Loading...

LA HERENCIA

John Grisham  

0


Fragmento

1

Encontraron a Seth Hubbard más o menos donde había prometido estar, aunque no exactamente tal y como esperaban. Colgaba de una soga a metro y medio del suelo, y el viento lo mecía ligeramente. Le encontraron empapado por el paso de un frente, pero ahora ya no importaba... Más tarde se dieron cuenta de que no tenía barro en los zapatos, ni había dejado huellas. Así que lo más seguro era que la lluvia hubiera empezado cuando Seth ya estaba ahorcado y muerto. ¿Por qué era importante ese dato? En el fondo, no lo era.

La logística de ahorcarse en un árbol no es simple. En el caso de Seth, saltaba a la vista que había cuidado todos los detalles. La soga, de cáñamo natural trenzado, tenía un diámetro de dos centímetros: vieja, recia, muy capaz de sostener a Seth, que un mes antes, en la consulta del médico, pesaba más de setenta kilos. Más tarde, un empleado de una de sus fábricas declaró haber visto que su jefe cortaba de un rollo los quince metros para terminar dándole aquel uso tan dramático. Uno de los extremos estaba bien atado a una rama baja, con nudos cuyo aspecto chapucero no estaban reñidos con la resistencia. La otra punta estaba pasada sobre una rama más alta de más de medio metro de diámetro, cuya distancia del suelo era exactamente de seis metros y cuarenta centímetros. Desde la rama, la cuerda caía algo más de dos metros y medio hasta culminar en un nudo impecable al que sin duda Seth había dedicado algún tiempo. Era de manual, con trece vueltas, para que la presión deshiciera la lazada. Los auténticos dogales de verdugo parten el cuello, acelerando y facilitando la muerte. Se notaba que Seth había hecho los deberes. Por lo demás, no había otras señales de resistencia o sufrimiento que las que saltaban a la vista.

Había una escalera de seis peldaños tirada cerca del cuerpo, probablemente derribada con el pie. Tras elegir el árbol, arrojar la soga, atarla y subirse a la escalera, Seth había ajustado el dogal y, una vez hechas las comprobaciones necesarias, había pateado la escalera y había caído. Sus manos colgaban a la altura de los bolsillos.

¿Habría tenido algún momento de duda, de arrepentimiento? Sin la escalera bajo sus pies, pero con las manos libres, ¿habría hecho el gesto instintivo de levantarlas e intentar cogerse a la cuerda en un último y desesperado esfuerzo antes de rendirse? Nadie lo sabría jamás, aunque parecía dudoso. Las pruebas revelarían más adelante que Seth tenía muy claro su objetivo.

Había elegido su mejor traje para la ocasión: grueso, de mezcla de lana, gris oscuro, normalmente reservado para funerales en tiempo más frío. Solo tenía tres trajes. Los ahorcamientos bien hechos tienen el efecto de alargar el cuerpo. Por eso los pantalones solo le llegaban a los tobillos, y la americana a la cintura. Los zapatos negros de vestir estaban lustrosos e impolutos. El nudo de la corbata azul era perfecto. En cambio la camisa blanca se había manchado de sangre por debajo del nudo. En pocas horas se sabría que Seth Hubbard había ido a misa de once en una iglesia de la zona, donde había charlado con algunos conocidos, bromeado con un diácono, depositado una ofrenda en el cepillo y, aparentemente, de bastante buen humor. Se sabía que sufría cáncer de pulmón. Lo que casi nadie sabía era que los médicos le habían dado poco tiempo de vida. Por otro lado, aunque Seth figurase en varias listas de oraciones de la iglesia, llevaba el estigma de dos divorcios que mancillarían para siempre su condición de buen cristiano.

En este sentido, el suicidio no le ayudaría.

El árbol era un viejo sicomoro de su familia desde hacía muchos años. Estaba en un terreno rodeado de árboles cuya madera noble, de gran valor, Seth había tenido que hipotecar en varias ocasiones y sobre la que había erigido su fortuna. Su padre había comprado las tierras en los años treinta, en una operación algo dudosa. Sus dos ex mujeres habían luchado con uñas y dientes para arrebatárselas en las batallas del divorcio, pero Seth había resistido. Se llevaron prácticamente todo lo demás.

El primero en descubrirlo fue Calvin Boggs, un albañil y peón de campo que había trabajado varios años para Seth. Calvin recibió una llamada de su jefe el domingo a primera hora. «Quedamos en el puente a las dos del mediodía», le dijo Seth. Seth no le dio más explicaciones y Calvin era poco dado a hacer preguntas. Si el señor Hubbard le citaba, allí estaría él, donde y cuando dijese. En el último momento el hijo de Calvin, de diez años, suplicó ir con su padre, y Calvin accedió aunque un pálpito se lo desaconsejaba. Atravesaron las tierras de los Hubbard conduciendo varios kilómetros por una sinuosa pista de grava. Calvin sentía curiosidad por la cita. No recordaba haber quedado jamás con su jefe un domingo por la tarde. Sabía que Seth estaba enfermo y se rumoreaba que se estaba muriendo, pero el señor Hubbard era un hombre muy reservado.

El puente no era más que una simple plataforma de madera que cruzaba un riachuelo, infestado de vegetación y serpientes de agua. El señor Hubbard quería sustituirlo desde hacía meses por un gran conducto de hormigón, pero su salud no se lo había permitido. Quedaba cerca de un claro donde se pudrían dos chozas entre los hierbajos, única señal de la existencia de un antiguo y pequeño asentamiento.

El Cadillac último modelo del señor Hubbard estaba aparcado cerca del puente, con la puerta del conductor y del maletero abiertas. Calvin puso el coche detrás, y al ver las dos puertas abiertas tuvo la sensación de que pasaba algo raro. A esas alturas no solo llovía sin parar, sino que se había levantado viento. No tenía sentido que el señor Hubbard hubiera dejado las dos puertas abiertas. Calvin le pidió a su hijo que se quedara dentro de la camioneta. Después dio una vuelta alrededor del coche sin tocarlo. No veía a su jefe por ninguna parte. Respiró profundamente, se secó la cara y contempló el paisaje. Más allá del claro, a unos noventa metros, vio un cuerpo colgando de un árbol. Volvió a la camioneta y le repitió al niño que no saliera ni quitara el seguro, pero era demasiado tarde: su hijo miraba fijamente el sicomoro desde lejos.

—Quédate aquí —le dijo Calvin, muy serio—. Y no salgas.

—Vale.

Caminó sin prisa mientras sus botas resbalaban en el barro y trataba de no perder la calma. No tenía sentido apresurarse. Cuanto más se acercaba, más claro estaba todo. El hombre del traje oscuro que colgaba de la cuerda estaba muerto. Calvin lo reconoció al fin y, al ver la escalera, ordenó rápidamente la secuencia de los hechos. Se alejó sin tocar nada y regresó a la camioneta.

Era el mes de octubre de 1988 y finalmente habían llegado los teléfonos de coche a las zonas rurales de Mississippi. Calvin se había instalado uno en su camioneta por insistencia del señor Hubbard. Llamó a la comisaría del condado de Ford, dio unos cuantos datos y se dispuso a esperar. Protegido del frío por la calefacción, y apaciguado por la voz de Merle Haggard en la radio, miraba fijamente por la ventanilla como si estuviera solo, sin su hijo. Al seguir con los dedos el ritmo del limpiaparabrisas, se sorprendió llorando. El niño estaba asustado y no decía nada.

Media hora después llegaron dos agentes en un solo coche. Mientras se ponían los impermeables, apareció una ambulancia con tres personas dentro. Desde el camino no se veía bien el árbol, pero unos segundos más tarde todos distinguieron a un hombre colgando. Calvin les explicó todo lo que sabía. Los agentes decidieron que lo mejor era proceder como si se hubiera cometido un crimen, así que prohibieron al personal de la ambulancia acercarse al lugar de los hechos. Llegaron sucesivamente otros dos policías, que no encontraron nada útil al registrar el coche. Tomaron fotos y vídeos de Seth, con los ojos cerrados y la cabeza grotescamente torcida a la derecha. El examen de las huellas al pie del árbol no arrojó ninguna prueba de que hubiera habido nadie más. Uno de los policías llevó a Calvin a casa del señor Hubbard, a unos pocos kilómetros de allí. En el asiento trasero iba el niño, tan mudo como antes. La puerta no estaba cerrada con llave. En la mesa de la cocina encontraron una nota donde Seth había escrito pulcramente: «Para Calvin. Por favor, informa a las autoridades de que me he quitado la vida, sin ayuda de nadie. En la hoja adjunta he dejado instrucciones específicas para mi funeral y mi entierro. ¡Sin autopsia! S. H.» Tenía fecha de aquel mismo día: domingo, 2 de octubre de 1988.

Al final los policías dejaron que Calvin se marchara a casa con su hijo. El niño se lanzó en brazos de su madre y no abrió la boca en todo el día.

Ozzie Walls era uno de los dos sheriffs negros de Mississippi. Al otro le habían elegido hacía poco en un condado del Delta con un 70 por ciento de población negra. El condado de Ford era blanco al 74 por ciento, y sin embargo Ozzie había sido elegido y reelegido por amplia mayoría. Los negros le adoraban por ser de los suyos. Los blancos le respetaban por ser un poli duro y una antigua estrella del equipo de fútbol americano del instituto de Clanton. En algunas facetas de la vida del profundo sur, el fútbol empezaba poco a poco a trascender la distinción de razas.

Recibió la llamada justo cuando salía de la iglesia con su mujer y sus cuatro hijos, así que llegó al puente con traje, sin pistola y sin placa. Lo que sí llevaba en el maletero eran unas botas viejas. Acompañado por dos agentes, fue hasta el sicomoro por el barro, bajo un paraguas. A esas alturas el cadáver de Seth ya estaba empapado, con gotas que resbalaban de sus zapatos, su barbilla, sus orejas, la punta de sus dedos y la vuelta de sus pantalones. Ozzie se detuvo a poca distancia de los zapatos, levantó el paraguas y contempló el rostro pálido y patético de un hombre al que solo había visto dos veces.

Había un pasado. En 1983, al presentarse al cargo de sheriff por primera vez contra tres rivales negros, Ozzie andaba escaso de dinero. Un tal Seth Hubbard, a quien no conocía de nada, le llamó por teléfono. Más tarde Ozzie averiguó que era un hombre poco dado a significarse. Vivía en el nordeste del condado de Ford, casi en la frontera con el de Tyler. Dijo que se dedicaba al sector de la madera y que tenía unas cuantas serrerías en Alabama, más alguna que otra fábrica. Su aspecto era de triunfador. Se brindó a sufragar la campaña de Ozzie, pero solo si aceptaba dinero en efectivo: veinticinco mil dólares contantes y sonantes. A puerta cerrada, en su despacho, abrió una caja y le mostró el dinero a Ozzie. Este le explicó que era obligatorio declarar todas las aportaciones, y tal y cual. Seth, a su vez, le explicó que no quería que se declarase la suya: o se la daba en efectivo o no había trato.

—¿Qué quiere a cambio? —preguntó Ozzie.

—Lo único que quiero es que te elijan —contestó Seth.

—No lo veo muy claro.

—¿Crees que a tus rivales les pagan en negro?

—Probablemente.

—Pues claro, no seas tonto.

Ozzie aceptó el dinero, reforzó su campaña, pasó por los pelos la primera votación y a la hora de la verdad machacó a su rival. Luego se presentó dos veces en la oficina de Seth para saludarle y darle las gracias, pero nunca lo encontraba. El señor Hubbard tampoco le devolvía las llamadas. Ozzie buscó discretamente información, pero no se sabía gran cosa del personaje. Corría el rumor, no la certeza, de que se había hecho rico con la venta de muebles. Tenía tierras cerca de su casa, ochenta hectáreas. Nunca recurría a los servicios de ningún despacho de abogados, ni de ninguna compañía de seguros. A la iglesia iba de vez en cuando.

Cuatro años después la oposición a la que se enfrentaba Ozzie era inconsistente. Aun así, Seth quiso quedar con él de todas formas. Una vez más le dio veinticinco mil dólares, y una vez más Seth desapareció. Ahora estaba muerto, ahorcado con su propia soga y empapado por la lluvia.

Por fin llegó Finn Plunkett, el forense del condado. Ya se podría levantar el acta de defunción.

—Vamos a bajarle —dijo Ozzie.

Deshicieron los nudos. Al quedar floja la cuerda, el cuerpo de Seth emprendió su descenso. Lo pusieron en una camilla, tapado con una manta térmica. Lo llevaron a la ambulancia cuatro hombres que sudaron lo suyo para transportarlo. Ozzie cerraba la pequeña procesión, igual de perplejo que los demás.

Durante sus casi cinco años en el cargo había visto muchos muertos: accidentes de tráfico o de otro tipo, unos cuantos asesinatos, algún suicidio... No estaba acostumbrado. Tampoco hastiado. Sabía lo que era llamar a altas horas de la noche a los padres y cónyuges, y seguía temiéndolo.

El bueno de Seth... Y ahora ¿a quién llamaba Ozzie? Sabía que Seth estaba divorciado, pero no si había vuelto a casarse. No tenía información sobre su familia. Rondaría los setenta años. ¿Dónde estaban sus hijos adultos, si es que los tenía?

Bueno, pronto lo averiguaría. De camino a Clanton, seguido por la ambulancia, empezó a hacer llamadas a personas que quizá supieran algo de Seth Hubbard.

2

Jake Brigance miró fijamente los números rojos de su despertador digital. A las 5.29 tendió el brazo, pulsó un botón y bajó con suavidad los pies al suelo. Carla se dio la vuelta y se arrebujó aún más en las mantas. Jake le dio una palmada en el trasero y los buenos días, sin obtener respuesta. Era lunes, laborable. Carla aún dormiría una hora más antes de abandonar la cama a toda prisa y salir disparada con Hanna hacia el colegio. En verano aún dormía hasta más tarde, y ocupaba el día en cosas de chicas y lo que le apeteciese hacer a Hanna. En cambio el horario de Jake casi nunca variaba: se levantaba a las cinco y media, llegaba al Coffee Shop a las seis y se presentaba en el despacho antes de las siete. Pocos atacaban la mañana como Jake Brigance, aunque ahora, desde la madurez de sus treinta y cinco años cumplidos, se preguntase con mayor frecuencia por qué se levantaba tan temprano, y a qué se debía su insistencia por llegar al despacho antes que cualquier otro abogado de Clanton. Las respuestas ya no estaban tan claras como antes. El sueño que albergaba desde la facultad, el de llegar a ser un gran abogado penalista, seguía intacto, como sus ambiciones. Lo que le incordiaba era la realidad. Después de diez años en las trincheras, su despacho seguía repleto de testamentos, escrituras y disputas contractuales de tres al cuarto, sin un solo caso penal decente, ni un solo accidente de tráfico prometedor.

Atrás quedaba su momento de gloria. Carl Lee Hailey había sido absuelto hacía tres años. A veces Jake temía haber tocado techo. Al final, como siempre, desechó sus dudas y se recordó que solo tenía treinta y cinco años. Er

Recibe antes que nadie historias como ésta