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LA MAESTRA DE LA LAGUNA

Gloria V. Casañas  

5


Fragmento

PRÓLOGO

Cambridge, Follen St.
6 de junio de 1870

Al Presidente Sarmiento
Mi estimado amigo:

Una joven señora, hija de una buena amiga mía, zarpará la próxima semana hacia Buenos Aires en plan de visita familiar y le llevará un paquete con algunos libros y mi traducción de su artículo sobre la educación universitaria para la revista Ambas Américas. Espero haber interpretado correctamente sus ideas.

Mi envío se completa con un álbum de esas hojas otoñales que tanto le gustaron en sus paseos por los bosques de Concord. ¿Le dije que conozco a una señora especialista en prepararlas? Ella las prensa, las barniza y las coloca en un florero en la sala durante todo el invierno. Ya sé que usted quería formar una corona con ellas y guardarlas bajo vidrio, pero ése es trabajo para un artista. Por ahora, confórmese con mi hiedra verde y el lirio de agua, favorito de Horace. Siempre adornaba su estudio.

Estoy yéndome por las ramas. El principal regalo que le envío en ese barco es la propia señorita O’Connor. Debo confesar que pronto le eché el ojo para usted, si logra interesarla en la causa sudamericana. Encontré que resultaba fácil entusiasmarla, aunque tengo que aclarar que este viaje lo hace muy independiente de mí, ya que no puedo confiar en mis propias recomendaciones después de los fracasos que hemos tenido en esta empresa de enviar maestras a su país: las que no se arrepentían antes de partir, se enfermaban y volvían a Nueva Inglaterra. La señorita O’Connor me hace abrigar esperanzas, es una joven cultivada y progresista que, a pesar de no estar obligada a mantenerse, ha enseñado durante meses en Massachusetts. Eso habla de su vocación, ¿no cree usted? Creo que representará el ideal de mujer moderna que buscaba para elevar la condición de los alumnos. ¡Y habla español a la perfección!

Debo aclararle, para ser sincera, que ya le he escrito alertándola sobre las dificultades y los peligros de aquellas… ¿pampas, les dice usted? Creo que sí. Pero la señorita O’Connor no puede negar que lleva sangre irlandesa: ¡es todo un coraje! No dudo de que aprobará a esta joven, si bien insisto: ella va por las suyas. Su propósito es visitar familiares. Aunque no sería yo su gran amiga, mi estimado Sarmiento, si no le confesara que tengo toda mi fe puesta en ella.

En ese barco que zarpará rumbo a Buenos Aires dentro de pocos días hay un verdadero tesoro para sus planes de enseñanza.

Muy afectuosamente,

Su amiga

Mary Mann

[P.S.] ¡Qué gloriosamente ha triunfado usted en la presidencia de su país!

Cambridge, Follen St.

21 de mayo de 1870

Mi querida señorita O’Connor:

Me gustaría poder decir que su carta de esta mañana ha aplacado toda la preocupación que siento por usted, pero mentiría si lo dijera. Ese viaje que emprenderá es un viaje peligroso.

Mi gran amigo, el señor Sarmiento, al que tendrá la fortuna de conocer, es hoy presidente del país adonde se dirige y, ante todo, un hombre profético que le hace mucha falta a aquella tierra dejada de la mano de Dios. Un incomprendido, como suele ocurrir con las mentes avanzadas a su tiempo. Fíjese que en sus viajes a nuestro país él ha encontrado cierta similitud entre nuestro sur atrasado y las Repúblicas de Sudamérica. Confía, al igual que mi amado esposo y yo, en que la educación resulte igualadora en derechos, por eso está empeñado en aplicar allá los métodos que hemos desarrollado en Estados Unidos, especialmente en Nueva Inglaterra.

Sé que usted abriga la idea de permanecer el tiempo suficiente como para colocarse como maestra. Déjeme advertirle, querida niña, que muchas otras aspirantes han fallado antes, sobre todo cuando se trata de salir a las provincias, donde la vida es rústica para una joven delicada. Y aun en la ciudad de Buenos Aires, los disturbios políticos no faltan, según tengo entendido. Aquellas tierras están todavía en pleno acomodamiento, como bien sabemos los que hemos pasado guerras fratricidas.

Su madre me confió que una familia la recibirá gustosa. Sin perjuicio de eso, puedo decirle que el señor Sarmiento estará encantado de ubicarla en la casa más decente y confortable que pueda encontrar, ya que tiene toda su fe puesta en este proyecto. Sólo recuérdele que está usted muy relacionada conmigo. Él me llama “su ángel tutelar”, pues lo he ayudado cuanto he podido con mi pobre español, traduciendo sus escritos y recomendándole a los personajes más encumbrados para colaborar con su propósito.

Mi muy querida y admirada Elizabeth: confío en su criterio y le envío mis mejores deseos para su travesía. Una vez instalada, le ruego me haga saber su situación.

El señor Sarmiento me encomendó enviarle “damas de buena salud y voluntad enérgica”. No dudo de que reúna usted ambas cualidades.

Suya, afectuosamente

Mary Mann

[P.S.] Junto con el paquete que llevará para el Presidente de la Argentina hay una reseña de nombres y direcciones a los que puede acudir si necesita algo. Por favor, vaya a ellos con confianza, son gente de mi conocimiento.

CAPÍTULO 1

E lizabeth apretó el papel de la misiva, formando un bollito en su mano enguantada, mientras contemplaba el horizonte, ondulado como los dibujos titubeantes de un niño pequeño.

El buque de vapor Lincoln se adentraba en aguas barrosas. El capitán se había acercado a ella esa mañana, asegurándole que no se trataba de mar sino de río. ¡Jamás había visto un río tan ancho! A la luz del amanecer, esa masa de agua impresionaba, como si en su vientre líquido guardase un monstruo dispuesto a devorar el barco. El mal sueño de la noche anterior la había dejado lánguida y susceptible. Por eso el capitán, un hombre afable pese a su aspecto rudo, trataba de aligerar su ánimo hablándole de la “gran ciudad” que estaba a punto de descubrir.

Buenos Aires. Ni siquiera se la veía desde allí, a pesar de que la tripulación ya empezaba el ajetreo previo al amarre. Según los informes de la señora Mann, era el puerto de ultramar, pero ¿dónde estaba? Elizabeth no veía ninguna de las construcciones típicas de un gran puerto. Una desazón desconocida se apoderó de ella. Había emprendido aquella aventura por su cuenta y riesgo, desoyendo las súplicas de su madre y las amenazas de su tío, que intentaba obligarla a aceptar un puesto en la Escuela Normal de Boston. Su espíritu aventurero, unido a su firme vocación de enseñar, selló su destino la tarde en que la señora Mary Mann visitó a su madre en el palacete de la calle St. Charles y le contó sobre el proyecto de un hombre que, en medio de la adversidad política, soñaba con educar a los niños en un país lejano. Un cuarto de hora de charla con aquella entrañable amiga de su madre bastó para sentir el aleteo del corazón contra su pecho. Allí era donde hacía falta. Para eso estaba preparada con las mejores cartas de presentación de las escuelas del Este donde se había formado. Siempre supo que se pondría a prueba en situaciones difíciles, como cuando se entrenó para asistir a las docentes de la escuela de sordomudos que patrocinaba Mary Mann. Era su sangre irlandesa. Su tío lo decía una y otra vez, para reprocharle a su madre que la hubiese criado con tanta libertad: “La sangre tira, Emily. Y has dejado que se encabrite en el caso de tu hija. Es una cabra loca”.

En ese momento, de pie sobre la proa de un barco bamboleante, frente a una inmensidad de agua y de cielo, sin nada a la vista más que unas gaviotas curiosas, estuvo a punto de dar la razón a su tío.

—Falta muy poco para tocar puerto, señorita O’Connor —dijo la voz rasposa del capitán.

El señor Trevor Flannery había sido lo más cercano a un padre en aquella travesía. Su aspecto fornido y su barba profusa no la intimidaban y su marcado acento irlandés la hacía sentir en familia. Presentía en él a un hombre bueno y sencillo, deseoso de que sus pasajeros disfrutaran a bordo y llegaran sanos y salvos a su destino. Ese deseo estaba próximo a cumplirse, ya que el sol producía destellos en un edificio lejano confirmando que, en efecto, algo había tras la línea del horizonte.

Elizabeth se hizo visera con una mano mientras sujetaba la barandilla de proa con la otra. No advirtió que la carta de la señora Mann había caído a sus pies.

—¿Es éste un puerto seguro, capitán? No veo rada alguna.

—Vaya, señorita O’Connor, me sorprende usted. No sabía que fuese experta marinera, aunque debo reconocer que no sufrió los mareos típicos de las damas, si me permite decirlo. Además, tiene razón. Buenos Aires no tiene puerto todavía, al menos no uno de verdad. Tengo entendido que ése es un proyecto inmediato, ya que los barcos de mayor calado no pueden acercarse, a raíz de los bancos.

—¿Los bancos?

—Bancos de arena. El lecho del Río de la Plata es arcilloso, de ahí su color marrón. Y muy cambiante. Donde ayer hubo un banco, hoy ya no está. Por eso es peligroso arrimarse sin fondeadero. Vamos a llevar al Lincoln hacia la ensenada, un poco más allá. Tendremos que fondear en rada abierta, pero no se preocupe, no es la primera vez que comando un buque hasta estas aguas.

—¿Es peligroso?

El capitán contempló la orilla infinita que se extendía frente a ellos y luego un poco más al oeste, frunciendo el ceño.

—El mayor peligro consiste en quedar expuestos a los vientos, en especial al pampero, que es capaz de levantar olas de tres metros y más. Con suerte, zarparemos en unas horas.

Elizabeth volvió su rostro hacia el capitán y le dedicó una sonrisa.

—Confío en su pericia, señor, hemos hecho un viaje magnífico. Y ahora volveré a mi camarote, debo alistar mi equipaje. No quisiera perderme ni un detalle de la ciudad cuando atraquemos.

Flannery contempló la figura menuda que se perdía en el puente con un leve contoneo, en parte por el movimiento del buque, en parte por esa gracia natural que cautivaba a todos los que trataban a la señorita Elizabeth O’Connor. Era una dama. Trevor Flannery sospechaba sin embargo que, bajo las discretas ropas de viaje y el severo peinado, ardía un espíritu de fuego. Lástima que él era ya un viejo lobo de mar sin otro sueño que el de beber, fumar y soltar amarras cada día de su vida.

Al aparecer de nuevo en cubierta, Elizabeth pudo apreciar la chatura de la “Gran Ciudad del Plata” en toda su magnitud. Todo cuanto veía era una inmensa llanura.

“¿Será esto la pampa?”, se preguntó extrañada. La señora Mann le había aclarado que la “pampa” era un lugar salvaje, todavía rodeado de indios que asolaban a los pobladores.

La señorita O’Connor se alzó de puntillas y enfocó hacia el horizonte los binoculares que el capitán le había prestado para ver mejor la costa, que se hundía en el barro pegajoso. Su talla pequeña la condenaba a perderse siempre las mejores vistas. No eran éstas las “mejores”, sin duda: sólo algunas cúpulas de iglesias se destacaban, presagiando el papel del clero en aquella ciudad alejada de todo aunque con pretensiones, a juzgar por el proyecto civilizador del que le había hablado la señora Mann.

Discreta como era, Elizabeth no usaba el “traje americano de Mrs. Bloomer”, que había revolucionado con sus bombachos a la sociedad de su país; sin embargo, en honor a la modernidad de la que estaban tan orgullosas las jóvenes del Este, llevaba las faldas más cortas de lo que marcaba la tradición. Su traje de terciopelo color ámbar era ideal para un viaje: las pinzas del corpiño realzaban su talle y el encaje del escote escondía con pudor sus redondeces aunque, a fuerza de disimularlas, los ojos masculinos se veían más tentados de adivinar qué había tras los pliegues. Un gracioso drapeado acentuaba el trasero de la señorita O’Connor. Era la llamada “cola de París”, tan de moda en el Este. Completaba su atuendo un sombrerito chato con un ridículo racimo de uvas artificiales. Elizabeth cargaba un bolso de mano con lo necesario, para el caso de no encontrar su equipaje con rapidez. Le habían contado historias de baúles perdidos en los puertos y no quería correr riesgos. Lo apoyó en la tarima de cubierta para desenvolver la capa que la protegería de la bruma, cuando se percató de la presencia de un hombre alto, vestido de negro, que la miraba. Algo turbada, Elizabeth buscó con los ojos la figura del capitán, su protector en ese viaje. Flannery se hallaba ocupado con las maniobras de amarre. Un cabo grueso se disparó en el aire, provocando pánico en algunos pasajeros que se habían arrimado, imprudentes. El capitán vociferaba recriminando al marinero su descuido. Sin duda, el momento no era propicio para molestar. Elizabeth fingió no advertir los pasos del desconocido que se aproximaban hacia ella. Una y otra vez plegó y desplegó la capa, nerviosa.

—Permítame —dijo una voz profunda.

Elizabeth levantó la mirada y vio un rostro poco común: tez morena, ojos oscuros y penetrantes, sin rastro de barba o bigote, y pómulos marcados. El hombre tomó en sus manos fuertes la capa de Elizabeth y la abrió lo suficiente para que ella pudiese acomodarse adentro. Después, sin pedir autorización, anudó con pericia los lazos bajo la barbilla de la muchacha. Elizabeth no se atrevía a mirarlo estando tan cerca. Concluida su ayuda, el hombre levantó el bolso de la joven y con gesto ceremonioso la invitó a seguirlo hasta la borda.

—¿Ha visto ya la ciudad? —le dijo, todavía sin presentarse, lo que fastidió un poco a Elizabeth, acostumbrada a las normas sociales de los círculos donde se había criado.

—Disculpe, señor, no lo conozco.

—Es cierto, perdóneme. Mi nombre es… Jim Morris.

No se le escapó a la muchacha el leve titubeo que precedió a la presentación, lo que le hizo desconfiar aún más. Podía ser un prófugo, un jugador empedernido de esos que cambian de nombre en cada puerto, o… ¡un proxeneta! Elizabeth boqueó al pensar en esa posibilidad. Eran muchos los rumores que corrían acerca de las actividades clandestinas en los puertos, y el de Buenos Aires tenía mala reputación. Sus amistades le habían contado que unas mujeres alemanas habían sido retenidas contra su voluntad por rufianes extranjeros que merodeaban la zona portuaria.

El hombre debió captar el temor de Elizabeth, pues se apresuró a aclarar:

—Vengo de Tennessee, por negocios. ¿Y usted? Si no soy indiscreto al preguntar.

Se encontraban ya a la altura de la barandilla donde se colocaría el puente para descender a las barcazas, de modo que Elizabeth se sintió más segura.

—Sólo de visita. Por el momento.

—¿Por el momento? ¿Es que piensa quedarse en esta región?

“Muchas preguntas para una sospechosa presentación”, se dijo Elizabeth, e ignoró el comentario, exclamando:

—¡Mire! Parece que descendemos.

Jim Morris dirigió su mirada hacia donde la muchacha señalaba, no sin antes demorarse un poco en la contemplación del bonito rostro. Reconocería a una mujer valiosa donde la viese y esa señorita, bajo su capa de institutriz y su sombrerito absurdo, era toda una promesa ardiente. “Pequeña Brasa”, se dijo, divertido, y la bautizó así para su uso personal. Luego miró interesado el bullir del puerto argentino.

El Lincoln había echado el ancla a varias millas de la costa y se aprestaban a descender las barcazas que llevarían a los pasajeros hasta la orilla. Otras embarcaciones pequeñas, unos balandros maltrechos, se acercaban lentamente. Buenos Aires ofrecía a la vista del recién llegado una fortaleza central de forma curva, de la que partía un muelle largo sobre pilotes hundidos en el lodo. Más lejos, un segundo muelle destinado a los pasajeros parecía moverse debido al hormigueo incesante de personas. El colorido y el bullicio permitían olvidar la chatura del panorama y confirmaban las noticias que tenía Jim sobre la envergadura comercial del puerto del Plata. ¿Adónde se dirigiría la muchacha? Llevaba suficientes bultos como para permanecer largo tiempo, aunque con las mujeres no se sabía. Uno solo de los baúles podía estar lleno de cosméticos y perfumes. Jim sonrió al imaginar a Pequeña Brasa emperifollándose. No parecía el tipo de mujer que se dedicaba a esas cosas; su cutis lucía lozano y fresco al natural, con el arrebol propio de la brisa marina y del sol que, sin duda, había aumentado las pecas de su nariz. Él había notado tanto las pecas como el extraño color verdiazul de sus ojos, que denunciaba a los gritos el origen irlandés. La señorita O’Connor podía ser una “damita del este”, pero por sus venas corría la sangre de Erin, podía jurarlo. Y en ese momento, encaramada sobre la borda con medio cuerpo afuera, podría haber pasado por una niña traviesa.

—Señorita O’Connor.

La voz del capitán rompió el curso de los pensamientos del desconocido.

—Ha llegado su turno de descender. Permítame que la escolte hasta el puente. No quiero perder a mi pasajera favorita justo cuando hemos llegado a destino —bromeó.

Elizabeth le dedicó otra de sus sonrisas y colocó su mano pequeña en la manaza de Trevor Flannery. Ya se dirigían hacia la plataforma de descenso cuando el hombre alto se interpuso con amabilidad.

—Si me permite, capitán, yo mismo puedo llevar a la señorita, si ella lo consiente, claro.

A Flannery no le gustó el comedido y lo miró de arriba abajo con desconfianza. Era un pasajero que lo había intrigado desde el principio del viaje. Si bien sus papeles estaban en regla, su sexto sentido le decía que el hombre no era lo que parecía. Por cierto, no era sureño, a pesar de su aire caballeroso. Trevor Flannery estaba harto de llevar y traer gente en el Lincoln y se jactaba de calarlos al primer vistazo. Ese Jim Morris le resultaba desconcertante. Se había mantenido apartado del resto durante la travesía, no bebía en el comedor ni participaba de los juegos que entretenían a los pasajeros en las largas horas de temporal. Tampoco lo había visto mascar tabaco y escupir, todo lo cual lo volvía sospechoso ante sus ojos. Un hombre que no bebía, no maldecía, no fumaba ni apostaba debía ser sin duda un enfermo o un maniático. No quería dejar a la dulce señorita O’Connor en sus manos, aun sabiendo que, al desembarcar, ella quedaría desligada de él de todos modos. Una vez que el Lincoln se abasteciese de carbón, madera y víveres y cargase las mercancías y los bultos de otros pasajeros, reanudaría su navegación de regreso a Florida y de allí a Boston, la ciudad donde había embarcado la señorita O’Connor. Lamentaba dejarla sola en aquellas tierras salvajes, aunque nada podía hacer. No entendía cómo una muchacha tan joven viajaba sin acompañante.

Elizabeth apretó el bolsito de mano que llevaba entre las ropas mientras elaboraba una respuesta para deshacerse del tal Jim Morris con elegancia. Si bien el hombre se había mostrado amable, ella no quería que la viesen bajar en su compañía. Los parientes que con seguridad estarían esperándola en el muelle se formarían una impresión equivocada de su carácter si la viesen departir con un desconocido, y ella debía cuidar su reputación, por si lo de ser maestra cuajaba.

—Le agradezco, señor Morris, no hay necesidad de que me acompañe. Mi familia me aguarda, pues sé que han sido informados de mi llegada.

—Insisto —dijo el hombre, y le ofreció el brazo, que al contacto le resultó a Elizabeth más duro de lo que parecía bajo el paño negro—. No hay nada de malo en aferrarse a alguien mientras se sube a las barquitas. Son como cáscaras de nuez —agregó, divertido.

El capitán rumió algo y, al no encontrar un argumento que impidiese la presencia del señor Morris sin ofenderlo, optó por hacerle saber que la señorita O’Connor tenía cierto respaldo en esa tierra desconocida.

—Le ruego entonces, señor, que escolte a esta dama hasta el muelle, donde sin duda ella se encontrará con su gente. Y si no los ubica enseguida, señorita O’Connor —agregó, mirándola con fijeza—, puede mandarme aviso, que aquí estaré yo para encargarme de todo. Tengo conocidos en el puerto de Buenos Aires que se ocuparán de su traslado a la dirección que sea.

Aunque consideró que el comentario bastaba, lo reforzó con una penetrante mirada de sus ojos neblinosos. Jim Morris acusó recibo de la advertencia con un gesto y acompañó a la señorita O’Connor hacia donde se efectuaba el desembarco.

Los pasajeros del Lincoln se apiñaban junto a la barandilla, mezclados con baúles y paquetes en completo desorden. Se oían voces frenéticas tratando de llamar la atención de los que esperaban en el muelle el descenso de los recién llegados. Claro que apenas se distinguía nada desde esa distancia. Los buques de mayor calado ni por asomo se acercaban a menos de cinco mil metros de la cenagosa orilla del Plata. Y la bruma mañanera, unida al humo que despedían las chimeneas del vapor, enturbiaba aún más la visión. Un fornido marinero empujaba para hacer lugar a los primeros de la fila, procurando que en el apuro las damas no perdiesen el sombrero ni los bolsos. Elizabeth se aferró al brazo de Jim Morris al aproximarse al borde de la escalerilla. Por debajo de los tablones, se encrespaba el agua de color marrón. Sintió que unas manos poderosas la aferraban por la cintura y, antes de que pudiese darse cuenta de quién era, voló por los aires en un revuelo de faldas hasta los brazos desnudos de otro marino que, equilibrando el peso de la chalupa con las piernas abiertas, cumplía el papel de recibir a las señoras y a los niños. Jim se instaló con un salto ágil a su lado. Iban apretados en la barcaza, entre hombres, mujeres y niños, metros de tela, zurrones y bolsos de mano. Junto a ellos, el Lincoln era un paredón liso y oscuro. Ya no se escuchaba el ajetreo de cubierta, sino el lamido del agua sobre el maderamen de las barcas y las exclamaciones de los pasajeros que continuaban siendo bajados sin demasiada contemplación.

Elizabeth sentía el calor del muslo del señor Morris contra el suyo, a través del terciopelo y las enaguas. No podía hacerse a un lado ni variar la posición, de modo que enfrentó el hecho con fingida indiferencia:

—¿Le parece que demorará mucho el trayecto? —preguntó.

Su escolta le habló tan cerca del oído que su aliento acarició los rizos que escapaban del peinado:

—Por cómo van las cosas, una hora por lo menos. ¿Está incómoda?

—En absoluto —mintió la joven—. Es que el capitán me habló de fuertes vientos que azotan la región y

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