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LA DANZA DE LOS TULIPANES

Ibon Martín  

0


Fragmento

1

19 de octubre de 2018, viernes

Santi echa un último vistazo al espejo retrovisor antes de activar el cierre de puertas. No hay nadie en el andén. Las últimas casas de Gernika quedan rápidamente atrás. Ante sus ojos, junto a la vía serpenteante, se dibujan con trazos finos las colinas que reinan por doquier. Aquí y allá se desperdigan caseríos solitarios que brindan pinceladas blancas y rojas al paisaje. Es un mundo apacible, un mundo hermoso donde de vez en cuando se cuelan el azul del mar y el amarillo pálido de los carrizales.

Un pescador, de cesto de mimbre al hombro y puro en los labios, aguarda a que se abra la barrera de un paso a nivel para continuar su camino. Santi hace silbar suavemente la locomotora para saludarlo y el hombre le corresponde alzando la mano. Poco más allá es una mujer de caderas anchas quien alza la vista desde un huerto bien cuidado para mirar el tren. El maquinista se la imagina recorriendo los vagones con la mirada a la caza de algún rostro familiar. Seguro que lo encuentra, allí se conocen todos.

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—Gracias —murmura Santi casi para sus adentros.

Tras veintidós años como maquinista del metro de Bilbao la compañía le ha premiado destinándolo a la línea de Urdaibai. No hay ninguna más hermosa en toda la red, ni tampoco más tranquila. En contraste con la oscuridad de los túneles bajo la ciudad y el trajín de los andenes en hora punta, la soledad de aquella línea entre marismas y pueblos durmientes es un bálsamo de paz.

Santi respira hondo. Siente que la vida le sonríe.

Le gusta este mundo, un territorio que todavía se rige al ritmo de la naturaleza. En pleno siglo XXI las mareas siguen siendo quienes mandan en Urdaibai. Son ellas quienes trazan los perfiles de un mapa donde el mar y la tierra se abrazan en armonía.

Con el traqueteo del tren meciéndola suavemente, la mente de Santi vuela hasta su hogar. Las cosas parece que empiezan a ir mejor. Han sido tiempos difíciles entre Natalia y él, pero todo vuelve a ser como antes. Y pronto harán veinticinco años de casados, tendrá que ir pensando en alguna celebración.

La vía vuelve a reclamar su atención. Un cormorán, negro como la noche, alza el vuelo al paso del tren y se zambulle en las aguas verdes que se extienden ahora junto al viejo camino de hierro. Segundos después el animal emerge con un pez plateado en el pico, y lo sacude en el aire, tal vez en busca del aplauso de los escasos viajeros.

A Natalia le gustaría todo aquello. Por un momento, Santi la imagina sentada junto a él en la locomotora. Va contra las normas, pero tampoco pasará nada por hacerlo un día. Su mujer lo merece; él también lo merece tras veintidós años bajo la gran ciudad. ¿Cómo explicarle si no la belleza que contempla cada día al mando del tren regional?

Natalia… Natalia… Es lo más importante de su vida. Sin hijos a los que poder querer no tiene a nadie más. El último bache está superado y ahora puede soñar de nuevo con envejecer junto a ella. Su mirada, su sonrisa…

Su rostro se le aparece al otro lado del cristal, fundido con el paisaje. Le sonríe, claro. A ella también le gustan sus planes.

Es tan real la visión que el maquinista se obliga a parpadear para regresar a la realidad.

Al abrirlos Natalia sigue allí, sentada en una silla en mitad de la vía.

Cuando vuelve a fijarse en sus labios, Santi comprende que no sonríe. Solo grita. Lo hace con todas sus fuerzas y, a pesar del traqueteo metálico, el maquinista alcanza a oírla.

Todo sucede muy rápido, aunque en la mente de Santi transcurra a cámara lenta. El tren devora implacable la distancia que los separa.

—¡No! ¡Natalia, no! ¡Aparta de ahí! —aúlla el maquinista mientras acciona el freno de emergencia.

Un penetrante chirrido acompaña a la sacudida que mueve violentamente el convoy. A través de la puerta de seguridad se cuela el quejido de algún viajero, sorprendido por la frenada.

Santi clava los ojos en los de su mujer y lee en ellos un terror como jamás antes ha visto. Si pudiera ver los suyos propios tampoco encontraría un mensaje más reconfortante. Es demasiado tarde. Un tren no puede detenerse en seco. Natalia está condenada.

—¡Apártate! —le pide una vez más Santi llevándose las manos a la cara. Su voz está rota, desgarrada—. ¡Sal de ahí! ¡Vamos!

Es en vano. Las cuerdas que la ligan a la silla no le permiten moverse. Solo le queda gritar. Gritar y aguardar a que el tren de su marido acabe con su camino.

2

19 de octubre de 2018, viernes

—¿Estás listo? No será muy agradable —advierte Julia tirando del freno de mano.

En el asiento del copiloto, Raúl asiente con gesto de circunstancias. Los atropellos ferroviarios resultan especialmente crudos. Los trenes son implacables con el cuerpo humano cuando se lo encuentran en su camino.

Las gotas que se acumulan en el parabrisas se tiñen de los tonos azules de las luces del coche patrulla que protege la escena de posibles curiosos. Los dos ertzainas cruzan una última mirada resignada antes de salir del vehículo. Saben lo que les espera: recorrer la vía en busca de pruebas y restos biológicos. Y, por supuesto, lo más importante en aquel momento: identificar a la víctima y dar el aviso a los familiares. Si no resulta fácil llamar a una puerta y dar la noticia del fallecimiento de un ser querido, informar de un posible suicidio resulta aún más doloroso. ¿Cómo le explicas a alguien que su hijo, su hermana o su marido ha tomado un camino que sacudirá a la familia con inevitables sentimientos de culpa difíciles de superar?

Julia siente las gotas de lluvia corriendo por su cara. El invierno se ha adelantado. ¿Dónde están los días de viento sur propios de esas fechas? Al menos, piensa alzando la vista hacia el cielo, todavía quedan un par de horas de luz. Una luz gris y apagada, pero luz al fin y al cabo. No es lo mismo enfrentarse con una escena desagradable de día que a la luz de las linternas.

—Ahí tenéis al marido. Está hundido —les indica el agente uniformado que custodia el cordón policial.

—¿El marido? —inquiere Julia arrugando la frente—. ¿Quién le ha avisado?

—Nadie. Estaba aquí cuando hemos llegado. Es el maquinista.

Julia y Raúl, ambos vestidos de paisano, como es habitual en los agentes destinados a Investigación, se miran sin ocultar su extrañeza. ¿Por qué elegir el tren que conduce tu marido para quitarte la vida? Después se agachan para pasar bajo la cinta de plástico que protege la escena y se dirigen hacia aquel hombre. Con su uniforme de Euskotren, sentado sobre un murete de hormigón, llora con el gesto descompuesto.

—No hay manera de convencerlo para que nos acompañe —explica uno de los sanitarios que lo atienden.

—Natalia… ¿Por qué ella? Natalia… —balbucea el maquinista. El tren, un regional de vía estrecha en el que predomina el color blanco, asiste mudo a sus lamentos apenas unos pasos más allá. En el ambiente flota el aroma inconfundible a hierro y óxido que envuelve los accidentes ferroviarios.

Julia le apoya una mano en la espalda.

—Le acompañamos en el sentimiento. Sabemos que no son momentos fáciles. —Odia que suene a mensaje de mera cortesía, porque en realidad siente cada una de sus palabras. Le arañan la garganta hasta hacerle difícil hilvanar dos sílabas seguidas.

El maquinista asiente levemente y se seca las lágrimas con la manga de la chaqueta.

—Estaba ahí sentada. En medio de la vía —indica con la mirada perdida—. ¿Quién ha…?

El llanto le impide seguir hablando.

—Vamos, por favor. Tiene que acompañarnos —insiste el de la ambulancia.

Un ertzaina llega caminando desde la cola del convoy. Sus pasos hacen sonar las piedras del balasto.

—La habían atado a una silla —anuncia llevándose la mano derecha a la otra muñeca—. Por aquí y por los tobillos.

Julia siente que la noticia despierta de golpe todos sus sentidos. Eso lo cambia todo. Ya no están hablando de un suicidio.

—Asesinato —sisea entre dientes antes de buscar a su compañero con la mirada.

Raúl está tomando fotos de la locomotora. Desde donde se encuentra, Julia no puede ver el frontal, pero no le cuesta imaginarse la mancha de sangre.

—No he podido frenar —lloriquea el maquinista.

—¿Dónde está? —pregunta Julia al uniformado que acaba de llegar con la noticia.

—Allí atrás, a unos ochenta metros. Está entera.

Julia le recrimina con la mirada su escaso tacto. Después se gira hacia el maquinista y le dice:

—Detendremos a quien le ha hecho esto a su mujer.

—No he podido frenar. No he podido —balbucea el conductor.

—Váyase con ellos —le ruega Julia señalando a los hombres de la ambulancia. Junto a ellos pasan los únicos siete viajeros, visiblemente nerviosos. Dos agentes y varios sanitarios dirigen la evacuación—. Lo cuidarán bien. Cuando se encuentre mejor tendremos que hablar con usted.

Después echa a andar hacia el lugar del impacto y marca el número de la comisaría. Hay que alertar a Silvia, la psicóloga que acostumbra a acompañarlos e informar a las familias, para que se desplace al hospital.

—¿Y si no se trata del marido? —apunta Raúl alcanzándola.

Julia comprende a qué se refiere. También ella se lo ha planteado. El shock de arrollar a alguien puede desdibujar el rostro de la víctima y proyectar en su lugar el de una persona cercana. Tal vez se encuentren ante una situación así. En cualquier caso, eso tampoco cambia demasiado las cosas. Tienen a una mujer asesinada fríamente en las vías del tren.

—No tardaremos en saberlo —suspira Julia imaginando la situación. El sonido del convoy acercándose, la vibración de la vía, la sensación de estar atada de pies y manos aguardando a que la bestia de hierro le caiga implacablemente encima—. Ha tenido que ser horrible lo que ha sentido esa mujer.

—Natalia —apunta Raúl recordando el nombre que les ha dado el maquinista.

—Enseguida sabremos si era ella —indica Julia saludando con la mano al uniformado que custodia el cadáver.

—Está entera —les dice a modo de saludo.

—Sí. Ya nos lo han dicho —le interrumpe Julia, agachándose junto al cuerpo. La silla se ha partido en varios pedazos al ser arrollada por el tren, pero la víctima no ha sufrido amputación alguna. El impacto, sin embargo, es demasiado evidente en su rostro y otras partes del cuerpo.

—Ha salido disparada —comenta su compañero.

Julia frunce el ceño al fijarse en la flor que la víctima sostiene en su mano derecha. Ha perdido algún pétalo, pero no tantos como para no poder reconocerla. Es un tulipán. Un hermoso tulipán rojo que apenas destaca entre la sangre que cubre la chaqueta vaquera de la mujer asesinada.

—Qué extraño —murmura—. Sujetaba esta flor con tanta fuerza que ni siquiera el impacto del tren ha podido arrancársela de la mano.

Julia aguarda a que Raúl fotografíe el tulipán antes de tirar de su tallo. Hay que embolsarlo. Podría tratarse de una prueba.

—Está pegado. Joder, por eso no lo soltó… Se lo han pegado a la mano. —Jamás ha visto algo así. Un escalofrío le recorre todo el cuerpo. Tras recobrarse, acaricia el cabello de la víctima como intentando recomponer su imagen, devolverle el aspecto que tenía antes de que le arrebatasen la vida de un modo tan brutal—. ¿Qué te han hecho? ¿Quién te ha traído hasta aquí? —Niega con la cabeza. Aquella mujer no le responderá.

Julia se incorpora con un suspiro. Cuando hace apenas unas horas daba la bienvenida al día haciendo surf entre las olas de Mundaka no imaginaba que la jornada acabaría de un modo tan trágico.

—Ya está aquí el forense —anuncia su compañero.

La ertzaina no responde. Camina por la vía en busca del lugar exacto del impacto. Un pétalo rojo descansa entre los raíles allí donde debía de encontrarse originalmente la silla. Habría que embolsarlo como prueba.

—¿Qué hace eso ahí? —inquiere de pronto. Una sencilla cinta adhesiva liga algo de color dorado a uno de los postes que sostienen la catenaria.

Al aproximarse reconoce una imagen reducida de sí misma. Descubrir su propio gesto confuso en la pantalla de aquel móvil la desconcierta. La señal de grabación está encendida.

—¿Qué cojones…?

—Tengo la cartera —anuncia Raúl acercándose—. ¿Qué es eso? ¿Qué hace un teléfono ahí?

Julia ni siquiera le escucha. Está demasiado horrorizada para poder dejar de mirar la pantalla de aquel aparato.

Una melodía la saca de su trance. La reconoce. Es su móvil. Introduce mecánicamente la mano en el bolsillo y se lo lleva a la oreja.

—¿Qué pasa?

—Tenemos novedades. —Es de comisaría—. El crimen se ha retransmitido en directo por Facebook. Gernika entera está conmocionada.

Julia asiente lentamente. Estira la mano y pulsa la tecla de detener la emisión. Después retira la cinta adhesiva e introduce el aparato en una bolsa de pruebas. Nunca ha visto algo así. El tulipán, la silla en medio de la vía, la retransmisión… Todo aquello es maquiavélico.

Su compañero le muestra un carnet de identidad.

—Pues parece que se trata realmente de la mujer del maquinista… Natalia Etxano —lee en voz alta—. Del sesenta y uno. Cincuenta y siete años.

Julia se acerca a echar un vistazo. La foto le resulta vagamente familiar.

—Natalia Etxano —repite pensativa. Sabe que ha oído antes ese nombre—. Joder, claro, si es la de la radio…

—¡Hostia, la de Radio Gernika!

Natalia Etxano no es una vecina más de la comarca, es la periodista estrella, la conductora del programa matinal líder de audiencia en Gernika y sus alrededores. Julia resopla angustiada. Imagina a la prensa pendiente de todos sus movimientos y preguntando constantemente por los avances en la investigación. Aquello no va a ser nada fácil.

—¡Mierda! —exclama dándose una palmada en la frente. Acaba de darse cuenta de un detalle que va a complicarlo todo más. Mucho más.

3

20 de octubre de 2018, sábado

La llave abre a la primera, no está cerrado con dos vueltas. Ane resopla, asqueada. Algo así solo puede significar que su hermano está en casa. Hace apenas dos semanas que Andoni se ha mudado a vivir con ella, pero comienza a tener la sensación de que hace años que lo tiene allá dentro. Hasta su llegada, ese piso asomado a la plaza abierta al mar de Pasai San Juan se le antojaba el lugar ideal en el mundo.

—Paciencia —se recomienda a sí misma.

Tras cinco años viviendo sola no es fácil tener que adaptarse a compartir el piso con alguien. Y lo peor de todo es que fue ella quien le insistió para que se mudara cuando supo de las constantes broncas de su hermano con su madre.

Ahora se arrepiente, claro.

No es fácil llegar cansada de la comisaría y encontrarse la tele a todo volumen con una de esas series de Netflix que Andoni ve de manera casi compulsiva. ¿Cómo puede pasarse tardes enteras sin salir de casa tragándose un capítulo tras otro y sin parar de fumar? Es que ni siquiera es capaz de abrir la ventana para ventilar el humo del tabaco… Eso cuando es tabaco, porque si el bolsillo se lo permite, son porros lo que se mete entre pecho y espalda.

Cestero también ha sido joven. Caray, que todavía lo es, y también ha fumado más que tabaco en alguna que otra ocasión, pero qué menos que hacerlo en el balcón para no molestar a quien vive con una bajo el mismo techo.

Trata de calmarse para comenzar con buen pie, pero un puñetazo en forma de humo le golpea la cara en cuanto empuja la puerta.

—Ya estoy de vuelta —saluda mordiéndose la lengua para no estallar en una bronca nada más entrar.

—¿Qué tal el curro? Oye, están aquí Ibai y Manu. Pediremos unas pizzas para cenar. Si te animas… —contesta la voz de su hermano desde el salón.

Cestero tuerce el gesto mientras se quita las botas de trabajo. Piensa en sus padres. No está segura de que traerse a su hermano a vivir con ella haya sido buena idea. Solo tiene diecinueve años, nueve menos que Cestero, que aguantó hasta los veinticuatro en el domicilio familiar.

—Cenad tranquilos. Yo picaré algo por ahí —anuncia volviendo a calzarse.

Después baja de dos en dos las escaleras hacia el portal y sale a la plaza. El aire fresco y cargado de salitre se cuela por sus fosas nasales y la reconcilia con el mundo. Olaia, una de sus mejores amigas, si no la mejor, la saluda con la mano. Está junto a la puerta del Itsaspe, uno de los bares de aquella plaza marinera, dando las últimas caladas a un cigarrillo de liar. Algo más allá, Nagore, otra de las inseparables de Ane Cestero, habla por teléfono sin parar de gesticular.

—Estoy hasta aquí arriba de tenerlo en casa —espeta la ertzaina alzando la mano por encima de su cabeza.

—Pues a mí me encanta, porque te vemos mucho más que antes —replica Olaia, dándole un achuchón entre risas.

—No es verdad —protesta Cestero, aunque sabe que su amiga tiene razón. Hasta que Andoni se mudó con ella había días que no salía de casa al volver del trabajo. Ahora, en cambio, baja al bar cada tarde para esquivar las discusiones. Incluso a veces cena un bocadillo o algunos pintxos y sube con el tiempo justo para irse a la cama.

—¿Y piensa quedarse mucho tiempo? —inquiere su amiga.

Cestero se encoge de hombros.

—Para siempre, supongo. Tiene el mismo derecho que yo a estar aquí. Es la casa de nuestra abuela, no la mía. Lo peor de todo es que antes de esto nos llevábamos genial. Si hasta fui yo quien le propuso que se viniera.

Nagore se acerca. Ha terminado con el teléfono.

—¿Ya te ha contado lo del sábado? —pregunta dando un empujón a Olaia en la espalda.

Cestero niega con la cabeza.

—No me digáis que para un día que no salgo de fiesta me perdí algo importante.

Olaia se ríe por lo bajo.

—Me lié con un tío.

La ertzaina abre la boca de puro asombro.

—¿Y eso? ¿Ahora tienes dudas?

—Qué va…

—¿Y…? —Cestero está deseando saber más. Desde que a los dieciséis años tuvo la primera novia, su amiga ha estado siempre con chicas.

Nagore asiente divertida junto a Olaia.

—Estaba bien bueno —dice forzando un gesto de fastidio—. La cabrona me lo levantó. Estábamos las dos hablando con él y, en lugar de dejármelo, va y se lo lleva a casa. Total, para lo que lo aprovecharía…

—Bueno, algo hicimos… Pero no queráis saber detalles. ¡Cotillas!

—¿Ahora eres bisexual?

—Ni de coña. Donde haya una mujer… Fue una locura de una noche. La primera y la última.

Nagore le guiña un ojo a Cestero.

—Mejor para nosotras, ¿no? Así no nos los quita.

La ertzaina suelta una carcajada. Tiene razón. Siempre que salen de fiesta es Olaia quien se lleva todas las miradas. En la lotería de la genética le ha tocado el premio gordo… No necesita salir a correr ni a remar para que cualquier vestido le quede como un guante. Aunque a Cestero no le importa no tener un físico de pasarela. Tal vez sea bajita y tenga un cabello rizado que no le entusiasma, pero se siente segura de sí misma, y más desde que ha descubierto esa plancha con la que consigue alisarse la melena.

—Te lo has cambiado, ¿no? —Olaia señala el aro que Cestero se ha puesto esa tarde en la aleta derecha de la nariz.

—Sí. Estaba cansada de la estrella. La he llevado casi dos años.

—Mola mucho. Se ve más. Y el que te has puesto en la ceja te queda genial… Entre los piercings y el tatuaje del dragón, irresistible. Si me gustaran las tías, me iba contigo —bromea Nagore, guiñándole el ojo a Olaia.

Cestero se vuelve a reír, pasándose la mano por el tatuaje del cuello.

—¿Por qué ese empeño en que es un dragón? ¡Es Sugaar, la pareja de la diosa Mari, a ver si leéis un poco sobre mitología vasca!

—Ya sabe que es Sugaar. Lo dice por hacerte rabiar —apunta Olaia entre risas—. ¡Nos lo has repetido ochenta veces!

La ertzaina empuja la puerta del bar.

—Venga, vamos a tomar una caña. Ya está bien de hacerme de estilistas.

—Pues te iba a decir que me gusta un montón tu pelo liso —anuncia Olaia cogiéndola por el hombro.

—A mí no me disgusta con rizos —apunta Nagore.

—Joder, qué pesadas… ¿Queréis dejarme en paz? Oye, Olaia… ¿No tenías novedades del grupo? —inquiere la ertzaina. ¿Dónde están las ganas con las que formaron The Lamiak hace ya dos años? Ahora que por fin se ha recuperado de la lesión de muñeca que se hizo escalando, está deseando coger las baquetas y sentarse a la batería. Debe de tener los brazos oxidados…

—Todavía no hay nada seguro, aunque tengo casi apalabrados dos conciertos —explica Olaia antes de alzar el dedo a modo de advertencia—. Pero hay que quedar para ensayar, paso de hacer el ridículo como la otra vez. No sé cómo no nos echaron a patadas del De Cyne Reyna.

—¿En serio? ¿Dos? Eso son más que en todo el año pasado —celebra Nagore.

—El doble —se ríe Cestero—. Venga, ¿cuándo quedamos para ensayar?

Apenas ha tenido tiempo de terminar la pregunta cuando su teléfono comienza a sonar.

—No lo cojas, tía. Siempre te están llamando fuera de horas. ¡Es sábado!

—Igual no es del curro —se defiende la ertzaina sacándolo del bolsillo. El número que aparece en pantalla, sin embargo, le obliga a disculparse ante sus amigas y regresar a la plaza para evitar posibles oídos indiscretos.

—Ane Cestero —contesta llevándose el aparato a la oreja. Ojalá se trate de buenas noticias. Tal vez el detenido haya decidido confesar.

—Ane Cestero —imitan sus amigas desde el bar. Siempre se burlan de que responda al teléfono como en las películas americanas.

—¿Qué tal, Cestero? Soy Madrazo. ¿Estás en casa? —inquiere la voz de su jefe.

La ertzaina alza la vista hacia la fachada de vigas verdes que se asoma a la plaza en penumbra. La inestable luz azulada que se cuela a través de la ventana del salón delata la tele encendida.

—Más o menos —reconoce torciendo el gesto—. ¿Por qué? ¿Hay novedades? ¿Ha hablado?

—Qué va. Sigue empeñado en no abrir la boca. Este cabrón pasará a disposición judicial sin que seamos capaces de sacarle una palabra. —Madrazo hace una pausa que da tiempo a Cestero a preguntarse el motivo de la llamada—. Espero que te apetezca cambiar de aires. El lunes te vas a Gernika.

Cestero frunce el ceño.

—¿A Bizkaia? Eso está fuera de nuestra zona.

—Por eso mismo tienes que ir.

—Te explicas fatal.

—Lo sé. Ven a la comisaría y te lo cuento todo.

—¿Ahora?

Olaia sale del bar y alza la mano para llamar la atención de Cestero.

—¿Te pido una caña? Se te va a secar la boca de tanto hablar.

La ertzaina hace un gesto negativo y su amiga le dedica una mirada de fastidio antes de volverse a la taberna. Siempre le recriminan que no pueda desconectar del trabajo ni para tomarse tranquila unas cervezas con ellas.

—Ahora mismo. Es urgente —le apremia su jefe.

—¿Y no puedes contármelo por teléfono? Iba a tomarme una caña con la cuadrilla.

Madrazo tarda en responder.

—Habrás oído lo del crimen del tren. El maquinista que arrolló a su propia mujer…

—Claro. Nadie habla de otra cosa.

—Pues nosotros también tenemos que hablar sobre ello. Ven cuanto antes, anda. ¿No creerás que yo estoy aquí en fin de semana por capricho?

Cestero deja vagar la vista por la bocana hasta posarla en una trainera que surca las aguas a lo lejos, junto a los muelles de Antxo. Apenas logra entrever en la oscuridad el movimiento rítmico de los remos que impulsan la embarcación. En cuanto los días comienzan a acortarse, los entrenamientos nocturnos se hacen habituales en las aguas del puerto.

—Dame una hora.

—Mejor si es media.

La ertzaina suspira antes de guardarse el teléfono. Necesita una caña bien fresca.

—No me digáis que no habéis pedido la mía —bromea empujando la puerta del bar.

4

20 de octubre de 2018, sábado

—Treinta y siete minutos… Gracias, Ane.

Madrazo está sentado en su despacho. Cestero cierra la puerta y se sienta en una de las dos sillas situadas frente a su mesa. No hay besos de bienvenida. Son compañeros, jefe y subordinada, lo demás es pasado.

—Olaia y Nagore te van a colgar de ahí el día que te vean —espeta Cestero con fingido enfado. Su dedo índice apunta bajo la mesa—. Eso de que no me pueda tomar ni una caña tranquila empieza a tenerlas contentas…

—Ya será menos. Además, me tienen más cariño que tú —bromea el oficial.

Sigue teniendo esos ojos negros que derriten con la mirada. Y ese flequillo ajado por el salitre y el sol. Cosas del surf, igual que el bronceado perpetuo y los músculos esculpidos por las olas.

—Bueno, cuéntame. ¿No me habrás hecho venir para hablarme de mis amigas? —dispara Cestero, tratando de sacudirse de encima las ganas de levantarse de la silla y pasar al otro lado de la mesa.

No es la primera vez que tiene que refrenar el impulso. Madrazo sigue atrayéndola. Y sabe que él siente lo mismo por ella. Fueron casi dos años intensos. Lástima que aunque empezaron como en un juego, al final no esperaban lo mismo. Tal vez la culpable fuera la diferencia de edad. Cestero tenía veintiocho años cuando dejaron de verse, su jefe, casi cuarenta. Ella se sentía cómoda sin compromiso. Sexo, conciertos, confidencias… Lo pasaba muy bien con el oficial hasta que él empezó a pedir más.

Cestero no quiso oír hablar de proyectos de futuro ni de vidas compartidas. Y se acabó. Todavía resuenan en sus oídos los reproches de Olaia y Nagore por dejar a un tío que está tan bueno.

Madrazo empuja una hoja hacia ella. Hay un esquema dibujado, un esquema sencillo a modo de árbol invertido. Unas siglas desconocidas lo encabezan:

UEHI

—¿Qué es esto? ¿Qué hace aquí mi nombre?

—Desde hoy formas parte de la Unidad Especial de Homicidios de Impacto. Bueno, no solo formas parte… La diriges.

Cestero observa a su jefe con gesto incrédulo. Hace unas semanas que su superior le había hablado de ello. Una unidad formada por agentes especializados en la resolución de crímenes múltiples o de fuerte repercusión mediática. No era más que un proyecto cuando lo comentaron, pero parece haber subido de golpe varios escalones.

—Y el crimen de Gernika es nuestro primer caso…

—Exacto. La muerte de Natalia Etxano ha sido el empujón final que precisábamos para crear el grupo que vas a dirigir.

—¿Porque la víctima es una periodista famosa?

—En parte sí. O esa es la excusa. Natalia no solo era una locutora conocida, sino también la amante del comisario de Gernika. Eso nos obliga a desconfiar no solo de él sino de los agentes que dirige.

Cestero frunce el ceño.

—He leído que la periodista estaba casada.

—Y él también. Sin embargo, estaban liados desde hace tiempo, y no debían de ocultarlo mucho cuando toda la comisaría lo sabe.

Cestero vuelve a dirigir la vista hacia el papel. Al leer su nombre en lo alto del árbol, es incapaz de reprimir cierta sensación de vértigo. No puede decirse que sea un grupo importante en número. De su propio nombre parten tres ramas. Solo conoce a uno de los ertzainas que va a capitanear.

—Aitor Goenaga. —Lee en voz alta. De haber podido elegir a su equipo personalmente sería el primer compañero en quien habría pensado; quizá el único—. ¿Los demás quiénes son?

—¿No has oído hablar de Txema Martínez, el de Bilbao?

—¿Ese no se había ido a la Interpol?

—Se acaba de reincorporar. Es bueno el tío, aunque un poco soberbio. No dejes que te pise. Tú estás por encima. Diriges el grupo.

La ertzaina clava la vista en la ola gigante que un surfista minúsculo cabalga en la pared de enfrente. Siente un cosquilleo en el estómago. Jamás hasta entonces ha comandado una investigación. Sin embargo, el día tenía que llegar, y su reciente ascenso a suboficial conlleva esa responsabilidad.

—¿Y el cuarto? —pregunta leyendo el croquis—. La cuarta. Julia Lizardi. ¿Quién es?

—Una agente de Gernika. Debe de ser buena. El año pasado solucionó el caso aquel de los buzos asesinados. Me la han recomendado. Y parece que es de las mías, hace surf.

Cestero asiente. Incluir en el equipo a alguien de la zona parece acertado. Así lo tendrán más fácil a la hora de moverse sobre el terreno y también para integrarse mejor en la comisaría donde trabajarán.

—¿Quién ha elegido el equipo? —inquiere Cestero.

—Yo. Dos de Bizkaia y dos de Gipuzkoa, para no herir sensibilidades, ya sabes cómo es esto.

La suboficial asiente. Siempre los malditos equilibrios geográficos…

—Nadie de Vitoria —observa.

Madrazo se encoge de hombros. No responde. Cestero conoce la respuesta. Los de allí nunca se quejan.

—¿Dependemos de Erandio o de aquí? —pregunta la suboficial refiriéndose a las comisarías centrales de Bizkaia y Gipuzkoa.

—En principio de mí. Los de aquí tenemos más experiencia en este tipo de casos, por eso me han encomendado a mí organizarlo todo. La unidad que acabamos de crear solo estará operativa cuando las circunstancias lo requieran. Cuando no haya ningún caso abierto, trabajaréis cada uno en vuestras respectivas comisarías.

—O sea, que solo nos reuniremos cuando haya algún crimen de los chungos.

Madrazo asiente.

—Homicidios múltiples, seriales, víctimas de especial notoriedad… Los casos que generan alarma social, vaya.

Cestero resopla. No suena nada bien. Alarma significa prensa, y prensa significa presión. Espera ser capaz de mantenerse fría en tales circunstancias.

—¿Quién es Silvia? —pregunta leyendo el último nombre que aparece en la hoja.

—Psicóloga. La han elegido los de Bizkaia. Suele colaborar con ellos. Parece que es muy buena trazando perfiles psicológicos. Os ayudará a comprender mejor la mente del asesino.

—¿Crees que ha sido el comisario?

Madrazo levanta las cejas, que se pierden bajo su flequillo rubio.

—¿Olaizola? Espero que no. Pero eso lo descubrirás tú, estoy seguro. No creo que te reciba con una alfombra roja. No aceptará de buen grado esta intromisión en su feudo, y menos que haya dudas sobre su posible implicación en el caso.

La suboficial vuelve a alzar la vista hacia el póster de la ola. De repente tiene la impresión de que está a punto de romperle encima.

—¿Cuándo empezamos?

—El lunes. A las nueve os esperan en Gernika. Y, oye, solo una cosa… La comarca está muy afectada. Tendréis a la prensa demasiado encima. Trátala con tacto si no quieres tener problemas.

Cestero se pone en pie. Duda unos instantes. ¿Debe darle las gracias por confiar en ella o un portazo por haberle complicado la vida en solo unos minutos?

—Gracias —murmura finalmente.

Madrazo le quita importancia con un gesto.

—Ane —la llama cuando está abandonando el despacho. Ella se gira hacia él, la mano en la manilla—. Demuéstrales que eres la mejor. Ya está bien de que tengas que estar siempre bajo la lupa por haber salido con tu jefe. Tendrás que oír que te he regalado el puesto… Que les den. No hay ningún ertzaina mejor capacitado que tú para este trabajo. Es tu oportunidad de demostrarlo. Aprovéchala.

5

22 de octubre de 2018, lunes

Falta un minuto para las nueve de la mañana cuando Ane Cestero y Aitor Goenaga empujan la puerta de la comisaría de Gernika. Cestero no recuerda haber llegado nunca tan puntual al trabajo, pero compartiendo coche con su compañero es imposible retrasarse. La ha obligado a levantarse una hora antes de lo necesario, no fueran a encontrarse algún imprevisto en la carretera.

Retirándose la capucha del chubasquero, Ane esboza una sonrisa y muestra su identificación al ertzaina que atiende el mostrador de recepción. Aitor también tiene la suya en la mano.

—Egun on. Creo que nos esperan.

El hombre asiente desganado antes de coger el teléfono y marcar una extensión interna.

—Al final del pasillo a la derecha —indica con la mano mientras aguarda respuesta—. Julia, están aquí los guipuzcoanos… Sí, van para allí… De nada.

Los ertzainas avanzan por el corredor hasta que una mujer les sale al paso. Una melena de mechas californianas enmarca su rostro, que a primera vista resulta demasiado anguloso, pero agradable. Tiene aspecto de deportista, aunque tal vez sea solo el efecto de esos hombros tan rectos. ¿Cuarenta años? Quizá no tanto, pero ahí andará.

—¿Suboficial Cestero, agente Goenaga? —La mano que les tiende está fría—. Bienvenidos a Gernika. Soy la agente Lizardi, Julia Lizardi.

Las presentaciones y las preguntas de cortesía sobre el estado de la carretera apenas ocupan unos instantes. El gesto de Julia se ensombrece de repente. Su mirada cae hacia el suelo. De pronto no parece tan cómoda. Cestero apenas tiene tiempo de preguntarse qué ocurre antes de que una voz a su espalda le brinde la respuesta.

—¿Me he perdido algo? —saluda el recién llegado.

Julia niega con la cabeza.

—Es el suboficial Txema Martínez —presenta la agente adelantándose para darle dos besos—. ¿Qué tal, Txema?

El policía le corresponde sin esconder una sonrisa que parece forzada.

—No tan bien como tú… Estás muy guapa —dice sin ser capaz de mantenerle la mirada. Después se gira hacia Ane y Aitor—. Vosotros debéis de ser los guipuzcoanos.

—Suboficial Cestero y agente Goenaga —presenta Julia.

—Aitor. Llámame Aitor, por favor.

Txema estudia a Cestero con la mirada. El tatuaje del cuello y los piercings en la nariz y la ceja parecen reclamar especialmente su atención.

—Eres muy joven para tu graduación, ¿no?

Ella se da cuenta en el acto de que no es un cumplido.

—Señal de que soy buena —sentencia, decidida a no darle la más mínima opción a desacreditarla. ¿Por qué no se plantean que tal vez sea Madrazo quien le deba a ella el puesto? ¿Quién sería hoy su superior de no haber sido por la pericia de Cestero en la resolución de los casos más complicados?

Txema sonríe sin ganas. Rondará los cuarenta y cinco años, quince más que Cestero, y lleva una corbata que le estrangula el cuello. Tal vez sea un complemento habitual en la Interpol, pero resulta extraño en una comisaría de la Policía Autonómica Vasca.

—Podemos comenzar con el caso. ¿Os resumo lo que tenemos? —interviene Julia. Se ha terminado el tiempo de las presentaciones.

—La periodista famosa y poderosa que puede tener tantos enemigos como habitantes Gernika… —apunta Txema, dejando su maletín en el suelo—. ¿No tenéis máquina de café aquí?

Julia dirige la mirada hacia el hueco que se percibe en el ensanchamiento del pasillo.

—Se averió hace meses y no la han vuelto a traer. Ahora vamos al bar. Mejor así, un poco de vida social fuera de estas paredes.

Cestero apenas los escucha. Hay algo en el caso que la inquieta desde que tuvo noticia de lo sucedido.

—¿Pudo el marido colocarla en la vía y regresar al tren?

—¿El marido? —Julia parece realmente descolocada—. Estuve con él en el escenario. Estaba hundido. El tren no tuvo tiempo de detenerse. Ese hombre nunca se quitará de la cabeza lo sucedido la víspera ante sus propios ojos.

Cestero no tira la toalla:

—Hay rumores, parece que bastante consistentes, de que Natalia le era infiel. No podemos descartar que el marido quisiera vengarse. Desde luego que la coartada preparada sería inmejorable. Habría que investigar qué hizo en los minutos previos al accidente. ¿Hubo alguna parada extraña? Eso debe de quedar registrado en algún lugar.

Aitor carraspea para llamar su atención. No acostumbra a intervenir.

—La retransmisión en directo del crimen sugiere una venganza. Alguien a quien la periodista expuso al escarnio público en su programa y que ha decidido darle una espantosa muerte pública.

Conforme habla, su rostro va ruborizándose. Tal vez a los otros les llame la atención, pero no a Cestero. Es habitual en aquel hombre que pasa por poco de los cuarenta años y que todavía conserva un hermoso rostro infantil. Dos simpáticos hoyuelos junto a la comisura de los labios refuerzan seguramente esa impresión.

—Una quema de brujas del siglo veintiuno —añade Cestero. En el bar donde han parado a tomar un café solo se hablaba de eso. Todo Gernika parece haber visto la secuencia del atropello. El pueblo está realmente consternado—. ¿Podemos ver la grabación?

—Debéis verla —le corrige Txema, enfatizando el imperativo—. Ya he pedido que la revisen fotograma a fotograma por si hay algo que se nos escapa a simple vista. Julia, ¿la tienes por ahí?

La agente asiente y los invita a seguirla hasta su ordenador. La sala de la unidad de Investigación es similar a las que hay en cualquier comisaría. Tres mesas largas con cuatro puestos de trabajo cada una. Julia se detiene en la primera de ellas y gira una pantalla hacia sus compañeros.

—Trabajaréis aquí —anuncia, señalando el resto de la mesa—. La hemos dejado libre para que podáis ocuparla tranquilamente.

La secuencia comienza con una imagen de la víctima sentada en medio de la vía. En un primer momento Natalia aparece adormilada, seguramente bajo los efectos de alguna droga. Apenas son unos segundos. Después comienza un forcejeo para tratar de liberarse. La silla baila sobre las traviesas y la boca de la periodista se abre en un grito gutural que obliga a Julia a bajar el volumen de los altavoces. La ría de Mundaka, corazón de la Reserva de la Biosfera de Urdaibai, cuela sus intensos azules entre los árboles que enmarcan la escena. Un cuidado decorado que maravillaría a cualquier director de cine.

Cestero siente su propio pulso acelerarse con cada nuevo grito angustiado. Igual que en las películas, confía en que algún imprevisto desbarate un crimen planificado al milímetro: que la silla se mueva lo suficiente para apartarla de la trayectoria de la locomotora o que Natalia pueda liberarse de las ligaduras que la mantienen inmovilizada.

—Es brutal —murmura.

—Menudo hijo de perra… —añade Aitor, apartando la mirada de la pantalla.

—O hija —señala Julia.

—No. Apostaría por un hombre. Las mujeres no matamos de manera tan violenta. Somos más sutiles. Veneno… —le corrige una chica que se ha acercado sin que se percataran. Es bajita, tanto como Cestero, y tan delgada que parece una niña, aunque pasa de los treinta, eso seguro—. Soy Silvia, la psicóloga —se presenta tendiéndoles la mano.

—Siempre hay excepciones —apunta Cestero con la vista clavada en el intenso color rojo del tulipán que sujeta la víctima. Es una imagen turbadora. La ternura de una flor en medio del horror.

El traqueteo del tren se cuela de pronto por los altavoces. El rostro de Natalia cada vez más desencajado, sabe que su final está escrito.

—Aquí llega su marido —comenta Julia cuando el insistente silbato del ferrocarril oculta casi por completo los gritos.

Todo sucede muy rápido. El convoy entra en el encuadre y se precipita sobre la víctima. La pantalla se llena de los colores del regional y los altavoces se saturan con el chirrido de los frenos. Después solo queda la vía. La vía y un pétalo de tulipán que baila a merced de la brisa. Nada más, solo un silencio sepulcral y la soledad de la muerte.

Durante unos instantes ninguno de los policías es capaz de abrir la boca. Cestero siente una garra estrujándole la garganta. Ha visto demasiados horrores en sus cinco años como ertzaina, pero ninguno como aquel.

—Esa mujer tuvo que sufrir muchísimo. —La voz de Julia se oye rota.

Cestero asiente lentamente. El pétalo sigue bailando entre las traviesas.

—¿Cuánta gente vio el vídeo? —pregunta cuando logra articular palabra.

—Ciento ocho mil personas. La red social tardó solo cuarenta minutos en retirarlo, pero para entonces era el vídeo más reproducido en todo el país —explica Txema.

Cestero resopla, asqueada. El morbo, siempre el morbo. Es sencillamente horrible.

—Estamos buscando a alguien muy peligroso. Os dais cuenta, ¿verdad?

—¿Qué sabemos del forense? —la interrumpe Txema.

Julia coge la carpeta marrón que tiene sobre la mesa y la abre.

—Politraumatismo. Un montón de huesos rotos, entre ellos el temporal y el occipital. Falleció en el acto. Estamos pendientes de recibir el análisis toxicológico, pero no tendría dudas de que fue sedada —resume.

—No hay más que ver las imágenes. Estaba dormida cuando la sentó allí —sentencia Txema.

—Quizá estemos buscando a más de un asesino. No es fácil hacer todo eso solo —sugiere Julia.

Mientras habla, la ertzaina vuelve a pulsar la tecla de reproducción. Los gritos resultan igual de estremecedores que la primera vez.

—Responde más a un claro patrón psicopático. El tulipán, la retransmisión… Es un lobo solitario, frío y calculador. No olvidemos que tenía controladas demasiadas cosas. Empezando por los turnos de los maquinistas. No eligió un tren cualquiera —apunta Silvia.

—Buen resumen. No cambiaría ni una coma —admite Cestero. Le gusta la agilidad de Silvia.

—Estoy con vosotras. Actúa solo y movido por el odio —sugiere Aitor.

—Tu jefa no ha dicho nada de odio —le corrige Txema.

Cestero se muerde la punta de la lengua para no replicarle. ¿A qué viene eso de tu jefa? ¿Acaso Txema no la considera la jefa de todos? La convivencia de dos suboficiales en un mismo grupo no va a ser fácil, y menos cuando es una mujer la elegida para dirigirlo. Es triste pero Cestero sabe que todavía es así con muchos de sus compañeros, y Txema no parece una excepción.

—¿Qué me dices de la flor? —Cestero se dirige a Silvia.

—No es una firma cualquiera. Los tulipanes representan la organización, son flores que dejan poco al azar, siempre iguales, con sus seis pétalos. Dos rosas nunca serán iguales, tampoco dos crisantemos, pero sí dos tulipanes. Podríamos estar ante alguien muy metódico.

—Eso complicaría nuestro trabajo —protesta Txema tras chasquear la lengua—. Cuanto más previsto lo tuviera todo, menos cabos sueltos habrá dejado para que podamos tirar de ellos.

Silvia asiente antes de continuar.

—No solo eso, y esto quizá nos interese más: el tulipán es una flor que se ha asociado con la tristeza por desamor o por una amistad traicionada.

—¿Quieres decir que quien colocó a Natalia en medio de la vía podría haber sido un antiguo amante? —sugiere Cestero con la mente puesta en el comisario.

—O un amigo al que dejó de lado, o un loco cuyo amor hacia la periodista nunca fuera correspondido… —objeta Julia.

Aitor carraspea suavemente.

—Tal vez esté intentando transmitir un mensaje. En el siglo diecisiete se popularizaron las pinturas que recordaban a quien las contemplaba que todo es efímero. La vida es breve y antes o después todos moriremos. Los tulipanes acostumbraban a ser una pieza esencial en esos cuadros.

—¡Vaya mal rollo! —exclama Julia.

—Bueno, es arte con mensaje —justifica Aitor—. Hay uno muy bueno de la escuela flamenca en el museo de Bellas Artes de Bilbao.

La psicóloga arruga el entrecejo y asiente convencida.

—Estaríamos ante un asesino que aprecia el valor estético y a la vez simbólico de su firma.

Cestero apenas los escucha. Su mente ha pisado el acelerador.

—¿Cada cuánto tiempo pasan trenes por el lugar del crimen? —pregunta.

—El convoy que circulaba en sentido contrario pasó por ese punto veintidós minutos antes del impacto, que sucede después del segundo minuto de la retransmisión. Eso le dio al asesino veinte minutos para disponerlo todo: la silla, el móvil… —interviene Julia, consultando sus notas.

Cuando el tren arrolla por segunda vez a Natalia Etxano, Cestero apaga la pantalla.

—No podemos quedarnos aquí pasmados toda la mañana. Hay que ponerse las pilas. ¿Sabemos dónde la abordó? ¿Dónde fue vista por última vez?

Julia niega con la cabeza.

—Habrá que hablar con el marido y con los compañeros de la radio —sugiere Txema.

—Y registrar la vivienda de la víctima. Quizá encontremos alguna amenaza. Y su correo electrónico, redes sociales… —añade Cestero—. Aitor, tú irás a Radio Gernika. Rebusca en los papeles de la locutora. Entérate de quiénes podrían ser sus enemigos. Los más recientes, pero también viejas heridas que pudieran haber quedado abiertas en el pasado. Julia, tú vas a hablar con el marido. Txema y yo nos encargaremos de indagar en la vida personal.

—¿La vida personal de quién? —oye Cestero a su espalda.

Mordiéndose el labio, la ertzaina se gira, igual que sus compañeros. Desde que ha puesto el pie en la comisaría sabe que ese momento tiene que llegar, aunque no lo esperaba con tanta brusquedad.

—Luis Olaizola, comisario de Gernika. Bienvenidos. Espero que os hagamos sentir como en casa —se presenta tendiéndoles la mano a todos excepto a Julia y Silvia. A ellas las ve cada día.

Su rostro es afable, de formas redondeadas y con un tono sano que se extiende a su amplia calva. A Cestero le hace pensar en Olentzero, el popular carbonero que trae a los vascos los regalos de Navidad. Pero no quiere dejarse engañar por las apariencias, aquel tipo no está feliz de tenerlos allí. Su presencia supone para él una hiriente desautorización por parte de sus superiores. La misma que deben de sentir los agentes que observan sin disimulo el encuentro desde sus puestos de trabajo, en filas posteriores.

—Gracias —responde Cestero, forzándose a sonreír. No le gusta el tono excesivamente cordial que ha empleado el comisario.

La ertzaina se gira en busca de sus compañeros de equipo, que se limitan a asentir.

El comisario apoya suavemente la mano en el hombro de Cestero para reclamar su atención.

—Sé por qué estáis aquí. La flamante Unidad Especial de Homicidios de Impacto… —De repente ha desaparecido de su rostro todo atisbo de amabilidad—. Natalia y yo tuvimos una aventura. No lo puedo negar. Gernika es demasiado pequeño y no fuimos suficientemente discretos. Pero hace tiempo que dejamos de vernos. En los últimos meses mantuvimos una relación correcta, pero nada más. Os ruego que no escarbéis en ello. Yo no tengo nada que ver en su muerte. Soy el primero que la lloro y que quiere ver el caso resuelto cuanto antes.

—¿Por qué la mataron? —pregunta Cestero a bocajarro.

Olaizola aprieta los labios en una mueca de tristeza y niega con la cabeza.

—He pensado en ello —reconoce—. En los últimos meses alzaba mucho la voz contra los mariscadores furtivos, unos pobres diablos que aprovechan la noche para sacar moluscos de la ría sin licencia alguna. De vez en cuando hacemos batidas contra ellos, pero es complicado, Urdaibai está lleno de recovecos donde esconderse… Aunque, a decir verdad, me cuesta creer que unos kilos de berberechos puedan estar detrás de un asesinato tan brutal.

Cestero está de acuerdo. La elección del tren conducido por el marido de la víctima para asesinarla parece responder más a motivos personales.

—Y está también el asunto del narcotráfico —apunta Julia, logrando una rápida negativa del comisario—. La víctima denunciaba en su programa que una red de narcos está operando en nuestra zona.

—Hemos interceptado las lanchas donde supuestamente entra la droga en más de una ocasión y jamás hemos encontrado un gramo de estupefacientes a bordo. —La interrumpe el comisario—. He llegado a pensar que lo único que pretendía extendiendo esos rumores en su programa era dañar mi imagen.

Cestero asiente. En su mente luchan la hipótesis del desengaño amoroso con la del ajuste de cuentas de una banda de narcos. Las dos encajan con un crimen planificado de manera tan macabra. Sin embargo, algo no termina de cuadrar.

—¿No acaba de decirnos que su relación con la víctima era correcta?

—Bueno, es una manera de hablar —reconoce el comisario—. Y tutéame, por favor. Somos compañeros.

—¿Cuánto tiempo estuvisteis juntos? —Es Aitor quien habla ahora.

—¿Natalia y yo? Pues no sé. Un par de años, algo más quizá.

—¿Y cuál fue el motivo de la ruptura?

Olaizola mira alrededor para asegurarse de que nadie asiste a la conversación. Es evidente que hablar sobre sí mismo lo incomoda bastante más que hacerlo sobre berberechos.

—Motivos personales. Los dos teníamos pareja y la situación comenzaba a ser insostenible. Había que avanzar en una dirección o en otra, y tomamos la decisión de dejar de vernos.

—¿De mutuo acuerdo?

El comisario alza el mentón y traga saliva. Cestero tiene la sensación de que le cuesta contener las lágrimas que iluminan unos ojos cada vez más brillantes.

—Ya seguiremos en otro momento, si no os importa… —comenta Olaizola antes de retirarse.

El hombre se aleja por el pasillo. Los hombros hundidos, los pasos lentos…

—Habrá que indagar sobre él también. Sin hacer mucho ruido, pero habrá que hacerlo —musita Cestero.

Txema asiente, arrugando la nariz. Después se ajusta el nudo de la corbata.

—Va a haber que indagar sobre mucha gente —suspira antes de interrogar al resto del equipo con la mirada—. ¿Empezamos?

6

22 de octubre de 2018, lunes

Julia pulsa el timbre y cruza una mirada con Silvia. La psicóloga esboza una fugaz sonrisa en un claro intento de insuflarle ánimos. Tener que interrogar como sospechoso a un hombre que acaba de perder a su mujer es duro. De haber podido elegir, la ertzaina habría optado por algún otro de los cometidos que han sido asignados a los restantes miembros del equipo.

—Qué asco de tiempo… De verdad, eh… —protesta la psicóloga cerrando el paraguas.

La ertzaina le devuelve una mueca de circunstancias. Hace casi dos meses que no ven el sol. La falta de luz y el exceso de agua comienzan a hacer mella en el ánimo de todos.

—Para mañana creo que dan bueno —apunta insistiendo con el timbre.

—¿Bueno? A mí ya no me engañan… Aquí bueno es dejar de llover medio día para volver a caer agua otras dos semanas más —comenta Silvia secando las gafas con un pañuelo de papel—. Estoy por volverme a Palencia.

Se oyen pasos al otro lado de la puerta.

—Este año está siendo peor de lo habitual —trata de animarla Julia.

—Y el anterior, y el otro también. Mi novio lleva repitiéndome eso mismo desde que me vine a su tierra hace tres años —se lamenta la psicóloga. Apenas tiene tiempo de terminar la frase antes de que se abra la puerta.

—Hola. —Las profundas ojeras del maquinista delatan una larga noche en vela, igual que la expresión desorientada de su mirada. Se hace a un lado para invitarlas a pasar. Un montón de papeles ocupa la mesa del comedor—. Perdonad el desorden. No encontraba la póliza de decesos de Natalia. Ni siquiera recordaba con qué seguro la había contratado… No estábamos preparado ...