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LA HABITACIóN PROHIBIDA

Sasha Grey  

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Fragmento

Prólogo

Pregúntate lo siguiente.

Si dispusieras de la clave para desvelar los secretos del mundo, ¿no querrías usarla?

Si pudieras pillar a los ricos y poderosos desnudos, in flagrante delicto, con todas sus perversiones y preferencias expuestas a la luz, ¿no te tentaría?

Si es esto lo que quieres, acompáñame.

Pero antes, una advertencia: una vez que cruces el umbral, nada volverá a ser lo mismo.

Tú no volverás a ser la misma.

Yo ya no lo soy.

Hace casi cuatro años, una estatua de Pan fue testigo de cómo se hacía añicos mi vida en una plataforma, cuando uno de los hombres más poderosos del mundo me señaló como su igual. No, no como su igual… como una de los suyos, como alguien similar, porque lo cierto es que no somos exactamente iguales. Podría protestar hasta quedarme ronca, pero mi código moral me condujo a la misma habitación oscura que DeVille, y no puedo negar que una parte de mí pertenecía a aquel lugar. A una parte de mí le encantó apretarle el cuello.

Recibe antes que nadie historias como ésta

Una parte de mí sigue allí, flotando en un cielo del color de sus labios sin oxígeno.

Una parte de mí que sabe que no soy como los demás, que no soy como Jack.

Que me parezco demasiado a DeVille y al resto de los miembros de la Sociedad Juliette.

Sin embargo, la mayor parte de mí ha enterrado bien hondo aquella experiencia. Es más fácil fingir que nunca sucedió… sobre todo porque nunca volví a ver a Anna.

Llevo una eternidad sin pensar en mi amiga.

Al principio la silla vacía de Anna a mi espalda en la clase de Marcus tenía mucho peso, estaba cargada con mis expectativas, mis esperanzas y mi frustración por el hecho de que nunca regresaría. Al menos antes de que empezara a detestarla con todas mis fuerzas.

Escogí la frustración por su ausencia antes que creer que una mujer tan alegre como Anna pudiera evaporarse a manos de alguien que no apreciara ni su llama interior ni las curvas que la contenían. Anna era más que una reacción al placer o al dolor. Encerrada en una jaula y usada para darle placer a otro, era como una explosión nuclear.

Pero comprobar la forma en la que estallaba junto con el resto de nosotros era como ver una mecha ya encendida. No podías apartar la vista, y si lo hacías, era tan solo para comprobar las expresiones de quienes estaban a su alrededor. Para medir sus reacciones y decidir cuál debería ser la tuya. Qué se podía compartir con seguridad.

La gente como ella no dura mucho en tu vida.

Hay un motivo por el que dejó de contestar a mis llamadas. Tiene que existir.

Ya que ¿por qué razón iba a desaparecer después de haberme introducido en el estilo de vida que ella seguía con mucha mayor profundidad que yo?

¿Se trataba de eso? ¿Había comprendido que, en el fondo, le daría la espalda a todo y enterraría los recuerdos para llevar una vida normal con mi Jack?

¿Fue la decepción lo que provocó que me diera la espalda? Su ausencia fue un rechazo que me dolió más que cualquier ruptura sentimental.

Tuve que olvidarme de la camaradería de la que habíamos disfrutado. Pensé que había significado mucho más para ella. Supongo que se mantuvo en contacto con las demás personas que conocía; yo, sin embargo, no era lo bastante importante como para que me llamase, de modo que también me olvidé de ella. Al cabo de unos meses, las cosas alocadas y atrevidas que habíamos hecho juntas parecían más sueños que recuerdos.

Tal vez porque las cosas que habíamos compartido eran tan fantasiosas, me resultó más sencillo fingir que las habíamos imaginado y así olvidarme de ellas. Me gradué, encontré trabajo como periodista de sucesos en un periódico. Me acomodé en mi vida con Jack; ambos estábamos demasiado ocupados y agotados por el trabajo como para fijar una fecha en la que pronunciar nuestros votos. A estas alturas no significa más que un mero trámite: ya estoy comprometida con él. La normalidad y la comodidad cubren mis recuerdos de Anna y de la Sociedad Juliette como una cálida manta, y hasta tengo la sensación de que todo eso le sucedió a otra persona.

La vida continúa. Nos olvidamos de las personas que conocíamos y de las personas que fuimos, sobre todo a esa edad.

Nos olvidamos por encima de todo de las cosas que gimen de noche.

¿Le sucede lo mismo a todo aquel que se embarca en un viaje sensorial? ¿Acaban desapareciendo tras haber experimentado demasiado?

No pienso a menudo en Anna. La decepción es humillante.

Y sin embargo…

Resulta una certeza incómoda cuando te echas un vistazo en el espejo y lo que ves hace que quieras encogerte… pero no puedes, porque no puedes cambiarlo. Fue demasiado bueno. Aun así, esa certeza te recorre la piel como una capa de jabón seco que no te enjuagaste bien en la ducha, y siempre está ahí, abrazándote, recordándote a cada paso que tienes que moverte poco a poco para olvidar que tu piel está demasiado tensa.

Como si estuvieras rellena y supieras que, antes o después, se romperá y podrás ser libre.

Cuatro años es mucho tiempo para cambiar, y mudar, y crecer. Cuatro años es mucho tiempo para enterrar bien hondo los recuerdos, hasta que los tienes pegados a los huesos y casi has olvidado a la persona que una vez anheló vivir esas experiencias.

Casi…

¿La personalidad se rinde al deseo?

¿Nuestros deseos nos guían o nos controlan por completo?

1

Por regla general, la gente que trabaja en hoteles sabe que lo mejor es no alojarse en uno. Es lo habitual en el sector servicios. Los que trabajan en un aeropuerto tienen su versión del asunto. Te dirán que siempre se llevan la comida de casa y que jamás comen en las cafeterías del aeropuerto. Y lo hacen porque saben algo que tú desconoces: toda la comida que se descarga de los aviones después de aterrizar es un imán para las cucarachas y demás alimañas.

Lo mismo pasa con los empleados de los hoteles. Si no tienen más remedio, solo se alojan en los grandes. Cuanto más grandes, mejor. A ser posible que formen parte de una gran cadena hotelera y que tengan más de mil habitaciones. ¿Por qué?

Porque saben que es la única manera de vencer las estadísticas.

Me explico.

En algún momento de su historia, todos los hoteles del mundo han tenido un huésped que se ha registrado al llegar, pero que luego no ha formalizado la salida. Bueno, sí que se ha ido, pero sin pagar la cuenta.

Si alguna vez te has alojado en un hotel, sabrás que eso es algo casi imposible a menos que tu estancia sea gratuita y, en el caso que nos ocupa, te aseguro que no es así. De manera que tenemos entre manos una paradoja que se solucionaría si el huésped que se aloja en la habitación cumple una condición muy concreta.

Que haya muerto.

Los científicos han llevado a cabo estudios estadísticos sobre este tema. El número de personas que ha muerto en hoteles, el número de hoteles en los que ha fallecido alguien estando en su interior. Se trata de un hecho. No de una circunstancia extraña. Algo más habitual de lo que crees. Porque sucede casi a diario.

Digamos que llega una excursión de jubilados a un hotel. La probabilidad de que uno de ellos baje del autobús y no vuelva a subir es muy alta. Él o ella ni siquiera tendrá la oportunidad de jugar un partido completo de minigolf.

Según los datos que se pueden consultar en internet, el número de hoteles en el mundo asciende a 187.000, con un total de 17.300.000 habitaciones. Eso significa que vayas a donde vayas, te alojes en el hotel que te alojes, ya sea en temporada alta o baja, la posibilidad de que duermas con un muerto en el hotel es de un noventa y tres por ciento.

Tal vez creas que es un riesgo asumible, algo con lo que puedes convivir.

Espera.

Ni siquiera sabes cómo ha muerto esa persona.

Hay varias opciones. Te lo advierto, van empeorando.

En primer lugar, están las muertes naturales. Aquí se incluyen todas las enfermedades repentinas, los virus o las superbacterias, los infartos, los aneurismas, los ictus, las hemorragias masivas o (agárrate que vienen curvas) la combustión espontánea.

No te rías. Porque ha sucedido. Y no tiene ni pizca de gracia cuando eres tú quien ha de limpiar el desaguisado de después. Pero ya llegaremos a ese punto.

En segundo lugar, están las muertes accidentales. Un mal uso de un aparato eléctrico en el baño puede acabar provocando una descarga letal. Un tropiezo o una caída después de una noche muy larga en el bar del hotel puede terminar por provocar un traumatismo craneal grave, un corte o una amputación, que deriven en una hemorragia mortal. Esa última copa para bajar las pastillas antes de irte a dormir puede significar que la llamada para despertarte al día siguiente se quede sin contestar.

En tercer lugar, están los suicidios, en cuyo caso hay algunos factores que son para morirse, nunca mejor dicho. Uno: las muertes siempre suceden dentro de la habitación, porque no puedes abrir la ventana para saltar. Dos: dado que hay pocos objetos a mano, el método tiene que ser creativo y efectivo. Y tres: el cuerpo no se descubrirá de inmediato. Porque si decides suicidarte en la habitación de un hotel, lo primero que harás será colgar el cartel de NO MOLESTAR en la puerta.

Y por último, tenemos los asesinatos. La tasa de homicidios que se producen en un hotel va justo por detrás de la tasa de homicidios que se producen en los domicilios particulares. Pero prefiero dejarle a tu imaginación los detalles más macabros. Solo hay una cosa cierta: los asesinatos nunca son agradables.

Llegados a este punto, vamos a dedicarle unos minutos a la persona que tiene que limpiar después: la camarera de habitación. El trabajo de camarera de habitación no está bien pagado. Es de los peores que hay.

Las personas que limpian la escena de un crimen son especialistas en su campo. Limpian la moqueta, las alfombras, las sábanas y la tapicería de los muebles para quitar cualquier mancha deplorable y desinfectar por completo el entorno. Cuando acaban, es como si allí no hubiera pasado nada. Por ese motivo, los mejores tienen sueldos de seis cifras. Hasta el pobre desgraciado a quien le toca limpiar después de rodar una escena porno (los llaman «friegasemen», pero jamás se lo dicen a la cara) percibe un salario digno.

Una camarera de hotel tiene que hacer el mismo trabajo en menos tiempo, de quince a treinta veces al día, todos los días, a cambio del salario mínimo y cualquier cosa que los huéspedes hayan olvidado debajo de la almohada, aunque no hay garantías de que se trate de dinero.

Pero si hace bien su trabajo, cuando entras por primera vez en la habitación, hay dos ideas que jamás se te pasarán por la cabeza. La primera es: «¿Quién ha muerto aquí?». Y la segunda: «¿Quiénes han sido los últimos que han follado en esta cama?».

Lo que me recuerda que existe una última categoría que se me ha olvidado mencionar. Una que definitivamente merece una tipología propia: el último polvo.

Si te interesa el tema, y seguramente te habrás dado cuenta de que a mí sí, siempre hay una historia que casi todos los empleados de hotel se mueren por contar, y lo harán si insistes un poco. En serio, la han explicado tantas veces que al final se ha convertido en una leyenda urbana. Así que perdóname si la adorno un poco.

Esta historia comienza con un hombre y una mujer registrándose en un hotel. Han reservado la mejor habitación del establecimiento: la suite más lujosa. El oficio de él no es relevante. Puede ser un inversor, un abogado corporativo, un empresario tecnológico o tal vez un contrabandista. Lo importante es que está Forrado. Sí, con mayúscula. De manera que tiene el mundo a sus pies. Algo bueno, porque no lo conseguiría ni por su aspecto físico ni por su encanto.

Si quieres más detalles, este tío es la personificación de la palabra «feo». Alto pero muy gordo, con los mofletes colorados, los ojos pequeños y juntos, y una sonrisa falsa. Además tiene un problema de humedad, llamémoslo así. Vamos, que suda. Mucho. Por tanto, va acompañado de un olor nauseabundo. Huele como un baño de caballeros que lleva un tiempo sin limpiarse a fondo.

La mujer que lo acompaña es su novia. Pero solo durante esa noche, tú ya me entiendes. Y es su polo opuesto. Diminuta, más o menos podría decirse que mide un tercio de su persona y que es la personificación del sexo. Rubia y con el pelo rizado hasta los hombros, al estilo de Shirley Temple, con el rostro en forma de corazón y unos labios carnosos y suaves. Su cuerpo es una obra de arte, con curvas perfectas como las de la Venus de Milo: pechos pequeños y turgentes, cintura estrecha y un buen culo, de esos que despiertan el deseo de enterrar la cara en él.

Y en el momento que nos ocupa, eso es justo lo que está haciendo el hombre. Ella está desnuda y a cuatro patas en una cama doble y él está detrás, con la cara entre sus glúteos, dándose un festín (algo normal en él) y oliéndola como si fuera un cerdo en busca de trufas. El olor de su culo y de su coño se asemeja a la ambrosía, dulce y ácido al mismo tiempo, y lo está volviendo loco.

Ese hombre está en el paraíso. Tiene entre manos un banquete inimaginable. Y todavía no acaba de creerse lo que le está pasando. Porque se está tirando a una tía buenísima que, en condiciones normales, ni siquiera lo miraría una vez, mucho menos dos. Y lo mejor de todo es que está participando y encima responde a cada una de sus caricias y embestidas. O eso le parece.

Al cabo de un rato ya la tiene encima. Está gimiendo, suspirando y frotándose contra él, haciendo el numerito completo, entregándose al máximo, intentando que él se corra. Porque, aunque las apariencias digan lo contrario, ese tío solo le provoca náuseas, y lo único que le apetece es meterse en la ducha para librarse de su hedor. Pero no se corre.

Tendrá que recurrir al as que siempre esconde en la manga y que solo usa en circunstancias especiales, como último recurso, cuando todo lo demás falla. En esa ocasión, quiere que se corra y que lo haga ya. Así que decide acelerar las cosas y usar su arma secreta. Algo que solo funciona si se da el factor sorpresa.

Acaba de colocarse en la posición adecuada, a horcajadas sobre él, pero dándole la espalda, de manera que ese tío solo ve su culo perfecto subiendo y bajando una y otra vez con un ritmo enloquecedor. Se inclina hacia delante para que disfrute de una panorámica todavía mejor y espera el pie, ese gemido atormentado que a veces sueltan los hombres cuando empiezan a perder el control. Cuando lo oye, le mete el dedo corazón en el culo. Y lo gira.

Si no lo hace en el momento adecuado, un recurso de ese tipo puede convertirse en un jarro de agua fría. Porque los tíos se acojonan cuando los tocas cerca del culo. Pero si los pillas por sorpresa, se corren antes de que se hayan dado cuenta de lo que está pasando. Después, ni siquiera lo mencionan, y fingen que jamás ha sucedido. Y eso es porque, al igual que los empleados de los hoteles y de los aeropuertos, esa mujer sabe algo que los hombres desconocen.

En este caso, ella sabe que a los hombres les gusta, pero que no son capaces de admitirlo.

La chica le mete el dedo corazón en el culo hasta la mitad, lo justo para asegurarse de que funciona, y descubre que la cosa marcha mejor de lo que esperaba, mejor que nunca, de hecho. Porque, de repente, el tío eyacula y, ¡pum!, le explota el corazón a la vez.

El momento añade un nuevo significado a la expresión «orgasmo múltiple», ¿no te parece?

Existe otra versión de la historia. El escenario es el mismo, salvo por un pequeño detalle: cambia la postura. Es él quien está encima de la chica, follándosela, y ella lo rodea con un brazo para meterle el dedo. A él se le funden los fusibles, ¡pum!, así sin más, y se desploma sobre ella como si fuera un gigantesco monolito y… en fin, ya te imaginas el resto.

No importa demasiado quiénes eran esas personas. Sus nombres acaban por borrarse del registro del hotel, como si nunca hubieran existido. Alguien elabora una historia medianamente creíble para salvaguardar su dignidad y evitarles la vergüenza. Todo se oculta. Nadie sabe nada.

¿Quieres saber por qué?

Porque los hoteles son como embajadas. Semilleros de actividades encubiertas que tienen lugar fuera del alcance de la ley. Depósitos de secretos y transgresiones. Un lugar donde se entierran todos los cuerpos.

Y seguro que te estás preguntando: «¿Adónde nos lleva todo esto?». Buena pregunta. Ahora mismo te lo explico.

Verás, Inanna era una de esas personas con acceso a todo lo exclusivo. Al igual que la rubia, era una experta en su campo, una profesional. Pero a diferencia de la rubia, no era ese tipo de profesional. Lo hacía solo porque le gustaba, porque quería descubrir los límites del deseo femenino, conocerse mejor. Consiguió cierta reputación y se convirtió en objeto de deseo para algunas de las personas más poderosas del planeta. Gracias a esa reputación, descubrió cosas, los secretos y transgresiones que los hoteles se empeñan en ocultar.

Tal vez Inanna mantuviera su vida profesional y su vida privada separadas, y al igual que Einstein en la oficina de patentes, esa fuera su forma de evadirse y sumergirse en algo totalmente distinto como fuente de inspiración.

O tal vez hay algo secreto en el hotel que nos ocupa, teniendo en cuenta que no lo he encontrado en ningún puto buscador o mapa online.

Lo único que sé es que soy incapaz de localizarla para que hable por sí misma. Y necesito saber más, porque intuyo que su experiencia es similar a la mía y tal vez ella tenga las respuestas que yo llevo buscando tanto tiempo.

El hotel, el último lugar donde se sabe que estuvo trabajando, es tan exclusivo que no aparece en guía ni mapa alguno. No podrías reservar habitación en él aunque quisieras. Algo que no es tan extraño como parece.

Porque ese es otro detalle que el sector hotelero quiere que desconozcas. Hay hoteles secretos repartidos por todo el mundo que no son lo que parecen. Si miraras por la ventana de la habitación de uno de dichos hoteles, jurarías que estás en París, Roma, Nueva York o Tokio, alguna de las ciudades más glamurosas del mundo. En realidad, se trata de una habitación sin vistas, como si fuera un set de rodaje antiguo cuyas ventanas no son sino fotografías o imágenes, y que en realidad está situado en un lugar remoto y desolado de China o de los Emiratos Árabes, apartado de las miradas curiosas. La habitación es un estereotipo, un prototipo, de un cuarto de hotel que todavía no se ha construido, y su propósito es el de permitir que los arquitectos puedan poner a prueba sus nuevos diseños y adaptarlos perfectamente a las exigencias de sus clientes.

De la misma manera, también existen pueblos que parecen salidos de Oriente Medio situados en los confines de Luisiana y de Dakota del Norte, habitados por actores vestidos como nativos que venden latas baratas de imitación de Coca-Cola. Todo se recrea hasta el mínimo detalle para volarlo después con la última tecnología armamentística. Es una forma de probar y refinar las nuevas estrategias militares y de minimizar el riesgo de bajas antes de usarlas en el campo de batalla.

Estos hoteles comparten el mismo propósito. Salvo por las armas, la munición y la sangre falsa. Ofrecen un medio seguro para cometer errores a fin de evitarlos después en el mundo real.

2

Las manos suben por mis muslos y me despiertan como si su cuerpo me estuviera contando un secreto. Me quedo quieta, finjo que sigo dormida, para que él continúe con su delicada violación. Si me despierto, sus caricias se volverán exigentes, aunque no lo bastante, y ahora mismo solo me apetece que Jack me acaricie con dulzura.

Con el horario de trabajo que tiene, últimamente solo nos comunicamos a tientas, con manos ávidas que devoran para saciar una necesidad, no para ofrecer placer. Nos usamos el uno al otro para corrernos, y la atracción que nos une es tan electrizante como si siempre estuviéramos despidiéndonos antes de sumirnos en la inconsciencia. Por una vez, ansío que sus manos me saluden con cariño.

Me aparta el pelo por detrás del hombro y me besa en la delicada zona donde el cuello se une al mentón. Sin abrir los ojos del todo veo el intenso color rojo de los números del reloj: son las 2.37 de la madrugada. Jack se ha metido en la cama en mitad de la noche y me está besando como si fuera otro… o como si yo fuera otra.

El ladrón del placer está a mi entera disposición. Siento en los dedos el deseo de acariciarlo para comprobar si ya la tiene dura o si tan solo está tonteando con la idea de hacerme el amor antes de relajarse y quedarse frito.

En ese momento la noto en el muslo, que tengo calentito. La polla dura de Jack. Las pollas son duras, pero suaves. Tal vez la fricción de la masturbación las exfolia.

Suspiro y le acerco el culo para invitarlo a que se pegue más y a disfrutar del calor de mi piel y de la ardiente humedad que tengo entre los muslos.

Sus manos vagan por la parte posterior de mi pierna, explorando, torturando, quemándome con su suavidad. Me gustaría que me despertara con un polvo salvaje. Nada de delicadeza como si me estuviera pidiendo permiso, a la espera de que yo esté preparada. Quiero que me folle como si no hubiera un mañana y quiero despertarme con su polla dentro, sorprendida antes de darme cuenta de que es él.

Pero Jack es demasiado agradable, demasiado bueno como para no alarmarse por semejante fantasía, de manera que la escondo cuando me pregunta:

—¿Y si te hago daño?

«A veces quiero que me duela.» Pero no se lo he dicho porque no quiero ver su expresión escandalizada. Porque cree que me olvidé de «todo eso» hace años.

—Cath… —susurra contra mi oreja antes de metérsela en la boca.

Gimo.

—¿Estás despierta?

Al cuerno con la fantasía. Asiento con la cabeza y me acerco más a él para que me abrace por detrás. Me pellizca un pezón.

Al principio deseaba al tierno de Jack, pero en cuanto fue mío anhelé algo más. Siempre he querido más de él. Sorprendida de repente por lo mucho que lo quiero, me doy la vuelta y lo beso en la boca con pasión mientras él se sitúa encima de mí. Siento en los pezones el roce áspero de la camisa almidonada. Me gusta, pero quiero sentir la calidez de su piel contra la mía.

Se arrodilla para quitarse la camisa y después se agacha para descender por mi abdomen, dejando un reguero de besos, y se detiene sobre mi vello púbico, tras lo cual me separa los muslos.

Me abro de piernas para él, ansiosa por sentir la caricia abrasadora de su lengua en el clítoris. Él se coloca mis piernas sobre los hombros y me da un ávido lametón que me obliga a presionar los talones contra su espalda, movida por el deseo de que lo repita y vaya más allá.

Me sorprende al penetrarme con un dedo, que dobla un poco para acariciarme el punto G. Entierro los dedos en su pelo para acercarlo más e intentar mantenerlo en su sitio mientras muevo las caderas como una bailarina consumada.

Me penetra con la lengua y me acaricia el clítoris con los dedos. Gimo y lloriqueo de placer porque quiero que sepa lo mucho que me gusta, lo mucho que disfruto cuando me despierta de esta manera. Para que sepa que solo quiero más y más de él, de nosotros, de esto.

—Fóllame, Jack. Dame fuerte.

Me da un lametón desde el clítoris hasta la boca y succiona mi lengua, mezclando el sabor de mi deseo con su beso al tiempo que me la mete hasta el fondo.

Echo la cabeza hacia atrás y me abro por completo («Para follarte mejor»), tras lo cual lo rodeo con las piernas y lo aprieto entre los muslos.

Quiero que me domine, que me posea por completo, que me ordene que haga todo lo que le gustaría hacer si por una noche él fuera yo y yo solo fuera una muñeca de carne y hueso creada para su disfrute.

¿Qué haría yo si fuera Jack por un día?

Todo. Me follaría para ver qué se siente cuando me la mete.

Mearía de pie.

Me haría una paja y me la menearía hasta la última gota para comprobar quién tiene mejores orgasmos: los hombres o las mujeres.

Me comería las alitas de pollo extrapicantes que compra de vez en cuando y que me abrasan la lengua, para ver qué siente al disfrutar de algo que yo normalmente odio.

Me movería por ahí sintiéndome masculina y poderosa, con mis hombros anchos y mi culo prieto, y nadie me jodería la vida.

Me dejaría barba hasta que no la aguantara más y después me afeitaría para notar la diferencia.

¿Haría Jack ese tipo de cosas si intercambiáramos nuestros cuerpos?

Me froto contra su polla, excitada de repente por la idea de que Jack use mi cuerpo para explorar lo imposible.

¿Qué haría conmigo?

Si hiciéramos el amor cada uno con el cuerpo del otro, ¿qué revelaría la experiencia? ¿Cambiaría algo? ¿Y si ser él durante el sexo fuera mucho mejor que ser yo y eso me atormentara para siempre? ¿Acabaría resentida con él o él conmigo si se diera el caso contrario?

Quiero preguntarle lo que haría si estuviera en mi cuerpo por un día, oír las cosas que él haría y ver si se parecen a las mías. Separo los labios para hablar, pero me besa en sincronía con su polla y ya nada importa.

Más allá de en qué cuerpo estemos, Jack consigue que el mío vibre.

Entrelaza sus dedos con los míos y me inmoviliza las manos por encima de la cabeza al tiempo que se separa un poco para ver cómo se me mueven las tetas mientras me la mete con la misma pasión con la que John Bonham tocaba la batería. N ...