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LA LISTA DE SCHINDLER

Thomas Keneally  

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Fragmento

NOTA DEL AUTOR

En 1980 entré en una tienda de artículos de piel, en Beverly Hills, y pregunté precios de carteras. La tienda era de Leopold Pfefferberg, un superviviente de Schindler. Entre las estanterías de maletas italianas importadas de Pfefferberg oí hablar por vez primera de Oskar Schindler, alemán bon vivant, especulador, seductor y ejemplo de contradicciones, y de cómo había salvado a una sección transversal de una raza condenada durante los años que ahora se conocen con la denominación genérica de Holocausto.

Esta narración de la sorprendente historia de Oskar se funda, en primer lugar, en entrevistas con cincuenta supervivientes de Schindler, de siete naciones: Australia, Israel, Alemania Federal, Austria, Estados Unidos, Argentina y Brasil. Se ha enriquecido con la visita, en compañía de Leopold Pfefferberg, a sitios de notoria importancia en este libro: Cracovia, la ciudad adoptiva de Oskar; Plaszow, escenario del campo de trabajo de Amon Goeth; la calle Lipowa, de Zablocie, donde está todavía la fábrica de Oskar; Auschwitz-Birkenau, de donde sacaba Oskar a sus prisioneras. El relato se vale además de los documentos y otros datos aportados por los pocos hombres, relacionados con Oskar durante la guerra, a quienes aún es posible encontrar, así como por la gran cantidad de sus amigos de posguerra. Muchos de los cientos de testimonios sobre Oskar depositados por los Judíos de Schindler en Yad Vashem, la institución que recuerda a los héroes y mártires, acrecientan el relato, y también testimonios escritos, de fuentes privadas, y gran volumen de papeles y cartas de Schindler, algunos cedidos por Yad Vashem y otros por amigos de Oskar.

Recibe antes que nadie historias como ésta

Emplear la textura y los recursos de la novela para contar una historia verdadera es un camino que sigue con frecuencia la literatura moderna. Es el que he elegido, tanto porque el oficio de novelista es el único al que puedo alegar derecho como porque la técnica novelística parece apropiada para un personaje de la ambigüedad y magnitud de Oskar. Sin embargo, he procurado evitar toda ficción, que sólo empañaría el relato, y también distinguir entre la realidad y los mitos que suelen rodear a los hombres de la envergadura de Oskar. A veces ha sido necesario tratar de reconstruir conversaciones de Oskar y otros de las que apenas existen vestigios. Pero la mayor parte de los diálogos y comunicaciones, y todos los hechos, se basan en las detalladas memorias de los Schindlerjuden (Judíos de Schindler), del mismo Schindler, y de otros testigos de sus audaces rescates.

Desearía agradecer, en primer lugar, a tres de los supervivientes de Schindler: Leopold Pfefferberg, el juez Moshe Bejski, de la Corte Suprema de Israel, y Mieczyslaw Pemper, quienes no sólo transmitieron al autor sus recuerdos de Schindler y le entregaron documentos que han contribuido a la exactitud de la narración, sino que también han leído el primer borrador y sugerido correcciones. Muchas otras personas, supervivientes de Schindler o relaciones de posguerra de Oskar, me han concedido entrevistas y generosa información en forma de cartas y documentos. Entre ellas figuran Emilie Schindler, Ludmila Pfefferberg, Sophia Stern, Helen Horowitz, Jonas Dresner, Mr. y Mrs. Henry, Mariana Rosner, Leopold Rosner, Alex Rosner, Idek Schindel, Danuta Schindel, Regina Horowitz, Bronislawa Karakulska, Richard Horowitz, Shmuel Springmann, Jakob Sternberg, Lewis Fagen y Sra., Henry Kinstlinger, Rebecca Bau, Edward Heuberger, Mr. y Mrs. M. Hirschfeld, Mr. y Mrs. Irving Glovin y muchos otros. En mi propia ciudad, Mr. y Mrs. E. Korn me han ofrecido constante apoyo, aparte de sus recuerdos de Oskar. Josef Kermisz, Shmuel Krakowski, Vera Prausnitz, Chana Abells y Hadassah Modlinger, de Yad Vashem, me concedieron libre acceso a los testimonios de los supervivientes de Schindler y al material fotográfico y en vídeo.

Finalmente desearía honrar los esfuerzos realizados por el extinto Martin Gosch para llamar la atención del mundo sobre el nombre de Oskar Schindler, y dar las gracias a su viuda, Lucille Gaynes, por su cooperación con este proyecto.

TOM KENEALLY

Prólogo

Otoño de 1943

En lo más profundo del otoño polaco, un joven alto, con un costoso abrigo sobre el esmoquin cruzado en cuya solapa había una gran esvástica ornamental de esmalte dorado sobre negro, emergió de una elegante casa de apartamentos en la calle Straszewskiego, en el límite de la ciudad vieja de Cracovia, y vio a su chófer respirando vapor junto a la puerta abierta de una enorme limusina Adler, relumbrante a pesar de la negrura de ese mundo.

—Cuidado con la acera, Herr Schindler —dijo el chófer—. Está helada como el corazón de una viuda.

En esta pequeña escena invernal, pisamos terreno seguro. El joven alto llevará hasta el fin de sus días chaquetas cruzadas; hallará gratificación en los vehículos grandes y brillantes, quizá por ser una especie de ingeniero; y a pesar de ser alemán y, en este punto de la historia, un alemán de cierta influencia, nunca dejará de pertenecer a la clase de hombres a quienes un chófer polaco puede hacer sin temor una broma tímida y afable.

Pero no será posible desarrollar toda la historia con tan sencillos elementos. Porque ésta es la historia del triunfo pragmático del bien sobre el mal, un triunfo en términos eminentemente mensurables y estadísticos, y nada sutiles. Cuando se trabaja en la dirección opuesta, y se narra el éxito mensurable y predecible que el mal suele alcanzar, es fácil mostrarse agudo y sarcástico y evitar el sentimentalismo. Es muy sencillo demostrar cómo, inevitablemente, el mal terminará por apoderarse de lo que podríamos llamar los bienes inmuebles del relato, aunque en poder del bien queden algunos escasos imponderables como la dignidad y el conocimiento de sí mismo. La fatal maldad humana es la materia prima corriente de los narradores; el pecado original, su líquido materno. Pero escribir sobre la virtud es empresa muy ardua.

Tan peligrosa es la palabra virtud, que debemos explicar a toda prisa: Herr Oskar Schindler, el hombre que arriesgaba sus bien lustrados zapatos sobre la acera helada en ese barrio viejo y elegante de Cracovia, no era un hombre virtuoso en el sentido corriente. Vivía con su amante alemana y mantenía una antigua relación con su secretaria polaca. Su esposa Emilie prefería residir en su Moravia natal la mayor parte del tiempo, aunque a veces acudía a Polonia a visitarlo. Una cosa hay que decir en favor de él: era un amante cortés y generoso con todas sus mujeres. Pero si nos atenemos a la interpretación corriente de virtud, esto no es una excusa.

Además era bebedor. A veces bebía por el cálido placer de beber; a veces, con sus asociados, con los burócratas o los hombres de la SS, para obtener mejores resultados. Era capaz como pocos de mantenerse bien y sin perder la cabeza mientras bebía. Pero tampoco esto ha sido nunca una excusa de las alegres borracheras ante la moral en sentido estrecho. Y aunque los méritos de Herr Schindler están bien documentados, es un rasgo característico de su ambigüedad que viviera dentro de un sistema salvaje y corrompido, o que se apoyara en él; un sistema que llenaba Europa de campos de concentración de inhumanidad variable pero nunca ausente, creando una nación sumergida y nunca mencionada de prisioneros. Por lo tanto, quizá lo mejor sea empezar poniendo un ejemplo de la extraña virtud de Herr Schindler, y de los sitios y personas con que solía ponerlo en contacto.

Al fin de la calle Straszewskiego, el coche pasó bajo el bulto negro del castillo de Wawel, desde donde el abogado Hans Frank, favorito del Partido Nacional Socialista, ejercía el Gobierno General de Polonia. Como en el palacio de un ogro maligno, no se veía ninguna luz. Ni Herr Schindler ni el conductor miraron hacia lo alto de las murallas mientras el coche giraba hacia el sudeste, en dirección al río. En el puente de Podgórze, los guardias apostados sobre el helado Vístula para impedir que los guerrilleros u otros infractores del toque de queda pasaran de un lado a otro entre Cracovia y Podgórze, conocían el vehículo, la cara de Herr Schindler y el Passierschein que mostraba el chófer. Herr Schindler pasaba frecuentemente por ese control, cuando se dirigía desde su fábrica (donde también poseía un apartamento) hacia la ciudad, por negocios, o desde su casa de la calle Straszewskiego hacia los talleres del suburbio de Zablocie. Estaban acostumbrados a verlo también después del anochecer, vestido formal o semiformalmente, encaminándose a una cena, una fiesta, una alcoba o también, como ocurría esa noche, al campamento de trabajos forzados de Plaszow, a diez kilómetros de la ciudad, donde cenaría con el SS Hauptsturmführer Amon Goeth, un hombre sensual de encumbrada posición. Herr Schindler tenía la reputación de hacer generosos regalos de bebidas en Navidad, de modo que se permitió el paso del coche al suburbio de Podgórze sin mucha demora.

Es evidente que, en este momento de la historia, y a pesar de su amor al vino y la buena comida, Herr Schindler consideraba su cena con el comandante Goeth con más repugnancia que alegría. En realidad, no había ocurrido una sola vez que sentarse a beber con Amon no fuera un asunto repelente. Sin embargo, el rechazo que sentía Herr Schindler era de un carácter incitante, como el gozoso sentimiento de abominación que demuestran, en las pinturas medievales, los justos ante los condenados. Es decir, una sensación que no le resultaba deprimente, sino acuciante.

En el interior de piel negra del Adler, que corría por los rieles del tranvía de lo que había sido, hasta poco antes, el gueto judío, Herr Schindler fumaba un cigarrillo tras otro, como siempre. Pero de una manera compuesta. Jamás se advertía tensión en sus manos; su estilo depurado revelaba que sabía de dónde provenía cada nuevo cigarrillo, cada nueva botella de coñac. Sólo él podría decirnos si tuvo necesidad de recurrir a su petaca mientras atravesaba el pueblo mudo y oscuro de Prokocim y miraba, en la vía férrea que llevaba a Lwow, una hilera de vagones de ganado, que podían transportar soldados de infantería, prisioneros, o incluso —aunque era infinitamente menos probable— ganado.

Ya en el campo, a unos diez kilómetros del centro de la ciudad, el Adler giró a la derecha y cogió una calle llamada irónicamente Jerozolimska. Aquella noche de netos contornos glaciales Herr Schindler vio primero, debajo de la colina, una sinagoga en ruinas, y luego las desnudas formas de lo que en esos días representaba la ciudad de Jerusalén: el Campo de Trabajos Forzados de Plaszow, un pueblo de barracones que contenía a veinte mil atormentados judíos, polacos y gitanos. Soldados ucranianos y de la Waffen SS saludaron cortésmente a Herr Schindler en el portal, porque era por lo menos tan conocido allí como en el puente de Podgórze.

Al llegar a la Administración, el Adler torció por una calle interior pavimentada con lápidas de tumbas judías. El campo de concentración había sido, hasta dos años antes, un cementerio judío. El comandante Amon Goeth, que se consideraba un poeta, había utilizado en la construcción del campo todas las metáforas que había encontrado a mano. Esta calle corría a lo largo de todo el campo, dividiéndolo en dos, pero no llegaba hasta la casa que ocupaba el comandante, en el este.

A la derecha, más allá de los cuarteles de la guardia, había un antiguo panteón: parecía expresar que allí toda muerte era natural y que todos los muertos estaban a la vista. En realidad, ahora servía de establo al comandante. Aunque Herr Schindler estaba familiarizado con su aspecto, es posible que aún reaccionara con una tosecilla irónica. Desde luego, si se reaccionaba ante las pequeñas ironías de la nueva Europa, cada una pasaba a formar parte de la propia carga; pero Herr Schindler poseía una inmensa capacidad para soportar esa variedad de secreto grotesco.

Un prisionero llamado Poldek Pfefferberg también se dirigía, esa noche, a la casa del comandante. Lisiek, el asistente de diecinueve años del comandante, había ido al barracón de Pfefferberg con un pase firmado por un suboficial de la SS. El problema del joven era que la bañera del comandante mostraba una pertinaz mancha anular, y Lisiek temía que lo castigaran cuando el comandante Goeth fuera a tomar su baño matinal. Pfefferberg, que había sido profesor de Lisiek en el colegio de Podgórze, trabajaba en el garaje del campo de concentración y tenía acceso a los disolventes. De modo que ahora, acompañado por Lisiek, acababa de sacar del garaje un palo con un estropajo y una lata de disolvente. Acercarse a la casa del comandante siempre era un asunto turbio, pero implicaba la posibilidad de recibir algún alimento de manos de Helen Hirsch, la maltratada criada judía de Goeth, una chica generosa que había sido también alumna de Pfefferberg.

Cuando el Adler de Herr Schindler estaba aún a cien metros de la casa de Goeth, los perros empezaron a ladrar: un gran danés, un bórzoi y muchos otros que el comandante alojaba en las perreras situadas a cierta distancia de la casa. Ésta era una construcción cuadrangular con un piso alto y un balcón, rodeada por una galería con una balaustrada. A Amon Goeth le agradaba sentarse fuera en verano. Había ganado peso. El verano próximo, sería un grueso adorador del sol. Pero en esa versión particular de Jerusalén se sentía a salvo de las burlas.

Un SS Unterscharführer con guantes blancos aguardaba esa noche ante la puerta. Saludó y abrió la puerta a Herr Schindler. En el vestíbulo, Ivan, el asistente ucraniano, cogió el abrigo y el sombrero hongo de Herr Schindler. Éste palpó el bolsillo interior de su chaqueta para asegurarse de que allí estaba el regalo para el dueño de casa, una cigarrera chapada en oro del mercado negro. A Amon le iba tan bien en sus negocios paralelos, en especial el de las joyas confiscadas, que le ofendería un chapado inferior al mejor. E incluso éste le parecería sólo un grato cumplido.

Ante las puertas dobles del comedor los hermanos Rosner tocaban, Henry el violín, Leo el acordeón. Por orden del Hauptsturmführer Goeth se habían quitado sus andrajos del taller de pintura para ponerse los trajes de etiqueta que guardaban en sus barracones para estas ocasiones. Como Oskar Schindler sabía, aunque el comandante admiraba su música, los hermanos Rosner nunca se sentían tranquilos en su casa. Habían visto demasiado a Amon. Sabían que era voluble y dado a las ejecuciones ex tempore. Tocaban esmeradamente y esperaban que sus melodías no provocaran alguna furia inesperada.

Esa noche debía haber siete personas a la mesa de Goeth. Aparte del mismo Schindler, el Oberführer Julian Scherner, jefe de la SS en la región de Cracovia, y el Obersturmbannführer Rolf Czurda, jefe del SD, el servicio de seguridad del extinto Reinhardt Heydrich, en la misma zona, eran los huéspedes de honor, porque el campamento estaba bajo su jurisdicción. Eran unos diez años mayores que Goeth, y Scherner, jefe de policía de la SS, parecía decididamente un hombre maduro, con sus gafas, su calvicie y su ligera obesidad. Pero, a causa de las licenciosas costumbres de su protegido, la diferencia de edad no parecía muy grande.

El mayor del grupo era Herr Franz Bosch, un veterano de la primera guerra mundial, gerente de varios talleres —legales e ilegales— de Plaszow. Era también el «asesor económico» de Julian Scherner, y tenía otros intereses económicos en la ciudad.

Oskar despreciaba a Bosch y a los dos jefes de policía, Scherner y Czurda. Sin embargo, su cooperación era esencial para la subsistencia de su propia fábrica de Zablocie, de modo que les enviaba regalos regularmente. Los únicos concurrentes por quienes Oskar sentía alguna simpatía eran Julius Madritsch, dueño de la fábrica de uniformes Madritsch, dentro del campamento de Plaszow, y su gerente Raimund Titsch. Madritsch era aproximadamente un año más joven que Oskar y que Goeth. Era un hombre emprendedor pero humano; y si se le hubiera pedido que justificara la existencia de su provechosa empresa dentro del campo de concentración habría sostenido que empleaba a cuatro mil prisioneros, a quienes mantenía así a salvo de la maquinaria de la muerte. Raimund Titsch, un hombre de poco más de cuarenta años, delgado, reservado, y que probablemente se marcharía temprano de esa reunión, dirigía los talleres de Madritsch con un contrato renovado día a día, contrabandeaba camiones de comida para los prisioneros (actividad que podía conducirlo a un desenlace fatal en la prisión de Montelupich, la cárcel de la SS, o en Auschwitz), y estaba de acuerdo con Madritsch.

Ése era el conjunto habitual de comensales en la casa del comandante Goeth.

Las cuatro mujeres invitadas, lujosamente vestidas y peinadas, eran más jóvenes que cualquiera de los hombres. Eran prostitutas de categoría, polacas y alemanas, de Cracovia. Algunas asistían regularmente a esas cenas. Su cantidad ofrecía un pequeño margen de opción caballeresca a los dos oficiales de mayor edad. La amante alemana de Goeth, Majola, generalmente permanecía en su apartamento de la ciudad durante estas reuniones. Consideraba que eran esencialmente masculinas, y por tanto ofensivas para su sensibilidad.

No hay duda de que Oskar agradaba, de alguna manera, a los jefes de policía y al comandante. Sin embargo, había en él algo extraño. Ellos probablemente lo hubieran atribuido a sus orígenes. Oskar era un alemán de los Sudetes; de Arkansas para su Manhattan, de Liverpool para su Cambridge. Había señales de que no era perfectamente bien pensant, aunque pagaba bien, sabía beber, era una buena fuente de bienes de consumo que escaseaban, y tenía un sentido del humor contenido pero a veces estrepitoso. Era un hombre a quien se saludaba y sonreía a través del salón; pero no era necesario ni prudente ponerse de pie con precipitación para atenderlo obsequiosamente.

Los más probable era que los hombres de la SS advirtieran la entrada de Oskar Schindler por la excitación que despertaba entre las mujeres. Quienes conocieron a Oskar en esos años hablan del encanto magnético que ejercía sin esfuerzo sobre ellas, y de su éxito infalible y a todas luces impropio. Los dos jefes de policía, Czurda y Scherner, empezaron a atender a Herr Schindler para no perder la atención de las jóvenes. Goeth se adelantó a estrechar su mano. El comandante era tan alto como Schindler, y la impresión de que era demasiado grueso a sus treinta y pocos años se debía en parte a su altura, una talla atlética a la que la obesidad parecía artificialmente añadida. Su rostro no tenía defectos notables, aparte del brillo alcohólico de sus ojos. El comandante bebía indecorosas cantidades del licor local.

Sin embargo, no iba tan lejos como Herr Bosch, el mago económico de Plaszow y, en general, de la SS. Herr Bosch tenía la nariz morada; el oxígeno a que tenían legítimo derecho las venas de su cara se había consumido durante muchos años en la llama azul de ese mismo licor. Schindler, mientras saludaba con una inclinación de cabeza a Herr Bosch, supo que esa noche recibiría de él un nuevo pedido.

—Bienvenido nuestro industrial —dijo Goeth melódicamente, y lo presentó luego a las muchachas. Los hermanos Rosner seguían tocando; los ojos de Henry sólo se apartaban de las cuerdas para mirar el ángulo vacío del salón; Leo sonreía a las teclas de su acordeón. Y de esas actitudes brotaban las notas que había escrito Strauss para excitar a la clase media.

Herr Schindler sintió un asomo de piedad por esas chicas trabajadoras de Cracovia; sabía que más tarde, a la hora de los manotones y las cosquillas, los primeros podían sacar ampollas y las segundas arañar la piel. Por el momento, sin embargo, el Hauptsturmführer Amon Goeth —un demente sátrapa cuando estaba ebrio— parecía un caballero vienés de conducta ejemplar.

La conversación previa a la cena no tuvo nada de particular. Se habló de la guerra; mientras Czurda, el jefe del SD, se ocupaba de asegurar a una chica alta alemana que las posiciones de Crimea no corrían el menor peligro, el jefe de la SS, Scherner, informaba a otra mujer que un muchacho a quien había conocido en Hamburgo, una buena persona, Oberscharführer de la SS, había perdido las piernas cuando los militantes de la resistencia pusieron una bomba en un restaurante de Czestochowa. Schindler hablaba de negocios con Madritsch y con Titsch. Había entre los tres empresarios auténtica cordialidad. Herr Schindler sabía que el pequeño Titsch procuraba cantidades ilegales de pan del mercado negro a los prisioneros de la fábrica de uniformes de Madritsch, y que era éste quien cargaba en gran medida con los gastos. Era la actitud humanitaria mínima porque, a juicio de Schindler, las ganancias en Polonia eran suficientes para satisfacer al capitalista más inveterado, y bien justificaban la compra ilegal de un poco más de pan. En el caso particular de Herr Schindler, los contratos de la Rustungsinspektion —la Inspección de Armamentos, encargada de organizar licitaciones y otorgar las concesiones para la manufactura de todo el material necesario para las fuerzas alemanas— eran tan cuantiosos que él había cumplido con exceso su deseo de parecer un hombre de éxito a los ojos de su padre. Infortunadamente, las únicas personas de quienes sabía que invertían regularmente dinero en pan del mercado negro eran Madritsch, Titsch y él mismo.

Cuando se acercaba el momento de que Goeth los llamara a la mesa, Herr Bosch se dirigió hacia Schindler, lo cogió del brazo y lo llevó hacia donde tocaban los hermanos Rosner, como si esperara que sus impecables melodías encubrieran sus palabras.

—Ya veo que los negocios marchan bien —dijo Bosch.

Schindler sonrió.

—¿De veras ve usted eso, Herr Bosch?

—Así es —dijo Bosch.

Por supuesto, debía de leer los boletines oficiales de la Junta Central de Armamentos, donde podía encontrar información acerca de los contratos concedidos (por licitación) a la fábrica de Schindler.

—Me preguntaba —dijo Bosch, inclinando la cabeza— si a la vista de su éxito en varios frentes, sin duda bien merecido, me preguntaba... si no podría usted sentirse inclinado a un gesto generoso. Nada importante. Solamente un gesto.

—Por supuesto —respondió Schindler. Sentía náuseas, como siempre que era usado, y al mismo tiempo algo parecido a la alegría. En dos ocasiones, la oficina del jefe de policía Scherner había empleado su influencia para sacar de la cárcel a Oskar Schindler. Ahora deseaban reconstruir los motivos para volver a hacerlo.

—Han bombardeado la casa de mi tía de Bremen, pobrecilla —dijo Bosch—. Ha perdido todo. La cama de matrimonio. Los muebles, toda su porcelana de Meissen. Me preguntaba si podría regalarle usted algunas cosas de cocina. Y quizás una o dos de esas soperas, las grandes, que hacen en la DEF.

Deutsche Emailwaren Fabrik, fábrica alemana de esmaltados, era el nombre de la floreciente empresa de Herr Schindler. Los alemanes la llamaban DEF; los polacos y judíos le daban el nombre abreviado de Emalia.

Herr Schindler respondió:

—Pienso que eso se puede arreglar. ¿Quiere que le envíe las cosas directamente, o por mediación suya?

Bosch ni siquiera sonrió.

—Envíemelas a mí, Oskar. Quisiera agregar unas líneas.

—Muy bien.

—Entonces, queda resuelto. Digamos, media gruesa en total de todo, platos, ollas, cafeteras. Y media docena de esas soperas.

Herr Schindler alzó la cabeza y se echó a reír. En esa risa había un poco de fatiga. Pero, cuando habló, su voz era complaciente. Como su ánimo. Siempre era generoso en los regalos. Sólo que Bosch sufría regularmente de parientes bombardeados.

—Su tía, ¿gobierna un orfanato? —murmuró Oskar.

Bosch lo miró a los ojos; ese ebrio no tenía nada de furtivo.

—Es una mujer anciana sin recursos. Lo que no necesite, lo podrá vender.

—Le diré a mi secretaria que prepare el envío de inmediato.

—¿Esa chica polaca? —dijo Bosch—. ¿La guapa?

—La guapa.

Bosch trató de producir un silbido, pero la abundancia de licores fuertes había destruido la energía de sus labios, y sólo consiguió un resoplido.

—Su esposa debe de ser una santa —dijo, de hombre a hombre.

—Lo es —admitió Herr Schindler, con cierta inquietud. No le importaba que Bosch le pidiera ollas, pero sí que hablara de su esposa.

—Dígame —continuó Bosch—, ¿cómo lo hace para que lo deje en paz? Sin duda ella lo sabe... Sin embargo, parece que usted la controla perfectamente.

Todo el humor desapareció del rostro de Schindler. Cualquiera podía advertir su franco disgusto. Pero el grave y potente murmullo que salió de su boca no se diferenciaba de su tono habitual.

—No suelo hablar de intimidades —dijo.

Bosch respondió precipitadamente:

—Perdón. No he querido... —Prosiguió excusándose con incoherencia. A Herr Oskar Schindler no le gustaba Herr Bosch lo suficiente para explicarle, a esta altura de su vida, que no se trataba de controlar a nadie; el desastre matrimonial de los Schindler se debía a que un temperamento ascético, el de Frau Emilie Schindler, y otro hedonista, el de Herr Oskar Schindler, se habían unido voluntariamente y contra toda sensatez. Pero la ira de Oskar era más profunda de lo que él mismo hubiera admitido. Emilie se parecía mucho a su propia madre muerta, Frau Louisa Schindler, a quien Herr Schindler padre había abandonado en 1935. Oskar tenía la sensación visceral de que Herr Bosch, al menoscabar su matrimonio, hacía lo mismo con el de sus padres.

El hombre continuaba con sus excusas. Ese especulador de rostro alcohólico, con una mano en cada caja registradora de Cracovia, sudaba de pánico ante el temor de perder seis docenas de juegos de vajilla.

Los huéspedes fueron invitados a la mesa. Una criada trajo y sirvió la sopa de cebolla. Mientras los concurrentes comían y hablaban, los hermanos Rosner, sin dejar de tocar, se acercaron a la mesa, aunque no tanto que pudieran estorbar los movimientos de la criada y de los dos asistentes ucranianos de Goeth, Ivan y Petr. Herr Schindler, sentado entre la muchacha alta que Scherner se había apropiado y una chica polaca de cara dulce y huesos delicados que hablaba alemán, vio que ambas miraban a la criada. Vestía el uniforme tradicional: vestido negro y delantal blanco. No llevaba la estrella judía en el brazo ni una franja amarilla en la espalda, pero era judía. Lo que llamaba la atención de las dos mujeres era el estado de su cara. Tenía marcas moradas junto al mentón; cualquiera habría pensado que a Goeth podía avergonzarle mostrar ante sus invitados de Cracovia a una criada en esas condiciones. Las dos mujeres y Herr Schindler podían ver también una mancha oscura más alarmante, que no siempre cubría el uniforme, en la base de su delgado cuello.

Pero Amon Goeth no sólo prescindió de dejar a la muchacha disimuladamente en el fondo, sin explicaciones, sino que se volvió hacia ella y la señaló con un gesto a los demás. Herr Schindler no había estado en esa casa durante las últimas seis semanas, pero sus informantes le habían contado cómo había evolucionado la relación entre Goeth y la muchacha. Cuando él recibía a sus amigos, la utilizaba como un tema de conversación. Sólo la ocultaba cuando acudían a su casa oficiales superiores de otras regiones.

—Señoras y caballeros —dijo, remedando el tono de un animador de cabaret que se finge borracho—, ¿puedo presentarles a Lena? Está aquí hace cinco meses, y se destaca ahora por su cocina y por su buen comportamiento.

—Se ve en su cara —dijo la chica alta, la de Scherner— que ha tenido un choque con los muebles de la cocina.

—Y bien podría tener otro esta perra —dijo Goeth, con un gorgoteo líquido—. Sí. Otro. ¿No es verdad, Lena?

—Es duro con las mujeres —dijo el jefe de la SS, con un guiño, a su alta compañera. Quizá la intención de Scherner no era mala, porque no se había referido a las mujeres judías, sino a todas en general. Cuando le recordaban a Goeth que Lena era judía ella sufría un gran castigo, bien públicamente, ante los invitados, o más tarde, cuando los huéspedes se marchaban. Scherner, que era el superior de Goeth, podía ordenar al comandante que no golpeara más a la muchacha. Pero eso habría sido incorrecto, habría agriado las amistosas reuniones en casa de Amon. Y Scherner no estaba allí como un superior, sino como un amigo, un asociado, amante de francachelas y mujeres. Amon era un individuo extraño, pero nadie ofrecía fiestas mejores.

Luego llegaron el arenque con salsa y los codillos de cerdo, espléndidamente preparados y guarnecidos por Lena. Bebían un denso vino rojo de Hungría; los hermanos Rosner pasaron también a las cálidas melodías húngaras, y el ambiente del salón se volvió más intenso. Los oficiales se quitaron las chaquetas y se animó el intercambio de chismes acerca de los contratos de guerra. Preguntaron a Madritsch, el fabricante de uniformes, acerca de su fábrica de Tarnow. ¿Marchaban tan bien los contratos con la Inspección de Armamentos como su fábrica en el interior de Plaszow? Madritsch cedió la respuesta a Titsch, su delgado y ascético gerente. Goeth mostró brusca preocupación, como un hombre que recuerda en mitad de la cena un detalle de un asunto urgente que debería haber resuelto por la tarde, y que ahora reclama su atención desde las profundidades de su despacho.

Las chicas de Cracovia se aburrían; la delicada polaca de labios brillantes, de veinte años, o más probablemente dieciocho, puso su mano en la manga derecha de Herr Schindler.

—¿No eres soldado? —murmuró—. Te sentaría muy bien el uniforme.

Todos rieron, incluso Madritsch. Había vestido el uniforme durante una temporada, en 1940, hasta que le dieron la baja porque su talento como empresario era indispensable para el esfuerzo de guerra. Pero Herr Schindler tenía tanta influencia que jamás había sido amenazado con la Wehrmacht. Madritsch sonrió con aire experto.

—¿Habéis oído eso? —preguntó el Oberführer Scherner a todos—. Esta niña imagina a nuestro industrial vestido de soldado. El soldado Schindler, ¿eh? Comiendo en uno de sus propios platos con una manta en el hombro. Y en Karkov.

Era realmente una extraña imagen, dada la elegancia de Herr Schindler, y él mismo rió de buena gana.

—Eso le ocurrió a... —dijo Bosch, tratando infructuosamente de chasquear los dedos—. A... ¿cómo se llamaba? En Varsovia.

—Toebbens —dijo Goeth, reviviendo sin aviso previo—. Le ocurrió a Toebbens. O casi.

El jefe del SD, Czurda, agregó:

—Ah, sí. Estuvo a punto.

—Toebbens era un industrial de Varsovia. Más importante que Madritsch y que Schindler. Un hombre de gran éxito. Heini —continuó Czurda (Heini era Himmler)— fue a Varsovia y dijo al encargado de armamentos: «Saque a los malditos judíos de la fábrica de Toebbens, mande a Toebbens al ejército y envíele al frente. Quiero decir: ¡al frente!». Y luego Heini dijo a nuestra gente allí: «Revisad sus libros con el microscopio.»

Pero Toebbens gozaba de la predilección de la Inspección de Armamentos; ellos lo habían favorecido con sus contratos de guerra, y él había devuelto la atención con sus regalos. Y las protestas de la Inspección lograron salvar a Toebbens, como explicó solemnemente Scherner, que luego se inclinó e hizo un guiño a Schindler.

—Pero eso no ocurrirá en Cracovia, Oskar. Todos te queremos demasiado.

En seguida, quizá para subrayar el afecto que toda la mesa sentía por Herr Schindler, el industrial, Amon Goeth se puso de pie y entonó una canción sin palabras sobre el tema principal de Madame Butterfly, que los hermanos Rosner ejecutaban tan afanosamente como trabaja cualquier obrero de una fábrica amenazada en un gueto también amenazado.

En ese mismo momento, Pfefferberg y Lisiek, el asistente, fregaban con el estropajo y el disolvente la mancha de la bañera en el cuarto de baño de Goeth. Podían oír la música de los hermanos Rosner y ráfagas de risas y de conversación. Abajo era la hora del café. La magullada Lena llevó la bandeja a la mesa y regresó a la cocina sin ser molestada.

Madritsch y Titsch apuraron el café y se despidieron de prisa. Schindler se preparaba para hacer lo mismo. La pequeña polaca había puesto la mano en su manga, pero esa casa no le convenía. En la Goethhaus todo estaba permitido; pero el conocimiento que Oskar tenía acerca de la conducta de la SS en Polonia arrojaba una luz de espanto sobre todo lo que allí se decía y sobre cada copa de vino que se bebía, para no hablar de una proposición sexual. Si llevaba a la muchacha al piso alto, no podría olvidar que Bosch, Scherner y Goeth serían sus compañeros en el placer; que repetirían los mismos movimientos en las escaleras, los cuartos de baño, los dormitorios. Herr Schindler, que ciertamente no era un monje, hubiera preferido eso a pasar la noche con una mujer en casa de Goeth.

Habló con Scherner, sentado al otro lado de la chica, de la guerra, de los bandidos polacos y de la probabilidad de un crudo invierno. Para que ella comprendiera que Scherner era un hermano, y que él no le quitaría jamás una mujer. Con todo, no dejó de besar su mano al despedirse. Vio que Goeth desaparecía por la puerta del comedor, dirigiéndose a la escalera apoyado en una de las mujeres que habían estado a su lado durante la cena. Oskar se despidió y alcanzó al comandante. Puso la mano en su hombro. La mirada de Goeth se volvió hacia él, esforzándose por enfocarlo.

—Ah —dijo Goeth, con voz pastosa—. ¿Te vas, Oskar?

—Tengo que ir a casa —respondió Oskar. En casa estaba Ingrid, su amante alemana.

—Eres un semental —dijo Goeth.

—No como tú.

—No, tienes razón. Soy un copulador olímpico. Vamos... ¿adónde vamos? —preguntó, volviéndose a la mujer, pero él mismo respondió—: Vamos a la cocina, a ver si Lena ha ordenado todo como se debe.

—No —dijo la chica, riendo—. No es eso lo que haremos.

Lo guió hacia la escalera. Era un acto generoso, de solidaridad femenina activa, proteger a la muchacha delgada y lastimada de la cocina.

Herr Oskar Schindler miró el extraño animal asimétrico formado por el voluminoso oficial y la mujer esbelta que lo sostenía, mientras subía con esfuerzo los escalones. Goeth, aparentemente, necesitaría dormir hasta la hora de la comida; pero Oskar conocía la sorprendente constitución del comandante y el reloj que latía en él. A las tres de la madrugada Goeth podía levantarse a escribir una carta a su padre, que estaba en Viena. Y a las siete, después de una hora de sueño, podía estar en el balcón, con su fusil de infantería, listo para disparar contra cualquier prisionero que se mostrara indolente.

Cuando Goeth y la muchacha llegaron al primer rellano Schindler se deslizó cautelosamente hacia el fondo de la casa.

Antes de lo que esperaban, Pfefferberg y Lisiek oyeron que el comandante entraba en el dormitorio, murmurando algo a la muchacha. En silencio recogieron el estropajo y la lata de disolvente, pasaron al dormitorio e intentaron salir sigilosamente por una puerta lateral. Pero estaban en la línea de visión de Goeth, que aún estaba de pie y retrocedió pálido, pensando que podían ser asesinos. Cuando Lisiek se adelantó y balbuceó una trémula excusa, comprendió que eran sólo prisioneros.

—Comandante —dijo Lisiek, con justificado temor—, debo informar que había una mancha en su bañera...

—Ah —dijo Amon—. De modo que has traído a un especialista. —Llamó al muchacho con un gesto—. Acércate, querido.

Lisiek avanzó y recibió tal golpe que cayó a medias debajo de la cama. Amon insistió en su invitación, como si pudiera divertir a su compañera con sus cariñosas palabras a los prisioneros. El joven Lisiek se puso de pie y trastabilló hacia el comandante, que lo golpeó nuevamente. Mientras el muchacho se levantaba por segunda vez, Pfefferberg, un prisionero experimentado, se preparó para todo, por ejemplo, para que Ivan los ejecutara de inmediato en el jardín. Pero el comandante se limitó a rugir que se marcharan, cosa que hicieron en el acto.

Cuando, unos días más tarde, Pfefferberg supo que Amon había matado de un tiro a Lisiek, pensó que era por el incidente del cuarto de baño. Pero era por otro motivo: Lisiek había enganchado un caballo a un calesín, para Herr Bosch, sin pedir antes permiso al comandante.

En la cocina, la criada, Helen Hirsch (ella dijo siempre que Goeth la llamaba Lena por pereza) alzó la vista y vio en la puerta a uno de los invitados. Puso en una mesa el plato de restos de carne que sostenía y se irguió con brusquedad.

—Herr... —Miró su esmoquin y buscó un tratamiento adecuado—. Herr Direktor, estaba preparando las sobras para los perros del comandante.

—Por favor —dijo Schindler—. A mí no me debe explicaciones, Fraulein Hirsch.

Oskar se adelantó, bordeando la mesa. No parecía perseguirla, pero ella sintió miedo de sus intenciones. Aunque Amon se complacía en golpearla, por ser judía se había librado hasta ahora de un acoso sexual directo. Sin embargo, había alemanes menos quisquillosos que Amon en materia racial.

El tono de este hombre era el de una conversación social ordinaria. Era un tono al que no estaba acostumbrada, que ni siquiera usaban los oficiales y suboficiales que venían a la cocina a decir que lamentaban la conducta de Amon.

—¿No me conoce? —preguntó, como una estrella del cine o el deporte cuyo sentido de la celebridad sufre cuando alguien no lo reconoce—. Soy Schindler.

Ella inclinó la cabeza.

—Herr Direktor—dijo—. Por supuesto, he oído hablar... Y ya ha estado aquí. Ahora recuerdo...

Él la rodeó con el brazo. Sintió la tensión en el cuerpo de Helen cuando tocó su mejilla con sus labios.

Murmuró:

—No es un beso de esa clase. Es un beso piadoso, si quiere usted saberlo.

Ella no pudo evitar el llanto. Entonces el Herr Direktor Schindler la besó con fuerza en mitad de la frente, a la manera de las despedidas polacas en las estaciones de tren: un sonoro beso de Europa oriental. Helen vio que también él lloraba.

—Ese beso es algo que le traigo de... —Con un amplio ademán indicó alguna tribu de hombres honestos escondidos en los bosques, o durmiendo en la oscuridad en literas superpuestas, de hombres para quienes ella, al absorber el castigo del Hauptsturmführer Goeth, era de algún modo una protección.

Herr Schindler se apartó a un lado, metió la mano en el bolsillo de la chaqueta y sacó una gran barra de chocolate. Por su calidad parecía de antes de la guerra.

—Guarde esto en alguna parte —le dijo.

—Aquí me dan comida extra —respondió ella, como si fuese cosa de amor propio que él no sospechara que se moría de hambre. En realidad, el alimento era la última de sus preocupaciones. Sabía que no saldría viva de casa de Amon, pero no sería por falta de comida.

—Si no la quiere, véndala —dijo Herr Schindler—. ¿Por qué no se recobra? —Dio un paso atrás y la miró—. Itzhak Stern me habló de usted.

—Herr Schindler —murmuró la muchacha. Bajó la cabeza y lloró muy compuesta, módicamente, unos segundos—. Herr Schindler, le gusta pegarme en presencia de esas mujeres. El primer día me golpeó porque tiré los huesos después de la cena. Bajó al sótano a medianoche y me preguntó dónde estaban. Para sus perros, ¿comprende? Ésa fue la primera paliza... Le dije... No sé por qué se lo dije, ahora jamás se lo diría: «¿Por qué me pega?» Él respondió: «Te pego porque me preguntas por qué te pego.»

Helen movió la cabeza y se encogió de hombros, como si se reprochara hablar demasiado. No quería hablar más, no podía narrar la historia de su castigo, la reiterada experiencia de los puños del Hauptfturmführer.

Herr Schindler se inclinó y le dijo:

—Su situación es tremenda, Helen.

—No importa —respondió ella—. La he aceptado.

—¿Aceptado?

—Un día me matará de un tiro.

Schindler movió la cabeza, y ella pensó que no bastaba con eso para darle ánimos. De pronto, la ropa elegante y la cuidada piel del hombre le parecieron una provocación.

—Por Dios, Herr Schindler, yo veo muchas cosas. El lunes estábamos barriendo la nieve del tejado, con el joven Lisiek. Y el comandante salió por la puerta del frente y bajó al patio, justamente debajo de nosotros. Y allí mismo alzó su fusil y disparó contra una mujer que pasaba. Una mujer que llevaba un lío de ropa. Le dio en el cuello. Era simplemente una mujer que iba a alguna parte. No parecía más gruesa o más delgada que otras; no iba más rápido ni más despacio. No logré saber qué había hecho. Cuanto más se conoce al comandante, es más claro que no hay reglas fijas. No se puede una decir a sí misma: «Si me atengo a estas reglas, estaré segura.»

Schindler cogió su mano y la apretó.

—Escuche, mi querida Fraulein Helen Hirsch; a pesar de todo, esto es mejor que Maidanek o que Auschwitz. Si cuida usted su salud...

Ella respondió:

—Pensé que no sería difícil cuidar la salud en la cocina del comandante. Cuando me trajeron aquí, las chicas de la cocina del campo de concentración me envidiaban.

Una sonrisa triste apareció en sus labios.

Schindler alzó la voz. Parecía un hombre que enuncia un principio de física.

—No la matará, porque usted le gusta, Helen. Tanto, que no le permite usar la estrella. No quiere que nadie sepa que una judía le agrada a tal extremo. Mató a esa mujer porque no significaba nada para él: era una en una serie; ni le agradaba ni le disgustaba. En cambio usted... Es una indecencia, Helen. Pero es la vida.

Alguien más le había dicho eso mismo. El Untersturmführer Leo John, un oficial a las órdenes de Goeth. John había dicho:

—No te matará hasta el final, Lena, porque tú le entusiasmas.

Pero, dicho por John, no había tenido el mismo efecto. Herr Schindler la condenaba a una dolorosa supervivencia.

Él, aparentemente, comprendía su asombro. Murmuró unas palabras de aliento. Volvería a verla. Trataría de llevarla afuera.

—¿Afuera? —repitió ella.

—Fuera de la casa —explicó él—. A mi fábrica. Sin duda habrá oído hablar de ella. Tengo una fábrica de productos esmaltados.

—Ah, sí —dijo ella, como un niño de un barrio miserable al que hablan de la Riviera—. Emalia de Schindler.

—Cuide su salud —repitió él. Parecía seguro de que era la clave. Parecía conocer, al decirlo, las intenciones futuras de Himmler, de Frank.

—Está bien —dijo ella.

Le volvió la espalda, se dirigió a un aparador, lo separó de la pared con una fuerza que en una muchacha tan devastada sorprendió a Herr Schindler. Retiró un ladrillo de la pared y sacó del hueco un fajo de zlotys de la ocupación.

—Mi hermana está en la cocina del campo —le dijo—. Es más joven que yo. Quiero que trate de rescatarla si alguna vez la quieren llevar en los vagones de ganado. Creo que usted muchas veces sabe esas cosas de antemano.

—Me ocuparé —dijo Schindler, pero evitando formular una promesa solemne—. ¿Cuánto hay?

—Cuatro mil zlotys.

Tomó el dinero descuidadamente y lo guardó en el bolsillo. Estaba más seguro en sus manos que detrás del aparador de la cocina de Amon Goeth.

Así comienza nuestra historia de Oskar Schindler; con nazis góticos, con el hedonismo de la SS, con una muchacha delicada, maltratada y con una ficción tan popular como la de la prostituta de corazón de oro: el buen alemán.

Oskar, por una parte, se ha ocupado intensamente de estudiar el conjunto del sistema, la cara enferma tras el velo de decencia burocrática. Sabe ya, cuando muchos todavía no se atreven, lo que significa Sonderbehandlung: «tratamiento especial» significa pirámides de cadáveres envenenados en Belzec, Sobibor, Treblinka, y en el complejo, situado al oeste de Cracovia, que los polacos llamaban Oswiecim Brzezinska y que Occidente conocerá luego por su nombre alemán, Auschwitz-Birkenau.

Por otra parte, es un empresario, un negociador por temperamento, y no se opone abiertamente al sistema. Ya ha contribuido a reducir el tamaño de las pirámides; y aunque no sabe aún que durante este año y el siguiente crecerán hasta sobrepasar el Matterhorn, no ignora que el tiempo del horror se avecina. Aunque no puede predecir los cambios burocráticos que se sucederán durante su construcción, presume que siempre habrá sitio para el trabajo de los judíos, y necesidad de él. Por lo tanto, durante su visita a Helen Hirsch insistía en que «cuidara ...