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LA FíSICA DEL FUTURO

Michio Kaku  

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Fragmento

Agradecimientos

Deseo expresar mi agradecimiento a todos aquellos que han trabajado infatigablemente para conseguir que este libro sea un éxito. En primer lugar, quiero dar las gracias a mis editores: a Roger Scholl, que fue un guía para muchos de mis libros anteriores y me propuso el desafío de escribir un libro tan osado como este, y también a Edward Kastenmeier, que ha tenido la paciencia de realizar incontables sugerencias y revisiones, contribuyendo así en gran medida a reforzar y enriquecer la presentación de esta obra. Además, me gustaría dar las gracias a Stuart Krichevsky, que ha sido mi agente durante muchos años y siempre me ha animado a abordar empresas cada vez más innovadoras y emocionantes.

Por supuesto, también deseo manifestar mi agradecimiento a los más de trescientos científicos con los que he mantenido entrevistas y debates sobre temas relativos a la ciencia. Quisiera pedirles disculpas por haber irrumpido en sus laboratorios con un equipo de filmación de la BBC o de los canales Discovery y Science, plantando ante sus narices un micrófono y una cámara de televisión. No se me oculta que esto pudo perturbar su trabajo de investigación, pero espero que el producto final pueda justificar tanto trastorno.

Recibe antes que nadie historias como ésta

Quiero dar las gracias a algunos de estos pioneros e innovadores:

Eric Chivian, premio Nobel, Centro para la Salud y el Medio Ambiente Global, Facultad de Medicina de Harvard.

Peter Doherty, premio Nobel, St. Jude Children’s Research Hospital.

Gerald Edelman, premio Nobel, Instituto de Investigaciones Scripps.

Murray GellMann, premio Nobel, Instituto de Santa Fe y Caltech.

Walter Gilbert, premio Nobel, Universidad de Harvard.

David Gross, premio Nobel, Instituto Kavli para Física Teórica.

Henry Kendall (†), premio Nobel, MIT.

Leon Lederman, premio Nobel, Instituto de Tecnología de Illinois.

Yoichiro Nambu, premio Nobel, Universidad de Chicago.

Henry Pollack, premio Nobel, Universidad de Michigan.

Joseph Rotblat, premio Nobel, St. Bartholomew’s Hospital.

Steven Weinberg, premio Nobel, Universidad de Texas en Austin.

Frank Wilczek, premio Nobel, MIT.

Amir Aczel, autor de Uranium Wars.

Buzz Aldrin, astronauta de la NASA y el segundo hombre que pisó la Luna.

Geoff Andersen, investigador adjunto, Academia de la Fuerza Aérea de Estados Unidos, autor de The Telescope.

Jay Barbree, corresponsal de la NBC y coautor de Moon Shot.

John Barrow, físico, Universidad de Cambridge, autor de Imposibilidad: los límites de la ciencia y la ciencia de los límites.

Marcia Bartusiak, autora de La sinfonía inacabada de Einstein.

Jim Bell, profesor de astronomía, Universidad de Cornell.

Jeffrey Bennet, autor de Beyond UFOs.

Bob Berman, astrónomo, autor de Secrets of the Night Sky.

Leslie Biesecker, director del Departamento de Investigación de Enfermedades Genéticas, Institutos Nacionales de la Salud.

Piers Bizony, divulgador científico, autor de How to Build Your Own Spaceship.

Michael Blaese, científico de los Institutos Nacionales de la Salud.

Alex Boese, fundador del Museo de Hoaxes.

Nick Bostrom, transhumanista, Universidad de Oxford.

Robert Bowman, teniente coronel, Instituto de Estudios Espaciales y de Seguridad.

Lawrence Brody, director de la División de Tecnología del Genoma, Institutos Nacionales de la Salud.

Rodney Brooks, antiguo director del Laboratorio de Inteligencia Artificial (AI Lab) del MIT.

Lester Brown, fundador del Earth Policy Institute.

Michael Brown, profesor de astronomía, Caltech.

James Canton, fundador del Institute for Global Futures, autor de The Extreme Future.

Arthur Caplan, director, Centro de Bioética, Universidad de Pensilvania.

Fritjof Capra, autor de La ciencia de Leonardo.

Sean Carroll, cosmólogo, Caltech.

Andrew Chaikin, autor de A Man on the Moon.

Leroy Chiao, antiguo astronauta de la NASA.

George Church, director, Centro de Genética Computacional, Facultad de Medicina de Harvard.

Thomas Cochran, físico, Consejo para la Defensa de los Recursos Naturales.

Christopher Cokinos, escritor científico, autor de The Fallen Sky.

Francis Collins, director de los Institutos Nacionales de la Salud.

Vicki Colvin, directora de nanotecnología biológica y medioambiental, Universidad Rice.

Neil Comins, autor de The Hazards of Space Travel.

Steve Cook, director de tecnologías espaciales, Dynetics, antiguo portavoz de la NASA.

Christine Cosgrove, autora de Normal at Any Cost.

Steve Cousins, presidente y director general, Willow Garage.

Brian Cox, físico, Universidad de Manchester, presentador científico de la BBC.

Phillip Coyle, antiguo subsecretario de Defensa, Departamento de Defensa de Estados Unidos.

Daniel Crevier, autor de Inteligencia artificial.

Ken Croswell, astrónomo, autor de Magnificent Universe.

Steven Cummer, informático, Universidad Duke.

Mark Cutkosky, ingeniería mecánica, Universidad de Stanford.

Paul Davies, físico, autor de Superfuerza.

Aubrey de Gray, director general científico, Fundación SENS.

Michael Dertouzos (†), antiguo director del Laboratorio de Ciencias de la Computación, MIT.

Jared Diamond, ganador del premio Pulitzer, profesor de geografía, UCLA.

Mariette DiChristina, redactora jefe del Scientific American.

Peter Dilworth, científico del Laboratorio de Inteligencia Artificial (AI Lab) del MIT.

John Donoghue, creador de BrainGate, Universidad Brown.

Ann Druyan, viuda de Carl Sagan, Cosmos Studios.

Freeman Dyson, profesor emérito de física, Instituto de Estudios Avanzados, Princeton.

Jonathan Ellis, físico, CERN.

Daniel Fairbanks, autor de Relics of Eden.

Timothy Ferris, profesor emérito de la Universidad de California, Berkeley, autor de Coming of Age in the Milky Way.

Maria Finitzo, cineasta, ganadora del Peabody Award, Mapping Stem Cell Research.

Robert Finkelstein, experto en inteligencia artificial.

Christopher Flavin, Instituto WorldWatch.

Louis Friedman, cofundador de la Planetary Society.

James Garvin, antiguo director científico de la NASA, Centro de Vuelo Espacial Goddard de la NASA.

Evalyn Gates, autor de Einstein’s Telescope.

Jack Geiger, cofundador de Physicians for Social Responsibility.

David Gelernter, profesor de informática, Universidad de Yale.

Neil Gershenfeld, director del Centro de Bits y Átomos, MIT.

Paul Gilster, autor de Centauri Dreams.

Rebecca Goldburg, científica que trabajó en el Fondo para la Defensa del Medio Ambiente, directora de Marine Science, Pew Charitable Trust.

Don Goldsmith, astrónomo, autor de The Runaway Universe.

Seth Goldstein, profesor de informática, Universidad Carnegie Mellon.

David Goodstein, antiguo subdirector del Caltech, profesor de física.

J. Richard Gott III, profesor de astrofísica, Universidad de Princeton, autor de Los viajes en el tiempo y el universo de Einstein.

Stephen Jay Gould (†), biólogo, Harvard Lightbridge Corp.

Thomas Graham, embajador, experto en satélites espía.

John Grant, autor de Corrupted Science.

Eric Green, director del Instituto Nacional de Investigación del Genoma Humano, Institutos Nacionales de la Salud.

Ronald Green, autor de Babies by Design.

Brian Greene, profesor de matemáticas y física, Universidad de Columbia, autor de El universo elegante.

Alan Guth, profesor de física, MIT, autor de El universo inflacionario.

William Hanson, autor de The Edge of Medicine.

Leonard Hayflick, profesor de anatomía, Facultad de Medicina de San Francisco, Universidad de California.

Donald Hillebrand, director del Centro de Investigación del Transporte, Laboratorio Nacional Argonne.

Frank von Hipple, físico, Universidad de Princeton.

Jeffrey Hoffman, antiguo astronauta de la NASA, profesor de aeronáutica y astronáutica, MIT.

Douglas Hofstadter, ganador del premio Pulitzer, autor de Gödel, Escher, Bach: un eterno y grácil bucle.

John Horgan, Instituto de Tecnología Stevens, autor de El fin de la ciencia.

Jamie Hyneman, presentador del programa MythBusters, emitido por Discovery Channel.

Chris Impey, profesor de astronomía, Universidad de Arizona, autor de Una historia del cosmos.

Robert Irie, científico que trabajó en el Laboratorio de Inteligencia Artificial (AI Lab) del MIT, Hospital General de Massachusetts.

P. J. Jacobowitz, revista PC.

Jay Jaroslav, científico del Laboratorio de Inteligencia Artificial (AI Lab) del MIT.

Donald Johanson, paleoantropólogo, descubridor de Lucy.

George Johnson, periodista científico, New York Times.

Tom Jones, antiguo astronauta de la NASA.

Steve Kates, astrónomo y presentador radiofónico.

Jack Kessler, profesor de neurología, director del Instituto de Neurociencias Feinberg, Universidad del Noroeste.

Robert Kirshner, astrónomo, Universidad de Harvard.

Kris Koenig, cineasta y astrónomo.

Lawrence Krauss, Universidad del Estado de Arizona, autor de The Physics of Star Trek.

Robert Lawrence Kuhn, cineasta y filósofo, serie televisiva de la PBS Closer to Truth.

Ray Kurzweil, inventor, autor de La era de las máquinas espirituales.

Robert Lanza, biotecnología, Advanced Cell Technology.

Roger Launius, coautor de Robots in Space.

Stan Lee, creador de Marvel Comics y SpiderMan.

Michael Lemonick, antiguo redactor científico, revista Time, Climate Central.

Arthur LernerLam, geólogo, vulcanista, Universidad de Columbia.

Simon LeVay, autor de When Science Goes Wrong.

John Lewis, astrónomo, Universidad de Arizona.

Alan Lightman, MIT, autor de Sueños de Einstein.

George Linehan, autor de SpaceShipOne.

Seth Lloyd, MIT, autor de Programming the Universe.

Joseph Lykken, físico, Laboratorio Nacional Fermi (Fermilab).

Pattie Maes, MIT Media Lab.

Robert Mann, autor de Forensic Detective.

Michael Paul Mason, autor de Head Cases.

W. Patrick McCray, autor de Keep Watching the Skies!

Glenn McGee, autor de El bebé perfecto.

James McLurkin, científico que trabajó en el Laboratorio de Inteligencia Artificial (AI Lab) del MIT, Universidad Rice.

Paul McMillan, director, Spacewatch, Universidad de Arizona.

Fulvio Melia, profesor de física y astronomía, Universidad de Arizona.

William Meller, autor de Evolution Rx.

Paul Meltzer, Institutos Nacionales de la Salud.

Marvin Minsky, MIT, autor de The Society of Mind.

Hans Moravec, profesor de investigación, Universidad Carnegie Mellon, autor de El hombre mecánico.

Phillip Morrison (†), físico, MIT.

Richard Muller, astrofísico, Universidad de California en Berkeley.

David Nahamoo, especialista en tecnología del lenguaje humano con IBM.

Christina Neal, vulcanista, Observatorio Vulcanológico de Alaska, Servicio Geológico de Estados Unidos.

Michael Novacek, conservador del Museo Americano de Historia Natural, mamíferos fósiles.

Michael Oppenheimer, experto en medio ambiente, Universidad de Princeton.

Dean Ornish, profesor clínico de medicina, Universidad de California, San Francisco.

Peter Palese, profesor de microbiología, Facultad de Medicina de Mt. Sinai.

Charles Pellerin, antiguo funcionario de la NASA.

Sidney Perkowitz, profesor de física, Universidad Emory, autor de Hollywood Science.

John Pike, director, GlobalSecurity.org.

Jena Pincott, autora de Do Gentlemen Really Prefer Blondes?

Tomaso Poggio, inteligencia artificial, MIT.

Correy Powell, redactor jefe de la revista Discover.

John Powell, fundador de JP Aerospace.

Richard Preston, autor de Zona caliente y The Demon in the Freezer.

Raman Prinja, profesor de astrofísica, University College de Londres.

David Quammen, escritor de divulgación científica, autor de El remiso Mr. Darwin.

Katherine Ramsland, científica forense.

Lisa Randall, profesora de física teórica, Universidad de Harvard, autora de Warped Passages.

sir Martin Rees, profesor de cosmología y astrofísica, Universidad de Cambridge, autor de Antes del principio: el cosmos y otros universos.

Jeremy Rifkin, fundador de la Foundation on Economic Trends.

David Riquier, director de Corporate Outreach, MIT Media Lab.

Jane Rissler, Union of Concerned Scientists.

Steven Rosenberg, Instituto Nacional del Cáncer, Institutos Nacionales de la Salud.

Paul Saffo, futurólogo, trabajó en el Instituto para el Futuro, profesor consultor en la Universidad de Stanford.

Carl Sagan (†), Universidad de Cornell, autor de Cosmos.

Nick Sagan, coautor de ¿Y esto es el futuro?

Michael Salamon, programa «Beyond Einstein» de la NASA.

Adam Savage, presentador del programa MythBusters.

Peter Schwartz, futurólogo, cofundador de Global Business Network, autor de The Long View.

Michael Shermer, fundador de la Skeptics Society y de la revista Skeptic.

Donna Shirley, antigua directora del Programa de Exploración de Marte de la NASA.

Seth Shostak, Instituto SETI.

Neil Shubin, profesor de biología y anatomía de los organismos en la Universidad de Chicago, autor de Your Inner Fish.

Paul Shuch, director ejecutivo emérito de la Liga SETI.

Peter Singer, autor de Wired for War, Instituto Brookings.

Simon Singh, autor de Big Bang.

Gary Small, coautor de iBrain.

Paul Spudis, «Programa de Geología Planetaria» de la Oficina de Ciencia Espacial, División del Sistema Solar, de la NASA.

Steven Squyres, profesor de astronomía, Universidad de Cornell.

Paul Steinhardt, profesor de física en la Universidad de Princeton, coautor de Endless Universe.

Gregory Stock, UCLA, autor de Redesigning Humans.

Richard Stone, The Last Great Impact on Earth, revista Discover.

Brian Sullivan, antes en el Planetario Hayden.

Leonard Susskind, profesor de física, Universidad de Stanford.

Daniel Tammet, sabio autista, autor de Nacido en un día azul.

Geoffrey Taylor, físico, Universidad de Melbourne.

Ted Taylor (†), diseñador de ojivas atómicas.

Max Tegmark, físico, MIT.

Alvin Toffler, autor de La tercera ola.

Patrick Tucker, World Future Society.

Stansfield M. Turner, almirante, antiguo director de Inteligencia Central.

Chris Turney, Universidad de Exeter, Reino Unido, autor de Ice, Mud and Blood.

Neil deGrasse Tyson, director del Planetario Hayden.

Sesh Velamoor, Foundation for the Future.

Robert Wallace, coautor de Spycraft, antiguo director de la Oficina de Servicios Técnicos de la CIA.

Kevin Warwick, cyborgs humanos, Universidad de Reading, Reino Unido.

Fred Watson, astrónomo, autor de Stargazer.

Mark Weiser (†), Xerox PARC.

Alan Weisman, autor de El mundo sin nosotros.

Daniel Werthimer, SETI at Home, Universidad de California en Berkeley.

Mike Wessler, científico que trabajó en el Laboratorio de Inteligencia Artificial (AI Lab) del MIT.

Arthur Wiggins, autor de The Joy of Physics.

Anthony WynshawBoris, Institutos Nacionales de la Salud.

Carl Zimmer, escritor de divulgación científica, autor de Evolution.

Robert Zimmerman, autor de Adiós a la Tierra.

Robert Zubrin, fundador de la Mars Society.

Introducción

Una predicción para los próximos 100 años

Los imperios del futuro serán imperios de la mente.

WINSTON CHURCHILL

En mi infancia tuve dos experiencias que contribuyeron a formar la persona que soy actualmente y suscitaron dos pasiones que han marcado toda mi vida.

En primer lugar, recuerdo que, cuando tenía ocho años, vi a todos los profesores alborotados con la noticia de que un gran científico acababa de morir. Aquella noche los periódicos publicaban una fotografía de su despacho en la que se veía un manuscrito inacabado sobre la mesa. El pie de foto decía que el científico más grande de nuestra era no había podido acabar la más importante de sus obras maestras. Y yo me pregunté: ¿Qué cosa podría ser tan difícil como para que un científico de su talla no pudiera acabarla? ¿Qué podía ser tan complicado e importante? Esto me resultaba más intrigante que cualquier crimen misterioso y más fascinante que cualquier historia de aventuras. Tenía que averiguar qué había en aquel manuscrito inacabado.

Más tarde descubrí que el nombre del científico era Albert Einstein, y que el manuscrito inconcluso estaba destinado a ser el logro que coronaría su carrera, su intento de crear una «teoría del todo», una fórmula, quizá de no más de dos centímetros de longitud, que desvelaría los secretos del universo y le permitiría, tal vez, «leer la mente de Dios».

La otra experiencia trascendental de mi infancia surgió mientras miraba los programas que emitía la televisión los sábados por la mañana, especialmente la serie Flash Gordon, en la que trabajaba Buster Crabbe. Cada semana, con la nariz pegada a la pantalla del televisor, me sentía transportado como por arte de magia a un mundo misterioso de alienígenas, naves espaciales, batallas con armas que disparaban rayos, ciudades sumergidas y monstruos diversos. Me convertí en un adicto a estas cosas. Se trataba de mi primera toma de contacto con el mundo del futuro. Desde entonces, no he dejado de sentir una especie de asombro infantil cada vez que reflexiono sobre el futuro.

Sin embargo, después de haber visto todos los episodios de la serie, empecé a darme cuenta de que, aunque Flash se llevaba todo el mérito en la pantalla, en realidad era un científico llamado doctor Zarkov quien hacía que la serie funcionase. Él había inventado la nave espacial, el escudo de invisibilidad, la fuente de energía para la ciudad situada en el espacio, etcétera. Sin un científico no hay futuro. Los guapos y atractivos personajes pueden ganarse la admiración de la sociedad, pero todas las invenciones maravillosas relacionadas con el futuro son consecuencia del trabajo de científicos anónimos que no reciben por ello elogio alguno.

Posteriormente, cuando estaba ya en el instituto de secundaria, decidí seguir los pasos de estos grandes científicos y poner a prueba algunas de las cosas que había aprendido. Quería participar en esta gran revolución que, a mi entender, cambiaría el mundo. Decidí fabricar un acelerador de partículas atómicas. Pedí a mi madre permiso para construir un acelerador de entre 2 y 3 millones de electronvoltios en el garaje. Mi madre se asustó un poco, pero me dio su conformidad. A continuación, acudí a Westinghouse y Varian Associates, conseguí 181 kilos de acero para transformadores y 35,4 kilómetros de cable de cobre, y monté un acelerador de betatrones en el garaje de mi madre.

Con anterioridad había construido una cámara de niebla dotada de un poderoso campo magnético y había fotografiado trayectorias de antimateria. Pero fotografiar la antimateria no era suficiente. Mi objetivo era producir un haz de antimateria. Las bobinas magnéticas del acelerador de partículas conseguían generar un potentísimo campo magnético de 10.000 gauss (unas 20.000 veces el campo magnético terrestre, lo cual, en principio, sería suficiente para arrancarle a cualquiera un martillo de la mano). La máquina chupaba 6 kilovatios de potencia, que era todo lo que la instalación de mi casa podía proporcionar. (Mi pobre madre se preguntaría por qué no le había salido un hijo de los que se conforman con jugar al fútbol.)

Dos pasiones me han motivado durante toda mi vida: el deseo de comprender las leyes físicas del universo dentro de una única teoría coherente, y el deseo de ver el futuro. Finalmente me di cuenta de que ambas pasiones eran en realidad complementarias. La clave para entender el futuro es comprender las leyes fundamentales de la naturaleza y aplicarlas luego a los inventos, máquinas y terapias que redefinirán nuestra civilización en un futuro lejano.

Ya sé que se han realizado numerosos intentos de predecir el futuro, muchos de ellos útiles e ingeniosos. Sin embargo, quienes han escrito sobre este tema son en su mayoría historiadores, sociólogos, autores de ciencia ficción y «futurólogos», en definitiva, intrusos que predicen el mundo científico sin tener un conocimiento directo de la ciencia en sí misma. Los que no son profanos en la materia, es decir, los científicos que realmente están creando el futuro en sus laboratorios, se encuentran demasiado ocupados haciendo progresos y, por lo tanto, no tienen tiempo para escribir libros de divulgación sobre el futuro.

Esta es la razón por la cual este libro es diferente. Espero poder transmitir la perspectiva del experto al explicar cuáles son los descubrimientos prodigiosos que nos esperan, y proporcionar así una visión auténtica y autorizada de lo que será el mundo en 2100.

Por supuesto, es imposible predecir el futuro con una precisión total. En mi opinión, lo mejor que se puede hacer es entrar en las mentes de los científicos que trabajan en la vanguardia de la investigación y están llevando a cabo la grandiosa tarea de inventar el futuro. Son ellos quienes están creando los aparatos, inventos y terapias que revolucionarán la civilización. Este libro narra su historia. He tenido la oportunidad de ocupar un asiento en la primera fila de esta gran revolución, entrevistando para la televisión y la radio nacionales a más de 300 científicos del más alto nivel. También he llevado equipos de televisión a sus laboratorios para filmar los prototipos de los curiosos artefactos que cambiarán nuestro futuro. He tenido el excepcional honor de presentar numerosos programas científicos especiales para BBCTV, Discovery Channel y Science Channel, describiendo en ellos a grandes rasgos los notables inventos y descubrimientos de aquellos visionarios que se atreven a crear el futuro. Con la libertad de proseguir mi trabajo sobre la teoría de cuerdas, al tiempo que espío las investigaciones punteras que revolucionarán el presente siglo, creo que tengo una de las profesiones más apetecibles que existen en la ciencia. Es mi sueño de la infancia hecho realidad.

Sin embargo, este libro es diferente de los que he escrito con anterioridad. En libros tales como Beyond Einstein, Hiperespacio y Universos paralelos, hablé sobre los frescos y revolucionarios vientos que barren mi campo, el de la física teórica, y están abriendo nuevas vías para la comprensión del universo. En Física de lo imposible, comenté cómo los últimos descubrimientos de la física pueden hacer que incluso los esquemas más fantasiosos de la ciencia ficción lleguen algún día a ser posibles.

Este libro se parece más a Visiones, una obra en la que especulé sobre el modo en que evolucionará la ciencia durante las próximas décadas. Me llena de satisfacción el hecho de que muchas de las predicciones realizadas en ese libro se estén cumpliendo según el calendario previsto. La exactitud de lo dicho en mi libro ha sido consecuencia, en gran medida, de la sabiduría y la perspicacia de los numerosos científicos que entrevisté antes de escribirlo.

Pero el presente libro adopta una perspectiva mucho más amplia por lo que respecta al futuro, porque discute las tecnologías que pueden desarrollarse durante 100 años y que determinarán finalmente el destino de la humanidad. El modo en que gestionemos los desafíos y las oportunidades que surjan en los próximos 100 años determinará la trayectoria final de la especie humana.

Predecir el próximo siglo

Predecir unos pocos años futuros es una tarea que da miedo, y no digamos si se trata del próximo siglo. Sin embargo, hay algo que nos incita a soñar con aquellas tecnologías que un día cambiarán el destino de la humanidad.

En 1863, el gran novelista Jules Verne emprendió el que sería quizá su más ambicioso proyecto. Escribió una novela profética titulada París en el siglo XX, en la que aplicó plenamente su enorme talento para predecir lo que sucedería en el siglo siguiente. Por desgracia, el manuscrito se perdió en la noche de los tiempos, hasta que su bisnieto lo encontró accidentalmente en una caja fuerte que había estado cerrada durante casi 130 años. Consciente de que había dado con un auténtico tesoro, dio todos los pasos necesarios para que fuera publicado, y el libro vio la luz en 1994, convirtiéndose en un éxito de ventas.

Si nos remontamos a aquel año de 1863, hay que decir que entonces los reyes y emperadores todavía gobernaban antiguos imperios, mientras unos campesinos paupérrimos se mataban a trabajar en los campos. Estados Unidos se consumía en una guerra civil que dejó el país casi destrozado, y las máquinas de vapor empezaban a revolucionar el mundo. Pero Verne predijo que París en 1960 tendría rascacielos de cristal, aire acondicionado, televisión, ascensores, trenes de alta velocidad, automóviles que funcionarían con gasolina, aparatos de fax e incluso algo parecido a internet. Verne describió la vida en el París moderno con una exactitud asombrosa.

No se trataba de una casualidad, porque unos pocos años más tarde realizó otra predicción espectacular. En 1865 escribió De la Tierra a la Luna, una novela en la que predecía los detalles de la misión que enviaría a nuestros astronautas a la Luna más de cien años después, en 1969. Predijo las dimensiones de la cápsula espacial con solo un pequeñísimo porcentaje de error; la ubicación del lugar de lanzamiento en Florida, no lejos de Cabo Cañaveral; el número de astronautas que participarían en la misión; la duración del viaje; la ingravidez a la que estarían sometidos los astronautas, y el amerizaje final en el océano. (El único error importante fue decir que se utilizaría pólvora para llevar a los astronautas a la Luna, en vez de combustible para cohetes espaciales. Pero los cohetes propulsados mediante combustible líquido no se inventarían hasta setenta años más tarde.)

¿Cómo pudo Jules Verne predecir con tan asombrosa exactitud lo que sucedería 100 años más tarde? Sus biógrafos han destacado que, aunque Verne no era un científico, buscaba constantemente hombres de ciencia a los que acribillar a preguntas sobre sus visiones del futuro. Confeccionó un amplio archivo en el que recopiló informaciones sobre los grandes descubrimientos científicos de su época. Verne superó a otros en perspicacia para ver que la ciencia era el motor que haría temblar los cimientos de la civilización, impulsándola a un nuevo siglo lleno de maravillas y milagros inesperados. La clave de la visión y de la aguda perspicacia de Verne está en su capacidad de comprender que la ciencia tiene el poder necesario para revolucionar la sociedad.

Otro gran profeta de la tecnología fue Leonardo da Vinci, pintor, pensador y visionario. A finales del siglo XV, Leonardo dibujó unos bellos y precisos diseños de máquinas que algún día llenarían los cielos: esbozos de paracaídas, helicópteros, planeadores e incluso aviones. Hay que decir que muchos de sus inventos hubieran podido volar. (Sin embargo, sus máquinas voladoras necesitaban un ingrediente más: un motor de al menos un caballo de potencia, algo que no llegaría a existir hasta 400 años después.)

Otra cosa que resulta igualmente asombrosa es que Leonardo diseñó el prototipo de una calculadora mecánica, adelantándose así en unos 150 años a su época. En 1967, el análisis de un manuscrito que había estado extraviado reveló el proyecto de una máquina calculadora provista de trece ruedas digitales. Al girar una manivela, los engranajes interiores giraban sucesivamente realizando operaciones aritméticas. (En 1968 se construyó un prototipo de la máquina, y esta funcionó.)

Además, en la década de 1950 se descubrió otro manuscrito que contenía el esbozo de un autómata. Se trataba de un guerrero que llevaba una armadura germanoitaliana, podía sentarse y movía los brazos, el cuello y la mandíbula. También en este caso se construyó el autómata y se vio que funcionaba.

Al igual que Jules Verne, Leonardo fue capaz de captar una profunda visión del futuro después de consultar con individuos de su época que tenían un pensamiento avanzado. Formaba parte de un pequeño círculo de personas que estaban en la vanguardia de la innovación. Además, Leonardo siempre estaba experimentando, construyendo y diseñando modelos, actividad fundamental para cualquiera que desee trasladar las ideas a la realidad.

A la vista de las grandiosas ideas proféticas de Verne y Leonardo, nos planteamos la siguiente pregunta: ¿Es posible predecir el mundo de 2100? Continuando la tradición de ambos genios, este libro examinará detenidamente la obra de los científicos más destacados que están construyendo los prototipos de las tecnologías que cambiarán nuestro futuro. No se trata de una obra de ficción, y tampoco es producto de la imaginación calenturienta de un guionista de Hollywood, sino que está basado en la sólida actividad científica que se lleva a cabo actualmente en laboratorios importantes de todo el mundo.

Los prototipos de todas estas tecnologías existen ya. Como dijo una vez William Gibson, autor de Neuromante, que acuñó la palabra ciberespacio: «El futuro ya está aquí. Lo que pasa es que está distribuido de manera desigual».

Predecir el mundo de 2100 es una tarea abrumadora, ya que estamos en una época de gran efervescencia en el mundo de la ciencia, y la velocidad a la que se producen los descubrimientos es cada vez mayor. Durante las últimas décadas se ha acumulado más conocimiento que en toda la historia de la humanidad. Y en 2100 este conocimiento científico se habrá duplicado muchas veces.

La mejor manera de imaginarse la ingente tarea que supone predecir los próximos 100 años es quizá recordar cómo era el mundo en 1900 y cómo vivieron nuestros abuelos.

El periodista Mark Sullivan nos propone que imaginemos a alguien leyendo un periódico en el año 1900:

En la prensa del 1 de enero de 1900,1 los estadounidenses no encontraban palabras tales como «radio», porque todavía faltaban veinte años para que este invento llegara; tampoco aparecía «película», porque también esto pertenecía aún al futuro; ni «chófer», porque el automóvil no había hecho más que nacer y se llamaba «coche sin caballos». […] No existían palabras tales como «aviador». […] Los granjeros no habían oído hablar de los tractores, ni los banqueros de la Reserva Federal. Los comerciantes no habían oído nada sobre cadenas de almacenes, ni sobre autoservicios; ni los marinos sobre motores de combustión. […] En las carreteras rurales se veían todavía yuntas de bueyes. […] Era prácticamente universal el uso de caballos o mulas para los vehículos de transporte de mercancías. […] La imagen del herrero trabajando bajo el amplio ramaje de un castaño pertenecía al mundo de lo real.

Para comprender la dificultad que entraña la predicción de los próximos 100 años, hemos de valorar las dificultades que tenía la gente de 1900 para predecir cómo sería el mundo del año 2000. En 1893, dentro del programa de la Exposición Mundial Colombina que se celebró en Chicago, se pidió a setenta y cuatro personalidades famosas que predijeran cómo sería la vida durante los cien años siguientes. Un problema fue que subestimaron considerablemente la velocidad a la que iba a avanzar la ciencia. Por ejemplo, muchos de ellos predijeron con acierto que un día habría aeronaves transatlánticas comerciales, pero pensaban que estas serían globos. El senador John J. Ingalls dijo: «Para cualquier ciudadano será tan normal pedir su globo dirigible como lo es ahora pedir su calesa o sus botas».2 También fallaron en gran medida con respecto a la llegada del automóvil. El director general de Correos, John Wanamaker, afirmó que, incluso pasados 100 años, en Estados Unidos el correo seguiría transportándose en diligencia y a caballo.

Esta infravaloración de la ciencia y de los avances innovadores se puso de manifiesto incluso en la Oficina de Patentes. En 1899, Charles H. Duell, comisario de la Oficina de Patentes de Estados Unidos, dijo: «Todo lo que se puede inventar está ya inventado».3

A veces, algunos expertos han subestimado lo que estaba sucediendo ante sus narices dentro de su propia especialidad. En 1927, en la época del cine mudo, Harry M. Warner, uno de los fundadores de Warner Brothers, observó: «¿Quién demonios va a querer oír hablar a los actores?».4

Y Thomas Watson, presidente de IBM, dijo en 1943: «Creo que el mercado mundial da como mucho para cinco computadoras».5

Esta infravaloración del poder de los descubrimientos científicos llegó incluso al venerable New York Times. (En 1903, el Times afirmó que las aeronaves eran una pérdida de tiempo, justo una semana antes de que los hermanos Wright lograran que su aeroplano volara en Kitty Hawk, Carolina del Norte. En 1920, el Times criticó al científico Robert Goddard, experto en naves espaciales, afirmando que su trabajo no tenía sentido, porque los cohetes no podían desplazarse en el vacío. Cuarenta y nueve años más tarde, cuando los astronautas del Apolo 11 aterrizaron en la Luna, el Times se retractó, cosa que le honra: «Ahora queda demostrado de manera irrevocable que un cohete puede funcionar en el vacío. El Times lamenta su error».)6

Esto nos enseña que es muy peligroso apostar en contra del futuro.

Las predicciones sobre el futuro, con unas pocas excepciones, siempre han subestimado el avance del progreso tecnológico. Se nos dice una y otra vez que son los optimistas quienes escriben la historia, no los pesimistas. Como dijo en una ocasión el presidente Dwight Eisenhower: «El pesimismo nunca ha ganado una guerra».

Podemos ver cómo incluso los escritores de ciencia ficción infravaloran el avance de los descubrimientos científicos. Si usted ve reposiciones de la vieja serie de televisión Star Trek de la década de 1960, observará que gran parte de las «tecnologías del siglo XXIII» están ya presentes. Pero en aquellos tiempos las audiencias televisivas se sorprendieron al ver teléfonos móviles, ordenadores portátiles, aparatos que podían hablar y máquinas de escribir que recogían el texto al dictado. Sin embargo, todas estas tecnologías existen ya actualmente. Pronto dispondremos asimismo de versiones del traductor universal, que puede traducir rápidamente de un idioma a otro a medida que se habla, y también tricorders o «tricodificadores», que pueden diagnosticar enfermedades a distancia. (Excepto los motores y vehículos basados en el empuje warp*, gran parte de la ciencia del siglo XXIII ha llegado ya.)

Dados los errores evidentes que se han cometido al subestimar el futuro, ¿cómo podemos empezar a configurar una base científica sólida para nuestras predicciones?

La comprensión de las leyes de la naturaleza

Hoy en día, por lo que respecta a la ciencia, no vivimos ya en la edad de las tinieblas, cuando se pensaba que los relámpagos y las plagas eran obra de los dioses. Gozamos de una gran ventaja que Jules Verne y Leonardo da Vinci no tuvieron: un conocimiento sólido de las leyes de la naturaleza.

Las predicciones siempre tendrán fallos, pero un procedimiento para que resulten lo más fiables posible consiste en comprender las cuatro fuerzas fundamentales de la naturaleza que actúan en el universo. Cada vez que se ha comprendido y explicado una de ellas, ha cambiado la historia de la humanidad.

La primera fuerza para la que se encontró una explicación fue la fuerza de la gravedad. Isaac Newton nos proporcionó una mecánica que nos podía explicar el movimiento de los objetos recurriendo a las fuerzas, y no a los espíritus místicos o a la metafísica. Esto contribuyó a preparar el camino hacia la revolución industrial con la utilización de la fuerza del vapor, en especial la fuerza locomotriz.

La segunda fuerza que se conoció fue la fuerza electromagnética, que ilumina nuestras ciudades y acciona nuestros aparatos. Cuando Thomas Edison, Michael Faraday, James Clerk Maxwell y otros explicaron la electricidad y el magnetismo, se desencadenó la revolución electrónica, que ha creado una generosa cantidad de maravillas científicas. Somos conscientes de ello cada vez que sufrimos un apagón eléctrico y vemos que la sociedad retrocede de golpe 100 años al pasado.

La tercera y la cuarta fuerza que se conocieron fueron las dos fuerzas nucleares: la fuerza débil y la fuerza fuerte. Cuando Einstein escribió E=mc2, y cuando se fisionó el átomo en la década de 1930, los científicos empezaron a comprender por primera vez las fuerzas que iluminan los cielos. Se reveló el secreto escondido tras las estrellas. Este conocimiento no solo desató el terrorífico poder de las armas atómicas, sino que también trajo la promesa de que algún día seríamos capaces de aprovechar esta energía en nuestro planeta.

Hoy en día tenemos un conocimiento bastante bueno de estas cuatro fuerzas. La primera de ellas, la gravedad, se explica actualmente mediante la teoría de la relatividad general de Einstein, mientras que las otras tres se explican aplicando la teoría cuántica, que nos permite decodificar los secretos del mundo subatómico.

A su vez, la teoría cuántica nos ha proporcionado el transistor, el láser y la revolución digital, que es la fuerza impulsora de nuestra sociedad moderna. De manera similar, los científicos han logrado utilizar la teoría cuántica para desvelar el secreto de la molécula de ADN. La deslumbrante velocidad a la que avanza la revolución tecnológica es un resultado directo de la tecnología informática, ya que la obtención de secuencias de ADN se realiza mediante máquinas, robots y ordenadores.

En consecuencia, estamos mejor capacitados para ver qué dirección tomarán la ciencia y la tecnología durante el próximo siglo. Surgirán continuamente nuevas sorpresas totalmente inesperadas que nos dejarán sin habla, pero los fundamentos de la física, la química y la biología modernas están ya ampliamente establecidos, y no esperamos ninguna revisión importante de estos conocimientos básicos, al menos en un futuro previsible. Así pues, las predicciones que se realizan en este libro no son producto de una especulación salvaje, sino que son estimaciones razonadas sobre el momento en que las tecnologías prototípicas de hoy en día alcanzarán finalmente la madurez.

La conclusión es que existen varias razones para creer que podemos ver un esbozo de lo que será el mundo en el año 2100:

Este libro está basado en entrevistas con más de 300 científicos del más alto nivel, es decir, con aquellos que están en la vanguardia de los descubrimientos. Todos los avances científicos mencionados en este libro son coherentes con las leyes de la física conocidas actualmente. Las cuatro fuerzas y las leyes fundamentales de la naturaleza se conocen ampliamente; no es de esperar que se vaya a producir ningún cambio importante en estas leyes. Existen ya prototipos de todas las tecnologías mencionadas en este libro. Este libro lo escribe un «experto» que posee una visión de primera mano de las tecnologías que están en la vanguardia de la investigación.

Durante muchísimo tiempo no fuimos más que espectadores pasivos ante la danza de la naturaleza. Contemplábamos maravillados y temerosos los cometas, los relámpagos, las erupciones volcánicas y las plagas, asumiendo que todo esto estaba más allá de nuestra capacidad de comprender. Para los antiguos, las fuerzas de la naturaleza eran un eterno misterio que había que temer y venerar, por lo que crearon a los dioses de la mitología para dar un sentido al mundo que les rodeaba. Esperaban que, rezando a aquellos dioses, estos mostrarían su clemencia y les concederían sus más ardi ...