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LA ESTRELLA PROHIBIDA

María Border  

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Fragmento

1

Bárbara quitó su cabeza de debajo de la almohada y resopló, comprendiendo que ya no le servía de aislante. Odiaba esos lamentos; no entendía cómo Melisa podía seguir durmiendo a pesar de que se escuchaban con tanta claridad. ¿Pensaría su madre que las paredes eran tan impenetrables como el sueño de su hermana? Resignada, se levantó, caminó hacia la ventana y corrió las cortinas para mirar el cielo. Las horas de paz duraban poco en el hogar de los Zabala.

Guillermo, su padre, estaba ausente durante el día y también muchas noches; permeable a las tentaciones, anteponía sus deseos dejando en claro que la prioridad siempre sería él. Blanca, la esposa, ocultaba las falencias imponiéndole a las hijas las reglas que jamás regirían para él… o para ella.

Bárbara, de carácter frontal y rebelde, entendió que el amor era finito cuando intuyó que su padre vagaba entre amoríos. Melisa, sumisa y vulnerable, decidió creer que querer era perdonar para volver a confiar.

Volver a confiar, esperar del otro lo que el otro tal vez no supiera dar.

Blanca amaba a Guillermo, quería agradarlo, retenerlo; nada debía alterarlo y la adolescencia de sus hijas ponía en jaque su pretensión, por lo que ejercía su autoridad frente a ellas. La firme decisión que transmitía cuando se trataba de (como solía decir) corregirlas, no regía para con él y eso exasperaba a Bárbara que no se amilanaba ni ante los castigos ni ante la mano elevada de Blanca que solía caer sobre la cara de ella para intentar cortar las alas que siempre renacían. Con hijas tan dispares y un marido volátil, la mujer desconocía la tranquilidad y los nervios la traicionaban constantemente fracturando su salud.

«Si yo fuera ella no le dejaría ver ni una lágrima», aseguraba la menor de los Zabala, en tanto los quejidos de su madre traspasaban a medianoche las paredes del cuarto matrimonial para irrumpir en el de las hijas. A los trece años, Bárbara tenía muy en claro que, cuando la inestabilidad se hace carne y la incertidumbre acecha con promesas vagas, los mecanismos de defensa funcionan y toman el mando. Aprendió a ignorar a los suyos cuando se convenció de que era ignorada y se ocupó de protegerse enfrentando los miedos.

El escribano Guillermo Zabala gustaba de los cambios y por ese motivo mutaban muy seguido de casa. Melisa, próxima a cumplir quince años, vivía con ilusión cada mudanza creyendo que aires nuevos implicaban una nueva vida. Apenas llevaban allí un día y ya se perdía cualquier vestigio de tranquilidad.

Las luces del auto de él doblando por la esquina indicaban que estaba de regreso de una nueva «cena de negocios». Bárbara se alejó de la ventana y volvió a su cama para intentar conciliar el sueño, utilizando de aislante a la almohada, y se abstrajo recordando que frente a la nueva casa había una plaza.

Despertó en la mañana ansiosa por recorrer con su patineta los senderos del parque, sin importarle que debería hacerlo sola; las mudanzas traían consigo la necesidad de hacerse amigos nuevos y, por estar en época de receso escolar, no contaba aún con esa posibilidad. No había terminado de calzarse el casco cuando un golpe seco lo hizo rodar por el piso del porche. Furiosa, se agachó para recogerlo y revisar que estuviera intacto, descubriendo que la causante había sido una pelota que se encontraba ahora junto a su pie, en tanto escuchaba la orden de un muchacho que cruzaba desde la plaza, seguido por un grupo de secuaces:

—¡Nena! Pasame la pelota.

Segura de que no había sido una solicitud, y convencida de que debía imponerse de entrada para evitar problemas a futuro, respondió ajustando el balón con fuerza bajo la axila y, a viva voz, le hizo saber que si lo quería debería quitárselo; sin importarle que el maleducado estuviera poniendo un pie en el travesaño de la reja con toda la intención de escalarla y dar por concluida la disputa. Tan concentrada estaba en él que no se percató del muchacho que se había filtrado y estaba junto a ella extendiéndole la mano:

—Soy Lucho; el gritón es Tadeo pero le decimos Sapo, el que está sentado en el cordón de la vereda se llama Yago y es el dueño de la pelota —comunicó, presentándolos—. Lamento que cayera dentro de tu casa; espero que no te haya lastimado.

Lo miró dudando de la amabilidad del intruso que sin permiso se había colado para hablarle. Lucho lo notó y continuó con la mediación:

—¿Te lastimó la pelota?

—No —respondió rauda, calculando que tendrían la edad de Melisa y planeando las tomas de karate con las que imaginó que podría defenderse de ellos.

El Sapo continuó aferrado con ambas manos a la reja y desde allí reclamó que se diera un corte definitivo al asunto:

—Sacale la pelota y volvamos a jugar.

Bárbara consideró la posibilidad de mostrarle su dedo medio, pero eso suponía distraerse del que más cerca estaba y que, por el momento, ofrecía el mayor peligro. Lo evaluó con más cuidado midiendo cuánta fuerza tendría y estuvo segura de que se hallaba en desventaja; se afirmó en sus piernas para conseguir el ángulo con el que lo golpearía primero, cuando el que estaba sentado en el cordón se levantó y caminó hacia ella para sorprenderlos con una propuesta:

—¿Sos nueva en el barrio? Vení a jugar con nosotros y así te hacés nuevos amigos.

Afortunadamente para Bárbara la idea del entrometido suponía no tener que comenzar su nueva vida a las trompadas; con algunas patadas bien colocadas en medio del juego sería suficiente.

—Acepto; pero si me ponen en el equipo del gordo —indicó haciendo referencia al denominado Sapo— voy a hacer goles en contra.

Inútiles fueron los reclamos del aludido, el resto quería seguir jugando y la incorporación de la nena los tenía sin cuidado si consideraban que, con no pasarle la pelota y aplicarle un par de paralíticas propias del fragor de la contienda, sola se retiraría.

Al finalizar el partido los jugadores se dispersaron. Lucho hizo rebotar a repetición la pelota contra la fachada de la casa de Tadeo, sin intervenir en la discusión que éste mantenía con Yago.

—¿En qué estabas pensando? —reclamó Tadeo, frotándose las canillas marcadas por Bárbara—. Lo último que necesitamos ahora es que se nos abroje una nenita escuálida.

—Te salvé el pellejo, pero sos tan bestia que no te das cuenta —comentó Yago, apoyando un pie en el umbral.

—Si no hubieras intervenido le sacaba la pelota y no teníamos que aguantarla.

—Es un palito con trenzas. Flaca, petisa; de un soplido la hubieras empotrado contra la pared y no tengo ganas de ir a visitarte a un reformatorio. Dame las gracias en lugar de seguir jodiendo con lo mismo.

—Me reventó a patadas y no pude devolvérselas. Se aprovechó de que es mujer para sacarme del partido.

Lucho detuvo la pelota para entregársela al dueño, antes de intervenir:

—Se las hubieras dado, esa nena todavía no sabe si quiere ser varón o mujer.

—A mí me parece que se las trae —disintió Yago.

—Cuando saque tetas y… las traiga —concluyó el Sapo, riendo—, me encargaré de que se defina.

Sonriendo se despidieron y cada uno se encaminó hacia su casa.

Yago ingresó a la suya preguntándose qué lo había llevado a obrar de la manera en que lo hizo, cuando normalmente no perdía el tiempo con «nenitas» y mucho menos si eso aparejaba una discusión con sus amigos de siempre. Abrió la heladera, sacó la botella de agua mineral y bebió del pico con ganas.

—¡Qué hacés, asqueroso! —lo retó a los gritos su hermana Carla— ¿Cuándo vas a entender que todos los que vivimos en esta casa tomamos de esa botella? Ponele un cartelito que diga que es tuya, así a nadie se le ocurre usarla.

Embarrado como estaba, la tomó por la cintura elevándola en andas, anclándole besos en el cuello y encargándose de traspasarle tierra, sudor y hasta el pasto que pudiera llevar adosado.

—¡Mamá! —reclamó Carla.

—¿Veinte años y no sabés defenderte sola? ¡Pobrecita! —indicó, antes de depositarla en el piso y dirigirse hacia la bañera.

Al salir de la ducha con apenas una toalla en la cintura, caminó descalzo por el pasillo hasta su cuarto dejando un reguero de gotas; buscó el short con el que se presentaría a la mesa para cenar y comparó la similitud existente entre su hermana, cinco años mayor que él, y la enana con trenzas que había conocido esa tarde.

Antes de extinguirse el v

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