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LA FLOR MáS FALSA DEL MUNDO

Sebastián De Caro  

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Fragmento

Siempre me fascinó una historia que escuché en una fiesta. Una fiesta de la que no recuerdo casi nada: no sé si era el cumpleaños de algún amigo que frecuento muy de tanto en tanto, o de una ex amante. No sé bien… Bueno, la cuestión es que esa historia siempre vuelve, vuelve a mí todo el tiempo, como si la naturaleza de su significado fuese infinita. No sé por qué ni en qué contexto alguien le narraba esto a un grupo de invitados.

Una pareja viaja a Nueva York. Lleva consigo un dato. Un dato que un conocido de la pareja le dio a modo de consejo, apenas una frase que poco tiene de mágica o siquiera de extraña. Un dato que no garantiza un viaje mejor, apenas una información simple y directa. “Cuando lleguen a Nueva York”, les dice este conocido, “no dejen de contactar a Marcela y su marido Pablo. Ellos viven ahí hace diez años y saben adónde ir y adónde no para aprovechar la ciudad al máximo, con todas sus maravillas.” Ese es el dato, un par de líneas entregadas a modo de consejo o de llave a los viajeros.

La pareja llega a destino y nunca contacta al matrimonio. Hacen su vida, deciden adónde ir y adónde no; dicho de otra manera, pareciera que Marcela y su marido Pablo no tienen lugar en la travesía, y por otra parte y para ser honestos, establecer contacto con dos desconocidos suena más a incordio que a placer. Así que se dedican a tomar fotos, siguen adelante con sus agendas personales, concurren a los centros turísticos más obvios, se pierden alguna que otra noche en tamaña metrópolis; nada grave ni fuera de lo común. Prescindiendo de los consejos de lugareños, tal vez dejando de visitar algún destino gastronómico para iniciados o de descubrir un espectáculo del off-Broadway; así concluyen la estadía.

Tiempo después, la pareja regresa y se encuentra con aquel conocido que le había pasado el dato de Marcela y su marido Pablo.

Charlan animadamente sobre los quince días que pasaron en Nueva York; el conocido pasa con el dedo las fotos del viaje en un iPad mientras, alternándose en el relato, la pareja ensaya una desordenada cronología de sus aventuras. De repente, el conocido rompe el silencio:

—¡Ah! ¡Al final sí se encontraron con Marcela y Pablo!

—No… —responde la pareja, extrañada.

—¿Cómo que no? —replica—, si están acá…

En ese momento, el conocido gira la tablet y señala en una fotografía de la pareja en el Central Park a dos personas que saludan a cámara desde el fondo. Parecen ser dos personajes que sencillamente pasaban por allí. Pero claro que sí; claro que son Marcela y su marido Pablo quienes, a esa hora, en ese momento exacto —ese mismo día, ese mismo mes, ese mismo año— deciden, vaya a saber uno por qué, aparecer en la foto de otros. En la foto de una pareja de turistas cualquiera, y saludar a cámara. Pensemos juntos: ¿cuántas posibilidades hay de que ocurra algo semejante?

Fue en ese instante que decidí abandonar la charla. No me quedé para escuchar desmentidas, ni teorías, ni elucubraciones de ningún tipo sobre lo ocurrido. El miedo que me invadió fue tan grande que preferí emigrar: irme con otro grupo de gente, o salir al balcón, no recuerdo bien. El recuerdo de esa anécdota menor —quizás real, acaso falsa— activa siempre algo en mí. Confirma mis fascinaciones y temores más grandes. Demasiadas cosas ocurren al mismo tiempo.

Demasiadas cosas al mismo tiempo.

Cosas, historias, personas, relaciones, amores, sexo y tantas perversiones como actos nobles enfermos de heroicidad.

Así parece ser…

Nadie puede imaginarlo todo. Nadie puede imaginar todo lo que ocurre.

En cada ventana, detrás de cada puerta, hay una aventura…

Impensada, secreta, extraña…

No sé quién prefiero ser en la ecuación.

La pareja que se sorprende una y otra vez por el Destino que se materializa a sus espaldas, en un loop continuo del espacio-tiempo, donde no hay razón para ese caos organizado que es la casualidad.

O, tal vez, probar ser Marcela o su marido Pablo que al día de hoy ignoran por completo cómo su paso casual por el Central Park desató un torbellino de preguntas.

O probar suerte intentando ponerme en el lugar del conocido que dio el dato. Ese mago ad hoc que de oficio arroja una piedra al lago del tiempo para ver qué pasa.

Esa es la cuestión.

¿Qué asiento tomar en la enorme platea de la fortuna cósmica?

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