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LA ISLA MISTERIOSA

Jules Verne  

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Fragmento

INTRODUCCIÓN

LA CONQUISTA DE LO INVEROSÍMIL

Si en cierto modo puede hablarse de Jules Verne como el autor con que cientos de lectores adolescentes se han adentrado en la lectura y en la literatura, cabe señalar que, en contraste a lo que sucede con la obra de otros autores que se mueven en una onda semejante, leer a Verne es un encuentro que no se desvanece con el paso de los años, sino que permanece y retorna una y otra vez a lo largo de cualquier biografía lectora. Hay un misterio Verne: el misterio de una literatura tan pegada como pocas a las circunstancias históricas que la vieron nacer y, en paralelo, tan intemporal en su disfrute y tan enigmática en sus interpretaciones, a pesar de la aparente transparencia de su pulso narrativo. La vigencia del autor de Un capitán de quince años o de Escuela de robinsones parece avisarnos de que sus sueños siguen siendo nuestros sueños y de que sus temores siguen ocupando un lugar de relieve en el repertorio de nuestros miedos. No es La isla misteriosa, al menos en comparación con otros títulos, su novela más popular ni la que más favores ha despertado en el ámbito de la literatura juvenil, pero es sin duda, de entre todas sus novelas, aquella que más atención ha recibido por parte de críticos, escritores o estudiosos. Autores tan profundamente interesados en desentrañar las claves de lo literario como Robert Louis Stevenson, Joseph Conrad, H. G. Wells, Antonio Gramsci, Maurice Blanchot, Miguel Salabert, Roland Barthes, Pierre Macherey o Edward G. Said han volcado su interés en ella intentando descubrir las claves que den razón del especial atractivo intelectual que la novela plantea. La isla misteriosa, haciendo honor a su título, ha dado lugar a interpretaciones de muy variado signo que enriquecen su lectura sin llegar a agotarla. Acaso en esa cualidad poliédrica resida gran parte de la seducción que provoca. La ocasión de esta nueva reedición podrá ser feliz circunstancia para que nuevos o viejos lectores asistan, inquietos, atentos y fascinados, a esa aventura de la inteligencia que sus páginas encierran.

 

 

Cuando más me entusiasmaba a favor de la vida marinera era cuando describía los momentos más terribles de sufrimiento y desesperación. Mis visiones predilectas eran las de los naufragios y las del hambre, las de la muerte o cautividad entre hordas bárbaras; las de una vida arrastrada entre penas y lágrimas, sobre una gris y desolada roca en pleno océano inaccesible y desconocido.

EDGAR ALLAN POE,

La narración de Arthur Gordon Pym

Una isla, según nos dice la geografía, es una extensión de tierra rodeada de agua por todas partes. La literatura no niega esta definición aunque a veces la desplace simbólicamente hacia cualquier espacio incomunicado o alejado —aislado— de la civilización, pero lleva años y novelas insistiendo en que es también, desde una óptica literaria, otra cosa: un escenario narrativo privilegiado. Si hacemos un pequeño inventario, la hipótesis se confirma: Utopía de Tomás Moro, Los viajes de Gulliver de Jonathan Swift, Robinson Crusoe de Daniel Defoe, La isla del tesoro de Robert L. Stevenson, La isla de coral de Robert M. Ballantyne, La isla de los pingüinos de Anatole France, La isla del Doctor Moureau de H. G. Wells, El señor de las moscas de William Golding, La isla de cemento de J. G. Ballard. La isla como polo de atracción narrativo. Un náufrago, según el diccionario de la RAE, es aquel que ha padecido naufragio, y aplica a naufragio el concepto de pérdida o ruina de la embarcación en el mar o en río o lago navegables. También la literatura nos avisa de que la definición va más allá. El naufragio como soledad, como destierro, como exilio. Baste recordar los libros citados y sumar la Odisea de Homero, La tempestad de William Shakespeare, El lobo de mar de Jack London, El canto de la tripulación de Pierre Marc Orlan, Relato de un náufrago de Gabriel García Márquez, El naufragio de la Medusa de Corread y Savigny, Foe de Coetzee, o Vida de Pi de Yann Martel. El náufrago como el ser que renace de las aguas. El naufragio como final y principio, como página en blanco. Como muerte y como resurrección.

Cuando isla y naufragio se unen, la fuerza metafórica de ambos motivos da lugar a una verdadera institución literaria que tiene, sin duda, en el Robinson Crusoe de Defoe su centro de gravedad y, flotando a su alrededor, toda una galaxia narrativa. Una institución que se remonta a la antigüedad clásica —recordemos las aventuras de Ulises o de Simbad el Marino—, y que encuentra un primer momento propicio en esa etapa de la expansión española hacia las Américas del que da buena cuenta literaria el excelente libro Naufragios y comentarios, de Alvar Núñez de Vaca, va a desarrollarse en plenitud durante el transcurso histórico donde se abrazan el desarrollo del género narrativo y la avalancha comercial e imperialista del colonialismo europeo hacia África, Asia y las remotas islas de la Polinesia. Desde mediados del siglo XVIII hasta bien avanzado el siguiente, colonización, exploración, comercio y literatura parecen embarcarse en una misma singladura, dando lugar a la aparición de muchos de esos títulos en los que el naufragio y la isla, en conjunción complementaria con el mar y el viaje, son ingredientes constantes. Unos elementos narrativos dotados con una capacidad estructural tan fértil y eficaz desde el punto de vista de lo narrativo que facilitan y explican su permanencia y uso literario más allá del marco histórico en que se constituyen, prolongando así su presencia hasta nuestros tiempos, ya con tintes simbólicos, ya epigonales o ya adaptándose hacia escenarios de la modernidad. Llegue con recordar la inteligente utilización narrativa que de tales materiales se encuentra en obras como La cuarentena de J.-M. Le Clézio, su decisiva aportación en novelas claves de nuestra contemporaneidad como Foe de Coetzee o Viernes de Michel Tournier, o su capacidad mutante para reconvertirse con éxito en santo y seña de realizaciones tan representativas de la posmodernidad como la serie de televisión Perdidos. La visualización, nada casual, en una de las escenas de esta famosa serie televisiva, de la portada de la novela La invención de Morel, del escritor argentino Adolfo Bioy Casares, que uno de los personajes aparece leyendo, puede y debe ser entendida ya no como un guiño cómplice hacia ese título concreto, sino como un homenaje de reconocimiento a toda la estirpe de novelas a las que nos hemos venido refiriendo.

Desde ciertas concepciones formalistas se ha propuesto una concepción de la literatura en la que predomina su contemplación como un juego de influencias, préstamos, repeticiones o rechazos, mediante el cual las obras literarias a lo largo de la serie histórica construyen su pertinencia, sus señas de identidad, su individualidad. La literatura es vista así como un espacio intraliterario generado por el diálogo, en armonía o en discrepancia, entre lo ya dado, literariamente hablando, y lo nuevo, entendiendo por tal la respuesta innovadora que surge de esa interlocución e interrelación continua entre obras y autores de toda la serie literaria. Esta visión, aun cuando nos parezca que descansa sobre la vana pretensión de separar las formas de los contenidos y reduzca, en buena medida, la dimensión social y cultural que actúa sobre la propia entidad de lo literario, expresa de manera significativa las relaciones que se establecen, de modo consciente o inconsciente por parte de sus autores, entre obras literarias pertenecientes a un mismo género o familia, y ayuda así a su entendimiento e interpretación, máxime si las obras comparten una misma «vocación de sentido», se alzan sobre un núcleo de representación semejante y combinan unos ingredientes simbólicos o materiales retóricamente próximos.

Que La isla misteriosa de Verne contiene una voluntad de dialogar con el Robinson Crusoe de Daniel Defoe es uno de los rasgos que la crítica literaria ha venido señalando con reiteración. Un diálogo en el que Verne participa desde una posición de claro acatamiento de la incuestionable jerarquía que el Robinson ocupa en el territorio literario en el que Verne se introduce. Un acatamiento reconocible en el mero hecho de seleccionar la isla y el naufragio como elementos compositivos básicos de su novela, sin que esto impida que el autor de El Chancellor, otra novela de mar y naufragio, proponga su obra como un diálogo hasta cierto punto antagónico. Si, como se ha dicho, Robinson Crusoe ocupa, por méritos de antigüedad y calidad literaria, el centro de la galaxia narrativa anteriormente definida y de la que debe ser considerado como núcleo germinador, La isla misteriosa, aun sin entrar en disputas de jerarquía, más allá de las innegables influencias y ecos, puede entenderse, hasta cierto punto o, mejor, al menos hasta un cierto momento dentro de la narración que luego explicitaremos, como una obra que cuestiona, si no su potestad, sí su autoridad patriarcal en tanto

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