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LA CANCIóN DEL MAR

Gloria V. Casañas  

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Fragmento

PRÓLOGO

La Flor del Lago

Mar del Plata, verano de 1914

El atardecer tiñe de rosa los acantilados que desafían al mar. Las olas baten ese risco barrido por los vientos, empeñadas en convertirlo en polvo y piedra.

En la cima del promontorio que las gaviotas sobrevuelan se alza un castillo con reminiscencias medievales. Las torres albergan en su interior un salón de té, y las dulces notas de una orquesta acompañan el murmullo de las conversaciones.

La temporada está en su apogeo.

Sentadas en un rincón próximo al ventanal que se abre sobre las aguas, dos hermosas mujeres se disputan la atención del único galán. Las capelinas blancas se inclinan al compás de las risas femeninas. Él es un dandi, su traje de lino hace juego con los vestidos de las damas. Y su sonrisa las cautiva.

Un camarero deja sobre la mesa el pedido: batido de alcohol para el caballero, té con galletitas Bubú para ellas, la clásica merienda del Torreón del Monje.

Afuera, pequeñas luces se encienden sobre las lomas de Mar del Plata, como estrellas caídas del firmamento. Poco a poco, la noche irá cubriendo el azul purísimo, para confundirse con la negrura del mar. Y será el momento de acudir a los bailes del Bristol, o de visitar alguno de los majestuosos chalets que salpican la loma con sus ventanas ojivales, sus torrecillas, sus escalinatas de piedra y su maderaje. Las familias de prestigio reciben en esas mansiones de inspiración europea con el savoir faire que las distingue.

—Hace siglos —dice el joven de pronto, con aire conspirativo— ocurrió aquí una tragedia.

—¿En serio? Ay, no, no quiero saberlo —se horroriza una de las damitas.

—Yo sí. Cuente, por favor.

La más audaz devora con sus ojos de avellana las facciones patricias del hombre. Ella y su hermana se lo disputan, aunque en franca camaradería.

—Es una leyenda, pero lo cierto es que hace diez años la cuadrilla de obreros que picaba la piedra que hay aquí debajo encontró un cofre con veinte monedas antiguas, el plano de una fortaleza y dicen que también un pliego con la historia de un amor perdido.

—¿Un amor perdido? Es tristísimo —se conduele la más joven.

—Cuente, Fernán, que usted sabe contar tan lindo…

Marela, la mayor, hace gala de un arte para seducir que su hermana aún no posee.

Fernán se echa hacia atrás para atrapar la atención de las muchachas y comienza a relatar en voz baja y profunda:

—Fue hace mucho, en el siglo diecisiete. Parece que aquí no había más que rocas desnudas, y un fraile de la Orden de los Calvos quiso levantar un fuerte para la defensa de una reducción de indios que los Jesuitas habían construido hacia el poniente.

—¡Indios! ¿Aquí mismo?

—Por cierto, Danila. Indios, y bien bravos. Como los frailes tenían una misión a orillas de un gran lago, querían protegerla de los posibles ataques y construyeron una torre, artillada con cañones y defendida por el español Alvar Rodríguez, que vivía dedicado a vigilar la costa.

—Qué vida tan aburrida —acota Marela con coquetería.

—Verá usted que no, que aun solitario el hombre supo conquistar el amor de una muchacha.

—¿Cómo es eso?

—Sucede que en la misión había una india acristianada muy hermosa, llamada Mariña.

—¡Qué nombre!

—Parecido al tuyo —dice Danila, molesta por el protagonismo de su hermana.

—Siga, Fernán, es apasionante lo que cuenta.

—¿El soldado era calvo también? —pregunta con inocencia Danila.

—Terminó siéndolo al final. Antes, fue un valiente defensor de la fortaleza.

—¡No interrumpas! Prosiga, Fernán —y Marela apoya con delicadeza su barbilla sobre la palma, en actitud soñadora.

Un pestañeo deja por un instante mudo al joven, que al fin continúa:

—El asunto fue que los Calvos y los Jesuitas avanzaron hacia el mar y rodearon esta fortaleza con sus caseríos. Aquella joven graciosa, y liberal como todas las indias, pronto atrajo las miradas de los hombres, que la llamaron “La Flor del Lago” en honor a su salvaje belleza. Uno de ellos era el cacique Rucamará, pero Mariña sólo tenía ojos para Alvar Rodríguez, el vigía del Fuerte. A escondidas, los amantes se encontraban, ora en la fortaleza, ora en la reducción. Iban y venían, fingiendo trabajos que les permitían verse.

—¡Qué desfachatez! —exclama la más joven, ruborizada.

—Calla, Danila. El amor es así, impetuoso.

Fernán, que cada vez se siente más atraído por la mayor de las hermanas, se atropella con las palabras:

—Celoso tanto de Mariña como de las posesiones de los frailes, Rucamará prepara un asalto. Quiere apoderarse de la mujer y de la fortaleza. Soborna a los indios fieles y una noche ataca el sitio y mata a todos los soldados.

—¿Al soldado español de los Calvos también?

—A ése casi lo despena, pero se salva por un pelo… quiero decir… por poco. Al final, Alvar Rodríguez huye hacia la misión en busca de refuerzos, y la encuentra dominada por los indios. Vencido, decide organizar su venganza con más tiempo. En la torre queda el cacique victorioso entre los muertos, con la india Mariña desmayada a sus pies. A partir de ese momento, la obliga a ser su mujer.

—¡Qué espanto!

—Pasan los meses y los años, y Alvar Rodríguez, que vive pensando en su amada, se refugia en el convento de los Calvos como penitente. Rucamará vigila a Mariña, que de todas sus esposas es la preferida, y la colma de regalos. La india cristiana, mientras, llora en secreto su amor perdido. Pero el que traiciona es a su vez traicionado, y una de las esposas del cacique, enferma de celos, los adormece a ambos con una droga y manda llamar al soldado Rodríguez para entregarle el Fuerte.

Ya Marela y Danila se toman de las manos, expectantes, dispuestas a escuchar un final feliz. Fernán, que sabe mantenerlas en vilo, se demora un momento antes de continuar.

—Rucamará despierta antes de lo previsto y, furioso al descubrir la traición, ordena preparar una hoguera para la infiel esposa. Justo en ese momento se escucha el salvaje galope de caballos que bajan de la colina. El cacique sólo atina a tomar en sus brazos a Mariña y huir, perseguido de cerca por Alvar Rodríguez, que está dispuesto a vengarse.

—Diga que Mariña fue rescatada, Fernán, se lo suplico —clama Danila con las manos juntas en actitud de oración.

Fernán sacude la cabeza con fingido desaliento.

—Ah, queridas mías, estamos bebiendo y tomando el té sobre un rastro de sangre y humo. La fortaleza ardiendo, los caballos galopando como furias por la orilla del risco, la noche trepidando con truenos y relámpagos…

—¿Y Mariña? ¿Y Alvar?

—Corren los jinetes en alas del viento nocturno, y cuando ya el soldado español está a punto de alcanzar al cacique que lleva sobre el lomo de su potro a la india dormida, Rucamará suelta un grito espantoso, de amor y dolor. “¡Malditos!”, se le escucha decir, y se arroja al abismo con su preciosa carga en los brazos.

El silencio corona las últimas palabras del joven. Mudas, las hermanas miran los recovecos del torreón como si por primera vez notasen las piedras, las arcadas y las almenas sobre sus cabezas. Allí, en tiempos lejanos, había habido un drama del que sólo el mar quedaba como testigo.

—¿Qué… qué hizo Alvar Rodríguez, Fernán?

—El pobre hombre recuperó la fortaleza pero no a su amada, y a modo de penitencia se dedicó a meditar y a observar el cielo en esta misma torre. Dicen que desde entonces suele verse la fantasmal figura de un indio que salta sobre el risco, y en las noches oscuras se oyen cascos de caballos retumbando entre las rocas.

—Oh…

—Por eso existe esta torre, señoritas, en recuerdo de aquella otra donde ardió el fuego del amor y de la guerra. Y el señor Ernesto Tornquist decidió edificarlo según los planos hallados en el cofre, y así se explica también que a esta torre Belvedere se la llame “Torreón del Monje” en memoria de Ernesto Tornero, el fraile de los Calvos que ordenó su construcción. ¡Hace hoy diez años exactos!

Satisfecho de la impresión causada, el joven chasquea los dedos para llamar al camarero y escolta a las damas fuera de la confitería.

El crepúsculo los envuelve en fresca brisa y caminan por la orilla del Paseo General Paz, disfrutando de los floridos jardines y de la vista de los chalets a lo lejos, con sus puertas francesas de ricos cortinados.

—¿Qué haremos hoy? —se pregunta Marela, olvidada ya de la tragedia de la Flor del Lago.

—Lo que usted desee.

—Se me antoja escuchar el concierto que darán en la Rambla. Y luego podríamos reunirnos con Enriqueta Unzué y Laurita Hardy, que repartirán juguetes de París en el cotillón de los niños.

Danila se demora y mira hacia atrás la efigie del torreón iluminado en el sereno atardecer. ¿Será cierto que allí se vivió un amor desdichado? La imagen del bravo indio que muere sepultado entre las olas con su mujer en brazos la conmueve tanto como la del soldado que pelea por su amada.

—¡Vamos, Danila! ¿Qué estás pensando?

—En el significado de esta leyenda.

—¡Tonta! ¿Qué puede significar?

—Que todo amor nacido a la orilla del mar tendrá que sufrir mucho para llegar a buen puerto.

PRIMERA PARTE (1880-1886)

Marejada

Invierno en Trenque Lauquen

La noche envolvía en sombras el campamento a las puertas del Fortín Pampero, apenas un cuadrado de tierra con dos ranchos de carrizo en su interior. Relevada la guardia y el corneta de órdenes en su puesto, los soldados podían relajarse y disfrutar de la hora ganada con el sudor y la sangre. Venían de largas jornadas acorralando al indio más allá de las salinas, su reducto sagrado. La comandancia había dispuesto asado con cuero y libertad para visitar la pulpería. Las risas, las chanzas, la guitarra y algún que otro grito de alarde, trepidaban en esa región del desierto. El frío invitaba a rodear el fogón y compartir el mate. El soldado Iriarte participaba de los festejos con su habitual mutismo, sólo sus ojos oscuros denotaban la alegría de haber vencido al salvaje y de sentirse parte de algo en los últimos años. El ejército, aun si se trataba de aquella tropa mal vestida y hambreada, fatigada de cabalgar los patrios y sin un real en la bolsa las más de las veces, se había convertido en su hogar. Allí nadie preguntaba nada. Casi todos tenían algo en su haber, y los que no, respetaban los secretos del otro. Ser soldado implicaba forjarse una identidad en la que cada regimiento podía reconocerse. A Iriarte le había tocado en suerte pertenecer al 2° de Infantería, comandado por el coronel Nicolás Levalle. “A la frontera”, le habían dicho cuando se topó con aquella partida, varios años atrás, en su huida frenética hacia ninguna parte. Y le pareció un destino como cualquiera.

Allá fue, con el alma en pedazos y el coraje a flor de piel.

Manuel Iriarte se destacó enseguida por su arrojo y, sobre todo, por su fidelidad. Todo soldado saca su temple del ejemplo de su superior, y en Manuel aquel ejemplo llevó hasta el límite sus capacidades. “Iriarte”, le dijo un día su sargento, “si sigue así, nos va a dejar atrás a todos. ¿Qué quiere, llegar a general?”. Había sido broma, pero tenía su fondo de verdad. Manuel quería ser alguien, por primera vez en su vida. Y si no lo pudo lograr en su tierra correntina, lo lograría en esta otra, de pastos duros y horizontes en llamas. Hasta que el recuerdo que lo laceraba cada noche se hiciera cenizas en su pecho.

En medio de la algarabía reinante, una noticia cayó como la niebla al amanecer: “Novedad”, se escuchó. Y la superioridad se reunió en el rancho más amplio, al que llamaban “despacho”. ¿Qué podía empañar aquella justa alegría del deber cumplido? Nada. En esa certeza, los soldados continuaron festejando, jugando a los dados, bebiendo, apostando para cuando tuvieran su cédula de baja por fin, y saboreando por anticipado la carne que chorreaba jugo en las estacas.

—Mirenló al sargento, viene con cara de vinagre —dijo uno.

Antes de que se arrimara a la ronda del mate, ya circulaba el rumor: “levantamiento”, “revolución”, “la provincia en armas”.

—Disfruten esta noche, muchachos —vociferó el sargento—, que mañana al clarear nos mandamos a Buenos Aires. Parece que las autoridades andan solicitando tropas de refuerzo para no sé qué revoltijo.

El soldado Iriarte sintió un peso de plomo en el pecho.

Buenos Aires, el sitio de su desgracia. Él no podía volver.

Fue el único que no vituperó ni abucheó la noticia. Su zozobra iba más allá del malestar por tener que emprender otra guerra, esa vez con un enemigo difuso, ya que el indio era el indio, mientras que las lealtades políticas pasaban de un lado al otro con facilidad.

—¿Y quién manda? —se atrevió un soldado que llevaba tantos costurones como huesos en el cuerpo.

—El coronel dice que Avellaneda lo llama, por no sé qué asunto de la capital del país. Tejedor rodeó la ciudad y hay que apuntalar a Roca.

—Ah… Entonces, no hay más que ir, carajo.

Así opinaban todos. Aquellos hombres de bravura épica no concebían desoír la voz de la patria si el presidente llamaba.

Manu no podía. Imposible. Pisar Buenos Aires equivalía a ponerse la soga al cuello, ya que allí había dejado un muerto y varios enemigos. Fue una contienda justa, pero aun así…

—Acérquese, Iriarte, o se quedará sin su pedazo —lo alentó el sargento al descubrirlo en las sombras.

El resplandor del fuego iluminó su expresión desencajada.

—¿Qué le pasa, hombre?

Manu callaba su terror.

—A ver, venga —y con paternal gesto el sargento lo invitó a seguirlo. Cuando se encontraron a diez metros del corrillo de soldados hambrientos, el sargento le dijo sin ambages:

—Usted anda escapando, Iriarte, no me lo niegue. Lo sospeché desde el primer día. Venimos juntos desde hace mucho, y hoy me va a decir por qué huye.

Manu luchó en su interior con la necesidad de mantener silencio y la debida honestidad al jefe. Transcurrieron algunos minutos hasta que triunfó, como siempre en él, la lealtad.

—Maté a un hombre.

—¿Uno? —y el sargento prorrumpió en carcajadas—. Por mi vida, que si es eso yo tengo que hacerme monje. Habrá matado al menos a veinte salvajes, Iriarte. Claro que si para usted no son hombres…

—Maté a un caudillo —se apuró a decir Manu.

El sargento guardó silencio. Meditaba sobre la magnitud del homicidio. Un caudillo podía ser desde un mandadero de poca monta hasta un personaje encumbrado de la política. Ya podía captar la dimensión del problema de su subordinado.

—¿Y hace cuánto?

—Tres años, más o menos.

—Ajá. Bueno, todavía estará fresca la cosa, aunque con estos otros líos que aparecen, quién sabe. ¿Tiene cigarros negros?

Manu sacó de su chaqueta uno aplastado y se lo tendió.

—Vamos a pensar —le dijo el sargento, y encendió su puro.

Fumaron un rato en silencio, cada uno sumido en sus propios pensamientos, hasta que por fin el sargento habló.

—Vea, Iriarte, usted me cae bien y le voy a hacer un favor. No le pido que deserte, porque eso ensuciaría su nombre.

—Yo no lo haría, señor.

—Si no lo hizo hasta ahora, sé que no va a hacerlo. Por eso voy a hablar con el coronel Levalle, para decirle que usted tiene asuntos que resolver. ¿Dónde podría ser eso?

Manu pensó con fuerza. A Corrientes no quería volver sin la mujer que robó su alma, y hasta que no supiese de ella no se animaba a alejarse. Tampoco deseaba enfrentar a su padre, al que sin duda habría decepcionado. Y como no podía pisar la ciudad, sólo le quedaba merodear por los alrededores. Recordó entonces la recomendación que el doctor Julián Zaldívar puso en su mano el día del suceso: una tarjeta personal con la dirección de su padre, el estanciero del Tandil. Don Julián le había prometido que allí estaría seguro. Manu nunca había utilizado esa ventaja porque antes de poder hacerlo se cruzó con la partida de milicos que lo llevó a la frontera. Sin embargo, aquel papel mugriento dormía siempre en su bolsillo, cerca del corazón.

Le había llegado la hora.

—En El Duraznillo —dijo con firmeza—. Allí me esperan.

—Muy bien. Donde sea que quede eso, le diré al coronel que un asunto urgente lo reclama. Él sabrá entender.

El sargento le echó una ojeada, receloso, y agregó:

—Puede que el coronel quiera hablarle en persona. ¿Está dispuesto?

—Sí, señor.

—Entonces vaya y disfrute del asado, que pasará mucho antes de que coma otro igual en ese sitio al que va.

El sargento lo palmeó con afecto, y Manu sintió que el plomo de su pecho se derretía y lágrimas de gratitud se agolpaban bajo sus párpados.

El ejército. Su hogar. Nunca olvidaría el gesto del sargento.

En esa noche sin luna, quizá una de las últimas que pasaría en compañía de sus camaradas, Manu brindó una de las pocas sonrisas que se le conocían, y ante el estupor de todos tomó la guitarra y rasgueó un valseadito que provocó un coro de voces masculinas.

Todavía ardían las brasas cuando se apagó el eco del último canto.

En la Ciudad de Venecia

El mar se elevó en una ola gigantesca que rozaba el cielo. Su cresta espumosa competía con la blancura de las gaviotas que surcaban ese azul purísimo. Era un bello día.

Algo siniestro se ocultaba sin embargo tras ese mar tempestuoso, algo indescifrable.

La ola ocupó de pronto todo el horizonte, y con un bramido aterrador quedó suspendida entre el cielo y el mar, hasta que cayó sobre ella con pesadez, arrastrándola hacia profundidades donde ya no escuchaba el fragor del oleaje ni el chillido de los cormoranes. ¡Cormoranes! ¿De dónde habían salido? Eran los mismos que ella dibujaba en sus primeros tiempos, cuando se sentaba descalza entre los pastizales, mientras las aguas del río lamía

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