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LA GRAN VENTANA DE LOS SUEñOS

Rodolfo Fogwill  

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Fragmento

Humanitos

Me refiero a un sueño de 1948 o 1949 cuyos episodios, con algunas variantes, se repitieron durante meses, o quizás a lo largo de un año. Pensar lo que era ese mundo protagonizado por los Stalin, Franco, Churchill, Perón, Vargas, Truman, Gandhi y Mossadegh y representado por Alan Ladd en blanco y negro y por Esther Williams en technicolor sería tema de una buena historia que quizá valga la pena escribir. Sería una historia sobre el pensar-acerca-de, y, por supuesto, no sería una historia de aquel mundo sino de éste.

En mi cuarto, sobre una cómoda o por encima de la mesa de noche, a veces por los rincones, otras en el marco de la ventana, habitaba una pareja de hombrecitos. En escala medirían veinticinco o treinta centímetros de altura. El varón y la mujer vestían ropa ajustada e idéntica: pantalón y campera de tela sintética, color beige, y cruzada por cierres de cremallera —zippers—, que por entonces se llamaban “cierres relámpago” y que a nadie se le habría ocurrido utilizar en reemplazo de los ojales y botones de la ropa de calle. Por entonces no habían llegado a Sudamérica cortes de nylon, y la única tela sintética disponible —y que nadie habría usado para confeccionar ropa— era el rayón, que se usaba para forrar vestidos y tal vez para adornar alguna ropa interior femenina.

Los hombrecitos —la pareja— eran míos. Por entonces, regía un tabú: los varones jamás jugaban con muñecos ni podían poseer otras réplicas humanas que los soldados de plomo y las convencionales estatuillas de Jesús, la Virgen y los tantos santos milagrosos. Pero yo, secretamente, tenía a esta pareja que se comunicaba entre sí en inglés. Ella debía estar moldeada sobre la imagen de una actriz de cine americano. Él tenía todas las características del héroe militar norteamericano y, en mi recuerdo, sólo difer

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