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LA CHICA DE LOS OJOS COLOR CAFé

Lisa Kleypas  

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Fragmento

Título original: Brown eyed girl

Traducción: Ana Isabel Domínguez Palomo y María del Mar Rodríguez Barrena

1.ª edición: abril 2015

© Ediciones B, S. A., 2013

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)

www.edicionesb.com

Depósito Legal: B 9779-2015

ISBN DIGITAL: 978-84-9069-092-5

Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidas en el ordenamiento jurídico, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.

Contenido 1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12 13 14 15 16 17 18 19 20 21 22 Epílogo

1

Recibe antes que nadie historias como ésta

Como experta organizadora de bodas, me sabía preparada para cualquier tipo de emergencia que pudiera suceder durante el gran día.

Salvo para los escorpiones. Esa era nueva.

Lo delató su característico movimiento mientras se apresuraba a atravesar la zona embaldosada cercana a la piscina. En mi opinión, no había en toda la creación una criatura más siniestra que un escorpión. Normalmente, el veneno no era mortal, pero tras sufrir una picadura, se deseaba estar muerto al menos durante los primeros minutos.

La regla número uno para lidiar con emergencias era: «No dejarse llevar por el pánico.» Sin embargo, mientras el escorpión se acercaba a mí con sus pinzas delanteras y la cola en alto, se me olvidó la regla número uno y solté un chillido. Hecha un manojo de nervios, empecé a rebuscar en mi bolso, que pesaba tanto que cada vez que lo dejaba en el asiento del coche sonaba el aviso de que el pasajero debía ponerse el cinturón de seguridad. Rocé con la mano pañuelos de papel, bolígrafos, vendas, una botella de agua Evian, productos capilares, un bote de deso-dorante, desinfectante para las manos, crema corporal, kits de maquillaje y manicura, pinzas de depilar, un kit de costura, pegamento, auriculares, pastillas para la tos, una barrita de chocolate, medicamentos básicos de los que se podían adquirir sin receta, tijeras, una lima de uñas, un cepillo, varios cierres de pendientes, gomas elásticas, tampones, quitamanchas, un rodillo para quitar las pelusas, alfileres, una cuchilla de afeitar, cinta de doble cara y bastoncillos de algodón.

Lo más pesado que encontré fue una pistola de silicona, que fue lo que le arrojé al escorpión. La pistola rebotó sobre el suelo sin hacerle el menor daño mientras el escorpión se apresuraba a defender su territorio. Saqué un bote de laca y avancé con precaución, aunque decidida.

—Eso no va a funcionar —escuché que alguien me decía en voz baja y con sorna—. A menos que quieras darle volumen y brillo.

Sorprendida, alcé la vista al mismo tiempo que un desconocido pasaba a mi lado. Un hombre alto y moreno, vestido con vaqueros y una camiseta de manga corta que de tanto lavarla estaba prácticamente aniquilada.

—Yo me encargo —añadió.

Retrocedí unos pasos, al tiempo que devolvía la laca al bolso.

—Yo... pensé que podría asfixiarlo con la laca.

—Pues no. Un escorpión es capaz de contener el aliento durante una semana.

—¿En serio?

—Sí, señora.

El desconocido aplastó el escorpión con la suela de la bota y lo remató con un movimiento del tacón. No había nada que un tejano matara más concienzudamente que un escorpión... o una colilla. Tras arrojar de una patada el exoesqueleto a la tierra de un arriate cercano, se volvió hacia mí y me miró en silencio un buen rato. Ese escrutinio tan masculino aceleró un poco más mi ritmo cardíaco. Me descubrí contemplando unos ojos castaños como la melaza. Era un hombre que llamaba la atención por sus rasgos faciales, su nariz recta y su mentón afilado. La barba de varios días que lucía parecía lo bastante áspera como para lijar la pintura de un coche. Era corpulento, de huesos fuertes pero atlético. Los músculos de sus brazos y de su torso estaban tan definidos como si debajo de la desgastada camiseta estuviera esculpido en piedra. Un hombre de apariencia sospechosa, tal vez un poco peligroso.

El tipo de hombre que hacía que se te olvidara respirar.

Sus botas y el desgastado bajo de sus vaqueros estaban manchados de barro seco que comenzaba a desprenderse. Debía de haber estado caminando por el arroyo que discurría a lo largo de las mil seiscientas hectáreas del Rancho Stardust. Vestido así, era imposible que fuera uno de los invitados, la mayoría de los cuales poseía fortunas de nueve o diez cifras.

Mientras su mirada me recorría, supe exactamente lo que estaba viendo: una mujer voluptuosa al filo de la treintena, pelirroja y con gafas de montura grande. Mi ropa era cómoda, holgada y sencilla. Mi hermana pequeña, Sofía, describía mi uniforme habitual compuesto por tops sueltos y pantalones anchos con cinturilla elástica como «No pases de los 21». Si mi apariencia era un repelente para los hombres, algo muy habitual, mejor para mí. No tenía el menor interés en llamar su atención.

—Se supone que los escorpiones no merodean durante el día —comenté con voz titubeante.

—Este año el deshielo se ha adelantado y la primavera ha sido seca. Salen en busca de humedad. Las piscinas los atraen. —El desconocido tenía un acento particular y parecía arrastrar las palabras como si las estuviera cocinando a fuego lento.

Nuestras miradas se separaron cuando él se agachó para coger la pistola de silicona. Mientras me la daba, nuestros dedos se rozaron brevemente y sentí una descarga en la parte inferior del torso. Capté su olor a jabón, a polvo y a hierba.

—Sería mejor que te cambiaras —me aconsejó al tiempo que miraba mis zapatos, planos y con los dedos al descubierto—. ¿Tienes botas? ¿Calzado deportivo?

—Me temo que no —contesté—. Tendré que arriesgarme. —Me percaté de la cámara que el desconocido había dejado sobre una de las mesas del patio, una Nikon profesional cuyo objetivo tenía un ribete rojo—. ¿Eres fotógrafo profesional? —le pregunté.

—Sí, señora.

Debía de ser uno de los fotógrafos secundarios contratados por el fotógrafo oficial, George Gantz. Le tendí la mano.

—Soy Avery Crosslin —dije con tono amistoso, pero profesional—. La organizadora de la boda.

Él me dio un apretón, cálido y firme, y el contacto me provocó un ramalazo de placer.

—Joe Travis. —Su mirada se clavó de nuevo en la mía y, por algún motivo desconocido, el contacto se prolongó unos segundos más de lo necesario.

Sentí una incómoda oleada de calor en la cara. Cuando por fin me soltó la mano, fue un alivio.

—¿Te ha dado George la lista con las fotografías previstas y el horario? —le pregunté, intentando parecer profesional.

Su expresión se tornó inescrutable al escuchar la pregunta.

—No te preocupes —dije—, tenemos copias de sobra. Ve a la casa principal y pregúntale a mi asistente, Steven. Seguramente esté en la cocina, con el personal del servicio de catering. —Busqué una tarjeta en mi bolso—. Si tienes algún problema, aquí está mi número de teléfono.

Joe cogió la tarjeta.

—Gracias, pero en realidad no soy...

—Los invitados ocuparán sus asientos a las seis y media —me apresuré a informarle—. La ceremonia comenzará a las siete y acabará a las siete y media con la suelta de palomas. Hay que hacer algunas fotos de los novios antes del atardecer, que tendrá lugar a las 7.41.

—¿Eso también lo has programado? —Sus ojos me miraron con un brillo guasón.

Le lancé una mirada de advertencia.

—Deberías arreglarte un poco antes de que los invitados aparezcan. —Metí la mano en el bolso y saqué una cuchilla desechable—. Toma. Pregúntale a Steven por un lugar donde puedas afeitarte y...

—Para el carro, preciosa. Tengo mi propia cuchilla. —Esbozó una sonrisa—. ¿Siempre hablas tan rápido?

Fruncí el ceño mientras guardaba la cuchilla en el bolso.

—Tengo que trabajar... Y te sugiero que hagas lo mismo.

—No trabajo para George. Soy fotógrafo comercial y freelance. No hago bodas.

—Entonces, ¿qué haces aquí? —quise saber.

—Soy un invitado. Amigo del novio.

Atónita, lo miré con los ojos desorbitados. El espantoso rubor del bochorno me cubrió de la cabeza a los pies.

—Lo siento —logré decir—. Al ver tu cámara pensé que...

—No te preocupes.

No había nada que detestara más que hacer el ridículo. Nada. En mi negocio, era fundamental mantener una apariencia competente para conseguir una buena clientela, sobre todo si se buscaba una clientela de clase alta como era mi intención. Sin embargo, el mismo día de la boda más importante y costosa que mi equipo y yo habíamos organizado, ese hombre iba a decirles a sus amigos, todos forrados de pasta, que lo había confundido con un fotógrafo. Se reirían a mis espaldas. Se burlarían de mí. Me despreciarían.

Ansiosa por poner toda la distancia posible entre nosotros, murmuré:

—Si me disculpas... —Me volví y me alejé lo más rápido que pude sin correr.

—Oye —escuché que decía Joe, que me alcanzó con un par de zancadas. Había agarrado la cámara y se había puesto el asa al hombro—. Espera. No hace falta que te pongas nerviosa.

—No estoy nerviosa —le aseguré mientras me apresuraba hacia un pabellón con suelo de piedra y techo de madera—. Estoy ocupada.

Él se mantuvo a mi lado en todo momento, sin el menor esfuerzo.

—Espera un momento. Vamos a empezar de cero.

—Señor Travis... —repliqué, pero me detuve en seco al comprender exactamente quién era—. ¡Dios mío! —exclamé horrorizada y con los ojos cerrados—. Es uno de esos Travis, ¿verdad?

Joe se colocó frente a mí, con una mirada curiosa.

—Depende de lo que quieras decir con «esos».

—Dinero del petróleo, aviones privados, yates, mansiones. «Esos» Travis.

—No tengo una mansión. Tengo una casa que necesita muchas reformas en Sixth Ward.

—Pero es uno de ellos —insistí—. Su padre es Churchill Travis, ¿verdad?

Su expresión se tornó sombría.

—Era.

Recordé demasiado tarde que unos seis meses antes el patriarca de los Travis había muerto tras sufrir un infarto. La prensa le había dado una amplia cobertura a la noticia, y había detallado su vida y sus logros. Churchill había amasado su vasta fortuna asumiendo riesgos e invirtiendo su capital en cualquier empresa relacionada con la energía. Fue una figura visible en la década de los ochenta y de los noventa, y aparecía con asiduidad en la televisión como invitado en programas dedicados al mundo de las finanzas. Él, y sus herederos, eran el equivalente a la realeza en Tejas.

—Yo... siento mucho lo de su padre —dije con torpeza.

—Gracias.

Se produjo un silencio incómodo. Sentía su mirada deslizándose sobre mí, tan real como el calor del sol.

—Mire, señor Travis... —añadí, siguiendo con el trato formal.

—Joe.

—Joe —repetí—. Estoy muy preocupada. Esta boda es un evento muy complicado. Ahora mismo me estoy encargando de organizar el lugar donde se llevará a cabo la ceremonia, de la decoración de la carpa de setecientos metros cuadrados donde tendrá lugar el banquete, una cena formal para cuatrocientos invitados, amenizada por una orquesta en directo y seguida por una fiesta que se prolongará hasta la madrugada. Así que siento mucho el malentendido, pero...

—No hace falta que te disculpes —me interrumpió con amabilidad—. Debería haberlo dicho antes, pero es difícil lograr hablar a tu lado. —Sus labios esbozaron una sonrisilla—. Lo que significa que o bien debo hablar más rápido o tú tienes que hablar más despacio.

Pese a lo tensa que estaba, estuve tentada de devolverle la sonrisa.

—Que no te incomode el apellido Travis —prosiguió él—. Te aseguro que, entre nuestros conocidos, nadie se siente impresionado por nosotros. —Me observó un instante—. ¿Adónde vas exactamente?

—Al pabellón —contesté, señalando con la cabeza hacia la estructura de madera situada más allá de la pis cina.

—Déjame acompañarte. —Al ver que yo titubeaba, añadió—: Por si te cruzas con otro escorpión. O con cualquier otra alimaña. Una tarántula, algún lagarto... yo me encargo de despejarte el camino.

Pensé con sorna que ese hombre era capaz de engatusar a una serpiente para que le diera sus cascabeles.

—Tampoco es para tanto —repliqué.

—Me necesitas —afirmó él con seguridad, mientras se colocaba mejor el asa de la cámara en el hombro.

Juntos caminamos hasta el lugar donde se celebraría la ceremonia, para lo cual tuvimos que atravesar un pequeño robledal. La carpa blanca donde tendría lugar el banquete y la fiesta posterior estaba emplazada en un prado verde esmeralda, y se asemejaba a una nube gigantesca que hubiera flotado hasta la tierra para descansar. Era mejor no pensar en la gran cantidad de agua que se había empleado para mantener semejante oasis después de que el césped fuera colocado unos días antes. Y pensar que todas esas briznas de hierba serían arrancadas al día siguiente...

El rancho Stardust era una propiedad que contaba con la casa principal, varias casas para invitados, edificios de diversa índole, un pajar y una pista de carreras. Mi equipo se había encargado de alquilar el rancho, una propiedad privada, mientras los dueños disfrutaban de un crucero de dos semanas. La pareja había accedido con la condición de que todo recuperara su aspecto original tras la boda.

—¿Cuánto tiempo llevas dedicándote a esto? —me preguntó Joe.

—¿A organizar bodas? Mi hermana Sofía y yo creamos la empresa hace unos tres años. Antes de eso, trabajaba en Nueva York, en el negocio del diseño de vestidos de novia.

—Debes de ser buena si han contratado tus servicios para la boda de Sloane Kendrick. Judy y Roy solo se conformarían con lo mejor de lo mejor.

Los Kendrick poseían una cadena de tiendas de empeño con establecimientos que se extendían desde Lubbock hasta Galveston. Roy Kendrick, un antiguo jinete de rodeos con la cara curtida, había soltado un millón de dólares para la boda de su única hija. Si mi equipo era capaz de salir airoso, a saber cuántos clientes millonarios conseguiríamos después de la boda.

—Gracias —dije—. Formamos un buen equipo. Mi hermana es muy creativa.

—¿Y tú?

—Yo me encargo de la parte administrativa del negocio. Y soy la coordinadora general. Soy la responsable de que todos los detalles queden perfectos.

Acabábamos de llegar al pabellón, donde tres empleados de la empresa de alquiler de mobiliario estaban colocando las sillas blancas. Rebusqué en mi bolso en busca del metro. Con un par de movimientos, extendí la cinta metálica entre los cordones que delimitaban el espacio donde debían disponerse las sillas.

—El pasillo debe medir un metro ochenta de ancho —les recordé a los empleados—. Moved ese cordón.

—Tiene metro ochenta —protestó uno de ellos.

—Mide un metro y setenta y siete centímetros.

El hombre me miró con cara de sufrimiento.

—¿No es suficiente?

—Metro ochenta —insistí al tiempo que soltaba la cinta metálica, que se enrolló con un chasquido.

—¿Qué haces cuando no trabajas? —me preguntó Joe, que estaba detrás de mí.

Me volví para mirarlo.

—Siempre estoy trabajando.

—¿Siempre? —me preguntó con escepticismo.

—Estoy segura de que me relajaré un poco cuando el negocio esté más asentado, pero de momento... —Me encogí de hombros. Los días no tenían suficientes horas para todo lo que debía hacer. Mensajes de correo electrónico, llamadas de teléfono, planes y preparativos.

—Todo el mundo necesita algún pasatiempo.

—¿Cuál es el tuyo?

—Pescar, cuando tengo la oportunidad. Cazar, dependiendo de la estación. De vez en cuando hago fotografía benéfica.

—¿A qué te refieres?

—Hago fotografías para una protectora de animales. Una buena foto en la página web ayuda a que se adopte antes a un perro. —Joe hizo una pausa—. A lo mejor te gustaría...

—Lo siento, discúlpame. —Acababa de escuchar el tono de mi móvil en las profundidades del bolso. Los acordes de la marcha nupcial. Cuando lo cogí, vi que era mi hermana quien me llamaba.

—No paro de llamar al hombre encargado de las palomas, pero no me contesta —me dijo Sofía en cuanto acepté la llamada—. No ha dicho nada sobre el recipiente que queremos para la suelta.

—¿Le has dejado algún mensaje? —le pregunté.

—Cinco. ¿Y si ha pasado algo? ¿Y si está enfermo?

—No está enfermo —le aseguré.

—A lo mejor ha pillado la gripe aviar por culpa de las palomas.

—Las palomas no transmiten la gripe aviar.

—¿Estás segura?

—Llámalo de nuevo dentro de un par de horas —le dije para calmarla—. Solo son las siete. A lo mejor no se ha levantado todavía.

—¿Y si no aparece?

—Estará aquí —afirmé—. Sofía, es demasiado temprano para dejarse llevar por los nervios.

—¿Cuándo podré hacerlo?

—No podrás —contesté—. Yo soy la única que puedo sufrir un ataque de nervios. Si no sabes nada de él antes de las diez, dímelo.

—Vale.

Devolví el móvil al bolso y miré a Joe con gesto interrogante.

—¿Qué estabas diciendo sobre la protectora de animales?

Él me miró en silencio. Tenía los pulgares metidos en los bolsillos de los vaqueros y apoyaba casi todo su peso en una pierna, una postura relajada pero firme. En la vida había visto a un tío tan sexy.

—Podrías acompañarme la próxima vez que vaya —me invitó—. No me importaría compartir mi pasatiempo hasta que encuentres uno propio.

Tardé un poco en responder. Mis pensamientos habían echado a volar como una bandada de pájaros. Tenía la impresión de que me estaba invitando a salir. Como si fuera una... ¿cita?

—Gracias —logré decir al final—, pero tengo una agenda muy apretada.

—Sal conmigo algún día —insistió él—. A tomarnos una copa o a almorzar.

Era muy raro dejarme muda, pero solo atiné a mirarlo en silencio, pasmada.

—Vamos a hacer una cosa —siguió, con un tono de voz persuasivo y dulce—. Iremos una mañana a Fredericksburg, antes del amanecer, y tendremos la carretera para nosotros solos. Compraremos café y una bolsa de kolaches por el camino. Te enseñaré un prado cuajadito de altramuces en flor y pensarás que el cielo se ha caído sobre Tejas. Buscaremos un árbol que tenga una buena sombra y veremos el amanecer. ¿Qué te parece?

Me parecía el tipo de plan ideado para otra mujer, para una mujer acostumbrada a recibir la atención de los hombres guapos. Por un instante, me permití imaginármelo. Me imaginé tumbada en el suelo a su lado, en un prado cuajado de flores azules. Estaba a punto de aceptar cualquier cosa que me propusiera. Pero no podía correr ese riesgo, ni en ese momento, ni nunca. Un hombre como Joe Travis habría destrozado tantos corazones que uno más no significaría nada para él.

—No estoy disponible —le solté.

—¿Estás casada?

—No.

—¿Comprometida?

—No.

—¿Vives con alguien?

Negué con la cabeza.

Joe guardó silencio un instante y me miró como si yo fuera un misterio que tuviera que desentrañar.

—Nos vemos luego —dijo al final—. Mientras tanto... voy a pensar en el modo de arrancarte un sí.

2

Un poco desconcertada por el encuentro con Joe Travis, me fui a la casa principal y encontré a mi hermana en el despacho. Sofía era guapa, con el pelo oscuro y los ojos verdosos. Tenía un cuerpo voluptuoso como yo, pero vestía con desparpajo, ya que no le importaba lucir sus curvas.

—El encargado de las palomas ha llamado —dijo Sofía con voz triunfal—. La presencia de los pájaros está confirmada. —Me miró con preocupación—. Te veo muy colorada. ¿Estás deshidratada? —Me dio una botella de agua—. Toma.

—Acabo de conocer a alguien —dije tras beber unos sorbos.

—¿A quién? ¿Qué ha pasado?

Sofía y yo éramos hermanastras que habíamos crecido separadas. Ella había pasado la infancia con su madre en San Antonio mientras yo vivía con la mía en Dallas. Aunque era consciente de la existencia de Sofía, no la conocí hasta que las dos fuimos adultas.

El árbol genealógico de la familia Crosslin tenía unas cuantas ramas de más, gracias a los cinco matrimonios fallidos de nuestro padre, Eli, y a sus prolíficas aventuras.

Eli, un hombre apuesto de pelo rubio y sonrisa deslumbrante, había perseguido a las mujeres de forma compulsiva. Le encantaba el subidón emocional y sexual de una conquista. Sin embargo, en cuanto dicho subidón desaparecía, le resultaba imposible aclimatarse a la vida cotidiana con una mujer. De hecho, tampoco había mantenido un trabajo durante más de dos o tres años.

Tuvo más hijos además de Sofía y de mí, hermanastros e incontables cuñados y cuñadas. Eli nos abandonó a todos en algún momento. Tras alguna que otra llamada o visita, desaparecía durante largos períodos de tiempo, a veces durante dos años. Y después reaparecía brevemente, rebosante de magnetismo y emociones, rebosante de historias interesantes y de promesas que yo sabía muy bien que no debía creer.

La primera vez que vi a Sofía fue justo después de que Eli sufriera un ataque al corazón, una dolencia inesperada en un hombre de su edad con tan buen estado físico. Volé desde Nueva York y me encontré con una chica desconocida esperando en su habitación del hospital. Antes de que pudiera presentarse siquiera, supe que se trataba de una de las hijas de Eli. Aunque el pelo negro y la lustrosa piel morena se las debía a su madre hispana, sus perfectas y perfiladas facciones las había heredado sin lugar a dudas de nuestro padre.

Se presentó con una sonrisa cauta aunque amigable.

—Soy Sofía.

—Avery.

Extendí la mano para estrechársela con cierta incomodidad, pero ella se adelantó y me abrazó, un abrazo que yo devolví mientras pensaba «Es mi hermana» al tiempo que experimentaba un ramalazo de emoción que no esperaba. Miré por encima de su hombro a Eli, tumbado en la cama del hospital y conectado a un montón de máquinas, y fui incapaz de soltarla. Pero a Sofía le dio igual, porque ella no era de las que le ponía fin a un abrazo.

De entre toda la inmensa descendencia de Eli y de todas sus ex mujeres, solo Sofía y yo fuimos al hospital. Aunque no los culpé por su ausencia: yo ni siquiera sabía por qué estaba allí. Eli nunca me leyó cuentos a la hora de acostarme ni me curó las heridas provocadas por las caídas ni hizo ninguna de esas cosas que se supone que hacen los padres. Tal era su egocentrismo que fue incapaz de prestarles atención a sus hijos. Además, el dolor y la rabia de las mujeres a las que había abandonado dificultaban la tarea de mantener el contacto con sus hijos en el caso de que quisiera mantenerlo. El método habitual de Eli para cortar una relación o un matrimonio era mantener una aventura de escape y ser infiel hasta que lo pillaran y le dieran la patada. Mi madre nunca se lo perdonó.

Sin embargo, mi madre había repetido el patrón al liarse con hombres infieles, mentirosos y muertos de hambre que proclamaban lo que eran a los cuatro vientos. Además de mantener un sinfín de aventuras, se casó y se divorció dos veces más. El amor le había brindado tan poca felicidad que era un milagro que siguiera buscándolo.

Según ella, la culpa era de mi padre, el hombre que la había iniciado en el camino de la perdición. Sin embargo, a medida que me iba haciendo mayor, me pregunté si el motivo de que mi madre lo odiara tanto se debía a que se parecían demasiado. Me resultaba muy irónico que fuera una secretaria temporal que iba de oficina en oficina, de jefe en jefe. Cuando le ofrecieron un puesto permanente en una de las empresas, lo rechazó. Se volvería demasiado monótono, adujo, tener que hacer siempre lo mismo todos los días, tener que ver a las mismas personas. Yo tenía dieciséis años por aquel entonces y tenía la lengua demasiado larga como para evitar decir que, con esa actitud, seguramente habría sido imposible que hubiera seguido casada con Eli. El comentario provocó una discusión que casi me dejó de patitas en la calle. Mi madre se enfadó tanto por lo que le dije que supe que había dado en el blanco.

A juzgar por lo que había observado, los amores más rutilantes son los que se quemaban más rápido. No podían sobrevivir pasada la novedad, cuando ya acababa la emoción y había que emparejar calcetines tras sacarlos de la secadora o pasar la aspiradora para quitar los pelos del perro del sofá u organizar el desorden doméstico. Decidí que no quería saber nada de esa clase de amor, no le veía beneficios. Tal como pasaba con un chute de heroína, el subidón nunca duraba lo bastante, pero el bajón te dejaba vacío y anhelante.

En cuanto a mi padre, todas las mujeres a las que supuestamente había querido, incluidas aquellas con las que se había casado, solo fueron una parada en el camino hacia otra persona. Fue un viajero solitario toda su vida, y así fue como terminó. El administrador del bloque de apartamentos en el que vivía encontró a Eli inconsciente en el suelo de su salón, después de no acudir a la reunión para renovar el contrato de alquiler.

Eli fue llevado al hospital en ambulancia, pero nunca recuperó la conciencia.

—Mi madre no va a venir —le dije a Sofía mientras esperábamos sentadas en la habitación del hospital.

—La mía tampoco.

Nos miramos con expresiones compresivas. No hizo falta preguntar por qué nadie más había ido a despedirse. Cuando un hombre abandonaba a su familia, el dolor que le provocaba seguía sacando lo peor de cada uno incluso mucho después de que se hubiera marchado.

—¿Por qué has venido? —me atreví a preguntar.

Mientras Sofía sopesaba la respuesta, el silencio estuvo marcado por los pitidos del monitor y el sonido constante del ventilador mecánico.

—Mi familia es mexicana —contestó al final—. Para nosotros, todo gira alrededor de estar unidos y de las tradiciones. Yo siempre he querido pertenecer a la familia, pero siempre he sabido que soy distinta. Todos mis primos tienen padre, mientras que el mío era un misterio. Mi madre siempre se ha negado a hablar de él. —Desvió la mirada hacia la cama donde nuestro padre yacía en mitad de un entramado de cables y de tubitos que lo mantenían hidratado, lo alimentaban, lo ayudaban a respirar y drenaban sus fluidos—. Solo lo he visto una vez, una ocasión en la que fue a verme cuando era pequeña. Mi madre no le permitió hablar conmigo, pero yo corrí tras él cuando volvía a su coche. Tenía en las manos unos globos que me había llevado. —Esbozó una sonrisa distante—. Me pareció el hombre más guapo del mundo. Me ató las cintas de los globos a la muñeca para que no se me escaparan. Cuando se fue, intenté meter los globos en casa, pero mi madre me dijo que tenía que deshacerme de ellos. Así que desaté las cintas y los dejé volar, y pedí un deseo mientras los veía alejarse.

—Deseaste volver a verlo algún día —dije en voz baja.

Sofía asintió con la cabeza.

—Por eso he venido. ¿Y tú?

—He venido porque creía que no habría nadie más. Y si alguien tenía que cuidar de Eli, no quería que fuese un desconocido.

Sofía me cubrió una mano con la suya, con un gesto muy natural, como si nos conociéramos de toda la vida.

—Pues ahora estamos las dos —se limitó a decir.

Eli murió al día siguiente. Pero si bien lo perdimos a él, Sofía y yo nos en ...