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LA DAGA (LA MATERIA OSCURA II)

Philip Pullman  

5


Fragmento

1

El gato y los olmos

—Deprisa, vamos… —apremió Will a su madre al tiempo que le tiraba de la mano.

Su madre, no obstante, se resistía a avanzar, pues aún tenía miedo. Will inspeccionó la estrecha calle que discurría entre dos hileras de casas, cada una provista de un pequeño jardín y un seto; en las ventanas de un lado se reflejaba el sol del atardecer, mientras que en las del otro se asentaba la penumbra. Quedaba poco tiempo. La gente debía de estar cenando y pronto los niños saldrían a la calle, y los mirarían, se fijarían en ellos, harían comentarios. Resultaba peligroso demorarse, pero como de costumbre lo único que podía hacer era tratar de convencerla.

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—Mamá, vamos, entraremos en casa de la señora Cooper —propuso—. Mira, casi hemos llegado.

—¿La señora Cooper? —preguntó ella con aire dubitativo.

Él ya llamaba al timbre. Había tenido que dejar la bolsa en el suelo, porque todavía llevaba cogida de la mano a su madre. A sus doce años no le habría gustado que lo vieran así, pero sabía qué le ocurriría a ella si la soltaba.

Se abrió la puerta y en el umbral apareció la encorvada figura de la anciana profesora de piano, envuelta en un aroma a colonia de lavanda, tal como la recordaba.

—¿Quién ha venido? ¿Eres tú, William? —dijo la anciana—. Hacía más de un año que no te veía. ¿Qué quieres, guapo?

—Me gustaría entrar, por favor, y hacer pasar a mi madre —contestó con firmeza.

La señora Cooper miró a la mujer, que tenía el cabello alborotado, una media sonrisa en los labios y una expresión ausente en el rostro, y al niño, con la mirada ardiente y entristecida, los labios apretados y la mandíbula tensa. Enseguida advirtió que la señora Parry, la madre de Will, se había pintado solo un ojo y no se había dado cuenta; tampoco Will. Aquello era muy raro.

—Bueno… —aceptó, apartándose hacia un lado para franquearles la entrada al angosto pasillo.

Antes de cerrar la puerta Will miró a ambos lados de la calle, y la señora Cooper observó la fuerza con que la señora Parry se aferraba a la mano de su hijo y la ternura con que este la conducía hasta el salón donde estaba el piano (la única habitación de la casa que él conocía). También reparó en el tenue olor a humedad que desprendía la ropa de la señora Parry, como si hubiera permanecido demasiado tiempo en la lavadora antes de tenderla, y en el gran parecido entre ambos —los anchos pómulos, los grandes ojos y las rectas cejas negras— mientras permanecían sentados en el sofá, iluminados por el sol vespertino.

—¿Qué ocurre, William? —preguntó la anciana.

—Mi madre necesita un sitio donde quedarse unos días —explicó—. Ahora mismo me resulta muy difícil cuidar de ella. Eso no significa que esté enferma. Solo está, digamos, un poco confusa y desorientada, y a veces se preocupa demasiado. No le causará problemas. Solo necesita alguien amable a su lado, y por eso he pensado en usted.

La mujer observaba a su hijo como si no comprendiera sus palabras, y la señora Cooper se percató de que tenía un morado en la mejilla. Will miraba fijamente a la señora Cooper con cara de desesperación.

—No le supondrá ningún gasto —continuó—. He traído algunos paquetes de comida. Creo que serán suficientes. A ella no le importará compartirlos con usted.

—Pero… No sé si debería… ¿No convendría que la examinara un médico?

—¡No! No está enferma.

—Pero debe de haber alguien que acepte ocuparse de ella… un vecino o un pariente…

—No tenemos familiares. Estamos los dos solos. Y los vecinos están demasiado atareados.

—¿Y los servicios de asistencia social? No pretendo darte la espalda, cariño, pero…

—¡No! Solo necesita un poco de ayuda. Yo no podré atenderla durante un tiempo, no demasiado. Voy a… Tengo asuntos que resolver. Regresaré pronto y me la llevaré de nuevo a casa, se lo prometo. No tendrá que cuidarla mucho tiempo.

La madre miraba con gran confianza al muchacho, que la tranquilizó con una sonrisa tan cargada de amor que la señora Cooper no pudo negarse.

—De acuerdo —concedió volviéndose hacia a la señora Parry—. Estoy segura de que no pasará nada porque se quede un par de días. Se instalará en la habitación de mi hija, querida. Como ella está en Australia, no la necesita.

—Gracias —dijo Will. Acto seguido se levantó, como si tuviera prisa por marcharse.

—Pero ¿adónde irás tú? —preguntó la señora Cooper.

—Me quedaré con un amigo —contestó—. Llamaré por teléfono a menudo, siempre que pueda. Tengo su número, descuide.

Se inclinó para besar con torpeza a su madre, que lo miraba con desconcierto.

—No te preocupes —dijo—. La señora Cooper te atenderá mejor que yo, de verdad. Y mañana telefonearé para hablar contigo.

Se abrazaron un momento y Will la besó de nuevo con ternura antes de soltarse de sus brazos, todavía prendidos en su cuello, para encaminarse hacia la puerta. La señora Cooper advirtió por el brillo de sus ojos que estaba emocionado. Aun así el chiquillo, sin descuidar las formas, se volvió y le tendió la mano.

—Adiós —dijo—, y muchísimas gracias.

—William, me gustaría que me explicaras qué ocurre…

—Es un poco complicado —repuso—. En cualquier caso ella no le dará problemas, se lo aseguro.

La señora Cooper no había preguntado eso, y ambos lo sabían. De todos modos, estaba claro que Will había asumido el control de aquel asunto, fuera cual fuese su naturaleza. La anciana pensó que nunca había visto tal determinación en un niño.

Will dio media vuelta, pensando ya en la solitaria casa.

Will vivía con su madre en una moderna urbanización de solo doce casas, de las cuales la suya era sin duda la más destartalada. En el jardín delantero, un mero trozo de tierra plagado de malas hierbas, su madre había plantado algunos arbustos a principios de año, pero habían muerto por falta de riego. Cuando Will dobló la esquina, su gato Moxie, que se encontraba en su sitio predilecto, bajo la hortensia que aún seguía con vida, se desperezó antes de saludarlo con un quedo maullido y restregar la cabeza contra su pierna.

—¿Han vuelto, Moxie? —le susurró Will al tiempo que lo levantaba—. ¿Los has visto?

En la casa reinaba el silencio. Bajo la última luz del crepúsculo el vecino de enfrente lavaba el coche, pero no se fijó en Will, y tampoco este lo miró. Cuanto menos llamara la atención, mejor.

Con Moxie en brazos, abrió la puerta y se apresuró a entrar. Después aguzó el oído antes de dejarlo en el suelo. No se percibía ningún ruido; no había nadie en el interior.

Abrió una lata para el gato, que se quedó comiendo en la cocina. ¿Cuánto tardarían en regresar aquellos hombres? No había forma de preverlo, de manera que convenía actuar con rapidez. Fue al piso de arriba y comenzó a revolver.

Buscaba un estuche de papel de escribir, de gastado cuero verde. Es sorprendente la cantidad de sitios donde puede esconderse algo de ese tamaño en una vulgar casa moderna; no se precisan cavidades secretas ni vastos sótanos para dificultar su localización. Will registró primero el dormitorio de su madre, avergonzado de revolver los cajones donde ella guardaba la ropa interior, y después examinó de modo sistemático las restantes habitaciones del piso superior, incluida la suya. Moxie, que acudió a ver qué hacía, permaneció a su lado, aseándose.

No encontró el estuche.

Para entonces ya había anochecido y tenía hambre. Se sirvió unas judías cocidas sobre unas tostadas y se instaló en la mesa de la cocina, preguntándose por dónde empezaría el registro de la planta inferior.

Tan pronto como hubo acabado de cenar sonó el teléfono.

Se mantuvo totalmente inmóvil, mientras los latidos de su corazón se aceleraban. Contó veintiséis timbrazos hasta que cesaron. Entonces dejó el plato en el fregadero y reanudó la búsqueda.

Cuatro horas más tarde, a la una y media, aún no había encontrado el estuche de cuero verde. Se tumbó exhausto en la cama, sin desvestirse, y se durmió en el acto. Se sucedieron los sueños cargados de tensión, presididos siempre por el triste y asustado rostro de su madre, que aparecía distante.

Y casi de inmediato (esa fue su impresión, aunque en realidad llevaba durmiendo casi tres horas) despertó armado de dos certezas. La primera: conocía el paradero del estuche, y la segunda: sabía que los hombres estaban abajo, abriendo la puerta de la cocina.

Apartó a Moxie para que no le estorbara y con un quedo siseo acalló las soñolientas protestas del animal. Después se sentó en el borde de la cama y se calzó, con el cuerpo en tensión, atento a los sonidos, apenas perceptibles, que se producían abajo; una silla levantada con cuidado, un breve cuchicheo, un crujido de la madera del suelo.

Con mayor sigilo que los intrusos salió de su dormitorio y se dirigió de puntillas a la habitación desocupada, en lo alto de la escalera. La grisácea y fantasmagórica luz previa al amanecer le permitió ver la vieja máquina de coser de pedal. Había registrado meticulosamente esa estancia tan solo unas horas antes, pero había olvidado el compartimento lateral de la máquina, donde se guardaban los patrones y las bobinas de hilo.

Palpó con delicadeza su contorno, atento a los ruidos de la casa. Los hombres se desplazaban por el piso inferior, y Will advirtió en el resquicio de la puerta un tenue centelleo de luz que bien podía proceder de una linterna.

Enseguida encontró el resorte de apertura del compartimento, lo accionó, y allí estaba, tal como había previsto, el estuche de cuero.

Y ahora, ¿qué podía hacer?

Nada por el momento. Se acurrucó en la penumbra, con el oído aguzado y el corazón palpitante.

Los dos hombres se encontraban en la sala de estar.

—Vamos —oyó decir a uno de ellos—. Se acerca el lechero.

—Pero aún no ha llegado —repuso el otro—. Hemos de mirar arriba.

—Ve pues. No pierdas más tiempo.

Will se armó de valor al percibir el leve crujido del último escalón. El hombre se movía con mucho sigilo, pero como no conocía la escalera no pudo evitar un crujido. Se produjo un silencio, y a continuación un fino rayo de luz de linterna barrió el suelo fuera: Will lo vio a través de la rendija de la puerta.

Luego esta comenzó a moverse. Will aguardó hasta que el individuo se situó bajo el dintel para surgir de la oscuridad y precipitarse contra su vientre.

Ninguno de los dos vio al gato.

Mientras el intruso llegaba al último escalón, Moxie había salido silenciosamente de la habitación y se había colocado con la cola levantada detrás de sus piernas, dispuesto a restregarse contra ellas. El hombre podría haberse zafado de Will, porque era un tipo duro y preparado, en buenas condiciones físicas, pero al tratar de retroceder se topó con el gato y tropezó. Con un grito de asombro cayó de espaldas por la escalera y se golpeó la cabeza contra la mesa de la sala.

Will oyó un desagradable sonido, pero no se entretuvo en indagar el desenlace. Se deslizó por la barandilla, sorteó con un salto el cuerpo del hombre, que se encogía agitado por espasmos, cogió la gastada bolsa de la compra que había quedado encima de la mesa, salió por la puerta y ya se alejaba de la casa cuando el otro individuo salió de la sala para averiguar qué ocurría.

A pesar de las prisas y el miedo, Will se extrañó de que no le gritara ni se lanzara a correr tras él. De todas formas pronto lo perseguirían, con sus coches y sus teléfonos. Solo cabía huir.

Vio al lechero enfilar la calle con su coche eléctrico, cuyos faros apenas se distinguían en la tenue luz del amanecer. Will saltó la valla del jardín de los vecinos, bordeó la casa, pasó al jardín contiguo, recorrió el césped empapado de rocío y, tras atravesar el seto, se adentró en la maraña de arbustos y árboles que crecían entre la urbanización y la carretera principal.

Allí se agazapó bajo un matorral y se dejó caer en el suelo, jadeando y tembloroso. Era demasiado pronto para salir a la carretera: más valía esperar la hora punta de tráfico y el ajetreo matinal.

No lograba apartar de su mente el crujido que se había producido al chocar la cabeza del hombre contra la mesa, ni la posición de su cuello, torcido de forma tan antinatural, ni los horripilantes espasmos de sus brazos y piernas. Estaba muerto. Él lo había matado.

No se le iba de la cabeza, pero debía olvidarlo. Ya tenía bastantes preocupaciones. ¿Estaría su madre a salvo? La señora Cooper no diría nada, ¿o sí? ¿Guardaría silencio incluso si él no volvía tal como había prometido? Porque ahora que había matado a un hombre no podía ir a su casa.

Y Moxie. ¿Quién le daría de comer? ¿Se preguntaría dónde estaban él y su madre? ¿Trataría de seguirlos?

La luz del día, que ganaba rápidamente terreno, le permitió examinar el contenido de la bolsa de la compra: el monedero de su madre, la última carta del abogado, el mapa de carreteras del sur de Inglaterra, chocolatinas, un cepillo de dientes y calcetines y calzoncillos de repuesto. Y el estuche de papel de escribir.

Todo estaba allí. Todo se desarrollaba según había planeado.

Todo, salvo que había matado a un hombre.

Will comenzó a tomar conciencia de que su madre era diferente de las demás personas, y de que debía cuidar de ella cuando tenía siete años. Estaban en un supermercado, divirtiéndose con un juego que consistía en introducir un producto en el carrito cuando nadie los mirara. Cada vez que Will, que se encargaba de vigilar, susurraba «Ahora», ella cogía una lata o un paquete del estante y se apresuraba a colocarlo en el carro. Una vez dentro, los artículos quedaban a salvo, porque se volvían invisibles.

Resultaba muy entretenido, de modo que estuvieron enfrascados en él largo rato, porque aunque era un sábado por la mañana y el establecimiento estaba lleno, eran unos jugadores muy hábiles y compenetrados. Entre los dos existía una gran confianza. Will quería mucho a su madre y a menudo se lo decía, y ella hacía lo mismo con él.

Al llegar a la caja Will se sentía contento y excitado, porque estaban a punto de ganar. Cuando su madre no encontró el monedero, lo tomó como parte del juego, incluso cuando ella afirmó que debían de habérselo robado los enemigos. Sin embargo, pronto comenzó a sentirse cansado y tenía hambre; además, su madre ya no estaba alegre, sino asustada. Recorrieron los pasillos para devolver los productos a los estantes, pero esa vez tuvieron que actuar con mayor cautela aún porque los enemigos los perseguían a través de los números de su tarjeta de crédito, que habían averiguado porque tenían su monedero…

Invadido también por un miedo creciente, Will reconoció que su madre había obrado con gran inteligencia al transformar aquel peligro real en un juego a fin de no alarmarlo y concluyó que, ahora que había descubierto la verdad, debía fingir que no albergaba ningún temor para no preocuparla.

Así pues, el niño simuló que aún se trataba de un juego para evitar que se inquietara, y regresaron a casa sin haber comprado nada, pero a salvo de los enemigos. Al llegar, Will encontró el monedero en la mesa de la sala de estar. El lunes fueron al banco para cancelar la cuenta, y abrieron una nueva en otra entidad, por si acaso. Así salvaron el peligro.

En el curso de los meses siguientes, Will tomó conciencia de que los enemigos de su madre no existían en el mundo exterior, sino solo en su mente. Sin embargo, no por ello eran menos reales ni menos imponentes y peligrosos; al contrario, aquello exigía extremar las precauciones para cuidar de ella. Desde el momento en que comprendió en el supermercado que debía fingir para no preocupar a su madre, Will se mantenía siempre alerta, pendiente de sus angustias. La quería tanto que habría dado la vida para protegerla.

El padre de Will había desaparecido mucho antes, cuando él era demasiado pequeño para conservar algún recuerdo suyo. Will sentía una viva curiosidad por su padre y a menudo atosigaba a su progenitora con preguntas, para la mayoría de las cuales ella carecía de respuesta.

—¿Era rico?

—¿Adónde fue?

—¿Por qué se marchó?

—¿Está muerto?

—¿Volverá?

—¿Cómo era?

Esa última pregunta era la única que podía contestar. John Parry era un hombre apuesto, un valiente e inteligente oficial de la Marina Real, que había dejado el ejército para convertirse en explorador y dirigir expediciones a lugares remotos del mundo. Will vibraba de entusiasmo al oírlo. Sin duda no existía un padre más interesante que aquel, un explorador. A partir de entonces en todos sus juegos contó con un compañero invisible: él y su padre se abrían paso por la selva a machetazos, contemplaban tempestuosos mares desde la cubierta de una goleta, descifraban a la luz de las antorchas las misteriosas inscripciones de una cueva infestada de murciélagos… Eran amigos incondicionales que se salvaban la vida un sinfín de veces, reían y charlaban al calor de una fogata hasta entrada la noche.

A medida que crecía, comenzaron a multiplicarse los interrogantes de Will. ¿Por qué no había fotografías de su padre en compañía de hombres de barba helada sobre un trineo en el Ártico, por ejemplo, o examinando unas ruinas invadidas por la maleza en la selva? ¿Se habían perdido los trofeos y curiosidades que por fuerza debía de haber llevado de vuelta a casa? ¿No se había escrito nada acerca de él en algún libro?

Su madre no lo sabía. Le dijo, sin embargo, algo que se le quedó grabado en la mente.

«Un día —pronosticó—, seguirás los pasos de tu padre. Serás un gran hombre como él. Tú tomarás su manto…»

Aun sin saber qué significaban aquellas palabras, Will comprendió su sentido y se sintió henchido de orgullo, provisto de un objetivo para el futuro. Todos sus juegos se harían realidad. Su padre estaba vivo, perdido en algún lugar recóndito, y él lo rescataría y tomaría su manto… Merecía la pena vivir con dificultades si se tenía una meta tan gloriosa como aquella.

Will optó por mantener en secreto los trastornos de su madre. En los períodos en que esta se encontraba más serena, aprovechó para aprender de ella a comprar, cocinar y mantener limpia la casa con la intención de hacerlo cuando la embargaban la confusión y el miedo. También aprendió a ocultarse, a pasar inadvertido en el colegio, a no atraer la atención de los vecinos, aun en los momentos en que su madre se hallaba tan atenazada por el pánico y la locura que apenas si podía hablar. Will temía sobre todo que las autoridades se enteraran de su estado, se la llevaran y lo mandaran a él al hogar de unos desconocidos. Cualquier dificultad era preferible a aquello. Cuando su madre salía de su ofuscación, volvía a estar contenta y se reía de sus temores y lo bendecía por haber cuidado tan bien de ella. Entonces rebosaba tanto amor y ternura que él no podía concebir una compañía mejor ni deseaba otra cosa que vivir con ella.

Más tarde aparecieron aquellos hombres.

No eran policías, ni asistentes sociales, y tampoco delincuentes… por lo menos así se lo pareció a Will. Se negaron a decirle qué querían, a pesar de sus esfuerzos por impedir que entraran; solo estaban dispuestos a hablar con su madre, que precisamente entonces se hallaba en una situación especialmente delicada.

De todos modos escuchó detrás de la puerta. Al oírles preguntar por su padre, sintió que se le agitaba la respiración.

Querían saber el paradero de John Parry, si le había enviado algo, cuándo había recibido por última vez noticias de él y si se había puesto en contacto con alguna embajada extranjera. Al percibir que la angustia de su madre se acentuaba por momentos Will irrumpió en la habitación y les ordenó que se marcharan.

Habló con tal vehemencia que aquellos individuos no se rieron de él, pese a su corta edad. Podrían haberlo derribado con facilidad o levantado en vilo con una sola mano, pero él estaba enardecido de rabia, inasequible al miedo.

Se fueron. Aquel episodio fortaleció la convicción de Will: su padre había sufrido algún percance, y solo él podía ayudarlo. Sus juegos dejaron de ser un entretenimiento infantil, y procuraba que nadie lo viera cuando se entregaba a ellos. El contenido de sus fantasías se hacía realidad y debía mostrarse digno de ella.

Los hombres regresaron al poco tiempo e insistieron en que la madre de Will tenía algo que contarles. Se presentaron cuando Will se encontraba en el colegio, y mientras uno hablaba con la mujer en la primera planta los demás registraban los dormitorios. Ella no se percató de ello. Will volvió temprano a casa y al verlos les habló con tanta furia como la vez anterior y consiguió de nuevo que se marcharan.

Parecían estar seguros de que no acudiría a la policía por temor a que las autoridades se llevaran a su madre, y su atrevimiento era cada vez mayor. Finalmente entraron en la casa cuando Will fue a buscar a su madre al parque. Su estado había empeorado y ahora creía que debía tocar todos los tablones de todos los bancos situados junto al estanque. Will la ayudó como otras veces para acabar antes. Cuando se aproximaban a su domicilio vieron el coche de aquellos individuos alejarse por la calle, y al entrar Will descubrió que habían registrado la casa de arriba abajo, revolviendo armarios y cajones.

Sabía qué buscaban. El estuche de cuero verde era la posesión más preciada de su madre. A él nunca se le hubiera ocurrido examinar su contenido, y ni siquiera sabía dónde lo guardaba. No obstante, estaba al corriente de que contenía cartas que ella leía a veces llorando; después de eso le hablaba de su padre. Por ese motivo dedujo que aquellos hombres lo buscaban y resolvió pasar a la acción.

Primero tenía que encontrar un lugar seguro para su madre. Se estrujó el cerebro pensando; no tenía ningún amigo a quien recurrir y los vecinos ya abrigaban bastantes sospechas. Concluyó que la única persona en quien podía confiar era la señora Cooper. Una vez que hubiera puesto a salvo a su madre, localizaría el estuche verde, descubriría su contenido y después marcharía a Oxford, donde hallaría respuesta a algunos de sus interrogantes. Sin embargo, los hombres llegaron demasiado pronto.

Y había matado a uno.

Ahora lo perseguiría también la policía.

Bueno, se le daba bien pasar inadvertido. Tendría que esforzarse más que nunca en no llamar la atención, y seguir así mientras pudiera, hasta localizar a su padre o ser descubierto. Y si lo atrapaban antes, pelearía sin vacilar. Le tenía sin cuidado cuántos individuos más tuviera que matar.

Ese mismo día, alrededor de la medianoche, Will se alejaba de Oxford a pie. Se encontraba a unos sesenta kilómetros del centro, y estaba exhausto. Había hecho autoestop, había viajado en dos autobuses, había andado y había llegado a Oxford a las seis, demasiado tarde para realizar las gestiones que tenía previstas. Había comido en un Burger King y había ido al cine para esconderse (antes de salir ya había olvidado el título de la película).

Caminaba por una interminable carretera de las afueras, en dirección norte. Nadie se había fijado en él hasta el momento. Debía encontrar lo antes posible un sitio donde dormir, porque cuanto más tarde fuera, más llamaría la atención su presencia. El problema residía en que en los jardines de las acogedoras casas que bordeaban la carretera no había donde esconderse, y parecía que todavía quedaba bastante para salir a campo abierto.

Llegó a una rotonda, punto de intersección de la carretera del norte con la vía de circunvalación este-oeste. A aquella hora de la noche había muy poco tráfico y la calma reinaba en la calzada, flanqueada por amplias franjas de césped tras las que se alzaban casas unifamiliares de gente acomodada. En aquellas franjas de césped, había dos hileras de olmos cuyas tupidas copas presentaban una simetría tan rara que semejaban dibujos infantiles más que árboles reales. La luz de las farolas que los iluminaban, creaba una sensación de irrealidad. Aturdido por el agotamiento, Will tanto habría podido continuar caminando hacia el norte como dejarse caer en la hierba, bajo aquellos árboles, y quedarse dormido. Mientras trataba de despejar su mente, vio un gato.

Era atigrado, como Moxie. Salió con sumo sigilo de un jardín, del lado de la carretera donde se encontraba Will, que dejó la bolsa de la compra en el suelo para tender la mano hacia el animal. Este acudió a restregar la cabeza en sus nudillos, como solía hacer Moxie. Todos los gatos se comportaban así, por supuesto, pero Will experimentó un anhelo tan intenso de regresar a casa que los ojos se le anegaron de lágrimas.

Finalmente el gato se apartó. Debía aprovechar la noche para patrullar su territorio, para cazar ratones. Tras atravesar la calzada se detuvo junto a unos arbustos, más allá de los olmos.

Will, que seguía observándolo, advirtió que actuaba de forma un tanto extraña.

El felino levantó una pata y dirigió la zarpa al frente, hacia algo que resultaba invisible para Will. Después retrocedió de un salto, con el lomo arqueado, el pelo erizado y la cola tiesa. Will, que conocía bien las costumbres de los gatos, lo miró con atención mientras el animal volvía a avanzar hacia el mismo sitio, un simple retazo de césped entre los olmos y los arbustos del seto de un jardín, y de nuevo movía la pata en el aire.

Una vez más retrocedió, aunque una distancia menor y con menos señales de alarma. Al cabo de unos segundos de olisquear, tantear y agitar los bigotes, la curiosidad prevaleció sobre la precaución.

El gato dio un paso al frente, y desapareció.

Will parpadeó con incredulidad. Después permaneció inmóvil, pegado al tronco del árbol más próximo, mientras un camión que circulaba por la rotonda lo iluminaba con sus faros. Cuando se hubo alejado, cruzó la calzada sin apartar la vista del lugar que había inspeccionado el gato. No era fácil, porque no había nada donde fijarla, pero cuando llegó allí y observó con mayor detenimiento, lo vio.

Como mínimo lo veía desde ciertos ángulos. Parecía como si alguien hubiera cortado una especie de cuadrado de aire, de menos de un metro de ancho, a unos dos metros del borde de la carretera. Observado desde la misma altura, de canto, resultaba casi imperceptible, y era totalmente invisible desde detrás. Solo se atisbaba desde el lado más cercano a la carretera, e incluso desde allí no se distinguía con facilidad, ya que a su través solo se veía lo mismo que había delante de él: un retazo de césped alumbrado por una farola.

Aun así, Will tuvo la certeza de que ese retazo de césped del otro lado se hallaba en un mundo distinto, aunque no habría podido explicar por qué. Lo adivinó de inmediato, con la misma seguridad con que sabía que el fuego quemaba o que la amabilidad era algo bueno. Ante sí se abría algo absolutamente extraordinario.

Esa certidumbre lo impulsó a inclinarse para mirar. Aunque lo que vio lo dejó estupefacto, no dudó en pasar la bolsa de la compra y luego se introdujo él mismo por aquel agujero en el entramado del mundo que daba acceso a otro diferente.

Salió bajo una hilera de árboles. No eran olmos, sino palmeras, que crecían alineadas, al igual que los olmos de Oxford, sobre un césped. Se encontraba en el centro de un amplio paseo bordeado de cafés y pequeños establecimientos, todos profusamente iluminados y abiertos, y todos sumidos en un tremendo silencio, vacíos bajo un cielo cuajado de estrellas. Hacía calor y la noche estaba impregnada de aromas de flores y del olor salobre del mar.

Will miró con cautela alrededor. La luna llena alumbraba una lejana cordillera, al pie de cuyas estribaciones se alzaban casas con exuberantes jardines, un gran parque con arboledas y un blanco edificio semejante a un templo clásico.

Junto a él se encontraba el vacío trozo de aire, tan difícil de percibir desde aquel lado como desde el otro, pero igual de real. Se agachó para mirar y vio la carretera de Oxford, su mundo. Se volvió con un escalofrío: fuera cual fuese aquel mundo, tenía que ser mejor que el que acababa de dejar. Con una pizca de vértigo, tenía la sensación de estar soñando y despierto al mismo tiempo, se enderezó y miró en torno a sí en busca del gato, su guía.

No lo vio por ninguna parte. Sin duda estaría explorando ya las estrechas calles y jardines, más allá de los cafés que se veían tan atrayentes inundados de luz. Will tomó la raída bolsa de la compra y echó a andar hacia ellos con la aprensión de que todo desapareciera de un momento a otro.

Aquel lugar tenía un aire mediterráneo o tal vez caribeño. Will no había viajado nunca fuera de Inglaterra, de modo que no podía compararlo con otros sitios conocidos. Sin embargo intuía que aquel era uno de esos lugares donde la gente salía hasta tarde por la noche, para comer y beber, bailar y escuchar música. Lo raro era que allí no había nadie, y el silencio era absoluto.

Llegó a una esquina donde había un bar con pequeñas mesas verdes al aire libre, una barra de cinc y una máquina de café. En algunas mesas quedaban vasos medio vacíos; en un cenicero un cigarrillo se había consumido hasta el final; un plato de arroz había quedado junto a un cesto con unos bollos rancios, duros como una piedra.

Tomó una botella de limonada de la nevera situada detrás de la barra y, tras un instante de reflexión, dejó una moneda de una libra en la caja. Tan pronto como la hubo cerrado volvió a abrirla pensando que tal vez en el dinero que contenía constaría el nombre de aquel lugar. La moneda se llamaba corona, pero no averiguó nada más.

Devolvió el dinero a su sitio y destapó la botella con el abridor sujeto a la barra antes de salir del café para aventurarse en las calles laterales del paseo. Los colmados y panaderías se alternaban con joyerías, floristerías y zaguanes cubiertos con cortinas de cuentas que daban acceso a viviendas; los balcones con barandillas de hierro forjado aparecían atestados de macetas con flores, y el silencio, en aquel espacio angosto, resultaba aún más abrumador.

Las calles descendían en un corto trecho de pendiente hasta desembocar en una ancha avenida adornada también con palmeras, cuyas copas se elevaban por encima de las farolas, y al otro lado se extendía el mar.

Will se encontró ante un puerto flanqueado a la izquierda por un rompeolas de piedras y a la derecha por un promontorio en el que se alzaba, entre árboles y arbustos en flor, un gran edificio con columnas y escalinatas de piedra y magníficos balcones. Vio amarradas un par de barcas, y más allá del rompeolas la luz de las estrellas que se reflejaba en la quieta superficie del agua.

Para entonces no quedaba ni rastro del agotamiento de Will. Estaba totalmente despejado, maravillado. De vez en cuando, al pasar por las calles estrechas, tendía una mano para tocar una pared, un portal o las flores de una ventana, y comprobaba que eran sólidos y convincentes. Ahora habría deseado palpar la totalidad del panorama que tenía frente a sí, porque era demasiado extenso para abarcarlo solo con la mirada. Permaneció inmóvil, respirando hondo, un tanto asustado.

Advirtió que todavía llevaba la botella que había cogido en el café. Tomó un trago. Sabía a lo que debía saber, a limonada helada. Agradeció el frescor de la bebida, porque la noche era muy cálida.

Sin rumbo determinado, avanzó hacia la derecha, pasando ante varios hoteles con marquesinas y vestíbulos inundados de luz, junto a los que las buganvillas lucían sus flores, hasta llegar a los jardines del pequeño promontorio. El edificio rodeado de árboles en cuya espléndida fachada resaltaban unos focos encendidos tenía aspecto de casino, o teatro de ópera incluso. Diversos senderos se entrecruzaban, iluminados por lámparas colgadas de las adelfas, pero la ausencia de sonidos indicativos de vida era total: no se oía ningún pájaro, ningún insecto, nada salvo los pasos del propio Will y el rítmico y apacible choque de las olas contra la playa, situada más allá de las últimas palmeras del jardín. Sobre la fina arena blanca se extendía una hilera de patines. Cada pocos segundos una pequeña ola se plegaba en la orilla para deslizarse y desaparecer bajo la siguiente. Un trampolín se adentraba unos cincuenta metros, por encima de las calmadas aguas.

Will se sentó en un patín para quitarse las baratas y raídas zapatillas de deporte que le oprimían los pies hinchados por el calor. Dejó los calcetines junto a ellas y hundió los dedos en la arena. Al cabo de unos segundos se había desprendido del resto de la ropa y se encaminaba hacia el mar.

El agua estaba deliciosa, tibia. Llegó hasta el extremo del trampolín, subió a él y, sentado en los tablones pulidos por la intemperie, contempló la ciudad.

A su derecha el puerto se prolongaba hasta el rompeolas. Al otro lado de este, a unos dos kilómetros de distancia, se alzaba un faro pintado a rayas rojas y blancas. Más allá se erguían unos acantilados, con el perfil desdibujado por la lejanía, y luego las imponentes montañas que había visto al llegar.

En primer plano se hallaban los árboles iluminados de los jardines del casino, las calles de la ciudad y el paseo marítimo con sus hoteles, cafés y comercios bañados en una acogedora luz, silenciosos y solitarios.

Solitarios y seguros. Nadie lograría seguirlo hasta allí; el hombre que había registrado la casa jamás conseguiría averiguar su paradero; la policía no lo encontraría nunca. Disponía de un mundo entero donde ocultarse.

Por primera vez desde que había huido de su domicilio aquella mañana, Will comenzó a sentirse a salvo.

Volvía a tener sed, y también hambre, ya que después de todo había comido por última vez en otro mundo. Se tiró al agua y regresó nadando lentamente a la playa, donde se puso los calzoncillos y recogió el resto de su ropa. Dejó la botella vacía en la primera papelera que encontró y se encaminó descalzo hacia el puerto.

Cuando se le hubo secado un poco la piel se puso los vaqueros y comenzó a buscar algún sitio donde pudieran servirle de comer. Los hoteles resultaban demasiado fastuosos. Entró en el primero para echar un vistazo y observó que era tan espacioso que no se sentía a gusto, de modo que siguió por el paseo marítimo hasta llegar a un pequeño café que se le antojó el sitio adecuado, aunque no habría sabido decir por qué, ya que era muy parecido a los demás, con un balcón repleto de macetas con flores y la terraza con mesas; en todo caso, lo encontró especialmente acogedor.

De las paredes del local colgaban fotografías de boxeadores y un póster de un sonriente acordeonista con un autógrafo. Junto a la cocina había una puerta que daba a una escalera estrecha, cubierta con una alfombra de alegre estampado de flores.

Subió en silencio hasta el rellano y cruzó la primera puerta con que se topó. Comunicaba con la habitación de la fachada principal. Hacía calor y olía a cerrado, de forma que abrió el balcón para que entrara el aire de la noche. La pequeña estancia, abarrotada de viejos muebles, estaba limpia y resultaba acogedora. Allí vivía gente hospitalaria, no cabía duda. Había un estante con libros, una revista encima de la mesa, un par de fotografías enmarcadas…

Will salió para echar una ojeada a las otras habitaciones: un pequeño cuarto de baño y un dormitorio con una cama doble.

Antes de abrir la última puerta sintió que se le erizaba la piel. El corazón le latía desbocado. No estaba seguro de haber oído ruido alguno, pero algo le decía que había una persona allí. Pensó que resultaba muy raro que el día hubiera comenzado con alguien apostado fuera de una habitación a oscuras, en cuyo interior aguardaba él, y que ahora se hubieran invertido las posiciones…

Mientras reflexionaba sobre eso, la puerta se abrió de golpe y algo arremetió contra él como una fiera salvaje.

No obstante, su memoria le había puesto sobre aviso, y no se hallaba lo bastante cerca para caer derribado. Se defendió con determinación, descargando rodillazos, cabezazos y puñetazos contra su atacante…

Este resultó ser una niña de aproximadamente su edad, que enseñaba los dientes con una mueca feroz, vestida con andrajos por los que asomaban unos delgados brazos y piernas.

En ese mismo momento la niña se percató también de quién era su adversario y se apartó con brusquedad de su pecho desnudo para acurrucarse en el rincón del oscuro rellano como un animal acorralado. Will advirtió con asombro que a su lado había un gran gato montés, altísimo, con el pelo erizado, los dientes apretados y la cola erecta.

La muchacha posó la mano en el lomo del felino y se humedeció los labios sin apartar la vista del intruso.

Will se enderezó despacio.

—¿Quién eres?

—Lyra Lenguadeplata —contestó.

—¿Vives aquí?

—No.

—¿Qué es este sitio? ¿Esta ciudad?

—No lo sé.

—¿De dónde has venido?

—De mi mundo. Tiene una conexión con este. ¿Dónde está tu daimonion?

Will la miró con perplejidad. De inmediato observó que el gato sufría una extraordinaria transformación: había saltado a los brazos de la niña y al aterrizar en ellos había cambiado de forma. Se había convertido en un armiño de pelaje pardo rojizo, tostado en la zona de la garganta y el vientre, que lo miraba con igual ferocidad que la muchacha. La situación también había experimentado una espectacular transformación: Will notó que tanto la niña como el armiño le tenían un miedo terrible, como si se tratara de un fantasma.

—No tengo ningún demonio —respondió—. No sé qué quieres decir con eso. —Y de repente exclamó—: ¡Ah! ¿Es este tu demonio?

La niña se levantó despacio. Enroscado en su cuello, el armiño miraba con fijeza a Will.

—Pero estás vivo —señaló ella con incredulidad—. Tú no estás… A ti no te han…

—Me llamo Will Parry —se presentó él—. No sé a qué te refieres con eso de los demonios. En mi mundo demonio significa… significa diablo, algo maligno.

—¿En tu mundo? ¿De modo que este no es tu mundo?

—No. Acabo de encontrar… un camino de entrada. Supongo que como ocurre con el tuyo, debe de existir una conexión entre los dos.

La niña se relajó un poco, pero seguía taladrándolo con la mirada. Will actuaba con mucha calma y tiento, como si estuviera trabando amistad con una rara variedad de gato.

—¿Has visto a alguien más en esta ciudad? —inquirió.

—No.

—¿Cuánto tiempo llevas aquí?

—No lo sé. Unos días. No me acuerdo.

—¿Y por qué viniste?

—Estoy buscando Polvo —contestó ella.

—¿Que buscas polvo? ¿Cómo? ¿Polvo de oro? ¿Polvo de qué clase?

La niña lo miró con los ojos entornados y no respondió. Él se volvió para bajar por las escaleras.

—Tengo hambre —declaró—. ¿Hay comida en la cocina?

—No lo sé… —La niña lo siguió a una prudencial distancia.

En la cocina Will encontró los ingredientes para preparar un guiso de pollo, que ya empezaban a oler mal a causa del calor.

—¿No has comido nada? —preguntó después de arrojarlos a la basura.

A continuación abrió el frigorífico y Lyra se acercó a mirar.

—Ignoraba que hubiera esto aquí —observó—. ¡Oh! Está frío…

Su daimonion había vuelto a transformarse. Esta vez se convirtió en una gran mariposa de vivos colores que entró volando en la nevera y enseguida salió para posarse en los hombros de la chiquilla. Batió lentamente las alas, y Will tuvo la sensación de que no debía mirar, por más estupefacción que le provocara aquella escena.

—¿No habías visto nunca una nevera? —preguntó.

Encontró una lata de Coca-Cola y se la tendió antes de sacar una bandeja de huevos. La niña apretó la lata entre las manos con placer.

—Bebe —animó Will.

Miró la lata, ceñuda. No sabía cómo se abría. Will tiró de la arandela, y la espuma asomó por la abertura. Ella la lamió con recelo y luego abrió los ojos de par en par.

—¿Está bueno? —inquirió entre esperanzada y temerosa.

—Sí. En este mundo también tienen Coca-Cola, por lo visto. Mira, beberé un poco para demostrarte que no es venenosa.

Abrió otra lata y tomó un trago. De inmediato la niña siguió su ejemplo. Saltaba a la vista que estaba sedienta. Bebió tan deprisa que las burbujas, al subirle por la nariz, le provocaron un resoplido y un eructo. Al advertir que Will la miraba, adoptó una expresión amenazadora.

—Prepararé una tortilla —anunció Will—. ¿Querrás un poco?

—No sé qué es una tortilla.

—Bueno, mira y lo verás. También hay una lata de judías cocidas, si te apetecen más.

—No conozco las judías cocidas.

Will le enseñó la lata y ella buscó la arandela, como en la de la Coca-Cola.

—No, tienes que usar un abrelatas —explicó—. ¿No hay abrelatas en tu mundo?

—En mi mundo cocinan los criados —respondió con desdén la niña.

—Mira en ese cajón de ahí.

La chiquilla comenzó a revolver los cubiertos mientras él cascaba seis huevos en un cuenco y los batía con un tenedor.

—Eso es —indicó—. Lo del mango rojo. Tráelo.

Horadó la lata y le enseñó cómo se abría.

—Ahora coge ese cazo colgado ahí y vierte dentro las judías —ordenó.

Ella olió las judías y de nuevo su mirada reflejó una mezcla de placer y aprensión. Después de verter el contenido de la lata en el cazo se lamió un dedo mientras observaba cómo Will añadía sal y pimienta a los huevos y cortaba un pedazo de mantequilla de un paquete para depositarlo en una sartén de hierro. En cuanto él se alejó un poco para coger las cerillas de la encimera, la niña introdujo un sucio dedo en el bol con los huevos batidos y se lo chupó con avidez. Su daimonion, que había adoptado de nuevo la apariencia de un gato, también metió la pata, pero retrocedió tan pronto como Will se acercó.

—Todavía no está cocinado —aclaró este, apartando el recipiente—. ¿Cuándo comiste por última vez algo caliente?

—En la casa de mi padre en Svalbard —contestó—. Hace días, no sé cuántos. Encontré pan y algunas otras cosas aquí y me las comí.

Will encendió el gas, fundió la mantequilla, vertió los huevos y los extendió sobre el fondo de la sartén. Ella observó con interés cómo concentraba la masa cocida en el centro e inclinaba la sartén para que el huevo crudo se deslizara por el espacio libre del borde. También contempló al muchacho, su cara, sus manos ocupadas en cocinar, sus hombros y sus pies desnudos.

Cuando la tortilla estuvo lista, la dobló y la partió en dos con la espátula.

—Trae un par de platos —pidió, y Lyra obedeció sin rechistar.

Como se mostraba bien dispuesta a acatar órdenes si las consideraba atinadas, le propuso que saliera a limpiar una mesa de la terraza del café. Él, por su parte, llevó la comida y los cubiertos, y a continuación se sentaron, con cierta timidez.

La chiquilla dio cuenta de su ración en menos de un minuto y luego no paró quieta en la silla, balanceándose hacia delante y hacia atrás o bien tirando de las cuerdas de plástico entrelazadas que componían el asiento. Su daimonion se transformó una vez más, en esta ocasión en un jilguero que comenzó a picotear unas migas invisibles de la mesa.

Will comió despacio. Aunque había cedido a su compañera casi todas sus judías, tardó mucho más en acabar su plato. El puerto, las luces del solitario paseo, las estrellas del cielo, todo estaba suspendido en el enorme silencio, como si no existiera nada más.

Estuvo todo el tiempo pendiente de la niña. Era baja y delgada, pero fuerte, y había peleado como un tigre; un puñetazo de Will le había provocado un morado en la mejilla al que ella no prestaba la más mínima atención. En su expresión se mezclaban gestos muy infantiles —como cuando había probado por primera vez la Coca-Cola— con una especie de profunda cautela impregnada de tristeza. Tenía los ojos de color azul pálido y su cabello recuperaría su tono rubio oscuro una vez que se lo hubiera lavado, porque iba muy sucia y olía como si llevara días sin asearse.

—¿Laura? ¿Lara?

—Lyra.

—¿Lyra… Lenguadeplata?

—Sí.

—¿Dónde está tu mundo? ¿Cómo llegaste aquí?

—Andando —respondió ella encogiéndose de hombros—. Había una niebla muy espesa y no sabía adónde me dirigía. Sí me di cuenta de que salía de mi mundo, pero no vi nada hasta que se despejó la niebla. Entonces me encontré aquí.

—¿Qué decías antes del polvo?

—El Polvo, sí. Quiero averiguar cosas sobre él. Por desgracia este mundo parece deshabitado. No hay nadie a quien preguntar. Llevo aquí… no lo sé bien, tres o cuatro días, y no me he topado con nadie.

—¿Por qué te interesa descubrir cosas sobre el polvo?

—Es un Polvo especial —explicó escuetamente—, no el normal, claro está.

El daimonion volvió a transformarse. En un abrir y cerrar de ojos, el jilguero se convirtió en una voluminosa rata negrísima de ojos rojos que Will observó con asombro y aprensión.

—Tú tienes un daimonion —afirmó la niña al ver su mirada— dentro de ti.

Will no supo qué replicar.

—Lo tienes —continuó—. Si no, no serías humano. Estarías… medio muerto. Nosotros vimos a un niño al que habían separado de su daimonion, y tú no eres como él. Aunque no sepas que tienes un daimonion, lo tienes. Al principio nos asustaste porque creímos que eras un fantasma nocturno o algo por el estilo; después nos dimos cuenta de que nos habíamos equivocado.

—¿Por qué hablas en plural?

—Me refiero a mí y a Pantalaimon. Tu daimonion se halla en tu interior, es una parte de ti. Entre los dos formáis uno. ¿No hay nadie en tu mundo como nosotros? ¿Son todos como tú, con los daimonions escondidos?

Will miró a la flaca chiquilla y a su daimonion rata, que se había colocado en los brazos de aquella, y le embargó una profunda sensación de soledad.

—Estoy cansado. Me voy a la cama —anunció—. ¿Piensas quedarte en esta ciudad?

—No lo sé. Necesito realizar algunas averiguaciones. Tiene que haber algún licenciado en este mundo, alguien que esté enterado.

—Quizá no en este mundo. Yo llegué aquí desde un sitio llamado Oxford donde hay un montón de licenciados, si es eso lo que te interesa.

—¿Oxford? —exclamó la chica—. ¡De allí mismo he venido yo!

—Entonces ¿hay un Oxford en tu mundo? Porque no hay duda de que tú no perteneces al mío.

—No —confirmó—. Son mundos distintos, aunque en el mío existe un Oxford también. Los dos hablamos inglés, ¿no? Por lógica seguro que hay otras cosas iguales. ¿Cómo llegaste tú aquí? ¿A través de un puente o algo así?

—A través de una especie de ventana en el aire.

—Enséñamela —dijo.

Más que de una petición, se trataba de una orden, y él se negó.

—Ahora no —respondió—. Quiero dormir. Además, ya es medianoche.

—¡Entonces me la enseñarás mañana!

—De acuerdo. De todos modos yo también tengo cosas que hacer, de manera que deberás buscar tú sola a tus licenciados.

—Es fácil —replicó—. Los conozco bien.

Will apiló los platos y se levantó.

—Como yo he cocinado, te toca fregar los platos —afirmó Will.

—¿Fregar los platos? —repitió Lyra, con tono de incredulidad y burla—. ¡Si hay millones de platos limpios por ahí! Además, no soy una criada.

—Pues no te enseñaré la ventana.

—La encontraré por mi cuenta.

—Imposible, porque está escondida. No sé cuánto tiempo nos quedaremos en este lugar. En todo caso necesitamos alimentarnos, de manera que comeremos lo que hallemos por aquí y después recogeremos y lo dejaremos todo limpio, como debe ser. Yo me instalaré en la otra habitación. Hasta mañana.

Entró en la casa, se limpió los dientes con un dedo y el dentífrico que llevaba en la raída bolsa, se tumbó en la cama doble y quedó dormido en el acto.

Lyra esperó hasta tener la seguridad de que se había dormido antes de llevar los platos a la cocina. Los colocó debajo del grifo y los frotó con un trapo hasta que consideró que estaban limpios. Lo mismo hizo con los cubiertos, pero el procedimiento no dio resultado con la sartén, de forma que lo intentó con una pastilla de jabón amarillento con la que restregó una y otra vez la superficie hasta dejarla lo más aseada que creyó posible. Después lo secó todo con otro trapo y lo guardó en un armario.

Como aún tenía sed y deseaba probar a abrir una de aquellas latas, cogió una Coca-Cola antes de subir por las escaleras. Aplicó la oreja a la puerta del dormitorio de Will y, al no oír nada, se dirigió de puntillas a la otra habitación y sacó el aletiómetro de debajo de la almohada.

Aunque no necesitaba encontrarse cerca del muchacho para formular preguntas sobre él, también le apetecía mirarlo, de modo que hizo girar con sumo cuidado el pomo de la puerta antes de entrar.

La luz de una farola junto a la playa se proyectaba en el techo de la habitación y le permitió observar al muchacho dormido. Tenía el entrecejo fruncido y el rostro bañado en sudor. Era fuerte, robusto y, aunque todavía no había concluido su desarrollo, pues apenas era mayor que ella, se adivinaba que un día sería un hombre fornido. ¡Lástima que su daimonion no fuera visible! ¿Qué aspecto tendría? ¿Habría adoptado ya una forma fija o todavía no? Fuese cual fuese esta, expresaría un temperamento fuerte, considerado y melancólico a un tiempo.

Se acercó de puntillas a la ventana. Aprovechando el resplandor de la farola de la calle, colocó con cuidado las manecillas del aletiómetro y dejó la mente en blanco para formular una pregunta. La aguja comenzó a moverse por el círculo alternando una serie de pausas y avances tan veloces que apenas si se discernían.

¿Qué es? ¿Amigo o enemigo? «inquirió».

«Es un homicida», contestó el aletiómetro.

Aquella respuesta la tranquilizó de inmediato. Aquel chico poseía virtudes ciertamente útiles, como la capacidad para localizar comida o mostrarle la forma de llegar a Oxford, pero podía haber sido un cobarde o un tipo indigno de confianza. Un homicida, en cambio, constituía una compañía digna. Con él se sentiría tan protegida como con Iorek Byrnison, el oso acorazado.

Cerró los postigos para que no le molestara la luz de la mañana y salió sin hacer ruido.

2

Entre las brujas

La bruja Serafina Pekkala, que había rescatado a Lyra y los otros niños de la estación experimental de Bolvangar y se había desplazado con ella por los aires a la isla de Svalbard, estaba muy preocupada.

A raíz de las perturbaciones atmosféricas que se produjeron tras la huida de lord Asriel de su exilio en Svalbard, ella y sus compañeras se habían visto barridas de la isla, proyectadas a muchos kilómetros de distancia sobre aquel helado mar. Algunas habían logrado quedarse con el globo averiado de Lee Scoresby, el aeronauta tejano, pero Serafina había sido propulsada a gran altura, en medio de los bancos de niebla que enseguida surgieron rodando del boquete que había abierto en el cielo el experimento de lord Asriel.

Cuando de nuevo se encontró en condiciones de controlar el vuelo, Serafina se sintió inquieta por Lyra, pues no sabía nada de la lucha que habían mantenido el falso oso-rey y el verdadero, Iorek Byrnison, ni qué le había ocurrido a la niña después.

Así pues, comenzó a buscarla montada en su rama de nube pino, surcando el brumoso aire teñido de oro en compañía de su daimonion, Kaisa, el ganso gris. Retrocedieron en dirección a Svalbard, aunque con rumbo ligeramente desviado hacia el sur, y volaron durante horas bajo un turbulento cielo donde se alternaban extrañas luces y sombras. Serafina Pekkala intuía por el inquietante hormigueo que sentía en la piel que aquella luz procedía de otro mundo.

—¡Mira! —exclamó Kaisa al cabo de cierto tiempo—. El daimonion de una bruja, perdido…

Escrutando entre la niebla, Serafina Pekkala distinguió una golondrina de mar que chillaba y daba vueltas en los abismos de la brumosa luz y avanzó hacia ella con su daimonion. Al verlos acercarse, la golondrina remontó el vuelo alarmada, y solo cuando Serafina Pekkala hizo un gesto de amistad bajó para situarse a su lado.

—¿A qué clan perteneces? —preguntó Serafina Pekkala.

—Al taymir —contestó—. Han capturado a mi bruja… ¡Nuestras compañeras han sido expulsadas! Me he perdido…

—¿Quién ha capturado a tu bruja?

—Esa mujer de Bolvangar que tiene un mono por daimonion… ¡Ayudadme! ¡Ayudadnos! ¡Estoy tan asustada!

—¿Tu clan era aliado de los amputadores de niños?

—Sí, hasta que descubrimos qué hacían… Después de los combates de Bolvangar nos expulsaron e hicieron prisionera a mi bruja… La tienen en un barco… ¿Qué puedo hacer yo? ¡Me llama y no consigo encontrarla! ¡Ayudadme, por favor!

—Silencio —intervino Kaisa, el daimonion ganso—. Escuchad, se oye algo abajo.

Descendieron, aguzando el oído, y Serafina Pekkala no tardó en distinguir el murmullo de un motor de gas amortiguado por la niebla.

—Resulta imposible navegar con una niebla tan densa —observó Kaisa—. ¿Qué estarán haciendo?

—Es un motor más pequeño que el de un barco —precisó Serafina Pekkala.

Aún no había acabado de pronunciar la frase cuando percibieron un nuevo sonido procedente de una dirección distinta: un grave, brutal y vibrante bramido, como el de una inmensa criatura que habitara las profundidades marinas, se prolongó varios segundos antes de interrumpirse en seco.

—La sirena de un barco —identificó Serafina Pekkala.

Descendieron hasta situarse a corta distancia del mar para identificar la procedencia del ruido de motor. De repente lo localizaron, pues en la niebla parecía haber retazos de diferente densidad, y la bruja se elevó como una flecha para evitar ser vista desde la lancha que avanzaba lentamente, envuelta en un velo de humedad. La superficie aparecía grasienta y el oleaje se movía con ritmo lento, como si al agua le costara levantarse.

Ascendieron en círculo, con la golondrina de mar pegada a ellos como un niño a las faldas de su madre, y observaron que el timonel rectificaba el rumbo cuando volvió a sonar la sirena. En la proa había una luz, que solo iluminaba unos pocos metros.

—¿Has dicho que algunas brujas todavía ayudan a esa gente? —preguntó Serafina Pekkala al daimonion extraviado.

—Me parece que sí. Algunas brujas renegadas de Volgorsk… a menos que se hayan marchado también —contestó—. ¿Qué piensa hacer? ¿Irá en busca de mi bruja?

—Sí. Tú te quedarás con Kaisa por el momento.

Serafina Pekkala se precipitó hacia la lancha, mientras los daimonions permanecían ocultos entre la niebla, y se posó en la bovedilla situada detrás del timonel. El daimonion del hombre soltó un graznido, y este se volvió para mirar.

—No te has dado mucha prisa en llegar, ¿eh? —espetó—. Monta en tu rama y guíanos por el lado de babor.

Serafina Pekkala volvió a alzar el vuelo. Su estratagema había funcionado: algunas brujas aún los ayudaban, y el timonel la había confundido con una. Babor estaba a la izquierda, recordó, y la luz de babor era roja. Buscó entre la niebla hasta vislumbrar su nebuloso resplandor, unos cien metros más allá. Retrocedió como un rayo y, sobrevolando la lancha, dio indicaciones al timonel, que aminoró la marcha y a paso de caracol condujo la embarcación hacia la escalerilla colgada hasta la línea de flotación del barco. El timonel gritó algo, y un marinero lanzó un cabo desde arriba mientras otro se apresuraba a bajar por la escalerilla para atar la nave.

Serafina Pekkala voló hacia la barandilla del barco y buscó refugio en la oscuridad que proyectaban las lanchas de salvamento. Si bien no había visto ninguna otra bruja, era probable que hubiera más de una patrullando el cielo; Kaisa sabría cómo actuar en tal caso.

Mientras tanto, abajo, un pasajero abandonaba la lancha y subía por la escalerilla. Las pieles y la capucha que lo envolvían impedían identificarlo. Cuando llegó a cubierta, un mono dorado saltó con agilidad a la barandilla y desde allí miró en derredor, irradiando maldad a través de sus negros ojos. Serafina contuvo el aliento al comprender que el encapuchado era la señora Coulter.

Un individuo vestido con ropajes oscuros se apresuró a recibirla en la cubierta, y miró a ambos lados como si esperara a alguien más.

—¿Lord Boreal…? —dijo.

—Ha ido a otro sitio —atajó la señora Coulter—. ¿Han comenzado la sesión de tortura?

—Sí, señora Coulter —respondió el hombre—, pero…

—Ordené que aguardaran —espetó—. ¿Acaso han tomado afición a desobedecerme? Debería haber más disciplina en este barco.

La mujer se quitó la capucha y bajo la amarillenta luz Serafina Pekkala le vio con nitidez la cara: altiva, apasionada y, a ojos de la bruja, jovencísima.

—¿Dónde están las otras brujas? —preguntó.

—Se han marchado todas, señora —informó el individuo del barco—. Huyeron a su tierra.

—Sin embargo ha sido una bruja quien ha guiado la lancha hasta aquí —repuso la señora Coulter—. ¿Dónde se ha metido?

A Serafina se le encogió el corazón. No cabía duda de que el marinero de la lancha no estaba enterado de las últimas novedades. Mientras el clérigo miraba en torno a sí con desconcierto, la señora Coulter, que tenía demasiada prisa, recorrió la cubierta con la vista, meneó la cabeza y cruzó con su daimonion la puerta, que arrojaba un amarillento nimbo al aire. El hombre la siguió.

Serafina Pekkala miró alrededor para cerciorarse de la posición en que se hallaba. Estaba escondida detrás de un tubo de ventilación en la estrecha franja de cubierta situada entre la barandilla y la estructura central, más elevada, del barco; en ese nivel, inmediatamente inferior al puente y la chimenea, había un salón provisto en sus tres lados de auténticas ventanas en lugar de portillos. Esa era la estancia donde se habían congregado los pasajeros. La luz que se derramaba por las ventanas sobre la barandilla envuelta en la niebla apenas si alcanzaba a alumbrar el palo mayor y la escotilla tapada con una lona. Todo estaba impregnado de humedad y comenzaba a cobrar la rigidez del hielo. Nadie podía ver a Serafina donde estaba; pero si ella quería ver algo más, tendría que abandonar su escondite.

Era una lástima. De todas formas, con su rama de pino podía escapar, y con su cuchillo y su arco, podía presentar batalla. Ocultó la rama detrás del ventilador y avanzó con sigilo hasta la primera ventana. El cristal empañado no le permitía ver nada, y como no oyó ninguna voz optó por volver a refugiarse en su escondr ...