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LA INTRODUCCIóN

Rodolfo Fogwill  

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Fragmento

1

Siempre las cosas parecen a punto de caer. Antes de salir había mirado los titulares de los diarios del día pensando que todo aquello terminaría derrumbándose. Ahora viajaba en la penúltima fila y pensaba en la inercia. Era cerca de las tres de la tarde y el ómnibus estaba semivacío. Desde su lugar pensaba en la inercia mirando las cabezas de todos los pasajeros, sus peinados, las nucas. A unos pocos alcanzaba a verles los hombros y las partes más altas de la espalda. Sería gente de mayor estatura, o que eligió viajar más estirada en sus asientos.

Desde aquí, pensaba, domino prácticamente todas las nucas, incluyendo la de la cabeza del chofer. Era una nuca de pelo ralo que encanecía hacia abajo hasta convertirse en un vello blanco y finísimo a la altura del cuello.

Y pensaba en la inercia y con ella en tantas cabezas que a un mismo tiempo acompañaban o repetían los movimientos del ómnibus. Aceleraciones, sacudidas, arranques y frenadas acompañaban esas nucas simultáneas, paralelas, todas a un tiempo, pero cada cual en su estilo, según su posición, según sus condiciones.

Tal vez influyera su propio peso, o el peso de los cuerpos que inevitablemente llevarían debajo. Y también debía influir el peso de los hábitos: las distintas maneras de viajar, de relajarse y de ceder o de sobreponerse a las fuerzas que actúan sobre uno mismo.

Reconocer un estilo en la manera con que cada cabeza se entrega al movimiento, producto de su peso, de su posición y de sus relaciones de masa y de distancia con el propio cuerpo, era parte de un pensamiento acerca de la inercia, que gradualmente tendía a convertirse en un pensamiento autónomo sobre el estilo. La noción de estilo en este párrafo también se aplica a las leves diferencias con que repetían o acompañaban los movimientos del ómnibus todas las otras cabezas.

La suya no. Su cabeza permanecía fuera de toda contemplación, libre de cualquier atribución de estilo. Estaba allí como si constatar la armonía y las inarmonías del movimiento mecánico de otras cabezas fuese la única misión que tenía en el mundo y, por ello, el único motivo que lo habría llevado a abordar el ómnibus y a emplazarla allí, consigo, en la penúltima fila de asientos.

Pero había elegido aquel ómnibus para acercarse a la avenida Independencia, donde toma

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