Loading...

LA CASA DE LOS EUCALIPTUS

Luciano Lamberti  

0


Fragmento

Los caminos internos

¿En qué momento se perdió? No lo sabía. Esos caminos de tierra eran intrincados, nacían o desaparecían un poco a la bartola, y más de una vez Eduardo, que los transitaba regularmente, se había visto en la necesidad de frenar el auto, volver atrás, meterse entre yuyos altos, esquivar baches y detenerse, al fin, a preguntar por indicaciones a un gringo que se rascaba la nuca mirando el horizonte, perdido él también. Tardes enteras buscando la pequeña casa de campo donde la mujer de un peón estaba a punto de dar a luz o el resfrío de un colono se estaba extendiendo demasiado. Eduardo, el hombre orquesta, como ese que vio de niño en la plaza de su pueblo. El que tocaba media docena de instrumentos a la vez, el que servía para todo. Una noche en la que el veterinario de la zona andaba ocupado en otra parte incluso lo llamaron para que atendiese a una vaca empastada. Eduardo se subía al auto y se metía por esos caminos porque era su obligación, pero lo hacía sintiéndose miserable.

Los caminos internos: así los llamaba. Pasajes secretos que se abrían entre plantaciones de maíz y trigo, que no figuraban en los mapas y recorrían el país por dentro, como un inmenso sistema circulatorio, que se llenaban de barro cuando caían veinte milímetros de lluvia y podían presentar toda clase de obstáculos, desde un tronco tumbado a la mitad con las raíces expuestas hasta la invasión de un grupo de vacas somnolientas. Pasajes desiertos, en los que se podía manejar durante horas antes de ver una casa, a lo lejos, oscura entre los eucaliptus.

Mientras los recorría, Eduardo aprovechaba para pensar. Necesitaba pensar. Tenía la impresión de que en algún punto de su vida algo se había torcido, y ese “algo” lo trajo hasta la mañana en la que buscaba la casa de la señora Bellacua. Era un hombre razonable, pero no podía evitar que cada tanto aflorara la voz interior, burlona y aguda como la de una vieja loca, que lo llamaba “Señor Fracaso”.

¿Qué pasó con tus sueños, Señor Fracaso?, le preguntaba esa mañana.

Eduardo le dio la razón. ¿Qué había pasado con sus sueños? No lo sabía. Los que tenía al entrar en la Facultad de Medicina, cuando se esforzó por ser el mejor pensando que la recompensa llegaría tarde o temprano. En ese tiempo se veía recibido con las mejores calificaciones de su promoción, dueño de un pequeño consultorio, después de una pequeña clínica, al final: de una gran clínica con empleados a su cargo. No le daba ninguna vergüenza admitir que le gustaba la plata. Quizá porque no la tenía, porque venía del Interior y sus padres eran humildes (o lo habían sido, antes del accidente que los mató).

Cuando sus amigos (sus compañeros, a decir verdad, porque lo que se dice “amigos” no tenía) iban a los bares o se juntaban a jugar a las cartas hasta la madrugada, él rechazaba cortésmente las invitaciones. Prefería quedarse en casa, estudiando para los parciales, con la disciplina monástica que s

Recibe antes que nadie historias como ésta