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LA CONQUISTA, IRIS Y CONSTRUCCIóN

Sergio Bizzio  

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Fragmento

Cuando yo era un niño mi abuelo invadió China. Él, más un ejército de 50.000 hombres. No sé si mi abuelo murió en combate o si decidió quedarse; nunca volvió. Dos décadas después mi padre integró un ejército mucho más poderoso todavía. Su ausencia se prolongó diez años. Así fue cómo me enteré, a su regreso, por el relato de su experiencia, que China, además de una enorme masa de tierras sin fronteras naturales, “casi un continente”, con múltiples culturas, grupos étnicos y dialectos, era el hogar de un arte superior. No alcancé a comprender (mi padre murió al día siguiente de su regreso, en la cama, luego de un respingo repentino y con un chillido que sonó a resistencia) si con “arte” se refería a las artes sensibles, o al arte de la atracción y asimilación que ejercían los chinos sobre sus pueblos vecinos. En efecto, no pocos pueblos extranjeros habían conseguido alzarse con el poder en vastas zonas de China, pero ninguno había resultado nunca lo suficientemente numeroso para imponerse de manera definitiva y mucho menos todavía para minar el espíritu del imperio; tarde o temprano, los conquistadores consideraban que la mejor solución era hacerse chinos lo más rápido posible.

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Ese fue mi caso. Entré por el norte integrando un módico ejército de 30.000 personas; decir guerreros sería exagerar, aunque muchos de ellos lo eran. Yo era calígrafo. Durante meses marchamos en dirección al centro, hasta que nos topamos con una batalla ajena a nuestros intereses y cambiamos de rumbo. Fuimos al oeste. Un diluvio y un enorme territorio pantanoso e infranqueable nos forzó a estacionarnos en las laderas de las montañas, donde permanecimos varias semanas. El tedio de aquellas interminables semanas de inacción fue tan grande que terminó por hacerse pegajoso, a tal punto que los generales, no obstante el hecho de que la llanura ya estaba otra vez seca, demoraban la partida, dejándolo todo para mañana. Las únicas actividades se daban a propósito del natalicio del rey de alguna de las tribus aliadas, o por el nacimiento de una princesa, o por la conmemoración de tal o cual batalla; entonces había música, se cruzaban cumplidos y felicitaciones y relucían los uniformes y las espadas. Otra lluvia copiosa nos hizo reaccionar y partimos con celeridad, no fuera cosa que se inundara todo de nuevo.

El ejército iba desintegrándose a medida que avanzaba; muchos morían en batallas sin sentido, porque a su término, victoriosos, no sabíamos qué hacer con la ciudad vencida y nos retirábamos luego de arrasarla; otros desertaban; otros se instalaban en las aldeas y poblados que encontrábamos en el camino. Yo me quedé en Ping, una pequeña ciudad a orillas del lago Kuei. Me escondí en un canasto mientras el ejército se reabastecía y no asomé la cabeza hasta que el último hombre se perdió de vista.

Ya en la calle me crucé con un anciano que empujaba un carro. Las ruedas golpearon contra un pozo y del carro cayó algo que me apresuré a recoger para devolverlo a su dueño. Era un libro de tela y caña. El anciano mudaba su biblioteca. Calculé que llevaba unos trescientos volúmenes, y le ofrecí mi ayuda. Tiré del carro hasta una casa en las afueras de la ciudad, descargué los libros y los acomodé en unos estantes mientras el anciano, que se movía muy despacio, entraba y salía de la casa con dos copas de madera y un botellón de cerámica laqueada. Bebimos cómodamente sentados en el suelo, de cara al jardín. Esa misma tarde conocí a Xiu, su nieta, diez años menor que yo. Al otro día me fui a vivir con ellos. Debería decir “me quedé”, porque pasamos los tres la noche en vela hablando de esto y de aquello.

Rigidez y brutalidad no son en absoluto rasgos chinos. Ni Xiu ni su abuelo sentían aprecio por los guerreros; los conflictos armados eran para ellos catástrofes de la naturaleza ante las que lo único que importa es restablecer la paz. Yo estaba tan agradecido de que me hubieran aceptado, a pesar de mi origen, que, como prueba de que no era verdaderamente un invasor y de que mis intereses eran otros, escribí de memoria en un pedazo de papel un poema de Li T’ai-po y se lo alcancé.

El anciano le echó un rápido vistazo.

—Carece de pasión —dijo—. También de flexibilidad, de ternura, de aspereza, de rapidez, de armonía, de equilibrio, de contrastes, de libertad, y de la belleza de lo irregular o desaliñado.

No se refería al poema, desde luego, sino a mi caligrafía, que tanto había practicado. No me ofendí.

Xiu me contó que su abuelo era autor de mil poemas y que tiempo atrás, mucho tiempo atrás, había sido introducido en el ambiente imperial y en varias ocasiones llamado ante el emperador, quien apreciaba sus improvisaciones, siempre brillantes. Pero muy a menudo tenían que ir a buscarlo a las tabernas del mercado y bañarlo para que pudiera acudir a la audiencia, por lo que terminó cayendo en desgracia, lo que no parecía haberlo afectado. Seguía bebiendo. Había dejado de fumar y de escribir.

—No puedo escribir si no fumo —me dijo una tarde, respondiendo a una pregunta mía—, así que ahora no escribo para no fumar. Me hace muchísimo daño. Un poema debe esperar una gran cantidad de tiempo para alcanzar su madurez y yo estoy demasiado viejo ya para aguardar los resultados y comprobar si se trata de un poema logrado o malogrado. De modo que bebo y no escribo.

También había sido un notable ceramista. En la casa conservaba algunas de sus obras. La más admirable era una fuentecita de porcelana con flores de peonías grabadas en dorado; el fondo de la fuentecita y las inflexiones del borde, de cinco lóbulos, reproducían tan naturalmente hojas y flores que el conjunto saltaba con éxito por encima de toda intención lírica o decorativa. A pesar de su exquisita delicadeza, el suyo era un estilo duro.

Xiu, por su parte, era una gran amante y cocinera. Preparaba platos deliciosos con nada y teníamos sexo todas las noches. Para no incomodar a su abuelo, que dormía a metros de nosotros, al llegar al clímax Xiu introducía en mi oreja los labios apretados en forma de cono y soltaba un grito finísimo, inaudible para el anciano, y tan profundo que yo lo seguía oyendo al otro día mientras tomábamos el té. A veces, paseando por la orilla del lago, ella siempre unos pasos por detrás de mí, lo que no quería decir nada en particular, solía darme vuelta y admirar la gracia insumisa con la que se ponía rápidamente a mi lado.

—Me distraje —decía tomándome de un brazo.

Sus pequeños pies influían de una forma extraña y sutil en su manera de caminar. Con las caderas para atrás, a un paso sumamente delicado, se bamboleaba y parecía siempre a punto de caer. Me aseguró que sus piececitos no habían sido vendados de niña, “por suerte”. El pie vendado era la suprema complicación de la imaginación sensual china, de la que Xiu estaba impregnada no obstante el hecho de que sus padres (muertos durante una invasión) los habían dejado crecer en libertad. Aún así eran diminutos. Una tarde bailó de punta sobre un lirio dorado.

Mi felicidad era completa. Tenía una casa, un plato de comida, un maestro y una mujer, la mujer soñada. Estaba satisfecho y en paz.

Mi voluntad de colaboración me jugó en varias ocasiones una mala pasada. Cierta vez modifiqué la tapa del caldero, perforándola para aliviar la presión del agua; otra, afilé el lomo de un cuchillo, convirtiéndolo en un cuchillo de doble hoja. En ambas ocasiones fui severamente censurado. Mi último intento por renovar y mejorar las cosas fue con un banquito de una sola pata en el que el anciano se sentaba cada mañana a escuchar la salida del sol. Le agregué dos patas, seguro de que el anciano agradecería el alivio de no verse forzado a hacer equilibrio cada vez que lo ocupaba. Su reacción fue de profundo desagrado. Arrancó las dos patas, las arrojó lo más lejos que pudo, y dijo que si yo creía que algo no funcionaba bien, lo correcto era que, antes de mover un dedo, me preguntara por qué los antiguos no lo habían hecho de otro modo.

—La verdad se descubrió hace mucho tiempo, jovencito. Es esa vieja verdad lo que hay que apresar.

Desde entonces me limité a cortar leña, a encender el fuego, a mejorar mi caligrafía y a sonreír sin fatalismo ni abandono, libre del deseo de agradar. Ese principio de decisión responsable me unió definitivamente al espíritu del lugar. Podía doblarme como una caña de bambú, bajo cualquier carga, que siempre conseguía incorporarme y colocarme en la actitud correcta, lo que me granjeó un auténtico afecto de parte del anciano y selló el amor de Xiu por mí.

¿Qué más podía pedir? Algunas pregunt ...