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LA DIFICULTAD

Tomás Abraham  

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Fragmento

I

Fui a un colegio privado de origen escocés. Tenía seis años. Después de dos mi madre decidió que era flaco. En aquel comedor escolar se rezaba un Padrenuestro antes de comer una carne guisada que parecía un moco marrón deshilachado. Había que agachar la cabeza, mirar el plato vacío. Por un micrófono en la otra punta de un enorme refectorio la voz de un hombre decía las palabras de agradecimiento al Dios crucificado por esa gelatina cárnea con un pedazo de pan al lado. Por ser judío, no acompañaba la oración. Apenas probaba bocado. A veces en la vida no se es adepto a la comida. No se le da importancia. Mejor correr. Jugar. Comer obliga a estarse quieto. No por eso estaba flaco, pero no rellenaba las medidas de la nutrición matriarcalizada. Mi madre me quería ver más redondo a la manera en que Aristófanes describe en El banquete la raza de los primeros hombres esféricos. Por ser el colegio una institución de doble turno, preparaba una merienda para la mitad de la mañana. Mamá jamás preguntó qué quería o qué me gustaba comer. De todos modos hubiera sido inútil. Me gustaban los helados Laponia que se vendían a la salida del colegio. Y el aroma de los panchos con mostaza del kiosco interno al campus abrían el apetito. Pero la costumbre de la casa era otra. Un emparedado de pan lactal con manteca y jamón que arrojaba por la ventanilla del micro escolar cada día durante el trayecto hacia la lejana localidad de Haedo. Lo tiraba a la altura de Ramos Mejía. Al ver que no engordaba satisfactoriamente mis padres me inyectaron una serie de jeringas con aceite de hígado de bacalao. El ardor era terrible. Fuego puro dos veces por semana. Comencé a tener un hambre descomunal. Cuando el instinto de voracidad llegaba a la cumbre, mi madre me llevaba a la confitería en donde me avalanzaba sobre una docena de triples de miga bajados con Coca-Cola.

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Hubo una época en que existían en Buenos Aires las confiterías. Se iba a la confitería. La palabra viene de confites. Los confites son como caramelos. Por eso el ambiente de las confiterías era algo dulzón. Afectado. El rey de la confitería era el sándwich de miga, el triple, más que el simple, de jamón y queso. Jamón y tomate era el clásico. En el mundo de la gastronomía confitada, todo adepto al sándwich triple de miga, como era mi caso, un fanático vitalicio, lo disfruta cuando está húmedo. Se lo puede ablandar con mayonesa o manteca, y se lo tapa con una campana de vidrio sobre el mostrador, con paños que mantienen la humedad. Por eso el mejor sándwich de miga es el que evita, en lo posible, la masticación. En cierto modo se lo chupa.

En las comidas familiares al terminar el tercer plato de fideos la familia aplaudía el logro conseguido. En poco tiempo engordé once kilos. Me convertí en un gordito. No feliz, más bien desdichado. O, mejor dicho, cambié de felicidad. Dejé de correr y de tirar piedras a los compañeros en las batallas campales. Perdí agresividad. Me volví un eunuco. Este trabajo nutritivo tuvo su descarga compensatoria. Llegué a ser un expulsor de heces en los recreos de mi escuela primaria. Está comprobado que el cuerpo es una máquina. A pesar de estar obligado por decreto de necesidad y urgencia ajena a sentarme en el trono todas las mañanas durante una media hora sin éxito, antes de salir al mundo, esa constipación temprana se resolvía horas más tarde en un ambiente despojado de los más elementales recursos de higiene anal. Luego del almuerzo escolar en el que no rezaba ni comía, tenía una hora de recreación para recorrer un territorio de varias hectáreas. En ese intervalo sentía dilatarse el ano por la presión de algo blando que quería salir, esta vez sí, con cierta urgencia. Buscaba papeles tirados en el suelo de tierra para limpiarme. Por lo general diarios viejos hechos bollos que siempre se encuentran en los descampados. El edificio en el que se dictaban clases estaba cerrado durante el recreo largo. Corría al único lugar dispuesto para evacuaciones, un baño desvencijado de una casona que llamaban “casa vieja”, y hacía lo que podía. Es decir, ensuciarme un poco las piernas, otro poco la mano, y frotarme con el papel viejo que no saldaba su permanente insuficiencia agravada por la falta de agua y la rotura de caños. El guardapolvo tenía manchas. Volvía al aula con olor fétido. En el micro estaba aislado, sentado al fondo del pasillo.

Era tartamudo. No podía leer en clase. En realidad, lo hacía por pedido de la “señorita”. La quijada endurecida y la lengua pegada al paladar se resolvían más bien en gemidos. Tampoco escribía. Era un zurdo contrariado. Varias sesiones con las manos atadas lograron acostumbrarme a aceptar que la otra mano estaba muerta para la escritura. Era como volver a nacer pero al revés. Alguien le había dicho a mi padre que si dejaba que su hijo escribiera con la mano izquierda se convertiría en un ser infeliz toda su vida.

Por mi bien fui corregido. No fue una tarea fácil. Era muy costoso. La mano inmovilizada tenía el reflejo innato reprimido y había que sujetarla para que no se saliera de cauce. La otra también hacía un movimiento contranatural ya que no estaba destinada a esa extraña motricidad fina que impone la escritura. Todo el cuerpo estaba tenso.

La primera palabra que pidieron que escribiera en el pizarrón fue “casa”. No alcanzó la superficie negra a pesar de que en ese rectángulo áspero cabía una vasta distribución de signos. La “a” no terminaba nunca. Era más larga que un arco iris. Una parábola que aterrizaba fuera de sitio. Podía con alguna facilidad seguir el lomo de la “a” pero costaba un gran esfuerzo bajar y dar la vuelta del signo. En sentido literal es posible decir que el grafo de la lista alfabética no concluía. La letra no aparecía. Ni el culo cerraba.

Al menos la batalla en el pupitre tenía un sesgo de ceremonia más privada. No debía exponerme ante toda el aula cuando intentaba escribir algo digno de ser interpretado como una palabra, no como jeroglífico, o cuando ordenaban leer en voz alta frente a todos los compañeros a los que ni me atrevía a mirar hasta que la señorita decía: “Está bien, Nicky, podés sentarte”.

En el banquillo se jugaba el destino de las extremidades. Mis manos eran activas. Organizaba peleas entre manos. El índice izquierdo era el cuerpo de un hombre que tenía los dos brazos en el mayor y el pulgar de la misma mano. La derecha estaba conformada del mismo modo, su cuerpo y sus miembros entre los tres dedos. Ponía las manos frente a frente y se iniciaba el combate. La izquierda ganaba. Los índices eran muy distintos, tenían caras. El pliegue superior era la cara. Las uñas parte del pelo. La zona de las huellas digitales la frente del personaje. Pero no eran humanos. Eran dedos. No los dedos dedos, sino los dedos humanoides. Los golpes que se daban las manos se acompañaban de resoplidos de la boca. Eran el punch que recibían los índices de los mayores y pulgares del adversario.

Pero en clase mis dedos se ponían tiesos, dejaban de pelear y se entregaban, domesticados, al trabajo forzado. La mano en lugar de desplazarse por los espacios se fijaba en un punto y profundizaba, apretaba y perforaba la superficie.

Cuando agarraba el plumín, agujereaba la hoja del cuaderno. Lo trepanaba. Era grande la presión que ejercía sobre la mano derecha para que siguiera el curso del signo implementado por el inventor del alfabeto. Era inevitable manchar el blanco papel con tinta y empeorar las cosas al intentar borrar las huellas.

Por las manchas de caca desparramada, la mano inmovilizada y la otra con la pericia discontinua propia de los robots —sólo faltaba que se prendieran lucecitas en mi frente para completar cierta desorientación debida a mi torpeza—, la tartamudez que me desnudaba públicamente y el engorde con jeringas y aceites, la vida se había vuelto muy sensual. No todos los chicos disfrutaban de ese contacto directo con los elementos primarios. Todos los sentidos interactuaban. El gusto, el olfato, el tacto, y hasta la vista. Sentía como un animal. Sin la neutralización distante que impone la palabra, mi cuerpo era pura sensibilidad.

Vivía en una casa en altos de la calle Terrada después de habitar en Pedernera 65 y una breve estancia en Ramos Mejía en calle olvidada, Terrada 88, esquina Yerbal. Los dueños de la vivienda habitaban la planta baja con un gran patio al que daban mi dormitorio y el de mi hermano. Todas las tardes desde la cama escuchaba las voces que se levantaban desde la planta baja antes de que oscureciera. Otro de los tantos exotismos de mi familia era la hora de acostarse. A las ocho de la noche a la cama. En el verano decía “buenas noches” con el sol en el horizonte como si viviera en Noruega. El otro exotismo ocurría al despertarme. El único baño de la casa era ocupado por the big man que iniciaba su ritual de afeitarse y ponerse brillantina en su pelo lacio y abundante. Escuchaba las noticias por el rotativo del aire de radio Rivadavia en una de esas nuevas radios de transistores que ubicaba al costado de un frasco de Glostora. The big man interrumpía su repetida actividad, hacía un intervalo y le ordenaba a su hijo mayor, yo, en vísperas de ir a la escuela, sentarse en el inodoro hasta que despidiera el primer sorullo. Con éxito o no, levantado del trono, le seguía la obligación del cepillado de dientes, obligado y metódico, que el niño odiaba, aprovechando la mínima ocasión para arrojar la repugnante pasta dentífrica por el agujero del lavatorio. Le seguía un vaso de leche chocolatada que debía tomar con pausas si no quería recibir un bofetón sonoro y rápido como latigazo, ya que era pecado venial que lo tomara a las apuradas. Por qué aceleraba el trámite de la ingesta y por qué lo abofeteaban permanecía depositado en eso que llaman “tesoro de la juventud”. Después seguía la rutina de poner en el portafolio el mantecoso pan de jamón y queso que arrojaría por la ventanilla del micro antes de llegar al colegio para luego retener el producto hasta quedar exhausto antes de la derrota y ensuciarme en el predio durante los recreos.

En el colegio las letras debía decirlas. Eran cascotes en mi boca. Las letras había que escribirlas. Garabateaba como un manco. En mi hogar también leerlas. Esa vida llamada literaria se inició con una actividad incomprensible, cuyo significado nunca dejaba de ser un misterio. Debe de haber una autoridad que considere excelsa la práctica del abecedario como un arte, que para unos será bello, para otros necesario y para muchos, toda una novedad.

La literatura comienza con el ingreso del objeto libro al hogar. Hasta ese momento la lectura era una de las actividades escolares en las que mostraba mi discapacidad. Se hacía en voz alta y eso era todo. Aprender a leer y escribir, o a sumar y restar, era la escuela. Un día el gran hombre de metro noventa de estatura ordenó iniciarme en la lectura con un libro que decía Peter Pan, de tapa dura y roja y sin dibujos. Exigía leerlo cada día y terminar con sus páginas en un tiempo prudencial, con un límite temporal impreciso. La orden tenía tanto sentido como que me ordenaran comer el libro. Confinarme a estar solo y leer un libro fuera de clase, en soledad, sin voz, mudo, parecía un castigo aunque no se impartiera como tal. Era un deber, un acto de importancia. No había explicación de porqué el sándwich debía llevar manteca y ser de pan de leche, o las razones por las que la chocolatada había que beberla con parsimonia, o tener que acostarse con el sol a media asta, o hacer fuerza cada mañana sin moverse hasta cumplir con la misión parental… y de tantas cosas que eran así porque sí. La familia es así, unos mandan y otros obedecen, y del bien saben los grandes. Las ganas no tienen que ver con el bien, y así como el recuerdo más lejano que tengo de mi padre es el de estar sentado a su lado, pequeñito y él enorme, con unos gajos de mandarina en su mano, y mi padre diciéndome, tan protector, que si tragaba las semillas recibiría un cachetazo, no me llevó mucho tiempo deducir que leer un libro era lo mismo que no tragar las semillas. Algo que había que hacer porque estaba bien no tragar en un caso y comérsela en otro.

Era una vida con momentos de alegría, especialmente los viernes a la noche, cuando íbamos a la casa de parientes a cenar y mirar televisión. Una morocha que cantaba tangos y un cómico con bigotes postizos amenizaban a la familia. La semana se coronaba los domingos con el partido de fútbol del club al que todos eran adictos. Cuatro horas de sufrimiento por las desventuras de un equipo de barrio, que ganaba, empataba y perdía con extrema regularidad. La vuelta al hogar me oprimía el pecho, como sucede luego de un acontecimiento de gran intensidad; me calmaba pensando que a la mañana siguiente iría a la escuela, la nueva, finalizado mi ciclo escocés, un colegio de barrio en el que no se rezaba, no me cagaba, no comía esos dados podridos de carne vieja; la escuela pública a la que acudiría una vez engordado y donde la maestra mimaba a los alumnos.

Además, para tranquilidad materna, el mantenimiento de la gordura adquirida estaba garantizado por los almuerzos una vez de vuelta al hogar.

El libro era insoportable. Las letras negras y pequeñas había que deletrearlas una por una hasta llegar a pronunciar mentalmente las palabras, una por una, hasta terminar cada renglón uno por uno, y con sumo esfuerzo poder acabar cada una de las incontables páginas. Arranqué una. Después guardé el libro. Con los días fui desgajando esa nueva mandarina con forma de libro, de a poco, sin exagerar, disimuladamente, para que en caso de ser llamado a declarar no se viera un libro en extremo enflaquecido. Lo que produce una gran desazón cuando se lee un libro es que las letras no producen imágenes. No reproducen cosas ni personas. Como si se descifrara una vasija micénica. Cada letra leída era como tragar, no una semilla, porque estaba prohibido, sino las ganas de no leer. Tragar ganas no tiene sabor. Nos dicen que hace bien. Leer hace bien. Nuestro bien. Quien no se hace su propio bien hace mal. Transcurrido el tiempo que debía ser prudencial, y efectuada la labor de desfloración discreta y continua a la vez, se me preguntó cómo iba la lectura encomendada. Iba.

Era evidente que algo con ese asunto del libro se fraguaba. Si un libro había que leerlo y terminarlo en un tiempo acotado, alguna razón debía haber. Sabía que existían las obligaciones. Muchas tenían que ver con la higiene —el culo y los dientes—, las pausas en el tomar la leche, el silencio mortuorio que había que sostener en la mesa cuando se comía pescado, porque si no volaban las palmas para aplaudir los cachetes, escribir con la mano tiesa, hablar con la lengua también tiesa y ahora callarse y leer semillas. Obligaciones impuestas por la autoridad cuya tabla de mandamientos comenzaba con un no mentir porque, de hacerlo, el monstruo dentado llamado “consciencia” clavaría sus colmillos en nuestro pecho hasta no soltar la prenda, es decir, el secreto. Ser opaco es un delito. Por eso las páginas arrancadas no habían sido muchas. No estaba en peligro mi vida y las tareas habituales se mantenían a rajatabla, como ponerse de pie cuando aparece una persona mayor, decir siempre “señor” o “señora” antes del nombre que en húngaro —mi lengua materna— se dice “neni” y “bachi”, por ejemplo Delia Neni o Rogelio Bachi, cumplir con la tarea escolar los viernes a la tarde antes de iniciar el fin de semana, porque el placer es la recompensa del deber cumplido, y querer a los mayores y no a sí mismo. Respeto, según se dice.

Es extraño cómo los niños pueden llegar a vivir las mudanzas. Quizá más extraño resulte el modo en que los grandes se las hacen vivir a sus hijos. La pedagogía de la participación en las decisiones, de la información sin censura, de la inclusión filial en modificaciones que atañen a la vida colectiva, la importancia del diálogo, la psicología aplicada a la relación de los padres con los hijos, ninguna de estas virtudes de la socialdemocracia instaurada como régimen preferencial para la vida familiar eran conocidas en mi casa. Los cambios se vivían una vez producidos. La vivienda de la calle Terrada tenía una entrada de un mármol oscuro granulado con grises y una puerta de ingreso estrecha de color verde con barrotes verticales detrás de un vidrio claro. Por el umbral de al lado se accedía a la casa de los propietarios con una puerta similar pero de doble hoja. Era una casa en altos, de dos pisos. En la nuestra, una puerta de ingreso lateral daba a una escalera de granito que terminaba en un corredor que distribuía el paso a la cocina, luego al living y por la derecha continuaba al fondo hacia una ventana que limitaba un espacio abierto que se usaba de comedor diario y cuarto de planchar. De ahí se subía por otra escalera hacia el cuarto de servicio y una terraza para colgar la ropa. Del living, que daba a un balcón a la calle Terrada, se pasaba a dos dormitorios, a la izquierda el de los hermanos y a la derecha el de los padres. Entre ambos, un baño.

La cocina no era grande, pero lo suficiente para colocar una mesa para la comida de las mucamas y la merienda de los chicos. Jugaba a la pelota tirándola hacia arriba en la escalera de entrada, y la bola bajaba y volvía a patear. A veces cuando pateaba hacía de delantero y cuando bajaba, de arquero. En las tardes era uno de mis pasatiempos preferidos. La vida de barrio se circunscribía a las relaciones con los vecinos de la cuadra. Me había hecho de algunos amigos como el hijo del portero de un edificio en diagonal a la casa. También de una vecina que tenía un petit hotel en frente adonde a veces iba a cambiar figuritas; de un muchacho hijo de italianos algo más grande, tres años mayor, que le gustaba apretar sus genitales contra mi cuerpo menor, excitarse en combates simulados, sacarse los pantalones y gozarlo un poco a su vecino. Sin culpa, sin historias, sin consecuencias, con cierto desagrado.

Yo era coleccionista de figuritas de fútbol redondas, la pasión de los varones. Con ellas desarrollé un juego que se constituyó en otro de mis mundos privados durante años. No me gustaba llenar álbumes, ni siquiera competir en la vereda tirándolas contra una pared para llevarme el montón si las mías eran las que más se acercaban al muro. Era una especie de juego de bochas sin bochín. Lanzarlas lo más lejos posible contra la pared, ganarle al otro y llevarse sus figuritas. La jugada conocida como espejito era la proeza máxima cuando la figurita lanzada quedaba parada contra la pared. El juego del pucherito consistía en dejar caer las figuritas al piso y llevarse las del adversario en caso de taparle alguna. Lo que me apasionaba era desarrollar un campeonato imitando al fútbol oficial, juntarlas, armar equipos, y tener una cancha propia en el dormitorio. Así conocí a todos los jugadores del campeonato nacional. Disponía dos equipos en un cuadrado sobre el piso o en una alfombra, si la había, y con una bolita de papel mojado comenzaba el partido. Con cada mano movía a los jugadores-figuritas y gemía para crear un ambiente de tribuna caliente. A veces relataba el partido como se hacía en la radio. Este juego infantil lo practiqué mucho tiempo, demasiado. A los quince años todavía lo disfrutaba en la clandestinidad de mi nuevo domicilio y bajo llave para que no descubrieran esa regresión vergonzosa. Una adolescencia en la que tenía novia, leía a Platón y jugaba a las figuritas. Pero eso fue después.

A los trece años nos mudamos. Aterricé en un barrio que nunca había oído nombrar. Mi conocimiento de Buenos Aires era limitado. Flores lo había recorrido desde chico. La calle Pedernera, el pasaje Pescadores, donde jugaba con mis amigos a la pelota de trapo, la plaza Flores y sus hamacas, todos los cines del barrio, el Pueyrredón, el San Martín, el Rex, el Rivera Indarte, luego el San José de Flores. La estación de tren. La calle Nazca y San Pedrito. El almacén de gallegos adonde iba a hacer compras. La casa de pastas de la esquina de Terrada y Rivadavia en la que los socios atendían vestidos de blanco con sus manos empolvadas en harina; el garaje a mitad de cuadra en el que mi padre guardaba su flamante Kaiser Carabela de color gris, su color preferido por discreción y para no llamar la atención de vaya a saber quién si se toma en cuenta su aspecto de cetáceo plateado que navegaba en todo su esplendor por la calle vacía.

No me gustaba mucho esa vida de barrio por la patota de la calle Yerbal que aterrorizaba a los pacíficos pobladores de la manzana. Algunos vivían en un conventillo al lado de un descampado y otros venían de calles aledañas. Provocaban peleas y eran bravos. No daba para quedarse demasiado tiempo en las veredas.

Pero conocía el territorio y con los recaudos y el circuito correspondiente me movía por él con cierta familiaridad. Apenas oscurecía era mi costumbre permanecer sentado en el descanso del fin de la escalera que daba a la calle, para esperar a mi padre. Casi todos los días.

El carpenter, el flexiplast, la fórmica, las venecitas de la cocina; los azulejos acaramelados y negros de los nuevos baños; las luces empotradas azules, amarillas y moradas del living; los bloques de piedra con círculos iluminados por cables de luz de un retiro para que el señor de la casa leyera el diario sobre un Miller de cuero negro; los tapizados con fondo negro y rayas doradas y lilas del sillón principal curvo; las patitas terminadas en un taco de bronce de silloncitos con otro fondo y otras rayas; la mesa de comedor brillante rodeada por sillas de cuero verde claro; el bargueño con patas de cangrejo, que al abrir sus puertas se iluminaba mágicamente; la mesa ratona redonda con un cristal en el medio y su base curva; el aparador que atesoraba los platos de porcelana terminaba en un cofre con tapa levadiza desocultando un formidable Wincofon para discos de pasta treinta y tres revoluciones; la sala en L, la famosa L de un diagrama obligado de estos edificios de Belgrano C esquina Luis María Campos y sus virreyes.

Había llegado sin preaviso a esta fauna virreinal desde mi ordinario barrio de Flores. Todo era nuevo. Los materiales nunca vistos. Boliche y casa de decoración en una sola pieza. Un baño completo lo compartíamos con mi hermano. Nuestros cuartos eran contiguos, separados por una puerta corrediza de madera oscura. Las habitaciones gemelas tenían una cama que era un sofá con un colchón duro cubierto por un tapiz rojo con pintas negras. Sobre la cama un estante de fórmica oscura. Un escritorio con forma de gajo de mandarina o haba, parecida al diseño arriñonado de la pileta del jardín común del edificio, estaba cubierto por un vidrio que blanqueaba con mi caspa mientras me frotaba con furia la cabeza.

La casa tenía dos entradas. Se usaba una de servicio, y la principal se destinaba para los invitados y las ocasiones especiales. El acceso al living estaba cerrado cada día y durante toda la semana. Mi madre era la cancerbera del lugar. Había decidido que en su nueva residencia las cosas se harían como a ella se le antojara. Y vaya que tenía antojos. Uno de ellos era la limpieza. Todo tenía que estar limpio y sobre todo ordenado. En especial las personas. Como a su cónyuge no le era ajena la manía de la domesticidad regimentada, en ese tema no había discusión. En todos los otros el griterío era incesante. El señor de la casa expresaba su deseo de orden y progreso con un afán constante por plegar. El pliegue era su meta, y mucho antes de que lo pensara el filósofo Gilles Deleuze, plegaba las camisas, los pulóveres, le encantaba plegar y desplegar su billetera, plegaba el Argentinisches Tageblatt que recibía cada mañana, plegaba la servilleta con la que limpiaba su boca luego de su té con tostadas, manteca y mermelada, plegaba papeles de escritorio que introducía en su portafolio marrón, que ya había sido confeccionado con pliegues, listo para salir al mundo decidido a dar una batalla con su habitual despliegue.

La señora de la casa era dueña del espacio doméstico hasta el umbral del departamento. Más allá de la puerta de entrada, la de servicio, ...