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LA ESTRELLA PROHIBIDA

María Border

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Fragmento

1

Bárbara quitó su cabeza de debajo de la almohada y resopló, comprendiendo que ya no le servía de aislante. Odiaba esos lamentos; no entendía cómo Melisa podía seguir durmiendo a pesar de que se escuchaban con tanta claridad. ¿Pensaría su madre que las paredes eran tan impenetrables como el sueño de su hermana? Resignada, se levantó, caminó hacia la ventana y corrió las cortinas para mirar el cielo. Las horas de paz duraban poco en el hogar de los Zabala.

Guillermo, su padre, estaba ausente durante el día y también muchas noches; permeable a las tentaciones, anteponía sus deseos dejando en claro que la prioridad siempre sería él. Blanca, la esposa, ocultaba las falencias imponiéndole a las hijas las reglas que jamás regirían para él… o para ella.

Bárbara, de carácter frontal y rebelde, entendió que el amor era finito cuando intuyó que su padre vagaba entre amoríos. Melisa, sumisa y vulnerable, decidió creer que querer era perdonar para volver a confiar.

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Volver a confiar, esperar del otro lo que el otro tal vez no supiera dar.

Blanca amaba a Guillermo, quería agradarlo, retenerlo; nada debía alterarlo y la adolescencia de sus hijas ponía en jaque su pretensión, por lo que ejercía su autoridad frente a ellas. La firme decisión que transmitía cuando se trataba de (como solía decir) corregirlas, no regía para con él y eso exasperaba a Bárbara que no se amilanaba ni ante los castigos ni ante la mano elevada de Blanca que solía caer sobre la cara de ella para intentar cortar las alas que siempre renacían. Con hijas tan dispares y un marido volátil, la mujer desconocía la tranquilidad y los nervios la traicionaban constantemente fracturando su salud.

«Si yo fuera ella no le dejaría ver ni una lágrima», aseguraba la menor de los Zabala, en tanto los quejidos de su madre traspasaban a medianoche las paredes del cuarto matrimonial para irrumpir en el de las hijas. A los trece años, Bárbara tenía muy en claro que, cuando la inestabilidad se hace carne y la incertidumbre acecha con promesas vagas, los mecanismos de defensa funcionan y toman el mando. Aprendió a ignorar a los suyos cuando se convenció de que era ignorada y se ocupó de protegerse enfrentando los miedos.

El escribano Guillermo Zabala gustaba de los cambios y por ese motivo mutaban muy seguido de casa. Melisa, próxima a cumplir quince años, vivía con ilusión cada mudanza creyendo que aires nuevos implicaban una nueva vida. Apenas llevaban allí un día y ya se perdía cualquier vestigio de tranquilidad.

Las luces del auto de él doblando por la esquina indicaban que estaba de regreso de una nueva «cena de negocios». Bárbara se alejó de la ventana y volvió a su cama para intentar conciliar el sueño, utilizando de aislante a la almohada, y se abstrajo recordando que frente a la nueva casa había una plaza.

Despertó en la mañana ansiosa por recorrer con su patineta los senderos del parque, sin importarle que debería hacerlo sola; las mudanzas traían consigo la necesidad de hacerse amigos nuevos y, por estar en época de receso escolar, no contaba aún con esa posibilidad. No había terminado de calzarse el casco cuando un golpe seco lo hizo rodar por el piso del porche. Furiosa, se agachó para recogerlo y revisar que estuviera intacto, descubriendo que la causante había sido una pelota que se encontraba ahora junto a su pie, en tanto escuchaba la orden de un muchacho que cruzaba desde la plaza, seguido por un grupo de secuaces:

—¡Nena! Pasame la pelota.

Segura de que no había sido una solicitud, y convencida de que debía imponerse de entrada para evitar problemas a futuro, respondió ajustando el balón con fuerza bajo la axila y, a viva voz, le hizo saber que si lo quería debería quitárselo; sin importarle que el maleducado estuviera poniendo un pie en el travesaño de la reja con toda la intención de escalarla y dar por concluida la disputa. Tan concentrada estaba en él que no se percató del muchacho que se había filtrado y estaba junto a ella extendiéndole la mano:

—Soy Lucho; el gritón es Tadeo pero le decimos Sapo, el que está sentado en el cordón de la vereda se llama Yago y es el dueño de la pelota —comunicó, presentándolos—. Lamento que cayera dentro de tu casa; espero que no te haya lastimado.

Lo miró dudando de la amabilidad del intruso que sin permiso se había colado para hablarle. Lucho lo notó y continuó con la mediación:

—¿Te lastimó la pelota?

—No —respondió rauda, calculando que tendrían la edad de Melisa y planeando las tomas de karate con las que imaginó que podría defenderse de ellos.

El Sapo continuó aferrado con ambas manos a la reja y desde allí reclamó que se diera un corte definitivo al asunto:

—Sacale la pelota y volvamos a jugar.

Bárbara consideró la posibilidad de mostrarle su dedo medio, pero eso suponía distraerse del que más cerca estaba y que, por el momento, ofrecía el mayor peligro. Lo evaluó con más cuidado midiendo cuánta fuerza tendría y estuvo segura de que se hallaba en desventaja; se afirmó en sus piernas para conseguir el ángulo con el que lo golpearía primero, cuando el que estaba sentado en el cordón se levantó y caminó hacia ella para sorprenderlos con una propuesta:

—¿Sos nueva en el barrio? Vení a jugar con nosotros y así te hacés nuevos amigos.

Afortunadamente para Bárbara la idea del entrometido suponía no tener que comenzar su nueva vida a las trompadas; con algunas patadas bien colocadas en medio del juego sería suficiente.

—Acepto; pero si me ponen en el equipo del gordo —indicó haciendo referencia al denominado Sapo— voy a hacer goles en contra.

Inútiles fueron los reclamos del aludido, el resto quería seguir jugando y la incorporación de la nena los tenía sin cuidado si consideraban que, con no pasarle la pelota y aplicarle un par de paralíticas propias del fragor de la contienda, sola se retiraría.

Al finalizar el partido los jugadores se dispersaron. Lucho hizo rebotar a repetición la pelota contra la fachada de la casa de Tadeo, sin intervenir en la discusión que éste mantenía con Yago.

—¿En qué estabas pensando? —reclamó Tadeo, frotándose las canillas marcadas por Bárbara—. Lo último que necesitamos ahora es que se nos abroje una nenita escuálida.

—Te salvé el pellejo, pero sos tan bestia que no te das cuenta —comentó Yago, apoyando un pie en el umbral.

—Si no hubieras intervenido le sacaba la pelota y no teníamos que aguantarla.

—Es un palito con trenzas. Flaca, petisa; de un soplido la hubieras empotrado contra la pared y no tengo ganas de ir a visitarte a un reformatorio. Dame las gracias en lugar de seguir jodiendo con lo mismo.

—Me reventó a patadas y no pude devolvérselas. Se aprovechó de que es mujer para sacarme del partido.

Lucho detuvo la pelota para entregársela al dueño, antes de intervenir:

—Se las hubieras dado, esa nena todavía no sabe si quiere ser varón o mujer.

—A mí me parece que se las trae —disintió Yago.

—Cuando saque tetas y… las traiga —concluyó el Sapo, riendo—, me encargaré de que se defina.

Sonriendo se despidieron y cada uno se encaminó hacia su casa.

Yago ingresó a la suya preguntándose qué lo había llevado a obrar de la manera en que lo hizo, cuando normalmente no perdía el tiempo con «nenitas» y mucho menos si eso aparejaba una discusión con sus amigos de siempre. Abrió la heladera, sacó la botella de agua mineral y bebió del pico con ganas.

—¡Qué hacés, asqueroso! —lo retó a los gritos su hermana Carla— ¿Cuándo vas a entender que todos los que vivimos en esta casa tomamos de esa botella? Ponele un cartelito que diga que es tuya, así a nadie se le ocurre usarla.

Embarrado como estaba, la tomó por la cintura elevándola en andas, anclándole besos en el cuello y encargándose de traspasarle tierra, sudor y hasta el pasto que pudiera llevar adosado.

—¡Mamá! —reclamó Carla.

—¿Veinte años y no sabés defenderte sola? ¡Pobrecita! —indicó, antes de depositarla en el piso y dirigirse hacia la bañera.

Al salir de la ducha con apenas una toalla en la cintura, caminó descalzo por el pasillo hasta su cuarto dejando un reguero de gotas; buscó el short con el que se presentaría a la mesa para cenar y comparó la similitud existente entre su hermana, cinco años mayor que él, y la enana con trenzas que había conocido esa tarde.

Antes de extinguirse el verano, Bárbara ya tenía tres amigos y, al comenzar las clases, descubrió que pertenecían al curso de su hermana Melisa. Utilizando como excusa el parentesco, se mezcló constantemente en el patio de ellos. Lo que para Bárbara fue una ventaja se convirtió en la pesadilla de Melisa cuando sus compañeros comenzaron a tratarla como a una más del grupo, creyendo que por ser hermanas serían iguales.

Pero la mayor era un compendio de femineidad; dulce, educada; las pocas malas palabras que formaban parte de su vocabulario podrían ser aceptadas por cualquier Concilio Vaticano; vivía pendiente de su apariencia y soñaba con un príncipe azul que supiera cuidarla; uno que gustara de estar a su lado, uno que decidiera quedarse.

Por el contrario, Bárbara era el varoncito que sus padres no habían concebido. La profundidad de una herida carecía de importancia si con ella lograba concretar una nueva pirueta sobre la patineta. Sus trenzas resultaban la mejor manera de sujetarse el cabello evitando que le molestase, aunque por las noches le costara desenredar el cúmulo de nudos y Melisa la tildara de «bruja» en broma. Su indecoroso vocabulario se incrementó en la plaza con los muchachos. Jean, remeras y buzos eran las prendas para Bárbara, en tanto los vestidos pendían abandonados en las perchas.

La mudanza no palió la endeble tranquilidad del hogar; mucho menos luego de esa tarde de mayo cuando al despacho del escribano Zabala ingresó la firmante de una escritura, portando larguísimas piernas y cintura de avispa. Con los ojos acostumbrados a halagar, poco demoró en seducirla y, lo que en un primer momento consideró una insignificante cana al aire, terminó convirtiéndose en la pasión con la que Blanca nuevamente debió compartirlo.

Para Bárbara no fue necesario que su padre confesara; simplemente con anotar en el almanaque la cantidad de días que había sido castigada tenía la prueba suficiente de que una nueva racha de noches de insomnio se avecinaba. Las penitencias de Blanca le resultaban injustas y ante ellas se rebelaba deslizándose por el alero de la ventana hasta lograr asirse de la rama que casi rozaba la casa, para bajar trepando por el árbol y saltar a la libertad de la vereda. «Total, nadie notará mi ausencia.»

En sus secretos paseos descubrió el anuncio en la cartelera del club del barrio donde se publicitaba la inscripción a la escuela de teatro. Repasó los horarios y se anotó falsificando la firma de su madre en la autorización. Salió de la primera clase mirando hacia los lados del pasillo, tratando de no toparse con ningún conocido que pudiera delatarla y allí se cruzó con Yago.

—Te veo hasta en la sopa, enana —se quejó.

—Y comete cualquier verdura porque ando de incógnito.

El muchacho la tomó del brazo para llevarla con él hasta el gimnasio.

—¿De quién te escondés?

—No me escondo, trato de no levantar la perdiz. Estoy asistiendo al curso de teatro y mis viejos no saben nada. Guardame el secreto.

La potente lámpara que caía del tinglado resaltó las colchonetas del centro del lugar, los ojos de Bárbara se negaron a ignorar el sector y Yago comprendió que también aquello la atraía.

—¿Sabés karate?

—Me las arreglo, pero no tengo técnica —confesó.

—Sacate las zapatillas —dijo él—, yo te enseño.

El aire cada día se tornaba más irrespirable. Las ausencias de Guillermo eran más frecuentes y los lamentos constantes de Blanca dejaban ver la depresión que se acercaba. Melisa se aislaba en el cuarto con los auriculares por los cuales Britney Spears repetía «Muéstrame cómo quieres que sea», abriendo de par en par las ventanas y esperando con ilusión la llegada de su padre; en tanto Bárbara ocupaba su tiempo con el colegio, las clases de teatro y los deportes que practicaba con los muchachos en el gimnasio.

—Mire las estrellas, madre —declamó Bárbara, demostrando que había nacido para actuar—, mírelas brillar sintiéndose únicas.

—Cada una brilla especialmente para alguien —continuó la otra aspirante a actriz—. ¿Cuál de ellas eres tú, mi pequeña?

—La que le alumbra el camino.

Apoyado contra la oscura y deshojada pared de la sala de ensayos, Yago estuvo tentado de aplaudirla hasta que comprendió que aquella actuación ocultaba verdades que su pequeña amiga guardaba con celo. Esperó a que la clase culminara y la detuvo antes de que traspasara la puerta:

—Vamos al gimnasio.

—Hoy paso, estoy cansada —se excusó Bárbara.

—Al gimnasio, flojita —indicó.

Con desgano lo siguió, su ánimo no se encontraba en condiciones de discutir también con él.

Yago fue más rudo que de costumbre, en repetidas ocasiones la hizo aspirar el polvo de la colchoneta aplicando contundencia en cada toma, hasta que sintió que Bárbara finalmente se concentraba convirtiéndose en rival.

—¡Basta! —exclamó Tadeo en el momento en que ella yacía boca abajo con una rodilla de Yago reteniéndola por la espalda y un brazo también inmovilizado por él.

—Espero que no seas tan tonta como el libreto que interpretaste —le dijo Yago, desoyendo los reclamos de Tadeo.

—¿Qué decís? —preguntó ella, desorientada.

—Por lo único que vale la pena pelear es por uno mismo. No alumbres el camino de nadie, aprendé a iluminar bien el tuyo.

—Soltala —ordenó Tadeo, tirando de la ropa de Yago.

—¿Qué clase de estrella vas a ser? —volvió a instarla al liberarla.

—La que te encandile —respondió, girando y enfrentándolo a los ojos.

2

La muchacha provocaba ternura en el grupo de varones. Ellos la consideraban como una mascota a quien debían aleccionar y de la que se sentían responsables al punto que Tadeo la llevaba con él a la veterinaria de su padre para entretenerla, Yago la entrenaba en el gimnasio y Lucho la consolaba cuando la veía flaquear.

Con cada paso que el tiempo daba el cordón que la amarraba con los suyos soltaba uno más de sus hilos; pero también provocaba que los velos terminaran de caer y las dudas, que la niñez ocultaba tras el amparo de la inocencia, desaparecieran. Blanca regresaba apurada del trabajo para acicalarse y esperar a Guillermo, aunque normalmente se encontraba con que él no llegaba para cenar; las sospechas la llevaban a seguirle las pisadas con la esperanza de poder torcerlas a tiempo y con ello terminó descuidando su responsabilidad para con las niñas y para con su salud. Melisa y Bárbara se movían con sigilo para no alterar aún más los frágiles nervios de su madre y, ante la falta de atención, se hicieron cargo de las tareas domésticas. No era necesario que escucharan conversaciones, tampoco que indagaran; los nervios que acosaban a la mujer eran celos enfermizos y agobiantes, nacidos de las experiencias repetidas y de las ausencias que denunciaban a la nueva contrincante.

La frágil personalidad de Melisa la impulsó a buscar la admiración de sus pares, ofreciendo el cuarto que compartía con la hermana como el sitio donde podían reunirse a escondidas de los mayores, sin tener en cuenta que Bárbara solo tenía trece años y una madre incapaz de contenerlas.

La menor de los Zabala, reconociendo la inestabilidad de Melisa, intentó alejarla del grupo ofreciendo el suyo a cambio, pero no encontró aceptación. Guardó para sí su pena sin compartirla con nadie e intentó pasar el menor tiempo posible dentro del hogar, refugiándose en la calle, los deportes y el teatro. Continuaba vistiendo jean y zapatillas, y poco a poco los corpiños de algodón comenzaron a formar parte de su vestuario. Sus defensas estaban activas manteniéndola a resguardo incluso de su hermana mayor que, por mucho que la amaba, necesitaba vivir su vida sin el ancla que suponía hacerse responsable de la menor.

Guillermo salió del auto, elevó la vista hacia la fachada de la casa repitiéndose hasta el cansancio que era un hombre y que, independientemente de Blanca y las nenas, su nueva conquista se había convertido en la pasión que valía la pena vivir. Los quince años de su hija mayor estaban por llegar y abrió la puerta especulando el alcance de la dádiva que debía ofrecer. Entregaría algunos billetes para mitigar la culpa y sepultar los reproches, a cambio de volver a sentirse joven en los brazos de una mujer con el cuerpo firme.

Blanca lo intuía; la repetición de los hechos eran señales claras; enceguecida por la ilusión de deslumbrarlo y retenerlo se escudó en la fiesta, pretendiendo elegir sensuales y glamorosos vestidos para las tres. Melisa flotaba entre nubes de gasas con perlas engarzadas sobre un corsé, en tanto Bárbara bufaba, negándose a introducir su cuerpo en un solero beige.

—¿Cuándo vas a entender que no sos un varón? —insistió la madre, tratando de que comprendiera la situación y cambiara de parecer.

—Sé que no soy un varón, no voy a disfrazarme para que el resto se dé cuenta.

Blanca contuvo el deseo de cruzarle la cara con una cachetada en plena tienda. Su hija no comprendía; Guillermo se alejaba, era imperioso deslumbrarlo para que se sintiera orgulloso de las tres y que esa no fuera la última fiesta que los encontrara unidos como familia.

—Mamá —aclaró, bajando aún más el tono y notando el inmenso dolor que la atravesaba—, no importa lo que me ponga; no somos nosotras, es él.

—No me obligues, Bárbara —la amenazó Blanca—. No serás vos quien dé la nota esa noche.

—No hace falta —masculló Bárbara, probándose un pantalón negro—, con vos y papá ya tenemos la escala musical completa.

Para Zabala lo fundamental era que en la fiesta, a la que asistían colegas y clientes, su imagen se mantuviera confiable y formal. Blanca rogó porque la noche fuera eterna. Melisa se sintió princesa, en tanto Bárbara descubrió la facilidad de algunos para acomodarse a la hipocresía.

Las emociones vividas en los quince de Melisa moderaron las debilidades de Guillermo. Con el tiempo, Blanca consideró que finalmente su hombre había madurado y se recostó en la paz de la estabilidad donde se respiró rutina; hasta que a la mirada de él regresó el tedio. El temor afloró cuando el deseo nuevamente desapareció de las sábanas. La contienda no era pareja, sus rivales jugaban con las armas que a ella le arrebató el tiempo, armas que cada día le imponían un esfuerzo físico y económico difícil de asumir. Sus encantos la abandonaban, su vientre ya no gestaba y las incógnitas la agobiaron. Salió del trabajo y se sentó en un bar para estudiar la situación y planificar su ataque. No sería Blanca quien retendría a Guillermo, esta vez debía ser la esposa del escribano Zabala quien lo obligara a sostener los compromisos. Quedaba la verdad, la responsabilidad, las obligaciones de las que él no se podía excusar. Lo citó en un restaurante, a solas. Tras el plato principal fue directa al grano:

—¿Me estás engañando otra vez?

Guillermo había decidido postergar esa conversación, pero la ansiedad de su mujer lo puso en jaque obligándolo a calcular su próxima movida.

—Blanca, esto es innecesario —respondió, frunciendo el ceño, dejando en claro su incomodidad para que ella no quisiera ahondar más allá de lo conveniente.

—Los vi, Guillermo. Te vi con ella. Es joven, bonita; la mirabas como jamás me miraste —aseguró, viéndolo a los ojos.

—No pude evitarlo —se excusó, sintiéndose acorralado—. Sucedió, así, sin más.

—Terminá con ella —exigió.

—No puedo —confesó—. Espera un hijo mío.

Blanca descubrió que la garganta se le cerraba y el aire ya no le llegaba a los pulmones. La traición tenía consecuencias que jamás habían calculado.

—Que aborte —arrojó con rudeza.

—¿Pensás que no se lo propuse? ¿Creés que me causa gracia vivir entre pañales a mi edad? Pero la que decide sobre su cuerpo es ella y se niega; tengo que aceptarlo, no hay salida.

Él gestaba en otro vientre, pero sus hijas habían llegado primero:

—En pocos meses Barbarita cumple quince —dijo, extorsionándolo emocionalmente—, somos sus padres. ¿Vas a darle este disgusto? ¿Vas a arruinarle la ilusión más grande que puede tener una niña? Ocultémoslo y tal vez el destino tome la decisión que ella se niega a aceptar.

Guillermo llamó al camarero para pedir la cuenta. Blanca, con la mirada, rogó por soluciones. La verdad se sentó a la mesa de la pareja para servirles de postre la ruptura.

—Ocupate de armar la fiesta que quieran, pero la realidad se impone. Voy a tener un hijo con Liliana y no sirve ocultarlo porque para esa fecha el embarazo será innegable y ella irá a la fiesta. Dejaré que se hagan a la idea de que tendrán un hermano y me iré de casa.

Una semana después de aquella conversación, Guillermo se marchó, llevándose en la valija la ínfima seguridad de Blanca en sí misma. Sola, y con dos hijas adolescentes, escondió la cabeza dentro de su pesar llenando sus horas con trabajo extra en la oficina para alejarse del regreso a casa y de la soledad de su lecho. Era la primera vez que él se iba, la primera en la que no le fue posible retenerlo y los recursos, a los que había acudido antaño, ya no le daban resultado cuando quien ahora los usaba llevaba en la frente el cartel de la juventud que a ella se le escapaba.

Perdida en la confirmación de la finitud de los afectos, Melisa abrió los ojos a la realidad de que con Guillermo no se podía contar y, sin él, Blanca era un ente que simplemente se presentaba para dormir bajo el influjo de pastillas. Ante las obligaciones incumplidas por su madre, se aferró a Bárbara para juntas asumir el control total dentro del hogar.

Las hermanas se reencontraron en la orfandad del abandono y el desamparo, presenciando las culposas y espaciadas visitas del padre; aceptando que sobre sus jóvenes hombros recayera la obligación de sostener la cordura de Blanca al menos hasta que él regresara.

—No sé cómo alegrarla —dijo, preocupada, la mayor, en tanto Bárbara continuaba quitando prendas del lavarropas—. Creo que papá dejó de amar a mamá.

—Papá no ama —sentenció Bárbara. Melisa ignoró la aseveración, continuó lamentándose y asegurando que su madre terminaría enfermándose por adorar de esa manera a Guillermo, por lo que la menor se vio obligada a explicarle—: No aman. Están enfermos —recalcó.

—¡Qué sabés vos! Mamá lo ama, no puede vivir sin él.

—Está enferma —reafirmó—. Su único interés es que él vuelva con ella. No se da cuenta de que todavía es joven, que tiene dos hijas y un trabajo. No se valora, malgasta su vida y abandona sus obligaciones como madre. Ese tipo de amor o es mentira o es una mierda.

Melisa continuó rogando cada noche que Guillermo regresara y, con él, la posibilidad de terminar de vivir la adolescencia de ambas sin tanta carga. Bárbara no suplicaba ni esperaba, pero en sus ratos libres exorcizaba furias con lecciones de karate ofrecidas por Yago.

Agotada, luego de un aleccionamiento, cayó exhausta desparramando toda su humanidad sobre la colchoneta. Yago se sentó, extendió las piernas y apoyó la cabeza de Bárbara sobre su regazo.

—¿Fui muy duro, enana?

Ella se incorporó y giró, sentándose también con las piernas separadas hasta quedar enfrentados.

La sonrisa pícara en los labios de él y el brillo especial en sus ojos castaños la molestaron:

—No quiero seguir cargando esta mochila —confesó sin explayarse.

—Enana —dijo, serio, tomándola de un tobillo y arrastrándola por el piso hasta quedar muy cerca el uno del otro—, nosotros elegimos qué mochila cargar.

Se irguió con rapidez, sacudiéndose el polvo del pantalón.

La observó recoger sus cosas y calzarse la campera. Lamentó que el brillo que debería gobernar esos ojos se perdiera y, creyendo que se iría a su casa, decidió escoltarla en secreto amparado en la cómplice oscuridad de la noche. La vio reunirse con Adriana, la amiga y confidente, y se maldijo por aquel impulso que siempre lo obligaba a cuidar de ella como si fuera una responsabilidad de la que no podía desligarse.

Ajena al custodio que cumplía un deber autoimpuesto, Bárbara le comentó a la amiga:

—Mañana no puedo ir al cine. Mamá está deprimida, me voy a quedar a cuidarla para que mi hermana pueda salir a divertirse con sus amigos.

—¿Qué sabés de tu viejo?

—Que hace su vida —respondió de inmediato.

Oculto detrás de un árbol, Yago las vio despedirse.

—La enana necesita distraerse —concluyó.

3

La nueva pareja de Guillermo fue quien insistió en que no existieran diferencias entre lo ofrecido a una y otra hija, y lo indujo a que se hiciera cargo de los gastos del nuevo y último agasajo quinceañero, para mitigar en parte los rencores ante la llegada del nuevo hijo.

La evidencia no pudo postergarse más y el escribano sinceró su realidad frente a las hijas. Vivía con Liliana, tendría un bebé, sería varón y se llamaría como él.

—¿Por eso dejaste a mamá? —preguntó Melisa— ¿Por eso te fuiste de casa? ¿Te enamoraste de Liliana?

El hombre no tuvo tiempo a explicarse, Bárbara escupió su parecer sin darles respiro:

—Él no ama otra cosa que no sea a sí mismo. Va a tener un hijo porque su nueva amante no tomó pastillas y él se olvidó de usar un forro —dijo y los abandonó en la mesa del restaurante.

Melisa quiso ir tras ella, el padre la detuvo:

—Dejala, está enojada. Irá al gimnasio, le pegará patadas a la bolsa y entenderá que no puede torcer la realidad. Las cosas ocurren, Melisa, muchas veces sin que nos las propongamos. Tu hermana es muy chica para darse cuenta de cómo es la vida, es rebelde y le encanta enfrentarme.

—Ustedes creen que la débil soy yo y la fuerte ella, pero se equivocan —comentó, bajando la cabeza, mirando sus manos entrelazadas sobre la mesa, para tener el valor suficiente de decir aquello que pensaba—. Yo solo necesito cariño, ella busca la perfección y no se permite un solo error. No te enfrenta, se rebela ante lo que no puede manejar. Para ella es todo o nada, porque siempre da todo.

—Hago lo que puedo —lamentó.

—Lo sé, papá, intentá no olvidar que también somos tus hijas y que, antes de Liliana, en tu vida existió mamá.

Blanca quiso lucir radiante frente a la nueva mujer de su ex y retomó su rol de madre para exigir a las hijas que pusieran el mismo empeño que ella en sus apariencias.

Visto que sus mayores habían decretado repetir la experiencia, Bárbara decidió actuar su parte dentro del show. La mujer que vivía con su padre la tenía sin cuidado, pronto daría a luz a su hermano Guillermito y por respeto a él la admitía a ella. Luego de mucho reflexionar se juró que sería la última vez que algo tan suyo, como una fiesta de cumpleaños, se convertiría en un retazo más de la acostumbrada farsa, y se prestó a vivirla.

Al abrirse el telón del escenario surgió enfundada en un vestido salmón, subida a altísimos tacos, con el cabello prolijamente ondulado cayéndole sobre los hombros desnudos, y maquillada por primera vez. Extendió los brazos saludando a la gente que la aplaudía, y bajó los cuatro escalones tomada de la mano de Guillermo que, con el orgullo que jamás creyó sentir, la condujo hasta el centro de la pista para bailar el vals, seguro de que las apariencias engañan, los ojos se equivocan y que cuando su niña se lo proponía podía convertirse en mujer.

«Soy Bárbara —se dijo, para alejar la furia que le provocaba la sonrisa tonta de su padre—, sé cuánto valgo y me importa un carajo lo que opinen». Ese convencimiento, al que se aferró para sobrevivir aquella noche, fue el que dominó su vida.

Dio vueltas al son de los acordes, sonriendo para cumplir con su papel, primero con los familiares y luego con los amigos. Lucho y Tadeo la hicieron girar casi en el aire, hasta que el último la acercó al lugar donde esperaba Yago para que también él bailara con ella.

Bárbara extendió su mano esperando que la tomara y continuar así con el ritual, pero el muchacho pareció dudar.

—Dale, tarado, no me dejes pagando como a una estatua en mi cumpleaños.

Él sonrió reconociéndola y aceptó la invitación. Pero no era igual a cuando practicaban tomas de karate, esa noche ella estaba distinta. Subió la mano, con la que la guiaba por la cintura, hasta alcanzar el retazo de piel en la espalda de Bárbara. Palpó la tersura reconociendo las hendiduras y sin darse cuenta también acarició con el pulgar la palma de la mano que mantenía contenida en la suya. Dejándose llevar por el impulso de prolongar aquella cercanía la hizo girar, alejándola de quien se acercó con la pretensión de quitársela; todavía no la había olido, se había limitado a sentirla y sumó una percepción más olfateándole el cuello bajando levemente la cabeza para quedar a la altura.

—¿Sorprendido? —preguntó Bárbara.

Yago se obligó a reconocer tras el disfraz a la nena de trenzas y rodillas escaldadas; repitiéndose que esa noche no era ella, porque lo tentaba.

—Sos camaleónica, enana. Feliz cumpleaños —dijo, entregándosela al próximo y retirándose hacia el patio. Allí prendió un cigarrillo, giró para mirarla nuevamente a través del ventanal; ella continuaba bailando, sonriendo con todos y con aquel gesto que supo fingido y tan alejado de la Bárbara real. Un camarero le recordó que los menores de edad no podían beber ni fumar en aquella celebración y, molesto, arrojó el cigarrillo al piso para regresar a la fiesta. En el camino se cruzó con la mujer que llevaba en su vientre al hermano de su amiga, ella le sonrió y él devolvió el gesto.

Tadeo también estaba sorprendido. No entendía por qué razón sentía que todos la observaban por primera vez. Como si nunca antes se hubieran dado cuenta de que su amiga era bonita, suave y olía tan bien. A él jamás le había importado su aspecto para llegar a quererla de la manera en que la quería. No volvió a bailar con ella, se distrajo haciéndolo con Melisa y otras chicas.

Yago la conocía tan bien que no le resultó difícil descubrir en cuál de los chicos se estaba fijando Bárbara. Sacó su radar infalible, que tanto funcionaba con féminas como con pares, y lo estudió. «Facherito —determinó—, bien vestido; seguro que con mucha labia, pero tramposo».

Bárbara dejó caer como al descuido sus largas pestañas, en un movimiento lento que revirtió con la misma pausa, y al enseñar sus ojos marrones los clavó en su pretendido ofreciendo un mensaje claro.

«¡A la mierda!», pensó Yago, totalmente desconcertado al entender que la nena había crecido de golpe y manejaba las técnicas femeninas de la seducción. La conciencia le exigió ponerla en su sitio. Él era su amigo y tenía que alertarla; aquel, al que Bárbara trataba de hipnotizar, no era recomendable. Observando hacia ambos lados del salón buscó al Sapo, pero no lo encontró. No tenía más remedio que asumir la responsabilidad del rescate y de explicarle un par de temas a la reciente femme fatale. Para cuando regresó la vista, ella había conseguido su objetivo y bailaba con su presa. Se calzó el saco de traje, acomodó su apariencia, caminó hacia ella escuchando que, para colmo, en el tema que sonaba el cantante insistía en remarcar que su musa era el motivo por el que las estrellas brillaban. Bufó poniendo los ojos en blanco. «Hay que ser pelotudo», pensó. Llegó hasta la parejita, tomó a Bárbara por un codo y apoyó la mano sobre el pecho del «facherito» decretando que el tiempo se le había terminado.

—¿Qué te pasa? —le reclamó ella, molesta.

—Vine a tu rescate —explicó cuando el pretendiente ya no podía oírlo—. Ese es un idiota.

—Y a vos, ¿qué carajo te importa?

Si cerraba los ojos y solo la escuchaba, la niña de trenzas y pecas regresaba; el problema de Yago era que en ese preciso momento ella estaba en sus brazos y otros sentidos le indicaban lo contrario.

—Enana, te estoy haciendo un favor. Agradecémelo en lugar de patalear. Javier pretende embobarte con la cancioncita y su sonrisa falsa.

—Ya lo sé.

—¿Lo sabés? —preguntó, más desconcertado que cuando le pescó el gesto a lo lejos.

—Yago, todas dicen que él besa como nadie. Yo no tengo ni idea de cómo besar y pensé que sería genial aprender con él. ¿No te das cuenta? Estaba tratando de tomar lecciones gratis. Pero apareciste y me arruinaste el trueque.

—Ningún trueque —se oyó diciéndole enojado; retomando el rol del hermano mayor que olvidó no era, o del coach deportivo que solía ser y, desoyendo a la cordura que le indicaba que no estaban dentro de una cancha o sobre una colchoneta, le propuso—: Si querés aprender a besar yo te enseño.

—¡Qué asco! —exclamó, perdiendo el ritmo y exagerando el gesto.

El orgullo herido de Yago afloró:

—Si querés aprender hacelo con un buen maestro.

—No tengo ganas de pelear —concluyó, convencida de que esa noche no aprendería a besar—. Me arruinaste el debut. Le plantaste tu manaza en el pecho y ahora el imbécil piensa que tenemos onda.

—Todos saben que somos amigos —replicó, para tranquilizarla y recordar que lo eran—. Lo que le dejé en claro es que con vos no se jode porque estoy yo para pararle el carro. Punto.

—Sí… punto. Punto le pusiste a mi debut y ahora soy la tarada que no tiene idea de cómo besar. ¿Te das cuenta de que me vestí como una «Barbie», al pedo? Me banq ...