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LA BUENA NUEVA DE LOS LIBROS DEL CAMINANTE

Rodolfo Fogwill  

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Fragmento

Estar aquí

Yo estaba en Mantaneda cuando la aparición de la Virgen. Impresionante: la prensa mundial se ocupó del milagro. Yo estaba allí, y mis amigos y mis parientes que me sabían en Mantaneda, creyéndolo un caserío de mala muerte, se habrán sorprendido al abrir el diario y ver que ¡zac! ¡Mantaneda al estrellato de los eventos mundiales! Fueron para mí días conmovedores los de la aparición de la Virgen. Cambió la vida del pueblito y yo me decía: allá en mi tierra, Quilmes, Buenos Aires, Argentina-Brasil, América del Sur, donde todos pensaban que yo era un ratón anclado en medio del fin del mundo, algunos andarán diciendo…

—¡José está allí!

Y…

—¿Dónde? —preguntarán otros.

—¡Allí, en Mantaneda del Porral, allí donde apareció la Virgen del Porral!

Y en mi piecita anexa al laboratorio astronómico que sostiene la UNESCO en las afueras de Mantaneda, cerca de la cima del cerro del Porral, me divertía imaginando esos diálogos que acabarían en una reflexión sin duda dolorosa para algunos, insignificante para otros, pero demarcatoria para todos: “Es cierto que ese ratón está justo donde apareció la Virgen y que siempre se las arregla para llamar la atención de una u otra manera, pero no por tantas apariciones y desapariciones va a dejar de ser alguna vez lo que siempre ha sido, porque no puede cambiar, y será siempre lo que ha sido y lo que nadie nunca ignorará que es: un ratón”. Y yo me regodeaba con esos diálogos imaginarios y así me distraía del desorden en que la aparición de la Virgen sumió a aquella simpática comarca del Porral.

Aun hoy, pasados tantos años, mientras escribo mi Tercer Libro del Caminante que en la página que recién termina ha comenzado, sigo regocijándome con la evocación de lo que sentía al pensar en mis paisanos, en mi país, en mi ciudad, en mi círculo de familiares y conocidos, desde aquella lejana y hasta entonces ignota región subtropical, en aquellos perdidos días de mis perdidas marchas por el mundo.

Soy ateo, normalmente ateo, y mi ateísmo, consecuencia de un agnosticismo de fondo, es algo que difícilmente podré cambiar. Se cambia, sí, uno cambia a lo largo de la vida, pero hay cosas que no suelen cambiar y creo que una de las cosas que nunca cambiarán es mi no creencia en la existencia de Dios, pues no soy ateo hasta el extremo de creer en la no existencia de Dios, fe que los ateos suelen adoptar a causa de hábitos mentales inculcados en su infancia por los creyentes.

No oculto mi ateísmo, pero tampoco hago una bandera de esa particular religión que adopté después de años de reflexión sobre los orígenes y los fines de la vida mundana. En tanto ateo, no promuevo mi fe. ¡Si no hay un dios nada me impone la misión de difundir mi fe! Justifico a los creyentes que propagan su fe y, llegado el caso, me atrevería a justificar a quienes en aras de proteger su fe realizan actos que, si persiguiesen otros fines, repugnarían a la moral, pero no justifico a los ateos que promueven su creencia y, cuando tropiezo con algún propagandista de la fe en la no existencia de Dios, me tienta preguntarle:

—Si no hay Dios, ¿quién te manda a andar estorbando a la pobre gente y sus creencias, tan prácticas y bonitas?

Pero nunca los interpelo: que vivan plenamente su camino y, si algo les ha trazado una ruta que los lleva a detenerse en cada posta de la vida a anunciar que no tienen nada que anunciar, que disfruten su algo, puesto que algún deleite han de hallar en eso. Me basta con no ser como ellos: yo me obstino en ser ejemplo para nuevas generaciones que aprenderán de mí, o que tendrán la oportunidad de aprender que el ateo debe evitar el mal, porque el ateo sabe que la conducta de uno siempre es modelo de conducta para otros.

Por esta razón, como ateo que sabe que la conducta siempre es ejemplo, escribo y me atengo a la verdad. Un ateo no puede hacer el mal porque sabe que la gente toma modelos de los otros, y tarde o temprano el mal puede caer sobre sí mismo. Como ateo, hago un culto de la verdad: sin Dios, toda mentira que difunda acabaría atrapándome en una trama de mentiras, y yo sería mi propia víctima. Si mintiese, daría ejemplo a otros para plegarse al hábito de mentir, tan difundido entre algunos comerciantes. Y yo, cuando comparezco ante mi carnicero y reclamo un bife de cuadril, quiero cuadril, y por lo general obtengo cuadril. Pero, ¿y si mintiese? Si mintiese, pronto me vería por caso frente al mostrador donde se apilan pecetos, lomos, osobucos y costillares, oprimido por la necesidad de reclamar:

—Don Gómez, yo pedí cuadril… ¡esto es lomo!

Y:

—No, ¡usted me dijo lomo! —respondería él mirando a los clientes, su claque de simpatizantes—. Todos ustedes oyeron que él pidió lomo, ¿no es verdad?

Y las simpatizantes repetirían con sus cabezas un movimiento uniformemente afirmativo frente al que mi reclamo de aprobación: —¡Todas saben que pedí cuadril!— fracasaría irreversiblemente, pues ninguna tomaría mi partido, porque en un mundo de mentirosos nadie toma el partido de quien está de paso, y una institución (y el mármol blanco y las carnazas y medias reses que decoran el local de don Gómez son una institución) pesa más que cualquier apelación a la verdad que un pobre cliente ocasional pueda formular. Entonces, aprovechando su posición privilegiada, diría don Gómez:

—Bien, esto es cuadril. ¡Lléveselo!

Y yo veré que es lomo y tal vez intente protestar, y más deseos de protestar me embargarán al confirmar que una vez más me han dado lomo por cuadril y lo han cobrado por lomo —que es más caro— obligándome a creer que era cuadril, mas deberé callar para no contradecir las expectativas de las buenas parroquianas del carnicero del barrio, quien por conocido, arraigado y considerado en la zona es en sí mismo una institución y lo seguiría siendo aunque no tuviese su sierra vertical, su balanza colgante, sus medias reses enganchadas en garfios de acero y sus cuchillas y sus chairas ordenadas junto a sus pilas de bofes, hígados, corazones, matambres y faldas en su sólida mesa de mármol de su su su su local.

Por estos motivos evito la mentira: por experiencia, y por ateísmo. Si hubiese Dios, yo podría mentir y hac

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