le cortó la respiración.

—Mañana seguimos, mi niña linda, me duele un poco la cabeza —dijo, y luego se retiró de la sala.

—Hasta mañana, padre. Que descanse. Mañana, si le parece, organizamos mi viaje a Buenos Aires —insistió Rosa María.

Don Zoilo no contestó. La noticia le había caído peor de lo que se imaginaba. Caminó hasta su cuarto, abrió la puerta y se recostó en la cama; sintió que le faltaba el aire. Se quiso levantar pero no pudo. Quiso gritar, pero las palabras no salían de su boca. La impotencia le explotó en el corazón. ¿Cómo le iba a explicar a su hija que toda su fortuna ya no le pertenecía? La estancia, su casa, hasta algunas joyas estaban en manos del banco para solventar la cantidad de deudas que había contraído desde que la crisis había comenzado a expandirse por todo el territorio. Ya no le compraban los cultivos ni las reses como antes. ¿Cómo le iba a explicar que no tenía dinero propio ni para que llegara hasta la estación Güemes? Estaba fundido. Y ahora su chiquita quería irse a estudiar a Buenos Aires…

Las lágrimas silenciosas rodaban una detrás de otra por sus mejillas. Su mirada quedó fija. Eterna. Su corazón, tal vez cansado de tantos disgustos, dijo basta. Y se detuvo.

Esa misma noche, Rosa María tampoco pudo dormir. Sentía añoranza de lo que había sido su vida perfecta hasta que ocurrió lo que ocurrió. La angustia era su nueva compañera de viaje. Daba vueltas en su cama, se sentía incómoda. No podía dormir. Claro, irse era la mejor solución, jamás podría darse por enterada de semejante escándalo. Cada vez sentía más vergüenza, más repulsión. ¿Cómo iba a seguir viviendo en su casa si no podía tolerar la presencia de su padre y menos aún de su tío?

El sol entró en la casa de los Peñaloza Montesino al mismo tiempo que resonó el grito de Dominga.

Algo había sucedido, algo grave.

Rosa María se levantó de un tirón y corrió hacia la habitación de su padre. ¿Qué había pasado ahora?

—No entre, mi niña, juera, juera —gritaba Dominga con los brazos extendidos en cruz, bajo el quicio de la puerta del dormitorio principal.

—¿Qué pasó, Dominga? ¿Mi padre está bien? —preguntó la joven, refregándose los ojos.

—Nada, mi niña, vaya que ya voy… —contestó la negra.

—Bueno, entonces voy a entrar a verlo —sentenció.

—¡No!

Rosa María la observó y se dio cuenta de que Dominga tenía los ojos irritados, había llorado. Hizo una gambeta y logró ingresar en el dormitorio. Allí estaba don Zoilo, acostado en su cama, dormido. Se acercó y le tomó la mano.

—¡Mi Dios! ¡Está helado, padre! —dijo, y enseguida giró la cabeza sin soltar la mano de su padre—. ¡Urgente, llamen al médico, mi padre está helado!

Se quedó sentada al costado de don Zoilo. Todos la miraban en silencio.

—¿Qué pasa? ¿Por qué me miran así? ¡Ay, mi Dios! ¡Ay, mi Dios! ¡Está muerto! ¡Yo lo maté! ¡Dominga, yo maté a mi padre! ¡Ayer le dije que me quería ir de Salta! —sollozaba sobre el pecho de don Zoilo.

Dominga, parada a su lado, se tapaba la boca con ambas manos y sollozaba desconsoladamente. El dolor y la confusión reinaban en la habitación.

Rosa María, acongojada, tuvo el deseo, la ilusión de regresar el tiempo para atrás, pero eso no era posible. Veía el rostro de su padre lívido, sus facciones revelaban paz, incluso parecía sonreírle. Enseguida apartó la mano, no podía soportar el frío de su piel; sus manos siempre estaban calentitas, al igual que su rostro.

Luego de un rato, se dejó arrastrar por Dominga hasta la cocina. Algunos criados se encargaron de avisar a todos los conocidos acerca de la repentina muerte de don Zoilo. Don Alberto fue el primero en llegar. No tenía consuelo el hombre. Preguntaba, pedía explicaciones y se hacía repetir una y otra vez cómo había sucedido.

—No puede ser, si ayer nomás estuvimos conversando de lo más bien —el hombre gemía y sollozaba como un niño por la repentina partida hacia el otro mundo de su querido amigo.

Cuando don Alberto entró en la cocina, Rosa María levantó la cabeza y lo miró con sus ojos celestes, intensos, irritados por el llanto y enfurecidos de dolor. Una mirada silenciosa, severa. El hombre estaba tan confundido con la tremenda e inesperada noticia que no percibió la inusual distancia de la joven y la abrazó con todas sus fuerzas. Ella se quedó inmóvil, como una piedra. Con la mirada fija en un punto cualquiera recibió las condolencias de su tío del corazón.

El velorio se realizó en la casa, se taparon todos los espejos y los cuadros con mantas oscuras. Dominga le improvisó a Rosa María un vestido negro con mantilla, y crespón para todos los criados de la casa.

Bloqueo emocional, eso era lo que tenía Rosa María. Dura, perpleja y con la mirada perdida, parada al costado del cajón de su padre y escoltada por don Alberto, saludó fríamente a todos los que habían acudido a despedir a don Zoilo, desde el gobernador hasta el panadero. Dominga le propuso descansar un rato, comer algo, beber una infusión… pero nada, se quedó allí todo el tiempo, parada como una estatua.

La carroza funeraria fue el acontecimiento del día. El mismísimo obispo santiguó el cajón de don Zoilo en la iglesia antes de partir al cementerio.

Rosa María todavía no había logrado comprender que su padre estaba muerto y ya lo estaban llevando encerrado en un cajón para enterrarlo. Ojalá estuviera soñando. Percibió que sus piernas se aflojaban. Sintió los brazos de don Alberto y de Dominga que la sostenían y luego se desmayó.

Cuando despertó, don Zoilo ya descansaba en paz en su tumba y ella en su cama.

—¡Dominga! ¿Qué pasó? Mi padre…

—Mi finadito ya istá descansando en paz, mi niña. Déjelo que se vaya tranquilo.

Rosa María quiso levantarse y advirtió que el cuerpo no le respondía a la velocidad que ella pretendía.

—¡Quiero ir al cementerio! ¡Ahora!

—Usté no mi llega ni hasta la puerta con la debilitación que tiene… Se me queda ahí acostadita y cuando junte las juerzas yo misma la llevo al cementerio. Nuestro finadito ya no está más con nosotros.

Se recostó nuevamente. En silencio. Las lágrimas rodaban sin parar sobre sus mejillas.

“¡Qué hice, qué hice, Dios del cielo, qué hice, maté a mi padre! —pensaba—. Si yo no le hubiera dicho que me iba, qué boca tan floja que tengo. ¿Qué voy a hacer ahora sin él? Ay, padre, perdón; perdón, por favor. No supe qué hacer cuando me enteré de esa cochinada que hacían con el tío Alberto. ¿Qué nos pasó? Me siento tan aturdida, tan culpable, tan perdida… ¿Y ahora? Ay, papito, qué lío tengo en mi corazón. Ayúdeme usted desde el cielo, tengo que entender, tengo que seguir adelante. Pero no sé cómo, no sé qué hacer.”

El tiempo se detuvo para Rosa María. ¿Una hora? ¿Un día…? No lo sabía, no le importaba. Sola en el mundo y absolutamente confundida.

CAPÍTULO 3

Esa mañana, bien temprano, Dominga ingresó al cuarto de Rosa María con una taza humeante de una infusión que había preparado ella misma. Le había puesto poleo, malva, espinillo, arcayuyo y muña muña. Mezcló todos los yuyos con té y luego pasó una brasa roja por azúcar, la vertió en la taza y cuando se apagó la retiró. El aroma que despedía era intenso.

—Niña, está don Alberto. Quiere conversar con usté. La viene persiguiendo desde que el don Zoilo se convirtió en santito —le dijo mientras le imponía con la mirada que se bebiera todo el té.

—En un momento voy —contestó, resignada.

Tenía que seguir adelante. Las cosas habían sucedido. Por más que quiso borrarlas de su cabeza, dormirse y volver a despertarse, cuando abría los ojos la misma realidad la esperaba. Estaba convencida de que ella era la culpable de la muerte de su padre por haberle dicho que quería irse de Salta. Don Zoilo había muerto de tristeza por su culpa.

Luego de una larga media hora, en la que tomó fuerzas para enfrentarse con lo inevitable, se presentó en la sala.

—Rosa María —dijo don Alberto apenas la vio ingresar y se puso de pie.

—Hola, tío Alberto —contestó ella con un hilo de voz, y se sentó en uno de los sillones, dejando al hombre haciendo piruetas para disimular el rechazo al abrazo que había intentado darle.

—¡Es culpa mía, tío, que mi padre se haya muerto! —fueron las palabras que salieron de su boca. Luego se tapó el rostro con ambas manos y se puso a llorar. No era así como había pensado arrancar la conversación con don Alberto.

—¡No, querida! No se culpe —dijo y se levantó para acercarse a Rosa María—. Su padre estaba preocupado por la situación que nos tiene a maltraer. No quiso contarle nada, mi niña, para que usted no se inquietara. Su padre se murió porque no pudo soportar ver cómo le iban a quitar todos sus bienes. No por culpa suya. Por favor, querida, no se culpe. Su padre la amaba más que a su propia vida —la voz de don Alberto se quebró de tristeza—. Hace tiempo que venimos luchando con la situación que cada vez se pone más espesa. Zoilo no quiso vender nada, quiso conservarlo todo, pero, bueno, esta semana le dieron la noticia de que le rematarían sus bienes porque no cumplió con los pagos como se había acordado con el banco. Es eso, lo que le estoy contando, lo que llevó a su padre a la tumba, no usted, que es lo que más quería en el mundo. La adoraba…

Rosa María lo miró por primera vez, se encontró con los ojos hinchados de don Alberto; se notaba que había llorado mucho, frunció el ceño y lo interpeló:

—¿Y por qué usted, tío, no está en la misma situación que estaba mi padre?

—Porque yo vendí una parte de mis campos y con eso puse al día mis deudas, Zoilo no quiso vender nada… Cada uno tomó sus propias decisiones.

—Pero ustedes dos siempre hacían todo juntos, todo. ¿Por qué esta vez no?

—Porque justamente nuestra relación de amistad de una vida entera estuvo muy custodiada por el respeto. Siempre charlamos todo, pero cada uno tomaba sus propias decisiones… Él estaba convencido de que todo iba a cambiar y que, entonces, podría arreglar su situación.

Quiso abrazarla, pero Rosa María volvió a escabullirse con disimulo. Sintió pena por su padre, por don Alberto y también por ella. Pero no podía aceptar su abrazo. Lo intentó, pero no pudo. En su maltratada mente corrían las imágenes de su padre encima de su tío, luego en el cajón…

—Rosa María, se vienen tiempos oscuros. Usted sabe, mi niña, que puede contar con mi casa, con la estancia. Lo que usted disponga es suyo. Soy su padrino, no se olvide. A partir de este momento yo voy a velar por usted y su felicidad. El tiempo va a ayudar a que se acomoden las cosas; este dolor intenso que sentimos hoy, con el tiempo tal vez se apacigüe un poco.

Rosa María lo miraba en silencio. ¿Cómo su padre pudo…? Bueno, ni siquiera en pensamientos podía reproducir eso. Sintió que las palabras no salían, pero hizo un esfuerzo, para algo estaba allí, para algo había aceptado conversar con él, debía anunciarle sus planes.

—Tío Alberto, yo me voy para Buenos Aires. Ya no tengo nada aquí, ni siquiera mi casa. Mi padre nunca me contó que las cosas no estaban bien. Supongo que para no preocuparme, pero ahora es mi dura realidad. Así que sí, voy a aceptar, de lo que me pertenece, algo de dinero para el viaje.

Don Alberto, nervioso, frunci ...