Loading...

LA HERMANA PERLA (LAS SIETE HERMANAS 4)

Lucinda Riley  

0


Fragmento

1

Recuerdo con exactitud dónde me encontraba y qué estaba haciendo cuando me enteré de que mi padre había muerto», me dije mientras miraba por la ventanilla hacia la oscuridad absoluta de la noche. De manera intermitente, debajo de mí, se vislumbraba un pequeño núcleo de luces titilantes que señalaba la presencia de una vivienda humana, cada una de las cuales contenía una vida, una familia, un grupo de amigos…

Todo ello cosas que yo ya no creía tener.

Era casi como ver el mundo al revés, porque las luces que había debajo del avión parecían facsímiles menos brillantes de las estrellas que había por encima de mí. Aquello me recordó que uno de mis tutores de la escuela de arte me había dicho una vez que yo pintaba como si no pudiera ver lo que tenía delante. Mi tutor estaba en lo cierto. No veía lo que tenía delante. Los cuadros aparecían en mi mente, no en la realidad. Lo más habitual era que no tuvieran forma animal, mineral y ni siquiera humana, pero eran imágenes potentes, y siempre me sentía impulsada a seguirlas hasta el final.

Como el enorme montón de trastos que había recogido en las chatarrerías de Londres y almacenado en mi estudio del apartamento. Había dedicado semanas a intentar descubrir cómo debían encajar exactamente todas las piezas. Era como trabajar en un cubo de Rubik gigantesco, aunque las materias primas consistían en una lata de gasolina apestosa, un viejo espantapájaros de la festividad de Guy Fawkes, un neumático y una piqueta de metal oxidado. Había cambiado las piezas de lugar una y otra vez, satisfecha justo hasta el momento en que colocaba el último elemento vital, que siempre —dondequiera que lo pusiese— parecía fastidiar la instalación entera.

Apoyé la frente caliente contra el plexiglás frío de la ventanilla, que era lo único que nos separaba a mí y a todos los demás pasajeros del avión de la asfixia y la muerte segura.

«Somos muy vulnerables…»

«No, CeCe —me reprendí con dureza cuando el pánico comenzó a apoderarse de mí—, eres perfectamente capaz de hacer esto sin ella, de verdad.»

Me obligué a volver a pensar en Pa Salt, porque, dado mi arraigado miedo a volar, rememorar el momento en que me había enterado de su muerte me resultaba, por extraño que parezca, un consuelo. Si sucedía lo peor y el avión caía del cielo y todos moríamos, al menos era posible que él estuviera allí, al otro lado, esperándome. Al fin y al cabo, él ya había hecho el viaje hasta allí arriba. Y lo había hecho solo, como lo hacemos todos.

Me estaba poniendo los pantalones vaqueros cuando mi hermana menor, Tiggy, me llamó para decirme que Pa Salt había muerto. Tras analizarlo en retrospectiva, estaba bastante convencida de que no había llegado a entender del todo nada de lo que Tiggy me había dicho. Tan solo podía pensar en cómo iba a contárselo a Star, que adoraba a nuestro padre; sabía que se sentiría totalmente destrozada.

«Tú también lo adorabas, CeCe…»

Y era verdad. Teniendo en cuenta que mi papel en la vida se fundaba en proteger a mi hermana, más vulnerable que yo —en realidad Star era tres meses mayor que yo, pero le había costado empezar a hablar, así que yo siempre había hablado por ella—, me precinté el corazón, me subí la cremallera de los pantalones y me encaminé hacia la sala de estar para comunicárselo a Star.

Mi hermana no había dicho nada, se había limitado a llorar entre mis brazos. Yo había hecho todo lo posible por mantener a raya mis propias lágrimas. Por ella, por Star. Tuve que ser fuerte, porque ella me necesitaba…

«Eso era entonces…»

—Señora, ¿puedo ayudarla en algo?

Una nube de perfume almizclado me invadió desde lo alto. Levanté la vista y vi a la azafata inclinada sobre mí.

—Eh… No, gracias.

—Ha apretado el botón de llamada —me dijo en un susurro exagerado al mismo tiempo que señalaba al resto de los pasajeros, que estaban todos dormidos. Al fin y al cabo, eran las cuatro de la madrugada, según la hora de Londres.

—Lo siento —susurré yo también mientras apartaba el codo culpable del botón que la había alertado.

Típico. La azafata me dedicó el mismo gesto de asentimiento con la cabeza que me había dedicado una de mis profesoras del colegio cuando me vio abrir los ojos durante la plegaria de la mañana. Después, con un frufrú de seda, la mujer desapareció de vuelta a su guarida. Hice cuanto pude por ponerme cómoda y cerré los ojos, pues quería ser como las aproximadamente cuatrocientas almas aleatorias que habían conseguido escapar mediante el sueño del horror de moverse por el aire a toda velocidad dentro de un tubo de aluminio. Como de costumbre, me sentía desplazada, no parte de la multitud.

Claro está, podría haber reservado un billete de primera clase. Todavía me quedaba algo de dinero de mi herencia… pero no tanto como para querer desperdiciarlo en solo unos cuantos centímetros más de espacio. Había invertido la mayor parte de mi dinero en comprar el espectacular apartamento a orillas del Támesis para Star y para mí. Pensaba que lo que mi hermana deseaba era un hogar como es debido, que aquello la haría feliz, pero me había equivocado de pleno…

Y ahora, aquí estaba, sin haber avanzado lo más mínimo desde hacía un año, cuando me había sentado junto a mi hermana en clase turista para atravesar el mundo volando de camino a Tailandia. Pero esta vez Star no iba conmigo, y yo no corría hacia algo, sino que huía de algo…

—¿Le gustaría desayunar, señora?

A pesar de que me sentía adormilada y desorientada, abrí los ojos y alcé la vista hacia la misma azafata que me había hecho una visita en mitad de la noche. Vi que todas las luces de la cabina estaban encendidas y que algunas de las persianas de las ventanillas estaban levantadas y dejaban ver el tinte rosáceo del amanecer.

—No, gracias. Tomaré un café. Solo, por favor.

La azafata asintió y se alejó, y yo me pregunté por qué —dado que había pagado por todo aquello— me sentía culpable por pedir algo.

—¿Adónde vas?

Volví la cara para mirar a mi vecino de asiento, al que hasta entonces solo había visto de perfil. De hecho, no había visto más que una nariz, una boca y un mechón de pelo rubio que asomaba por debajo de una capucha negra. Sin embargo, en aquel momento estaba completamente girado hacia mí, mirándome con fijeza. Me pareció que no tenía más de dieciocho años, pues todavía se le podían apreciar las huellas del acné juvenil en la barbilla y en la frente. A su lado, me sentí como una jubilada.

—A Bangkok, y después seguiré hasta Australia.

—Guay —contestó al tiempo que atacaba su bandeja carcelaria de huevos revueltos incomestibles, beicon demasiado frito y una cosa larga y rosa que aspiraba a pasar por una salchicha—. Yo también iré a Australia más adelante, pero antes quiero echarle un vistazo a Tailandia. Me han dicho que las Fiestas de la Luna Llena son una pasada.

—Lo son.

—¿Has estado?

—Varias veces —contesté, y su pregunta hizo que una selección de recuerdos se descargara de inmediato en mi mente.

—¿Cuál me recomiendas? Según dicen, la de Ko Pha Ngan es la mejor.

—Hace muchísimo que fui por última vez, pero tengo entendido que ahora es enorme… unas dos mil personas. Mi favorita es la de playa Railay, en Krabi. Es muy tranquila, pero supongo que eso depende de lo que busques.

—He oído hablar de Krabi —comentó mientras su mandíbula trabajaba con ahínco para masticar la salchicha—. Me reuniré con mis amigos en Bangkok, así que todavía tenemos un par de semanas para decidirnos antes de que llegue la luna llena. ¿A ti también te esperan amigos en Australia?

—Sí —mentí.

—¿Después de pasar unos días en Bangkok?

—Solo me quedaré una noche.

Percibí su entusiasmo cuando el avión inició el descenso hacia el aeropuerto de Suvarnabhumi y el personal de cabina nos transmitió a los prisioneros el habitual conjunto de normas. «En realidad todo eso es un chiste», pensé mientras cerraba los ojos y trataba de apaciguar mi corazón desbocado. Si el avión se estrellaba, todos moriríamos al instante, independientemente de si mi mesita estaba plegada o no. Supuse que tenían que soltarnos ese rollo para hacer que nos sintiéramos mejor.

El avión aterrizó con tal delicadeza que apenas supe que estábamos en tierra hasta que lo anunciaron por los altavoces. Abrí los ojos y sentí una oleada de euforia. Había completado un vuelo de larga distancia yo sola y sobrevivido para contarlo. Star estaría orgullosa de mí… si todavía le importara lo más mínimo.

Después de pasar los controles de inmigración, recogí mi equipaje de la cinta y me precipité hacia la salida.

—Que te lo pases muy bien en Australia —me deseó mi vecino adolescente al situarse a mi lado—. Mi colega dice que allí la fauna es impresionante, ¡arañas del tamaño de platos llanos! ¡Hasta luego!

Con un gesto de la mano, desapareció entre el gentío. Lo seguí a un paso mucho más lento y, al salir al exterior, me topé con un ya familiar muro de humedad. Tomé el autobús lanzadera del aeropuerto hasta el hotel que había reservado para mi parada nocturna, me registré y subí en el ascensor hasta mi habitación desierta. Tras quitarme la mochila de los hombros, me senté sobre las sábanas blancas de la cama y pensé que, si fuera dueña de un hotel, les proporcionaría a mis clientes sábanas oscuras que no mostraran las manchas de otros cuerpos como ocurre con las blancas por más que las frotes.

Había muchas cosas en el mundo que me desconcertaban, normas que alguien había establecido en algún lugar probablemente hacía muchísimo tiempo. Me quité las botas de montaña y me tumbé discurriendo que podría estar en cualquier parte del mundo y odiarlo. El aparato de aire acondicionado zumbaba por encima de mi cabeza y cerré los ojos para intentar dormir, pero solo podía pensar en que si me moría en aquel preciso instante ni un solo ser humano se enteraría de que ya no estaba.

Entonces entendí lo que era realmente la soledad. La sentía como algo que me roía por dentro y, al mismo tiempo, como un enorme agujero de vacío. Traté de contener el llanto. Nunca había sido muy llorona, pero en aquel momento las lágrimas no dejaban de asediarme, así que al final me vi obligada a abrir los párpados con la presión de lo que parecía una presa a punto de estallar.

«No pasa nada por llorar, CeCe, de verdad…»

Oí la voz tranquilizadora de Ma en mi cabeza y la recordé diciéndome esas palabras cuando me caí de un árbol en Atlantis y me torcí el tobillo. Me mordí el labio inferior con tanta fuerza en mi esfuerzo por no convertirme en una llorica que me hice sangre.

—A ella sí le importaría —mascullé desesperada, y entonces alargué la mano para coger el móvil y pensé en encenderlo y mandarle un mensaje de texto para decirle dónde estaba.

Pero no sería capaz de soportar ver un mensaje de Star o, aún peor, no ver ni un solo mensaje suyo. Sabía que eso me hundiría por completo, así que lancé el teléfono hacia el otro lado de la cama e intenté volver a cerrar los ojos. Pero entonces una imagen de Pa que se negaba a desvanecerse apareció detrás de mis párpados.

«Es importante que cada una de vosotras haga sus propios amigos, además de que os tengáis la una a la otra, CeCe…»

Me lo había dicho justo antes de que nos marcháramos juntas a la Universidad de Sussex, y me había enfadado con él porque yo no necesitaba a nadie más, y Star tampoco. O al menos yo pensaba que no era así. Entonces…

—¡Ay, Pa! —exclamé suspirando—. ¿Son mejores las cosas ahí arriba…?

A lo largo de las semanas anteriores, dado que Star había dejado claro que ya no estaba interesada en pasar su tiempo conmigo, me había sorprendido hablando con Pa muchas veces. Su muerte, simplemente, no me parecía real; por alguna razón, todavía lo sentía cerca de mí. Aunque en apariencia yo no pudiera ser más opuesta a Tiggy, la siguiente hermana más pequeña que yo, llena de curiosas creencias espirituales, había una extraña parte de mí que también sabía y sentía las cosas… en las entrañas y en los sueños. A menudo me daba la sensación de que mis sueños eran más vívidos y reales que mi tiempo de vigilia; como si viera una serie en la televisión. Esas eran las noches buenas, porque también tenía pesadillas. Como las de las arañas gigantescas.

Me estremecí al recordar las palabras de despedida de mi compañero de viaje adolescente… Era imposible que en Australia hubiera arañas del tamaño de un plato llano, ¿verdad?

—¡Madre mía!

Me levanté de la cama de un salto para apartar esos pensamientos de mi mente y me lavé la cara en el cuarto de baño. Contemplé mi reflejo y, con los ojos rojos e hinchados de llorar y el pelo de punta, decidí que me parecía a una cría de jabalí.

Daba igual cuántas veces me hubiera dicho Ma lo bonitos y poco habituales que eran la forma y el color de mis ojos, o que Star me asegurara que le encantaba acariciarme la piel, que, según sus propias palabras, resultaba tan suave y delicada como la manteca de cacao. Sabía que solo intentaban ser amables, puesto que no era tan ciega como fea… y odiaba que me trataran con condescendencia en lo que a mi aspecto físico se refería. Partiendo del hecho de que tenía cinco hermanas preciosas, me había esforzado mucho por no entrar en competencia con ellas. Electra —que da la casualidad de ser una supermodelo— no paraba de repetirme que no me estaba sacando partido, pero era una pérdida de tiempo y de energía, porque yo nunca conseguiría ser guapa.

Sin embargo, sí podía crear belleza, y entonces, en mi peor momento, recordé otra cosa que Pa me dijo una vez cuando era más joven.

«Te ocurra lo que te ocurra en la vida, querida CeCe, lo que nunca podrán arrebatarte es tu talento.»

En aquel instante pensé que no era más que otro… ¿Cómo los llamaba Star? Otro «tópico» para compensar el hecho de que yo era básicamente un desastre en lo relativo al aspecto, en lo relativo a los estudios y en lo relativo a las relaciones sociales. Y lo cierto es que Pa se equivocaba, porque aunque es verdad que los demás no podían arrebatarte el talento, sí podían destruir tu confianza con sus comentarios negativos y formarte tal lío en la cabeza que ya no sabías ni quién eras ni cómo gustarle a nadie, y mucho menos a ti misma. Eso era lo que me había sucedido a mí durante mi curso de arte. Y por eso lo había dejado.

«Por lo menos aprendí qué no se me da bien», me consolé.

Y, según mis tutores, lo que no se me daba bien eran la mayor parte de los módulos que había cursado a lo largo de los tres últimos meses.

A pesar de las duras críticas que mis cuadros y yo habíamos recibido, hasta yo sabía que si en esos momentos perdía la fe en mi talento ya no tenía sentido seguir adelante. Era, realmente, lo único que me quedaba.

Volví a la habitación y me tumbé de nuevo en la cama con el mero deseo de que aquellas horribles horas de soledad pasaran ya, y comprendiendo al fin por qué veía a tantos ancianos sentados en los bancos cada vez que cruzaba por Battersea Park de camino a la universidad. Aunque hiciera un frío terrible, necesitaban confirmar que había otros seres humanos en el planeta y que no estaban totalmente solos.

Debí de quedarme dormida, porque tuve la pesadilla de la araña y me desperté gritando, llevándome una mano a la boca de manera automática para acallarme por si algún otro huésped del pasillo pensaba que me estaban matando. Me di cuenta de que no podía seguir sola en aquella habitación sin alma, así que me puse las botas, cogí mi cámara y bajé en el ascensor hasta recepción.

Ya en el exterior, vi una hilera de taxis que esperaban clientes. Me subí a la parte trasera de uno de ellos y le pedí al conductor que me llevara al Gran Palacio. Siempre me había divertido y disgustado a partes iguales que Bangkok, y lo que había visto de Tailandia en general, pareciera contar con un exceso de personal exagerado. En cualquier tienda, aunque solo entraras a comprar un paquete de cacahuete

Recibe antes que nadie historias como ésta