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LA FLOR PúRPURA (EDICIóN ESPECIAL LIMITADA)

Chimamanda Ngozi Adichie  

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Fragmento

 

Todo empezó a desmoronarse en casa cuando mi hermano, Jaja, no fue a comulgar y padre lanzó su pesado misal al aire y rompió las figuritas de la estantería. Acabábamos de regresar de la iglesia. Madre dejó las palmas encima de la mesa y subió a cambiarse. Más tarde, las entrelazó formando unas cruces que se combaban por su propio peso y las colgó en la pared, bajo la foto de familia enmarcada en dorado. Allí se quedaron hasta el siguiente Miércoles de Ceniza, día en que las llevamos a la iglesia para incinerarlas. Padre, que como el resto de oblatos lucía vestiduras largas de color gris, ayudaba cada año a distribuir las cenizas. Su fila era la más lenta porque se esmeraba en presionarlas con el dedo pulgar para formar una cruz perfecta en la frente de cada feligrés mientras pronunciaba despacio, dando sentido a cada una de las palabras, «polvo eres y en polvo te convertirás».

Padre siempre se situaba en el primer banco para la misa, en el extremo junto al pasillo central, y madre, Jaja y yo nos sentábamos a su lado. Él era el primero en recibir la comunión. Casi ningún feligrés se arrodillaba para recibirla en el altar de mármol bajo la rubia imagen de tamaño natural de la Virgen María, pero padre sí. Al cerrar los ojos apretaba tanto los párpados que su rostro se tensaba en un gesto contrito, y entonces sacaba la lengua tanto como le era posible. Después volvía a su asiento y contemplaba al resto de la congregación que se dirigía al altar con las palmas de las manos juntas y estiradas, como si sostuvieran un plato en posición perpendicular al suelo, tal como el padre Benedict les había inculcado. A pesar de llevar ya siete años en Santa Inés, seguían refiriéndose a él como «nuestro nuevo párroco». Tal vez habría sido distinto de no haber tenido aquella piel tan blanca que le confería aspecto de nuevo. El color de su rostro, de un tono entre la leche condensada y la pulpa de guanábana, no se había oscurecido en absoluto a pesar del intenso calor de los siete harmatanes que había pasado en Nigeria y su nariz británica seguía siendo tan estrecha como siempre, aquella nariz que me hizo temer que no fuera capaz de aspirar suficiente aire el día en que llegó a Enugu. El padre Benedict había cambiado algunas cosas en la parroquia, como el hecho de insistir en que el credo y el kirie solo se recitaran en latín, el igbo no se aceptaba; tampoco el hacer palmas, que tuvo que reducirse al mínimo, no fuera a ser que comprometiera la solemnidad de la misa. En cambio, sí que permitía los cantos ofertorios en igbo; él los llamaba cantos indígenas, y al pronunciar la palabra «indígenas» las comisuras de sus labios se curvaban en un gesto forzado. Durante sus sermones, el padre Benedict solía referirse al Papa, a padre y a Jesús, en ese orden. Ponía a padre de ejemplo para ilustrar los Evangelios.

—Cuando dejamos que nuestra luz brille ante los demás, estamos reflejando la entrada triunfal de Cristo —dijo aquel Domingo de Ramos—. Mirad al hermano Eugene. Podría haber elegido ser como los otros grandes hombres de su país. Podría haber decidido quedarse sentado en casa y no hacer nada tras el golpe, para asegurarse de que el gobierno no se interpondría en sus negocios. Pero no; utilizó el Standard para contar la verdad, a pesar de que eso comportó que el periódico perdiera la financiación publicitaria. El hermano Eugene se ha expresado en favor de la libertad. ¿Cuántos de nosotros hemos defendido la verdad? ¿Cuántos hemos reflejado la entrada triunfal?

La congregación pronunció un «sí» o un «Dios lo bendiga» o un «amén», pero no demasiado alto para no parecerse a una de aquellas iglesias pentecostales que proliferaban como setas; luego, todos siguieron escuchando con atención y en silencio. Hasta los bebés dejaron de llorar como si también ellos estuvieran atentos. Incluso los domingos en que el padre Benedict hablaba de cosas por todos conocidas los feligreses escuchaban religiosamente. Contaba que era padre quien hacía las mayores donaciones al Óbolo de San Pedro y a San Vicente de Paúl, o que era padre quien costeaba el vino para la comunión, los nuevos hornos del convento en los que las reverendas hermanas cocían las hostias y las nuevas dependencias del hospital de Santa Inés donde el padre Benedict ofrecía la extremaunción. Y yo permanecía sentada con las rodillas muy juntas al lado de Jaja, tratando con todas mis fuerzas de evitar que el orgullo se reflejara en mi rostro porque padre decía que la modestia era algo muy importante.

Al mirar a padre vi que también él mantenía el rostro inexpresivo, la misma cara que aparecía en la fotografía del artículo que daba a conocer con mucho bombo que Amnistía Internacional le había concedido un premio del movimiento pro derechos humanos. Aquella fue la única ocasión en la que se permitió aparecer en el periódico. El director, Ade Coker, había insistido en ello, argumentando que luego estaría contento, que era demasiado modesto. Y de hecho fue madre quien nos lo dijo a Jaja y a mí, ya que padre no iba contando ese tipo de cosas. Aquel rictus impenetrable duró en su rostro hasta que el padre Benedict hubo finalizado el sermón y llegó el momento de la comunión. Después de comulgar, padre siempre volvía a sentarse y observaba a la congregación que se dirigía hacia el altar para, tras la misa, informar con verdadera preocupación al padre Benedict sobre quién había dejado de ir a comulgar dos domingos seguidos. Cuando aquello ocurría, animaba al clérigo a llamar la atención a la persona en cuestión para hacerla volver al redil. Nada excepto el pecado mortal podía hacer que alguien renunciara a la comunión dos domingos seguidos.

Así que cuando padre vio que Jaja no se dirigía al altar aquel Domingo de Ramos en que todo cambió, nada más llegar a casa estampó en la mesa el misal, que tenía las tapas de piel y del cual asomaba una cinta roja y amarilla. La mesa era de un cristal muy grueso, pero se tambaleó, al igual que las palmas que había sobre ella.

—Jaja, hoy no has ido a comulgar —dijo con calma, casi como si formulara una pregunta.

Jaja se quedó mirando el misal sobre la mesa, como si quisiera enderezarlo.

—La oblea me produce mal aliento.

Lo miré incrédula. ¿Es que se había vuelto majareta? Padre insi

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