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LA FáBRICA DEL TERROR 1

Ana María Shua  

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Fragmento

CÓMO Y POR QUÉ
SE FABRICA EL MIEDO

Desde hace miles de años, a las personas nos gusta jugar con nuestras emociones. Todos los pueblos de todos los tiempos han inventado historias para hacer reír, otras para hacer llorar y otras para dar miedo.

Cuando todo está bajo control, el miedo puede llegar a ser muy divertido: en el parque de diversiones, viendo una película o leyendo un cuento.

Puedo imaginarme a un grupo de hombres de las cavernas reunidos alrededor del fuego, con mil razones reales para temer (enfermedades, incendios, animales salvajes) y asustándose unos a otros con cuentos de fantasmas.

Cuando yo era chica, el miedo me gustaba y también me daba miedo. Insistía en ver películas de terror y después no dormía durante semanas enteras. No me pregunten por qué: ustedes mismos deberían saberlo.

Me aterraban la oscuridad, la soledad, las puertas cerradas... ¿Quién puede estar totalmente seguro de lo que hay detrás de una puerta cerrada?

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Los chicos que se asustaban pensando en los ladrones me daban envidia. Los ladrones, al fin y al cabo, son seres humanos. Yo no quería dormir con la ventana abierta ni siquiera en las noches más calurosas porque tenía miedo de que entrase por la ventana:

1) un vampiro,

2) una cabeza sangrante de gorila muerto,

3) la pinza de un cangrejo gigante.

Los cuentos de este libro, basados en temas de muy distintas épocas, lugares y pueblos, son la mejor prueba de que al hombre siempre le divirtió jugar con algo tan espantoso como el miedo, tal vez como una forma de dominarlo.

Algunos cuentos son adaptaciones y otros son míos, pero en cada uno hay un tema central que no pertenece a ningún autor, sino que es un tema popular, una historia que pasa de boca en boca sin que nadie sepa exactamente quién la inventó. Y que sigue existiendo y contándose durante mucho tiempo porque tiene algo que toca el corazón de quien la escucha.

Al final de cada historia les explico de dónde proviene ese tema central y qué métodos se emplean para provocar el miedo en los lectores.

Cuando empecé a escribir, envidié por un momento a los directores de cine, que tienen tantos recursos y pueden asustar con el silencio, con la música, con las imágenes. Pero también pensé que un sobresalto se olvida rápido y en cambio hay palabras, horribles palabras, que pueden quedar resonando para siempre en nuestra mente.

Las puertas están abiertas. Las máquinas están funcionando. Pueden ustedes pasar a La fábrica del terror.

POSADA DE LAS TRES CUERDAS

Los dos jóvenes iban muy erguidos sobre sus caballos y llevaban katanas (sables de samurai). Iban cubiertos de polvo por el largo viaje, y la seda de sus vestiduras colgaba hecha jirones. Pero los campesinos que los veían pasar sabían que se trataba de dos caballeros.

Junchiro y Koichi eran dos hermanos que volvían a la casa de sus padres. Su señor y jefe había sido vencido en la guerra. Habían luchado mucho y con valor pero ahora, a pesar de ser jóvenes, se sentían viejos, tristes y cansados. Aunque nunca hubieran aceptado decirlo en voz alta, aunque nunca se lo dijeran ni siquiera a sí mismos. Aunque siguieran hablando como hablan los hombres en Japón: con voz ronca y cortante, como si todo lo que dicen, hasta una pregunta o un comentario, fuera una orden violenta.

La guerra los había llevado lejos y deseaban llegar lo más pronto posible a su ciudad natal. Por eso apuraban el paso de sus caballos y se detenían apenas lo necesario para comer y dormir.

Descansaban en las horas más calurosas del día, cuando el sol estaba alto en el cielo, y aprovechaban para avanzar el fresco del amanecer y las últimas horas de la tarde.

Una noche, cuando ya estaban a pocos días de viaje de su ciudad natal, llegaron a un bosquecillo. Junchiro, el más joven, propuso seguir adelante.

—El bosque no es espeso. La noche es fresca pero no fría. Del otro lado debe haber una aldea o tal vez una posada donde podremos descansar más cómodos.

—Tenemos que cuidar nuestros caballos —le contestó Koichi—. Necesitan descanso. No tenemos dinero para comprar otros. Mañana al amanecer seguiremos adelante.

Junchiro se burló de su hermano mayor con todo el mal humor que su propio cansancio le provocaba. Le acusó de cobarde, sabiendo que era mentira.

—Los fantasmas del bosque le dan miedo a un guerrero. ¿O acaso está asustado de los zorros y los conejos?

Koichi, sin contestarle, empezó a desensillar tranquilamente su agradecido caballo.

Pensando que después de todo ya estaba tan cerca de su casa que no le importaría seguir solo (y con la secreta esperanza de que Koichi lo alcanzara), Junchiro apuró a su caballo y entró en el bosquecillo.

Estaba muy oscuro. Después de dormir durante todo el día, el mundo de la noche había despertado: había luciérnagas y mariposas nocturnas y búhos y gatos salvajes, y se escuchaban los crujidos de los árboles y el canto de las cigarras.

Junchiro se sentía feliz: era bueno escuchar esa música en lugar del sonido de las espadas y los gritos de los hombres heridos.

Sin embargo, lo sorprendió que el bosquecillo fuera tanto más grande de lo que había supuesto. Antes de cruzarlo le había parecido divisar sus límites. En cambio ahora, a la luz de la luna, no alcanzaba a ver más allá de los árboles más cercanos, que crecían cada vez más juntos, como si se espesaran para cerrarle el paso.

Hacía ya dos horas que cabalgaba, enojado consigo mismo por no haber sabido calcular hasta dónde llegaban los árboles, cuando vio, en un claro, una casa iluminada. El cartel de la puerta decía así: Posada de las Tres Cuerdas.

Junchiro desmontó, muy contento de haber encontrado un lugar agradable donde pasar el resto de la noche. Ató su caballo, se quitó las sandalias y entró en una habitación grande, iluminada por una lámpara de aceite.

Era un lugar cómodo y limpio. El suelo estaba cubierto (como en todas las casas japonesas) por esterillas nuevas. Junto a la lámpara había una tetera de porcelana, y al costado, sobre una bandeja de plata, había una botella de sake y un tazón pequeño. La habitación estaba vacía y el silencio era absoluto.

Junchiro estaba agotado. La discusión con su hermano le había dado fuerzas para llegar hasta allí, pero ahora lo que más deseaba en este mundo era acostarse y dormir.

Si no hubiese estado tan cansado, tal vez le hubieran llamado la atención algunos detalles: ese silencio tan grande en toda la casa, la puerta abierta, la bandeja servida como esperándolo.

La noche en el bosque era húmeda y fría, y Junchiro se sintió satisfecho de estar en un lugar caliente y cómodo, sin pensar en nada más.

Sin ninguna preocupación, el joven se sirvió un tazón de sake caliente. Mientras el vino de arroz corría agradablemente por su garganta, escuchó unos pasos livianos y claros en las escaleras que llevaban al primer piso.

Una jovencita bellísima, vestida de seda, entró en la habitación. Junchiro ya estaba casi arrepentido de haber entrado solo en el bosque, pero cuando vio a la joven se felicitó por la decisión que le iba a permitir pasar la noche en tan buena compañía.

El cansancio y la sensación de confusión provocada por el vino, más fuerte de lo que parecía al probarlo, le quitaban las ganas de hablar. Miró a la muchacha y sonrió.

Era verdaderamente hermosa, con su carita delicada pintada de blanco, los brillantes ojos negros y la cabellera larga y espesa sostenida en lo alto de la nuca por un peine de marfil y agujetas de plata. Su kimono de seda roja estaba bordado de flores, y un cinturón dorado apretaba su finísima cintura, tan ajustado que casi parecía cortarla en dos.

En sus manos blancas y graciosas sostenía un instrumento de cuerdas japonés, un shamizen, con sus tres cuerdas tensas sobre la caja de resonancia cubierta de cuero negro.

La joven se arrodilló con elegancia, inclinándose ante Junchiro. El guerrero quiso pedir disculpas por haber entrado así, sin haber sido invitado. Pero ella no lo dejó hablar. Con una sonrisa maravillosa, le ofreció otro tazón de sake.

De pronto Junchiro notó que la joven no había pronunciado ni una sola palabra desde que entró en la habitación, ni siquiera un saludo. Probablemente sería sordomuda. Y le agradeció por señas el segundo tazón de vino que ella le alcanzaba ahora y que, servido por sus manos, parecía tener un sabor todavía más delicioso.

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