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LA CHOCOLATERíA MáS DULCE DE PARíS

Jenny Colgan  

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Fragmento

Título original: The Loveliest Chocolate Shop in Paris 

Traducción: Pedro Fontana 

1.ª edición: Enero 2016 

© Ediciones B, S. A., 2016 

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España) 

www.edicionesb.com 

ISBN DIGITAL: 978-84-9069-304-9 

Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidas en el ordenamiento jurídico, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos. 

Contenido Dedicatoria Unas palabras de Jenny 1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12 13 14 15 16 17 18 19 20 21 22 23 24 25 26 27 28 29 Epílogo Agradecimientos Nota de la autora Recetas

¡En el título está la clave! Si te encanta el chocolate y te encanta París (o crees que te encantará algún día; descuida, todo llegará, París no cambia mucho), entonces este libro ha sido escrito para ti.

J. C.

Unas palabras de Jenny

En París hay un sinfín de maravillosas chocolaterías y bombonerías artesanales. Mi preferida es una que se llama Patrick Roger, en la rue du Faubourg Saint-Honoré. Recomiendo calurosamente una visita y probar su chocolate caliente, no importa la estación del año. El dueño es Patrick, que da nombre al establecimiento, un tipo de cabellos rizados, ojos chispeantes y cara de pillo.

Este libro no es sobre ninguna de esas chocolaterías en concreto, sino sobre el principio de que, cuando la gente dedica toda su vida a una sola cosa que ama de verdad y que ha aprendido a fondo, pueden suceder cosas asombrosas.

Alguien dijo que el motivo de que nos guste tanto el chocolate es que se funde a la misma temperatura que el interior de la boca humana.

Los científicos hablan también de que libera endorfinas y demás, pero al margen de cualquier explicación —química o no—, el chocolate es una cosa maravillosa.

Y no se trata de un capricho femenino. Yo no puedo entrar en casa ocultando un paquete de galletas digestivas al chocolate sin que mi marido las olfatee y se lance a por ellas. He incluido, pues, en el libro varias recetas realmente estupendas. Me gusta pensar que a medida que me hago mayor soy capaz de cocinar algo con chocolate en vez de, bueno, simplemente zampármelo como por casualidad tan pronto entra en casa (el chocolate), o sin bajarme del coche.

Cuando hace un tiempo nos mudamos a Francia (por el trabajo de mi marido), me sorprendió ver que los franceses se toman el chocolate tan en serio como cualquier otro alimento. La Maison du Chocolat es una cadena de primera calidad presente en la mayoría de las ciudades francesas; allí uno puede charlar con el chocolatier sobre lo que va a tomar (chocolate y acompañamiento), tal como hablaríamos de vino con un sommelier. Yo, personalmente, soy igual de feliz con una buena tableta de Dairy Milk o un Toblerone, que con mi barrita preferida, Fry’s Chocolate Cream. No es necesario que algo sea lujoso para disfrutarlo. Ay, mis hijos han llegado a una edad en que es inevitable confesar quién les ha venido robando los Kinder de la bolsa para fiesta infantil. Chicos, a ver, siento deciros esto: era papá.

Antes de empezar, quisiera hacer una observación sobre el idioma. Según mi experiencia, aprender otro idioma es dificilísimo, a menos que seas de esas personas que en un visto y no visto lo pillan todo. Si ese fuera el caso, yo te diría ¡buuuuh! (soy yo sacando la lengua), porque soy muy pero que muy envidiosa.

Por otra parte, es tradición indicar en letra cursiva cuando en un libro alguien habla en un idioma distinto de aquel en que está escrito. Bien, pues yo he decidido no hacerlo. Casi todas las personas con las que Anna habla en París le contestan en francés, a menos que yo indique lo contrario. Y ahora tú y yo pensaríamos, jolín, es absolutamente impresionante, qué rápido ha aprendido francés. Es cierto que toma muchas lecciones con Claire, pero si alguna vez has intentado aprender otro idioma sabrás que en clase te sientes más o menos segura de tus conocimientos, pero que tan pronto pisas el país en cuestión y la gente empieza a decirte «wabbawabbawabbawabbawabbah» a quinientos mil por hora, te da un ataque de pánico porque no entiendes ni una mísera palabra de lo que te están diciendo. Que es lo que me pasó a mí.

Así que, bueno, ten por seguro que eso es exactamente lo que le ocurre a Anna, pero, por aquello de no repetirme hasta la saciedad y hacerme pesada, he decidido eliminar los millones de veces en que ella dice «¿Qué?», o «¿Le importaría repetírmelo?», o tiene que consultar el diccionario.

Espero que te guste la novela, y ya me dirás qué tal salen esas recetas. Bon appétit!

1

Lo verdaderamente extraño es que aunque yo supe al momento que algo andaba mal —y quiero decir muy mal, algo de verdad grave y muy fuerte; un insulto para mi cuerpo entero—, no pude parar de reír. De reír como una histérica.

Yo estaba allí tumbada, toda cubierta —mejor dicho, empapada— de chocolate derramado, y no podía parar de reír. Ahora había otras caras, algunas de las cuales creí reconocer, y me miraban. Ellos no se reían, qué va. De hecho estaban todos muy serios, lo cual me pareció todavía más gracioso e hizo que me desternillara todavía más.

A cierta distancia oí que alguien decía: «¡Cogedlos!», y alguien más: «¡Ni hablar! ¡Hazlo tú! ¡Ecs, qué asco!» Y entonces otra persona, que pensé que era Flynn, el nuevo aprendiz, dijo: «Voy a llamar al 911», y otro que le decía: «No seas idiota, Flynn, es el 999: tú no eres norteamericano», y alguien intervenía para decir: «Creo que ahora ya se puede marcar el 911 porque hay un montón de idiotas que siguen llamando a ese número», y alguien sacó su teléfono y dijo algo de una ambulancia —cosa que me pareció de lo más cómico—, y luego otro más (estoy segura de que fue Del, el gruñón del conserje) dijo: «Ya, pues seguro que querrán tirar esta remesa a la basura», y la idea de que quizá no tiraran a la basura la enorme cuba de chocolate sino que intentaran venderla pese a que me había caído toda encima, me hizo mucha gracia también. Menos mal que ya no recuerdo nada de lo que pasó después, aunque más tarde, ya en el hospital, un sanitario se acercó para decir que en la ambulancia yo me había comportado como si estuviera loca de remate y que a él siempre le habían dicho que la gente se comporta raro cuando está en estado de shock, pero que jamás había conocido un caso tan súper raro como el mío. Entonces me vio la cara y dijo: «Ánimo, muñeca, pronto volverás a reír.» Pero en ese momento, la verdad, yo no lo tenía nad

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