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LA INVASIóN

Ignacio Solares  

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Fragmento



Índice

Portadilla

Índice

Dedicatoria

Cita

Primera parte

I

II

III

IV

V

VI

VII

VIII

IX

X

Segunda parte

I

II

III

IV

V

VI

VII

VIII

IX

X

XI

Tercera parte

I

II

III

IV

V

VI

VII

VIII

IX

Recibe antes que nadie historias como ésta

X

XI

XII

XIII

Créditos

Grupo Santillana

Este libro tiene dedicatoria.

El nuevo rostro de la ciudad lo íbamos
modelando a puñaladas.

MANUEL PAYNO

Primera parte

I

Al yanqui que quiso izar su bandera en
Palacio Nacional el día de la entrada de los
norteamericanos, le mataron de un balazo,
pero por más esfuerzos que hizo la policía no
pudo averiguar quién fue el matador. Pero
espantan por su barbarie los tormentos que le
preparaban al asesino.

GUILLERMO PRIETO

Las campanadas de Catedral estallaban como burbujas de oro en el aire vehemente de aquella mañana del 14 de septiembre de 1847, dándoles la bienvenida a los yanquis que acababan de invadir nuestra ciudad. ¿Qué otra cosa podía esperarse de nuestra Iglesia, de la que Cristo se había marchado, descristianizada? La indignación del pueblo acabó de encenderse en el momento en que un soldado yanqui empezó a izar la bandera norteamericana en Palacio Nacional. El corazón nos dio un vuelco —el mundo entero dio un vuelco. Gritos furibundos, insultos destemplados se entremezclaban con ahogados sollozos y quejidos, y no faltó quien prefirió taparse los ojos dentro de un puchero. Ya estaba ahí, en el aire de la mañana transparente, lo que tanto temimos desde meses atrás, la bandera flameante de las barras y las estrellas, símbolo del abyecto poder que intentaba sojuzgar a todas las naciones y a todas las culturas del siglo XIX.

Paradójicamente, los habitantes de la ciudad presenciábamos el siniestro espectáculo en la Plaza Mayor, en donde debía erigirse un gran monumento a nuestra Independencia, ordenado por Santa Anna apenas cuatro años antes, y del que sólo se construyó el zócalo.

Pero el soldado yanqui que izaba la bandera no logró concluir su propósito porque un certero balazo, que surgió de alguna azotea cercana, lo derribó. Al ver ese cuerpo desmadejarse, como un títere al que hubieran cortado los hilos, y la bandera norteamericana apenas a media asta, la multitud soltó un largo aullido y se lanzó contra los grupos de soldados yanquis, de pie o montados a caballo, que permanecían a las puertas de Palacio. Sus propias armas no podían protegerlos demasiado tiempo porque la gente les caía encima en oleadas crecientes, por más que aún alcanzaran a disparar y a derribar a algunos de los nuestros.

—¡Mueran los yanquis!

Todo mi ser dudaba, pero el miedo pudo más y salí corriendo hacia los portales para abandonar la plaza, torcido, desencajado, la cabeza sumida, pensando hipnóticamente que una de esas balas que intermitentemente escuchaba disparar estaba destinada a mí, que corría hacia ella sin remedio. O que uno de esos cuchillos y una de esas bayonetas que atisbaba destellantes, me aguardaban para poner fin a mi carrera vergonzante. Tropezaba, resbalaba, me empujaban, caía, volvía a levantarme, hacía enredados equilibrios, con una viva sensación de ridículo por huir así y por mi torpeza para pisar firmemente y mantenerme erguido.

En una de esas ocasiones en que caí, alcancé a ver —dentro de una nube de polvo— a un grupo de mujeres que arañaba, mordía, escupía, desnudaba a un soldado yanqui, quien se crispaba y retorcía como si convulsionara.

Otro más parecía ya muerto. Materias blanquecinas y viscosas surgían de entre los mechones de pelo rubio y la cara —una cara brutal que no había apaciguado la muerte— estaba cubierta de sangre. Un par de léperos lo veían fascinados, como a una fiera recién cazada, todavía caliente. Lo movían con el pie una y otra vez, acaso temerosos de que aún pudiera revivir y levantarse.

Todo ocurría como en los sueños. La lucha, los golpes entre los contendientes, los gritos, los disparos, los cadáveres regados, eran imágenes reales, pertenecían al mundo de la realidad real, por decirlo así, pero flotaban en una atmósfera más bien neblinosa.

Estaba a punto de alcanzar los portales, cuando una mano como garra me atrapó por un tobillo. Caí al lado de un yanqui herido que echaba espumarajos por la boca y tiraba manotazos desesperados hacia todos lados, aunque apenas si lograba mover el resto del cuerpo. Quedé tendido boca arriba y el yanqui aún alcanzó a asestarme un fuerte puñetazo en la cara, provocándome un agudo dolor con todas las propiedades de un torrente de colores cegadores. Sin pensarlo demasiado, saqué mi cuchillo de su funda y le asesté una puñalada en el pecho acezante. El yanqui abrió unos ojos enormes, con un fulgor postrero que me regalaba sólo a mí, y las palabras —supongo que insultos— se le removieron convulsas atrás de los dientes, obligando a retraerse a la boca sangrante.

Lo peor del sufrimiento, y en especial del sufrimiento de la agonía, es la soledad que lo acompaña, y aquel pobre yanqui —que quizá ni siquiera sabía bien a bien a qué había venido a nuestra ciudad debió sentirse de veras solo en aquel momento. Pero había que herir de nuevo. El problema era arrancar el cuchillo, hundido hasta la empuñadura. Lo hice con una fuerza innecesaria, provocándome un tirón en el hombro, y con ese mismo impulso lo dejé caer otra vez en la casaca azul, muy sucia y con manchas crecientes de sangre. Los ojos se le pusieron blancos, tragó una última bocanada de aire y descolgó la quijada, echando nuevos y aún más abundantes espumarajos sanguinolentos. Las manos, muy blancas y pecosas, se le apaciguaron, yertas a los flancos. Estuve a su lado hasta que los ojos se le fueron enteramente hacia adentro, hacia lo más profundo de sí mismo. Observé cómo se le afilaban los lineamientos del rostro al igual que las aristas de un pedazo de roca, cómo la piel cobraba un opaco tono de arcilla, un frío de tierra húmeda y un silencio de cosa mineral. Cuán visible me pareció el instante en que se marchó el alma de aquel cuerpo derrotado. Yo lo maté, no había duda. O por lo menos lo rematé. Lloré y me invadió una piedad infinita, como si en la miseria de aquel hombre contemplara la mía propia y la de todos los congregados en la plaza. Creo que estuve a punto de abrazarlo, lo que resultaba ridículo en aquellas circunstancias, y hasta peligroso porque no hubiera faltado el que pensara que estaba yo a favor de los yanquis, y quién sabe cuáles fueran las consecuencias. Le dejé ahí, clavado en el pecho serenado, mi cuchillo —como confirmación de que era yo quien lo había crucificado—, me puse de pie y corrí hacia los portales. El dolor del puñetazo en la mejilla parecía haberse adormecido —dejando sólo como el eco del dolor— y con la lengua podía recorrer la herida en la encía. El sabor de la sangre salada que tragaba sin remedio me mareaba.

—¡Mueran los yanquis!

No era la bandera de las barras y las estrellas la que terminarían por izar en Palacio Nacional los norteamericanos, sino la muerte misma.

Una noche me diría el padre Jarauta, escondido en mi casa:

—Lo contrario de la muerte no es la trascendencia, ni siquiera la inmortalidad. Lo contrario de la muerte es la fraternidad. Habría que pensar en la Crucifixión como en un mero acto de fraternidad.

II

Gloriaos, mexicanos, de la parte tan
considerable y rica que os ha tocado en los
negocios del Universo.

GUADALUPE VICTORIA

Por aquellos días me sucedía con frecuencia que durante un ataque de melancolía viera —o entreviera— unas llamitas errantes en el cielo, danzarinas, que llegaban y se iban, y a veces bajaban a posarse, por ejemplo, en lo alto de una iglesia —les encantaban las iglesias, en especial las churriguerescas—, en el centro de una calle vacía, en el brocal de un pozo sin agua, en la raíz tortuosa de algún viejo árbol o entre las ruinas de una casa en demolición. En algunas ocasiones, bastaba un parpadeo o tallarme los ojos para que desaparecieran. En otras, permanecían ahí un buen rato, lo que me llenaba de angustia porque, por lo general, se traducían en un agudo dolor de cabeza.

Preocupado, le pregunté al doctor Urruchúa. Sus argumentos no me parecieron muy científicos a primera vista:

—Pueden ser almas de difuntos, atadas aún a la tierra por algún lazo muy intenso de amor o de odio, que oscilan descabelladamente como si un viento implacable las agitara y que se extinguen en el aire (por lo menos momentáneamente) no bien se les reza un padrenuestro. Hágalo, amigo Abelardo, verá que por lo pronto se tranquiliza.

Me clavó su pupila escrutadora y voraz, ducha en el arte de vislumbrar por entre la maraña de los velos del alma.

—También, no hay que descartarlo, esas llamas en el cielo podrían ser signos agoreros de desastres que se ciernen sobre el lugar en que aparecen, lo que tiene sentido por la situación tan grave que atraviesa hoy nuestra pobre ciudad. En uno u otro caso, no está por demás el padrenuestro —me escuchó el corazón, me miró el fondo de los ojos, el color de la lengua, me tomó el pulso, todo con la actitud de un entomólogo fascinado por una especie rara—. Claro que podría tratarse de simples fosfenos, que se producen por la excitación mecánica de la retina o por alguna forma de presión sobre el globo ocular. Trate de dormir mejor, amigo Abelardo. Tómese el té de tilo y valeriana que le receté, las diez gotas de cornezuelo de centeno para los mareos y dese un baño en agua de rosas una media hora antes de acostarse. Un insomnio tan grave como el que usted padece puede provocar cualquier tipo de alucinaciones.

Nunca puse en práctica lo del padrenuestro y más bien prefería relativizar el hecho, tallarme con fuerza los ojos o esperar a que las llamitas errantes se marcharan por sí solas. Como dice el Zohar: “El mundo se conserva por el secreto”.

Pero las llamas en el cielo regresaron, en forma preocupante, después de más de cincuenta años, al reabrir mi casa de Tacubaya, al grado de que necesité dosificar mis visitas.

A veces, peor, ahí las llamas se transformaban en unos relámpagos que nacían como peces abisales para asomarse un segundo sobre las aguas. La memoria me devolvía, a quemarropa, lo que más podía temer, y la cabeza parecía a punto de estallarme.

El tiempo daba continuamente una como maroma y ya no estaba aquí y ahora sino allá y entonces. Permanecía horas en las piezas vacías, por momentos con los ojos cerrados —con lo cual las llamitas se me iban para adentro—, aspirando el sahumerio de aquellas vivencias antiguas que me desgarraban el alma. Salía tentaleando las paredes como ciego, y el cochero debía llevarme casi a rastras al carruaje. Por eso temí, como nunca antes, que el cielo entero se me volviera una gran llamarada y yo enloqueciera, sin remedio. Hay luces insoportables.

Magdalena, mi mujer, que me sabe ocupado alguna que otra mañana en la tarea supuestamente catártica de escribir algo, cualquier cosa, en especial si la escritura se realiza por sí misma, sin pretensiones ni intenciones de publicar, leyó por sobre mi hombro y preguntó:

—¿De veras tanto te afectó regresar a la casa de Tacubaya? Te dije que primero la mandaras limpiar, has de ser alérgico al polvo. La cantidad de ratones que habrá ahí. Deberías asperjarla con agua de orégano, cubrirte la cara con un paliacate y tomarte una dosis doble de bromuro de potasio antes de entrar.

De todos los medicamentos que he tomado a lo largo de mi vida —y huyo de ellos como de la peste—, al bromuro de potasio le sigo siendo fiel porque es el único que me ha ayudado para los males de la tristeza. Mi mujer en cambio se la pasa viendo doctores y desde que despierta empieza con una cabeza de ajo, que mastica a conciencia, y una infusión de flores de ajenjo para el malestar estomacal, sulfato de magnesio para las lombrices, luego sigue con píldoras de salicilatos para los dolores de huesos, alguna más para su estreñimiento crónico, lavados de boca después de cada comida con tintura de mirra para fortalecer las encías y remata por las noches con la belladona para dormir bien, lo cual es un decir porque desde que la conozco duerme como lirón, tome o no tome nada. Como lo que más le gusta en la vida es leer y seguir leyendo, le aterra padecer cualquier afección en los ojos, se los lava con agua de manzanilla dos y hasta tres veces al día y se echa gotas de colirio, que le encienden aún más la mirada.

Tiene una clara tendencia hacia lo efectivo y terapéutico. Dice que la energía moral inempleada se transforma en neurastenia, y de ahí su consejo:

—¿Por qué no aprovechas el regreso de las lucecitas en el cielo y de una buena vez terminas esa crónica que dejaste pendiente sobre la invasión yanqui a la ciudad en el 47, eh? No la publiques si no quieres, pero termínala. Es más, cuenta en las primeras páginas cómo fue que apuñalaste a aquel pobre soldado yanqui, va a servirte como una especie de confesión pública. Pronto, me temo, la arteriosclerosis cerebral te va a impedir escribir nada de nada.

—Tendría que entrar en detalles, y más bien prefiero que la arteriosclerosis me ayude pronto a olvidarlo del todo.

—Es la memoria de esta ciudad.

—Sí, pero es una memoria indigna.

—Son las mejores para recrearlas y reflejar la condición humana, me parece. La memoria indigna y la memoria chusca. ¿No también andabas con ganas de hacer un recuento de los pasajes chuscos de nuestra historia, hasta llegar por lo menos a Maximiliano y Carlota? ¿Qué pasó con eso?

—Empecé de atrás para adelante y me atoré. Me quedé cuando el pelotón de ejecución mexicano le voló un ojo a Maximiliano. El embalsamador no pudo encontrar un solo ojo azul artificial en todo Querétaro, de tal suerte que, al final, el ojo negro de una virgen queretana fue ensartado en la cuenca del emperador fusilado. Desde la cripta de los Habsburgo, en Viena, Maximiliano mira a la muerte con un ojo azul austriaco y un ojo indígena negro, nomás imagínate. Escribí tantas disertaciones filosóficas sobre ese solo hecho, que me estaba saliendo un texto de lo más farragoso, que no tenía nada de cómico, y preferí detenerme y posponerlo, como me ha sucedido con casi todo lo que he intentado en mi ya larga vida.

—Pues deberías decidirte de una vez por todas a concretar algo. Yo te ayudo —y sus ojos, de un castaño lindamente jaspeado en verde y amarillo, sonrieron con ironía.

Dentro de la máscara de arrugas, que ha asumido con una resignación como para tantas otras cosas, esos hermosos ojos de mi mujer conservan sus aguas misteriosamente profundas y serenas de cuando la conocí, que sólo agitan la cólera o ciertos momentos de entusiasmo. Vivía en Querétaro, hija de un prestigiado abogado del que heredó su afición por el estudio y la buena literatura. Tenían una biblioteca que era la envidia de la ciudad: altos muros con anaqueles vidriados y algo así como dos mil libros empastados en piel de becerro con sus iniciales doradas en el lomo. Magdalena tenía veinticuatro años, cabellos de trigo y cutis de durazno y, ya desde entonces, unos leves surcos prematuros en su entrecejo, producto de un carácter adiestrado en pasar bruscamente de una extrema tensión a un largo y plácido relajamiento irónico, del entusiasmo irrefrenado a una expresión voluntariosa y dura, que refleja un dominante afán de imponer pareceres y convicciones.

Es una lectora atenta a lo que se publica en México, tanto como a las novedades que le manda por correo su librero de París. Vive intensamente la vida literaria de la ciudad y una tarde la encontré llorando desconsolada porque en El Siglo XIX acababa de leer la noticia sobre el suicidio de Manuel Acuña.

—Todos sus lectores deberíamos imitarlo como un mínimo homenaje—, dijo, no sé si en serio o en broma.

O se enfurece porque Lerdo de Tejada acababa de escribir que, en nuestra porfiriana ciudad, “una cobarde afeminación refina y subyuga las naturalezas más privilegiadas, la gangrena es envuelta en vaporosos tules y la venalidad femenina se paga con ministerios”. Lanzó el periódico al aire, amenazó con mandar una carta incendiaria al periódico, lo que nunca hizo, y aseguró algo así como que “el siglo XX será femenino o no será”.

A pesar de lo mucho que lee —casi ha duplicado el número de libros que heredó de su padre, los tenemos en desorden y apilados por todas partes, infundiéndole a la casa entera un sigilo de biblioteca y un olor de abadía, que seguramente influyeron para que nuestros hijos huyeran de nuestro lado apenas tuvieron edad para hacerlo—, a pesar de ello, Magdalena no ha querido involucrarse demasiado en los círculos académicos o literarios aunque, por ejemplo, si encuentra en la calle a Guillermo Prieto —con su imprescindible sombrero de paja de grandes alas—, lo saluda con un entusiasmo desmedido y le comenta su artículo más reciente. Pero nada más. Dice que a los escritores hay que tratarlos muy por encimita, jamás intimar con ellos y conformarse con sólo leerlos, en lo que tiene razón.

Con los años se le ha acentuado una peligrosa tendencia a escandalizar, quizá producto de esa misma afición literaria —lee demasiado a Charles Fourier, uno de sus autores franceses predilectos—, y por eso debo tener sumo cuidado con las reuniones a las que, muy ocasionalmente, asistimos. No hace mucho tiempo, durante una cena en casa del ministro Chávez Torres, dijo algo tan fuera de lugar como que, en un futuro no muy lejano, si queremos salvar al país, la mujer deberá participar en política en igualdad de condiciones que el hombre. O, peor, que la prostituta es una víctima social, a la espera de su reivindicación, y no menos sufrida que el lépero, el campesino y la sirvienta, lo que a más de uno le tiró el monóculo y motivó que la esposa del ministro Chávez Torres —una señora siempre vestida de negro que respira un aire virtuoso— no la saludara la última ocasión que se encontraron en Lady Baltimore.

Pero ya en confianza, mi mujer es todavía peor. Durante una comida de domingo, con uno de nuestros hijos y su esposa, sacó de nuevo a colación a Charles Fourier —lo que a todos en la familia nos pone los pelos de punta—, quien dice que “toda fantasía es buena en materia de amor, especialmente en el amor juvenil”, y que “todas las parejas tienen derecho a sus rarezas amorosas, porque el amor es esencialmente la mejor parte de nosotros mismos: la parte irracional”. A mi hijo se le atragantó la cucharada de arroz con leche y su respuesta acabó de encender la mesa por la indignación que le provocó a su madre. “Como parte de una buena educación, a las mujeres deberían prohibirles leer novelas, cualquier tipo de novelas”, dijo. Mi mujer lanzó la servilleta con una especie de chicotazo y comentó: “Claro, desde luego, a la mujer deberíamos regresarla a los tiempos en que los inquisidores españoles prohibieron que se publicaran o importaran novelas en las colonias hispanoamericanas con el argumento de que esos libros disparatados y absurdos podían ser perjudiciales para la salud espiritual de los indios. ¿Sabías que por esta razón los hispanoamericanos sólo leyeron ficciones de contrabando durante trescientos años y que la primera novela se publicó en la América española hasta después de nuestra Independencia, en 1816? ¿Lo sabías, hijo? Pero cómo vas a saberlo si por más intentos que hicimos tu padre y yo nunca fuiste capaz de terminar de leer un libro, ni siquiera los de aventuras infantiles, aunque tengas el mérito de haber dedicado la mejor energía de tu vida física y espiritual a los negocios y a hacer dinero, te lo reconozco”. El ambiente estaba de lo más tenso —mi nuera no sacaba los ojos del plato— y por eso cambié bruscamente de tema y me puse a contarles del elefante que acababa de escaparse de un circo y que por la noche aplastó a un borrachín que andaba por ahí. “¿Se imaginan al borrachín gritándole al elefante: ‘¡No existes, no existes, eres producto de mi imaginación!’, un instante antes de sentir el golpe seco que lo mandó al otro mundo?” Ya solos, por la noche, le reclamé a Magdalena el nuevo comentario sobre Fourier, en qué cabeza cabía, ante nuestro propio hijo y su esposa, tan recatados y prejuiciosos, con razón nos tachaban de locos y ya no querían venir a la casa, ya los conocía, no iban a cambiar y sólo había conseguido amargarnos la comida. Me contestó furiosa: “Por supuesto, es más importante una rica comida de domingo que abrirles los ojos a nuestros hijos. No hay peor ciego que el que no quiere ver. ¿Quieres para ellos unos endurecidos corazones, donde nada se asienta sin cuajarse y agrumarse? Si no me hubieras interrumpido con la tontería ésa del elefante que aplastó al borrachín, me hubiera gustado agregar que Fourier también habla, en una futura sociedad ideal y feliz, de ‘la orgía noble’, los ‘acoplamientos colectivos amorosos’, y que la masturbación o la homosexualidad no serán reprimidas sino fomentadas para que cada cual encuentre su pareja afín y pueda ser dichoso con todo y su debilidad o capricho. Claro, sin hacer daño al prójimo, pues todo será libremente elegido”.

Cuando Magdalena habla de esos temas, los ojos brillantes y consagrados se le llenan de un enfurecido éxtasis. Unos ojos alusivos a un triunfo secreto, difícilmente transmisible.

Con esas ideas, mi comentario de por qué dudaba tanto en terminar mi crónica sobre la invasión norteamericana a nuestra ciudad en el 47, tenía que sonarle de lo más retrógrado.

—Al margen de lo personal y lo histórico, que es lo de menos, piénsalo, ¿qué sucedería si, además, como parte de la crónica, algo digo sobre esas dos mujeres a las que tanto amé por aquellos años?

—¿Cuáles?

—Te las he mencionado miles de veces. Se llamaban Isabel, madre e hija.

—¿Ves por qué te digo que a nuestra edad se olvidan tan fácilmente las cosas?

—Aunque no lo publique, alguien podría encontrar las hojas por ahí cuando nos muramos. Lo primero que hace la familia es buscar ese tipo de testimonios entre los papeles del difunto, y más con la mala fama de deschavetados que tenemos tú y yo. Aparte de que podrían ponerse a ubicar a la familia de esas mujeres, imagínate la herencia para nuestros propios nietos. Su abuelo, un perverso que se enamoró a la vez de una madre y de su hija. Lo que iban a pensar de ti, mi esposa, su abuela.

...