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LA BRúJULA DORADA (LA MATERIA OSCURA I)

Philip Pullman  

5


Fragmento

Primera parte

Oxford

1

La licorera de Tokay

Lyra y su daimonion atravesaron el comedor, cuya luz se iba atenuando por momentos, procurando mantenerse a un lado del mismo, fuera del campo de visión de la cocina. Ya estaban puestas las tres grandes mesas que lo recorrían en toda su longitud, la plata y el cristal destellaban pese a la poca luz y los largos bancos habían sido retirados un poco con el fin de recibir a los comensales. La oscuridad dejaba entrever los retratos de antiguos rectores colgados de las paredes. Lyra se acercó al estrado y, volviéndose para observar la puerta abierta de la cocina, como no viera a nadie, subió a él y se acercó a la mesa principal, la más alta. El servicio en ella era de oro, no de plata, y los catorce asientos no eran bancos de roble sino sillones de caoba con cojines de terciopelo.

Lyra se detuvo junto a la silla del rector y dio un suave golpecito con la uña en la gran copa de cristal. La vibración resonó en todo el comedor.

—Un poco de seriedad —le murmuró su daimonion—. A ver si sabes comportarte.

El nombre de su daimonion era Pantalaimon y normalmente tenía la forma de una mariposa nocturna, una mariposa de color marrón oscuro, a fin de pasar inadvertido en la penumbra del salón.

—Hay mucho ruido para que puedan oírnos en la cocina —le respondió Lyra en un murmullo—. Y el camarero no vendrá hasta el primer campanillazo. ¡Deja ya de darme la lata!

Volvió, pues, a poner la palma de la mano sobre el resonante cristal mientras Pantalaimon se alejaba revoloteando y desaparecía por la puerta entreabierta del salón reservado, al otro extremo del estrado. Al poco rato apareció de nuevo.

—No hay nadie —musitó—, pero tenemos que darnos prisa.

Agachándose detrás de la mesa principal, Lyra se lanzó como un dardo hacia la puerta del salón reservado y, ya allí, se paró a echar un vistazo alrededor. La única luz de la estancia era la procedente de la chimenea, cuyos troncos fulguraron con vivo resplandor mientras los miraba, levantando un surtidor de chispas. Aunque había pasado gran parte de su vida en el college, aquella era la primera vez que entraba en el salón reservado: solo tenían permiso para ello los licenciados y sus invitados, nunca las mujeres. Ni siquiera lo limpiaban las criadas, solo el mayordomo.

Pantalaimon se posó en su hombro.

—¿Ya estás contenta? ¿Nos podemos marchar? —dijo en un murmullo.

—¡No seas tonto! ¡Lo quiero ver todo!

Era una estancia espaciosa y en ella había una mesa ovalada de bruñido palo de rosa sobre la cual estaban dispuestas varias licoreras, además de vasos y un artefacto de plata para moler tabaco, provisto de un portapipas. En un aparador cercano había un pequeño calientaplatos y una cesta de cápsulas de adormidera.

—Se dan buena vida, ¿no te parece, Pan? —observó Lyra, conteniendo la voz.

Se sentó en una de las enormes butacas de cuero verde. Era tan inmensa que podía tumbarse en ella, pero se incorporó y se acomodó sobre las piernas para contemplar los retratos colgados en las paredes. Probablemente antiguos alumnos: todos togados, barbudos y siniestros, mirándola fijamente desde sus marcos, en actitud de solemne desaprobación.

—¿De qué estarán hablando? —dijo Lyra o, mejor dicho, empezó a decir, ya que antes de terminar la pregunta se oyeron voces al otro lado de la puerta.

—¡Detrás de la butaca! ¡Rápido! —la instó Pantalaimon.

De un salto Lyra se levantó de la butaca y se ocultó detrás. No era el mejor lugar para esconderse, ya que escogió precisamente la butaca que estaba en el centro mismo de la habitación y, a menos que no hiciera ningún ruido…

Se abrió la puerta y en la estancia se produjo un cambio de luz. Uno de los que habían entrado llevaba una lámpara, que dejó en el aparador. Lyra alcanzaba a verle las piernas, cubiertas con pantalones de color verde oscuro, y los pies calzados con unos zapatos negros y relucientes. Era un criado.

Después oyó una voz profunda que decía:

—¿No ha llegado lord Asriel?

Se trataba del rector. Conteniendo el aliento, Lyra vio al daimonion del criado (un perro, como casi todos los daimonions de criados) que, después de entregarse a un trotecillo, se sentó muy tranquilo a sus pies. Acto seguido se hicieron visibles los pies del rector, con sus zapatos negros y raídos de siempre.

—No, rector —dijo el mayordomo—. Ni palabra del Aërodock, tampoco.

—Supongo que estará hambriento cuando llegue. Acompáñelo directamente al salón, haga el favor.

—Muy bien, rector.

—¿Ha decantado para él un poco del Tokay especial?

—Sí, rector. Del de 1898, tal como usted me ordenó. Su Señoría siente una gran predilección por este vino, lo recuerdo muy bien.

—Perfecto. Y ahora retírese, por favor.

—¿Necesita la lámpara, rector?

—Sí, déjela aquí y ocúpese de irla manteniendo durante la cena.

El camarero hizo una ligera reverencia y se volvió para abandonar la sala, mientras su daimonion lo seguía, obediente, al trote. Desde su rudimentario escondrijo Lyra observó al rector y vio que se dirigía a un enorme armario de roble situado en un rincón de la sala, descolgaba la toga de la percha y, con grandes trabajos, se la ponía. El rector había sido en tiempos un hombre fornido, pero ya había cumplido más de setenta años y sus movimientos eran ahora lentos y envarados. El daimonion del rector tenía el aspecto de un cuervo y, así que su señor se hubo puesto la toga, saltó del armario en el que acababa de posarse y volvió a su sitio acostumbrado: el hombro derecho del rector.

Lyra notaba que Pantalaimon estaba erizado de angustia, aunque no profería sonido alguno. En cuanto a ella, se sentía agradablemente excitada. El visitante anunciado por el rector, lord Asriel, era su tío, un hombre al que admiraba profundamente y temía a un tiempo. Se decía de él que estaba metido en alta política, investigaciones secretas y operaciones militares realizadas en lugares remotos, por lo que Lyra no sabía nunca en qué momento podía aparecer. Era una persona de carácter violento; si la atrapaba allí, el castigo sería severo, aunque ella estaba dispuesta a afrontarlo.

Lo que vio a continuación, sin embargo, cambió por completo las cosas.

El rector se sacó del bolsillo un papel doblado y lo dejó sobre la mesa. Retiró el tapón de la licorera, llena del exquisito vino dorado, desdobló el papelito y dejó caer en la botella una fina lluvia de polvo blanco antes de arrugar el papel y, tras hacer con él una bolita, arrojarlo al fuego. Después se sacó un lápiz del bolsillo, agitó con él el vino hasta disolver el polvo y volvió a colocar el tapón en su sitio.

El daimonion del rector soltó un breve graznido casi inaudible. El rector le replicó por lo bajo y miró a su alrededor con los empañados ojos entrecerrados, antes de salir por la misma puerta a través de la cual había entrado.

Lyra preguntó con un hilo de voz:

—¿Lo has visto, Pan?

—¡Pues claro que lo he visto! Y ahora date prisa, ¡antes de que vuelva el camarero!

Apenas acababa de pronunciar aquellas palabras, cuando se oyó un campanillazo procedente del otro extremo del salón.

—Es la campana del camarero —indicó Lyra—. Creía que disponíamos de más tiempo.

Pantalaimon revoloteó rápidamente hasta la puerta del salón y regresó más rápidamente aún.

—El camarero ya ha llegado —dijo Pantalaimon—, y por la otra puerta no puedes salir…

La otra puerta, la utilizada por el rector para entrar primero y salir después, daba al concurrido pasillo que iba desde la biblioteca hasta la sala de reuniones de los licenciados. A aquella hora del día estaba abarrotada de hombres poniéndose las togas para la cena o que se apresuraban a dejar papeles o carteras en la sala común antes de trasladarse al comedor. Lyra había planeado irse de la misma manera que había llegado, ya que pensaba que dispondría de unos minutos más antes de que sonara la campana del camarero.

De no haber visto al rector echar los polvos en el vino, quizá Lyra se habría arriesgado a desatar las iras del camarero, o habría intentado no ser descubierta en el concurrido pasillo pero, debido al desconcierto que sentía, no acababa de tomar una decisión.

Oyó unas fuertes pisadas en el estrado. Era el camarero que iba al salón reservado con el fin de cerciorarse de que estaba bien provisto para que los licenciados tomaran refrescos y vino después de la cena. Lyra se precipitó al armario de roble, lo abrió y se escondió en su interior con el tiempo justo para cerrar la puerta antes de que entrara el camarero. En cuanto a Pantalaimon, no tenía miedo alguno: la sala estaba sumida en la penumbra y siempre podía esconderse debajo de una butaca.

Lyra oyó el agitado jadeo del camarero y, a través de la rendija de la puerta, que no había dejado cerrada del todo, lo observó mientras ponía un cierto orden en el portapipas y echaba una ojeada a las licoreras y vasos. Acto seguido se alisó el cabello sobre las orejas con las palmas de ambas manos y dijo algo a su daimonion. Dado que se trataba de un criado, tenía por daimonion a un perro, pero como criado de categoría, el suyo había de ser también un perro de categoría. En efecto, era un setter de pelo rojo. El daimonion parecía sospechar algo y se puso a rastrear a su alrededor como presintiendo la presencia de un intruso aunque, para intenso alivio de Lyra, no se acercó al armario. Lyra tenía miedo del camarero porque en dos ocasiones le había pegado.

De pronto oyó un leve bisbiseo. Por supuesto, se trataba de Pantalaimon, que se había colado en el armario y se había hecho un sitio a su lado.

—Ahora nos tendremos que quedar aquí. ¡No entiendo por qué no me haces caso!

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