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LA CHOCOLATERíA MáS DULCE DE PARíS

Jenny Colgan  

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Fragmento

Título original: The Loveliest Chocolate Shop in Paris 

Traducción: Pedro Fontana 

1.ª edición: Enero 2016 

© Ediciones B, S. A., 2016 

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España) 

www.edicionesb.com 

ISBN DIGITAL: 978-84-9069-304-9 

Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidas en el ordenamiento jurídico, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos. 

Contenido Dedicatoria Unas palabras de Jenny 1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12 13 14 15 16 17 18 19 20 21 22 23 24 25 26 27 28 29 Epílogo Agradecimientos Nota de la autora Recetas

¡En el título está la clave! Si te encanta el chocolate y te encanta París (o crees que te encantará algún día; descuida, todo llegará, París no cambia mucho), entonces este libro ha sido escrito para ti.

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J. C.

Unas palabras de Jenny

En París hay un sinfín de maravillosas chocolaterías y bombonerías artesanales. Mi preferida es una que se llama Patrick Roger, en la rue du Faubourg Saint-Honoré. Recomiendo calurosamente una visita y probar su chocolate caliente, no importa la estación del año. El dueño es Patrick, que da nombre al establecimiento, un tipo de cabellos rizados, ojos chispeantes y cara de pillo.

Este libro no es sobre ninguna de esas chocolaterías en concreto, sino sobre el principio de que, cuando la gente dedica toda su vida a una sola cosa que ama de verdad y que ha aprendido a fondo, pueden suceder cosas asombrosas.

Alguien dijo que el motivo de que nos guste tanto el chocolate es que se funde a la misma temperatura que el interior de la boca humana.

Los científicos hablan también de que libera endorfinas y demás, pero al margen de cualquier explicación —química o no—, el chocolate es una cosa maravillosa.

Y no se trata de un capricho femenino. Yo no puedo entrar en casa ocultando un paquete de galletas digestivas al chocolate sin que mi marido las olfatee y se lance a por ellas. He incluido, pues, en el libro varias recetas realmente estupendas. Me gusta pensar que a medida que me hago mayor soy capaz de cocinar algo con chocolate en vez de, bueno, simplemente zampármelo como por casualidad tan pronto entra en casa (el chocolate), o sin bajarme del coche.

Cuando hace un tiempo nos mudamos a Francia (por el trabajo de mi marido), me sorprendió ver que los franceses se toman el chocolate tan en serio como cualquier otro alimento. La Maison du Chocolat es una cadena de primera calidad presente en la mayoría de las ciudades francesas; allí uno puede charlar con el chocolatier sobre lo que va a tomar (chocolate y acompañamiento), tal como hablaríamos de vino con un sommelier. Yo, personalmente, soy igual de feliz con una buena tableta de Dairy Milk o un Toblerone, que con mi barrita preferida, Fry’s Chocolate Cream. No es necesario que algo sea lujoso para disfrutarlo. Ay, mis hijos han llegado a una edad en que es inevitable confesar quién les ha venido robando los Kinder de la bolsa para fiesta infantil. Chicos, a ver, siento deciros esto: era papá.

Antes de empezar, quisiera hacer una observación sobre el idioma. Según mi experiencia, aprender otro idioma es dificilísimo, a menos que seas de esas personas que en un visto y no visto lo pillan todo. Si ese fuera el caso, yo te diría ¡buuuuh! (soy yo sacando la lengua), porque soy muy pero que muy envidiosa.

Por otra parte, es tradición indicar en letra cursiva cuando en un libro alguien habla en un idioma distinto de aquel en que está escrito. Bien, pues yo he decidido no hacerlo. Casi todas las personas con las que Anna habla en París le contestan en francés, a menos que yo indique lo contrario. Y ahora tú y yo pensaríamos, jolín, es absolutamente impresionante, qué rápido ha aprendido francés. Es cierto que toma muchas lecciones con Claire, pero si alguna vez has intentado aprender otro idioma sabrás que en clase te sientes más o menos segura de tus conocimientos, pero que tan pronto pisas el país en cuestión y la gente empieza a decirte «wabbawabbawabbawabbawabbah» a quinientos mil por hora, te da un ataque de pánico porque no entiendes ni una mísera palabra de lo que te están diciendo. Que es lo que me pasó a mí.

Así que, bueno, ten por seguro que eso es exactamente lo que le ocurre a Anna, pero, por aquello de no repetirme hasta la saciedad y hacerme pesada, he decidido eliminar los millones de veces en que ella dice «¿Qué?», o «¿Le importaría repetírmelo?», o tiene que consultar el diccionario.

Espero que te guste la novela, y ya me dirás qué tal salen esas recetas. Bon appétit!

1

Lo verdaderamente extraño es que aunque yo supe al momento que algo andaba mal —y quiero decir muy mal, algo de verdad grave y muy fuerte; un insulto para mi cuerpo entero—, no pude parar de reír. De reír como una histérica.

Yo estaba allí tumbada, toda cubierta —mejor dicho, empapada— de chocolate derramado, y no podía parar de reír. Ahora había otras caras, algunas de las cuales creí reconocer, y me miraban. Ellos no se reían, qué va. De hecho estaban todos muy serios, lo cual me pareció todavía más gracioso e hizo que me desternillara todavía más.

A cierta distancia oí que alguien decía: «¡Cogedlos!», y alguien más: «¡Ni hablar! ¡Hazlo tú! ¡Ecs, qué asco!» Y entonces otra persona, que pensé que era Flynn, el nuevo aprendiz, dijo: «Voy a llamar al 911», y otro que le decía: «No seas idiota, Flynn, es el 999: tú no eres norteamericano», y alguien intervenía para decir: «Creo que ahora ya se puede marcar el 911 porque hay un montón de idiotas que siguen llamando a ese número», y alguien sacó su teléfono y dijo algo de una ambulancia —cosa que me pareció de lo más cómico—, y luego otro más (estoy segura de que fue Del, el gruñón del conserje) dijo: «Ya, pues seguro que querrán tirar esta remesa a la basura», y la idea de que quizá no tiraran a la basura la enorme cuba de chocolate sino que intentaran venderla pese a que me había caído toda encima, me hizo mucha gracia también. Menos mal que ya no recuerdo nada de lo que pasó después, aunque más tarde, ya en el hospital, un sanitario se acercó para decir que en la ambulancia yo me había comportado como si estuviera loca de remate y que a él siempre le habían dicho que la gente se comporta raro cuando está en estado de shock, pero que jamás había conocido un caso tan súper raro como el mío. Entonces me vio la cara y dijo: «Ánimo, muñeca, pronto volverás a reír.» Pero en ese momento, la verdad, yo no lo tenía nada claro.

—Oh, vamos, Debs, cariño, si solo es el pie. Podría haber sido mucho peor. ¿Y si llega a ser la nariz?

Esto se lo decía mi padre a mi madre. Siempre veía el lado bueno de las cosas.

—Pues le habrían hecho una nariz nueva. Al fin y al cabo, ella odia la nariz que tiene.

Esto lo decía mi madre, claro. No se le da tan bien ver el lado positivo como a mi padre. Es más, yo la oía sollozar. Pero por alguna razón mi cuerpo no quería saber nada de la luz; era incapaz de abrir los ojos. Me parecía que no era una simple luz; como si se tratara del sol o algo así. Quizás estaba de vacaciones. Pensé que no podía estar en casa; el sol nunca luce en Kidinsborough, mi pueblo natal, ganador durante tres votaciones seguidas del premio al peor pueblo de Inglaterra, hasta que presiones políticas lograron quitar de antena aquel programa de televisión.

Dejé de oír a mis padres, como si alguien hubiera girado el dial de la radio. Yo no tenía ni idea de si estaban realmente allí. Sabía que no me estaba moviendo, pero tenía la sensación de estar agitándome todo el tiempo, atrapada en una cárcel con forma de cuerpo en la que alguien me había metido. Podía gritar, pero nadie podía oírme; intenté moverme y no pasó nada. El resplandor viraba a negro y luego otra vez al sol y nada tenía el menor sentido mientras yo soñaba —o vivía— grandes pesadillas sobre dedos de los pies y sobre padres que de repente desaparecían y si me estaba volviendo loca y si en realidad no habría soñado mi otra vida, esa en la que yo me llamaba Anna Trent, edad treinta años, de profesión probadora en una fábrica de chocolate.

Bueno, ya que estamos, he aquí mis respuestas a las diez mejores preguntas sobre «probadora en una fábrica de chocolate» que suelen hacerme en Faces, el club al que vamos siempre. No es un local muy bonito, pero los otros son mucho peores todavía:

1. Sí, os regalaré unas muestras.

2. No, no estoy tan gorda como sin duda esperabais.

3. Sí, es exactamente como en Charlie y la fábrica de chocolate.

4. No, nadie ha hecho caca nunca en la cuba.1 

5. No, eso no me convierte en una persona muy popular, ya que tengo treinta años, no siete.

6. No, no me entran arcadas cuando me enseñan chocolate; yo es que adoro el chocolate, pero si te sientes mejor pensando que tu empleo es mejor que el mío, allá tú.

7. Oh, qué interesante que debajo del calzoncillo tengas algo más sabroso aún que el chocolate. (N.B.: Me gustaría ser lo bastante valiente para decir eso, pero por regla general me limito a hacer una mueca y mirar para otro lado. Cath, mi mejor amiga, suele salir rápidamente al quite. A veces incluso les baja los calzoncillos.)

8. Sí, les pasaré tu sugerencia de un chocolate con sabor a cacahuete/cerveza/vodka/mermelada, pero dudo que nos hagamos tan ricos como tú crees.

9. Sí, sé hacer chocolate de verdad, aunque en Brader’s Family Chocolates se procesan todos de manera automática en una enorme cuba, y yo de hecho soy solo una especie de supervisora. Ojalá mi cometido fuera un poco más complejo, pero los jefes dicen que a nadie le gusta que le toquen los chocolates, que deben mantener siempre el mismo sabor y durar un montón. O sea que en realidad se trata de un proceso sintético.

10. No, qué va a ser el mejor empleo del mundo. Pero es el mío y me gusta. Bueno, me gustaba, hasta que dejé de trabajar allí.

Después normalmente suelo decir, un cubalibre de ron, gracias por preguntar.

—Anna.

Había un hombre sentado a los pies de mi cama. No pude enfocar la vista. Él conocía mi nombre pero yo no el suyo. Me pareció injusto. Intenté abrir la boca. La tenía llena de arena. Alguien me había metido arena en la boca. ¿Por qué?

—Anna.

De nuevo la voz. Era real, desde luego, y estaba claramente ligada a la sombra a los pies de mi cama.

—¿Me oyes?

Hombre, pues claro que te oigo, estás sentado en mi cama gritándome. Es lo que quise decirle, pero solo conseguí emitir una especie de graznido.

—Estupendo, estupendo, me alegro. ¿Quieres un poco de agua?

Asentí con la cabeza. Me pareció más fácil así.

—Bien, bien. No muevas mucho la cabeza o desconectarás los cables. ¡Enfermera!

No sé si la enfermera vino o no; de repente desconecté por completo. La última cosa que pensé fue: ojalá no le importe que le griten, a la enfermera. Y no conseguía recordar nada; ¿habían dicho mis padres que me pasaba algo en la nariz...?

—Aquí está.

Era la misma voz, pero no supe cuánto tiempo había transcurrido. La luz había cambiado. Noté un repentino chispazo de dolor en todo el cuerpo. Boqueé.

—Bueno. Se pondrá bien.

Mi padre.

—No me gusta la pinta que tiene esto.

Mamá.

—Mmm... ¿me pasáis el agua? —dije, pero de hecho sonó algo así como «¿Mpa sa gua?»

Por suerte a alguien se le encendió la bombilla, porque al momento me acercaron un vaso de plástico a los labios. Aquel vasito de agua tibia del grifo fue lo mejor que me haya llevado yo a la boca en toda mi vida, y aquí incluyo la primera vez que probé un Crème Egg. Me la bebí toda y pedí más, pero alguien dijo no y ahí terminó la cosa. Quizá me habían metido en la cárcel.

—¿Puedes abrir los ojos? —dijo la voz autoritaria.

—Claro que puede.

—Ay, Pete, no sé. De verdad que no sé.

Curiosamente, fue en parte por fastidiar a mi madre y su escasa confianza en mi capacidad de abrir los ojos que me esforcé en hacerlo. Tras un breve parpadeo, apareció ante mi vista la silueta de la persona que yo sabía que había estado sentada a los pies de la cama (maldita la gracia), y luego vi dos figuras que me resultaban tan familiares como mis propias manos.

Distinguí el pelo castaño rojizo de mi madre, que ella misma se teñía en casa pese a que Cath se había ofrecido a hacérselo en la peluquería casi gratis, por más que mi madre lo considerara un precio extravagante (también pensaba que Cath era una mujer de vida alegre, y no le faltaba razón, pero eso nada tenía que ver con que fuese buena o mala peluquera, aunque es cierto que de lo primero tenía bastante poco), así que una vez al mes mi madre lucía esa especie de extraña franja de color henna en la parte alta de la frente por no haberse aclarado lo suficientemente bien. Y mi padre llevaba puesta su mejor camisa, lo cual me preocupó. Solo se ponía guapo para bodas y funerales, y yo estaba casi un cien por cien segura de que casarme no me iba a casar... a menos que Darr se hubiera reencarnado en alguien con un físico y una personalidad completamente diferentes, lo cual no se me antojaba probable.

Dije «Hola...», y al hacerlo tuve la sensación de que las dunas retrocedían un poco; que la divisoria entre lo que era real y lo que era una movediza y arenosa pelota de confusión y dolor empezaba a desaparecer; que Anna había vuelto y que la piel que cubría mi cuerpo era la mía después de todo.

—¡Cariño!

Mi madre rompió a llorar. Mi padre, poco dado a estallidos de afecto, me apretó suavemente la mano; la mano, según pude ver, de la que no salía ningún tubo horrible a flor de piel. Porque en la otra sí había uno; la cosa más horrible que haya visto jamás.

—¡Aj! ¡Uf! —exclamé—. ¿Qué es esto tan repugnante?

La persona que estaba a los pies de mi cama sonrió, un tanto paternalista.

—Creo que la cosa te parecería mucho más repugnante si no tuvieras eso ahí —dijo—. A través de ese tubo te administran analgésicos y demás.

—Vale, ¿y no podrían ponerme un poco más? —dije yo. La descarga de dolor me traspasó de nuevo, desde la punta del pie izquierdo hasta la coronilla.

Entonces fue cuando advertí que había otros tubos, cosas que entraban y salían de partes de mi cuerpo que no quería mencionar delante de mi padre. Me quedé quieta y callada. La sensación era muy, pero que muy extraña.

—¿Te da vueltas la cabeza? —preguntó el que no se levantaba nunca—. Es normal, no te preocupes.

Mi madre seguía sorbiendo por la nariz.

—Mamá, no pasa nada, tranquila...

Lo que dijo ella a continuación me dejó helada.

—Sí que pasa, cariño, sí que pasa.

En los días que siguieron, me quedaba dormida en el momento más insospechado, o eso me pareció. El doctor Ed —pues sí, tal parece que era su nombre; a mí me sonaba a personaje de serie televisiva— venía y se sentaba a los pies de mi cama (otros médicos no lo hacían) y me miraba a los ojos como si hiciera un gran esfuerzo por empatizar conmigo. Creo que me gustaba más el estirado especialista que venía una vez por semana, no me miraba apenas y les hacía a sus alumnos preguntas de lo más comprometido.

En fin, gracias a mis charlas de colega con el doctor Ed, estaba empezando a recordar muchas cosas. Resulta que pegué un patinazo en la fábrica; se produjo una agitación colectiva pues la gente se preguntó si la fábrica no habría pasado por alto alguna norma sobre seguridad y estaríamos todos a punto de ser millonarios, pero el hecho es que la culpa fue toda mía. Ese día hacía mucho calor, para ser primavera, y yo decidí estrenar mis zapatos nuevos, zapatos que resultaron ser risiblemente inapropiados para el tipo de suelo de la fábrica; el caso es que resbalé y, muerta de miedo, le di un golpe a la escalera de una cuba y la cuba se vino abajo. Después me llevaron al hospital y me puse mala.

—¿Un bicho intentó comerme? —le pregunté al doctor.

—Pues por ahí va la cosa, sí —respondió con una sonrisa, y vi unos dientes muy blancos, tan blancos que supuse que se los había hecho blanquear. Quizás estaba ensayando para salir en televisión—. Pero no un bicho muy grande, más bien tipo araña.

—Las arañas no son bichos —dije, de mal talante.

—¡Ja, ja! No. —Se apartó el pelo de la frente—. Bueno, son bichitos muy pequeños, los que te digo, no podrías ver ni a mil de ellos juntos aunque los tuviera montados en la punta de este dedo.

A ver si en mi ficha médica se habían equivocado con la edad, y en vez de poner casi treinta y uno ponía que tenía ocho años.

—Me da igual el tamaño —dije—. El caso es que me siento fatal.

—¡Por eso tratamos de combatirlos con todas las armas a nuestro alcance! —dijo el doctor Ed, como si fuera Superman o qué sé yo. No mencioné el hecho de que, si todo el mundo hubiera hecho la limpieza a fondo, yo probablemente no habría pillado ningún bicho de esos.

Pero, Dios mío, hay que ver lo mal que me encontraba. No tenía ganas de comer ni de beber otra cosa que agua (papá me trajo unos malvaviscos y mamá casi le da un tortazo porque estaba completamente segura de que me atragantaría y acabaría muriéndome delante de sus narices); dormía horas y horas, y cuando no estaba durmiendo me sentía tan mal que no me apetecía mirar la tele ni leer ni hablar por teléfono con nadie. Tenía un montón de mensajes en Facebook, según mi móvil (lo miraba sin que se dieran cuenta), que alguien —yo suponía que había sido Cath— había conectado junto a mi cama. Pero ni ánimos tenía para mirar mensajes.

Me sentía rara, como si hubiera despertado siendo otra, en un país extranjero donde nadie hablaba mi idioma, ni mis padres ni mis amigos. Era la lengua de unos días brumosos en los que nada tenía sentido, días de dolores constantes, de no querer pensar siquiera en moverme pues me resultaba muy difícil hacerlo, aunque fuera para pasar un brazo de lado a lado. El país de los enfermos parecía un lugar muy diferente, te daban de comer, te movían, todo el mundo te hablaba como si fueras un niño de teta, y el cuerpo te ardía todo el rato.

En mis sueños febriles aparecía muy a menudo la escuela. Yo la odiaba. Mamá siempre había dicho que ella no era de estudiar y que yo tampoco lo sería, y ahí se acababa el percal, cosa que, vista en retrospectiva, me parece una estupidez absoluta. Durante mucho tiempo, cuando tenía alucinaciones y veía la cara de mis viejos profesores a un palmo de mi nariz, no me lo tomaba muy a pecho. Pero luego, un día, me desperté muy temprano; en el hospital todavía hacía fresco y estaba todo en silencio, cosa nada habitual, y al mover lentamente la cabeza hacia un lado me topé con alguien que era real, no una alucinación: la señora Shawcourt, mi antigua profe de francés, que me miraba con gesto sereno.

Parpadeé, por si con eso lograba ahuyentarla. No hubo suerte.

Me hallaba en una sala lateral de solo cuatro camas, lo cual me pareció extraño; ¿me habrían puesto con los infecciosos? Yo creía que no. Las otras dos camas estaban desocupadas en ese momento, aunque durante el tiempo que yo llevaba allí había habido un rápido ir y venir de mujeres muy ancianas que no parecían hacer otra cosa que llorar.

—Hola —me dijo—. Te conozco, ¿verdad?

Noté que se me subían los colores, como si no hubiera hecho los deberes.

Bueno, yo nunca hacía los deberes. Cath y yo solíamos saltarnos la clase —¿francés? Bah, qué tontería, ¿a quién le interesaba el francés?— y pasar el rato en el campo que había detrás, lejos de la vista de los profes. Nos poníamos a hablar con falso acento de Manchester sobre lo espantoso que era Kidinsborough y hacíamos planes para largarnos a la primera oportunidad.

—Anna Trent.

Asentí.

—Te tuve dos años en mi clase.

La miré con más detenimiento. Siempre había destacado por ser la profe mejor vestida de toda la escuela; la mayoría eran unas dejadas. La señora Shawcourt solía llevar unos conjuntos ajustados que la daban un aire un poco diferente; estaba claro que ella no se los compraba en Matalan. En aquella época tenía el cabello rubio...

No sin sorpresa, me fijé de repente en que no tenía pelo. Y en que estaba muy flaca. Ella siempre había sido delgada, pero esto de ahora...

Solté la cosa más estúpida que se me ocurrió: en mi descargo diré que no me encontraba nada bien.

—Entonces ¿está usted enferma?

—No —respondió la señora Shawcourt—. De vacaciones.

Hubo un pequeño silencio. Yo sonreí. Me acordé de que era muy buena profesora.

—Siento lo de los dedos de tus pies —dijo ella.

Me miré el pie izquierdo; o, más bien, la venda que lo cubría.

—Oh, no es nada —dije—. Una pequeña caída. —Entonces, al ver la cara que ponía ella, caí en la cuenta de que a nadie se le había ocurrido contarme toda la verdad desde que estaba rodeada de gente hablando de mi fiebre y de no sé qué accidente.

Pero no podía ser. Yo notaba los dedos.

La miré de hito en hito y ella me aguantó la mirada sin pestañear.

—Los noto —dije.

—Es increíble que nadie te lo haya dicho. Malditos hospitales —se lamentó.

Volví a mirarme el vendaje. Me entraron ganas de vomitar. Y luego vomité, en una cuña grande de cartón, de las que había todo un surtido junto a mi cama.

Más tarde entró el doctor Ed y se sentó a los pies de mi cama. Le miré mal.

—Veamos... —Echó una ojeada a sus notas—. Anna, siento mucho que no fueras consciente de la gravedad de la situación.

—Ya, porque usted no paraba de hablar de «accidentes» y de «desgracias» —dije yo, enfadada—. No sabía que me había quedado sin dedos. Y además es que los noto. Me duelen.

El doctor asintió.

—Sí, me temo que eso es bastante normal.

—¿Por qué no me lo dijo nadie? Todo el mundo hablaba de la fiebre y de bichos y qué sé yo.

—Bien, porque eso es lo que nos tenía preocupados. Perder un par de dedos difícilmente puede matar a nadie.

—Ah, pues qué bien. Pero no son «un par de dedos». Son mis dedos.

Mientras hablábamos, una enfermera me estaba quitando el vendaje del pie con mucho cuidado. Tragué saliva, pensando que iba a vomitar otra vez.

¿No habéis jugado nunca en el cole a eso de tumbarse boca abajo con los ojos cerrados y que alguien te estire los brazos hacia arriba y luego los vaya bajando lentamente para que parezca que se te caen por un agujero?

Pues esa era la sensación. Mi cerebro no procesaba lo que estaba viendo, lo que podía sentir y sabía que era verdad. Los dedos estaban allí. Sí, estaban. Pero frente a los ojos había un curioso corte en diagonal; dos pequeños muñones arrancados de cuajo como si alguien hubiera dado un tajo con una cuchilla de afeitar.

—Debes saber —estaba diciendo el doctor— que has tenido mucha suerte, porque si hubieras perdido el dedo gordo y el meñique, habrías tenido serios problemas de equilibrio...

Me lo quedé mirando como si al hombre le salieran cuernos de la cabeza.

—Le aseguro que no me siento afortunada en lo más mínimo —dije.

—Pues ponte en mi lugar —dijo una voz desde detrás del biombo de al lado, donde la señora Shawcourt esperaba su próxima sesión de quimioterapia.

De repente, y sin previo aviso, las dos nos echamos a reír.

Estuve ingresada tres semanas más. Vinieron a verme montones de amigos. Me dijeron que había salido en la prensa, preguntaron si podían echar un vistazo (no, porque yo misma no me atrevía a mirármelos cuando me cambiaban el vendaje), y me pusieron al día de cosas que a mí, de repente, habían dejado de interesarme. De hecho, la única persona con la que podía hablar era la señora Shawcourt. Bueno, ella me dijo que la llamara Claire, cosa que a mí me costó bastante esfuerzo y me hizo sentir un poquito demasiado adulta.

Claire tenía dos hijos varones que venían a verla de vez en cuando y siempre parecían tener prisa por marcharse, aunque sus respectivas esposas eran la mar de amables y solían pasarme revistas de cotilleo porque a Claire no le interesaban nada. Un día se presentaron con dos niñas, y ambas alucinaron con aquel despliegue de cables y el olorcillo y los pitidos de las máquinas. Es la única vez que vi a Claire verdaderamente triste.

El resto del tiempo charlábamos. Bueno, hablaba yo, sobre todo de lo aburrida que estaba, y de que nunca aprendería a caminar bien otra vez. Para cosas en las que jamás había pensado —salvo cuando me hacían la pedicura, pero tampoco mucho—, los dedos de los pies eran fastidiosamente útiles. Lo peor de todo era que me hacían ir al mismo gabinete de fisioterapia que pacientes con traumatismos horrorosos, gente en silla de ruedas y tal, y eso me hacía sentir como una impostora cuando caminaba entre las barras paralelas con una herida que a la mayoría de ellos les parecía bastante divertida. Pero, a pesar de que no tenía derecho a quejarme, me quejaba.

Claire lo comprendía. Era muy agradable tenerla al lado; a veces, cuando se encontraba muy mal, yo le leía. Claro que la mayor parte de sus libros estaban en francés.

—No soy capaz de leer esto —le dije un día.

—Pues deberías poder. Fuiste alumna mía.

—Sí, más o menos —balbucí.

—Eras buena estudiante —insistió—. Me acuerdo de que mostrabas talento para los idiomas.

De repente me vino a la memoria las notas del primer año de francés. Entre frases tipo «no se esfuerza» y «podría hacerlo mejor», me acordé de que la nota era buena. ¿Por qué no me había esforzado?

—El colegio me parecía una estupidez —dije.

Claire meneó la cabeza.

—Pero he conocido a tus padres y son encantadores. Tienes una familia estupenda.

—Usted no vive con ellos —repliqué, y enseguida me sentí culpable por hablar mal de mis padres. Habían venido a verme todos los días a pesar de que, como papá no dejaba de comentar siempre, el precio del aparcamiento era escandaloso.

—¿Todavía vives en casa? —preguntó ella, sorprendida, y yo me puse un poco a la defensiva.

—Bueno, estuve un tiempo viviendo con mi novio, pero resultó ser un imbécil, así que volví a casa.

—Entiendo. —Claire se miró el reloj. Eran solo las nueve y media de la mañana. Llevábamos despiertas más de tres horas y la comida la servían a las doce.

—Si quieres... —dijo—. Yo también me aburro. Quizá podrías leerme si te enseño un poco de francés. Así me sentiría menos como una vieja calva y enferma que no hace más que hablar del pasado y sentirse inútil y estúpida. ¿Te gustaría?

Miré la revista que tenía en mis manos. Salía una foto enorme del trasero de Kim Kardashian. Ella tenía cinco dedos en cada pie.

—Sí, vale —dije.

1972

—No es nada —estaba diciendo el hombre en voz alta, para hacerse oír sobre la fuerte brisa marina, las sirenas de los transbordadores y el traqueteo de los trenes—. Fíjate, qué pequeña. La Manche. Se puede cruzar a nado.

No pareció que esto pudiera contener el torrente de lágrimas que bañaba las mejillas de la niña.

—Yo lo haría —dijo ella—. Cruzaré a nado por ti.

—Tú —dijo el hombre— volverás a casa y terminarás el colegio y harás cosas maravillosas y serás muy feliz.

—No quiero —gimió ella—. Yo quiero quedarme aquí contigo.

El hombre hizo una mueca e intentó detener el llanto de la niña a besos. Las lágrimas le caían sobre el uniforme, que era nuevo y tenía un brillo extraño.

—Pero si me van a tener todo el día desfilando como un mono, de acá para allá —dijo—. Me volveré idiota, sin nada que hacer ni otra cosa en que pensar salvo en ti. Vamos, bout de chou. Chist. Pronto estaremos otra vez juntos, ya lo verás.

—Te quiero —dijo la niña—. Nunca querré tanto a nadie en toda mi vida.

—Yo también te quiero —dijo el hombre—. Te quiero con locura y volveré. Te escribiré cartas y tú terminarás el colegio y, ya verás, todo irá bien.

Los sollozos de la niña fueron menguando.

—Es que... —dijo—. No puedo soportarlo.

—Ah, mi vida —dijo el hombre—. Pues de eso se trata; de soportar cosas. —Sep ...