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LA ISLA DE LAS MIL FUENTES

Sarah Lark  

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Fragmento

Título original: Die Insel der tausend Quellen

Traducción: Susana Andrés

1.ª edición: abril, 2013

© 2011 by Verlagsgruppe Lübbe GmbH & Co. KG, Köln

© Ediciones B, S. A., 2013

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)

www.edicionesb.com

Depósito Legal: B.15636.2012

ISBN DIGITAL: 978-84-9019-338-9

Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidas en el ordenamiento jurídico, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.

Contenido

Portadilla

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Créditos

 

SUEÑOS

1

2

3

4

5

6

7

8

LA ISLA

1

2

3

4

5

6

7

8

9

10

MAGIA

1

2

3

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5

6

7

8

9

TRAICIÓN

1

2

3

4

5

6

7

VENGANZA

1

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3

4

5

6

7

AMOR

1

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6

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9

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12

Epílogo

SUEÑOS

Londres

Finales de verano - Otoño de 1729

1

—¡Qué tiempo!

Nora Reed se estremeció antes de salir a la calle y correr hasta el carruaje que la aguardaba delante de la casa de su padre. El viejo cochero sonrió cuando la vio sortear los charcos dando saltos, pese a los zapatos de seda y tacón alto, para no mancharse el vestido. El voluminoso miriñaque dejaba al descubierto mucho más de lo que permitía la decencia, los tobillos y las pantorrillas, pero Nora no se sentía cohibida ante Peppers. Hacía años que estaba al servicio de la familia y conocía a la muchacha desde que tiempo atrás él mismo la había llevado a bautizar.

—Así pues, ¿adónde vamos?

El cochero sostuvo sonriente la portezuela del vehículo alto y lacado en negro. Las puertas estaban adornadas con una especie de blasón, unas iniciales artísticamente entrelazadas: la T y la R de Thomas Reed, el padre de Nora.

La muchacha se puso a cubierto y se quitó rápidamente la capucha de su amplio abrigo. Esa mañana, la doncella le había trenzado en el cabello castaño dorado unas cintas verde oscuro a juego con su abrigo verde intenso. La lluvia tampoco habría podido ensañarse con la gruesa trenza que caía sobre la espalda de la chica, aunque no hubiera estado protegida. Nora no solía empolvarse el cabello de blanco tal como dictaba la moda. Lo prefería natural y se alegraba cuando Simon comparaba sus rizos con el ámbar. Al pensar en su amado, la muchacha sonrió soñadora. Tal vez debería pasar un momento por el despacho de su padre antes de visitar a lady Wentworth.

—Bajaremos primero hacia el Támesis, por favor —‌indicó con cierta vaguedad al cochero—. Quiero ir a casa de los Wentworth... Ya sabe, esa casa grande en el barrio comercial.

Lord Wentworth se había instalado a orillas del Támesis, en la zona de los despachos y casas comerciales. El contacto con comerciantes e importadores de azúcar le parecía más importante que una mansión señorial en un distinguido barrio residencial.

Peppers asintió.

—¿No quiere hacer una visita a su padre? —‌preguntó.

El viejo sirviente conocía a Nora lo suficiente para leer en su delicado y expresivo rostro qué estaba pensando. Durante las últimas semanas, la muchacha le había estado pidiendo con extraña frecuencia que la condujera al despacho del señor Reed, incluso si en realidad eso significaba dar un rodeo. Y, por supuesto, lo que la movía no era tanto saludar a su padre como ver a Simon Greenborough, el más joven de los secretarios de Thomas Reed. Peppers sospechaba que Nora también se reunía con el muchacho cuando iba a pasear o salía a caballo, pero no tenía intención de entrometerse. A su señor sin duda no le parecería bien que la chica tontease con uno de sus empleados. Pero Peppers apreciaba a su joven señora —‌que siempre había sabido ganarse el favor del personal de su padre— y se alegraba de verla ilusionada por el apuesto secretario de cabello negro. Hasta el momento, la muchacha nunca había tenido ningún secreto digno de consideración para su padre. Thomas Reed la había criado prácticamente solo después de la prematura muerte de la madre y ambos mantenían una relación estrecha y afectuosa. Peppers no creía que fuera a ponerla en peligro por un coqueteo.

—Ya veremos —‌respondió Nora, y su rostro adoptó una expresión pícara—. En cualquier caso, a nadie perjudicará que me pase por ahí. ¡Demos simplemente un pequeño paseo!

Peppers asintió, cerró la puerta tras la muchacha y se subió al pescante al tiempo que sacudía malhumorado la cabeza. Pese a toda su comprensión por el juvenil entusiasmo de Nora, lo cierto era que el tiempo no acompañaba para salir a pasear. Llovía a cántaros y el agua fluía a torrentes por la ciudad, arrastrando consigo escombros e inmundicias. La lluvia y la suciedad de las calles se unían formando un caldo pestilente que borbotaba bajo las ruedas del carruaje, en cuyos radios se enredaban, no pocas veces, tablas arrancadas de los carteles de las tiendas o incluso animales muertos.

El cochero conducía despacio para evitar accidentes y respetar a los mozos de los recados y transeúntes que circulaban pese al mal tiempo. Estos evitaban las salpicaduras de los carruajes, pero no siempre lograban escapar de una indeseada y apestosa ducha. Sin embargo, Peppers ni siquiera tenía que refrenar los caballos ese día. Los animales avanzaban con desgana y parecían encogerse bajo la lluvia, al igual que el delgado muchacho, a primera vista un recadero, que salía del despacho de Thomas Reed cuando Peppers dirigió hacia allí el carruaje. Peppers sintió compasión por el pobre diablo, pero Nora distrajo su atención al golpear con insistencia la ventanilla que separaba el vehículo del pescante.

—¡Peppers! ¡Deténgase, Peppers! Es...

Simon Greenborough había esperado que mejorara el tiempo. Pero cuando salió de la penumbra del despacho a la calle, la visión de los caballos empapados delante del carruaje cerrado le demostró que se había equivocado. El joven trató de subirse el cuello del raído abrigo para proteger el adorno de encaje de su última camisa aprovechable. Solía plancharla cada noche para mantenerla más o menos en condiciones. Ahora, sin embargo, se había mojado en un instante, al igual que su cabello, escasamente empolvado. El agua descendía por la corta coleta en que había recogido el espeso pelo negro. Simon estaba deseando comprarse un sombrero, pero todavía no sabía con exactitud qué era lo más adecuado para su nueva condición de escribiente. En ningún caso el tricornio del joven noble, incluso si su único sombrero todavía estaba presentable. Tampoco la lujosa peluca que su padre había llevado y que el ujier...

Simon intentó no pensar en ello. Tosió cuando el agua se deslizó por su espalda. Si no se guarecía pronto de ese chaparrón, el abrigo y los calzones de media pierna también acabarían empapados. Los viejos zapatos de hebilla ya no aguantaban la humedad, el cuero crujía con cada paso que daba. Intentó caminar más deprisa. A fin de cuentas, solo un par de manzanas lo separaban de Thames Street y tal vez podría aguardar allí la respuesta a la carta que se había ofrecido a llevar. Esperaba que para entonces la lluvia hubiera amainado...

Simon no se percató del carruaje que se aproximaba a sus espaldas hasta que oyó la clara voz de Nora.

—¡Simon! Por el amor de Dios, ¿qué estás haciendo aquí? ¡Vas a morirte con este tiempo! ¿Cómo se le ocurre a mi padre que hagas de recadero?

El cochero había detenido el elegante vehículo junto a Simon, sin duda siguiendo las indicaciones de Nora. La muchacha no esperó a que Peppers bajara del pescante para abrirle la portezuela: la empujó con ímpetu desde dentro y palmeó invitadora el asiento a su lado.

—¡Sube, Simon, deprisa! Con este viento entra lluvia y la tapicería se está mojando.

Simon miró indeciso al interior del coche. El cochero observó al confuso joven que, calado hasta los huesos, se hallaba junto al bordillo. Al final, este se decidió a hablar.

—A tu padre no le gustaría...

—Seguro que a su padre no le gustaría, miss Reed...

Simon y el cochero hablaron casi al mismo tiempo y reaccionaron igual de ofendidos cuando ella soltó una risita cristalina.

—¡Sé razonable, Simon! No importa adónde vayas, tampoco a mi padre le gustaría que su mensaje llegase a puerto como si hubiera cruzado a nado el Támesis. Además, Peppers no dirá nada, ¿verdad, Peppers?

Nora sonrió al cochero buscando su aprobación. El hombre suspiró resignado y abrió del todo la portezuela para el invitado.

—Por favor, señor... humm... milord... —‌Todo en Peppers se resistía a dirigirse con un título de nobleza a tan desgraciado personaje.

Simon Greenborough hizo también un gesto de impotencia.

—Con «señor» es suficiente. El escaño en la Cámara de los Lores ya está de todos modos vendido, tanto si se dirige a mí llamándome lord, vizconde o lo que sea.

En su voz había un deje de amargura, y Simon se reprendió por haber consentido que el sirviente se enterase de los asuntos de su familia. No obstante, era posible que ya supiera más de lo normal acerca de él. Nora trataba al personal de su casa en Mayfair como una prolongación de su familia. A saber lo que les habría contado a sus doncellas y sirvientas.

Simon se dejó caer suspirando en el asiento junto a la muchacha. Volvió a toser, el tiempo le afectaba en los pulmones. Nora contempló al joven entre severa y apenada. A continuación cogió su chal y le secó el cabello. Las huellas del húmedo polvo quedaron en la lana y Nora las miró sacudiendo la cabeza.

—¡Mira que ponerte esta cosa! —‌le reprochó—. Qué moda más absurda; tienes un pelo negro tan bonito... ¿por qué te lo blanqueas como un vejestorio? Por suerte no se te ha ocurrido ponerte peluca...

Simon sonrió. No podría haberse permitido una peluca, pero Nora se negaba obcecadamente a tomar siquiera conciencia de lo pobre que era. Del mismo modo se resistía a ver las demás diferencias entre su posición y la de Simon. A ella le daba igual que él fuera un noble y ella una burguesa, que él estuviera totalmente arruinado mientras su padre se hallaba entre los comerciantes más ricos del imperio, que él viviera en un castillo o trabajase de escribiente mal pagado en el despacho de su padre. Nora Reed amaba a Simon Greenborough y no tenía la menor duda de que, en algún momento, ese amor se vería colmado. En ese momento se apoyaba confiada en el hombro del joven, mientras el carruaje traqueteaba por las adoquinadas calles de Londres.

Simon, por su parte, lanzó una mirada inquieta hacia el pescante antes de estrecharla sonriente entre sus brazos y besarla. Ese día lluvioso, Nora se había decidido por un coche cerrado. La ventanilla que le permitía comunicarse con Peppers era diminuta y además estaba empañada. El cochero no se enteraría de lo que sucediera allí dentro. Nora respondió al beso de Simon sin reservas. Refulgía cuando se desprendió del abrazo del joven.

—¡Te he añorado tanto! —‌susurró, apretándose contra él, sin importarle que así se mojaba el abrigo y arrugaba el encaje del escote del vestido—. ¿Cuánto tiempo ha pasado?

—Dos días —‌respondió Simon, acariciándole tiernamente la frente y las sienes. No se cansaba de contemplar los rasgos finos y la sonrisa de la delicada muchacha, y los días que no se veían le resultaban tan sombríos y tristes como a ella.

Nora y su padre habían pasado el fin de semana en la residencia de verano de unos amigos, pero también allí había llovido sin cesar. Así pues, los enamorados tampoco habrían podido encontrarse a escondidas, pues no había ni espacio, ni público ni privado, en el cual una pareja tan poco conveniente pudiera charlar, menos aún acariciarse, inadvertidamente. Cuando hacía buen tiempo, solían encontrarse en St. James Park, si bien ello conllevaba sus riesgos. En las vías más transitadas, los amigos y conocidos de Nora podían descubrirlos, mientras que en los rincones retirados, tras los setos sombríos, solían acechar figuras inquietantes... Y ahora, por añadidura, llegaba el otoño.

—¡Tenemos que hablar urgentemente con mi padre! —‌declaró Nora, que estaba dándole vueltas a esos mismos pensamientos—. No podemos seguir paseando por el parque, pronto empeorará el tiempo. ¡Mi padre ha de acceder a que me hagas la corte en público! Y más aún porque quiero mostrarte a todo el mundo. Mi maravilloso lord...

Le dirigió una sonrisa traviesa y él se abandonó como siempre a la contemplación de su rostro delicado e inteligente y aquellos ojos verdes en los que parecía brillar un caleidoscopio de lucecitas claras y oscuras cuando ella se emocionaba. Amaba su cabello castaño dorado, sobre todo cuando lo adornaba con flores. Flores de azahar... Ni Simon ni Nora habían visto jamás un naranjo, pero conocían sus flores a través de las ilustraciones y soñaban con recogerlas algún día juntos.

—Tu padre nunca lo permitirá... —‌contestó un Simon pesimista, estrechando a Nora contra sí. Le gustaba sentirla, imaginarse que llevaba a su amada en su propio carruaje a su casa, a un palacio bañado por el sol...

—¿Adónde desean ir?

La concisa pregunta de Peppers separó de golpe a los dos enamorados, aunque era difícil que hubiera visto algo. Se había vuelto solo a medias hacia sus pasajeros pues el tráfico de las calles, sobre todo con ese tiempo, reclamaba su atención.

—A... a Thames Street —‌respondió Simon—. Al despacho del señor Roundbottom.

Nora sonrió complacida al cochero y a Simon por igual.

—Ah, prácticamente nos queda de camino —‌dijo alegre—. Voy a casa de lady Wentworth a devolverle este libro.

Sacó un pequeño ejemplar bellamente encuadernado de su bolsa adornada de puntillas y se lo tendió a Simon.

—Barbados. —‌La arruga que siempre aparecía en la frente de Simon cuando estaba preocupado desapareció—. A mí también me habría gustado leerlo.

Nora asintió.

—Lo sé. Pero tengo que devolverlo, los Wentworth se marchan mañana a las islas Vírgenes. Tienen ahí una plantación, ¿sabes? Estaban aquí solo para...

Simon ya no la escuchaba, estaba concentrado hojeando el librito. Imaginaba por qué los Wentworth estaban en Londres. Probablemente habían abandonado circunstancialmente su residencia en el Caribe para comprar un escaño en el Parlamento, o para ocuparse de alguno que ya pertenecía a su familia. Los propietarios de las plantaciones de Jamaica, Barbados y otros terrenos agrícolas del Caribe velaban celosamente para que se fijaran los precios de sus productos y prohibieran las importaciones desde otros países. Con ese objetivo, afianzaban su poder mediante la compra de escaños en la Cámara de los Lores que ofrecían familias nobles venidas a menos, como la de Simon. Por lo que él sabía, un miembro de la familia Codrington, que poseía una gran parte de la pequeña isla Barbuda, tenía la representación del condado de Greenborough.

Pero tampoco Nora se entretuvo en historias sobre la familia Wentworth. En lugar de ello volvió a contemplar el libro que ya había leído varias veces.

—¿A que es bonita? —‌dijo mostrando una imagen.

Simon acababa de abrir una página cuyo texto estaba ilustrado con el grabado de una playa de Barbados. Palmeras, una playa de arena que se transformaba de repente en una selva virgen... Nora se inclinó encima del libro, acercándose tanto a Simon que él pudo aspirar el aroma de su cabello: nada de polvos de talco, sino agua de rosas.

—¡Y ahí está nuestra cabaña! —‌exclamó soñadora al tiempo que señalaba una especie de claro—. Cubierta de hojas de palmera...

Simon sonrió.

—En lo que a esto respecta, un día tendrás que decidirte —‌se burló de ella—. ¿Quieres vivir en una cabaña como los indígenas o dirigir una plantación de tabaco para tu padre?

Nora y Simon estaban de acuerdo en que ni Inglaterra ni Londres eran los lugares donde querían pasar el resto de sus vidas. Nora devoraba todos los libros que caían en sus manos sobre las colonias y Simon soñaba con las cartas que escribía para el señor Reed sobre Jamaica, Barbados o isla Cooper. Thomas Reed importaba caña de azúcar, tabaco y algodón de todas las partes del mundo que el Imperio británico se había anexionado en el último siglo. Estaba en permanente contacto con los propietarios de las plantaciones y Nora ya tenía trazado un plan para ver cumplidos sus deseos. Bien, quizás en Inglaterra no hubiera un futuro para ella y Simon, pero si se abría una filial del negocio de Thomas Reed en alguna colonia... Barbados era ahora el país de sus sueños, aunque estaba lista para instalarse en cualquier lugar donde el sol brillara cada día.

—Ya hemos llegado... miss Nora, señor... —‌Peppers detuvo el carruaje e hizo gesto de ir a abrir la puerta a Simon—. Cuarenta y ocho de Thames Street.

Junto a la puerta del edificio, una placa brillante anunciaba el despacho del señor Roundbottom. Simon cerró el libro de mala gana y salió a la lluvia.

—Muchas gracias por acompañarme hasta aquí, miss Reed —‌se despidió cortésmente de Nora—. Espero volver a verla pronto.

—Ha sido un placer, vizconde Greenborough —‌contestó Nora con la misma formalidad—. Pero espere en el despacho a que deje de llover. No me gustaría que se resfriase al volver.

Peppers compuso una expresiva mueca poniendo los ojos en blanco. Hasta el momento, encontraba el enamoramiento de Nora más divertido que preocupante, pero si la historia seguía adelante, su pequeña señora iba a meterse en problemas. De ninguna de las maneras casaría Thomas Reed a su hija con un escribiente, poco importaba que hubiera llevado o llevase título de nobleza.

La misma idea atormentaba a Simon cuando al final regresó a su trabajo. Si bien ya no llovía tanto, todavía no se le había secado la ropa y en el pasillo donde el señor Roundbottom le había mandado esperar había corrientes de aire y hacía frío. El joven estaba aterido, y el persistente resfriado que había cogido en primavera, en la habitación diminuta e infestada de bichos que había alquilado en el East End de Londres, todavía le atormentaba. Qué descenso de categoría después de Greenborough Manor; además, era una vivienda inadecuada para el empleado de un despacho de prestigio.

Thomas Reed no abonaba al escribiente un salario elevado, pero tampoco era un explotador. Por regla general, el sueldo de Simon habría bastado para pagarse un alojamiento pequeño y limpio, los secretarios más viejos incluso alimentaban con su sueldo a una familia, de forma modesta, sí, pero aceptable. Simon ni siquiera podía aspirar a fundar una familia: si no ocurría un milagro, se mataría trabajando toda su vida para pagar las deudas que había acumulado su padre, y eso pese a que los Greenborough ya habían vendido todo lo que poseyeran de valor.

La caída había cogido desprevenidas a la madre y la hermana de Simon, así como al mismo muchacho, aunque bien es cierto que la familia sabía que las finanzas de lord Greenborough no iban del todo bien. Ya hacía tiempo que se había planteado la venta del escaño parlamentario, acerca de lo cual Simon hacía mucho que había llegado a la conclusión de que eso no haría más que beneficiar a la Cámara de los Lores. Su padre había ocupado en escasas ocasiones su puesto y, cuando lo había hecho, entendía tan poco lo que allí se debatía, según decían, como en casa las peroratas de su esposa, que nunca se cansaba de reprocharle su inclinación a la bebida y al derroche. John Peter Greenborough solía estar más borracho que sobrio, pero su familia ignoraba que, además, había intentado volver a normalizar su maltrecha economía mediante el juego.

Cuando por fin murió —‌oficialmente de una caída durante una cacería, pero en realidad como consecuencia de una borrachera que solo le permitía ir a caballo al paso—, fueron muchos los acreedores que presentaron sus reclamaciones. Lady Greenborough vendió el escaño del Parlamento y con él, en principio, también sus tierras y el título de su hijo. Se despidió de joyas y cuberterías de plata, hipotecó la casa y al final tuvo que venderla. Llevada por la pura compasión, la familia Codrington cedió a los Greenborough un cottage en las afueras del pueblo que seguía llevando su nombre. Pero allí Simon no podía ganar dinero. Entretanto, a las deudas de su padre se había añadido la dote de su hermana, que, loado sea Dios, había logrado casarse más o menos en consonancia con su rango social. El futuro de Simon, por el contrario, estaba destrozado. En sus horas más negras se preguntaba si debía considerar el amor de Nora, esa joven tan hermosa como rica, una alegría o si solo representaba otra prueba más.

Nora Reed estaba convencida de que el cumplimiento de sus sueños tan solo era cuestión de tiempo. Sin embargo, Simon no compartía sus expectativas de que Thomas Reed le recibiera como yerno con los brazos abiertos. Al contrario, el acaudalado comerciante lo consideraría un cazador de dotes y lo pondría de patitas en la calle. No obstante, Simon estaba dispuesto a trabajar duramente para que sus sueños se hicieran realidad. Era un joven serio, siempre había deseado un puesto en una de las colonias y se había preparado para ello. No era ningún jinete, cazador ni espadachín excepcional, y, prescindiendo de la situación financiera de su familia, tampoco mostraba inclinaciones especiales ni talento para las diversiones de la nobleza, pero era inteligente y muy cultivado. Hablaba varias lenguas, era amable y cortés y, a diferencia de la mayoría de sus pares, también se manejaba bien con los números. En cualquier caso, se consideraba capaz de representar una compañía comercial como la de Thomas Reed en ultramar. Estaba dispuesto a trabajar diligentemente por su ascenso social y la arrogancia le resultaba ajena. ¡Tan solo necesitaba una oportunidad! Pero ¿tomaría Thomas Reed su amor por Nora como una manera de conseguir lo que quería? Lo más probable era que sospechase que Simon quería utilizar a su hija como trampolín para promocionarse profesionalmente.

Fuera como fuese, Simon dudaba de que fuese correcto sincerarse tan pronto con Thomas Reed. En cualquier caso, era mejor esperar a ganarse él mismo su favor y ascender de posición. Nora solo tenía diecisiete años y su padre aún no mostraba intenciones de casarla. Simon calculaba dos años más para llegar a establecerse y que entonces el comerciante lo tomara en consideración como yerno.

¡Ojalá supiera cómo apañárselas para conseguirlo!

2

—¿Qué más puede hacerse que no sea plantar caña de azúcar o tabaco? —‌preguntó Nora.

Estaba sentada en el diván de lady Wentworth y sostenía afectadamente una taza de té entre el índice y el pulgar. Desde que pocos decenios antes la reina Ana había dado a conocer esa infusión caliente, se servía en los mejores salones de Inglaterra. Como la mayoría de las damas, Nora había puesto azúcar con generosidad, para gran satisfacción de su anfitriona, que veía en cada té bien azucarado de Inglaterra una contribución al mantenimiento de su fortuna.

—Pues bien, el tabaco no ha dado especialmente buenos resultados —‌contestó pacientemente lady Wentworth.

Las incontables preguntas de la joven hija del comerciante la divertían. Nora Reed parecía firmemente decidida a que su futuro transcurriera en las colonias. Lady Wentworth lamentaba que sus hijos no tuvieran más que ocho y diez años. La pequeña Reed habría sido un estupendo partido y el hecho de que fuera burguesa no le disgustaba. A fin de cuentas, también su propio marido había comprado el título. Para pertenecer a los pares de Inglaterra, ya hacía tiempo que no había necesidad de casarse o de que el rey le armara pomposamente a uno caballero, si bien esto último también era factible para los barones del azúcar. Realizando las donaciones apropiadas —‌obsequios, protección de la flota u otros servicios a la Corona—, el rey premiaba cuán aplicadamente se trabajaba por la prosperidad del imperio al otro extremo del mundo...

—En cuanto al tabaco, Virginia y otras colonias del Nuevo Mundo son las que obtienen las calidades más altas. Pero la caña de azúcar no crece en ningún otro lugar mejor que en nuestras islas. Aunque también tenemos gastos... —‌Lady Wentworth recordó a tiempo que estaba ante la hija de un comerciante. Si se ufanaba demasiado de lo fácil que era cultivar caña de azúcar en Jamaica, Barbados y las islas Vírgenes, el padre de Nora quizá probara a bajar los precios—. ¡Ya solo con los esclavos!

—Bueno, en realidad nosotros no queremos tener esclavos —‌dijo suave pero sinceramente Nora. También había hablado acerca de ello con Simon y ambos eran de la misma opinión—. Es... es poco cristiano.

Lady Wentworth, una mujer resoluta en la treintena, cuyas opulentas formas casi reventaban el corsé y el miriñaque, soltó una risita.

—¡Ay, hija mía, no tiene ni idea! —‌exclamó—. Pero por fortuna la Iglesia es realista al respecto: si Dios no hubiese querido que los negros trabajasen para nosotros, no los habría creado. Y cuando esté usted allí, miss Reed, será de la misma opinión. Ese clima no es para los blancos. Demasiado calor, demasiada humedad. Para los negros, por el contrario, es totalmente normal. Y además los tratamos bien; les damos de comer, los vestimos, les... —‌Lady Wentworth se interrumpió. Al parecer no se le ocurría qué más hacían por el bienestar de sus esclavos—. ¡El reverendo hasta les predica el Evangelio! —‌declaró al final en tono triunfal, como si solo por eso valiera la pena vivir—. Aunque no siempre saben apreciarlo. Allí todavía perduran los rituales, hijita... ¡Es horrible! Cuando invocan a sus viejos ídolos... No cabe duda de que Dios ve con buenos ojos que limitemos tales prácticas. Pero no hablemos de cosas desagradables, miss Reed. —‌Lady Wentworth cogió un pastelito de té—. ¿Ya hay planes concretos de casarla en una de nuestras hermosas islas? ¿Qué opina su padre acerca de su proyecto de emigrar?

Nora no quería en absoluto tocar ese tema, así que intentó enterarse de otras alternativas.

—¿Cómo les va a los comerciantes en las islas? ¿Hay algún tipo de... humm... de intermediarios o algo similar que...?

Lady Wentworth hizo un gesto de rechazo.

—No en un número digno de mención, hija mía. Hay un par de capitanes que importan por su propia cuenta, pero exceptuando esos casos tratamos siempre directamente con la metrópoli.

Lo que no representaba ninguna dificultad, pues la mayoría de los propietarios de las plantaciones mantenían una o varias residencias en Inglaterra. Los Wentworth, por ejemplo, no solo poseían esa mansión señorial en la ciudad, sino también una casa de campo en Essex. En familias más grandes casi siempre permanecía uno de sus miembros varones en la metrópoli y dirigía las negociaciones con los comerciantes. Siempre que el cártel no estableciera de entrada los precios vinculantes para todos.

Nora se mordió el labio. La mujer tenía razón, en el ámbito de la caña de azúcar no hacía falta ninguna casa comercial en Jamaica o Barbados.

—Claro que hay un par de comerciantes —‌prosiguió lady Wentworth—. En especial en las islas más grandes, en las ciudades. La gente de nuestra condición, claro está, se abastece de los artículos más importantes en la metrópoli... —‌Con un conciso movimiento abarcó el valioso mobiliario de su casa, al que con toda seguridad no le iba a la zaga el de la plantación, los cuadros colgados y su no menos costoso vestido, cuyos voluminosos volantes se inflaban sobre los brazos de la butaca—. Pero, naturalmente, en las islas también hay sastres, panaderos, tenderos... —‌Su expresión delataba lo que pensaba sobre esa capa de la población—. ¡Por supuesto, nada que ver con un negocio como el de su señor padre! —‌se apresuró a añadir.

Nora reprimió un suspiro. Las perspectivas no eran buenas para ella y Simon, y aún menos porque su amado no era seguramente el más apropiado para trabajar de panadero, sastre o solícito tendero. Nora podía imaginarse a sí misma, en caso de necesidad, detrás de un mostrador hablando con las mujeres de Kingston o Bridgetown mientras exponía sus artículos. Pero ¿el tímido y tan extremadamente formal Simon? En cuanto le contaran un chisme realmente sustancioso se retiraría indignado.

Simon entró jadeante en el venerable despacho de Thomas Reed, en la orilla norte del Támesis. Era bastante lúgubre; las salas de los escribientes y secretarios eran pequeñas y los pupitres apenas estaban iluminados. Los empleados más antiguos con frecuencia encontraban difícil descifrar los números de los libros de cuentas. Únicamente la oficina privada de Thomas Reed, que contaba con cómodas butacas para visitas y clientes, disponía de altos ventanales con vistas al río. Al parecer, también ese día Thomas Reed recibía a un cliente. Cuando Simon pasó por el pasillo delante de la oficina, quitándose el abrigo, oyó retumbar la voz del comerciante y percibió otra, no menos estridente, con acento escocés.

—¡Reed, por Dios, no me venga con esos escrúpulos morales! Nosotros somos moderados, en otras islas las leyes son mucho más severas. ¡Los daneses incluso permiten quemar vivos a los negros insumisos! Naturalmente, no es la forma de actuar de un británico como debe ser, pero tiene que haber disciplina. Entonces también se aguantaría la vida en Barbados incluso como esclavo. —‌El hombre rio—. Lo sé de buena tinta, a fin de cuentas yo también fui uno de ellos.

Simon frunció el ceño. Qué interesante... Nunca había oído hablar de esclavos blancos en las islas. Entretanto, gracias al blasón que adornaba de modo algo llamativo una bolsa depositada en el pasillo, había descubierto la identidad del visitante: Angus McArrow, recientemente convertido en lord de Fennyloch. Simon recordaba que Thomas Reed había mediado en la compra del escaño. Ahora el escocés, que poseía una plantación en Barbados, agradecía el favor. La bolsa contenía un par de botellas de un soberbio ron negro y, por el tono en que hablaban los hombres, se podía deducir que ya habían abierto una.

—¿Puedo entrar ahora? —‌preguntó Simon nervioso a uno de los empleados más antiguos. Al fin y al cabo tenía que entregar la carta.

El hombre asintió indiferente.

—No parece que se estén contando ningún secreto —‌farfulló.

Simon llamó a la puerta con prudencia, lo que pasó inadvertido a su patrón y al cliente porque Reed soltaba justamente en ese momento una sonora carcajada.

—¿Usted, señor Arrow? ¿Esclavo de los campos de caña? ¿Entre un montón de jóvenes negros? —‌Era increíble.

—¡Como se lo digo!

Simon oyó el tintineo del cristal. Al parecer, volvían a llenarse las copas.

—Naturalmente, antes no lo llamaban así, se hablaba de servidumbre. Y tampoco había negros; llegaron más tarde. Pero pasaba lo mismo: estuve doblando el espinazo durante cinco años para uno de los primeros propietarios de una plantación y al final conseguí una parcela. Al principio muchos procedieron así, antes de que llevaran tantos negros a la isla. Créame usted, algunos de los actuales barones del azúcar empezaron siendo pobres desgraciados. La mayoría ya no lo reconoce, y sus descendientes en absoluto; a fin de cuentas, la mayor parte de los esclavos recompensados no envejecieron. Los tiempos de la servidumbre fueron duros y en los campos propios sucedía lo mismo. Muchos trabajaron un par de años, hasta que la caña de azúcar creció y los niños también. Luego estaban acabados. Literalmente, se habían matado trabajando. Pero ¡ahora los nietos se comportan como reyes!

—Qué interesante —‌intervino Reed—. No sabía nada... Un momento, por favor. ¡Pase!

Era la tercera vez que Simon llamaba a la puerta y por fin lo habían oído. El joven entró vacilante en la habitación y se inclinó delante del señor Reed y Angus McArrow.

—Milord... —‌dijo diligente.

El rostro rubicundo de McArrow resplandeció.

—¡Buenas, muchacho! Simon... Green-no-sé-qué, ¿verdad? Fue usted quien redactó mi discurso inaugural en la corte. ¡Excelente, excelente, muchacho! ¡Acérquese y tómese también un trago! Parece necesitarlo. ¿Qué ha estado haciendo, nadando? —‌Se rio de su propio chiste.

Con el cabello todavía mojado y los pliegues de la pechera que con tanto esmero había planchado por la mañana colgando sin vida, Simon ofrecía una imagen lamentable.

—Estuvo usted en el despacho del señor Roundbottom, ¿verdad, Simon? —‌preguntó Reed recordando lo que le había encargado—. Pero, por todos los santos, ¡ha ido a pie con este tiempo! Muchacho, podría haber cogido un carro.

Thomas Reed, un hombre corpulento y pesado, de rasgos faciales sorprendentemente delicados, dirigió a su joven secretario una mirada al mismo tiempo compasiva y de desaprobación. Simon se le antojaba a veces un chico sin capacidad para enfrentarse a la vida. Bien educado, de acuerdo, y un escribiente y contable excelente, pero salvo eso... Ya solo su aspecto... ¡Podría comprarse un traje nuevo! Y recurrir a un vehículo si llovía. ¡Parecía como si Reed no estuviera pagando a sus empleados como Dios manda!

Simon bajó la vista ante los destellos de indignación de los ojos verdes de Reed. Eran igual de despiertos que los de su hija, pero más escrutadores que dulces, y no estaban rodeados por las arrugas que se forman al reír. Seguro que Nora las tendría con la edad...

Simon sonrió soñador cuando pensó en cómo sería verla envejecer. En algún momento también se colarían canas entre sus cabellos ambarinos, como ya sucedía ahora en el abundante tupé de su padre. Simon bromearía con ella porque ya no necesitaría empolvarse el cabello. Y todavía la amaría...

—¿Qué está mirando, Simon? Ha traído la respuesta del señor Roundbottom, ¿verdad? ¿A qué espera? ¡Démela! —‌Thomas Reed extendió exigente la mano.

—¡Tómese primero un trago! —‌intervino McArrow apaciguador y, para horror de Simon, le tendió un vaso lleno de un líquido de aroma fascinante y color ambarino. Ron de Barbados, sin lugar a dudas exquisito.

Pero ¡Simon no podía beber con Thomas Reed como si fueran dos personas de la misma posición! Y aún menos durante el horario de trabajo. Vaciló y sacó primero con torpeza la misiva del comerciante Roundbottom. La había metido en el bolsillo más interior de la chaqueta para protegerla de la lluvia.

—¡Haga lo que le dicen!

Thomas Reed cogió la carta y solucionó el dilema de Simon apuntando con un ligero gesto a McArrow y el vaso que sostenía para el chico. Claro que no era apropiado ofrecer una copa a su escribiente, pero no quería disgustar al escocés. Simon tomó un traguito. Experimentó una agradable sensación de calor cuando la bebida, fuerte y de un sabor algo dulce, bajó por su garganta. Muy gustosa, muy buena y de sabor suave, como solía ser el ron.

—Pasaría por brandy, ¿verdad? —‌preguntó McArrow, reclamando un elogio—. De mi plantación. Un método de destilación especial. Nosotros...

—Pero ahora siga contando ese extraño modo de adquirir tierras, McArrow —‌lo interrumpió Reed para satisfacción de Simon, que encontraba mucho más interesante la «esclavización» de los escoceses que la producción del ron—. ¿Todavía se practica hoy en día? Vaya, que con esa...

—¿Servidumbre recompensada? —‌preguntó McArrow, volviendo a coger su propio vaso—. Bien, no hay mucho más que explicar. Por lo general funcionaba como es debido, los señores no eran malos tipos. Claro que pillaban todo lo que podían. Esos cinco años no fueron coser y cantar. Aunque yo tuve suerte. Al tercer año aparecieron los primeros negros y yo les tuve que enseñar y vigilar. No era un trabajo tan duro como al comienzo. Y con mi patrón también tuve suerte, me entregó una buena parcela y dos esclavos, además de la posibilidad de comercializar mi cosecha con la suya. Claro que esto solo al principio, pues en lo que va de tiempo tengo yo más tierra que él... o más bien que sus hijos. Por desgracia no hacen gran cosa, por eso he tenido ahora que echar una mano con el escaño. Los jóvenes Drew están llevando a la quiebra el trabajo de toda la vida de su padre...

—¿Y todavía se practica hoy en día?

Simon intervino con la misma pregunta que Reed acababa de plantear, y al punto se arrepintió. En realidad él no debía estar presente en esa conversación entre socios, y menos aún participar en ella. Pero Reed escuchó con el mismo interés que su escribiente cuando McArrow respondió.

—Hoy apenas existe —‌dijo—. En primer lugar porque no hay ningún interés en que aparezcan todavía más plantaciones. Si la oferta aumenta mucho, los precios caen... Lo siento, señor Reed, pero los propietarios de las plantaciones queremos evitar que eso suceda. Todavía se oye hablar de ese tipo de acuerdos de forma esporádica, pero los señores esperan al menos siete años de servicios y a menudo acaban dando gato por liebre. No, no, eso se solucionó cuando llegaron los negros. Con lo que volvemos al tema en que estábamos: no lo tienen tan mal, no se matan trabajando como nosotros.

Solo que trabajaban toda su vida y después de cinco o siete años no tenían nada que les perteneciera, pensó Simon, pero se mordió la lengua. Tenía otra pregunta que hacer, pero Reed acababa de firmar la carta de respuesta y se la tendió. Una clara indicación de que se marchara. Había que archivar la carta y redactar el acuerdo en ella estipulado.

Dio las gracias a McArrow por el ron y dejó la habitación para ocupar su sitio junto al pupitre en la sala contigua. De todos modos, escuchaba las voces del despacho contiguo y cuando oyó que el escocés se despedía salió al pasillo.

—Señor McArrow... eh... milord... ¿Podría... podría hacerle una pregunta más?

—¡Y hasta diez, muchacho! —‌McArrow rio jovial—. Pregunte con toda tranquilidad, dispongo de tiempo. Hasta mañana no tengo más citas.

Simon reunió valor.

—Si uno... Bueno, si un joven está en las islas, en un sitio de ultramar como Jamaica o Barbados... Bueno, si uno quiere prosperar allí... ¿hay... hay alguna posibilidad?

McArrow observó al joven y contrajo el rostro en otra sonrisa irónica.

—Está harto de la lluvia, ¿verdad? —‌preguntó comprensivo—. Lo entiendo, yo también tengo suficiente. Pero las islas... Sí, claro que puede entrar al servicio de una plantación. A estas alturas ya no empleamos a los blancos como trabajadores del campo, sino que necesitamos capataces. ¿Sería de su conveniencia? Aunque un joven como usted... ¡Por su aspecto se diría que un pequeño soplo de viento lo tiraría!

Simon se ruborizó. Nunca había sido un hombre fuerte, pero en los últimos meses había adelgazado todavía más. Comía muy poco y esa tos pertinaz consumía todas sus fuerzas. Pero si estuviera en un lugar más cálido... Y seguro que los propietarios de las plantaciones daban alojamiento a los capataces. Podría invertir en comida el dinero que ahora gastaba en la habitación llena de chinches del East End.

—¡E... engaña, milord! —‌replicó con firmeza—. Puedo trabajar, yo...

—No tienes aspecto de ser capaz de blandir un látigo.

Simon se estremeció, no solo por esas palabras, sino por el repentino tuteo. Sin embargo, entendió que como trabajador de una plantación no podría insistir en que lo trataran como a un caballero.

—Y con los negros hay que hacerlo —‌prosiguió McArrow impertérrito—. Cuando las cosas se ponen crudas, hasta hay que colgar a alguno. ¡Y tú eso no lo harás, muchacho!

McArrow quiso quitar dureza a sus palabras dando unos golpecitos optimistas al hombro de Simon, pero el joven noble lo miraba desconcertado. ¿Dar latigazos? ¿Ahorcar? ¡Se diría que era el trabajo de un verdugo!

—No, si consiguieras algo sería en la administración. Pero no se dan puestos de balde en la Corona, tienes que comprarte uno o al menos conocer a alguien que conozca a alguien... —‌McArrow sacudió la cabeza al ver el rostro decepcionado de Simon—. También puedes intentarlo como marinero —‌sugirió al final—. Pero insisto en que quieren tipos fuertes y duros, no jovencitos como tú. Qué va, quédate donde estás, y haz tus cuentas. ¡Y puede que de vez en cuando algún discurso para el viejo McArrow! Fue excelente, chico... ¡casi como si tú mismo fueras un par!

Dicho esto, el dueño de la plantación cogió el tricornio y se acordó justo a tiempo de no ponérselo encima de su voluminosa peluca, sino de llevarlo elegantemente bajo el brazo antes de salir a la lluvia. El carruaje con su blasón ya esperaba. El lord recién horneado no iba a mojarse.

3

—¡No nos queda más remedio que contárselo a mi padre! —‌exclamó Nora.

El tiempo por fin había vuelto a mejorar, casi parecía un día de verano aunque los colores de otoño ya teñían las hojas de St. James Park. Pese a ello, volvía a hacer frío a esas horas del atardecer, después de que Simon hubiera salido del despacho para encontrarse a escondidas con su amada. Oscurecía y Nora había reconocido casi demasiado tarde a las dos damas que se aproximaban a ellos charlando animadamente por el apartado sendero. Justo antes de que lady Pentwood y su amiga los vieran, arrastró a Simon detrás de un seto.

Nora soltó una risita cuando pasaron por su lado, pero Simon se inquietó. No consideraba su amor secreto una aventura, sino más bien un desafío. Abatido, contó a Nora la desalentadora conversación con McArrow. Ella se sorprendió, aunque no especialmente. Añadió lo que había hablado con lady Wentworth.

—¡Ese McArrow tiene razón! —‌declaró a continuación estremeciéndose. Un buen motivo para estrecharse más contra Simon, quien con un gesto protector le había pasado el brazo sobre los hombros y no cesaba de inclinarse para besarle el cabello—. ¡Pues claro que eres incapaz de pegar a un negro! ¡Faltaría más, qué clase de gente es esa que se hace llamar lores, ladies y caballeros! Yo no creo que Dios haya creado a los negros para que nos cultiven la caña de azúcar. En tal caso los habría enviado directamente a las islas y no habría que ir a buscarlos a África. Mi padre dice que en los barcos sufren lo indecible. ¡Los encadenan!

Thomas Reed no participaba en el comercio de esclavos, aunque, naturalmente, se beneficiaba de forma indirecta del trabajo de los negros. Al fin y al cabo comerciaba con azúcar, tabaco y otros productos de las colonias, y sin esclavos no se explotaría ninguna plantación. Pero comprar y vender seres humanos, mantenerlos en cautiverio, meterlos a la fuerza en las bodegas de los barcos y en calabozos, y pegarles... Thomas no lo consideraba compatible con su fe cristiana. Tanto daba si otros compartían o no su opinión.

—Pero no hay más trabajo —‌replicó Simon desanimado, con lo que Nora insistió en que había que «confesárselo» a su padre.

—Tenemos que decirle a mi padre que nos queremos. Tienes que pedir mi mano y luego ya encontraremos una solución. Estoy convencida de que algo se le ocurrirá. Si le digo que quiero ir a las colonias, ¡lo conseguirá!

Nora confiaba plenamente no solo en que tendrían posibilidades, sino también en que su padre estaría dispuesto a satisfacer sus deseos. No cabía duda de que era una niña mimada. Tras la temprana muerte de su esposa, Thomas Reed había depositado todo su amor en ella.

—Mira, mañana mismo lo hacemos. Compras un par de flores... En el Cheapside no son tan caras, y si no tienes dinero...

Simon sonrió con ternura. Nora siempre era práctica. Si él no podía permitirse ser romántico, ella renunciaría sin quejarse. Ella misma estaría dispuesta a hacerse su propio ramo de flores. Simon la estrechó más contra sí.

—Querida, no será por falta de un ramo de flores. Pero déjame un par de semanas más, ¿de acuerdo? A lo mejor surge todavía una oportunidad... McArrow, por ejemplo. Si se le ocurre quedarse ahora en Londres y participar en el Parlamento, a lo mejor necesita un secretario privado. Y como tal me llevaría a Barbados... Además, en dos meses al menos se habrá pagado ese dichoso crédito para la boda de Samantha. Entonces dispondré de más dinero mensual. Por Dios, Nora, no puedo presentarme ante tu padre y pedirle tu mano con este traje andrajoso.

Nora lo besó sonriente.

—Cariño mío, ¡no me caso con tu chaqueta y tus pantalones!

Simon suspiró. Seguro que Thomas Reed tendría algo que añadir a tal observación. No obstante, había conseguido postergar un poco las pretensiones de Nora. En algún momento tenía que producirse el milagro... Simon llevó de la mano a la muchacha hacia el pequeño lago en medio del parque sobre el cual ya flotaban jirones de niebla. Los árboles proyectaban largas sombras.

—¡Voy a alquilar un bote! —‌decidió—. Algún penique tendré por ahí, e iremos remando hasta la isla. Nos imaginaremos que es nuestra isla en los mares del Sur, las olas rompiendo en la playa...

—¡Y podremos besarnos con toda tranquilidad! —‌exclamó Nora radiante—. ¡Qué idea más maravillosa, querido! Sabes remar, ¿no? Todos los lores y vizcondes reman, ¿verdad?

Si había de ser franco, la experiencia de Simon en tal disciplina se limitaba a un par de intentos no muy entusiastas por cruzar el estanque del pueblo de Greenborough con una balsa construida por él mismo. Nunca había aprendido correctamente la técnica del remo, pero se esforzaba por cruzar el estanque más o menos diestramente. Si bien no llegaron a zozobrar, la tos, que el muchacho apenas lograba contener a causa del esfuerzo, preocupó a Nora.

En las semanas siguientes la situación no mejoró para los enamorados. Antes al contrario, las postrimerías del verano cedieron paso a un otoño desapacible y Simon se helaba hasta los huesos en su húmedo cuarto sin calefacción. Al menos en las chimeneas del despacho de Thomas Reed ardía constantemente un generoso fuego, lo que no era una regla general. No eran pocos los escribientes que en las grandes casas comerciales cogían la pluma con los dedos tiesos de frío y enguantados y acababan padeciendo gota. Simon envió aliviado a su madre el último dinero para la dote de Samantha, pero eso no le dio ningún respiro. Casi al mismo tiempo, le llegó una carta de Greenborough en la cual su madre le comunicaba alborozada que Samantha se había quedado encinta. Esperaba, pues, que hasta que el bebé naciera tendría tiempo para desempeñar, con los magnánimos envíos de Simon, el candelero de plata que hasta entonces había llevado la vela bautismal de todo descendiente de los Greenborough.

Así pues, Simon continuó enviando dinero aunque Nora lo censuraba severamente por ello.

—Están en su derecho, es parte de la herencia familiar —‌replicó Simon defendiendo a su madre y su hermana—. Y además redundará en nuestro beneficio. Cuando tengamos hijos... —‌Sus ojos oscuros, que habían tenido hasta el momento una expresión desesperanzada en ese día gris y ventoso de noviembre, se iluminaron.

Nora suspiró y se arrebujó en su abrigo. Pese al clima inestable, había acompañado a su amado a los Docks londinenses. Thomas Reed había encargado a su joven escribiente el control de un cargamento de tabaco procedente de Virginia. El capitán del barco no tenía fama de ser hombre de fiar, por lo que el propietario de la plantación había pedido a Reed que cotejara cuidadosamente la entrega efectiva con los documentos de la carga. Simon acababa de hacerlo concienzudamente, pese a que su viejo abrigo apenas lo había protegido de la lluvia y el viento. Nora, envuelta en su capa forrada de piel, estaba mejor, pero se percató de que él temblaba de frío y todavía le indignaron más las pretensiones de la madre y la hermana.

—¡Cuando tengamos hijos, seguramente nacerán en las islas Vírgenes, Jamaica o Barbados! —‌objetó—. Y no creerás realmente que tu madre vaya a enviar su candelero de plata a tiempo para que se exhiba, conforme a su posición social, la vela bautismal. Ah, no, Simon, eso lo heredará la familia de la maravillosa Samantha, para que los Carrington no piensen mal de lady Greenborough. Y tú vives en un agujero sin calefacción y ni siquiera puedes permitirte un abrigo que a los tres minutos no esté empapado de agua. Bastante tienes con pagar las deudas de tu padre.

Tampoco se mostraba comprensiva con esto último, pues los acreedores de lord Greenborough no eran en absoluto hombres de honor, sino corredores de apuestas y jugadores de cuidado. Sin ningún escrúpulo, Nora recomendó a su amado que les diera largas durante dos meses y que luego partieran a una de las colonias con el dinero ahorrado. Tal vez los timadores tuvieran cierta influencia en Inglaterra —‌Nora estaba convencida de que se limitaba a Londres como mucho—, pero seguro que no llegaba hasta Barbados o Virginia. Simon, no obstante, consideraba las deudas de juego deudas de honor, y un caballero no desatendía sus obligaciones poniendo en riesgo su rango y familia. No hizo comentarios acerca de las observaciones que Nora solía repetir en torno a esa cuestión.

—En cualquier caso, tienes que hablar ahora con mi padre —‌decidió al final la joven, mientras cogía del brazo a Simon y lo conducía discretamente a su carruaje. Había llegado a pie otra vez para ahorrarse el gasto de un coche.

Peppers, el paciente cochero, les sostuvo la portezuela abierta.

—¡Gracias, Peppers! —‌Nora nunca olvidaba dirigir una sonrisa al sirviente, motivo también por el cual el personal doméstico seguía encubriendo su amor secreto—. Mi padre encontrará una solución. Y te aprecia. Confía en ti. Se ve en que te deja controlar los cargamentos y todas esas cosas. Quién sabe, a lo mejor anda dándole vueltas a alguna idea. Es urgente que ahora pidas formalmente mi mano. O en invierno apenas podremos vernos.

Simon asintió, dándose por vencido. En lo último ella tenía razón, pero, aun así, la entrevista con Reed le daba un miedo espantoso. Si no iba tan bien como Nora esperaba, perdería no solo a su amada, sino también un empleo y un lugar resguardado y caliente en el despacho. No volvería a encontrar un patrón que en comparación fuese tan bueno como el actual: Thomas Reed no le había amonestado cuando a principios de mes había faltado dos días. Simon intentaba hacer caso omiso de su persistente resfriado, pero había tenido tanta fiebre que casi no había conseguido salir de la cama. Por supuesto se había arrastrado hasta el despacho, pero Reed lo había enviado de inmediato a su casa.

—Así no nos es de utilidad, joven, apenas puede sostener la pluma y no quiero ni imaginar qué cuentas hará.

Simon valoraba esa generosidad. Reed habría podido echarlo y descontarle del sueldo los días que había faltado. No había tantas diferencias entre la esclavitud pagada en las islas y un empleo normal en Londres. Sin embargo, ahora intuía que Nora no se dejaría despistar por más tiempo. Daba por sentado que su padre aprobaría el compromiso.

—¡La semana que viene, Simon! Este sábado se celebra el gran baile de la Unión de Comerciantes y mi padre está distraído con eso... y yo todavía tengo que probarme el vestido y discutir sobre el peinado... Y luego está esa clase de baile... ¿quién necesita La Bourgogne en las colonias?

Nora siempre actuaba así, como si no le interesaran en absoluto los bailes y recepciones a los que acompañaba a su padre, ya que Simon nunca estaba invitado, aunque en el fondo se alegraba. Le encantaban los vestidos bonitos y practicaba de buen grado los bailes de moda. Pero se negaba a coquetear con los jóvenes cuyos nombres llenaban su carnet de baile. Nora Reed ya había hecho su elección, y deseaba ardientemente que llegara el día en que Simon Greenborough la tomara entre sus brazos para bailar por vez primera un minué. ¡Y quién sabía, tal vez dentro de un año danzarían los dos bajo las palmeras! En Londres se hablaba de las lujosas fiestas que se celebraban en las residencias de los propietarios de las plantaciones de caña de azúcar en las islas del Caribe.

—Pero la semana próxima ya no habrá nada más y tendremos tiempo para planificar el compromiso: ¡seguro que mi padre organiza una fiesta! Y tú tendrás que decidirte a comprar ropa nueva. Mira, cuando conozcas a la gente adecuada también encontrarás un empleo en las colonias. ¡Ay, imagínate, Simon! ¡Asomarte a la ventana y ver un sol radiante en lugar de la lluvia cayendo a cántaros!

Nora se apretó contra su amado y creyó que el corazón de este latía desbocado en señal de alegría. Era imposible que la pedida de mano fuera un fracaso.

Nora disfrutó del baile de la Unión de Comerciantes mientras Simon procuraba acabar de curarse la tos durante el domingo que tenía libre. Compró manzanilla y leña suficiente para hervir el té y calentar un poco su fría habitación. La gruñona casera, la señora Paddington, hizo al respecto un pérfido comentario.

—¿Qué, milord, se ha hecho rico de repente? ¡A ver si dentro de poco tengo que poner el título para dirigirme a vos!

Simon se ahorró el esfuerzo de contestarle que eso habría sido lo correcto tanto si era rico como pobre. Sin contar con que en realidad la señora Paddington siempre lo hacía, si bien en su boca las palabras milord o vizconde sonaban más a insulto que a título nobiliario. Era evidente que la mujer sentía suma satisfacción al comprobar que un miembro de la nobleza podía caer en aquel mugriento barrio que, tras el incendio de Londres, se había reconstruido con casas feas y baratas.

Simon arrastró la cama lo más cerca posible del fuego y pasó el domingo bajo unas mantas ásperas y tiesas. Eso no contribuyó en mucho a su mejoría ya que hacía tiempo que no se encendía la chimenea, y aún más que no se deshollinaba. El tiro no funcionaba y el muchacho tuvo que elegir entre el frío y el humo. Al final se decidió por lo primero. La humareda agravaba la tos y el frío al menos era gratis.

Nora dispuso que el martes fuera el día del compromiso oficial. Simon tenía que visitar a su padre justo al acabar el trabajo en el despacho. Thomas Reed ya estaría cómodamente instalado en casa, pues solía salir antes que sus escribientes, quienes a menudo concluían sus últimas tareas a la luz de las velas.

El joven demoró su partida lo máximo posible. Quería evitar que Reed pensara que justo ese día se marchaba antes del despacho o que no cumplía con sus obligaciones. Pero al final, también el último empleado del despacho se marchó tras barrerlo, afilar las plumas y llenar los tinteros para la siguiente jornada. El chico también tenía el deber de apagar el fuego de las chimeneas y las velas cuando el último escribiente estuviera listo. Simon ya no podía hacerle esperar más tiempo fingiendo realizar tareas importantes.

Por fortuna, ese día no llovía y Simon pudo encaminarse a pie a Mayfair. En caso contrario, habría tomado un coche; no quería ni pensar en presentarse ante su futuro suegro mojado y con la pechera arrugada. Había invertido el dinero ahorrado en un ramo de flores realmente digno de tal nombre, pero pese a ello casi se desalentó al llegar a la suntuosa residencia situada en el distrito de Mayfair, recientemente inaugurado. Reed había hecho construir la casa señorial pocos años antes. La fachada estaba dividida en tres partes a través de pilastras y el frontón triangular recordaba al de un templo romano. Tras el edificio se extendía un pequeño jardín. Todo ello era mucho más lujoso de lo que jamás había sido Greenborough Manor.

Incluso en los tiempos más prósperos de su familia, Simon no habría sido un pretendiente digno de la mano de la hija de esa casa. Al final recuperó la serenidad y llamó a la puerta con la aldaba. Abrieron casi al instante. La joven y grácil muchacha vestida con un atildado uniforme de doncella parecía haber estado esperándolo. Le lanzó una mirada cómplice cuando él le dio su nombre y le pidió ver al señor de la casa. Sería probablemente una «confidente» del personal de servicio a la que Nora había puesto al corriente de su historia de amor.

—Le comunicaré su presencia al mayordomo —‌anunció amablemente la joven menuda y pelirroja—. Si me permite guardarle el abrigo...

Simon se encontró en un recibidor elegantemente amueblado y esperando esta vez a otro empleado de mayor rango. Sin embargo, quien apareció fue Nora.

—¡Simon! —‌Resplandecía—. ¡Qué buen aspecto! Si no tuvieras esa cara de miedo...

El chico intentó sonreírle. Nora no podía hablar en serio, era consciente de que estaba pálido y de que en las últimas semanas todavía había perdido más peso. Sin embargo, iba impecablemente vestido. Cada vez cuidaba mejor de los encajes y las pecheras de sus dos últimas camisas, había cogido hilo y aguja para estrechar la chaqueta y el pantalón y el día anterior se había gastado un penique en sebo para devolver el lustre a los zapatos. Había vuelto a empolvarse el cabello, si bien esta vez no había escatimado en talco, que casi podía tomarse, con un poco de buena voluntad, por una de esas pelucas que estaban en boga.

—Y tú estás maravillosa —‌dijo, devolviendo con toda sinceridad el cumplido a su amada.

Ella sonrió halagada y se alisó la tela sobre el miriñaque. Para celebrar el día había optado por un vestido de brocado dorado adornado con lazos y cintas. Llevaba el cabello deliciosamente trenzado y, como siempre, sin empolvar. Tenía las mejillas arreboladas de emoción y dichoso anhelo.

—¡Pasa, mi padre está de muy buen humor! ¡Y qué flores más bonitas...! Pero no, quizá... quizá mejor esperas a que primero venga el mayordomo.

Así que en el último momento Nora se asustaba de su propia osadía. Pese a ello, no se privó de dar un breve beso a Simon en las mejillas. Ambos se ruborizaron cuando el mayordomo apareció por la puerta y con un carraspeo les advirtió de su presencia. En un abrir y cerrar de ojos la muchacha desapareció. Simon siguió despacio al digno mayordomo, cuyo uniforme parecía mucho más costoso que las galas que con tanto esfuerzo conservaba el pretendiente.

Thomas Reed se había puesto cómodo en su sala de caballeros, algo sorprendido de que su hija le hiciera compañía bordando. Por lo general, a ella no le gustaba esa habitación y siempre arrugaba la nariz cuando percibía el olor que recordaba a tabaco, cuero viejo y ron.

En esa ocasión, empero, Nora estaba sentada frente a su padre e intentaba concentrarse en la conversación, si bien no hacía más que levantarse una y otra vez para ir a buscar algo o mirar nerviosa por la ventana. En ese momento, cuando el mayordomo anunció la visita del escribiente Simon Greenborough, se puso nerviosa. Nora hizo gesto de ponerse en pie, como si supusiera que Thomas Reed iba a recibir al recién llegado en un salón más solemne. Su padre, sin embargo, no vio razones para ello. Era evidente que no la consideró una visita de cortesía, sino profesional. Incluso si el anuncio del mayordomo sugería algo distinto.

—Señor Reed, el vizconde Simon Greenborough desearía ofrecerle sus respetos.

Thomas Reed sonrió. Digno del joven empleado: siempre correcto hasta la caricatura... ¿quién, si no, iba a presentarse con todos sus títulos para entregar una carta o un expediente urgente? El escribiente se asomó a la habitación tras el mayordomo, vacilante pero erguido, portando un ramo de flores. Thomas lo encontró atento pero exagerado.

—Señor Reed... miss Nora... —‌Simon se inclinó formalmente.

—¡Adelante, Simon! —‌le invitó Thomas con tono alegre—. ¿Qué le trae a horas tan tardías? ¿Ha contestado por fin Morrisburg? ¿Entrega la mercancía? ¿O es que trae alguna noticia de ese barco que supuestamente se ha perdido?

Simon hizo un gesto negativo con la cabeza, desconcertado por las palabras de su jefe. ¿Y ahora qué hacía con el ramo de flores?

—¡Qué flores tan bonitas! —‌intervino Nora, sonriéndole animosa—. ¿Son para mí?

Thomas Reed alzó la vista al cielo.

—Esto se da por supuesto, hija, yo mismo encontraría extraño que el señor Greenborough me agraciara con una ofrenda floral. De todos modos, no era necesario, Simon, a fin de cuentas la suya no es una visita de cortesía y tampoco le da para tanto...

El joven se ruborizó cuando la mirada del comerciante se posó en su gastada chaqueta.

—Al contrario —‌replicó—. Bueno, sí se trata de una...

—Pero primero deme las flores —‌dijo sonriente Nora.

Simon necesitó tiempo para recomponerse. Naturalmente, esa era su primera petición de matrimonio e improvisar no era su fuerte. El amado de Nora escribía cartas maravillosas, y cuando estaban a solas ella disfrutaba de sus lisonjas. Pero por lo general solía encontrar a Simon un poco tímido, algo tal vez normal si uno estaba sometido a tanta presión como él. La muchacha acarició la fría mano del joven al recoger el ramo.

Thomas Reed se quedó algo perplejo cuando advirtió sus miradas.

—Está bien, Nora —‌terció—. Ahora a lo mejor puedes ir a colocar el ramo en un jarrón. Nosotros hablaremos de asuntos sin duda aburridos y que son el motivo de que el señor Greenborough haya recorrido tan largo trecho a estas horas.

Nora enrojeció.

—No, papá —‌respondió—. Quería decir... humm... yo no lo encontraré aburrido en modo alguno, porque, esto...

—Porque yo... —‌El joven no podía consentir de ninguna manera que su amada se anticipara en la petición.

Thomas Reed frunció el ceño.

—¿Qué sucede, Simon? Dígame que le trae por aquí. Y qué tiene de tan edificante para una joven señorita. ¿Desde cuándo te interesan los barcos extraviados procedentes de Virginia?

Los ojos de Nora relucían.

—¡Desde siempre! Ya sabes que me interesa todo lo que viene de ultramar. Las colonias, los barcos... Simon y yo...

—¿Simon y tú? —‌preguntó Thomas Reed, perdiendo su afable cordialidad. Se enderezó en la butaca.

Simon tomó aire, reprimiendo un acceso de tos. Tenía que decirlo ahora. Además, el padre de Nora tampoco tenía un aspecto tan amenazador con el vaso de ron al lado, el puro y el batín de seda con que, como cualquier señor de su casa, solía sustituir la chaqueta y el chaleco tras la jornada de trabajo.

—Señor Reed, yo... he venido a pedir la mano de su hija. —‌Ya estaba dicho.

Nora emitía un resplandor sobrenatural, pero Thomas Reed se quedó mudo. Simon supuso que debía romper ese incómodo silencio y siguió hablando.

—Yo... yo soy consciente de no ser un buen partido, pero yo... amo a su hija con toda mi alma y Nora me ha dado a entender que comparte mis sentimientos. No soy rico, pero haré todo cuanto esté en mi mano para ofrecerle un hogar de acuerdo con su rango, y...

La risa de Thomas Reed interrumpió su discurso.

—¿Y cómo piensa hacerlo? —‌inquirió.

Simon hizo un gesto compungido.

—¡Pensábamos en las colonias, papá! —‌se entremetió Nora, sonriendo radiante a su padre. Pensaba que por el momento el asunto no iba por tan mal camino—. Si Simon encontrase un empleo en Jamaica o Barbados, o si tal vez tú... Bueno, pensábamos que tú a lo mejor estarías interesado en inaugurar una sucursal en algún lugar, y entonces nosotros... Los dos queremos...

—¡Cállate! —‌ordenó el padre—. Lo mejor es que vayas a guardar tus flores, o a hacer lo que sea. De momento no te necesito aquí... ¡Nora!

Pronunció su nombre con severidad cuando vio que ella no hacía el menor gesto de marcharse. La joven dejó la sala de inmediato, no sin antes lanzar una mirada animosa a Simon. Este no sabía si debía sentirse aliviado o desesperado.

—Señor... sé que es algo inesperado. Y Nora... Nora se lo imagina más sencillo de lo que es en realidad. Pero soy joven, puedo trabajar... Podría entrar al servicio de alguna plantación...

—Usted siempre está enfermo, Simon —‌lo interrumpió Reed, cortante—. El jefe de oficina ya me ha aconsejado que lo despida porque no rinde en el despacho. ¿Y ahora pretende ir a las islas a apalear a unos negros que son el doble de grandes que usted? Sin contar con que no permitiré que mi hija sea la esposa de un comerciante de esclavos.

El escribiente pareció ofendido.

—Siempre he recuperado las horas que he faltado, señor —‌se defendió—. Y... y usted... usted puede confiar en mí. Si me permitiera trabajar para usted en ultramar...

—Simon, no veo a mi hija en las colonias. Esto no son más que sueños de niños Pero cómo se les ocurre, no tiene más que diecisiete años. Tiene todo el tiempo del mundo para enamorarse de un joven de la esfera comercial londinense... Quiero ver crecer a mis nietos, señor Greenborough. Y no tener que preocuparme de si cuentan con lo suficiente para comer.

El joven se irguió.

—¡Los hijos de la familia Greenborough nunca han pasado hambre! —‌replicó dignamente.

Thomas Reed tomó una profunda bocanada de aire y un trago de ron.

—Pero casi, Simon. Y cuando le veo, dudo de que le alcance para llevarse algo a la boca. En cualquier caso, y si estoy bien informado, su padre perdió en el juego sus tierras y su título. Y usted se mantiene a duras penas a flote, por lo que aprecio su aplicación y capacidad de resistencia. He oído decir que ha asumido las deudas de su padre. Cuenta con mi respeto, joven, otro ya habría puesto pies en polvorosa. Pero estas no son las condiciones en que yo casaré a mi hija.

—Siempre sería una lady Greenborough —‌objetó Simon.

Thomas Reed se frotó las sienes.

—Ni siquiera eso, Simon, y usted lo sabe. Bien, nadie le negará el tratamiento de vizconde, pero si los hijos de Nora han de heredar el título entonces tendría que casarla con un Codrington, ¿no es así?

Simon bajó la cabeza. Claro, Thomas Reed mediaba en la compra y venta de condados y escaños parlamentarios. Sabía lo que les había ocurrido a los Greenborough.

—Señor Reed... ¡amo a su hija! —‌A Simon no se le ocurrió otra cosa que decir.

Thomas Reed hizo un gesto de resignación.

—Lo entiendo —‌respondió lacónico—. Nora es una muchacha preciosa, inteligente y sumamente digna de ser amada. Pero esta no es justificación para un casamiento que no considero apropiado.

—Nora me ama. —‌La voz de Simon sonó ahogada.

Thomas lanzó una mirada a su escribiente e intentó descubrir qué veía su hija en él: sin duda a un caballero de excelentes modales. Tenía muy buen porte si a una le gustaban los chicos flacos y con aire espiritual. Simon tenía unos ojos castaños de expresión dulce que en la penumbra de la sala de caballeros casi parecían negros, los pómulos altos y los labios carnosos y bien perfilados. Sus manos, delicadas y de largos dedos, casi eran gráciles, y probablemente fuera un buen jinete y bailarín. Era posible que Nora se hubiera enamorado de él y tal vez él incluso la hacía feliz. Pero, maldita sea, ya no se trataba de comprar el juguete que su hija le estaba pidiendo. Nora ya casi era una adulta. Tenía que pensar en su futuro.

—Eso cambiará —‌respondió con firmeza a su escribiente—. Lo lamento, Simon, pero no puedo concederle lo que me pide. Y Nora tampoco tiene capacidad para darle su consentimiento, es demasiado joven e inmadura para ello. Queda la cuestión de cómo proceder a partir de ahora. No quiero despedirle solo porque ama a mi hija. Pero le sugiero que busque pronto otro empleo. Preferentemente en un despacho cuyo director no tenga una hija casi casadera. Por supuesto, le proporcionaré unas referencias excelentes. Yo no le deseo ningún mal, Simon Greenborough, pero tiene que asumir su rango y situación.

Y con un gesto de la mano le indicó que abandonara la sala. Para él, era obvio que la conversación había concluido. El muchacho se inclinó una vez más tal como prescribía el protocolo, pero no volvió a pronunciar ni una palabra. Reed no parecía esperar que lo hiciera. El joven tenía la sensación de salir a trompicones de la sala. Por fortuna, el mayordomo lo recogió en la puerta, después de que Reed lo hubiera llamado. Solo no habría encontrado el camino.

Volvía a llover cuando el muchacho salió a la calle, pero esta vez no ...