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LA LEYENDA DEL YAGUARETé

Canela   Marta Prada  

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Fragmento

Castilla, 1487

Dios estaba en guerra contra Dios. El único dios, en su verdadera y única forma de ser venerado, tenía aniquilados, sitiados y rodeados a los infieles de Málaga, a los que decían adorar al mismo dios pero sin aceptar la existencia de su unigénito. La población árabe, berebere, e incluso los cristianos mozárabes que habían vivido siglos de paz en la taifa de Granada, corrían desesperados de un lado al otro en busca de refugio, o rumbo a las murallas almenadas para proteger su ciudad del yugo de la terrible alianza entre Castilla y Aragón, los reyes que estaban conquistando todos los reinos de la Península Ibérica.

Isabel de Castilla y Fernando de Aragón en persona presidían los ejércitos cristianos sitiadores. Ya no eran los adolescentes de futuro incierto que contrajeron nupcias en 1469; eran la pareja monárquica más consolidada de Europa, los iniciadores de una nueva era, dispuestos a crear un nuevo reino sobre los despojos de una gran cultura árabe a la que habían ido aniquilando poco a poco. Europa era para cristianos y Fernando e Isabel se encargarían de que la puerta de entrada al continente no fuese un puente para la herejía.

Los dos, con 26 años de edad, estaban dispuestos a no dejar un solo vestigio de islam o de judaísmo dentro de lo que consideraban su península y, desde luego, su misión divina: formar el más católico de los reinos europeos, bastión definitivo de la única y verdadera fe, el reino de Dios en la Tierra, los mismísimos cimientos del cielo.

Tres culturas que veneraban a la misma divinidad comenzaron la más sangrienta de las batallas, pero Dios fue como siempre un pretexto: judíos, mozárabes católicos y árabes musulmanes resguardaban su Málaga, no por cuestiones de fe sino para dejarla fuera de los dominios de ese par de fanáticos que eran los reyes católicos de Castilla y Aragón, quienes ya habían instalado en sus territorios a esa temible máquina de guerra y asesinato que era el tribunal de la Inquisición. No se libraba una batalla por la religión; más bien se libraba una batalla por la defensa de una ciudad libre que prefería pagar tributo al rey de Granada que ser absorbida por el nuevo reino que construían los católicos.

Boabdil el Chico sufría en Granada. Málaga era el último bastión de defensa del reino nazarí que él gobernaba. Si Málaga caía frente a los católicos, era cosa de algunos años, tal vez de algunos meses, antes de que capitulara Granada, la última gran taifa, resguardo de siete siglos de cultura islámica en la Península Ibérica, el antiguo califato de Córdoba, el Sefarad de los hebreos. ¿En qué momento esos bárbaros cristianos del norte se habían hecho tan poderosos? Habían vivido en paz durante muchos siglos, pero siempre bajo mandato árabe y presencia hebrea. Eran sus dos culturas las que tenían el conocimiento, las matemáticas, la astrología, la ciencia... Los cristianos siempre habían sido los fanáticos y los salvajes... Y ahora estaban a punto de dominar todo el territorio. ¿Qué había cambiado? ¿Cuándo giró el mundo sin que Boabdil lo notara? ¿Dios estaba del lado de los católicos?

Boabdil mandó refuerzos a Málaga, pero el frenesí cristiano tenía totalmente sitiada a la ciudad. Las tropas estaban sedientas de sangre sin importar su religión; los soldados de a pie, la turba de fanáticos, babeaban ante el inminente saqueo; los edictos de excomunión y muerte estaban listos en las manos de los perros de Dios, de los Domine Cannis que lideraban la terrible Inquisición, formada ese mismo año con el pretexto de defender la fe, aunque en realidad siempre fue una herramienta de represión política.

Fernando e Isabel se encontraban en la mejor posición para girar la orden de ataque total contra una Málaga aterrorizada. Los cristianos lograron abandonar la ciudad con salvoconductos mientras que los musulmanes y los judíos permanecieron encerrados. Era evidente que se preparaba una carnicería humana en nombre de Dios.

Entre los que lograron salir desde el año anterior se encontraba Gil de Ávila, quien con su esposa y su hijo recién nacido, llamado Alonso en honor de su abuelo, huyeron a la región de La Mancha a establecerse en un páramo desolado conocido como Ciudad Real. Ese y otros pueblos habían surgido de la nada como consecuencia de las guerras contra los árabes del sur. Y la población de cristianos desempleados que huía, hacía que sobrevivir fuese algo casi imposible... Ésa fue la razón por la que el pequeño Alonso, cuando tuvo la edad suficiente, dejara La Mancha para dirigirse a Extremadura donde, según contaban las leyendas, salían los más valientes hombres en busca de la aventura y la riqueza de ese Nuevo Mundo recién descubierto.

Pero América no era siquiera un sueño cuando Málaga cayó en 1487. La conquista de la ciudad por parte de los Reyes Católicos supuso una de las masacres más sanguinarias, violentas y vengativas contra los árabes y los judíos que vivían ahí y contra cualquier católico que los hubiese honrado con su amistad. El asedio a la ciudad duró seis meses, por lo que al entrar las tropas cristianas no se encontraron con soldados dispuestos a morir en su defensa, sino con hombres famélicos suplicando un mendrugo de pan y piedad... ¡En el nombre de Dios todo misericordioso, piedad! Picas y balas aniquilaron a los penitentes malagueños, mientras Boabdil el Chico preparaba la ciudad de Granada y su majestuosa Alhambra para un eventual e inevitable ataque final.

Dios se impuso contra Dios en aquel episodio de la guerra final contra el reino nazarí de Granada. La ciudad se rindió el 13 de agosto de 1487 y los reyes aceptaron la capitulación el día 18, para entrar triunfantes a la ciudad al día siguiente, con el ánimo de derribar todo icono religioso del enemigo, que para mayor frustración de los católicos no acostumbraban la adoración de las imágenes. A falta de ídolos que derribar, el castigo se centró en la población, que en gran medida fue reducida a la esclavitud; los cristianos fueron ahorcados por traición... y para musulmanes y judíos el tribunal de la Inquisición dispuso piras alrededor de toda la ciudad. En cuatro días, miles de cuerpos ardieron para mayor gloria de Dios, en uno de los sacrificios humanos más grandes que haya registrado la historia, particularmente de una civilización y de una religión que prohibía dichos sacrificios, así como el asesinato, a menos que tuviesen al todopoderoso como respaldo, juez, parte y cómplice. El gran sacrificio humano vio caer una ciudad y atestiguó el nacimiento de España, la católica y poderosa España, el reino destinado a conquistar el mundo, a propagar la única fe... A construir los cimientos del cielo en la tierra.

Tenochtitlan, 1487

Al otro lado del orbe, cuando dos mundos totalmente distantes y distintos, pero muy similares a la vez, ignoraban mutuamente la presencia del otro, el huey tlatoani Ahuízotl, gran señor de los mexicas, preparaba el ritual más grande jamás concebido para otorgar vida al universo: el sacrificio de veinte mil personas en cuatro días, algo nunca antes llevado a cabo y que simplemente parecía inverosímil. Los dioses estarían agradecidos y tanto el nuevo Templo Mayor como el reinado de Ahuízotl quedarían asegurados contra la mala fortuna. Sin embargo, los malos augurios estaban presentes y los consejeros de Ahuízotl no dejaban de recordárselo.

—No se ha guardado el debido respeto a Tizoc, sus honras fúnebres no han sido lo suficientemente fastuosas y su muerte sigue en la sospecha. Era un rey fuerte y sano que murió de manera misteriosa tras menos de cinco años de reinado.

—Sus honras fúnebres carecieron de sacrificios —argumentó tenazmente Ahuízotl— debido a que en todo su tiempo no fue capaz de ganar una sola campaña militar... Por el contrario, el inicio de mi mandato, que para mayor gloria de los dioses coincide con la inauguración de su Templo Mayor, cuenta con más de cuarenta veces cuatrocientos prisioneros, que entregarán su sangre para que nuestro dios sol siga triunfante su marcha.

Los consejeros no estaban de acuerdo entre sí, ni seguros con la decisión del recién electo huey tlatoani, pero en términos religiosos su decisión era inapelable. Todo sería más simple si el gran Tlacaelel, cihuacóatl o gran consejero de los últimos señores, estuviera con vida, pero había muerto la misma semana que Tizoc... Para muchos, otro mal augurio... Y otra sombra de sospecha.

Ahuízotl rumiaba para sus adentros. Tampoco estaba muy convencido de comenzar tan magnos festejos tras las muertes sucesivas de un señor tan mediocre como Tizoc y del grande entre los grandes, Tlacaelel, quien sin embargo fue el que dio su voto de confianza, tiempo atrás, para la elección de Tizoc en vez de la suya.

Ambos debían morir. Tlacaelel había sido el artífice del gran poderío mexica, pero ya era muy viejo para seguir siendo una sombra detrás del trono, mientras que, por azares del destino, a Tizoc le había correspondido el honor de terminar la construcción del Templo Mayor a Huitzilopochtli... Un guerrero fracasado y sin victorias no debería consagrar los cimientos del cielo, además de que sería incapaz de conseguir la sangre exigida por el dios sol para el sacrificio inaugural.

En el caso de Tlacaelel, siempre se diría de él que fue el forjador del imperio, junto con Itzcóatl y Moctezuma, el Flechador del Cielo, pero su tiempo había llegado a su fin y era momento de que una nueva generación de guerreros mantuvieran erguida y gloriosa a la ciudad.

Tlacaelel fue quien tiempo atrás recomendó utilizar la sangre para alimentar a los dioses. No obstante, él mismo comenzó a mostrarse en contra de esta práctica al final de sus días... Quizás por eso su voto, el más importante de todos, había sido para Tizoc; por eso los dos habían muerto y ahora el gran colibrí de la guerra, el sol Huitzilopochtli, tendría el sacrificio merecido para derrotar de nuevo a las fuerzas de la oscuridad, para seguir derrotando a su hermana traicionera, Coyolxauhqui, y dar vida y movimiento al universo.

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