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LA CASA DE LA PLAYA

Nora Roberts  

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Fragmento

1

A través de la gélida cortina de aguanieve y en el haz intermitente del potente faro del acantilado que descollaba al sur, la inmensa silueta de Bluff House se cernía sobre el pueblo de Whiskey Beach. La casa miraba al frío y turbulento Atlántico con aire desafiante.

Duraré tanto como tú.

Sus tres plantas, que se alzaban sólida e indulgentemente sobre la costa accidentada y escarpada, contemplaban la embestida y el azote de las olas a través de los oscuros ojos de las ventanas, igual que lo habían hecho, en una u otra encarnación, durante más de tres siglos.

La casita de piedra que ahora albergaba herramientas y útiles de jardinería daba fe de sus humildes orígenes, de quienes se habían enfrentado al violento e imprevisible Atlántico para forjar una vida en el suelo pedregoso de un nuevo mundo. Eclipsando esos inicios, la extensión y altura de las paredes de arena dorada y los hastiales arqueados, las amplias terrazas de piedra local alisada por el tiempo hablaban de sus momentos más gloriosos.

Había sobrevivido a la tormenta, al abandono, a la indulgencia caprichosa, al gusto dudoso, a las épocas de bonanza y a la quiebra, al escándalo y a la virtud.

Entre sus paredes, generaciones de la familia Landon habían vivido y fallecido, festejado y llorado, conspirado, prosperado, triunfado y languidecido.

Había brillado como la potente luz que barría las aguas desde la rocosa y soberbia orilla norte de Massachusetts. Y se había acurrucado en la oscuridad, con los postigos cerrados.

Llevaba mucho tiempo en pie, tanto que ahora ya solo era Bluff House, imperiosa sobre el mar, la arena y Whiskey Beach.

Para Eli Landon era el último lugar que le quedaba. No era solo un refugio, sino más bien una vía de escape de todo aquello en lo que se había convertido su vida en los últimos y horribles once meses.

Apenas se reconocía.

El viaje de dos horas y media en coche desde Boston por carreteras resbaladizas lo había dejado exhausto. Aunque, siendo sinceros, la mayoría de los días el cansancio se instalaba cómodamente a su lado, como una amante. Y allí estaba, sentado frente a la casa, en la oscuridad, con el aguanieve repiqueteando en el parabrisas, en el techo, mientras se debatía entre reunir suficiente energía para entrar o quedarse donde estaba y, tal vez, acabar durmiendo en el coche.

Eres idiota, pensó. Claro que no iba a quedarse allí sentado y a dormir en el coche cuando tenía la casa, con camas de sobra, a escasos metros.

Sin embargo, ni siquiera era capaz de encontrar el ánimo y la fuerza para sacar el equipaje del maletero, así que terminó cogiendo los dos bultos pequeños del asiento del acompañante, en los que llevaba el portátil y cuatro cosas más de primera necesidad.

El aguanieve le golpeó la cara cuando salió del coche, pero el frío, ese viento cortante del Atlántico, se abrió paso a través de las capas externas del letargo. El bramido de las olas al romper contra las rocas y azotar la arena se unían hasta convertirse en un constante rugido sibilante. Eli sacó las llaves del bolsillo de la chaqueta con desgana y entró al abrigo del amplio pórtico de piedra que conducía hasta las gigantescas puertas dobles de la entrada, talladas más de un siglo atrás en madera de teca importada de Birmania.

Dos años, casi tres desde la última vez que había estado allí, pensó. Demasiado absorbido por su vida, su trabajo, su desastroso matrimonio para dedicarle un fin de semana, unas vacaciones o una breve visita a su abuela.

Habían pasado tiempo juntos, la indomable Hester Hawkin Landon y él; eso sí, siempre que ella iba a Boston. La llamaba con regularidad y seguían en contacto a través de correos electrónicos, facebook y skype. Puede que Hester rondara los ochenta, pero siempre había sido muy receptiva a la tecnología y a las innovaciones y las acogía con curiosidad y entusiasmo.

La llevaba a comer, a tomar algo, y siempre se acordaba de enviarle flores con una nota, y regalos, y se reunía con ella y la familia en Navidad o en los cumpleaños importantes.

Y todo eso, pensó mientras se disponía a abrir la puerta, no era otra cosa que buscar excusas para justificar el hecho de no haber encontrado el tiempo, o no haberlo intentado, para ir a Whiskey Beach, el lugar que ella adoraba, y haberle dedicado el tiempo y la atención que se merecía.

Encontró la llave, abrió la puerta y encendió las luces nada más entrar.

Se fijó en que su abuela había hecho algunas modificaciones, aunque se le daba bien lanzarse al cambio y conservar las tradiciones al mismo tiempo, algo muy típico de ella.

Cuadros nuevos (paisajes marinos, jardines) salpicaban de colores suaves las ya abarrotadas paredes pintadas de un marrón cálido e intenso. Soltó las bolsas junto a la puerta y se tomó un instante para admirare el esplendor que desbordaba el vestíbulo.

Le echó un vistazo a la escalera, a los postes de arranque decorados con gárgolas sonrientes que algún Landon caprichoso había encargado, y observó hasta donde esta se bifurcaba con elegancia a derecha y a izquierda, en dirección a las alas norte y sur de la casa.

Habitaciones de sobra, pensó. Solo tenía que subir y escoger una.

Aunque, todavía no.

Atravesó lo que llamaban el salón principal, con sus altas ventanas arqueadas que daban al jardín delantero, o lo que era un jardín cuando el invierno abrió sus garras.

Su abuela llevaba más de dos meses sin pisar aquella casa, pero no vio ni una sola mota de polvo. Había leña en la chimenea, enmarcada por el brillo del lapislázuli y lista para ser encendida. Y flores recién cortadas en la mesa Hepplewhite, que ella tanto apreciaba. Los cojines esperaban ahuecados y acogedores en los tres sofás que había repartidos por la habitación, y el suelo, de amplios tablones de madera de castaño, relucía como un espejo.

Debe de habérselo pedido a alguien, pensó, y a continuación se tocó la frente en el lugar en que amenazaba con estallar un dolor de cabeza.

Se lo había dicho, ¿no era así? Su abuela le había dicho que alguien se encargaba de la casa. Una vecina, que se ocupaba de la limpieza a fondo. No lo había olvidado, era solo que, por un momento, había perdido la información en la niebla que demasiado a menudo se colaba a rastras en su cabeza para embotarle la mente.

Ahora le tocaba a él ocuparse de Bluff House. Cuidarla para, como le había pedido su abuela, mantenerla viva. Y, había añadido ella, quizá la casa le regalara a él parte de esa vida.

Recogió las bolsas y miró la escalera. Pero no se movió.

La habían encontrado allí, allí mismo, al pie de los escalones. Una vecina… ¿La misma vecina? ¿Era la misma vecina que iba a limpiar? Alguien, gracias a Dios, había ido para ver qué tal estaba y la había encontrado allí, inconsciente, magullada, sangrando, con un codo destrozado, una cadera rota, varias costillas rotas y una conmoción cerebral.

Podría haber muerto, pensó. Los médicos se sorprendieron ante la tenacidad con que la mujer se había aferrado a la vida. Nadie de la familia solía llamarla a diario para saber cómo estaba, a nadie se le había ocurrido, y nadie, incluido él, se hubiera preocupado de no haber sabido nada de ella durante uno o dos días.

Hester Landon, independiente, invencible, indestructible.

La misma que hubiera muerto a causa de una aparatosa caída de no haber sido por una vecina… y su indoblegable fuerza de voluntad.

Ahora se había adueñado de varias habitaciones en casa de los padres de él mientras se recuperaba de las heridas, donde permanecería hasta que consideraran que estaba lo bastante fuerte para volver a Bluff House. O, si sus padres se salían con la suya, se quedaría allí para siempre, y punto.

Él prefería imaginarla de vuelta en casa, la casa que ella amaba, sentada al atardecer en la terraza, con su martini, mirando al mar. O entretenida en el jardín, tal vez colocando el caballete para pintar.

Prefería imaginarla fuerte y llena de energía, no en el suelo, malherida e incapaz de moverse, mientras él se servía el segundo café de la mañana.

Así que haría todo lo que estuviera en sus manos hasta su regreso. Mantendría viva la casa de su abuela, como si fuera suya.

Eli cogió de nuevo las bolsas y empezó a subir la escalera. Se quedaría en la habitación que siempre utilizaba cuando iba de visita, o que había utilizado antes de que esas visitas se hubieran reducido y espaciado en el tiempo. A Lindsay nunca le había gustado Whiskey Beach, ni Bluff House, y cada vez que iban se entablaba una guerra fría en la que uno de los bandos, el formado por su abuela, se mostraba estiradamente correcto, y el otro, encabezado por su mujer, deliberadamente sarcástico. Mientras él quedaba atrapado en medio.

Bueno, había escogido el camino más fácil, se dijo en ese momento. Podía arrepentirse, lamentarse por haber dejado de ir, por haber inventado excusas y haber limitado el tiempo que pasaba con su abuela cuando esta iba a Boston. Sin embargo, no podía dar marcha atrás.

Entró en la habitación y observó que allí también había flores. La estancia conservaba las mismas paredes de color verde claro y dos de las acuarelas de su abuela que a él siempre le habían gustado.

Dejó las bolsas en el banco que había a los pies de la cama imperio y se quitó la chaqueta.

Todo estaba igual. El pequeño escritorio debajo de la ventana, las amplias puertas acristaladas que daban a la terraza, el sillón orejero y el pequeño escabel con la funda que hacía muchos años había bordado la madre de su abuela.

De pronto se dio cuenta de que, por primera vez en mucho tiempo, casi se sentía en casa. Abrió la bolsa, sacó el neceser y encontró toallas limpias y curiosos jabones con forma de concha. El baño olía a limón.

Se desnudó sin mirarse en el espejo. Había perdido peso, demasiado, en el último año. No hacía falta que volviera a repetírselo. Abrió el grifo y se metió en la ducha con la esperanza de que el agua caliente se llevara parte del cansancio. Sabía por experiencia que si se iba a la cama exhausto y estresado, no descansaría y se despertaría con esa resaca que lo dejaba decaído e inquieto.

Cuando salió, cogió una de las toallas de la pila y volvió a percibir el aroma a limón mientras se la pasaba por el pelo. Con el cabello húmedo, los rizos le llegaban por debajo de la nuca, una melena rubia oscura más larga de lo que solía llevarla desde que tenía veintipocos. Claro que, ya casi hacía un año que no visitaba a Enrique, su barbero habitual. No necesitaba un corte de ciento cincuenta dólares, ni la colección de trajes y zapatos italianos guardados en el guardarropa.

Ya no era un abogado criminalista de ropa elegante, despacho con vistas espectaculares y una fulgurante carrera encaminada a convertirlo en socio de pleno derecho. Ese hombre había muerto con Lindsay. Aunque él, en aquel momento, no lo sabía.

Retiró la colcha, tan esponjosa y blanca como la toalla, se metió en la cama y apagó la luz.

Oía el mar en la oscuridad, un bramido constante, y el repiqueteo del aguanieve en las ventanas. Cerró los ojos y deseó, como todas las noches, unas pocas horas de inconsciencia.

Unas pocas fue lo único que consiguió.

Maldita sea, estaba cabreado. Nadie, absolutamente nadie, pensaba mientras conducía bajo el helado aguacero, era capaz de hacerlo saltar como Lindsay.

La muy zorra.

La mente de Lindsay, y por lo visto su código moral, funcionaban de manera distinta comparados con los de cualquier otra persona que hubiera conocido. Había logrado convencerse a sí misma, y él estaba seguro de que había persuadido a infinidad de amistades, a la madre, la hermana y Dios sabía a quién más, de que él tenía la culpa de que su matrimonio se hubiera ido al traste, de que hubieran pasado de la terapia de pareja a una separación de prueba y de ahí a una batalla legal de cara al divorcio.

Y seguro que él también tenía la puñetera culpa de que ella lo hubiera engañado durante más de ocho meses, sin contar los tres que había durado la separación temporal por la que ella tanto había abogado. Y, no sabía cómo, encima le reprochaba que hubiera averiguado que era una mentirosa, una embustera y una falsa antes de firmar sobre la línea de puntos y haber logrado un acuerdo jugoso.

De modo que ambos estaban cabreados, concluyó: él, por haber sido idiota, y ella, porque él había acabado descubriéndola.

Por supuesto que él tenía la culpa de que hubieran mantenido una amarga y violenta discusión pública en la galería de arte donde ella trabajaba a tiempo parcial. No había sabido escoger el momento y había perdido las formas, lo admitía, pero en ese instante le importaba una mierda.

Ella quería cargarle las culpas porque se había vuelto descuidada, tan descuidada que la hermana de Eli había visto a su cuñada la mar de acaramelada con otro hombre en el vestíbulo de un hotel en Cambridge… antes de entrar en el ascensor.

Vale que Tricia había esperado un par de días para contárselo, pero seguramente él habría hecho lo mismo. No era fácil explicar una cosa así. Y él se había tomado un par más para asimilarlo antes de apechugar con ello y contratar un detective privado.

Ocho meses, pensó de nuevo. Su mujer había estado acostándose con otro en hoteles, pensiones y Dios sabía qué otros sitios, aunque se había cuidado mucho de utilizar la casa. ¿Qué pensarían los vecinos?

Tal vez no tendría que haber ido, armado con el informe del detective y su propia ira, a la galería de arte para encararse con ella. Quizá ambos tendrían que haber tenido más cabeza antes de iniciar una competición de gritos que retumbaron en el local y llegaron hasta la calle.

Pero ambos sobrellevarían el bochorno.

De una cosa estaba seguro: el acuerdo ya no iba a saberle tan dulce a Lindsay. ¿Lo de intentar jugar limpio y ser justo, eso de que no hacía falta atenerse al acuerdo prenupcial al pie de la letra? Eso se había acabado. Lindsay lo descubriría cuando llegara a casa después de la subasta de la beneficencia y notara que Eli se había llevado el cuadro que él había comprado en Florencia, el diamante de estilo art déco que había heredado de su bisabuela y el juego de café de plata que, a pesar de no tener ningún interés en él, era otra herencia familiar y ¡antes muerto que permitir que Lindsay lo metiera en el saco de los bienes gananciales!

Pronto descubriría que las reglas del juego habían cambiado por completo.

Tal vez era mezquino, quizá una tontería… o puede que estuviera bien y fuera lo justo. En ese momento no era capaz de sobreponerse a la rabia y al saberse traicionado, y lo cierto era que le daba lo mismo. Movido por la ira, aparcó en la entrada de la casa de Back Bay, en Boston. Una casa que había creído que serviría de cimientos sólidos para un matrimonio que había empezado a mostrar algunas grietas. Un hogar en el que esperaba que algún día hubiera niños y en el que, durante un tiempo, aunque breve, habían enyesado esas grietas, habían logrado acondicionar los espacios, escoger los muebles, debatir, discutir y llegar a acuerdos (todo lo cual él consideraba normal) sobre pequeños detalles.

Ahora tendrían que venderla y era muy probable que ambos acabaran con la mitad de prácticamente nada. Además, en vez de alquilar un apartamento para lo que había creído que sería poco tiempo, terminaría comprando uno.

Para él solo, pensó,

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