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LA DAGA (LA MATERIA OSCURA II)

Philip Pullman  

5


Fragmento

1

El gato y los olmos

—Deprisa, vamos… —apremió Will a su madre al tiempo que le tiraba de la mano.

Su madre, no obstante, se resistía a avanzar, pues aún tenía miedo. Will inspeccionó la estrecha calle que discurría entre dos hileras de casas, cada una provista de un pequeño jardín y un seto; en las ventanas de un lado se reflejaba el sol del atardecer, mientras que en las del otro se asentaba la penumbra. Quedaba poco tiempo. La gente debía de estar cenando y pronto los niños saldrían a la calle, y los mirarían, se fijarían en ellos, harían comentarios. Resultaba peligroso demorarse, pero como de costumbre lo único que podía hacer era tratar de convencerla.

—Mamá, vamos, entraremos en casa de la señora Cooper —propuso—. Mira, casi hemos llegado.

—¿La señora Cooper? —preguntó ella con aire dubitativo.

Él ya llamaba al timbre. Había tenido que dejar la bolsa en el suelo, porque todavía llevaba cogida de la mano a su madre. A sus doce años no le habría gustado que lo vieran así, pero sabía qué le ocurriría a ella si la soltaba.

Se abrió la puerta y en el umbral apareció la encorvada figura de la anciana profesora de piano, envuelta en un aroma a colonia de lavanda, tal como la recordaba.

—¿Quién ha venido? ¿Eres tú, William? —dijo la anciana—. Hacía más de un año que no te veía. ¿Qué quieres, guapo?

—Me gustaría entrar, por favor, y hacer pasar a mi madre —contestó con firmeza.

La señora Cooper miró a la mujer, que tenía el cabello alborotado, una media sonrisa en los labios y una expresión ausente en el rostro, y al niño, con la mirada ardiente y entristecida, los labios apretados y la mandíbula tensa. Enseguida advirtió que la señora Parry, la madre de Will, se había pintado solo un ojo y no se había dado cuenta; tampoco Will. Aquello era muy raro.

—Bueno… —aceptó, apartándose hacia un lado para franquearles la entrada al angosto pasillo.

Antes de cerrar la puerta Will miró a ambos lados de la calle, y la señora Cooper observó la fuerza con que la señora Parry se aferraba a la mano de su hijo y la ternura con que este la conducía hasta el salón donde estaba el piano (la única habitación de la casa que él conocía). También reparó en el tenue olor a humedad que desprendía la ropa de la señora Parry, como si hubiera permanecido demasiado tiempo en la lavadora antes de tenderla, y en el gran parecido entre ambos —los anchos pómulos, los grandes ojos y las rectas cejas negras— mientras permanecían sentados en el sofá, iluminados por el sol vespertino.

—¿Qué ocurre, William? —preguntó la anciana.

—Mi madre necesita un sitio donde quedarse unos días —explicó—. Ahora mismo me resulta muy difícil cuidar de ella. Eso no significa que esté enferma. Solo está, digamos, un poco confusa y desorientada, y a veces se preocupa demasiado. No le causará problemas. Solo necesita alguien amable a su lado, y por eso he pensado en usted.

La mujer observaba a su hijo como si no comprendiera sus palabras, y la señora Cooper se percató de que tenía un morado en la mejilla. Will miraba fijamente a la señora Cooper con cara de desesperación.

—No le supondrá ningún gasto —continuó—. He traído algunos paquetes de comida. Creo que serán suficientes. A ella no le importará compartirlos con usted.

—Pero… No sé si debería… ¿No convendría que la examinara un médico?

—¡No! No está enferma.

—Pero debe de haber alguien que acepte ocuparse de ella… un vecino o un pariente…

—No tenemos familiares. Estamos los dos solos. Y los vecinos están demasiado atareados.

—¿Y los servicios de asistencia social? No pretendo darte la espalda, cariño, pero…

—¡No! Solo necesita un poco de ayuda. Yo no podré atenderla durante un tiempo, no demasiado. Voy a… Tengo asuntos que resolver. Regresaré pronto y me la llevaré de nuevo a casa, se lo prometo. No tendrá que cuidarla mucho tiempo.

La madre miraba con gran confianza al muchacho, que la tranquilizó con una sonrisa tan cargada de amor que la señora Cooper no pudo negarse.

—De acuerdo —concedió volviéndose hacia a la señora Parry—. Estoy segura de que no pasará nada porque se quede un par de días. Se instalará en la habitación de mi hija, querida. Como ella está en Australia, no la necesita.

—Gracias —dijo Will. Acto seguido se levantó, como si tuviera prisa por marcharse.

—Pero ¿adónde irás tú? —preguntó la señora Cooper.

—Me quedaré con un amigo —contestó—. Llamaré por teléfono a menudo, siempre que pueda. Tengo su número, descuide.

Se inclinó para besar con torpeza a su madre, que lo miraba con desconcierto.

—No te preocupes —dijo—. La señora Cooper te atenderá mejor que yo, de verdad. Y mañana telefonearé para hablar contigo.

Se abrazaron un momento y Will la besó de nuevo con ternura antes de soltarse de sus brazos, todavía prendidos en su cuello, para encaminarse hacia la puerta. La señora Cooper advirtió por el brillo de sus ojos que estaba emocionado. Aun así el chiquillo, sin descuidar las formas, se volvió y le tendió la mano.

—Adiós —dijo—, y muchísimas gracias.

—William, me gustaría que me explicaras qué ocurre…

—Es un poco complicado —repuso—. En cualquier caso ella no le dará problemas, se lo aseguro.

La señora Cooper no había preguntado eso, y ambos lo sabían. De todos modos, estaba claro que Will había asumido el control de aquel asunto, fuera cual fuese su naturaleza. La anciana pensó que nunca había visto tal determinación en un niño.

Will dio media vuelta, pensando ya en la solitaria casa.

Will vivía con su madre en una moderna urbanización de solo doce casas, de las cuales la suya era sin duda la más destartalada. En el jardín delantero, un mero trozo de tierra plagado de malas hierbas, su madre había plantado algunos arbustos a principios de año, pero habían muerto por falta de riego. Cuando Will dobló la esquina, su gato Moxie, que se encontraba en su sitio predilecto, bajo la hortensia que aún seguía con vida, se desperezó antes de saludarlo con un quedo maullido y restregar la cabeza contra su pierna.

—¿Han vuelto, Moxie? —le susurró Will al tiempo que lo levantaba—. ¿Los has visto?

En la casa reinaba el silencio. Bajo la última luz del crepúsculo el vecino de enfrente lavaba el coche, pero no se fijó en Will, y tampoco este lo miró. Cuanto menos llamara la atención, mejor.

Con Moxie en brazos, abrió la puerta y se apresuró a entrar. Después aguzó el oído antes de dejarlo en el suelo. No se percibía ningún ruido; no había nadie en el interior.

Abrió una lata para el gato, que se quedó comiendo en la cocina. ¿Cuánto tardarían en regresar aquellos hombres? No había forma de preverlo, de manera que convenía actuar con rapidez. Fue al piso de arriba y comenzó a revolver.

Buscaba un estuche de papel de escribir, de gastado cuero verde. Es sorprendente la cantidad de sitios donde puede esconderse algo de ese tamaño en una vulgar casa moderna; no se precisan cavidades secretas ni vastos sótanos para dificultar su localización. Will registró primero el dormitorio de su madre, avergonzado de revolver los cajones donde ella guardaba la ropa interior, y después examinó de modo sistemático las restantes habitaciones del piso superior, incluida la suya. Moxie, que acudió a ver qué hacía, permaneció a su lado, aseándose.

No encontró el estuche.

Para entonces ya había anochecido y tenía hambre. Se sirvió unas judías cocidas sobre unas tostadas y se instaló en la mesa de la cocina, preguntándose por dónde empezaría el registro de la planta inferior.

Tan pronto como hubo acabado de cenar sonó el teléfono.

Se mantuvo totalmente inmóvil, mientras los latidos de su corazón se aceleraban. Contó veintiséis timbrazos hasta que cesaron. Entonces dejó el plato en el fregadero y reanudó la búsqueda.

Cuatro horas más tarde, a la una y media, aún no había encontrado el estuche de cuero verde. Se tumbó exhausto en la cama, sin desvestirse, y se durmió en el acto. Se sucedieron los sueños cargados de tensión, presididos siempre por el triste y asustado rostro de su madre, que aparecía distante.

Y casi de inmediato (esa fue su impresión, aunque en realidad llevaba durmiendo casi tres horas) despertó armado de dos certezas. La primera: conocía el paradero del estuche, y la segunda: sabía que los hombres estaban abajo, abriendo la puerta de la cocina.

Apartó a Moxie para que no le estorbara y con un quedo siseo acalló las soñolientas protestas del animal. Después se sentó en el borde de la cama y se calzó, con el cuerpo en tensión, atento a los sonidos, apenas perceptibles, que se producían abajo; una silla levantada con cuidado, un breve cuchicheo, un crujido de la madera del suelo.

Con mayor sigilo que los intrusos salió de su dormitorio y se dirigió de puntillas a la habitación desocupada, en lo alto de la escalera. La grisácea y fantasmagórica luz previa al amanecer le permitió ver la vieja máquina de coser de pedal. Había registrado meticulosamente esa estancia tan solo unas horas antes, pero había olvidado el compartimento lateral de la máquina, donde se guardaban los patrones y las bobinas de hilo.

Palpó con delicadeza su contorno, atento a los ruidos de la casa. Los hombres se desplazaban por el piso inferior, y Will advirtió en el resquicio de la puerta un tenue centelleo de luz que bien podía proceder de una linterna.

Enseguida encontró el resorte de apertura del compartimento, lo accionó, y allí estaba, tal como había previsto, el estuche de cuero.

Y ahora, ¿qué podía hacer?

Nada por el momento. Se acurrucó en la penumbra, con el oído aguzado y el corazón palpitante.

Los dos hombres se encontraban en la sala de estar.

—Vamos —oyó decir a uno de ellos—. Se acerca el lechero.

—Pero aún no ha llegado —repuso el otro—. Hemos de mirar arriba.

—Ve pues. No pierdas más tiempo.

Will se armó de valor al percibir el leve crujido del último escalón. El hombre se movía con mucho sigilo, pero como no conocía la escalera no pudo evitar un crujido. Se produjo un silencio, y a continuación un fino rayo de luz de linterna barrió el suelo fuera: Will lo vio a través de la rendija de la puerta.

Luego esta comenzó a moverse. Will aguardó hasta que el individuo se situó bajo el dintel para surgir de la oscuridad y precipitarse contra su vientre.

Ninguno de los dos vio al gato.

Mientras el intruso llegaba al último escalón, Moxie había salido silenciosamente de la habitación y se había colocado con la cola levantada detrás de sus piernas, dispuesto a restregarse contra ellas. El hombre podría haberse zafado de Will, porque era un tipo duro y preparado, en buenas condiciones físicas, pero al tratar de retroceder se topó con el gato y tropezó. Con un grito de asombro cayó de espaldas por la escalera y se golpeó la cabeza contra la mesa de la sala.

Will oyó un desagradable sonido, pero no se entretuvo en indagar el desenlace. Se deslizó por la barandilla, sorteó con un salto el cuerpo del hombre, que se encogía agitado por espasmos, cogió la gastada bolsa de la compra que había quedado encima de la mesa, salió por la puerta y ya se alejaba de la casa cuando el otro individuo salió de la sala para averiguar qué ocurría.

A pesar de las prisas y el miedo, Will se extrañó de que no le gritara ni se lanzara a correr tras él. De todas formas pronto lo perseguirían, con sus coches y sus teléfonos. Solo cabía huir.

Vio al lechero enfilar la calle con su coche eléctrico, cuyos faros apenas se distinguían en la tenue luz del amanecer. Will saltó la valla del jardín de los vecinos, bordeó la casa, pasó al jardín contiguo, recorrió el césped empapado de rocío y, tras atravesar el seto, se adentró en la maraña de arbustos y árboles que crecían entre la urbanización y la carretera principal.

Allí se agazapó bajo un matorral y se dejó caer en el suelo, jadeando y tembloroso. Era demasiado pronto para salir a la carretera: más valía esperar la hora punta de tráfico y el ajetreo matinal.

No lograba apartar de su mente el crujido que se había producido al chocar la cabeza del hombre contra la mesa, ni la posición de su cuello, torcido de forma tan antinatural, ni los horripilantes espasmos de sus brazos y piernas. Estaba muerto. Él lo había matado.

No se le iba de la cabeza, pero debía olvidarlo. Ya tenía bastantes preocupaciones. ¿Estaría su madre a salvo? La señora Cooper no diría nada, ¿o sí? ¿Guardaría silencio incluso si él no volvía tal como había prometido? Porque ahora que había matado a un hombre no podía ir a su casa.

Y Moxie. ¿Quién le daría de comer? ¿Se preguntaría dónde estaban él y su madre? ¿Trataría de seguirlos?

La luz del día, que ganaba rápidamente terreno, le permitió examinar el contenido de la bolsa de la compra: el monedero de su madre, la última carta del abogado, el mapa de carreteras del sur de Inglaterra, chocolatinas, un cepillo de dientes y calcetines y calzoncillos de repuesto. Y el estuche de papel de escribir.

Todo estaba allí. Todo se desarrollaba según había planeado.

Todo, salvo que había matado a un hombre.

Will comenzó a tomar conciencia de que su madre era diferente de las demás personas, y de que debía cuidar de ella cuando tenía siete años. Estaban en un supermercado, divirtiéndose con un juego que consistía en introducir un producto en el carrito cuando nadie los mirara. Cada vez que Will, que se encargaba de vigilar, susurraba «Ahora», ella cogía una lata o un paquete del estante y se apresuraba a colocarlo en el carro. Una vez dentro, los artículos quedaban a salvo, porque se volvían invisibles.

Resultaba muy entretenido, de modo que estuvieron enfrascados en él largo rato, porque aunque era un sábado por la mañana y el establecimiento estaba lleno, eran unos jugadores muy hábiles y compenetrados. Entre los dos existía una gran confianza. Will quería mucho a su madre y a menudo se lo decía, y ella hacía lo mismo con él.

Al llegar a la caja Will se sentía contento y excitado, porque estaban a punto de ganar. Cuando su madre no encontró el monedero, lo tomó como parte del juego, incluso cuando ella afirmó que debían

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