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LA HIJA DE LA ESPAñOLA

Karina Sainz Borgo  

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Fragmento

 

Enterramos a mi madre con sus cosas: el vestido azul, los zapatos negros sin cuñas y las gafas multifocales. No podíamos despedirnos de otra manera. No podíamos borrar de su gesto aquellas prendas. Habría sido como devolverla incompleta a la tierra. Lo sepultamos todo, porque después de su muerte ya no nos quedaba nada. Ni siquiera nos teníamos la una a la otra. Aquel día caímos abatidas por el cansancio. Ella en su caja de madera; yo en la silla sin reposabrazos de una capilla ruinosa, la única disponible de las cinco o seis que busqué para hacer el velatorio y que pude contratar solo por tres horas. Más que funerarias, la ciudad tenía hornos. La gente entraba y salía de ellas como los panes que escaseaban en los anaqueles y llovían duros sobre nuestra memoria con el recuerdo del hambre.

Si todavía hablo en plural de aquel día es por costumbre, porque el pegamento de los años nos soldó como a las partes de una espada con la cual defendernos la una a la otra. Mientras redactaba la inscripción para su tumba, entendí que la primera muerte ocurre en el lenguaje, en ese acto de arrancar a los sujetos del presente para plantarlos en el pasado. Convertirlos en acciones acabadas. Cosas que comenzaron y terminaron en un tiempo extinto. Aquello que fue y no será más. La verdad era esa: mi madre ya solo existiría conjugada de otra forma. Sepultándola a ella cerraba mi infancia de hija sin hijos. En aquella ciudad en trance de morir, nosotras lo habíamos perdido todo, incluso las palabras en tiempo presente.

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Seis personas acudieron al velatorio de mi madre. Ana fue la primera. Llegó arrastrando los pies, sostenida de un brazo por Julio, su marido. Ana parecía atravesar un túnel oscuro que desembocaba en el mundo que habitábamos los demás. Desde hacía meses, se había sometido a un tratamiento con benzodiacepina. El efecto comenzaba a evaporarse. Apenas le quedaban pastillas suficientes para completar la dosis diaria. Como el pan, el Alprazolam escaseaba y el desánimo se abría paso con la misma fuerza de la desesperación de quienes veían desaparecer todo cuanto necesitaban: las personas, los lugares, los amigos, los recuerdos, la comida, la calma, la paz, la cordura. «Perder» se convirtió en un verbo igualador que los Hijos de la Revolución usaron en nuestra contra.

Ana y yo nos conocimos en la Facultad de Letras. Desde entonces, compartimos una sincronía para nuestros propios infiernos. Esta vez también. Cuando mi madre ingresó en la Unidad de Cuidados Paliativos, los Hijos de la Revolución arrestaron a Santiago, su hermano. Ese día apresaron a decenas de estudiantes. Terminaron con la espalda en carne viva por los perdigones, apaleados en una esquina o violados con el cañón de un fusil. A Santiago le tocó La Tumba, una combinación de las tres cosas dosificada en el tiempo.

Pasó más de un mes dentro de aquella cárcel excavada cinco pisos por debajo de la superficie. No había sonidos ni ventanas, tampoco luz natural o ventilación. Solo se escuchaba el paso y el traqueteo de los rieles del metro por encima de la cabeza. Santiago ocupaba una de las siete celdas alineadas, una detrás de la otra, así que no era capaz de ver ni saber quiénes más estaban detenidos junto a él. Cada calabozo medía dos por tres metros. El suelo y las paredes eran blancos. También las camas y las rejas a través de las que hacían pasar una bandeja con alimentos. Jamás les daban cubiertos: si querían comer, debían hacerlo con las manos.

Ana había dejado de tener noticias de Santiago hacía semanas. Ni siquiera recibía ya la llamada por la que pagaban sumas semanales de dinero; tampoco la estropeada fe de vida que le llegaba en forma de fotos, desde un número de teléfono que nunca era el mismo.

No sabemos si está vivo o muerto. «No sabemos nada de él», me contó Julio en voz muy baja, apartándose de la silla en la que Ana se miró los pies durante treinta minutos. En todo ese tiempo, levantó la mirada para hacer tres preguntas.

—¿A qué hora enterrarán a Adelaida?

—A las dos y media.

—Ya —murmuró—. ¿Dónde?

—En el cementerio de La Guairita, en la parte vieja. Mi mamá compró la parcela hace mucho tiempo. Tiene bonitas vistas.

—Ya... —Ana parecía hacer un esfuerzo adicional, como si pronunciar aquellas palabras resultara una tarea titánica—. ¿Quieres quedarte con nosotros hoy, mientras pasa lo más duro?

—Saldré hacia Ocumare mañana muy temprano para ver a mis tías y dejarles algunas cosas —mentí—. Te lo agradezco. Tú tampoco lo estás pasando muy bien.

—Ya. —Ana me dio un beso en la mejilla y se marchó. Quién quiere velar a un muerto ajeno cuando barrunta el suyo.

Aparecieron dos maestras jubiladas con las que mi madre aún mantenía contacto: María Jesús y Florencia. Dieron sus condolencias y se marcharon también rápido, conscientes de que nada de cuanto dijeran corregiría la muerte de una mujer demasiado joven para desaparecer. Salieron de ahí apretando el paso, como si intentaran ganar ventaja a la parca antes de que fuera a buscarlas también a ellas. A la funeraria no llegó ni una sola corona de flores excepto la mía. Un centro de claveles blancos que apenas cubría la mitad superior del ataúd.

Las dos hermanas de mi madre, mis tías Amelia y Clara, no acudieron. Eran mellizas. Una era gorda y la otra flaquísima. Una comía sin parar y la otra desayunaba una tacita de caraotas negras mientras daba chupadas a un cigarrillo de liar. Vivían en Ocumare de la Costa, un pueblo del estado de Aragua cercano a la bahía de Cata y Choroní. Ese lugar donde el agua azul lame la arena blanca y al que separan de Caracas carreteras intransitables que se caían a pedazos.

A sus ochenta años, las tías Amelia y Clara habrían hecho, como mucho, un viaje a Caracas en toda su vida. No salieron de aquel poblacho ni siquiera para ir al acto de grado de mi mamá, la primera universitaria de la familia Falcón. Lucía preciosa en aquellas fotos, de pie, en el aula magna de la Universidad Central de Venezuela: los ojos muy maquillados, el cardado del pelo aplastado bajo el birrete, sujetando el título con las manos rígidas y una sonrisa más bien solitaria, como de mujer con rabia. Mi mamá guardaba aquella fotografía junto con su expediente académico de licenciada en Educación y el anuncio que mis tías contrataron en El Aragüeño, el periódico regional, para que todo el mundo supiera que las Falcón ya tenían una profesional en la familia.

A mis tías las veíamos poco. Una o dos veces al año. Viajábamos al pueblo durante los meses de julio y agosto, a veces en carnaval o Semana Santa. Les echábamos una mano con la pensión y además ayudábamos a aligerar la carga económica. Mi madre les dejaba algún dinero y de paso las chinchaba: a una para que dejara de comer y a la otra para que comiera. Ellas nos agasajaban con desayunos que a mí me daban náuseas: carne mechada, chicharrón frito, tomate, aguacate y café de guarapo, un brebaje con canela y papelón que colaban con una media de tela y con el que me perseguían por toda la casa. El bebedizo me ocasionó no pocos desmayos, de los que ellas me despertaban con sus quejas de matronas locas.

—¡Adelaida, chica, si mi mamá viera a esta niña, tan flacuchenta y enclenque, le daba tres arepas con manteca! —decía mi tía Amelia, la gorda—. ¿Qué le haces a esta criatura? Parece un arenque frito. Espérate aquí, m’hija. Ya vengo... ¡No te muevas, muchachita!

—Amelia, deja a la niña; que tú tengas hambre todo el tiempo no significa que el resto también —respondía mi tía Clara desde el patio mientras vigilaba sus árboles de mango, fumando un cigarrillo.

—Tía, qué haces allá fuera. Entra, ya vamos a comer.

—Espérate, estoy viendo si los sinvergüenzas del terreno de al lado vienen a tumbar los mangos con una vara. El otro día se llevaron tres bolsas.

—Aquí está; cómete solo una si quieres, pero hay tres más —decía mi tía Amelia, de vuelta de la cocina, con un plato en el que había servido dos bollos de harina rellenos de picadillo de cochino frito—. Falta te hace. ¡Come, come, m’hija, que se enfría!

Después de fregar los platos, se sentaban las tres en el patio a jugar bingo hasta que remitiera la plaga, aquellas nubes de zancudos que aparecían puntuales a las seis de la tarde y que espantábamos con el humo que desprendían las brozas secas al contacto con el fuego. Hacíamos una pira y nos juntábamos para verla arder bajo el sol extinto del día. Entonces alguna de las dos, unas veces Clara y otras Amelia, se revolvían en sus poltronas de esterilla y, refunfuñando, decían la palabra mágica: «Difunto».

Así se referían a mi padre, un estudiante de Ingeniería al que los planes de boda se le borraron de la cabeza cuando mi madre le dijo que esperaba un bebé. A juzgar por la rabia que destilaban mis tías, cualquiera diría que las dejó plantadas a ellas también. Lo recordaban mucho más ellas que mi madre, a la que jamás escuché pronunciar su nombre. Porque de mi papá nunca más se supo. Al menos así me lo contó ella. Me pareció una explicación más que razonable para no extrañar su ausencia. Si él jamás había querido saber de nosotras, por qué teníamos que esperar algo de su parte.

Nunca entendí la nuestra como una familia grande. La familia éramos mi madre y yo. Nuestro árbol genealógico comenzaba y acababa en nosotras. Juntas formábamos un junco, una especie de planta de sábila de esas que son capaces de crecer en cualquier lugar. Éramos pequeñas y venosas, casi nervadas, acaso para que no nos doliera si nos arrancaban un trozo o incluso la raigambre entera. Estábamos hechas para resistir. Nuestro mundo se sostenía en el equilibrio que ambas fuésemos capaces de mantener. El resto era algo excepcional, añadido, y por eso prescindible: no esperábamos a nadie, nos bastábamos la una a la otra.

 

Demolición. Esa fue la sensación que tuve mientras marcaba el número de teléfono de la pensión de las Falcón el día del velatorio de mi mamá. Tardaron en contestar. Dos mujeres achacosas en ese caserón difícilmente podían superar la distancia que iba del patio hasta el salón, donde conservaban un pequeño teléfono de monedas que ya nadie usaba pero que aún marcaba línea y recibía llamadas. Mis tías regentaban su hostal desde hacía treinta años. En todo ese tiempo no habían cambiado ni siquiera un cuadro. Así eran ellas, inverosímiles, como los apamates pintados en telas llenas de polvo que decoraban aquellas paredes cubiertas de grasa y tierra.

Después de varios intentos, al fin atendieron. Recibieron la noticia de la muerte de mi madre con ánimo oscuro y pocas palabras. Las dos se pusieron al teléfono. Primero Clara, la flaca, y luego Amelia, la gorda. Me ordenaron retrasar el entierro, al menos el tiempo que tardaran en comprar un billete para el siguiente autobús que saliera desde Ocumare hacia Caracas. Tres horas de viaje en una vía llena de baches y delincuentes las separaban de la capital. Aquellas condiciones, sumadas a la vejez y las enfermedades —diabetes una y artritis la otra—, las habrían machacado. Me pareció motivo suficiente para disuadirlas de su viaje. Las despedí con la promesa de que iría a verlas —mentí— y que juntas celebraríamos un novenario en la capilla del pueblo. Accedieron de mala gana. Colgué el teléfono con una certeza: el mundo, tal y como lo conocía, había comenzado a desmoronarse.

Ya casi al final de la mañana, dos vecinas del edificio se acercaron para darme el pésame y, de paso, desplegar el repertorio de consolaciones. Algo tan inútil como tirar pan a las palomas. A María, la enfermera del sexto, le dio por hablar de la vida eterna. Gloria, la del penthouse, parecía más interesada en saber qué iba a ser de mí ahora que me encontraba «sola». Porque, claro, aquel apartamento era demasiado grande para una mujer sin hijos. Porque, claro, tal y como estaban las cosas, ya habría pensado yo en alquilar al menos una de las habitaciones. Que hoy se pagan en dólares, y, bueno, eso si hay suerte con un conocido. Gente decente, buena paga. Porque hay mucho malandro, decía Gloria. Y como la soledad no es buena y tú ahora estás sola, conviene tener gente cerca, al menos por si ocurre alguna emergencia, ¿no? Tendrás conocidos a quienes alquilar, ¿verdad, muchacha? Y si no, claro, ella decía tener una prima lejana que desde hacía tiempo buscaba mudarse a la ciudad. ¡Qué mejor oportunidad!, ¿verdad? Ella se muda a tu casa y así tú ganas un dinero extra. ¿A que es una gran idea?, me espetó ante el ataúd cerrado de mi madre recién muerta. Porque, habrase visto, con esta inflación pagar los médicos, y el funeral, y la parcela del cementerio. Porque todo esto te habrá costado un dineral, ¿no? Algo habrás ahorrado, seguro, pero con tus tías ya tan mayores y tan lejos vas a necesitar ingresos adicionales. Por eso te voy a poner en contacto con mi prima, para que le des uso a esa habitación.

Gloria no dejó de hablar de dinero ni un solo instante. Algo en sus ojitos roedores insistía en detectar qué tajada podía sacar ella de mi situación o al menos enterarse de cómo mejorar la suya a partir de la mía. Así vivíamos todos entonces: mirando qué había en la bolsa de la compra del otro y olisqueando si el vecino llevaba algo que escaseara para buscar dónde conseguirlo. Todos nos convertimos en sospechosos y vigilantes, travestimos la solidaridad en depredación.

Las mujeres se marcharon a las dos horas, harta una de escuchar las indiscreciones de la otra, y cansada ya la otra de no poder averiguar qué sería de mi hacienda ahora que faltaba mi madre.

Vivir se había convertido en salir a cazar y regresar vivo. En eso consistían nuestros actos más elementales, incluso el de sepultar a nuestros muertos.

—El alquiler de la capilla le costará cinco mil bolívares fuertes.

—Cinco millones de bolívares de los de antes, querrá decir.

—Sí, eso. —El empleado de la funeraria atildó la vocecita—. Como usted ya trae el certificado de defunción, le sale más barato. De otra forma, costaría siete mil bolívares fuertes, por la emisión del documento.

—Siete millones de bolívares de los de antes, ¿no?

—Sí, eso.

—Ya.

—¿Quiere o no contratar el servicio? —soltó con cierta exasperación.

—¿Le parece que estoy como para elegir?

—Eso lo sabrá usted.

Pagar el velatorio fue todavía más complicado que sufragar los últimos días de mi madre en la clínica. El sistema bancario era una ficción. Los de la funeraria no tenían datáfono para las tarjetas, tampoco aceptaban transferencias de dinero y yo no disponía de efectivo suficiente para completar la cantidad que me pedían, algo así como dos mil veces mi sueldo. De haberlo tenido, tampoco lo habrían aceptado. En esos días nadie quería billetes. Era papel sin valor. Había que disponer de grandes fajos para comprar cualquier cosa, desde una botella de gaseosa —si había— hasta un paquete de chicle, que en esos días se conseguía, a veces, por diez o doce veces su valor original. El dinero se convirtió en una escala urbanística. Eran necesarias dos torres de billetes de a cien para comprar, cuando la había, una botella de aceite; a veces tres para un cuarto de kilo de queso. Rascacielos sin valor; eso era la moneda nacional: un cuento chino. A los pocos meses ocurrió lo contrario: el dinero desapareció. Entonces ya no tuvimos nada que entregarnos a cambio de lo poco que se conseguía.

Opté por la solución más sencilla: saqué del monedero el último billete de cincuenta euros que había comprado meses atrás en el mercado negro y lo extendí al gerente de la funeraria, que se abalanzó sobre él con los ojos inyectados en asombro. Probablemente conseguiría cambiarlo por veinte veces su valor oficial, o incluso treinta, con respecto a como lo había pagado yo. Cincuenta euros, una cuarta parte de lo que había quedado de mis ahorros, que yo guardaba envueltos en una braga rota con la que pretendía despistar a los que pudieran venir a casa a robarnos. El trabajo a destajo para una editorial mexicana radicada en España —me pagaban en moneda extranjera— y las liquidaciones con retraso de los manuscritos corregidos nos permitieron a mi madre y a mí ir tirando. Pero las últimas semanas nos fulminaron. La clínica nos cobraba por todo aquello que no tenía y que debíamos comprar en el mercado negro por tres o cuatro veces su valor original: desde las jeringas y las bolsas de suero hasta las gasas y el algodón que un enfermero con aspecto de matarife me proporcionaba tras pedirme una cantidad de dinero exorbitante, casi siempre mayor a la que habíamos acordado.

Todo desaparecía casi con la misma velocidad con la que mi madre perdía la vida tendida en una cama con sábanas que yo debía llevar lavadas de casa cada día y que parecían derretirse con los humores de una habitación compartida con tres enfermos más. No había una sola clínica en la ciudad que no tuviese listas de espera para ocupar una plaza. La gente enfermaba y moría tan rápido como perdía el juicio. Nunca me planteé someter a mi madre a un hospital de la sanidad pública; habría sido como llevarla a morir arrimada en un pasillo entre delincuentes acribillados a balazos. La vida, el dinero, las fuerzas se nos acababan. Hasta el día duraba menos. Estar en la calle a las seis de la tarde era una manera estúpida de rifarse la existencia. Cualquier cosa podía matarnos: un disparo, un secuestro, un robo. Los apagones se alargaban horas y empalmaban las puestas de sol con una oscuridad perpetua.

A las dos de la tarde se presentaron en la capilla los empleados de la funeraria. Dos sujetos vestidos con trajes oscuros, confeccionados con una tela vulgar. Los hombretones sacaron el ataúd y lo arrojaron sin cuidado dentro de un Ford Zephyr del 95 convertido en berlina funeraria. Yo misma cogí la corona de flores y la deposité sobre el ataúd para dejar claro que aquello era mi madre, no una bandeja de mortadela. En un lugar en el que la muerte se equiparaba a las bajas por una peste, el cadáver de Adelaida Falcón, mi mamá, era eso: un fiambre, un cuerpo sin vida que se amontonaba junto a muchos otros. Aquellos hombres la trataban como al resto: sin compasión.

Subí al asiento del copiloto y miré al chófer de reojo. Tenía el pelo cano y la piel rota de los morenos que se hacen viejos. «¿A cuál cementerio vamos?, ¿a La Guairita?» Asentí. No nos dijimos nada más. Me dejé mecer por el viento caliente de la ciudad, por su olor ácido y dulzón, a cáscaras de naranjas que se pudren dentro de una bolsa de basura bajo el sol. Demoramos el doble de tiempo de lo usual en atravesar la autopista, la misma que desde hacía cincuenta años prestaba servicio a una ciudad que había triplicado la población para la que originalmente había sido diseñada.

El Zephyr carecía de amortiguadores y la vía llena de baches se convirtió en un nuevo calvario. El ataúd de mi madre daba tumbos en aquella cabina sin correas que lo sujetaran. Mientras miraba en el espejo retrovisor la caja de enchapado —no podía pagar una de madera—, pensé cuánto me habría gustado darle a mi mamá un funeral digno. Ella habría pensado lo mismo, muchas veces. Habría deseado darme cosas mejores: una lonchera más mona, como las rosadas con ribetes dorados que las niñas cambiaban cada octubre y no aquella plástica azul obrero que ella limpiaba a conciencia todos los septiembres; una casa más grande, con jardín, en el este de la ciudad, y no aquel piso pajarera en el oeste. Nunca cuestioné nada que proviniera de mi mamá, porque sabía cuánto le había costado dármelo. Cuántas clases particulares necesitó dar para pagar mi educación en un colegio privado o mis cumpleaños con bizcochos, gelatina y refrescos servidos en vasos de plástico. Ella nunca lo dijo. No fue necesario explicar de dónde venía el dinero que sostenía la casa, porque yo lo veía día tras día.

Mi madre impartía lecciones los martes, miércoles y jueves de cada semana. Durante las vacaciones, aquellas clases se convertían en sesiones diarias para los estudiantes que tenían que examinarse en septiembre para no reprobar el curso. A las cuatro menos cuarto, mi mamá retiraba el mantel de lona de la mesa del comedor. Colocaba lápices, un sacapuntas, varios folios en blanco, un plato con galletas María y una jarra de agua con dos vasos de vidrio. Vi pasar muchos niños por casa. Todos tenían el mismo gesto anémico, faltos de vida y de interés. Niños y niñas gordos, desnutridos por las toneladas de chocolate y televisión con las que llenaban las tardes de una ciudad que fue quedándose sin parques para jugar. Crecí en un lugar repleto de columpios y toboganes de metal oxidado a los que nadie acudía por temor a la delincuencia, que en aquel tiempo ni soñaba rozar las dimensiones qu ...