Loading...

LA GRAN EPOPEYA

Pacho O'Donnell  

0


Fragmento

Cubierta Portada Dedicatoria Epígrafe 1. La “libre navegación” 2. Las tentadoras riquezas de ultramar 3. El ultimátum francés 4. La sorprendente resistencia 5. El acoso a la Confederación 6. La entrega unitaria 7. Unitarios y federales 8. El proteccionismo y el banco 9. La política agraria de Rosas 10. La estrategia internacional 11. Consecuencias tempranas del bloqueo francés 12. Las dificultades de los “interventores” 13. La hora de la chusma 14. Santa Cruz invade las provincias del Norte 15. Mejor Francia que la Argentina 16. El asesinato de Heredia 17. El ejército “auxiliar” 18. El castigo a un traidor 19. El fin de la guerra contra Bolivia y Perú 20. La obstinación patriótica 21. El apoyo de don José 22. El clero federal 23. La honestidad del Restaurador 24. La muerte de Encarnación 25. El odio de la oligarquía portuaria 26. La inactividad del “Pardejón” 27. La Comisión Argentina 28. Un nuevo jefe para la invasión terrestre 29. La conspiración de los estancieros 30. Los festejos federales 31. Las banderas y la guerra 32. El partido americano versus el partido europeo 33. La amenaza del ejército franco-argentino 34. La retirada del “Ejército Libertador” 35. El santo francés y unitario 36. El terror rosista 37. La venganza federal 38. La espada sin cabeza 39. Las pecunias y la guerra 40. La capitulación de Francia 41. La Patagonia para Chile 42. El “Pardejón” ofrece la paz 43. ¿Francia abandonó la guerra? 44. La contraofensiva unitaria 45. El “terror” de 1842 46. La personalidad de Rosas 47. Un engaño victorioso 48. La amistad de don José y don Juan Manuel 49. Los “bonoleros” 50. Prepararse para la nueva invasión 51. Planes para la segunda “intervención” 52. Brasil y la invasión europea 53. Juicios sobre el Restaurador 54. El imperialismo británico y la Argentina 55. Las impresiones de un espía 56. La “Argentina Grande” 57. El ultimátum anglo-francés 58. Los negocios de la “intervención” 59. Para evitar el desagrado 60. El colaboracionismo unitario 61. Rosas y el mundo 62. Orinar al embajador 63. Un penique por cadáver 64. La invasión inminente 65. El revisionismo histórico 66. Ganar mercados a cañonazos 67. El chacal italiano 68. La importancia de la opinión pública 69. Preparativos para la guerra 70. El combate inminente 71. La posición del Libertador 72. El Combate de la Vuelta de Obligado 73. El heroísmo patriota 74. La bandera que regresó a la Patria 75. La herida de Mansilla 76. Ganar una batalla no significa haber ganado la guerra 77. “Su estruendo resonó en mi corazón” 78. Tonelero, San Lorenzo, Quebracho 79. “Un tajo de pillo” 80. El calvario de los “interventores” 81. El triunfo patriota 82. Las Bases Hood 83. Siguen las negociaciones 84. Reconstruir el virreinato 85. El informe de un espía inglés 86. El romance de la princesa y el barón 87. El Tratado de Alcaraz 88. Nuevas diferencias entre Inglaterra y Francia 89. La “mediación” de Urquiza 90. La obstinación negociadora 91. La insolencia inaudita 92. La rendición de Gran Bretaña 93. ¿Por qué Rosas se exilió en Inglaterra? 94. La rendición de Francia Bibliografía Biografía Otros títulos del autor Créditos Grupo Santillana

A Marina.

Con amor, gratitud,

deseo y admiración.

Librado el 20 de noviembre de 1845, el Combate de la Vuelta de Obligado abarca acciones desarrolladas no sólo en ese recodo del río, la célebre “vuelta”, sino también en Tonelero, Quebracho, San Lorenzo y otros parajes a lo largo del Paraná. Junto con el cruce de los Andes, el Combate de la Vuelta de Obligado conforma la mayor epopeya militar de la historia Argentina. Razones que analizaremos en estas páginas han oscurecido lamentable e intencionalmente esta gesta, retaceándole el homenaje y la admiración que la sangre derramada en defensa de la soberanía de nuestra Patria merece.

1
La “libre navegación”

La batalla de Waterloo —librada el 18 de junio de 1815 con el triunfo de las tropas británicas, holandesas y alemanas conducidas por el duque de Wellington, a las que se sumaron las prusianas del mariscal Blucher— determinó la desaparición de Napoleón Bonaparte del escenario político mundial. Entre octubre de 1814 y junio de 1815, las naciones victoriosas se reunieron en el Congreso de Viena, bajo la presidencia del austríaco príncipe de Metternich, para rearmar el mapa político de Europa. Como resultado de esas deliberaciones se firmaron varios tratados, reunidos en el Acta Final del Congreso. Uno de esos acuerdos establecía la libre navegación y la uniformidad de tarifas en las tres grandes vías fluviales y comerciales de Europa Central: los ríos Rhin, Weser y Elba. Más tarde, se incorporaron el italiano Po y los ríos polacos Moldava, Vístula y Dniéster. Si bien este criterio tendría vigencia de aplicación urbi et orbi, no se incluyó al Sena, al Loire ni al Támesis, argumentando que las naciones ribereñas mantenían un “derecho perfecto a abrir o cerrar, reglamentar y gravar su navegación en los cuales el comercio extranjero no podría pretender penetrar contra nuestra voluntad, sin atentar contra nuestra soberanía y la inviolabilidad de nuestro imperio”. Esta última cláusula fue obviada cuando los imperios decidieron internarse en los ríos interiores de naciones más débiles.

Luego de varios intentos frustrados en Europa y en América, en 1807 Robert Fulton logró construir el primer barco propulsado a vapor, el Clermont, que durante siete años transportó pasajeros entre las ciudades de Albany y Nueva York. En 1819, se inició la era de los viajes transoceánicos de naves a vapor, cuando el Savannah cruzó por primera vez el Atlántico, aunque ayudándose con las tradicionales velas que poco más adelante ya no fueron necesarias. Desde entonces, la navegación ya no dependió de los vientos, y los vapores de guerra podrían internarse en los ríos interiores gracias a la propulsión de sus motores.

Al respecto, el 15 de febrero de 1841, lord Palmerston, ministro de Relaciones Exteriores inglés, escribió en el periódico londinense Board of Trade: “Hasta el presente el Plata, el Amazonas y el Orinoco y sus afluentes no han sido aprovechados para el tráfico comercial con el interior, pero en el futuro próximo [gracias a la navegación a vapor] podrán usarse esas vías para los propósitos del comercio” (23). De lo que se trataba, entonces, era de convencer a la clases “ilustradas” de los jóvenes países, propensas a asumir como propios los intereses ajenos, de que la “libre navegación” y el “libre comercio” eran principios ligados al progreso y a la civilización o, dicho de otro modo, se trataba de convencerlos de que autorizaran a los imperios —los únicos en condiciones de hacerlo— a remontar esos ríos, sin necesidad de permiso alguno, vulnerando la soberanía de las naciones más débiles.

La “libertad de navegación” fue el pretexto esgrimido por el gobierno británico para imponer su dominio comercial en China durante la “Guerra del Opio”, mecanismo que a continuación aplicaría en América, siguiendo sucesivas etapas de presión:

Recibe antes que nadie historias como ésta