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LA CUEVA DE CRISTAL (FRIDAY HARBOR 4)

Lisa Kleypas  

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Fragmento

1

Estaba claro como el agua, pensó Justine Hoffman, apenada, al comprobar que tras noventa y nueve hechizos de amor fallidos el número cien no iba a surtir mayor efecto que los demás.

«Muy bien. Me rindo.»

Nunca se enamoraría. Nunca comprendería ni experimentaría el misterio que fundía un alma con otra. En realidad, siempre lo sospechó, pero había procurado mantenerse lo suficientemente ocupada para no mortificarse demasiado. Sin embargo, el problema de mantenerse ocupada es que antes o después uno se queda sin cosas que hacer y entonces aquello por lo que tanto te habías esforzado por olvidar se convierte en lo único en lo que eres capaz de pensar.

Justine había formulado deseos al ver una estrella fugaz y al soplar las velas de su tarta de cumpleaños, había arrojado monedas en todas las fuentes, había soplado el penacho de un diente de león lanzando las semillas al aire en minúsculos paracaídas emplumados. Con cada deseo había susurrado un conjuro evocador: «Estas palabras anuncian tu suerte... no descansarás mientras yo espere... que el destino te encuentre... el amor te ha atrapado... Ven a mí.»

Sin embargo, su alma gemela nunca había aparecido.

Había leído cuidadosamente cada una de las páginas del manual de magia que su madre le había regalado a los dieciséis años. Pero no había ningún rito ni hechizo para una bruja con el corazón vacío. No había nada para una joven que anhelaba algo tan extraordinario, y sin embargo tan normal, como el amor.

Justine había intentado fingir ante todo el mundo, incluso ante sí misma, que no le importaba. Había dicho más de una vez que no quería ataduras, que no las necesitaba. Sin embargo, en los momentos de soledad se quedaba mirando fijamente el pequeño remolino de agua del desagüe de su bañera o las sombras que espesaban en el rincón de su dormitorio y pensaba: «Quiero sentir.»

Anhelaba esa clase de amor que la llevaría al viaje de su vida. Soñaba con un hombre que le arrancara todas las defensas como si fueran prendas de seda, hasta que al fin fuera capaz de renunciar a sí misma. Tal vez entonces el mundo dejaría de parecerle tan pequeño y las noches tan largas. Tal vez entonces su único deseo sería que la noche nunca llegara a su fin.

La triste procesión de pensamientos fue interrumpida cuando su prima Zoë entró en la cocina.

—Buenos días —dijo alegremente Zoë—. Te he traído el libro que me pediste.

—Ya no lo necesito —dijo Justine, sin apenas levantar la mirada de su taza de café. Estaba sentada a la mesa de madera, con la barbilla apoyada en la mano—. Pero de todos modos, muchas gracias.

Una brisa matinal típica del mes de septiembre se había colado en la posada, mezclada con el aroma salado del océano y un toque de gasóleo de los cercanos muelles de Friday Harbor. El olor resultaba agradable y familiar, pero no mejoraba ni un ápice el estado de ánimo de Justine. Llevaba unas cuantas noches durmiendo mal, y la cafeína no le había servido de nada.

—¿No tienes tiempo para leer? —preguntó Zoë, compasiva—. Puedes quedártelo un tiempo. Yo ya lo he leído tantas veces que prácticamente lo tengo memorizado.

Sus rubios rizos se arremolinaron sobre sus hombros cuando dejó la novela romántica frente a Justine. Sus páginas estaban gastadas y amarillentas por el paso del tiempo, algunas de ellas apenas se sujetaban al lomo. En la portada, una mujer envuelta en un salto de cama de satén dorado parecía desmayarse lánguidamente.

—¿Por qué leer algo una y otra vez si ya conoces el final? —preguntó Justine.

—Porque vale la pena leer un buen «Y vivieron felices por siempre jamás» más de una vez.

Zoë se ató un delantal y se recogió el pelo hábilmente con una pinza de plástico.

Justine sonrió a regañadientes y se frotó los ojos, al tiempo que pensaba que nadie se merecía más un «Y vivieron felices por siempre jamás» como la misma Zoë. A pesar de que solo eran primas lejanas y apenas se habían visto a lo largo de su infancia, casi se habían convertido en hermanas.

Hacía más de dos años que Justine le había pedido a Zoë, una talentosa chef, que viniera a trabajar a su posada en Friday Harbor, el Artist's Point. Justine se encargaba de la gestión en general, que incluía toda la parte de oficina, la limpieza y el mantenimiento del edificio, mientras que Zoë se ocupaba del inventario, de las compras y de la cocina. Zoë y sus dotes culinarias habían resultado tan esenciales para el éxito de la posada que Justine le había ofrecido ser su socia.

Su colaboración constituía un equilibrio perfecto: la naturaleza impulsiva y abierta de Justine se veía atemperada por la diplomacia y la paciencia de Zoë. Compartían un fuerte sentido de la lealtad, conocían lo mejor y lo peor la una de la otra y se confiaban mutuamente sus sueños, sus miedos y sus inseguridades. Sin embargo, lo mejor de su relación no eran las cosas en las que estaban de acuerdo; curiosamente, eran los desacuerdos lo que las ayudaba a ver las cosas desde un nuevo punto de vista.

Juntas habían hecho del Artist's Point un lugar de éxito, popular tanto entre los turistas como entre los lugareños. Acogían bodas y fiestas privadas y celebraban actos mensualmente, como clases de cocina y catas de vinos. Durante la temporada turística de la isla, la posada solía estar al completo o casi, e incluso en temporada baja la ocupación era de un treinta y cinco por ciento.

No existía ningún parecido físico que saltara a la vista entre las dos primas: Justine era alta y esbelta, con el pelo y los ojos castaños, mientras que Zoë era un bombón rubio que llevaba a algunos hombres a reaccionar como los antiguos personajes de los dibujos animados. Los tipos a los que los ojos les saltaban de las órbitas y les colgaba la lengua, al tiempo que unos soplos de vapor salían de sus orejas. El encanto voluptuoso de Zoë siempre había atraído a hombres que le habían dedicado terribles frases seductoras y la habían tratado como si tuviera el coeficiente intelectual de una planta de interior.

Con el fin de animar a Justine para que leyera la novela romántica, Zoë le dijo en tono alentador:

—Intenta leer unas cuantas páginas de prue

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