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LA HABITACIóN PROHIBIDA

Sasha Grey  

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Fragmento

Prólogo

Pregúntate lo siguiente.

Si dispusieras de la clave para desvelar los secretos del mundo, ¿no querrías usarla?

Si pudieras pillar a los ricos y poderosos desnudos, in flagrante delicto, con todas sus perversiones y preferencias expuestas a la luz, ¿no te tentaría?

Si es esto lo que quieres, acompáñame.

Pero antes, una advertencia: una vez que cruces el umbral, nada volverá a ser lo mismo.

Tú no volverás a ser la misma.

Yo ya no lo soy.

Hace casi cuatro años, una estatua de Pan fue testigo de cómo se hacía añicos mi vida en una plataforma, cuando uno de los hombres más poderosos del mundo me señaló como su igual. No, no como su igual… como una de los suyos, como alguien similar, porque lo cierto es que no somos exactamente iguales. Podría protestar hasta quedarme ronca, pero mi código moral me condujo a la misma habitación oscura que DeVille, y no puedo negar que una parte de mí pertenecía a aquel lugar. A una parte de mí le encantó apretarle el cuello.

Una parte de mí sigue allí, flotando en un cielo del color de sus labios sin oxígeno.

Una parte de mí que sabe que no soy como los demás, que no soy como Jack.

Que me parezco demasiado a DeVille y al resto de los miembros de la Sociedad Juliette.

Sin embargo, la mayor parte de mí ha enterrado bien hondo aquella experiencia. Es más fácil fingir que nunca sucedió… sobre todo porque nunca volví a ver a Anna.

Llevo una eternidad sin pensar en mi amiga.

Al principio la silla vacía de Anna a mi espalda en la clase de Marcus tenía mucho peso, estaba cargada con mis expectativas, mis esperanzas y mi frustración por el hecho de que nunca regresaría. Al menos antes de que empezara a detestarla con todas mis fuerzas.

Escogí la frustración por su ausencia antes que creer que una mujer tan alegre como Anna pudiera evaporarse a manos de alguien que no apreciara ni su llama interior ni las curvas que la contenían. Anna era más que una reacción al placer o al dolor. Encerrada en una jaula y usada para darle placer a otro, era como una explosión nuclear.

Pero comprobar la forma en la que estallaba junto con el resto de nosotros era como ver una mecha ya encendida. No podías apartar la vista, y si lo hacías, era tan solo para comprobar las expresiones de quienes estaban a su alrededor. Para medir sus reacciones y decidir cuál debería ser la tuya. Qué se podía compartir con seguridad.

La gente como ella no dura mucho en tu vida.

Hay un motivo por el que dejó de contestar a mis llamadas. Tiene que existir.

Ya que ¿por qué razón iba a desaparecer después de haberme introducido en el estilo de vida que ella seguía con mucha mayor profundidad que yo?

¿Se trataba de eso? ¿Había comprendido que, en el fondo, le daría la espalda a todo y enterraría los recuerdos para llevar una vida normal con mi Jack?

¿Fue la decepción lo que provocó que me diera la espalda? Su ausencia fue un rechazo que me dolió más que cualquier ruptura sentimental.

Tuve que olvidarme de la camaradería de la que habíamos disfrutado. Pensé que había significado mucho más para ella. Supongo que se mantuvo en contacto con las demás personas que conocía; yo, sin embargo, no era lo bastante importante como para que me llamase, de modo que también me olvidé de ella. Al cabo de unos meses, las cosas alocadas y atrevidas que habíamos hecho juntas parecían más sueños que recuerdos.

Tal vez porque las cosas que habíamos compartido eran tan fantasiosas, me resultó más sencillo fingir que las habíamos imaginado y así olvidarme de ellas. Me gradué, encontré trabajo como periodista de sucesos en un periódico. Me acomodé en mi vida con Jack; ambos estábamos demasiado ocupados y agotados por el trabajo como para fijar una fecha en la que pronunciar nuestros votos. A estas alturas no significa más que un mero trámite: ya estoy comprometida con él. La normalidad y la comodidad cubren mis recuerdos de Anna y de la Sociedad Juliette como una cálida manta, y hasta tengo la sensación de que todo eso le sucedió a otra persona.

La vida continúa. Nos olvidamos de las personas que conocíamos y de las personas que fuimos, sobre todo a esa edad.

Nos olvidamos por encima de todo de las cosas que gimen de noche.

¿Le sucede lo mismo a todo aquel que se embarca en un viaje sensorial? ¿Acaban desapareciendo tras haber experimentado demasiado?

No pienso a menudo en Anna. La decepción es humillante.

Y sin embargo…

Resulta una certeza incómoda cuando te echas un vistazo en el espejo y lo que ves hace que quieras encogerte… pero no puedes, porque no puedes cambiarlo. Fue demasiado bueno. Aun así, esa certeza te recorre la piel como una capa de jabón seco que no te enjuagaste bien en la ducha, y siempre está ahí, abrazándote, recordándote a cada paso que tienes que moverte poco a poco para olvidar que tu piel está demasiado tensa.

Como si estuvieras rellena y supieras que, antes o después, se romperá y podrás ser libre.

Cuatro años es mucho tiempo para cambiar, y mudar, y crecer. Cuatro años es mucho tiempo para enterrar bien hondo los recuerdos, hasta que los tienes pegados a los huesos y casi has olvidado a la persona que una vez anheló vivir esas experiencias.

Casi…

¿La personalidad se rinde al deseo?

¿Nuestros deseos nos guían o nos controlan por completo?

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Por regla general, la gente que trabaja en hoteles sabe que lo mejor es no alojarse en uno. Es lo habitual en el sector servicios. Los que trabajan en un aeropuerto tienen su versión del asunto. Te dirán que siempre se llevan la comida de casa y que jamás comen en las cafeterías del aeropuerto. Y lo hacen porque saben algo que tú desconoces: toda la comida que se descarga de los aviones después de aterrizar es un imán para las cucarachas y demás alimañas.

Lo mismo pasa con los empleados de los hoteles. Si no tienen más remedio, solo se alojan en los grandes. Cuanto más grandes, mejor. A ser posible que formen parte de una gran cadena hotelera y que tengan más de mil habitaciones. ¿Por qué?

Porque saben que es la única manera de vencer las estadísticas.

Me explic

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