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LA GESTA DEL MARRANO

Marcos Aguinis  

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Fragmento

1

Medio siglo antes de aquel momento crucial, el médico portugués Diego Núñez da Silva llegó al sureño oasis de Ibatín,1 llamado San Miguel de Tucumán por los españoles. Había nacido en Lisboa, en 1548. De niño tuvo momentos de felicidad, pero cuando obtuvo la licenciatura en medicina, harto de persecuciones y obsecuencias, decidió fugar hacia el Brasil. Quería alejarse de los incendios sin fin, el vértigo de acusaciones horribles, las forzadas pilas del bautismo, las cámaras de tortura o los Autos de Fe que asolaban Portugal. Transitoriamente le regocijó el océano y festejó sus tempestades, que parecían borrar las absurdas tempestades humanas. Pero al desembarcar en el Brasil supo que convenía alejarse del territorio dominado por la corona portuguesa: la Inquisición local era más desalmada que la de allende los mares. Continuó entonces su viaje fatigoso y arriesgado hacia el Virreinato del Perú. Llegó a la legendaria Potosí, donde las minas de plata eran explotadas hasta que las vetas daban señales inequívocas de agotamiento. Encontró a otros portugueses que, como él, también huían, trabó con ellos una amistad que después tuvo desgarradoras consecuencias.

Recibe antes que nadie historias como ésta

Deseoso de practicar la medicina, propuso construir un hospital para los indígenas y realizó gestiones ante el Cabildo de Cuzco. No tuvo éxito, porque la salud de los indios no era un asunto de interés oficial. Enterado de que se necesitaban médicos en el Sur, reinició la marcha. Atravesó mesetas, quebradas y desiertos espectrales hasta concluir en el oasis de Ibatín, donde conoció a la joven Aldonza Maldonado, una muchacha de ojos dulces pero sin fortuna. Era una hermosa cristiana vieja, o sea que carecía de antecedentes moros o judíos, pero, por lo exiguo de la dote, no podía aspirar a un matrimonio ventajoso. Aceptó casarse con este médico portugués maduro, pobre y cristiano nuevo, como se llamaba a los conversos o hijos de conversos, porque tenía aspecto confiable y trato cordial; no escapó a su femineidad el varonil porte ni la hermosa barbita color bronce cuidadosamente recortada. Los esponsales fueron adustos, tal como exigía la carencia de dinero por ambas partes.

Don Diego se sintió dichoso. Había ofrecido sus servicios a toda Ibatín y a las escasas poblaciones desperdigadas por la Gobernación del Tucumán, con buena respuesta. Sus ahorros le permitieron construir una vivienda y, mientras contemplaba el patio de su nueva casa de piedras, adobe y techo cañizo que habían hecho los indígenas, sintió urgencia por cumplir con una postergada obligación. Era un patio rectangular y caliente, tapado por maleza y sobre el cual se abrían las habitaciones. Debía cambiarlo por el que dibujaban sus afectos.

Se enteró de que en el convento de La Merced había un naranjal. Entrevistó al enjuto superior, fray Antonio Luque. Le bastó una sola charla para obtener varios retoños y la ayuda de dos indios y dos negros. Bajo su supervisión los azadones arrancaron el yuyal; gimieron los tallos y las raíces; huyeron las alimañas. Luego palas y picos removieron vizcacheras y huevos de reptiles. Rozaron la tierra húmeda, imprimiéndole cierto declive para que escurriese el agua de las lluvias. Después apisonaron hasta que el rectángulo quedó liso como la piel de un tambor.

Marcó entonces con la punta de su bota doce puntos y ordenó cavarlos. Luego hincó su rodilla y, rechazando ayuda, ubicó cada árbol en su respectivo sitio. Comprimió la tierra en torno a la grácil base de los tallos, vació los baldes como si diese de beber a peregrinos y, al terminar la jornada, llamó a su mujer.

Aldonza acudió interrogativa, las manos enredadas en las cuentas de su rosario. La hermosa cabellera oscura le llegaba a los hombros. Su piel de aceituna contrastaba con sus ojos más claros. Tenía cara redonda, propia de una muñeca, labios en corazón y nariz breve.

—¿Qué te parece? —dijo él con orgullo mientras señalaba con el mentón los tiernos árboles. Le explicó que en sus ramas florecerían azahares, vendrían frutos y tendrían agradable sombra.

No le dijo, en cambio, que el flamante patio de naranjos era la reproducción de un sueño. Encarnaba su nostalgia por la remota e idealizada España, una tierra a la que habían pertenecido sus abuelos y que él jamás conoció.

2

La suntuosa fronda del naranjal ya alojaba la estridencia de los pájaros cuando nació el cuarto hijo de la pareja, Francisco. Su llanto inicial fue tan intenso que no hubo que salir a informar sobre su vigor.

Los tres hermanos de Francisco eran Diego (por ser el primogénito llevaba el nombre de su padre, como era costumbre en España y Portugal), Isabel y Felipa. Diego le llevaba diez años al travieso Francisquito.

Esta familia contaba con la servidumbre de una pareja de esclavos negros: Luis y Catalina. En comparación con otras casas, dos esclavos eran un rotundo certificado de pobreza. Don Diego los había comprado en una liquidación de mercadería fallada: él rengueaba debido a una herida que le infligieron en el muslo durante un intento de fuga; ella era tuerta. Ambos habían sido cazados en Angola cuando niños. Aprendieron los rudimentos del castellano que mechaban con ásperas expresiones de origen. También se resignaron al bautismo y la imposición de nombres cristianos, aunque seguían evocando clandestinamente a sus entrañables dioses. El rengo Luis se fabricó un instrumento musical con la quijada de un asno y el huesito de una oveja; raspaba los dientes de la quijada con incitante ritmo y su voz desplegaba una canora melopea. La tuerta Catalina lo acompañaba con palmas, sensuales movimientos de todo el cuerpo y un canto a boca cerrada.

El licenciado reconoció la inteligencia de Luis, quien afirmaba descender de un brujo, y le enseñó a ayudarlo en sus trabajos de cirugía. El hecho resonó escandaloso en la prejuiciosa Ibatín. Aunque algunos negros y mulatos ya oficiaban de barberos y realizaban las sangrías comunes, no se les confiaba la reducción de una fractura, el drenaje de abscesos o la cauterización de heridas. Don Diego le encargó también la custodia de su instrumental. La cojera no le impedía seguirlo por las calles de Ibatín o a través de los pedregales de extramuros cargando sobre el hombro la petaca llena de piezas quirúrgicas, polvos, ungüentos y vendas.

Don Diego había adquirido el hábito de sentarse bajo los árboles en una silla de junco para gozar de la frescura de la tarde. Francisco mismo lo evocó a menudo en los bravíos años posteriores: cuando su padre se sentaba bajo los naranjos, lo rodeaba una pequeña audiencia, atraída por su fascinante calidad de narrador. Si iniciaba una historia, era difícil levantarse, se decía que hasta los pájaros cesaban de moverse. El repertorio de don Diego, siempre dispuesto a brindar nuevos cuentos sobre héroes y caballeros, o episodios de la historia sagrada, era inagotable.

Un día el patio de los naranjos empezó a ser denominado “la academia”. Al médico no le molestó la ironía. Más aún: para no parecer acobardado, decidió que allí se impartiese una educación sistemática a su familia. Alegó que eran insuficientes las enseñanzas dispersas. Convenció al endeble y amistoso fray Isidro Miranda —con quien había logrado intercambiar intimidades sobre sus respectivas historias de familia— que impartiese lecciones a todos. Y empezó una actividad que no iba a ser bien vista, porque aprender algo ajeno al catecismo implicaba en aquellos tiempos invadir zonas peligrosas.

Instaló una mesa de algarrobo y la rodeó de bancos. El dulce fraile propuso enseñar el quatrivio básico:2 gramática, geografía, aritmética e historia. Su voz era cálida y persuasiva, lo mejor de este hombre. En cambio su rostro huesudo enmarcaba un par de ojos continuamente desorbitados, como si no salieran del asombro o el miedo.

Los alumnos de la escuela fueron Aldonza —a quien su marido ya le había enseñado las primeras letras—, sus cuatro hijos, Lucas Graneros —amigo del adolescente Diego—, y tres buenos vecinos. Aldonza, aunque provenía de una familia con relativo abolengo, no había recibido más instrucción que la referida a hilado, tejido, bordado y costura.

—El conocimiento es poder —repetía don Diego a los desparejos estudiantes—. Es un extraño poder que no se compara con el acero, ni la pólvora, ni el músculo. El que sabe, es poderoso.

Fray Antonio Luque, el severo superior de los mercedarios que le había provisto los retoños del naranjal, no opinaba de igual forma. Luque era un sacerdote rudo a quien el Santo Oficio de la Inquisición invistió con la jerarquía de familiar.3

Usó un tono amable para asestarle la imprescindible refutación:

—El conocimiento es soberbia —dijo, y cada palabra goteó hiel—. Por querer engullir conocimientos fuimos echados del Paraíso.

Y refiriéndose a la academia del patio de los naranjos, la descalificó sin rodeos:

—Es una excentricidad.

Por si no hubiera sido bastante categórico, añadió:

—Es absurdo que estudie toda una familia. Para la educación de las mujeres basta con aprender labores manuales y el catecismo.

Diego Núñez da Silva lo escuchó en silencio. Sabía cuánto peligro significaba ofender la autoridad de un familiar. Después de escuchar cada frase bajaba los párpados y hasta inclinaba su cabeza. El adusto sacerdote era pequeño y de mirada hiriente. El médico, en cambio, era alto y de ojos tiernos. Debía ceder ante la potencia del sacerdote pero no tanto como para clausurar la academia. Se limitó a decir que reflexionaría sobre sus criteriosas palabras. No despidió a fray Isidro, ni limitó las horas de clase, ni excluyó a las mujeres.

Fray Antonio Luque, molesto, convocó a fray Isidro Miranda para que le “informase” sobre la “ridícula academia”. Le formuló media docena de preguntas que contestó con ojos más protruidos que nunca. Después Luque le asestó un reproche:

—¿Qué ocurrencia fue esa de enseñar el quatrivio? —su mirada emitía rayos—. Son materias para centros calificados, no para Ibatín.

Fray Isidro apretó la temblorosa cruz que le colgaba sobre el pecho, sin atreverse a replicar.

—¡Enseña materias fastuosas a seres miserables! ¡Riega en la arena! —se levantó y dio un par de vueltas en la oscura sacristía—. Además, cometió un olvido imperdonable: marginó la teología, la reina de las ciencias. Si usted y ese médico altamente sospechoso quieren cultivar almas, enseñe por lo menos un rudimento de teología. ¡Un rudimento!

A la tarde siguiente fray Isidro abrió un ajado cuaderno e impartió la primera clase de teología. A su término, el joven Diego confesó que le gustaría aprender latín.

—¿Latín?

—Para entender la misa —se defendió.

—No necesitas entenderla —explicó el sacerdote—: basta con asistir, escuchar, emocionarse, comulgar.

—¡Yo también quiero aprender eso! —el pequeño Francisco levantó su manita.

—“Eso” se llama latín.

—Sí, latín.

—No tienes edad suficiente —sentenció fray Isidro.

—¿Por qué?

El sacerdote se acercó al niño y le apretó los hombros.

—Todo no se puede saber.

Lo soltó, caminó con paso lento en torno a sus alumnos y murmuró al ausente don Diego: “Saber, mi amigo, no siempre es poder”.

En un par de semanas accedió al pedido y comenzó a enseñar latín. Diego y Francisquito lo estudiaron como si fuese un juego. Machacaban las declinaciones mientras saltaban la cuerda y se entretenían con la práctica del tejo. Enterado de esta novedad, fray Antonio Luque emitió un destello de asombro. Pero las sospechas no se alejaban de su espíritu.

* * *

Francisco ha cumplido treinta y cinco años de edad. Usa el apellido de la madre (Maldonado) de su padre (da Silva). Hace unos meses se trasladó a Concepción, en el sur de Chile, para evitar el zarpazo del Santo Oficio. Pero sabe que le darán alcance, su huida sólo tiende a hacerles más difícil el trabajo, en realidad no quiere seguir comportándose como un fugitivo: ya bastante lo fue hasta ese momento, así como lo fueron su padre y su abuelo.

Duerme en forma ligera y sobresaltada. Intuye que sucederá una de esas noches. Esboza planes alternativos, pero los desecha por ingenuos. Ambos —él y la Inquisición— tendrán que encontrarse fatalmente.

Por fin oye ruidos en torno a la casa. Su presentimiento deviene realidad. Imagina a los soldados con una implacable orden de arresto. Ha llegado el instante que pondrá su vida al revés. Se levanta de la cama silencioso. No debe asustar a su esposa e hijita dormidas. Se viste en la oscuridad. Los esbirros suelen actuar brutalmente y él los va a sorprender con su postura serena. Aunque el corazón le ha empezado latir en la garganta.

3

Ibatín se acurrucaba al pie de una montaña. Las nubes se detenían a regar sus laderas, y convertían la aridez circundante en una fantástica jungla. Para llegar a este oasis, don Diego tuvo que recorrer los mismos caminos que por primera vez, siglos atrás, habían abierto los incas y después fatigaron los conquistadores: pequeñas y suicidas huestes atraídas por la alucinación de una ciudad portentosa cuyas viviendas tenían muros de plata y tejas de oro. Aunque no la descubrieron fundaron otras, entre ellas Ibatín y San Miguel de Tucumán, junto a un río que bajaba sonoro por la Quebrada del Portugués. Lo bautizaron “río del Tejar” porque en sus orillas se instaló una fábrica de tejas. No se sabe, en cambio, a qué portugués se refirieron cuando llamaron “del Portugués” a la quebrada; ese nombre ya existía cuando arribó don Diego Núñez da Silva.

Los habitantes de Ibatín tuvieron que luchar desde el principio contra dos amenazas: la naturaleza exuberante y los indios. El aliento de los pumas, tigres americanos, llegaba desde la selva, y el río bajaba entre impresionantes barrancas; en la época de lluvia sus afluentes engordaban rápido y se convertía en un monstruo oscuro y agresivo, que una vez llegó hasta los umbrales de la Iglesia Mayor.

Una empalizada de troncos rodeaba al pueblo. Cada vecino estaba obligado a tener armas en su vivienda y por lo menos un caballo. Se vivía en pie de guerra. Había que hacer ronda en torno a las inseguras fortificaciones. Don Diego lo hacía cada dos meses y a Francisquito lo enorgullecía contemplarlo cuando se alistaba: revisaba el arcabuz, contaba las municiones y se ponía un morrión sobre la cobriza cabellera.

La plaza mayor de Ibatín estaba cruzada por las calles reales que empalmaban con los caminos a Chile y Perú (en el Norte) y las planicies pampeanas (en el Sur). El bullicio no cesaba: al tránsito de carretas se sumaban las tropillas de mulas, el mugido de los bueyes, los relinchos de los caballos y el regateo apasionado de los comerciantes. En el centro de ese movimiento de hombres, bestias y vehículos se erguía la picota, llamada también “árbol de la justicia”. Era el rústico eje de la ciudad: testimonio de su fundación y vigía de su crecimiento. Con su sólida fijación a la tierra —“en el nombre del Rey”— legitimaba la presencia y la acción de los colonos. En la picota se azotaba y ejecutaba. El reo llegaba a la severa instancia con la soga al cuello, escoltado por guardias. El pregonero informaba sobre su delito, y el verdugo procedía a colgarlo. La picota exhibía el cadáver con orgullo macabro, los vecinos miraban morbosamente el cuerpo que pendía de la cuerda y se balanceaba apenas como si transmitiese saludos del infierno. Si se celebraba una fiesta era necesario retirarlo antes de que cumpliese su didáctica función de escarmiento. Fiesta por el nacimiento de un príncipe, la coronación de un nuevo rey o la designación de otras autoridades. Era imprescindible que los domingos y días de guardar, así como la celebración de los santos favoritos, nunca se contaminasen con una ejecución. No porque la ejecución en sí careciera de elementos festivos, sino porque Eclessia abhorret a sanguini y atañe al buen cristiano dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.

La plaza era, pues, un espectáculo perpetuo. Si no colgaba un ahorcado —al que rápidamente visitaban las moscas—, había jolgorio secular. Si no se realizaba una corrida de toros, circulaba una procesión (contra la próxima creciente del río, contra una epidemia, por falta de lluvia, por exceso de lluvia, contra la renovada amenaza de los indios calchaquíes o en acción de gracias por la buena cosecha). Durante las procesiones desfilaban las cuatro órdenes religiosas principales con sus distintivos: dominicos, mercedarios, franciscanos y jesuitas. El energúmeno de fray Antonio Luque solía dirigir las letanías e imprecaciones porque su voz era estentórea y porque así recordaba a los ocultos herejes su temible poder de familiar. Marchaba al frente de la imagen mirando el polvo del camino porque “polvo fuimos y polvo seremos” y de cuando en cuando clavaba sus pupilas con acierto en quien pronto sería denunciado. Luego se realizaba una carrera de caballos y una de sortijas, incluso elementales representaciones teatrales sobre temas sagrados y concursos de poesía en los que una vez participó don Diego. Al oscurecer se encendían los fuegos artificiales. Francisquito se quemó una mano al intentar prender un cohete.

Esta ceñida descripción sería incompleta si no recordáramos que a un costado de la plaza se erigía el Cabildo, compuesto por varias habitaciones que rodeaban al infaltable patio. Sus muros enjabelgados relucían como la nieve de las altas cumbres. En el centro del patio instalaron un aljibe con hermoso brocal de azulejos. Enfrentando al Cabildo se elevaba la Iglesia Mayor. Ahí estaban, pues, los dos poderes que se disputaban el dominio de Ibatín, la Gobernación del Tucumán y el continente entero. De un lado, el poder terrenal; del otro, el poder celestial. Y así como el primero se extendía hasta la cruel picota, el segundo se extendía hacia otras iglesias y conventos. En la picota mandaba el César (incluso los condenados por la religión debían ser entregados al brazo secular) y en los templos mandaba Dios. Pero ambos se extralimitaban siempre porque Dios está en todas partes y el César no se resigna a ser menos que Dios.

Por las calles vecinas se edificaron las otras iglesias con sus respectivos conventos. Los franciscanos levantaron una iglesia más alta que la de los mercedarios y le anexaron una suntuosa capilla. Los jesuitas no se quedaron atrás y construyeron una nave con crucero de cuarenta metros de largo, paredes de ladrillo y almohadillado exterior; embaldosaron el piso con cerámica, enyesaron los muros y cubrieron de tejas el techo; instalaron un altar grandioso y dotaron al templo de un púlpito admirablemente decorado. Era evidente que los jesuitas asumían la belicosidad de su Compañía.

* * *

Corre la tranca de hierro. Apenas entreabre, varias manos empujan desde el exterior. Suponen que Francisco, asustado, volvería a cerrar. Pero Francisco no se mueve. Los soldados tienen que refrenar su ímpetu porque ante ellos, en la penumbra, se yergue un hombre macizo al que la lámpara pincela de oro y añil. Lo miran perplejos. Casi olvidan lo que tenían que decirle.

El principal de los esbirros le acerca una lámpara a los ojos y pregunta:

—¿Es usted Francisco Maldonado da Silva?

—Sí.

—Yo soy Juan Minaya, teniente receptor del Santo Oficio —le adhiere la lámpara a la nariz, como si deseara quemarlo—. Identifíquese.

Francisco, casi ciego, pregunta lo obvio:

—¿No acaba de nombrarme?

—¡Identifíquese! —gruñe con despecho burocrático.

—Soy Francisco Maldonado da Silva.

El teniente baja parsimoniosamente la lámpara, que ahora ilumina desde abajo flotantes trozos espectrales.

—Queda arrestado en nombre del Santo Oficio —sentencia con orgullo.

Los otros hombres aferran los brazos de Francisco. Se apropian de su cuerpo, porque lo habitual es que los reos intenten huir.

Pero Francisco no piensa en ello. Resulta curioso, pero en ese momento crucial evoca a la Ibatín de su infancia. Oye el sonoro río del Tejar, ve la ermita de los vicepatronos, recuerda la bulliciosa plaza mayor y desfilan ante sus párpados las cumbres nevadas sobre las laderas cubiertas de jungla, la incesante fábrica de carretas y el patio de naranjos que plantó su padre. También recuerda los libros.

4

En las poblaciones de la vasta Gobernación del Tucumán se solían acumular los bienes que significaban riqueza: indios sometidos, tierras, esclavos negros, recuas de mulas, piaras, ganado vacuno y sembradíos. A esto se agregaban ciertos lujos como vajilla de plata, muebles, telas finas, piezas de oro y delicados utensilios importados de Europa. Pero a nadie se le ocurría formar un tesoro con libros. Los libros eran caros para comprar y difíciles de vender; además, contenían pensamientos temerarios. Y los pensamientos generaban turbaciones que una silla o una mula, por ejemplo, jamás provocarían.

A don Diego le atraía la excentricidad de una biblioteca propia, aunque no encajara en la mentalidad dominante. En lugar de invertir sus ahorros en bienes productivos, los gastaba en volúmenes cuestionables. Trajo algunos de su Lisboa natal y compró los restantes en Potosí. Su colección hubiera suscitado aprecio en Lima o Madrid, donde funcionaba la Universidad y abundaban los eruditos. En la miserable Ibatín, en cambio, eran motivo de sospecha adicional.

Los volúmenes se alineaban sobre gruesos estantes en un pequeño cuarto donde se encerraba a estudiar. Allí guardaba también su petaca con instrumentos médicos y algunos recuerdos personales. Nadie podía entrar sin su autorización. Los esclavos tenían instrucciones precisas y la comprensiva Aldonza se ocupaba de hacer respetar la voluntad de su esposo.

Francisco amaba introducirse en esa especie de santuario cuando su padre se aislaba para leer o escribir. Le daba placer acompañarlo e imitarlo: extraía un tomo con cariño, lo calzaba sobre el pecho como a una valiosa carga, lo depositaba sobre la mesa, abría la dura tapa y dejaba correr las hojas de signos iguales. En ese mar alborotado de letras aparecían viñetas coloridas y se intercalaban ilustraciones.

Entre los volúmenes se destacaba el Teatro de los dioses de la gentilidad del franciscano Baltazar de Vitoria. Era un deslumbrante catálogo de divinidades paganas. Hervía de anécdotas sobre personajes fabulosos y mostraba las ridículas creencias que existieron antes de la Revelación. Fray Antonio Luque se opuso a que Francisco hojeara semejante libro.

—Lo confundirá en materia religiosa.

Su padre, en cambio, opinaba que le fortalecería el raciocinio.

—Lo ayudará a no confundirse, precisamente.

El pequeño lo leyó en forma salteada. Héroes, dioses, filicidios, engaños, metamorfosis y prodigios alternaban con argumentos verosímiles. Aprendió a respetar los disparates: también son poderosos.

Cuando sus progresos en latín le permitieron traducir algunos versos, jugó con la Antología de poetas latinos que compuso Octaviano de la Mirándola. Su padre comentó a fray Antonio Luque que los poemas de Horacio incluidos en esa Antología exhalaban un lirismo fantasioso y que sus sentencias penetraban como la buena lluvia. Pero al severo familiar no le interesaba el lirismo sino la fe. La moral de Horacio —proseguía don Diego— es grata al sentimiento cristiano. La moral —replicó Luque secamente— no necesita ser grata, sino acatada.

Entre la sección médica y la general estaban ubicados los seis volúmenes de la Naturalis historia de Plinio. A Francisco le llevaría años leerlo íntegramente. Fascinante: condensaban los treinta y siete libros que escribió ese romano genial, un gordo que engulló todo el conocimiento de su época. Estudió sin límites, empezando por el origen del universo y sus contenidos, hasta sabía que la Tierra era redonda. Don Diego le tenía una desenfrenada admiración. Ese hombre había estudiado la friolera de dos mil libros pertenecientes a ciento cuarenta autores romanos y trescientos veintiséis griegos, contaba. Era tan ardiente su vocación de saber que no caminaba para no perder tiempo: siempre lo acompañaban escribas a quienes dictaba sus observaciones. Su recopilación fue inteligente y, a pesar de su erudición incomparable, tuvo la modestia de citar las fuentes que utilizó. Algunas de sus observaciones son impresionantes: asegura que los animales sienten su propia naturaleza, obran según ella y así resuelven sus dificultades; pero el hombre, en cambio, nada sabe de sí mismo si no lo aprende: lo único que sabe por sí solo es llorar. Por lo tanto, la obligación de cada ser humano es aprender y enterarse, agregó don Diego. A partir de entonces, cada vez que Francisco lloraba se decía:“Estoy procediendo como un animal; veamos ahora cómo procede el hombre”.

Plinio dedicó muchas páginas a los seres fabulosos. Le regocijaba describir hombres cuyos pies apuntaban hacia atrás o animales desprovistos de boca que se alimentaban inhalando perfumes, caballos alados, unicornios, personas con dedos tan descomunales que podían cubrirse con ellos la cabeza como si fueran un sombrero.

—¿Es verdad todo lo que escribió Plinio? —preguntó Francisco.

—No estoy seguro si era incluso verdad para él —contestó su padre acariciándose la recortada barba con reflejos dorados—. Pero lo escribió porque era verdad para alguien. Se impuso la tarea de recopilar, no de censurar.

—Entonces, ¿cómo sabemos si es cierto?

Meneó la leonina cabeza.

—Es el gran dilema de los pensadores —suspiró—. O de quienes aman el pensamiento.

5

Junto al mueble de cedro en el que se alineaban los libros había un arcón donde Núñez da Silva guardaba su mejor traje y algunas camisas de hilo. En la base, oculto por las telas, la curiosidad de Francisco descubrió un estuche rectangular forrado en brocato púrpura al que un cordón daba varias vueltas y cerraba con un nudo.

—¿Qué es? —fue con el extraño objeto hasta donde estaba su madre.

—¿De dónde lo sacaste?

—Del arcón. Del cuarto de papá.

—¿Con qué permiso? ¿No sabes que no debes espiar ni revolver sus cosas?

—No revolví —se asustó el niño—. Dejé la ropa como estaba. Pero encontré esto.

—Devuélvelo a su sitio —ordenó Aldonza con dulce severidad—. Y no te metas en ese cuarto en ausencia de tu padre.

—Está bien —vaciló, hizo girar el estuche entre sus pequeños y sucios dedos—. Pero… ¿qué es?

—Un recuerdo de familia.

—¿Qué recuerdo?

—Sólo sé que es un recuerdo de familia —miró hacia el costado y susurró inquieta—: Una esposa no debe hacer preguntas que el marido se resiste a contestar.

—Entonces… debe ser algo feo —conjeturó Francisco.

—¿Por qué?

—Papá siempre contesta. Yo le voy a preguntar qué es.

Aldonza se ruborizó, a este hijito no se le escapaba detalle.

—Por ahora ve a poner ese estuche en el mismo lugar de donde lo sacaste. Y cuando regrese tu padre, trata de no molestarlo con preguntas innecesarias.

—Quiero saber qué es este recuerdo de familia.

Don Diego había partido hacia los confines de una hacienda para atender indios enfermos. El encomendero4 había venido a buscarlo personalmente, muy nervioso: temía el brote de una epidemia.

—¿Qué es una epidemia? —le había preguntado Francisquito mientras ordenaba su petaca con instrumentos.

—La propagación rápida de una enfermedad.

—¿Y cómo se la cura?

—No diría que se cura: se frena —señaló la petaca a Luis, para que la alzara, mientras con la otra mano hacía gestos al encomendero a fin de mantenerlo tranquilo.

—¿Se la frena? ¿Como a un caballo?

—No exactamente: se la aísla. Se la encierra con una suerte de muro.

—¿Vas a construir un muro alrededor de los indios con epidemia?

Don Diego sonrió ante la perseverante curiosidad de su hijo.

—Sólo en sentido figurado. Primero habré de enterarme si es cierto lo que llegó a oídos del capataz.

Esa noche, apenas regresó, Francisco le descerrajó la nueva pregunta:

—¿Qué contiene el estuche rojo guardado en el arcón?

—Déjalo desensillar —protestó Aldonza, que corrió a recibirlo con una taza de chocolate y un ramillete de menta.

—¿Es epidemia? —se acercó el joven Diego.

El padre revolvió los cabellos de Francisco y se dirigió al hijo mayor:

—No, felizmente. Creo que al capataz le nació esa sospecha por miedo. Es un hombre demasiado cruel. Exige tanto a los indios que viene soñando con la epidemia que le desencadenarán como represalia.

Los ojos de Francisco seguían clavados en su padre, le debía la respuesta.

—Te hablaré sobre el contenido del estuche —contestó al rato—. Pero antes habré de lavarme, ¿de acuerdo?

El pequeño no podía disimular su alegría y se dispuso agradecer a su padre por adelantado. Fue al huerto, seleccionó frutas, las enjuagó y ordenó sobre una bandeja de cobre. Los higos maduros, negros y blancos, alternaban con las lustrosas granadas. Su padre tenía predilección por ellas.

Don Diego ingresó al comedor con nueva ropa. Exhalaba la frescura de su baño. La barba y los cabellos húmedos lucían más oscuros y brillantes. Traía el misterioso estuche, que depositó sobre la mesa. Francisco trepó a la silla que estaba a su lado. También se acercaron Diego, Isabel y Felipa. Aldonza, en cambio, se alejó; parecía no interesarle el asunto. En realidad la inquietaba: pero no se atrevía a expresar su malestar de otra forma que con el silencio.

—Es un recuerdo de familia —advirtió el padre—. No se decepcionen.

Deshizo el nudo en el que terminaban las vueltas del grueso hilo. Acarició el brocato gastado que no llevaba inscripción alguna. Levantó la mirada en busca de más luz y pidió que le acercaran el candelabro. Las llamas próximas y fuertes arrancaron destellos a la vieja tela.

—No tiene valor material. Pero el espiritual es inestimable.

Abrió la tapa. Todos pudieron ver.

—Una llave…

—Sí, una llave. Una simple llave de hierro —carraspeó, elevó las cejas y dijo—: En la empuñadura tiene una grabación, ¿alcanzan a distinguirla?

Se acercaron. El padre ajustó la posición del candelabro. Advirtieron un dibujo.

—Es una llama de tres puntas —explicó—. Puede ser la llama de una antorcha. Eso parece. Un símbolo, ¿no? Tampoco la grabación es excepcional. Entonces —volvió a carraspear—, ¿por qué guardo este objeto en un estuche y lo considero valioso?

Francisco acercó su cabeza hasta casi tocar la llave con su nariz; la olió, pero no descifraba el enigma. Don Diego se la entregó con un movimiento solemne, como si se tratase de una imagen consagrada.

—Tócala. Es de hierro puro, no contiene plata ni oro. Me la confió mi padre, en Lisboa. A él se la dio su propio padre. En realidad proviene de España, de una hermosa casa de España.

Francisco la levantó con delicadeza y la sostuvo con ambas manos, como hacen los sacerdotes en la misa durante la consagración del pan y el vino. La luminosidad oscilante del candelabro reverberaba en su rugosa superficie. Parecía emitir un fulgor propio: la llamita de tres ramas grabada en la empuñadura herrumbrada se encendió también.

—Pertenece a la cerradura del pórtico majestuoso que atravesaron muchos príncipes. En esa residencia había un salón bellísimo donde se efectuaban reuniones en torno a documentos preciosos que ahí se escribían y copiaban. Fíjense en la textura de la llave. Fue labrada por un herrero de reconocida santidad. Utilizó limaduras de metal que no habían pertenecido a arma alguna, que jamás hirieron a un hombre. La tenue pátina amarillenta que ahora la recubre es como la túnica que protege algo nunca mancillado. La acariciaron grandes príncipes, recuerden, de cuya dignidad y sabiduría apenas podemos ser una imperfecta imitación. Cuando esos príncipes, por razones ajenas a su voluntad, no pudieron seguir concurriendo al espléndido recinto y nuestros antepasados tuvieron que abandonar la residencia, cerraron el macizo pórtico y decidieron custodiar la llave. Sí, esta sencilla y, al mismo tiempo, preciosa llave, que simboliza los documentos, el recinto, la entera asamblea de dignatarios, el hogar magnífico de nuestros ancestros españoles. Y les cuento más: mi bisabuelo ató la llave a su cinto. Nunca se desprendió de ella, aunque tuvo que atravesar borrascas que hubieran espantado al más valiente. Cuando lo visitó el ángel de la muerte, ni siquiera la debilidad de su agonía ablandó la mano que se cerraba con obstinación sobre la empuñadura labrada. Su hijo, es decir, mi abuelo, tuvo que arrancársela, llorando, como si cometiera un sacrilegio. Entonces confeccionó un estuche y lo forró amorosamente con brocato para que no se repitiera la penosa historia de forzar a un muerto. Mi abuelo recomendó a mi padre que cuidara esta pieza como si fuese un tesoro. Mi padre a mí. Y yo a vosotros.

Reinaba un silencio pesado. Los cuatro hijos de don Diego estaban perplejos. La luz de las velas pintaba de grana sus mejillas desconcertadas.

El padre acercó la reliquia a los ojos de Diego, de Felipa, de Isabel y de Francisco, en ese orden.

—Observen de nuevo la llamita de la empuñadura. ¿No les parece enigmática? ¿Imaginan qué significan las tres puntas? ¿No?… Miren: parecen tres pétalos, sostenidos cada uno por una varita, que a su vez se apoyan sobre una gruesa barra horizontal.

Esperó nuevas preguntas, pero el asombro no les dejaba emitir opinión.

—Alguna vez lo sabrán —aproximó el signo a sus labios y lo besó—. Los príncipes y nuestros antepasados confiaban retornar a esa casa. Por eso guardamos la llave.

Francisco balbuceó entonces:

—¿Podremos retornar?

—No sé, hijo, no sé. Cuando yo era pequeño soñaba convertirme en uno de esos legendarios príncipes y abrir el majestuoso pórtico.

* * *

La pequeña Alba Elena se despierta sobresaltada por los ruidos y empieza a llorar. Su madre la alza. Francisco Maldonado da Silva intenta acercárseles, pero las manos de los oficiales, inflexibles como argollas, otra vez le aprisionan los brazos. Su atónita joven esposa, con la criatura rodeándole el cuello, avanza hacia el grupo de pesadilla iluminado por la lámpara del teniente Juan Minaya.

—No te asustes —alcanza a decir Francisco.

—¡Cállese! —ordena el teniente.

Francisco tironea para liberarse. Los oficiales aprietan.

—No fugaré —exclama con inesperada autoridad y los mira a los ojos.

Las argollas se pasman. Una sorpresiva duda invade los cuerpos marciales. Recuerdan, súbitamente, que enfrentan a un médico honrado por las autoridades, cuyo suegro ha sido gobernador de Chile.

Los toscos dedos, poco a poco, empiezan a aflojar, Francisco se desprende, recupera su apostura y camina hasta su amada Isabel Otáñez y la hijita de ambos. Seca las lágrimas de la madre y besa a la criatura. Teme no volverlas a ver. Lo llevarán a la guerra. A la más injusta de las guerras, cuyo resultado sólo Dios conoce.

6

Francisquito fue invitado por su hermano Diego a pescar. Primero irían a buscar a Lucas Graneros, amigo de Diego, después marcharían hacia el río del Tejar. El padre de Lucas tenía una fábrica de carretas que abastecía a toda la Gobernación. Había formado una empresa colosal. Tuvo la perspicacia de canalizar el patrimonio maderero de Ibatín hacia la producción en gran escala del mejor transporte imaginable entre las montañas del Noroeste y el puerto de Buenos Aires. Se enriqueció más rápido que muchos buscadores de oro. Poseía ciento veinte esclavos negros, además de indios y mestizos que movían con destreza el escoplo y la garlopa.

Graneros edificó su vivienda en el barrio de los artesanos. Allí, apenas despuntaba al alba, se encendían las forjas y empezaba el bullicio de los talleres. Cualquiera conocía al platero Gaspar Pérez que cincelaba piezas para los altares. También al zapatero Andrés, que confeccionaba botines rústicos, sandalias de fraile y calzados finos con hebilla de cobre. El talabartero Juan Quisna reparaba arneses, pulía petacas y cosía monturas. El sastre Alonso Montero confeccionaba jubones, chaquetas con guardas, hábitos de dignatarios religiosos y trajes de funcionarios reales. El sombrerero Melchor Fernández moldeaba los gruesos fieltros que cubrirían las cabezas de un capitán, un feudatario o un corregidor. Casi todos eran hombres con mezcla de sangre indígena, pero ansiosos por asimilarse a la raza de los conquistadores. Vestían como los españoles y se empeñaban en hablar sólo el español.

La mañana prometía ser calurosa. Francisco llevaba la honda que le fabricó el esclavo Luis con una vejiga de buey. La usaba compulsivamente, tirando a cualquier blanco: una fruta silvestre, la flor de un arbusto, un guijarro distante. Había llegado a ser infalible contra esas flechas centellantes que eran los lagartos. Al primero que le dio en la cabeza lo enterró con honores, incluso armó una cruz con dos ramitas para identificar su sepulcro.“Quien mata lagartos con una honda no sólo es ágil sino astuto”, sentenció su padre.

El barrio de los artesanos exhalaba olor picante, mezcla de metales, cueros, tinturas y lanas. Tras los talleres se enfrentaron con un par de altos nogales que marcaban el acceso a la fábrica de Graneros. Era un terreno enorme, tan dilatado que lo bautizaron “país”. Junto a la tapia se extendía un alero bajo el cual se alineaban las mesas de carpintero, cajas con herramientas y artículos de cobre y latón. Varias carretas estaban terminadas y otras parecían la osamenta de un animal prehistórico. Curiosamente, el compacto ensamblaje se hacía sin ningún clavo. La estructura de esos vehículos era tan firme que podían cargar dos toneladas por lo menos. Las ruedas eran un prodigio de más de dos metros de diámetro, tan sólo dos sostenían la pesada carga y estaban unidas por un solo eje, bien robusto. El centro de la rueda era una maza sólida hecha con el corazón de un tronco.

Lucas contó que su padre le había regalado un trompo para el cumpleaños.

—Así de grande —el muchacho redondeó las manos—: del tamaño de una pera.

Lo habían torneado en madera liviana y le habían incorporado una punta de metal. Después lo pintaron con estridentes colores.

—¿Podría llevarme este pedazo de madera? —preguntó Francisco.

—Desde luego —respondió Lucas mientras revisaba su talega con carnadas—. ¿Para qué lo necesitas?

—Para hacerme un trompo igual al tuyo.

Lucas rió. Alzó otro pedazo y fue hacia un grupo de hombres. La conversación resultó tan breve que cuando los hermanos se acercaron ya pudo anunciarles que al día siguiente le entregaría a Francisco un trompo igual al suyo.

—¡Con punta de metal y bien pintado!

Pegó un salto de alegría.

—Por ahora te prestaré el mío —ofreció Lucas.

Francisquito lo recibió exultante.

Se encaminaron hacia el río. Dejaron atrás el barrio de los artesanos con su escándalo de fraguas y entraron en el camino real parcialmente sombreado por los robles. Llegaron a la explanada norte, atestada de mercaderes, esclavos en actividad y tropillas de mulas listas para recibir nuevas cargas. Del ancho mesón cuyas paredes conservaban extraños restos de pintura roja salía un grupo de forasteros, a la pulpería cubierta por la fronda de un algarrobo ingresaba otro. Junto al gran pórtico de la empalizada se destacaba la pequeña ermita de los vicepatronos protectores. Salieron hacia la jungla, profunda y subyugante.

En pocos minutos llegaron al río, cuyas aguas resonaban entre los murallones de vegetación, y treparon el pedernal que tanto Diego como Lucas consideraban el mejor sitio para tender las líneas.

Mientras acondicionaban carnadas y aparejos, Francisco se puso a jugar con el trompo de Lucas. El pedernal tenía varias planchas horizontales, parecidas a vastos escalones. Enrolló el hilo en torno a la reluciente madera, ató el extremo a su índice y lo lanzó hacia adelante y abajo. La punta metálica arrancó chispas a la piedra. El objeto giró locamente y sus guardas de colores se transformaron en brumosas cintas. El trompo se acercó al borde del escalón y, sin dejar de dar vueltas, descendió al nivel siguiente. Después se inclinó hacia los costados, indeciso, y levantó la punta metálica como si fuese la pata de un animal herido. Francisco lo levantó, volvió a enrollar el hilo y se dispuso a hacerlo bajar más escalones. Calculó la distancia, llevó el brazo muy atrás, levantó la pierna opuesta y lo arrojó en forma rasante. El golpe fue certero: el trompo avanzó rápido hacia el borde del escalón, saltó al siguiente, continuó rodando, progresó hacia el nuevo borde, volvió a saltar, siguió rodando, y Francisco empezó a gritar y a estimularlo con palmas.

—¡Tres escalones! ¡Vamos, vamos! ¡El cuarto!

—¡Cuarto! —exclamó Lucas.

El trompo consiguió pasar el nuevo límite. Diego también se entusiasmó. Dejó los anzuelos y se acercó al juguete que seguía dando vueltas, aunque con signos de cansancio. Pellizcó el borde del quinto escalón, pero se inclinó demasiado y cayó con la punta hacia arriba. Siguió girando, como enojado consigo mismo.

—Lástima.

—Demasiado bien —estimó Lucas.

—¡Se despeña! —advirtió Diego.

En efecto, rodaba hacia el declive del pedernal, que se precipitaba al río. En un instante lo perderían. Diego brincó para atajarlo y resbaló sobre un penacho de hierba. Su pie enceguecido se deslizó nuevamente hasta quedar aprisionado en un agujero.

Lucas y Francisco se abalanzaron en su ayuda. La grieta era honda y tenía bordes filosos. No le pudieron sacar la extremidad. Con delicadeza lo hicieron rotar para acomodarlo a la forma del socavón hasta que consiguieron destrabarle el pie. Lo extrajeron lentamente, transpirando por los gritos que pegaba Diego. El tobillo estaba cubierto de sangre y parecía que le colgaba un trozo de carne viva. A pesar del dolor, Diego tuvo la entereza de pedirle a Lucas que lo vendara.

—Con tu camisa, con lo que sea. ¡Rápido! Que deje de sangrar.

Después lo cargaron: Lucas de los hombros y Francisco de las rodillas. Pidieron auxilio a un grupo de negros, quienes prestaron su burra. Entre todos montaron a Diego, que se abrazó al cuello del animal. Enfilaron hacia su casa, seguidos por el cortejo de negros que temían perder la burra. Lo llevaron directo a la cama. Aldonza corrió a buscar ungüentos. Diego disimulaba el dolor e insistía en que no era grave. La camisa que hacía de torniquete ya exhibía un manchón rojo. Luis trajo una palangana con agua tibia, desató el vendaje y lavó cuidadosamente la herida, sin asustarse por la sangre. Acomodó el colgajo de piel y enrolló la zona afectada con una venda limpia. Puso tres almohadas bajo la pierna para que el tobillo quedase más elevado que el cuerpo. Después salió en busca del licenciado.

Lucas permaneció junto a su amigo hasta que llegó don Diego. Francisco atribuyó el accidente al trompo. El médico echó una mirada abarcadora sobre el cuerpo yacente y formuló unas preguntas mientras le palpaba la extremidad afectada. Pidió más agua tibia y que los demás se hicieran a un lado para no interferir el acceso de luz. El esclavo levantó la pierna de Diego y el médico desenrolló el vendaje hasta casi las últimas vueltas. El muchacho empezó a quejarse de dolor porque la tela ya se había pegado. Luis vertió chorritos de agua mientras don Diego maniobraba hasta liberar completamente el tobillo. Eligió una pinza y extrajo los imperceptibles cuerpos extraños que se empecinaban en quedar adheridos a la herida. Después aproximó los bordes y extendió el azulino colgajo de piel. Diego apretaba los dientes. Su padre cubrió la carne viva con un polvo lactescente que combinaba corteza de sauce con limaduras de cinc.

—Estarás bien en tres semanas. Ahora necesitas hacer reposo. No hace falta entablillar. También tomarás una cucharadita de este remedio.

Abrió su petaca y sacó un frasco de vidrio.

—Es un remedio que usan los indios del Perú. Calma el dolor y baja la fiebre.

Dirigiéndose a su esposa, que lo miraba con angustia, agregó:

—Cada vez que lo he usado ha sido eficaz. Ni que fuera mandrágora.

—¿Cómo se llama?

—Quinina. Lo extraen de una planta llamada quina. —Se sentó de nuevo junto a la cama de su hijo. Le tomó el pulso mientras le observaba con intensidad el rostro. Después hizo señas para que los demás abandonasen la habitación. ¿Quería desnudar a Diego y efectuarle un examen completo?

Lucas se despidió. Aldonza y Francisquito lo acompañaron hasta la puerta de calle. Pero Francisquito se preguntaba por qué iba a querer su padre hacer un examen completo a Diego. No tenía sentido, porque sólo se había herido el tobillo y ya se le había aplicado la curación. ¿No querría darle un consejo médico íntimo que sólo atañe a los varones? ¿No era él, Francisco, también un varón? Buena oportunidad para enterarse. Reingresó con sigilo en el silencioso cuarto impregnado por el olor de los ungüentos.

Don Diego acarició la frente de su hijo postrado, que lo miraba agradecido.

—Nunca me golpeé tan fuerte. Duele mucho.

—Ya sé. Te has herido en una zona sensible. El polvo de quinina te aliviará. También indicaré tisanas con hierbas sedantes. Eso es todo lo que te puede ayudar desde afuera y…

El padre se interrumpió. Al rato insistió con las últimas palabras:“desde afuera…”

Francisco gateó por el borde penumbroso del cuarto y logró ocultarse a poca distancia del lecho. Conocía esta forma de introducir un asunto engorroso: su padre endulzaba la voz, acariciaba su cabello castaño o el borde de una mesa, repetía ciertas palabras.

—¿Entiendes, hijo?

El joven asintió por complacencia, pero no entendía. Francisco tampoco.

—No, no me entiendes —suspiró su padre.

Diego contrajo la boca.

—Quiero decirte, hijo, que no toda la ayuda que necesitas proviene de lo ajeno a tu persona, como el polvo cicatrizante o la quinina o las tisanas. También puedes obtener alivio desde tu interior, desde tu espíritu.

¿Ése era el tema íntimo que iba a tratar? Francisquito se sintió decepcionado. Pero el joven Diego volvió a asentir.

—Creo que no me entiendes del todo —insistió su padre. Con el borde de un pañuelo le secó la frente; el mediodía era un horno encendido.

¿Había otra cosa, entonces? Francisco se acercó más, enrollándose como un gato. Su curiosidad no toleraba perder una palabra.

—La cura importante, la definitoria, proviene del espíritu. En esa cura debes apoyarte.

Diego se atrevió a confesar su desorientación:

—Me parece que comprendo —dijo—, y me parece que hay algo que no comprendo…

—Sí —sonrió su padre—. Es simple y no lo es. Te suena a conocido, a repetido, a evidente. Pero hay otra resonancia, profunda, que no se advierte sin preparación alguna.

Tanteó la mesa y asió el botellón con agua de zarza. Bebió un largo sorbo. Después se secó los labios y se reacomodó en la silla crujiente.

—Me explicaré. Los médicos utilizamos productos curativos que ofrece la naturaleza. Y aunque la naturaleza es obra de Dios, Dios no la ha consagrado como recurso absoluto, sino que ha provisto al hombre mismo, a su criatura bienamada, de dispositivos que permiten establecer contacto con Él. Un borde de su grandeza infinita habita siempre en nuestro corazón. Si nos proponemos, reconoceremos Su presencia en nuestra mente, en nuestro espíritu. Ningún medicamento es tan eficaz como esa presencia.

Enjugó la transpiración de su cuello y nariz con el pañuelo de algodón.

—Te preguntas por qué lo digo. Y por qué lo digo con cierta… —chasqueó los dedos en busca de la palabra precisa— solemnidad. Bueno… Porque es un asunto que concierne a mi práctica de médico pero… pero tú no eres igual a los demás pacientes.

—Soy tu hijo.

—Claro. Y esto significa algo especial, casi secreto. Significa a Dios y a nuestra particular relación con Él.

Francisquito necesitaba rascarse la nuca. Le picaban la confusión y la impaciencia. Su padre no deshacía el nudo.

—¿Debería comulgar? —barruntó Diego, sólo para descubrirle una punta al enigma.

Su padre movió los hombros para aflojar su espalda. Estaba tenso y quería mostrarse relajado.

—¿Comulgar? No. Por ahí no va lo que quiero transmitirte. La hostia se desliza desde tu boca al estómago, del estómago al intestino, de ahí a la sangre, al resto de tu cuerpo. Pero yo no te hablo de la hostia, ni de la comunión, ni de los ritos, ni de algo que se incorpora desde afuera. Hablo de la presencia ininterrumpida de Dios en tu persona. Hablo de Dios, del Único.

Diego frunció las cejas. Francisco también. ¿Qué cosa nueva o secreta pretendía insinuar con eso?

—¿No me entiendes? Hablo de Dios, el que cura, da consuelo, da luz, da vida.

—Cristo es la luz y la vida —recitó el muchacho—. ¿Me estás diciendo eso, papá?

—Hablo del Único, Diego. Piensa. Mira hacia dentro. Conéctate con lo que te habita desde antes de nacer. El Único… ¿Comprendes, ahora?

—No sé.

—Dios, el Único, el Todopoderoso, el Omnisciente, el Creador. El Único, el Único —repitió con énfasis.

A Diego se le enrojecía el rostro. Estaba tendido en la cama y su padre sentado. Ambos muy tensos. La figura del padre le parecía gigantesca no sólo por el desnivel, sino porque lo forzaba a un razonamiento penoso. Don Diego alisó sus bigotes y su recortada barbita para dejar más libres los labios, adoptó la postura de quien va a recitar. Con voz lenta y abovedada pronunció unas palabras sonoras, incomprensibles.

—Shemá Israel, Adonai Elohenu, Adonai Ejad.

A Francisco lo recorrió un estremecimiento. Sólo reconocía la palabra Israel. ¿Era una fórmula mágica? ¿Tenía relación con la brujería?

Don Diego tradujo con unción:

—“Escucha Israel, el Señor nuestro Dios, el Señor es Único.”

—¿Qué quiere decir?

—Su significado ya está inscripto en tu corazón.

El misterio estaba por aclararse. La nube hinchada y violeta que ocultaba el sol iba a estallar. Algunas de sus gotas perlaban ya la frente de Diego.

—Durante muchos siglos esta breve frase ha sostenido el coraje de nuestros antepasados, hijo. Sintetiza historia, moral y esperanza. La han repetido bajo persecuciones y durante los asesinatos. Ha resonado entre las llamas. Nos une a Dios como una irrompible cadena de oro.

—Nunca la he escuchado.

—La has escuchado, por supuesto que la has escuchado.

—¿En la iglesia?

—En tu interior, en tu espíritu —extendió ambos índices para marcar el ritmo—. Escucha, Diego.“Escucha Israel”… Escucha, hijo mío:“Escucha Israel” —ahora susurraba—. Escucha, hijo mío. Escucha, hijo de Israel, escucha.

Diego se incorporó azorado.

El padre le apoyó sus manos sobre el pecho, suavemente, y lo obligó a recostarse.

—Ya vas entendiendo.

Suspiró.

Su voz se hizo más íntima.

—Te estoy revelando un gran secreto, hijo. Nuestros antepasados han vivido y han muerto como judíos. Pertenecemos al linaje de Israel. Somos los frutos de un tronco muy viejo.

—¿Somos judíos? —una mueca le deformó la cara.

—Así es.

—Yo no quiero ser… no quiero ser eso.

—¿Puede el naranjo no ser naranjo?, ¿puede el león no ser león?

—Pero nosotros somos cristianos. Además —se le falseó la voz— los judíos son pérfidos.

—¿Somos nosotros pérfidos, acaso?

—Los judíos mataron a nuestro Señor Jesucristo.

—¿Yo lo maté?

—No… —se le dibujó una sonrisa forzada—. Claro que no. Pero los judíos…

—Yo soy judío.

—Los judíos lo mataron, lo crucificaron.

—¿Tú lo mataste? Tú eres judío.

—¡Dios y la Santísima Virgen me protejan! ¡No, por supuesto que no! —se persignó horrorizado.

—Si no fuiste tú ni yo, es evidente que “los judíos”, que “todos los judíos”, no somos culpables. Además, Jesús era tan judío como nosotros. Me corrijo, Diego: era quizá más judío que nosotros porque se educó, creció y predicó en ciudades manifiestamente judías. Muchos de quienes lo adoran, en verdad aborrecen su sangre, aborrecen la sangre judía de Jesús. Tienen boñiga en el entendimiento: odian lo que aman. No logran ver cuán cerca está de Jesús cada judío por el sólo hecho de pertenecer a su mismo linaje y su misma historia plagada de sufrimientos.

—¿Entonces, papá, nosotros… quiero decir, los judíos, no lo matamos?

—Yo no he participado ni de su arresto, ni de su juicio, ni de su crucifixión. ¿Has participado tú? ¿O mi padre? ¿O mi abuelo?

Meneó la cabeza.

—¿Te das cuenta de que levantaron una atroz calumnia? Ni siquiera el Evangelio lo afirma. El Evangelio dice que “algunos” judíos pidieron su ajusticiamiento, pero no “todos”: porque si no, hijo mío, habría que incluir a los apóstoles, a su madre, a María Magdalena, a José de Arimatea, a la primera comunidad de cristianos. ¿También son ellos unos criminales irredimibles? ¡Qué absurdo! ¿verdad? A Jesús, al judío Jesús lo arrestó el poder de Roma, que sojuzgaba a Judea. Fueron los romanos quienes lo torturaron en sus calabozos, en los mismos calabozos donde torturaban a cientos de otros judíos como él y como nosotros. Los romanos inventaron la corona de espinas para burlarse del judío que pretendía ser Rey y liberar a sus hermanos. La muerte por crucifixión también la inventaron ellos y en la cruz no sólo murió Jesús y un par de ladrones, sino miles de judíos desde antes de que Jesús naciera y hasta mucho después de su muerte. Un romano le clavó su lanza en el costado derecho y soldados romanos echaron suertes para repartirse sus ropas. En cambio fueron judíos quienes lo descendieron piadosamente de la cruz y le brindaron decorosa sepultura. Fueron judíos quienes recordaron y difundieron sus enseñanzas. Sin embargo, Diego, sin embargo —hizo una larga pausa—, no se machaca que “los romanos”, “los romanos y no los judíos” escarnecieron y mataron a Nuestro Señor Jesucristo. No se persigue a los romanos. Ni se exige limpieza de sangre romana.

—¿Por qué esa saña contra los judíos, entonces?

—Porque les desespera nuestra resistencia a someternos.

—Los judíos no aceptan a Nuestro Señor.

—El fondo del conflicto no es religioso. Ellos no anhelan nuestra conversión. No. Eso sería fácil. Ya han convertido a comunidades judías enteras. En verdad, Diego, luchan por nuestra desaparición. La quieren por las buenas o por las malas. Tu bisabuelo fue arrastrado de los cabellos a la pila bautismal y después lo atormentaron porque cambiaba su camisa los días sábados. Tuvo que abandonar España a la fuerza. Pero no se resignó. Llevó consigo la llave de su antigua residencia y le grabó una llamita de tres puntas.

—¿Qué significa?

—Es una letra del alfabeto hebreo: la shin.

—¿Por qué esa letra?

—Porque es el comienzo de muchas palabras: Shemá,“escucha”; shalom,“paz”. Pero, sobre todo, es la primera letra de la palabra shem, que significa “nombre”. Y sobre todos los nombres existe el Shem, el “Nombre”. Es decir, el inefable Nombre de Dios. El Shem, el Nombre, tiene infinito poder. Sobre eso han realizado muchos estudios los cabalistas.

—¿Quiénes?

—Los cabalistas. Ya te explicaré, Diego. Lo esencial, ahora, es que tengas conciencia de la decisión profunda que hemos tomado muchos judíos. La decisión de seguir existiendo, aunque sea mediante la conservación de unos pocos ritos y tradiciones.

Diego lo miraba confundido. No podía absorber ese aluvión de datos y argumentos, sólo podía asombrarse. Francisco, quieto en las sombras, tampoco entendía. Ambos estaban desconcertados, atravesados por un miedo desconocido. Diego en la cama y Francisco en su escondite, respiraban rápido. Las palabras de su padre eran un terremoto que los fragmentaba en porciones contradictorias.

—Pero somos católicos —Diego se resistía a soltarse—. Somos bautizados. Yo hice mi confirmación. Vamos a la iglesia, confesamos. ¿Somos católicos, no?

—Sí, pero a la fuerza. Nada menos que San Agustín dijo algo como esto:“Si somos arrastrados a Cristo, creemos sin desear creer; y sólo se cree cuando se llega a Cristo por el camino de la libertad, no de la violencia”. A nosotros nos han aplicado y nos siguen aplicando la violencia. El efecto es trágico: aparentamos ser católicos por fuera para sobrevivir en la carne, y somos judíos por dentro para sobrevivir en el espíritu.

—Es terrible, papá.

—Lo es. Y lo ha sido para tu bisabuelo y para tu abuelo. Y lo es para mí. ¿Qué pretendemos? Simplemente, que nos dejen ser lo que somos.

—¿Qué debería hacer para… para convertirme en judío?

Su padre rió suavemente.

—No necesitas hacer nada. Ya eres judío. ¿No oyes por ahí que nos califican de “cristianos nuevos”? Te contaré nuestra historia, hijo. Es una historia admirable, rica, dolorosa. Te explicaré la llamada ley de Moisés,5 la que Dios entregó a nuestro viejo pueblo en el monte Sinaí. Te explicaré muchas tradiciones hermosas que confieren a esta vida dura una enorme dignidad.

Apoyó sus manos en las rodillas, para levantarse.

—Ahora descansa. Y no reveles a nadie nuestro secreto. A nadie.

Miró el vendaje, lo palpó suavemente y arregló las almohadas que elevaban la pierna.

Francisco permaneció en el piso, tembloroso, acurrucado, hasta que llamaron a almorzar. Entonces se escabulló sin que nadie lo viese.

7

La Academia de los naranjos funcionaba por las tardes, cuando cedía el calor de la siesta. Fray Isidro llegaba puntual y ocupaba su sitio junto a la mesa de algarrobo instalada en el patio. Frotaba sus ojos saltones y apartaba de la frente un ralo mechón de pelo gris. Acomodaba sus elementos y aguardaba que sus alumnos tomaran ubicación. Como cuadraba a la enseñanza, el maestro pretendía ser terrible —sus ojos le ayudaban—, pero no podía ocultar su ternura.

A principios de febrero llegó un día por la mañana, apenas concluyó la misa. Era la primera vez que venía a esa hora. No traía sus útiles. La exagerada palidez del rostro confería a su mirada una desconocida dureza. Pidió reunirse con el licenciado. “¡Perentoriamente!”, exclamó. Francisquito aprovechó para contarle que había conseguido traducir otro verso de Horacio: se lo podía mostrar ahora mismo. El religioso forzó una sonrisa y lo empujó suave hacia un lado.

—Primero tengo que hablar con tu padre.

—Sí, mi padre ya viene —insistió—, leo mientras esperamos.

El fraile no estaba con ganas de concentrarse. Aldonza lo invitó al recibidor y le ofreció chocolate. Agradeció el convite, pero no bebió, y ni siquiera se sentó. Cuando apareció el médico se abalanzó sobre él con una urgencia que daba susto. Lo aferró del brazo y murmuró unas palabras a la oreja. Ambos se alejaron hacia el fondo de la casa. Fancisquito miró interrogativo a su madre, que también se puso pálida.

Miraron cómo el fraile movía las manos con inusual nerviosismo, pero no pudieron escuchar qué estaba diciendo. El alboroto de los pájaros en el alegre naranjal disonaba con la angustia que convulsionaba al anciano maestro. Don Diego lo escuchaba con pasmo.

Al regresar del fondo Aldonza volvió a ofrecerle chocolate, pero el religioso se excusó con un susurro y salió a paso veloz, cabizbajo, apretando con ambas manos el tenso crucifijo.

De pronto la apacible mañana estalló en movimientos. La eficiente y leal Aldonza —instruida lacónicamente por su marido— ordenó preparar arcones, cofres y cajas: limpiarlos, distribuirlos, después guardar en ellos todos los objetos de la casa. “¿Han oído? Todos los objetos. Desarmen los muebles grandes y átenlos de tal forma que ocupen el menor espacio posible.” Luis y Catalina la escucharon sin dar crédito a sus oídos. Enseguida los cuatro hijos y la misma Aldonza se sumaron a la tarea.

Don Diego se vistió y salió a visitar a sus enfermos, tal como lo hacía cada mañana; retornó para el almuerzo. Cuando se sentaron a la mesa distribuyó el pan, aguardó que sirvieran el guisado y dijo que les transmitiría la importante noticia que estaban esperando:

—Dejamos esta ciudad.

No podía ser otro el motivo de la súbita locura que corría por los dormitorios, el comedor, el patio, el recibidor, la cocina. ¿Por qué nos vamos?, ¿por qué tanto apuro? El padre comía lento, como de costumbre (¿o comía así con esfuerzo, para transmitir serenidad?). Untaba en pan la salsa de su plato mientras explicaba que este cambio sería beneficioso para la familia: hacía mucho que él lo estaba planificando, casi esperando (¿mintió?). Llegó la oportunidad: esta noche partía una caravana hacia el Sur y convenía aprovecharla.

—¡¿Esta noche?! —exclamaron al unísono Isabel y Felipa.

—Además —agregó con énfasis, decidido a bloquear el pánico—, nos gustará el nuevo hogar: nos mudamos a Córdoba.

—¿Córdoba? —repitió Francisquito, asombrado.

—Así es. Una pequeña y deliciosa población rodeada por suaves serranías y cruzada por un río apacible. Más tranquila que esta Ibatín amenazada por la jungla, los calchaquíes y las crecientes. Viviremos mejor.

El niño preguntó si se parecía a la Córdoba de sus antepasados. Don Diego respondió que sí, que por eso su fundador le había impuesto aquel nombre.

Felipa se interesó por la duración del viaje.

—Unos quince días.

Isabel no escuchaba. Con el mentón hundido sobre el pecho, se sacudía en forma rítmica y contenida. Su madre le rodeó los hombros. Entre hipos y desborde de lágrimas carraspeó:

—¿Por qué…, por qué nos vamos? Esto es una huida.

Aldonza le secó las mejillas, dulcemente, y le cerró los labios. A Francisquito le irritó la falta de seso de su hermana. Y su falta de interés por la legendaria ciudad de sus antepasados. Pero de súbito comprendió que ella tenía razón, que dejaban para siempre Ibatín y que lo hacían con demasiado apuro. Se le anudó la garganta.

Felipa también se puso a llorar. El único que permanecía calmo era el joven Diego. ¿Qué sabía Diego? Desde su accidente empezó a mantener largas charlas con su padre, lo acompañaba en sus recorridas médicas, de noche leían juntos en el cuarto privado. ¿Qué sabía, pues, Diego?

—¿Por qué no nos vamos con otra caravana? —Francisquito pretendió ofrecer la propuesta que aliviaría a todos. El padre evitó contestarle y pidió que trajesen más guisado. Durante el almuerzo Aldonza no dijo una frase. Con su habitual sumisión, acataba la voluntad del marido. Tenía duros cuestionamientos, pero los sepultaba en su pecho. Amaba a su marido y a su familia; además, había sido educada como una buena mujer de su tiempo: dulce y obediente.

La infaltable siesta fue breve e incómoda. El desorden ya había invadido todos los meandros. Los acontecimientos rodaban ansiosos, lastimaban. Francisquito aprendió desde esa tierna edad que se puede mover una familia y su patrimonio íntegro en una jornada, así como despedirse del vecindario, repartir explicaciones para calmar su curiosidad infinita y contratar un albacea que se encargue de cobrar el dinero adeudado. Este precoz ejercicio, vivido entonces con inocencia, le fue útil años después.

Al atardecer llegó una carreta. Se instaló ante la puerta de calle. Sobre las gigantescas ruedas se elevaba la impresionante caja revestida de cuero. Los dos bueyes uncidos al yugo hacían resonar los trompetazos de sus hocicos. Varios peones se acoplaron a la servidumbre y empezó el desfile de arcas y muebles. Aldonza, con indisimulable tensión, imploraba que levantasen con cuidado ese escritorio y que depositasen con dulzura aquel cofre, que no golpearan los bordes torneados del armario y ataran bien los apoyabrazos de unas sillas. Varias mesas, calderas, almohadones, recuerdos, frazadas, ollas, camas, jergones, ropa, candelabros, alfombras, lágrimas, bacinillas, petacas, suspiros y vasijas caminaron aceleradamente desde el interior de la casa al interior de la carreta.

Los cuartos quedaron vacíos y lóbregos. Francisco le habló al eco, ese nuevo e invisible habitante que había ocupado el lugar de su familia. Unas cuantas velas desparramadas iluminaron la última noche, en la que nadie durmió porque no quedaban ni las esteras de junco. El padre se ocupó de apagarlas una por una, como si concluyera una ceremonia. La casa era un muerto que abandonaban respetuosamente, y con una indefinible opresión.

Cuando creyó que todos dormían, don Diego salió al patio. A través de la fronda descendía una tenue luminosidad. Permaneció quieto en medio de sus queridos naranjos, mirando las ramas, sus escondidos frutos y la lenta respiración vegetal. Formaban un toldo enigmático a través de cuyo tejido parpadeaban las estrellas. Se concentró en una muy brillante. Y le confió sus temores. Después pronunció, en voz muy baja, salmos que elogian la belleza de la noche y el perfume de las plantas. Por último, confió a la atenta estrella su deseo de volver: había soñado instalarse en ese lugar para siempre. No era, por lo visto, la voluntad del Señor. Caminó hacia uno de los árboles y apoyó su espalda. Se inmovilizó para absorber la humedad. Hizo suyas las hojas y las ramas, el aroma y la frescura, como si trasladase un templo de materia a su espíritu, para transformarlo en portátil. Rogó a Dios que no lo atrapasen en el peligroso camino.

Debían partir antes del amanecer. La luna aún espolvoreaba sal sobre los techos. Don Diego regresó a los cuartos desnudos y fue pronunciando con suavidad los nombres de Aldonza, Diego, Isabel, Felipa y Francisco. Los esclavos Luis y Catalina no necesitaban ser convocados: ya estaban listos, con los últimos bultos sobre la cabeza.

Hubo una penosa resistencia final de Isabel y Felipa: se prendieron a la jamba de una puerta y, llorando, encogidas, insistieron en quedarse. Por último treparon al vientre oscuro de otra carreta por una escalerilla adosada a la abertura posterior. Francisco avanzó con curiosidad sobre el piso apenas iluminado por una linterna colgante. Varios jergones se distribuían a lo largo del colosal tubo. A los lados se elevaban estacas de madera sobre las que iba cosido un entramado cubierto de cueros. El techo estaba constituido por arcos de madera flexible que formaban una estructura ovalada sobre cuyo exterior debía resbalar la lluvia. El enorme cilindro parecía una reducida nave de iglesia suspendida en el aire. Le dio sensación de abrigo, quizá de asfixia. Buscó dónde instalarse entre los blandos bultos y las personas. Prefirió ubicarse adelante, para ver el camino. Tropezó con una pila de mantas y unas piernas.

Asombro y alegría se condensaron: un hombre estaba apoyado contra una estaca. Lo distinguió en la penumbra, gracias al trozo de mejilla que le iluminaba la linterna.

—¡Fray Isidro! ¿Qué hace aquí?

El anciano sacerdote recogió sus piernas para que el niño siguiera avanzando. Pero Francisco decidió quedarse a su lado.

Don Diego controló la presencia de toda su familia pronunciando otra vez los nombres y esforzándose por verlos a través de la oscuridad. También preguntó por los esclavos. Aldonza distribuyó mantas. La carreta se puso en movimiento con una sacudida.

Chirrió el eje y crujieron doloridos los tirantes. La caja se bamboleó espasmódicamente hasta que fue adquiriendo un ritmo singular, lento, como el de un barco fantástico. Cruzaron la plaza mayor, estaba desierta. La iglesia y el Cabildo enfrentados resplandecían como espectros. La picota donde hacía poco habían ahorcado a un ladrón casi ni se veía. Los bueyes avanzaron entonces hacia el Este y después torcieron hacia el Sur. Recorrieron el barrio de los artesanos: los talleres eran sepulcros. Tampoco se distinguía la fronda de los noga ...