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LA HIJA DEL TIRANO

Gabriela Margall  

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Fragmento

1
Las cosas que perdimos

La ciudad se abría paso entre la niebla y los mástiles de los veleros y barcos que poblaban el Río de la Plata. Rosas no había construido el puerto y no le sorprendía: Rosas no buscaba nada que fuera un avance para la ciudad, como si Buenos Aires debiera quedarse detenida en un presente inventado por él mismo. Quiso despejar con una mano esa clase de pensamientos, del mismo modo que quería despejar la niebla de las calles de la ciudad y verla por completo. Rosas ya no estaba, y ellos, los exiliados, podían volver.

Apoyados en la baranda del barco sus compañeros de exilio también trataban de identificar los edificios de la ciudad.

—¿Esa es San Ignacio? —preguntaba una mujer un poco detrás de él.

—No, esa es la cúpula de Santo Domingo —murmuraba el marido con voz quebrada.

—¿Usted piensa que tendrá las balas todavía, doctor? —le preguntó riendo un caballero de galera altísima que estaba a su lado.

Él sonrió. Pensaba lo mismo mientras divisaba la cúpula de la iglesia. Había ido de pequeño a la Iglesia de Santo Domingo con su madre. Caminaban tomados de la mano y mientras él daba saltos le preguntaba si esas balas eran las verdaderas balas de los cañones ingleses, esos mismos ingleses que su abuelo había combatido con espada al mando de Santiago de Liniers y que su abuela había espantado con agua hirviendo mientras los insultaba con palabras que decía no recordar.

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—Quizá —murmuró a modo de respuesta porque no estaba seguro de nada y temía que Rosas le hubiese sacado uno de los recuerdos más amados de su ciudad. Golpeó con el dedo índice en la baranda del velero para que el pecho no se le estrujara como un papel que ya no servía. Pero era imposible evitar la emoción porque ya notaba a su alrededor que varios caballeros estaban llorando en silencio y sus mujeres los imitaban apoyadas en sus hombros, apretando contra sus vientres a los niños que habían nacido en el extranjero y que no conocían la ciudad de sus padres.

El corazón le saltaba en el pecho como cuando le pedía a su madre que le comprara todos los dulces que veía a su paso cuando volvían de la iglesia. Su madre lo retaba por ser tan impío y querer comer después de misa, pero había estado una hora parado, sin decir una palabra, con el mentón pegado al pecho y él tenía hambre. Unos años más tarde le explicaría a su madre, recién recibido de médico, que su apetito después de misa había sido perfectamente explicable. Su madre lo volvería a llamar impío.

La niebla había comenzado a despejarse aunque el cielo continuaba nublado. Un viento leve fue suficiente para que la ciudad apareciese clara ante ellos. Pero los ojos se le nublaron y tuvo que mirar hacia atrás lanzando un resoplido de angustia. No quería ver la ciudad, ni los cambios, ni los edificios, ni la destrucción que imaginaba que Rosas había dejado en Buenos Aires. No quería saber qué había destruido y qué había dejado. No quería saber que su infancia había sido borrada gracias a los gritos y los puñales de los mazorqueros.

Sus compañeros de viaje empezaron a empujarlo contra la baranda, lanzando gemidos y sollozos por la emoción. Algunos eran emigrados de la primera época, no del año cuarenta como había sido él, sino del treinta, los primeros que sospecharon de Juan Manuel de Rosas. Ellos eran los más ansiosos por bajar y fueron los primeros en ubicarse en el sector que permitía el descenso a las carretas y botes que los trasladarían a la ciudad.

—¿Bajo primero las maletas, don Diego?

Tardó en responder a Esteban. La angustia lo clavaba en las maderas del piso del velero que unas horas atrás había dejado Montevideo. La ciudad que él amaba ya no existía, como no existía ni su madre, ni su padre, ni sus tíos asesinados por secuaces de Rosas. Miraba al este, a Montevideo, a la ciudad que había sido su casa durante esos diez años, su lugar de padecimiento, el lugar donde había ejercido la medicina con materiales escasos, compitiendo con curanderos y barberos por vendas y extractos de plantas que curaran los estómagos desfallecientes de los habitantes de una ciudad sitiada.

Hacia el oeste, a sus espaldas, tal como estaba Esteban esperando su respuesta, estaba la ciudad de su infancia y su adolescencia, la de sus padres, sus abuelos, sus iglesias, sus tortas fritas, sus alfeñiques, sus profesores de medicina, sus compañeros de fechorías a la hora de robar naranjas. Una ciudad que ya no existía, pero a la que quería regresar con alma y cuerpo. Sin embargo había algo que todavía lo pegaba a las maderas y le mareaba la cabeza.

—¿Don Diego?

—Sí, Esteban…

—Ya están bajando todos…

—Sí…

Él también tenía que bajar, animarse a dar el paso y volver a una ciudad que había sido suya y que ya no era la misma. Debía enfrentar, de hecho, que ya nada de la vida que había tenido allí existía, que había renunciado a su vida en Montevideo y que volver a Buenos Aires era comenzar todo otra vez.

—¿Bajamos don Diego?

—Bajemos, Esteban, no vinimos para quedarnos en el barco, ¿no?

—Claro que no —le sonrió Esteban con sus pocos dientes y su buen ánimo indiscutible.

Siguió a Esteban sin mirar hacia el oeste. Permitió que Esteban y sus baúles bajaran primero, con la vista fija en el bote que los acercaría hasta la orilla. Pensó que no podía dejar el barco sin mirar la ciudad sin nieblas que la cubrieran. La miró con vergüenza, como había mirado en la iglesia de Santo Domingo a la primera muchacha de la que se había enamorado.

Allí estaban las cúpulas de las iglesias, el Fuerte, la casa de Basavilbaso con el escudo de Buenos Aires haciendo de Aduana —el problema de todos los problemas—, algunos tejados conocidos por los que había trepado huyendo de la policía y sí, también estaba ahí, el mirador que no se había atrevido a buscar antes y que lo había obligado a mirar hacia el este.

Al menos la casa existía todavía. Al menos el mirador existía…

Sonrió como saludando al mirador en el que había jugado sin permiso tantas veces.

—¡Si no baja, patrón, lo van a empujar!

—¡Ya bajo, ya bajo! —respondió contento y calmando a los que estaban detrás suyo.

—¡Baje o lo bajamos! —le gritó sonriendo una mujer anciana que ya lo había consultado varias veces en el viaje por palpitaciones en el corazón.

Diego rió y bajó por la escalerilla hasta el bote que compartiría con el matrimonio González, buenos vecinos de Montevideo durante muchos años.

El bote se bamboleaba y se sintió mareado al instante de poner los dos pies sobre él.

—Tranquilo, patrón —lo sostuvo Esteban por el brazo cuando casi se cae.

—¡Tranquilo, don Diego, que no tenemos a nadie que lo atienda si se rompe una pierna!

—Esperemos que no pase —dijo él con una sonrisa amable, tendiéndole la mano a la señora a quien el regreso la rejuvenecía. La ayudó a sentarse en uno de los rincones del bote mientras el hombre bajaba por la escalerilla.

—¿Está preocupado por su casa, don Diego? –preguntó Esteban.

—Mucho.

—Seguro que algo quedó en pie.

—Al menos el mirador está –murmuró Diego. —¿Ves ese mirador, Esteban? Esa era mi casa… es mi casa.

—Lo veo, don Diego. Lo veo.

—Entonces la casa está en pie todavía… —continuó Diego hablándole al mirador.

—Sí, vamos…

El bote comenzó a avanzar y su corazón a latir cada vez más rápido. Nadie hablaba, ni siquiera Esteban a quien había que ordenarle el silencio porque siempre tenía algo que decir, que solía coincidir con lo que Diego pensaba.

La niebla se había disipado pero el cielo seguía nublado y pronto caería una tormenta bastante fuerte. En el aire húmedo volaban los gritos de los conductores de otros botes y carretas que se avisaban de alguna corriente o algún banco de barro formado al azar en ese río que era un rompedero de cabeza para los navegantes.

Diego alzó los ojos para mirar hacia la ciudad. Hacia el Retiro las cosas habían cambiado. El paseo de La Alameda estaba mucho mejor que antes, más árboles y más abierto el terreno con un borde prolijo sobre el río, marcado por columnas y rejas de hierro, desde el cual sería interesante mirar los atardeceres y el nacimiento de la luna llena. Unos bancos de madera servirían para que las señoras y señoritas descansaran de sus paseos mientras los hombres se reunirían para charlar de política. No parecía un lugar desagradable aunque no estaba seguro de querer pasear aparentando que la vida era sencilla y agradable cuando sus heridas aún no habían cerrado.

El agua del río se parecía cada vez más a un barro espeso. Debían prepararse para descender y embarrarse un poco y luego, ¡por fin!, pisar el suelo de Buenos Aires. Miró a la mujer frente a él. Lagrimeaba en el hombro de su marido, quien apenas podía retener las lágrimas.

—Las cosas que perdimos para salvar una idea… —murmuró el hombre con la voz entrecortada.

Diego presionó los labios para no llorar, pero sabía bien que sus ojos estaban rojos por evitar que las lágrimas cayeran. Sabía que la tristeza de don Ricardo no era por las cosas que se habían perdido sino porque esas cosas no eran cosas, eran personas —hijos, amigos, hermanos, amores— y eran irrecuperables. Volver a la ciudad era darlas por perdidas definitivamente. Los exiliados por Rosas volvían a Buenos Aires a enterrar a sus muertos y llorar por los años perdidos en los países vecinos que los habían asilado.

—Primero habrá que hacer el duelo —le dijo Diego poniendo su voz de médico. —Luego, habrá que imponer esa idea por la que peleamos tanto.

—¿Habrá que imponerla? —preguntó temblorosa la mujer.

—Usted sabe cómo es este país —dijo él con una sonrisa triste. —Nos encanta estar en desacuerdo.

La señora se secó las lágrimas y su marido le besó la frente. El bote se detuvo y fue el momento de descender. La lucha contra el barro les impidió siquiera pensar en la melancolía del regreso a la ciudad. Varios mulatos se les acercaban para ofrecerles sus servicios pero Esteban y el criado de los González los echaron con velocidad, celosos de su trabajo. Dos carreteros se aproximaron para llevarles los baúles, Diego tuvo que elegir a uno entre los dos solo por el aspecto de los hombres. Uno tenía cara amable, otro parecía más limpio, al menos de las rodillas hacia arriba. Como médico, eligió al más limpio, la higiene era una de sus máximas, mientras ayudaba a la mujer a hacer pie sobre una de las tarimas de madera que había en las barrancas del río para ayudar a los pasajeros a llegar a la ciudad.

—Esteban —murmuró Diego sin decidirse a hablar.

—Vaya, don Diego —le dijo el criado leyendo sus pensamientos.

—Preguntá por la casa de los Varela. Calle Defensa, a seis cuadras de la Plaza —le decía por el hombro mientras caminaba rápido entre la gente.

—¡Vaya, don Diego, yo me ocupo! —le gritó riendo Esteban.

Diego dejó a Esteban acomodando los baúles en la carreta junto a la de los González y salió casi corriendo. Llevaba su pequeña maleta de médico en una mano, siempre pegado a ella, para no perder sus instrumentos más preciados además de sus papeles de ingreso al país. Se sostenía la galera con la otra mano para que el viento, que empezaba a soplar húmedo desde el río, no se la llevara. Miró hacia el este, el horizonte prometía una tormenta cuando se disiparan los últimos rastros de niebla que se veían sobre las aguas turbias del río.

Iba por la calle mirando con los ojos de su niñez. La gente que pasaba no lo reconocía y él sentía que los reconocía a todos. Luego se preguntaría si los que se habían quedado eran rosistas o no. Los veía en ese momento como parte de recuerdos amados y perdidos. Los veía con la misma melancolía que lo emborrachaba en las noches de verano montevideanas cuando solo tenía para comer sandías y agua con gusto amargo porque el sitio había hecho desaparecer cualquier otro alimento.

No miró el Fuerte, no tenía ganas de verlo por el momento, no quería pensar en política sino en su infancia perdida y sus años de juventud que todavía le hacían reír. Quería ver las iglesias a las que su madre y su abuela iban a ejercer su devoción todos los días sin falta y no quería que ninguna idea política se le cruzara por la mente en esos momentos. A eso iba, se daba cuenta mientras daba pasos largos sobre el empedrado resbaladizo: a encontrarse con su pasado libre de política y de destierros.

La primera iglesia que vio, luego de pasar por el arco de la Recova lleno de gente que le ofrecía pollos y cuencos de cerámica, fue la de San Francisco. La notó distinta aunque no sabía bien cuál era la diferencia. Era la iglesia de su abuela y la iglesia donde habían enterrado a su abuelo, en esos años en los que no se usaba el cementerio de los padres recoletos. Eran las once de la mañana según habían anunciado todas las campanadas de las iglesias cercanas y de la catedral, así que varias señoras estarían en misa. Se persignó con solemnidad y siguió su camino.

Santo Domingo apareció como siempre, pálida y majestuosa… y con dos torres. Se quedó paralizado en la vereda mirando la segunda torre. Una de las cosas más divertidas de ir a la iglesia, que para Diego era bastante aburrido, eran las historias que su madre inventaba acerca de por qué Santo Domingo no tenía dos torres como correspondía, sino una sola. Cada día era una historia distinta, y él las adoraba a todas, quizá porque le encantaba ver a su madre inventando historias que hablaban de aguateros que habían visto dos cuadras antes. Ya no existían las historias falsas de su madre, Rosas las había aniquilado con una torre.

—Regresar es perder —murmuró Diego para sí.

Se persignó también al pasar por el edificio. Más tarde iría a rezar por su padre y su madre que estaban enterrados allí como parte de la Tercera Orden de Santo Domingo desde 1840, el año en que habían muerto a causa de la difteria que ambos habían contraído después de un viaje al pueblo de Luján. Iría cuando pudiera aclarar su mente de la suma de emociones que sentía y después de instalarse en la casa en la que había vivido toda su vida hasta que Rosas desató el terror sobre la ciudad.

Las casas estaban distintas. Notó que algunos terrenos habían sido subdivididos y que muchas de las grandes casas que había conocido y en las que había jugado de pequeño subsistían, pero tenían frentes más pequeños y divididos. Algunas permanecían tal como las recordaba, aunque para saber que estaban iguales tenía que ver a las personas que vivían en ellas, sus antiguos vecinos, si es que ellos seguían allí. Diego tenía la impresión de que toda la población de la ciudad de Buenos Aires había sido dispersada por Rosas y que todos estaban volviendo. Sabía que eso no era cierto y que muchos se habían quedado en la ciudad, pero no confiaba en esos que se habían quedado. Sacudió los pensamientos políticos de su mente por segunda vez. No quería política por el momento, ya se impondría sobre él como la realidad siempre se imponía sobre los recuerdos.

Siguió caminando ansioso. El viento soplaba cada vez más fuerte y cada vez más fuerte él apretaba su maleta y su galera respirando el aire con olor a lluvia. El aire de Buenos Aires era inconfundible. Hacía diez años que vivía justo en la ciudad de enfrente, en Montevideo, pero el aire de Buenos Aires era reconocible por su espesura, como si hubiese en él mínimas partículas de un material único hecho de llanura, de vientos y de agua.

El corazón se le agitaba en el pecho. No sabía bien qué había pasado con su casa. Se había dado a la fuga después de enterarse de la orden de prisión que había caído sobre su cabeza. Había cerrado la puerta tras de sí sin mirar atrás, escondido por la noche, una capa oscura y dos buenos amigos que partían con él. Corrieron por los tejados de las casas vecinas, silenciadas por el terror y los gritos de los mazorqueros que llegaban por oleadas desde el sur de la ciudad. Iban livianos como gatos, saltaban tratando de no dejar caer ninguna teja o piedra por temor a que un oído federal los escuchara. Habían subido a un bote apolillado que los llevó luego a escondidas a un barco inglés que accedió a conducirlos a Montevideo por una buena cantidad de oro.

Llegó a su cuadra con los ojos cerrados por las lágrimas. Tuvo que abrirlos para que no se lo llevara por delante algún carruaje. Subió a la vereda agitado por la emoción de regresar a ese lugar que le había sido robado diez años antes. Reconoció por el olor que la panadería de don Mario todavía estaba en pie, lo cual le hizo saltar el corazón como si tuviese diez años. Más tarde iría a comprar unas tortitas dulces.

La casa estaba en la vereda de enfrente, pero no podía levantar los ojos de sus zapatos gastados. Uno, dos, tres…

Más doloroso que quitarle a alguien los puntos de sutura, así fue para Diego ver la casa que había sido el escenario de su infancia. El frente, que había sido blanco, con techos de tejas y ventanas con rejas negras, estaba gris, lleno de manchas de humedad y salpicaduras de barro. Era la versión pisoteada por la Mazorca de la casa que recordaba en sueños.

“Las rejas todavía están en su lugar” habría dicho su padre y era cierto. Las rejas y las ventanas seguían en su lugar. Si los problemas de la casa solo tenían que ver con la suciedad, entonces todo era menos complicado de lo que imaginaba.

Dejó su maletín sobre el piso y se inclinó para buscar la llave. Escondida entre su instrumental de cirugía y sus jeringas, guardada en una caja de cigarros que había sido de su padre, envuelto en uno de los pañuelos bordados de su madre, estaba la llave de su casa. La tomó con cuidado, como cuando limpiaba delicadamente su instrumental a la hora de hacer una operación. Separó de a una las puntas del pañuelo, respirando cada vez que lo hacía, sintiendo ese ligero temblor que le agitaba las manos unos segundos antes de cortar la piel de un paciente.

La llave estaba negra por la falta de uso, pero igual serviría. Se puso de pie rápido, ya no quería seguir esperando más tiempo. Hubiera lo que hubiera detrás del frente húmedo y sucio de la casa que había albergado su niñez, era hora de que se hiciera cargo. Cruzó la calle sin respirar con el corazón saltándole a punto de abrir una grieta en el pecho y llegar antes que él a la puerta.

La puerta, que había sido verde, ahora tenía un color sucio de agua de zanja, estancada y maloliente, crujió cuando la tocó con la mano. Probablemente la madera estuviera podrida. Él recordaba que su padre insistía todo el tiempo en blanquear a la cal las paredes y pintar la puerta todos los años porque el frente daba al sur y el viento pampero pintaba de verde y gris. La lluvia y el viento, el descuido y la Mazorca seguramente habrían podrido la madera de la puerta.

La cerradura también estaba oxidada y la llave se trabó sin llegar a dar siquiera una vuelta. Su impaciencia y los latidos de su corazón aumentaron. Escuchaba que pasaban caminantes por detrás suyo, incluso llegó a escuchar algún comentario extrañado o de alguien que lo reconocía. Un carruaje pasó a gran velocidad con por lo menos cuatro caballos y dos vendedoras le ofrecieron empanadas.

Dijo una grosería y casi por arte de magia, la puerta se abrió con facilidad. La llave había sido inútil, seguramente la cerradura había sido violada varias veces durante esos diez años de ausencia. No llegó a abrir del todo, el pecho se le hundió en un suspiro antes de entrar. Pero a sus espaldas un trueno rugió anunciando una tormenta violenta y entró.

A pesar de que el cielo estaba nublado, la oscuridad del interior de la casa lo cegó. Pestañeó varias veces para que sus pupilas pudieran acomodarse a la escasa luz. Pronto descubrió que no era tan escasa y que a pesar de la tormenta que ya estaba oscureciendo las calles de la ciudad, algunos rayos de luz entraban por rincones, generando manchas claras en el suelo.

Había dejado su casa llena de muebles bellos que eran parte del pasado de su familia. Un sillón de madera de jacarandá del Brasil que había visto la Revolución de Mayo, una mesa traída del Alto Perú por su abuelo después de combatir junto a San Martín, un espejo de su madre hecho con un marco de plata traído desde Europa por su bisabuela. No había pensado en ellos en todo ese tiempo, pero se dio cuenta de que no estaban sin necesidad de buscarlos en la penumbra. Si no quería entristecerse por completo, tendría que empezar a mirar qué había sobrevivido y dejar de pensar en lo que se habían llevado.

Caminó hacia adentro, por el pasillo que unía las habitaciones y llevaba al primer patio. Una parte del techo se había caído y varios pájaros habían hecho sus nidos entre las vigas. Se habían llevado las puertas de madera de las habitaciones y las que sobrevivían tenían los vidrios de las ventanas quebrados. Tropezaba con baldosas rotas a cada paso que daba. En el comedor, antes de llegar al patio, habían levantado todas las cerámicas de Portugal que su padre había hecho traer a pedido de su madre. ¿Qué piso federal estarían decorando esas cerámicas…?

Iba a atravesar la puerta que daba al patio de los jazmines cuando algo visto por el rabillo del ojo lo distrajo. Estaba en la habitación en la que su madre acostumbraba a hacer sus labores. En su infancia había sido una habitación de paredes ligeramente rosadas dado que habían pintado a la cal directamente sobre los ladrillos. El rosa permanecía en las paredes, ligeramente sucio y enmohecido en los bordes de las ventanas. No estaban los muebles de su madre, ni las alfombras, ni las luces que les daban un tono anaranjado a las paredes que en las noches de invierno la hacían la habitación más cálida de la casa. Y en ese calor del recuerdo de su madre acomodando puntillas, su padre respondiendo cartas en una mesa con un candelabro, su abuela tejiendo al lado del brasero y él leyendo sus libros de la escuela, vio escrito en la pared que daba al pasillo “MUERAN LOS SALVAGES UNITARIOS”.

Se acercó con los ojos llorosos a la pared. Conocía bien ese rojo oscuro oxidado como para ignorar que esas letras habían sido escritas con sangre. ¿Sangre de alguna persona? ¿Sangre de algún animal? ¿Sangre de alguna persona asesinada como si fuese un animal?

Allí su madre le había contado historias de sus abuelos y los que habían luchado en el ejército de San Martín. Allí le había dicho que quería que fuera médico. Su padre le había golpeado varias veces la espalda al felicitarlo por sus calificaciones y lo había reprendido severamente por sus intereses sentimentales, que habían sido varios e irresponsables. Allí lo habían felicitado en 1839 por recibirse tan joven de médico. El pulso se le aceleró, los labios le temblaron, el pecho le dolió de manera persistente. Se diagnosticó un ataque cardíaco inminente, pero en cambio lloró por todo lo que había perdido en esos años.

—Habrá que limpiar y pintar —dijo en voz alta recordando la practicidad de su padre, la cual había decidido adoptar al emprender el camino a Buenos Aires.

Iba a traspasar la puerta que llevaba al patio de los jazmines y se detuvo recordando algo. Había dejado el maletín de médico en el primer pasillo de la casa, embrujado por los recuerdos y el dolor, pero tenía que volver a ocuparse de una tarea importantísima. Puso una rodilla en el suelo y sacó la placa que lo había acompañado en su vida en Montevideo y le había permitido vivir un poco más cómodo que a muchos de los emigrados.

Buscó entre los restos de puertas y ventanas y hasta de techo. Revolvió con el pie hasta que encontró lo que buscaba: una madera con un clavo, el resto de lo que al parecer había sido una mesita utilizada por los criados. No le costó mucho retirar el clavo oxidado y con el clavo y la placa en la mano se dirigió hacia la puerta de calle. Clavó sin esfuerzo el clavo en la puerta podrida y en el clavo oxidado colgó la placa de cerámica que decía: “Diego Varela. Doctor en Medicina”. Volvió a entrar con una sonrisa y el corazón satisfecho.

Dio unos diez pasos en la casa y el rumor de unas voces, alguien que intentaba abrir la puerta y la placa que se caía al suelo le helaron el cuerpo. Volvió corriendo, hecho una furia para insultar al que había roto la placa. Abrió la puerta con tanta furia que la sacó de su marco.

—¡No se rompió la placa! —gritó alguien a sus pies.

Lo primero que vio frente a él fue una muchacha muy pálida con una mantilla oscura que lo miraba muy mortificada y avergonzada. Pero ella no había hablado, sino otra joven que levantaba del suelo la placa con cuidado y se la ofrecía.

—Disculpen —murmuró Diego dándose cuenta de que eran al parecer dos señoritas de buena familia.

—No se preocupe —le dijo la más morena de las dos, que era la que había visto primero.

Era muy jovencita y Diego casi frunce el ceño al ver unas ojeras y una palidez que mostraban que en algún momento había estado enferma o que solía enfermarse con frecuencia. La otra era rubia, muy rubia, seguramente descendiente de ingleses y muy bonita, bastante más que la primera. Parecían hermanas más por las formas de su trato que por el parecido físico. La rubia le ofreció la placa de cerámica que él se guardó en uno de los bolsillos.

—Siempre pensamos que la casa estaba vacía —le explicó la morena.

—Ya no.

—Discúlpenos entonces.

Ninguno de los tres habló. La más jovencita, que parecía más simpática que la vestida de blanco y mantilla negra, le sonrió:

—Somos de la familia Evans. Ella es mi hermana Laureana y yo, Valentina. ¿Usted es un doctor?

—El doctor Diego Varela, sí.

—¿Recién llega a Buenos Aires?

La mayor miró a su hermana con extrañeza.

—Ya nos íbamos… —dijo empujándola hacia un lado de la vereda.

—No hay por qué ser descorteses con el doctor —le contestó la otra sonriéndole. —¿Es nuevo en la ciudad, doctor?

—No, soy porteño de nacimiento.

—Pero no sabíamos de usted. Hace tiempo que venimos a ver esta casa, queríamos saber si se alquilaba o vendía. ¡Laureana, no hace falta el codazo!

—En cualquier momento va a di ...