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LA GESTA DEL MARRANO

Marcos Aguinis  

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Fragmento

1

Medio siglo antes de aquel momento crucial, el médico portugués Diego Núñez da Silva llegó al sureño oasis de Ibatín,1 llamado San Miguel de Tucumán por los españoles. Había nacido en Lisboa, en 1548. De niño tuvo momentos de felicidad, pero cuando obtuvo la licenciatura en medicina, harto de persecuciones y obsecuencias, decidió fugar hacia el Brasil. Quería alejarse de los incendios sin fin, el vértigo de acusaciones horribles, las forzadas pilas del bautismo, las cámaras de tortura o los Autos de Fe que asolaban Portugal. Transitoriamente le regocijó el océano y festejó sus tempestades, que parecían borrar las absurdas tempestades humanas. Pero al desembarcar en el Brasil supo que convenía alejarse del territorio dominado por la corona portuguesa: la Inquisición local era más desalmada que la de allende los mares. Continuó entonces su viaje fatigoso y arriesgado hacia el Virreinato del Perú. Llegó a la legendaria Potosí, donde las minas de plata eran explotadas hasta que las vetas daban señales inequívocas de agotamiento. Encontró a otros portugueses que, como él, también huían, trabó con ellos una amistad que después tuvo desgarradoras consecuencias.

Deseoso de practicar la medicina, propuso construir un hospital para los indígenas y realizó gestiones ante el Cabildo de Cuzco. No tuvo éxito, porque la salud de los indios no era un asunto de interés oficial. Enterado de que se necesitaban médicos en el Sur, reinició la marcha. Atravesó mesetas, quebradas y desiertos espectrales hasta concluir en el oasis de Ibatín, donde conoció a la joven Aldonza Maldonado, una muchacha de ojos dulces pero sin fortuna. Era una hermosa cristiana vieja, o sea que carecía de antecedentes moros o judíos, pero, por lo exiguo de la dote, no podía aspirar a un matrimonio ventajoso. Aceptó casarse con este médico portugués maduro, pobre y cristiano nuevo, como se llamaba a los conversos o hijos de conversos, porque tenía aspecto confiable y trato cordial; no escapó a su femineidad el varonil porte ni la hermosa barbita color bronce cuidadosamente recortada. Los esponsales fueron adustos, tal como exigía la carencia de dinero por ambas partes.

Don Diego se sintió dichoso. Había ofrecido sus servicios a toda Ibatín y a las escasas poblaciones desperdigadas por la Gobernación del Tucumán, con buena respuesta. Sus ahorros le permitieron construir una vivienda y, mientras contemplaba el patio de su nueva casa de piedras, adobe y techo cañizo que habían hecho los indígenas, sintió urgencia por cumplir con una postergada obligación. Era un patio rectangular y caliente, tapado por maleza y sobre el cual se abrían las habitaciones. Debía cambiarlo por el que dibujaban sus afectos.

Se enteró de que en el convento de La Merced había un naranjal. Entrevistó al enjuto superior, fray Antonio Luque. Le bastó una sola charla para obtener varios retoños y la ayuda de dos indios y dos negros. Bajo su supervisión los azadones arrancaron el yuyal; gimieron los tallos y las raíces; huyeron las alimañas. Luego palas y picos removieron vizcacheras y huevos de reptiles. Rozaron la tierra húmeda, imprimiéndole cierto declive para que escurriese el agua de las lluvias. Después apisonaron hasta que el rectángulo quedó liso como la piel de un tambor.

Marcó entonces con la punta de su bota doce puntos y ordenó cavarlos. Luego hincó su rodilla y, rechazando ayuda, ubicó cada árbol en su respectivo sitio. Comprimió la tierra en torno a la grácil base de los tallos, vació los baldes como si diese de beber a peregrinos y, al terminar la jornada, llamó a su mujer.

Aldonza acudió interrogativa, las manos enredadas en las cuentas de su rosario. La hermosa cabellera oscura le llegaba a los hombros. Su piel de aceituna contrastaba con sus ojos más claros. Tenía cara redonda, propia de una muñeca, labios en corazón y nariz breve.

—¿Qué te parece? —dijo él con orgullo mientras señalaba con el mentón los tiernos árboles. Le explicó que en sus ramas florecerían azahares, vendrían frutos y tendrían agradable sombra.

No le dijo, en cambio, que el flamante patio de naranjos era la reproducción de un sueño. Encarnaba su nostalgia por la remota e idealizada España, una tierra a la que habían pertenecido sus abuelos y que él jamás conoció.

2

La suntuosa fronda del naranjal ya alojaba la estridencia de los pájaros cuando nació el cuarto hijo de la pareja, Francisco. Su llanto inicial fue tan intenso que no hubo que salir a informar sobre su vigor.

Los tres hermanos de Francisco eran Diego (por ser el primogénito llevaba el nombre de su padre, como era costumbre en España y Portugal), Isabel y Felipa. Diego le llevaba diez años al travieso Francisquito.

Esta familia contaba con la servidumbre de una pareja de esclavos negros: Luis y Catalina. En comparación con otras casas, dos esclavos eran un rotundo certificado de pobreza. Don Diego los había comprado en una liquidación de mercadería fallada: él rengueaba debido a una herida que le infligieron en el muslo durante un intento de fuga; ella era tuerta. Ambos habían sido cazados en Angola cuando niños. Aprendieron los rudimentos del castellano que mechaban con ásperas expresiones de origen. También se resignaron al bautismo y la imposición de nombres cristianos, aunque seguían evocando clandestinamente a sus entrañables dioses. El rengo Luis se fabricó un instrumento musical con la quijada de un asno y el huesito de una oveja; raspaba los dientes de la quijada con incitante ritmo y su voz desplegaba una canora melopea. La tuerta Catalina lo acompañaba con palmas, sensuales movimientos de todo el cuerpo y un canto a boca cerrada.

El licenciado reconoció la inteligencia de Luis, quien afirmaba descender de un brujo, y le enseñó a ayudarlo en sus trabajos de cirugía. El hecho resonó escandaloso en la prejuiciosa Ibatín. Aunque algunos negros y mulatos ya oficiaban de barberos y realizaban las sangrías comunes, no se les confiaba la reducción de una fractura, el drenaje de abscesos o la cauterización de heridas. Don Diego le encargó también la custodia de su instrumental. La cojera no le impedía seguirlo por las calles de Ibatín o a través de los pedregales de extramuros cargando sobre el hombro la petaca llena de piezas quirúrgicas, polvos, ungüentos y vendas.

Don Diego había adquirido el hábito de sentarse bajo los árboles en una silla de junco para gozar de la frescura de la tarde. Francisco mismo lo evocó a menudo en los bravíos años posteriores: cuando su padre se sentaba bajo los naranjos, lo rodeaba una pequeña audiencia, atraída por su fascinante calidad de narrador. Si iniciaba una historia, era difícil levantarse, se decía que hasta los pájaros cesaban de moverse. El repertorio de don Diego, siempre dispuesto a brindar nuevos cuentos sobre héroes y caballeros, o episodios de la historia sagrada, era inagotable.

Un día el patio de los naranjos empezó a ser denominado “la academia”. Al médico no le molestó la ironía. Más aún: para no parecer acobardado, decidió que allí se impartiese una educación sistemática a su familia. Alegó que eran insuficientes las enseñanzas dispersas. Convenció al endeble y amistoso fray Isidro Miranda —con quien había logrado intercambiar intimidades sobre sus respectivas historias de familia— que impartiese lecciones a todos. Y empezó una actividad que no iba a ser bien vista, porque aprender algo ajeno al catecismo implicaba en aquellos tiempos invadir zonas peligrosas.

Instaló una mesa de algarrobo y la rodeó de bancos. El dulce fraile propuso enseñar el quatrivio básico:2 gramática, geografía, aritmética e historia. Su voz era cálida y persuasiva, lo mejor de este hombre. En cambio su rostro huesudo enmarcaba un par de ojos continuamente desorbitados, como si no salieran del asombro o el miedo.

Los alumnos de la escuela fueron Aldonza —a quien su marido ya le había enseñado las primeras letras—, sus cuatro hijos, Lucas Graneros —amigo del adolescente Diego—, y tres buenos vecinos. Aldonza, aunque provenía de una familia con relativo abolengo, no había recibido más instrucción que la referida a hilado, tejido, bordado y costura.

—El conocimiento es poder —repetía don Diego a los desparejos estudiantes—. Es un extraño poder que no se compara con el acero, ni la pólvora, ni el músculo. El que sabe, es poderoso.

Fray Antonio Luque, el severo superior de los mercedarios que le había provisto los retoños del naranjal, no opinaba de igual forma. Luque era un sacerdote rudo a quien el Santo Oficio de la Inquisición invistió con la jerarquía de familiar.3

Usó un tono amable para asestarle la imprescindible refutación:

—El conocimiento es soberbia —dijo, y cada palabra goteó hiel—. Por querer engullir conocimientos fuimos echados del Paraíso.

Y refiriéndose a la academia del patio de los naranjos, la descalificó sin rodeos:

—Es una excentricidad.

Por si no hubiera sido bastante categórico, añadió:

—Es absurdo que estudie toda una familia. Para la educación de las mujeres basta con aprender labores manuales y el catecismo.

Diego Núñez da Silva lo escuchó en silencio. Sabía cuánto peligro significaba ofender la autoridad de un familiar. Después de escuchar cada frase bajaba los párpados y hasta inclinaba su cabeza. El adusto sacerdote era pequeño y de mirada hiriente. El médico, en cambio, era alto y de ojos tiernos. Debía ceder ante la potencia del sacerdote pero no tanto como para clausurar la academia. Se limitó a decir que reflexionaría sobre sus criteriosas palabras. No despidió a fray Isidro, ni limitó las horas de clase, ni excluyó a las mujeres.

Fray Antonio Luque, molesto, convocó a fray Isidro Miranda para que le “informase” sobre la “ridícula academia”. Le formuló media docena de preguntas que contestó con ojos más protruidos que nunca. Después Luque le asestó un reproche:

—¿Qué ocurrencia fue esa de enseñar el quatrivio? —su mirada emitía rayos—. Son materias para centros calificados, no para Ibatín.

Fray Isidro apretó la temblorosa cruz que le colgaba sobre el pecho, sin atreverse a replicar.

—¡Enseña materias fastuosas a seres miserables! ¡Riega en la arena! —se levantó y dio un par de vueltas en la oscura sacristía—. Además, cometió un olvido imperdonable: marginó la teología, la reina de las ciencias. Si usted y ese médico altamente sospechoso quieren cultivar almas, enseñe por lo menos un rudimento de teología. ¡Un rudimento!

A la tarde siguiente fray Isidro abrió un ajado cuaderno e impartió la primera clase de teología. A su término, el joven Diego confesó que le gustaría aprender latín.

—¿Latín?

—Para entender la misa —se defendió.

—No necesitas entenderla —explicó el sacerdote—: basta con asistir, escuchar, emocionarse, comulgar.

—¡Yo también quiero aprender eso! —el pequeño Francisco levantó su manita.

—“Eso” se llama latín.

—Sí, latín.

—No tienes edad suficiente —sentenció fray Isidro.

—¿Por qué?

El sacerdote se acercó al niño y le apretó los hombros.

—Todo no se puede saber.

Lo soltó, caminó con paso lento en torno a sus alumnos y murmuró al ausente don Diego: “Saber, mi amigo, no siempre es poder”.

En un par de semanas accedió al pedido y comenzó a enseñar latín. Diego y Francisquito lo estudiaron como si fuese un juego. Machacaban las declinaciones mientras saltaban la cuerda y se entretenían con la práctica del tejo. Enterado de esta novedad, fray Antonio Luque emitió un destello de asombro. Pero las sospechas no se alejaban de su espíritu.

* * *

Francisco ha cumplido treinta y cinco años de edad. Usa el apellido de la madre (Maldonado) de su padre (da Silva). Hace unos meses se trasladó a Concepción, en el sur de Chile, para evitar el zarpazo del Santo Oficio. Pero sabe que le darán alcance, su huida sólo tiende a hacerles más difícil el trabajo, en realidad no quiere seguir comportándose como un fugitivo: ya bastante lo fue hasta ese momento, así como lo fueron su padre y su abuelo.

Duerme en forma ligera y sobresaltada. Intuye que sucederá una de esas noches. Esboza planes alternativos, pero los desecha por ingenuos. Ambos —él y la Inquisición— tendrán que encontrarse fatalmente.

Por fin oye ruidos en torno a la casa. Su presentimiento deviene realidad. Imagina a los soldados con una implacable orden de arresto. Ha llegado el instante que pondrá su vida al revés. Se levanta de la cama silencioso. No debe asustar a su esposa e hijita dormidas. Se viste en la oscuridad. Los esbirros suelen actuar brutalmente y él los va a sorprender con su postura serena. Aunque el corazón le ha empezado latir en la garganta.

3

Ibatín se acurrucaba al pie de una montaña. Las nubes se detenían a regar sus laderas, y convertían la aridez circundante en una fantástica jungla. Para llegar a este oasis, don Diego tuvo que recorrer los mismos caminos que por primera vez, siglos atrás, habían abierto los incas y después fatigaron los conquistadores: pequeñas y suicidas huestes atraídas por la alucinación de una ciudad portentosa cuyas viviendas tenían muros de plata y tejas de oro. Aunque no la descubrieron fundaron otras, entre ellas Ibatín y San Miguel de Tucumán, junto a un río que bajaba sonoro por la Quebrada del Portugués. Lo bautizaron “río del Tejar” porque en sus orillas se instaló una fábrica de tejas. No se sabe, en cambio, a qué portugués se refirieron cuando llamaron “del Portugués” a la quebrada; ese nombre ya existía cuando arribó don Diego Núñez da Silva.

Los habitantes de Ibatín tuvieron que luchar desde el principio contra dos amenazas: la naturaleza exuberante y los indios. El aliento de los pumas, tigres americanos, llegaba desde la selva, y el río bajaba entre impresionantes barrancas; en la época de lluvia sus afluentes engordaban rápido y se convertía en un monstruo oscuro y agresivo, que una vez llegó hasta los umbrales de la Iglesia Mayor.

Una empalizada de troncos rodeaba al pueblo. Cada vecino estaba obligado a tener armas en su vivienda y por lo menos un caballo. Se vivía en pie de guerra. Había que hacer ronda en torno a las inseguras fortificaciones. Don Diego lo hacía cada dos meses y a Francisquito lo enorgullecía contemplarlo cuando se alistaba: revisaba el arcabuz, contaba las municiones y se ponía un morrión sobre la cobriza cabellera.

La plaza mayor de Ibatín estaba cruzada por las calles reales que empalmaban con los caminos a Chile y Perú (en el Norte) y las planicies pampeanas (en el Sur). El bullicio no cesaba: al tránsito de carretas se sumaban las tropillas de mulas, el mugido de los bueyes, los relinchos de los caballos y el regateo apasionado de los comerciantes. En el centro de ese movimiento de hombres, bestias y vehículos se erguía la picota, llamada también “árbol de la justicia”. Era el rústico eje de la ciudad: testimonio de su fundación y vigía de su crecimiento. Con su sólida fijación a la tierra —“en el nombre del Rey”— legitimaba la presencia y la acción de los colonos. En la picota se azotaba y ejecutaba. El reo llegaba a la severa instancia con la soga al cuello, escoltado por guardias. El pregonero informaba sobre su delito, y el verdugo procedía a colgarlo. La picota exhibía el cadáver con orgullo macabro, los vecinos miraban morbosamente el cuerpo que pendía de la cuerda y se balanceaba apenas como si transmitiese saludos del infierno. Si se celebraba una fiesta era necesario retirarlo antes de que cumpliese su didáctica función de escarmiento. Fiesta por el nacimiento de un príncipe, la coronación de un nuevo rey o la designación de otras autoridades. Era imprescindible que los domingos y días de guardar, así como la celebración de los santos favoritos, nunca se contaminasen con una ejecución. No porque la ejecución en sí careciera de elementos festivos, sino porque Eclessia abhorret a sanguini y atañe al buen cristiano dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.

La plaza era, pues, un espectáculo perpetuo. Si no colgaba un ahorcado —al que rápidamente visitaban las moscas—, había jolgorio secular. Si no se realizaba una corrida de toros, circulaba una procesión (contra la próxima creciente del río, contra una epidemia, por falta de lluvia, por exceso de lluvia, contra la renovada amenaza de los indios calchaquíes o en acción de gracias por la buena cosecha). Durante las procesiones desfilaban las cuatro órdenes religiosas principales con sus distintivos: dominicos, mercedarios, franciscanos y jesuitas. El energúmeno de fray Antonio Luque solía dirigir las letanías e imprecaciones porque su voz era estentórea y porque así recordaba a los ocultos herejes su temible poder de familiar. Marchaba al frente de la imagen mirando el polvo del camino porque “polvo fuimos y polvo seremos” y de cuando en cuando clavaba sus pupilas con acierto en quien pronto sería denunciado. Luego se realizaba una carrera de caballos y una de sortijas, incluso elementales representaciones teatrales sobre temas sagrados y concursos de poesía en los que una vez participó don Diego. Al oscurecer se encendían los fuegos artificiales. Francisquito

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