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LA MAESTRA DE LA LAGUNA

Gloria V. Casañas  

5


Fragmento

PRÓLOGO

Cambridge, Follen St.
6 de junio de 1870

Al Presidente Sarmiento
Mi estimado amigo:

Una joven señora, hija de una buena amiga mía, zarpará la próxima semana hacia Buenos Aires en plan de visita familiar y le llevará un paquete con algunos libros y mi traducción de su artículo sobre la educación universitaria para la revista Ambas Américas. Espero haber interpretado correctamente sus ideas.

Mi envío se completa con un álbum de esas hojas otoñales que tanto le gustaron en sus paseos por los bosques de Concord. ¿Le dije que conozco a una señora especialista en prepararlas? Ella las prensa, las barniza y las coloca en un florero en la sala durante todo el invierno. Ya sé que usted quería formar una corona con ellas y guardarlas bajo vidrio, pero ése es trabajo para un artista. Por ahora, confórmese con mi hiedra verde y el lirio de agua, favorito de Horace. Siempre adornaba su estudio.

Recibe antes que nadie historias como ésta

Estoy yéndome por las ramas. El principal regalo que le envío en ese barco es la propia señorita O’Connor. Debo confesar que pronto le eché el ojo para usted, si logra interesarla en la causa sudamericana. Encontré que resultaba fácil entusiasmarla, aunque tengo que aclarar que este viaje lo hace muy independiente de mí, ya que no puedo confiar en mis propias recomendaciones después de los fracasos que hemos tenido en esta empresa de enviar maestras a su país: las que no se arrepentían antes de partir, se enfermaban y volvían a Nueva Inglaterra. La señorita O’Connor me hace abrigar esperanzas, es una joven cultivada y progresista que, a pesar de no estar obligada a mantenerse, ha enseñado durante meses en Massachusetts. Eso habla de su vocación, ¿no cree usted? Creo que representará el ideal de mujer moderna que buscaba para elevar la condición de los alumnos. ¡Y habla español a la perfección!

Debo aclararle, para ser sincera, que ya le he escrito alertándola sobre las dificultades y los peligros de aquellas… ¿pampas, les dice usted? Creo que sí. Pero la señorita O’Connor no puede negar que lleva sangre irlandesa: ¡es todo un coraje! No dudo de que aprobará a esta joven, si bien insisto: ella va por las suyas. Su propósito es visitar familiares. Aunque no sería yo su gran amiga, mi estimado Sarmiento, si no le confesara que tengo toda mi fe puesta en ella.

En ese barco que zarpará rumbo a Buenos Aires dentro de pocos días hay un verdadero tesoro para sus planes de enseñanza.

Muy afectuosamente,

Su amiga

Mary Mann

[P.S.] ¡Qué gloriosamente ha triunfado usted en la presidencia de su país!

Cambridge, Follen St.

21 de mayo de 1870

Mi querida señorita O’Connor:

Me gustaría poder decir que su carta de esta mañana ha aplacado toda la preocupación que siento por usted, pero mentiría si lo dijera. Ese viaje que emprenderá es un viaje peligroso.

Mi gran amigo, el señor Sarmiento, al que tendrá la fortuna de conocer, es hoy presidente del país adonde se dirige y, ante todo, un hombre profético que le hace mucha falta a aquella tierra dejada de la mano de Dios. Un incomprendido, como suele ocurrir con las mentes avanzadas a su tiempo. Fíjese que en sus viajes a nuestro país él ha encontrado cierta similitud entre nuestro sur atrasado y las Repúblicas de Sudamérica. Confía, al igual que mi amado esposo y yo, en que la educación resulte igualadora en derechos, por eso está empeñado en aplicar allá los métodos que hemos desarrollado en Estados Unidos, especialmente en Nueva Inglaterra.

Sé que usted abriga la idea de permanecer el tiempo suficiente como para colocarse como maestra. Déjeme advertirle, querida niña, que muchas otras aspirantes han fallado antes, sobre todo cuando se trata de salir a las provincias, donde la vida es rústica para una joven delicada. Y aun en la ciudad de Buenos Aires, los disturbios políticos no faltan, según tengo entendido. Aquellas tierras están todavía en pleno acomodamiento, como bien sabemos los que hemos pasado guerras fratricidas.

Su madre me confió que una familia la recibirá gustosa. Sin perjuicio de eso, puedo decirle que el señor Sarmiento estará encantado de ubicarla en la casa más decente y confortable que pueda encontrar, ya que tiene toda su fe puesta en este proyecto. Sólo recuérdele que está usted muy relacionada conmigo. Él me llama “su ángel tutelar”, pues lo he ayudado cuanto he podido con mi pobre español, traduciendo sus escritos y recomendándole a los personajes más encumbrados para colaborar con su propósito.

Mi muy querida y admirada Elizabeth: confío en su criterio y le envío mis mejores deseos para su travesía. Una vez instalada, le ruego me haga saber su situación.

El señor Sarmiento me encomendó enviarle “damas de buena salud y voluntad enérgica”. No dudo de que reúna usted ambas cualidades.

Suya, afectuosamente

Mary Mann

[P.S.] Junto con el paquete que llevará para el Presidente de la Argentina hay una reseña de nombres y direcciones a los que puede acudir si necesita algo. Por favor, vaya a ellos con confianza, son gente de mi conocimiento.

CAPÍTULO 1

E lizabeth apretó el papel de la misiva, formando un bollito en su mano enguantada, mientras contemplaba el horizonte, ondulado como los dibujos titubeantes de un niño pequeño.

El buque de vapor Lincoln se adentraba en aguas barrosas. El capitán se había acercado a ella esa mañana, asegurándole que no se trataba de mar sino de río. ¡Jamás había visto un río tan ancho! A la luz del amanecer, esa masa de agua impresionaba, como si en su vientre líquido guardase un monstruo dispuesto a devorar el barco. El mal sueño de la noche anterior la había dejado lánguida y susceptible. Por eso el capitán, un hombre afable pese a su aspecto rudo, trataba de aligerar su ánimo hablándole de la “gran ciudad” que estaba a punto de descubrir.

Buenos Aires. Ni siquiera se la veía desde allí, a pesar de que la tripulación ya empezaba el ajetreo previo al amarre. Según los informes de la señora Mann, era el puerto de ultramar, pero ¿dónde estaba? Elizabeth no veía ninguna de las construcciones típicas de un gran puerto. Una desazón desconocida se apoderó de ella. Había emprendido aquella aventura por su cuenta y riesgo, desoyendo las súplicas de su madre y las amenazas de su tío, que intentaba obligarla a aceptar un puesto en la Escuela Normal de Boston. Su espíritu aventurero, unido a su firme vocación de enseñar, selló su destino la tarde en que la señora Mary Mann visitó a su madre en el palacete de la calle St. Charles y le contó sobre el proyecto de un hombre que, en medio de la adversidad política, soñaba con educar a los niños en un país lejano. Un cuarto de hora de charla con aquella entrañable amiga de su madre bastó para sentir el aleteo del corazón contra su pecho. Allí era donde hacía falta. Para eso estaba preparada con las mejores cartas de presentación de las escuelas del Este donde se había formado. Siempre supo que se pondría a prueba en situaciones difíciles, como cuando se entrenó para asistir a las docentes de la escuela de sordomudos que patrocinaba Mary Mann. Era su sangre irlandesa. Su tío lo decía una y otra vez, para reprocharle a su madre que la hubiese criado con tanta libertad: “La sangre tira, Emily. Y has dejado que se encabrite en el caso de tu hija. Es una cabra loca”.

En ese momento, de pie sobre la proa de un barco bamboleante, frente a una inmensidad de agua y de cielo, sin nada a la vista más que unas gaviotas curiosas, estuvo a punto de dar la razón a su tío.

—Falta muy poco para tocar puerto, señorita O’Connor —dijo la voz rasposa del capitán.

El señor Trevor Flannery había sido lo más cercano a un padre en aquella travesía. Su aspecto fornido y su barba profusa no la intimidaban y su marcado acento irlandés la hacía sentir en familia. Presentía en él a un hombre bueno y sencillo, deseoso de que sus pasajeros disfrutaran a bordo y llegaran sanos y salvos a su destino. Ese deseo estaba próximo a cumplirse, ya que el sol producía destellos en un edificio lejano confirmando que, en efecto, algo había tras la línea del horizonte.

Elizabeth se hizo visera con una mano mientras sujetaba la barandilla de proa con la otra. No advirtió que la carta de la señora Mann había caído a sus pies.

—¿Es éste un puerto seguro, capitán? No veo rada alguna.

—Vaya, señorita O’Connor, me sorprende usted. No sabía que fuese experta marinera, aunque debo reconocer que no sufrió los mareos típicos de las damas, si me permite decirlo. Además, tiene razón. Buenos Aires no tiene puerto todavía, al menos no uno de verdad. Tengo entendido que ése es un proyecto inmediato, ya que los barcos de mayor calado no pueden acercarse, a raíz de los bancos.

—¿Los bancos?

—Bancos de arena. El lecho del Río de la Plata es arcilloso, de ahí su color marrón. Y muy cambiante. Donde ayer hubo un banco, hoy ya no está. Por eso es peligroso arrimarse sin fondeadero. Vamos a llevar al Lincoln hacia la ensenada, un poco más allá. Tendremos que fondear en rada abierta, pero no se preocupe, no es la primera vez que comando un buque hasta estas aguas.

—¿Es peligroso?

El capitán contempló la orilla infinita que se extendía frente a ellos y luego un poco más al oeste, frunciendo el ceño.

—El mayor peligro consiste en quedar expuestos a los vientos, en especial al pampero, que es capaz de levantar olas de tres metros y más. Con suerte, zarparemos en unas horas.

Elizabeth volvió su rostro hacia el capitán y le dedicó una sonrisa.

—Confío en su pericia, señor, hemos hecho un viaje magnífico. Y ahora volveré a mi camarote, debo alistar mi equipaje. No quisiera perderme ni un detalle de la ciudad cuando atraquemos.

Flannery contempló la figura menuda que se perdía en el puente con un leve contoneo, en parte por el movimiento del buque, en parte por esa gracia natural que cautivaba a todos los que trataban a la señorita Elizabeth O’Connor. Era una dama. Trevor Flannery sospechaba sin embargo que, bajo las discretas ropas de viaje y el severo peinado, ardía un espíritu de fuego. Lástima que él era ya un viejo lobo de mar sin otro sueño que el de beber, fumar y soltar amarras cada día de su vida.

Al aparecer de nuevo en cubierta, Elizabeth pudo apreciar la chatura de la “Gran Ciudad del Plata” en toda su magnitud. Todo cuanto veía era una inmensa llanura.

“¿Será esto la pampa?”, se preguntó extrañada. La señora Mann le había aclarado que la “pampa” era un lugar salvaje, todavía rodeado de indios que asolaban a los pobladores.

La señorita O’Connor se alzó de puntillas y enfocó hacia el horizonte los binoculares que el capitán le había prestado para ver mejor la costa, que se hundía en el barro pegajoso. Su talla pequeña la condenaba a perderse siempre las mejores vistas. No eran éstas las “mejores”, sin duda: sólo algunas cúpulas de iglesias se destacaban, presagiando el papel del clero en aquella ciudad alejada de todo aunque con pretensiones, a juzgar por el proyecto civilizador del que le había hablado la señora Mann.

Discreta como era, Elizabeth no usaba el “traje americano de Mrs. Bloomer”, que había revolucionado con sus bombachos a la sociedad de su país; sin embargo, en honor a la modernidad de la que estaban tan orgullosas las jóvenes del Este, llevaba las faldas más cortas de lo que marcaba la tradición. Su traje de terciopelo color ámbar era ideal para un viaje: las pinzas del corpiño realzaban su talle y el encaje del escote escondía con pudor sus redondeces aunque, a fuerza de disimularlas, los ojos masculinos se veían más tentados de adivinar qué había tras los pliegues. Un gracioso drapeado acentuaba el trasero de la señorita O’Connor. Era la llamada “cola de París”, tan de moda en el Este. Completaba su atuendo un sombrerito chato con un ridículo racimo de uvas artificiales. Elizabeth cargaba un bolso de mano con lo necesario, para el caso de no encontrar su equipaje con rapidez. Le habían contado historias de baúles perdidos en los puertos y no quería correr riesgos. Lo apoyó en la tarima de cubierta para desenvolver la capa que la protegería de la bruma, cuando se percató de la presencia de un hombre alto, vestido de negro, que la miraba. Algo turbada, Elizabeth buscó con los ojos la figura del capitán, su protector en ese viaje. Flannery se hallaba ocupado con las maniobras de amarre. Un cabo grueso se disparó en el aire, provocando pánico en algunos pasajeros que se habían arrimado, imprudentes. El capitán vociferaba recriminando al marinero su descuido. Sin duda, el momento no era propicio para molestar. Elizabeth fingió no advertir los pasos del desconocido que se aproximaban hacia ella. Una y otra vez plegó y desplegó la capa, nerviosa.

—Permítame —dijo una voz profunda.

Elizabeth levantó la mirada y vio un rostro poco común: tez morena, ojos oscuros y penetrantes, sin rastro de barba o bigote, y pómulos marcados. El hombre tomó en sus manos fuertes la capa de Elizabeth y la abrió lo suficiente para que ella pudiese acomodarse adentro. Después, sin pedir autorización, anudó con pericia los lazos bajo la barbilla de la muchacha. Elizabeth no se atrevía a mirarlo estando tan cerca. Concluida su ayuda, el hombre levantó el bolso de la joven y con gesto ceremonioso la invitó a seguirlo hasta la borda.

—¿Ha visto ya la ciudad? —le dijo, todavía sin presentarse, lo que fastidió un poco a Elizabeth, acostumbrada a las normas sociales de los círculos donde se había criado.

—Disculpe, señor, no lo conozco.

—Es cierto, perdóneme. Mi nombre es… Jim Morris.

No se le escapó a la muchacha el leve titubeo que precedió a la presentación, lo que le hizo desconfiar aún más. Podía ser un prófugo, un jugador empedernido de esos que cambian de nombre en cada puerto, o… ¡un proxeneta! Elizabeth boqueó al pensar en esa posibilidad. Eran muchos los rumores que corrían acerca de las actividades clandestinas en los puertos, y el de Buenos Aires tenía mala reputación. Sus amistades le habían contado que unas mujeres alemanas habían sido retenidas contra su voluntad por rufianes extranjeros que merodeaban la zona portuaria.

El hombre debió captar el temor de Elizabeth, pues se apresuró a aclarar:

—Vengo de Tennessee, por negocios. ¿Y usted? Si no soy indiscreto al preguntar.

Se encontraban ya a la altura de la barandilla donde se colocaría el puente para descender a las barcazas, de modo que Elizabeth se sintió más segura.

—Sólo de visita. Por el momento.

—¿Por el momento? ¿Es que piensa quedarse en esta región?

“Muchas preguntas para una sospechosa presentación”, se dijo Elizabeth, e ignoró el comentario, exclamando:

—¡Mire! Parece que descendemos.

Jim Morris dirigió su mirada hacia donde la muchacha señalaba, no sin antes demorarse un poco en la contemplación del bonito rostro. Reconocería a una mujer valiosa donde la viese y esa señorita, bajo su capa de institutriz y su sombrerito absurdo, era toda una promesa ardiente. “Pequeña Brasa”, se dijo, divertido, y la bautizó así para su uso personal. Luego miró interesado el bullir del puerto argentino.

El Lincoln había echado el ancla a varias millas de la costa y se aprestaban a descender las barcazas que llevarían a los pasajeros hasta la orilla. Otras embarcaciones pequeñas, unos balandros maltrechos, se acercaban lentamente. Buenos Aires ofrecía a la vista del recién llegado una fortaleza central de forma curva, de la que partía un muelle largo sobre pilotes hundidos en el lodo. Más lejos, un segundo muelle destinado a los pasajeros parecía moverse debido al hormigueo incesante de personas. El colorido y el bullicio permitían olvidar la chatura del panorama y confirmaban las noticias que tenía Jim sobre la envergadura comercial del puerto del Plata. ¿Adónde se dirigiría la muchacha? Llevaba suficientes bultos como para permanecer largo tiempo, aunque con las mujeres no se sabía. Uno solo de los baúles podía estar lleno de cosméticos y perfumes. Jim sonrió al imaginar a Pequeña Brasa emperifollándose. No parecía el tipo de mujer que se dedicaba a esas cosas; su cutis lucía lozano y fresco al natural, con el arrebol propio de la brisa marina y del sol que, sin duda, había aumentado las pecas de su nariz. Él había notado tanto las pecas como el extraño color verdiazul de sus ojos, que denunciaba a los gritos el origen irlandés. La señorita O’Connor podía ser una “damita del este”, pero por sus venas corría la sangre de Erin, podía jurarlo. Y en ese momento, encaramada sobre la borda con medio cuerpo afuera, podría haber pasado por una niña traviesa.

—Señorita O’Connor.

La voz del capitán rompió el curso de los pensamientos del desconocido.

—Ha llegado su turno de descender. Permítame que la escolte hasta el puente. No quiero perder a mi pasajera favorita justo cuando hemos llegado a destino —bromeó.

Elizabeth le dedicó otra de sus sonrisas y colocó su mano pequeña en la manaza de Trevor Flannery. Ya se dirigían hacia la plataforma de descenso cuando el hombre alto se interpuso con amabilidad.

—Si me permite, capitán, yo mismo puedo llevar a la señorita, si ella lo consiente, claro.

A Flannery no le gustó el comedido y lo miró de arriba abajo con desconfianza. Era un pasajero que lo había intrigado desde el principio del viaje. Si bien sus papeles estaban en regla, su sexto sentido le decía que el hombre no era lo que parecía. Por cierto, no era sureño, a pesar de su aire caballeroso. Trevor Flannery estaba harto de llevar y traer gente en el Lincoln y se jactaba de calarlos al primer vistazo. Ese Jim Morris le resultaba desconcertante. Se había mantenido apartado del resto durante la travesía, no bebía en el comedor ni participaba de los juegos que entretenían a los pasajeros en las largas horas de temporal. Tampoco lo había visto mascar tabaco y escupir, todo lo cual lo volvía sospechoso ante sus ojos. Un hombre que no bebía, no maldecía, no fumaba ni apostaba debía ser sin duda un enfermo o un maniático. No quería dejar a la dulce señorita O’Connor en sus manos, aun sabiendo que, al desembarcar, ella quedaría desligada de él de todos modos. Una vez que el Lincoln se abasteciese de carbón, madera y víveres y cargase las mercancías y los bultos de otros pasajeros, reanudaría su navegación de regreso a Florida y de allí a Boston, la ciudad donde había embarcado la señorita O’Connor. Lamentaba dejarla sola en aquellas tierras salvajes, aunque nada podía hacer. No entendía cómo una muchacha tan joven viajaba sin acompañante.

Elizabeth apretó el bolsito de mano que llevaba entre las ropas mientras elaboraba una respuesta para deshacerse del tal Jim Morris con elegancia. Si bien el hombre se había mostrado amable, ella no quería que la viesen bajar en su compañía. Los parientes que con seguridad estarían esperándola en el muelle se formarían una impresión equivocada de su carácter si la viesen departir con un desconocido, y ella debía cuidar su reputación, por si lo de ser maestra cuajaba.

—Le agradezco, señor Morris, no hay necesidad de que me acompañe. Mi familia me aguarda, pues sé que han sido informados de mi llegada.

—Insisto —dijo el hombre, y le ofreció el brazo, que al contacto le resultó a Elizabeth más duro de lo que parecía bajo el paño negro—. No hay nada de malo en aferrarse a alguien mientras se sube a las barquitas. Son como cáscaras de nuez —agregó, divertido.

El capitán rumió algo y, al no encontrar un argumento que impidiese la presencia del señor Morris sin ofenderlo, optó por hacerle saber que la señorita O’Connor tenía cierto respaldo en esa tierra desconocida.

—Le ruego entonces, señor, que escolte a esta dama hasta el muelle, donde sin duda ella se encontrará con su gente. Y si no los ubica enseguida, señorita O’Connor —agregó, mirándola con fijeza—, puede mandarme aviso, que aquí estaré yo para encargarme de todo. Tengo conocidos en el puerto de Buenos Aires que se ocuparán de su traslado a la dirección que sea.

Aunque consideró que el comentario bastaba, lo reforzó con una penetrante mirada de sus ojos neblinosos. Jim Morris acusó recibo de la advertencia con un gesto y acompañó a la señorita O’Connor hacia donde se efectuaba el desembarco.

Los pasajeros del Lincoln se apiñaban junto a la barandilla, mezclados con baúles y paquetes en completo desorden. Se oían voces frenéticas tratando de llamar la atención de los que esperaban en el muelle el descenso de los recién llegados. Claro que apenas se distinguía nada desde esa distancia. Los buques de mayor calado ni por asomo se acercaban a menos de cinco mil metros de la cenagosa orilla del Plata. Y la bruma mañanera, unida al humo que despedían las chimeneas del vapor, enturbiaba aún más la visión. Un fornido marinero empujaba para hacer lugar a los primeros de la fila, procurando que en el apuro las damas no perdiesen el sombrero ni los bolsos. Elizabeth se aferró al brazo de Jim Morris al aproximarse al borde de la escalerilla. Por debajo de los tablones, se encrespaba el agua de color marrón. Sintió que unas manos poderosas la aferraban por la cintura y, antes de que pudiese darse cuenta de quién era, voló por los aires en un revuelo de faldas hasta los brazos desnudos de otro marino que, equilibrando el peso de la chalupa con las piernas abiertas, cumplía el papel de recibir a las señoras y a los niños. Jim se instaló con un salto ágil a su lado. Iban apretados en la barcaza, entre hombres, mujeres y niños, metros de tela, zurrones y bolsos de mano. Junto a ellos, el Lincoln era un paredón liso y oscuro. Ya no se escuchaba el ajetreo de cubierta, sino el lamido del agua sobre el maderamen de las barcas y las exclamaciones de los pasajeros que continuaban siendo bajados sin demasiada contemplación.

Elizabeth sentía el calor del muslo del señor Morris contra el suyo, a través del terciopelo y las enaguas. No podía hacerse a un lado ni variar la posición, de modo que enfrentó el hecho con fingida indiferencia:

—¿Le parece que demorará mucho el trayecto? —preguntó.

Su escolta le habló tan cerca del oído que su aliento acarició los rizos que escapaban del peinado:

—Por cómo van las cosas, una hora por lo menos. ¿Está incómoda?

—En absoluto —mintió la joven—. Es que el capitán me habló de fuertes vientos que azotan la región y no quisiera encontrarme con ellos.

El intrigante caballero sonrió como si retuviese un secreto.

—No creo que los vientos sean el mayor problema de este país. Por si acaso, ¿sabe usted nadar?

Elizabeth lo miró azorada, hasta que captó el brillo en sus ojos y se echó a reír con un cascabeleo tintineante que cautivó a Jim.

—Me toma en broma, señor.

—Sólo por escucharla reír, señorita. Es un regalo para mis oídos.

Elizabeth guardó prudente silencio y se dedicó a contemplar el horizonte, donde ya se perfilaban las siluetas del puerto de Buenos Aires.

Viajaron en esa embarcación ligera bamboleándose más que durante toda la travesía, sin que ello perjudicase la salud de la señorita O’Connor. No sentía náuseas ni mareos, ni empalidecía ante los bandazos que daba el barquito. Más bien se la veía ansiosa por descubrir entre el gentío las caras de los familiares que la esperaban. En cierto momento las barcas de apoyo no pudieron seguir, pues el río estaba bajo y no había profundidad suficiente. Se mantuvieron flotando, a la espera de unos carromatos tirados por caballos que, chapaleando, cubrieron la distancia que los separaba de la orilla y sirvieron de transporte a los pasajeros en el tramo final.

El carretero que conducía el desvencijado vehículo en el que subieron, un hombre tosco y medio desnudo, los alentaba en medio de juramentos y chistes groseros para que no demorasen.

—¡Vamos, que se viene el agua! —gritaba, sin duda porque preveía la subida intempestiva de la marea, y acompañaba el grito con un escupitajo.

Aquel hombre, cuyo rostro ostentaba cicatrices que daban miedo, se balanceaba en el pescante del carro con la gracia de un matón, llevando cada tanto su mano a la faja deshilachada en la que un cuchillo enorme le cruzaba la espalda. Si alguna duda les quedaba a los desprevenidos viajeros de que el país al que llegaban estaba aun en ciernes, aquellos carreteros que competían entre sí por conseguir más pasajeros para alcanzar la costa se encargaban, con su sola presencia, de confirmarlo.

El zapatito de Elizabeth se atascó entre las tiras de cuero trenzado del piso del carretón y Jim Morris vino en su auxilio, quitándoselo para que pudiese recuperar el pie. Su mano morena rodeó con delicadeza el tobillo cubierto de seda. En menos de tres horas, el atrevido señor Morris había tocado más partes de su cuerpo que si hubiese sido su esposo. Ese pensamiento la sobresaltó y un rubor que a Jim le pareció delicioso cubrió sus mejillas.

Por fortuna, el río continuaba en bajante y los metros barrosos que los separaban de la orilla pudieron salvarse sin lidiar con el agua que, en ocasiones, solía llegar hasta el pecho de los caballos de tiro. Jim Morris, acostumbrado a las inclemencias y adversidades en su propia tierra, observó interesado que los conductores de los carros y carretas mostraban una habilidad increíble para sortear las toscas de barro petrificado que anunciaban la costa cercana. Admiró también, con ojo de conocedor, la figura de dos caballos criollos que le recordaron a los Mustang de las praderas norteamericanas. El resto de los animales de tiro daba lástima.

El viaje resultaba engorroso, puesto que las aguas lamían los costados de los carros y los animales, con sus movimientos nerviosos, completaban el desastre salpicando en todas direcciones.

—Agárrese de su esposo, señora —volvió a gritar el carretero cuando Elizabeth se incorporó—. Y cuidado con los granujas del muelle —agregó, en medio de risotadas.

Nuevo rubor de la joven y luego alivio, al tocar tierra firme con sus pies.

Una miríada de chiquillos correteaba de lado a lado, saltando en medio de los vecinos que buscaban caras conocidas entre los ocupantes de los carros. Un pequeño disturbio atrajo la atención de Elizabeth y pudo entender la advertencia del hombre de la carreta: los tablones que formaban el muelle estaban bastante separados entre sí, y unos sinvergüenzas se ocultaban para atisbar desde abajo las prendas interiores de las damas. Elizabeth vio a un hombre que perseguía a un muchacho, seguido de los aullidos y las risas de los demás, en tanto que la mujer chillaba y alborotaba. Se llevó una mano a la boca para ocultar una sonrisa y se volvió para contemplar la nave que habían dejado atrás. El Lincoln no se veía, se adivinaba por el humo de sus chimeneas, que oscurecía el cielo matinal. En cierto momento, el humo se confundió con el gris de los nubarrones que iban cubriendo el amanecer rosado.

—Parece que tendremos tormenta —opinó distraído Jim Morris.

Elizabeth, que en su afán por ver alguna cara conocida ni se había percatado del cambio de clima, susurró para sí:

—¿Dónde estoy?

La misma angustia que la había asaltado a bordo al divisar la costa se adueñó de ella en ese momento. Sola en un país extranjero enorme y convulsionado, sin más armas que las cartas de recomendación de la señora Mann, sus propias credenciales y la compañía de un inquietante desconocido, sintió el impulso de volver sus pasos hacia la orilla y chapotear en el agua hasta alcanzar la barca que acababa de dejarlos allí.

El hombre a su lado la miró con interés.

—¿No esperaba encontrarse sola en el muelle?

Elizabeth hizo sombra innecesaria sobre sus ojos como si pudiese avistar la figura del capitán. De esa manera, ese hombre atrevido vería que todavía tenía quién la protegiera. Jim Morris no era fácil de inhibir, sin embargo. Con soltura la tomó del brazo y recogió el baúl más grande, haciendo señas a un muchachito descalzo que merodeaba cerca.

—Eh, chico… —le dijo, en un español forzado—. Lleva los baúles de la señorita hasta… ¿Adónde se dirige usted, señorita O’Connor?

Elizabeth rebuscó en el bolsillo de su capa y sacó un trozo de papel. Estaba a punto de decir a Morris el nombre de la calle cuando una mujer de aspecto sereno se acercó a ellos. Era algo mayor que Elizabeth y bastante más pequeña de estatura, aunque esa diferencia se disimulaba bajo su apariencia decidida.

—¿La señorita Elizabeth O’Connor?

Por segunda vez, alguien que no conocía la abordaba. Ese viaje estaba convirtiéndose en un enigma.

—Sí, lo soy.

—Me llamo Aurelia Vélez y he venido a recibirla.

La joven mujer extendió una mano fina sin guante y sonrió con alivio al descubrir la identidad de Elizabeth. Había deambulado entre los recién desembarcados buscando la imagen de alguien parecida al daguerrotipo que el presidente Sarmiento le había entregado el día anterior.

“Ésta es la nueva maestra, Aurelia”, le había dicho, esperanzado. “Ocúpate de recibirla en tu casa con la hospitalidad que acostumbras, pero antes quiero verla, formarme una idea de su carácter. Dios sabe que hemos fracasado con las otras. Si no enfermaban, partían de regreso antes de que se secara la tinta de sus contratos. Si bien Mary me asegura que la muchacha es distinta y confío en su criterio, quiero verla yo mismo.”

Así pues, Aurelia, hija del ministro de Gobierno de Sarmiento, el prestigioso jurista Dalmacio Vélez Sarsfield, había dedicado la mañana a esperar la llegada de otra de las maestras norteamericanas que el Presidente estaba empeñado en traer al país para elevar la educación popular. Ella compartía en un todo las ansias de Sarmiento por educar al pueblo. Su inquietud intelectual la colocaba a la par de cualquier hombre, aunque su discreción femenina hacía que aquello no se notase. Sarmiento, que la había conocido de niña y la amaba como mujer, valoraba su mente tanto como su corazón. Y no era fácil conformar a un hombre como él.

Elizabeth sintió una corriente de simpatía al estrechar la mano de aquella mujercita. Vestía con severidad, sin que hubiese en ello mojigatería sino desinterés por lo frívolo. Aurelia Vélez se imponía como una mujer de ideas, que ya había advertido la presencia del hombre apuesto junto a la señorita O’Connor.

Fijó en él sus ojos desafiantes.

—¿Y el señor?

—Me llamo Jim Morris, soy compañero de viaje de la señorita. Juzgué conveniente acompañarla hasta que encontrase a sus parientes.

Los ojos de Aurelia indagaron en las profundidades de los del hombre y algo vio en ellos que le hizo entender la situación. Después de todo, no en vano había vivido tiempos de conmoción y de luchas.

—En ese caso puede quedarse tranquilo, señor Morris. La señorita está en buenas manos. Le ruego me acompañe, Miss O’Connor. El Presidente de la República desea conocerla en persona y no es un hombre paciente en absoluto.

Al decir esto, Aurelia sonrió con simpatía a Elizabeth, quitándole seriedad a la afirmación. En cuanto a Jim Morris, entendió que lo estaban despidiendo sin mucha sutileza, de modo que juzgó prudente no insistir. Inclinó su cabeza en deferencia a ambas damas y lanzó su último dardo:

—Me despido entonces, señoras. Si tiene la amabilidad, Miss O’Connor, de decirme adónde llevar sus baúles, me encargaré con gusto. Aquí le dejo mi tarjeta, para que pueda ubicarme si necesita cualquier cosa. Y de paso comprobar que mis intenciones son honestas.

Dijo esto último en beneficio de Aurelia, que lo miraba de un modo que lo sobresaltaba. Elizabeth tomó la tarjeta y leyó el nombre del caballero en letras de gran floritura sobre papel manteca. “James Morris, asuntos legales”, decía el encabezado, y más abajo, la dirección en Tennessee. Jim observó que Elizabeth dudaba y decidió tomar el toro por las astas.

—No confía usted en mí.

El tono profundo con que lo dijo obligó a Elizabeth a levantar su mirada y encontrarse con la de él, oscura e intensa. Acababa de conocer a ese hombre y no estaba segura de sus intenciones, aunque su intuición le dijo que no era un ladrón. Si había algo oculto o peligroso en él, no era tan simple como la codicia. Ante el estupor de Aurelia, la muchacha de Boston aceptó la oferta.

—Ha sido muy amable, Mr. Morris, no tengo por qué dudar. Le agradeceré que lleve mis baúles a esta dirección —y le extendió el papel que arrugaba entre sus dedos desde hacía rato—. Si no lo distrae demasiado de sus asuntos, desde luego.

—En absoluto. ¿Por quién tengo que preguntar?

—La familia se apellida Dickson y el nombre de pila de mi tía es Florence. Sólo dígales de mi parte que seré recibida por el Presidente —miró de refilón a Aurelia, que asintió— y que en breve pasaré por allá. Por si les resulta extraño —agregó—, dígales que se debe a mi posible trabajo como maestra.

Jim Morris sonrió satisfecho. Ya tenía los detalles que buscaba.

Aurelia tomó del brazo a Elizabeth y la guió a través de una abigarrada multitud para salir del muelle. El caballero de Tennessee se quedó unos segundos mirándolas marchar, deteniendo sus ojos en las curvas generosas de Elizabeth.

—Hasta pronto, Pequeña Brasa —murmuró, y sus palabras sonaron como una promesa.

Luego se inclinó sobre el muchachito que aguardaba, sentado sobre un tocón.

—Vamos a buscar esos bultos, chico, y te ganarás un premio. ¿Conoces esta moneda? —y le mostró al encandilado muchacho un reluciente dólar de plata en su palma callosa.

Aurelia condujo a Elizabeth por una calle empedrada. Por fortuna, las de tierra estaban secas, pues no había llovido. De lo contrario, el ruedo de sus vestidos se habría convertido en un peso difícil de arrastrar. Esquivaron dos o tres rejas voladizas tan ventrudas que obligaban al transeúnte a bajar del cordón de la vereda, y saltaron sobre algunos charcos, vestigios de un temporal pasado. A Elizabeth le impresionaron la estrechez de las calles y la sencillez de las viviendas. Con excepción de ciertas casas solariegas que ostentaban una planta alta y a veces un altillo con azotea, el resto se veía chato y macizo, sin pretensiones. Casi todas estaban blanqueadas y denotaban la influencia española en sus techos de tejas rojas. La joven se sorprendió al ver pequeños puestos de venta en el umbral de algunas casas, donde sonrientes mujeres negras con pañoletas en sus cabezas ofrecían natillas o pasteles de membrillo a los paseantes.

—¿Hay esclavas aquí? —preguntó a Aurelia.

—Ya no. Pero muchos hijos de esclavos han elegido quedarse con los patrones de sus padres. Y estas mujeres —añadió mientras señalaba a una anciana mulata que extendía un mantelito sobre un cajón de madera— están ayudando a sus amas, señoras que han quedado viudas y en mala posición. Vendiendo estas manufacturas caseras sostienen la casa y sus pequeños gastos personales.

—Interesante —murmuró Elizabeth.

—Tengo entendido que no hace mucho seguía vigente la esclavitud en su país —comentó Aurelia mirando de reojo a la joven extranjera.

—Así es. Nos ha costado una gran guerra y estamos saliendo de eso, con mucho esfuerzo. Allá también hay esclavos que se mantienen fieles a sus patrones, sobre todo porque la vida de los libertos no es fácil. Muchos deambulan por las calles, sin trabajo, y se emplean en el ejército por necesidad.

—Pues aquí también han sido soldados en gran medida —dijo pensativa Aurelia—. A veces, fue ésa la prenda de libertad. Sin embargo, en casi todas las casas se conservan criados de raza que hasta son educados junto a los niños de la familia.

—Eso sí que es notable —se admiró Elizabeth—. Allá en el sur de mi país se está haciendo un enorme trabajo, educando a los libertos, la mayoría analfabetos. Es que ellos sólo vivían día a día en los campos de algodón o en los cañaverales de azúcar, y ahora hasta gozan del derecho a votar.

Esa vez le tocó el turno a Aurelia de admirarse.

—¿Votan los analfabetos? Sarmiento lo considera peligroso —comentó.

A Elizabeth le resultó curioso que su anfitriona se refiriese al Presidente de la República con tanta familiaridad. La señora Mann ya le había advertido que algunas costumbres del país eran incomprensibles incluso para ella, que mantenía correspondencia de larga data con el hombre que gobernaba la Argentina.

Los caballeros las seguían con la mirada, pues eran dos mujeres jóvenes sin acompañante masculino, si bien ninguno osó molestarlas en su corto trayecto hasta la calle Belgrano, donde Aurelia se detuvo frente a un portón de madera pintado de verde.

—¿Éste es el despacho de gobierno? —preguntó Elizabeth.

—Oh, no. Es la casa del señor Sarmiento. Él prefirió recibirla aquí, antes de ir a su trabajo.

El portón se abrió al segundo toque de aldaba y un muchacho desmañado, de tez pálida y revuelto cabello rojizo, las recibió en el zaguán embaldosado. Iba vestido con corrección, como si estuviera desempeñando un trabajo en aquella casa de bajos atravesada por dos patios. Al llegar al primero, el joven las condujo hacia la habitación de la izquierda, que se abría sobre el frente. Allí se detuvo, volviéndose hacia las recién llegadas. Era evidente que conocía a Aurelia por la familiaridad con que ésta lo había saludado, y asimismo que estaba embobado por Elizabeth. Se tropezó con las palabras al decirle, en un fervoroso impulso, que él también descendía de irlandeses por parte de madre. Con un ademán invitó a las damas a entrar al sacrosanto estudio del Presidente de la República.

Lo primero que vislumbró Elizabeth fue un perfil corpulento que se recortaba sobre la luz tormentosa del ventanal que miraba al río. El hombre que aguardaba, con las manos unidas tras la espalda, era la imagen misma de la impaciencia aunque no moviese un músculo. Antes de que se volviese hacia ella, la joven pudo apreciar que Domingo Faustino Sarmiento era impresionante, incluso de espaldas. Sin duda, lo afectaba una temprana calvicie, pues la robustez de los hombros denunciaba a un hombre en la plenitud de sus fuerzas. No estaba preparada para enfrentarlo. Cuando el Presidente giró hacia la puerta, Elizabeth se sintió tentada de retroceder: unos ojos penetrantes bajo el peso de las cejas fieramente pobladas la calibraron de arriba abajo, sin dulcificar el gesto en absoluto. Una mole hecha para resistir cualquier vendaval, ése era el Presidente, el amigo de Mary Mann al que la buena mujer prodigaba toda clase de consejos maternales, como si ese señor de talante desapacible pudiese conmoverse ante una sugerencia femenina. Elizabeth oprimió el paquete que había llevado para entregar en persona al señor Sarmiento. ¿Qué prodigio podría haber metido allí adentro la señora Mann que interesase al titán que se alzaba ante ella en ese momento?

Sarmiento avanzó hacia el escritorio de caoba y extendió su mano, grande y callosa, hacia la recién llegada.

—Miss O’Connor, espero —sonó su vozarrón, áspero y cálido.

Elizabeth se compuso de inmediato y extendió a su vez su mano, que desapareció bajo la otra en un firme apretón. Sarmiento apreció en silencio ese gesto sin remilgos que decía mucho acerca del carácter de aquella jovencita, casi una niña, que se aventuraba en un país salvaje para enfrentar los demonios de la ignorancia.

—He querido recibirla directamente —soltó el Presidente sin aguardar respuesta— pues desde hace un tiempo no confío en las personas que se están ocupando de las cosas —y dirigió una mirada intencionada a Aurelia, que disimuló una sonrisa.

Ambos sabían que el Reverendo William Goodfellow, pastor de la Iglesia Episcopal Metodista, que había llegado años atrás para actuar de mediador con los maestros que viniesen de Norteamérica, estaba fracasando por los diversos escollos que la misión planteaba y Sarmiento, hombre de pocas pulgas, solía tomar entre manos todo asunto que se retardase.

—Encantada de conocerlo en persona, señor Presidente.

—Aprecio que hable usted el español, señorita O’Connor, eso nos ahorra mucho tiempo. Dígame, su apellido…

—Es irlandés, señor. Es la sangre que corre por mis venas, aunque mi formación es bostoniana, tal como usted dijo preferir.

Sarmiento esbozó una sonrisa que semejaba una mueca burlona.

—No estoy en situación de preferir tantas cosas, señorita. Esta empresa es de por sí harto difícil y su presencia aquí en mi tierra es un regalo tan excesivo como bien apreciado. Puedo asegurarle que, aunque la amable señora Mann hubiese escogido a sus candidatas entre granjeras del Medio Oeste, igual la recibiría con los brazos abiertos, tal es mi necesidad. Pero celebro que, además, venga dotada de tan altos títulos. Yo mismo soy maestro “de media cuchara”, así que no me pongo pretencioso.

Elizabeth no entendió aquella expresión, que remitía a la falta de formación académica de Sarmiento, un hombre que había forjado su educación fuera de las aulas, a fuerza de empeño y voluntad. El Presidente hizo un gesto en dirección a la silla opuesta y se sentó tras el escritorio, después de Elizabeth. De inmediato reparó en Aurelia, todavía en el quicio de la puerta.

—Aurelia querida, gracias por traer a la señorita O’Connor. ¿Seré muy abusivo si te pido que la esperes para acompañarla a su residencia?

Aurelia dio dos pasitos hacia adelante como si deseara decir algo más y luego accedió con simpatía:

—La esperaré y la llevaré a casa a tomar el desayuno.

—¡Por Dios, qué desconsiderado soy! Claro que no ha desayunado, es muy temprano. Ordenaré a mi edecán que le sirva un chocolate.

—No se preocupe por mí, señor. Estoy acostumbrada a tomar algo liviano a media mañana, de manera que bien puedo aguardar a estar instalada, gracias.

Sarmiento echó el corpachón hacia atrás, apoyándose en el alto respaldo de su silla. Elizabeth pudo escuchar el ruido de la puerta al cerrarse detrás de ella, antes de que el Presidente la interrogara.

—Debo preguntar, Miss O’Connor. ¿Ha dejado atrás algún pretendiente que pueda tironear de usted en algún momento? Disculpe mi franqueza —agregó, al ver que la joven se envaraba—. Debo saber si, en caso de aceptar el puesto, cuento con su presencia por un tiempo. Sabrá que otras compatriotas han venido antes que usted y se han marchado también.

Elizabeth no estaba acostumbrada a que indagaran de tal modo en su vida privada. En Boston, a nadie se le habría ocurrido formular preguntas íntimas sin conocerse antes, pero debía adaptarse a esa nueva sociedad y, además, ese hombre era el mismísimo Presidente de la República, que la estaba recibiendo con la confianza de un amigo y ofreciéndole desayunar en su despacho. Y, al parecer, no empleaba circunloquios para referirse a ningún tema.

—No tengo en Boston más que a mi madre y a mi tío, señor.

—Y su madre la extrañará, supongo.

—Ella aprueba mi dedicación a la enseñanza, a pesar de que prefiere tenerme cerca, como es natural. Permítame aclarar que en este punto todavía no estoy decidida. En la Escuela Normal de Boston había sitio para mí, pero yo quise…

Vaciló, y Sarmiento se inclinó hacia adelante, mirándola con fijeza, esperando que ella revelara el secreto de su presencia en aquel sitio tan alejado de su civilizada vida bostoniana.

—Quise dedicarme a quienes más me necesitaran, niños que no tuviesen tantas oportunidades. Por eso estuve un tiempo en la escuela para sordomudos de la señora Mann. Luego, durante una reunión en mi casa, ella mencionó la situación de su país y yo pensé que esta empresa superaría todos los desafíos que pudiesen presentárseme.

—No le quepa duda, señorita O’Connor, ninguna duda —murmuró Sarmiento, mientras sus manazas revolvían unos papeles desordenados sobre el tapete—. A mí también me atraen los desafíos. Créame si le digo que me crezco en las peleas. Por lo que vi durante mis viajes y lo que Mary me ha contado en sus cartas —continuó— los problemas del sur de su país son bastante parecidos a los nuestros de por acá. Si no nos sacudimos el polvo de la brutalidad de los sistemas políticos degradantes, nos quedaremos en tinieblas, mientras que el mundo progresista se irá alejando, como un buque que se pierde en la bruma, dejándonos a la deriva. Civilización o barbarie son las opciones, señorita. Espero que coincida conmigo en que hay que educar a todos por igual, sin discriminación de raza o credo. Es más, desearía saber qué religión profesa o si profesa alguna, pues en esto también veo problemas.

Elizabeth sabía que estaba siendo sometida a un verdadero interrogatorio y, a pesar de que el hombre fogoso que tenía ante sí la cautivaba de modo inexplicable, se sintió molesta por tener que exponer su vida privada en la primera entrevista con alguien del país, aunque fuese el Presidente. Sin duda, Sarmiento no tenía la delicadeza de Aurelia Vélez.

—Como buena irlandesa soy católica, señor.

—Bueno —bufó Sarmiento—. Al menos usted no tendrá problemas con eso.

—¿Cómo dice?

—Es que los curas se han propuesto boicotearme el sistema de traer maestras extranjeras, y todo porque la mayoría son protestantes.

Sarmiento golpeó con fastidio la mesa, haciendo saltar los papeles, y se levantó para dar énfasis a sus palabras.

—No tengo nada en contra de la religión. Mi madre y mis hermanas han sido siempre muy devotas. Yo, como todo varón, soy más remiso a la hora de pisar una iglesia, pero no tolero que se utilicen las creencias, que deben estar reservadas a las vidas privadas, como un azote en la vida pública: no hacer esto, no leer aquello. Por eso quiero maestros laicos, sobre todo para las mujeres, a quienes se les suele llenar la cabeza con paparruchadas. ¡Cómo unas formas de mortaja van a educar a las damas! —exclamó, aludiendo a las monjas.

A medida que se encendía la ira en su discurso, Sarmiento paseaba de un lado a otro en la habitación, sin acordarse de Elizabeth, hasta que ella carraspeó con delicadeza.

—Disculpe. Espero que no sea usted una de esas damitas educadas en conventos, o me creerá un hereje.

Elizabeth rió y el Presidente se dejó mecer por el sonido de aquella risa cristalina.

—Claro que no. Aunque mi madre hubiese querido que estudiara en el Convento de los Milagros, mi tío, un hombre radical, se opuso porque en esos tiempos estaba peleado con el vicario rector. De todas maneras, entiendo que usted se refiere al clero recalcitrante, pues se sabe de algunas órdenes religiosas muy progresistas.

—¿Le preocupa a usted la maledicencia, Miss O’Connor?

Lo abrupto de la pregunta desconcertó a Elizabeth.

—Se lo pregunto —explicó Sarmiento, sin aguardar respuesta— porque yo, que suelo ser provinciano en Buenos Aires y porteño en las provincias, estoy acostumbrado a ella. Sé que la criticarán a usted una y mil veces. Dirán que es una hereje por venir de la América del Norte, por lo menos hasta que sepan que es católica; deplorarán su virtud, o más bien la falta de ella, por aventurarse hasta aquí sola; criticarán sus métodos sólo por ser extranjeros, en fin, quién sabe cuántas sandeces más que a mí ya no me hacen mella. Tengo bien duro el pellejo. Usted, en cambio, es joven y tierna. Temo que la crueldad de la gente que nada hace y mucho dice termine por dañarla.

Elizabeth comprendió que aquel hombre debía sentirse muy solo en la lucha civilizadora. Ella sabía, por boca de la misma Mary Mann, que también su esposo había debido enfrentar mil escollos para imponer sus ideas y sus métodos, así que simpatizó de inmediato con Sarmiento, pues reconocía en él un espíritu similar. Sólo las mujeres favorecidas por una educación superior podían descollar en alguna actividad y ser aceptadas de igual a igual entre los hombres. Sospechó que el Presidente apreciaba a ese tipo de mujer. Si apostaba a las maestras para cambiar su país, sin duda valoraba la condición femenina.

—Mi único temor sería no contar con suficientes alumnos, Excelencia. Fuera de eso, estoy segura de poder soportar desaires y palabras vanas, si llegara a emplearme como maestra.

Sarmiento dulcificó la mirada bajo el ceño gris al contemplar a la personita que tenía enfrente. Si hubiese escrito una lista de las cualidades que deseaba para su próxima maestra importada, no podría haberlas reunido con tanto acierto como las veía en Elizabeth O’Connor: bonita, educada sin afectación, corajuda y con ideas propias. Una mujer de las que a él le gustaban, y cierto era que le gustaban muchas. Aurelia, sin embargo, había ganado su corazón hacía tanto tiempo que le costaba pensar en ninguna otra ocupando su lugar. La sociedad no lo sabía a ciencia cierta, si bien sospechaba que Aurelia Vélez, veinticinco años menor, era la amiga y la amante del Presidente de la Nación quien, además y para escándalo de los moralistas, estaba separado de su esposa. ¿Convivir con una mujer como Benita, tan cruel en sus celos insidiosos y sus persecuciones enfermizas, habiendo por el mundo féminas de la talla de Aurelia Vélez y Elizabeth O’Connor? Mujeres inteligentes, bellas, fieles en la amistad, generosas en su entrega, sin retaceos ni ocultas intenciones. Él también, al igual que el capitán Flannery y Jim Morris, veía la joya oculta bajo la piedra. Elizabeth O’Connor era la indicada, aunque debía ser honesto y advertirle.

Volvió a su asiento y acomodó los papeles para darse tiempo.

—Mary Mann le habrá hablado de mi país, supongo, y de las condiciones de contratación.

—Dijo que el tiempo estipulado era de tres años y que el gobierno ofrecía ciento cincuenta pesos oro. Bien sobrado, debo decir. Una mujer sola no necesita más.

—Ése es otro punto, señorita O’Connor —Sarmiento estuvo a punto de levantarse de nuevo para pontificar y se contuvo—. Todos le dirán que su mejor oportunidad es quedarse aquí en Buenos Aires, y yo seré el primero en recomendárselo. Tendrá comodidades, vida social y pocos contratiempos.

—¿Y sin embargo? —aventuró Elizabeth, sorprendiendo al mandatario.

—Sin embargo, como bien adivina usted, no era ésa mi intención al traerla aquí. Las maestras son necesarias en todas partes, y nunca tanto como tierra adentro. Es allí donde la barbarie echa raíces con mayor profundidad, puesto que las provincias han vivido años de caudillismo y violencia y todo eso conspira contra la educación. Ahora mismo estoy, de tanto en tanto, sofocando rebeliones en algunas de ellas, además de recoger las miserias de una guerra con países hermanados en la historia y… —aquí su voz bajó un tono, llamando la atención de Elizabeth— velando todavía a un hijo perdido en esa guerra.

La expresión adusta de aquel hombre, capaz de aplastar una cabeza con sus manos o de fulminar a un enemigo con la mirada, se convirtió en la máscara de dolor de un padre que añora al hijo que no volverá a abrazar. Elizabeth no sabía de la muerte de Dominguito, herido de guerra en plena juventud. No obstante, le bastó mirar el fondo turbio de los ojos del hombre para sentirse en comunión con su alma.

—Lo siento —susurró, conmovida.

Sarmiento se demoró en dirigirle la mirada. En los ojos de la joven maestra vio reflejada la luz de sus propios proyectos: hacer de toda la República una escuela, que los niños se educaran en la igualdad y que hasta el gaucho, su anatema predilecto, se convirtiese en hombre útil. ¡Ya verían los enemigos y críticos de lo que era capaz con la gente adecuada! ¡Y que el demonio lo llevara si Elizabeth O’Connor no era la más adecuada de todas!

Dos golpes discretos interrumpieron el interludio y Sarmiento recuperó su vozarrón.

—¡Adelante!

De nuevo el edecán tembloroso, sosteniendo una bandeja con una pavita y un mate, cubiertos con una servilleta de lino.

Sarmiento hizo un gesto invitando al mozo a entrar con confianza.

—Francis, deja todo eso acá y dame razón de Aurelia, que la necesito para escoltar a la señorita O’Connor.

El joven balbuceó algo como “faltaba más”, “yo la acompaño”, “descuide usted”, pero Sarmiento detuvo todo ese torrente con otro gesto rotundo.

—Que venga ahora mismo, no vaya a escapársenos la única maestra que no le hace asco a la vida rural —y sonrió a Elizabeth para después agregar, mientras hacía sonar la campanilla con furia—. Redáctame ya mismo una autorización en mi nombre para que la dama aquí presente viaje a la provincia como maestra calificada. Cuando ella lo desee —aclaró, mirando a la joven—. Y llama al doctor Espinosa para que vaya preparando el contrato sin tardanza. No olvides aclarar el destino que podría llevar la señorita O’Connor. Aurelia te dará los datos. ¡Apresúrate!

El joven, que no había alcanzado a cumplir el primero de los mandatos, salió de la estancia dando tumbos, y mientras el Presidente comenzaba el rito del mate de la mañana, Elizabeth se dedicó a contemplar el recinto en el que acababa de pasar casi una hora.

Se trataba de una habitación cuadrada con un amplio ventanal y paredes blanqueadas que mostraban paisajes de París, un viejo reloj suizo y un perchero de bronce del que pendían un sombrero y un bastón. Llamó su atención un cuadro donde se habían enmarcado hojas de otoño de unos árboles que ella conocía bien, pues provenían de los bosques de Concord. Unas sillas lujosas, confiscadas al mariscal Solano López, dictador del Paraguay, de un cargamento que aquél enviaba desde Europa a su amante, Madame Lynch, completaban el mobiliario. Sobre el tapiz delicado de una de esas sillas reposaba, oronda, la figura de un enorme gato de Angora que Elizabeth no había visto al entrar. El animal se desperezó y ronroneó, llamando la atención de Sarmiento.

—Ah, sí —dijo, como si hubiese olvidado presentarlo—. Con éste me entiendo mejor que con algunos compatriotas. Y no le digo nada de mis perros, podrían ser mis consejeros con más prudencia que muchos.

Elizabeth se acercó con cautela. Le gustaban los gatos, aunque en su casa el tío Andrew no los toleraba debido a sus constantes alergias. Una lástima, ya que podrían haber alegrado un poco la vida de su mamá.

En esa actitud la descubrió Aurelia al entrar y rió con ganas cuando el gato se escabulló entre las piernas de la señorita O’Connor.

—Es muy arisco. No hay prenda que no se parezca al dueño —agregó, divertida.

Elizabeth miró el rostro del Presidente y luego el delicado óvalo de Aurelia, iluminado por la risa, y entendió de inmediato lo que todo Buenos Aires comentaba por lo bajo, en las tertulias y los cafés.

Al despedirse, Elizabeth quiso saber qué tenía en mente el Presidente para ella:

—Disculpe usted, Excelencia… En el caso, quiero decir, si acepto formalmente el trabajo, y si no permanezco en la ciudad, ¿a qué sitio debería ir a enseñar? No conozco nada del país y me gustaría formarme una idea.

Sarmiento se concentró en un punto más allá de las cabezas de Aurelia y Elizabeth, y al cabo de unos instantes dijo:

—Mi mayor anhelo ha sido, desde siempre, dotar de una escuela normal a mi provincia. Yo mismo diseñé los planos y los envié desde Nueva York, junto con semillas para el jardín, un piano, libros y hasta una máquina de coser, de esas extraordinarias que hay en su tierra, Miss O’Connor, y la gente me ha correspondido donando fondos para fundarla. Necesita, sin embargo, lo principal: maestros, ya que algunos de sus compatriotas desistieron del viaje. Hay en San Juan tales disturbios políticos en estos momentos, que estaría loco si la enviara allá, por más empeñado que esté en poblar de maestros el país entero. Cierto es que me disgustó mucho la negativa de Mary Gorman, la primera que vino hasta acá, aunque ahora, pasado el tiempo, la justifico un poco. Tuve que imponer la ley marcial en la provincia y, además, para llegar hay que atravesar en diligencia los llanos de La Rioja, infestados de bandidos. Juana Manso, mi gran colaboradora en estas lides, me ha llamado déspota y quién sabe cuántas cosas más, por no contemplar la circunstancia de las recién llegadas.

Aurelia dejó escapar un leve carraspeo. Elizabeth no supo si trataba de evitar que el Presidente se excediera en su relato atemorizante, o si concordaba con los consejos de Juana Manso, de quien también había oído hablar, ya que cruzaba cartas con Mary Mann.

—También es verdad —continuó Sarmiento, ofuscándose más a medida que recordaba los sinsabores pasados— que sus compatriotas radicados en Buenos Aires no me hacen ningún favor con sus habladurías, contaminando las cabezas de las maestras con relatos de degüellos y montoneras. ¡Gringos de porra! —y volvió a dar un puñetazo—. ¡Ni que fueran sus hijas las que van a San Juan!

Al parecer, el Presidente había olvidado que la muchacha que tenía enfrente formaba parte de esos “gringos”. Aurelia se lo recordó con un nuevo carraspeo, más contundente.

Sarmiento se inclinó sobre el escritorio, dispuesto a la confidencia.

—Lo que ocurre, Miss O’Connor, es que me acusan de déspota porque pretendo que se cumplan las condiciones pactadas. ¿Debo acaso conformarme con pagar pasaje y gastos de maestras calificadas, para que luego se queden a disfrutar de la vida social de Buenos Aires? Dejemos eso a los diplomáticos, como hice yo en Chicago, cuando aquellas damas tan cumplidas me agasajaron llevándome a teatros y soirées… y, por supuesto, a conocer escuelas y universidades —agregó de inmediato, al ver la expresión de Aurelia.

Luego jugueteó con un pisapapeles mientras recuperaba la compostura.

—Sin ánimo de ofender, Miss O’Connor, el principal detractor de la República es aquí el mismo extranjero que se llena los bolsillos con el oro de su ganancia. Podridos en plata, viven como los gentlemen que nunca serán, y hablan mal del país que les permitió su riqueza. Hay en nuestra tierra tela para bordar romances a la Mrs. Radcliffe, pero ¿qué país no tiene inconvenientes? ¿Acaso me rasgo las vestiduras porque mis hermanas vivan en San Juan? ¿Voy a ser menos cuidadoso con ellas que con Miss Gorman? En fin —dio por terminado su alegato—. La cuestión es que hay otras escuelas que la recibirán con los brazos abiertos, sin necesidad de correr riesgos en el desierto. Y en todas esas provincias encontrará usted pobreza. No hablo sólo de pobreza material, que ya es mucha, sino de la del espíritu, la peor de las gangrenas. Una tarea dura, Miss O’Connor —y dura fue la mirada que le dirigió Sarmiento al recalcar esto último.

Elizabeth no se amilanó.

—Se ha hecho bastante en favor de los libertos y aun de los blancos pobres del sur de mi país, señor. Al parecer, esa gente estaba desperdiciada, pues tanto en la milicia como en las aulas se están obteniendo excelentes resultados. Como usted mismo dijo, hay bastante similitud. Si bien no tuve ocasión de acudir a la frontera de mi tierra, sé de buena fuente que se ha podido mejorar en mucho la condición de aquellas personas. A decir verdad, hoy me preocupa más la nueva frontera.

—¿La nueva frontera? —se interesó Sarmiento, sin duda pensando en otro problema acuciante, la cercanía del indio maloquero, que impedía el poblamiento del país.

—En el oeste está empezando a formarse una nueva sociedad, atraída por el brillo del oro y la riqueza fácil, cultivando trigo y maíz, o criando ganado.

—Del ganado no digo que no tenga razón. Tenemos aquí una caterva de gente enriquecida a fuerza de apilar bosta sin que necesiten siquiera agacharse para hacerlo —y Sarmiento no vio, o ignoró el respingo de Aurelia, que temía escandalizar a la señorita O’Connor—. Pero cultivar el suelo es hacer patria. Yo mismo ideé planes de reforma agraria que puse en práctica con buen resultado. Ahí está el pueblo de Chivilcoy, de donde jamás saldrá un caudillo, pues la tierra inculta está al alcance de cualquier padre de familia que desee roturarla. ¡Cien Chivilcoy les prometí en mis años de gobierno! Los caudillos no tendrían quién los siguiera si cada hombre tuviese su propia tierra y trabajo digno.

—Verá usted, señor. Yo siempre pensé que las tierras pródigas hacen hombres flojos, ya que nada les exige demasiado esfuerzo. En Nueva Inglaterra tenemos un clima tan riguroso que nos obliga a crear formas de vida confortables. “Hay educación en la nieve”, señor Presidente —sonrió Elizabeth.

Ignoraba la joven cuán hondo calaron sus palabras en el corazón de Sarmiento, ya que reconoció en ellas la influencia de su gran amiga y mentora, Mary Mann, en las épocas felices en que ambos disfrutaban de la presencia del querido Horace.

Él había conocido al matrimonio cuando Horace Mann era secretario de Educación del Estado de Massachusetts. Se hicieron amigos enseguida y aquella amistad había influido de modo notable en las ideas de Sarmiento sobre instrucción pública. Las palabras pronunciadas por Elizabeth trajeron a su mente las de su difunto amigo y provocaron un recuerdo agridulce que enronqueció la voz del Presidente cuando respondió:

—Creo que mi “ángel viejo” no se equivocó cuando me recomendó su nombre, Miss O’Connor. Acaba de convencerme de que es la candidata al puesto más firme que haya tenido. Falta ahora que se convenza usted de lo mismo. Debo advertirle algo más, para serle sincero: habrá problemas, no sólo con las gentes embrutecidas del interior del país, sino con las de Buenos Aires, en especial con las señoras “bien”, que querrán acapararla para sus propios fines. De modo inexplicable, no pude ejercer sobre las damas de la Sociedad de Beneficencia la misma seducción que las malas lenguas me atribuyen sobre las damas en general. Es una lástima, porque tendríamos la mitad del camino recorrido. Cuando fui director de Escuelas de Buenos Aires, perdí la batalla con doña Marica Thompson, al pretender yo que las escuelas funcionaran todas de la misma manera en la provincia. Batalla galante, pero batalla al fin. La dama me acusaba de querer arrasar con las escuelas de la Sociedad de Beneficencia, y lo único que pretendía yo era unificar los criterios, para evitar que las niñas resultasen menoscabadas. Pero no quiero preocuparla demasiado —agregó, desestimando lo dicho con un gesto—. Arrancaré a las alumnas de las garras de las buenas señoras, así sea a palos. Los palos se los daré a las señoras, no a las niñas —aclaró, con un guiño.

Elizabeth contuvo la risa mientras observaba al Presidente incorporarse con sorprendente agilidad. Su impaciencia le impedía aguardar sentado la llegada del amanuense.

—¿Y bien? —exclamó de pronto—. ¿Qué me dicen de la vista que tengo desde mi despacho particular? —y abarcó el paisaje ribereño con un gesto ampuloso, como si estuviese mostrando una obra de arte.

Aurelia y Elizabeth intercambiaron una sonrisa ante el abrupto cambio de tema con el que el Presidente daba por terminada la audiencia.

Fue con lágrimas contenidas que el hombre las vio salir, una muy junto a la otra, deseando ser más joven para tener más años de trabajo fecundo como el que les aguardaba a ellas.

Habían caminado unos pocos metros cuando Elizabeth descubrió que no había entregado el paquete que llevaba de parte de la señora Mann. El edecán se encargó de correr para cumplir el recado y por eso Elizabeth no escuchó la carcajada del Presidente al desenvolver, junto con unos libros de ciencias y dos paquetitos de semillas de abeto de Noruega, una camiseta de seda cruda comprada en Hovey’s, la gran tienda de Summer. “Para su reumatismo”, rezaba la nota. “No me olvido de que allá la humedad es moneda corriente”.

CAPÍTULO 2

Elizabeth estaba disfrutando a sus anchas de la hospitalidad de Aurelia.

Sentadas en las butacas de terciopelo del saloncito donde Ña Lucía, la criada de los Vélez, les había servido té con bizcochos, ambas conversaban como si no hubiesen vivido sin saber nada una de la otra, a miles de kilómetros de distancia. Elizabeth congenió de inmediato con aquella mujercita discreta y culta, tocada con el encanto de la inteligencia. Aurelia no era bonita. Sus rasgos delicados trasuntaban, sin embargo, una gran pasión. Debía ser una dama de temple para soportar las habladurías que correrían como perlas desatadas por toda la sociedad. En Boston ocurría otro tanto con las lenguas viperinas. El ocio de las clases acomodadas les dejaba mucho tiempo libre para naderías. Por eso ella era un caso raro: a pesar de contar con medios para sostenerse, había elegido una vida de estudio y sacrificio, pues así entendía la docencia.

El saloncito era sobrio, con muebles oscuros incrustados de nácar y porcelanas Jacob Petit sobre la repisa de mármol de la chimenea. La hija del jurista encajaba allí con naturalidad, tal vez porque su rasgo más descollante era el que la sociedad reconocía como masculino. Elizabeth advirtió en las maneras de su anfitriona, así como en la austeridad de la habitación, el verdadero matiz aristocrático de los que no necesitan ostentar. La de Vélez Sarsfield debía ser una familia “de los viejos tiempos”, aquellas que se mantenían apegadas a las costumbres rancias sin caer en la frivolidad de las modas europeas. Elizabeth se identificaba con esa condición y se sintió a gusto enseguida.

Una lámpara centelleaba sobre la mesita de té, donde el hornillo mantenía caliente el agua del sahumador.

—Habrá tormenta —sentenció Aurelia, tras mirar la creciente oscuridad—. No se preocupe, usaremos el carruaje de Tatita para llevarla hasta la casa de sus parientes. ¿Los conocía usted?

—Sólo a la tía Florence, que viajó a Concord hace mucho tiempo. Yo era una niña y casi no la recuerdo. Sé que tengo un primo de mi edad y una prima algo mayor. Espero no causarles molestias.

—Imposible. Es usted un encanto de persona. Además, la hospitalidad de los porteños es proverbial, ¿no lo sabía?

Elizabeth se mostró interesada mientras sostenía la taza de porcelana para que Aurelia le sirviera más té.

—No, es bueno saberlo.

—Los visitantes alaban siempre la buena disposición de la gente de Buenos Aires hacia el extranjero. Dicen que se debe a que miran por el puerto siempre hacia fuera, como esperando algo.

La joven sorbió el perfumado brebaje y paladeó un sabor ácido que le resultó delicioso.

—¿Es té de Ceilán? —inquirió.

Aurelia sonrió con picardía, inclinándose como si fuese a compartir un secreto:

—Es té de la casa con una cascarilla de naranja. No me delate o perderé el misterio ante mis visitantes. Aunque no recibo mucho, a decir verdad.

El tono de amargura suscitó la curiosidad de Elizabeth. No era de buen tono preguntar, así que guardó silencio; sin embargo, Aurelia estaba dispuesta a compartir intimidades, pues agregó:

—Como sabrá sin duda apenas salga de aquí, soy lo que se dice una mujer “desfachatada”.

Casi se atragantó la joven maestra ante tal aseveración.

—A los ojos del “tout Buenos Aires” —prosiguió— una mujer separada es un desacato a las reglas sociales.

—No sabía de su situación, aunque no creo que sea peor que en cualquier otro lado. Las mentes tejen historias para entretenerse y esa pequeña maldad es universal.

—Pues en mi caso, no me lo perdonan. Será porque no hago vida social ni me importa demasiado lo que digan de mí. Tengo ocupaciones más urgentes, como ayudar a Tatita en su estudio. Ahora que es ministro de Sarmiento, además…

—¿Oficia de secretaria?

—Algo así —reconoció Aurelia sonriendo—. Con la desventaja de tener el trabajo en la casa. No hay horarios ni interrupciones.

—Su padre debe sentirse orgulloso.

—Lo está, y yo de él. Es un jurista muy apreciado. Y gran amigo del Presidente, que confía plenamente en él. No sé qué haría sin el apoyo de estos dos hombres.

Aurelia no sabía cuánto revelaba con esas palabras.

—Sé que ambos sabrán reconocerle mérito, algo poco habitual entre los hombres.

En ese momento, la puerta que comunicaba con el vestíbulo se abrió y un caballero de semblante serio y afilado entró en el cuarto. Su imagen austera resultaba intimidante, al igual que sus ojos acerados. Elizabeth se estremeció al notar que carecían de emoción, como si fuesen incapaces de verter lágrimas. Con una mano en la cadena de su reloj y la otra a medias en el bolsillo del chaleco, parecía controlar el tiempo a cada segundo.

—Perdón, hija. No sabía que tenías visita.

—Tatita, le presento a la nueva maestra de Sarmiento, Miss Elizabeth O’Connor, recién llegada de Boston.

El doctor Vélez Sarsfield saludó a Elizabeth y en su aguda mirada pudo reconocer ella la inteligencia que caracterizaba a la hija. Cortés aunque parco en sus modales, el jurista revelaba su falta de interés por las cosas cotidianas en la manera impaciente con que su dedo índice golpeaba el reloj. Elizabeth advirtió que entre padre e hija mediaba gran cariño y entendimiento, lo que le recordó con dolor que ella no había podido disfrutar de un vínculo así con su padre, sustituido demasiado pronto en sus vidas por un tío déspota con el que jamás se sintió a gusto.

—No dejen de conversar por mí. Sólo quería saber si almorzaremos juntos, pues más tarde emprendo viaje hacia la chacra.

—¿Otra vez a Arrecifes? —exclamó con desconsuelo Aurelia—. Papá, ya fue la semana pasada. Se está agotando.

—Vuélvase uno viejo y lo harán un niño para retarlo —dijo Vélez sonriendo a Elizabeth, que lo miraba con simpatía.

—Está bien, pero acuérdese de abrigarse. Almorzaremos a las dos y no acepto que me rechace el postre.

Vélez Sarsfield saludó de nuevo, discreto, y se encaminó a su despacho para encarar la tarea cotidiana, mientras afuera caían goterones que pronosticaban tormenta.

—No se asuste. Aquí tenemos temporales impresionantes y siempre sobrevivimos —le dijo Aurelia con vivacidad—. Se han salvado ustedes de sufrir la tormenta en el barco.

—Eso sí. El capitán Flannery me decía que es peligroso enfrentar al viento desde el río.

—Ah, el pampero. No es peor que la sudestada, no vaya a creer. El río suele crecer tanto que llega hasta las casas y el Fuerte. En esos momentos, una duda de que no se trate del mar.

—¡Fue lo mismo que pensé al ver tanta agua! —se admiró Elizabeth—. ¿Cómo puede ser un río?

—Pues es agua dulce. Y su estuario es tan ancho que los españoles lo llamaron el Mar Dulce. De dulzura no tiene ni un poco, ya que ahí se lavan las ropas, se arrojan los desechos de los saladeros, en fin… Hay que alejarse un poco del centro para disfrutar de un baño placentero. Lástima que no esté usted aquí para el verano.

—Aún no sé qué haré. Su… presidente me ensalzó mucho la necesidad de enseñar lejos de la ciudad.

—Sí, a Sarmiento le preocupa que la Argentina no supere nunca los defectos con que se ha formado, el autoritarismo de los caudillos, la violencia y la falta de respeto por las leyes, lo que hace a una nación cabal, ¿no es así?

—Todos los países han vivido historias horrorosas, creo yo. Allá en Norteamérica, unos y otros han cometido atrocidades en nombre de la civilización y el progreso. Pasarán muchos años antes de que cicatricen esas heridas, sobre todo porque fueron infligidas entre hermanos.

Ambas mujeres quedaron en silencio mientras la tormenta sacudía los vidrios de la ventana y arrojaba chubascos contra la acera, ensuciándolo todo.

—¿Cómo es que no ha hecho usted el viaje de Nueva York a Liverpool primero? —quiso saber Aurelia, cambiando el tono de la conversación—. Tengo entendido que cruzar el océano dos veces es más rápido que venir desde Boston.

—Es más barato de este modo —contestó, sonrojándose, Elizabeth.

El tío Andrew se había mostrado tacaño hasta el último momento, para enfatizar su repudio hacia “el disparate”, como llamaba él a su viaje.

—Por supuesto. Además, se siente una más segura que cruzando el Atlántico. Yo no dudaría en hacerlo así.

El tacto de Aurelia evitó la incomodidad y Elizabeth volvió a sentirse a gusto en aquella salita caldeada, donde podía olvidar el mal tiempo y los malos recuerdos.

—Tatita hará este viaje con lluvia. Como si no tuviésemos suficiente con la salud de Rosarito.

—¿Acostumbra su padre a viajar seguido?

—Sólo los viajes familiares a Córdoba y algunos encargos del Presidente. Mi padre ama Buenos Aires, ha sido su obsesión desde pequeño. Su familia es hidalga aunque, como muchas de aquella provincia, vio reducida su fortuna a causa de las guerras civiles. Siendo el único varón, las mujeres se ocuparon de costearle los estudios con sus oficios, usted sabe: tejer mantillas, bordar casullas o sobrepellices. Parece que las únicas que no nos abochornamos por dedicarnos a los trabajos manuales somos las mujeres.

Elizabeth pensó que aquello había sido cierto también en el sur de su país, donde las mujeres subsistían, en los tiempos duros, merced a las manualidades que les enseñaban desde pequeñas. La mentalidad de los del norte, en cambio, los odiados yankees, solía ser menos aristocrática. A través de las confidencias de Aurelia pudo vislumbrar la razón del aire de dominio que mostraba el doctor Vélez Sarsfield. No era la primera vez que ella descubría la pobreza y el sacrificio detrás de un carácter firme.

Aurelia ordenó que preparasen el carruaje familiar para llevar a Elizabeth hasta la casa de los Dickson, en el barrio de La Merced, donde se alzaban las mansiones refinadas, “a la europea”. Al despedirse de su nueva amiga en el umbral de la casa paterna, se preguntó con tristeza si, después de que los Dickson y otras familias que alternaban con ellos hicieran circular rumores sobre ella y su vida ilícita, la joven señorita O’Connor volvería a tomar una taza de té en su saloncito.

Más tarde, mientras servía el puchero de gallina en la mesa familiar, se preguntó también si Elizabeth se habría dado cuenta de qué tipo de hombre era en realidad Jim Morris.

Miss O’Connor fue recibida con bombos y platillos en la casa de La Merced. Sí, la tía Florence sabía que el Lincoln había arribado a puerto al amanecer, que Elizabeth había sido recibida por el señor Presidente y también que Aurelia Vélez la había invitado a desayunar “té a la inglesa” en su casa. Esto último provocó un leve frunce en su nariz y un carraspeo intencionado en la garganta del primo Roland.

La tía se había convertido en una matrona opulenta que lucía todos sus abalorios aun de entrecasa porque, a su juicio, una visita imprevista o un percance podían caer en cualquier momento. Llevaba el cabello rubio armado sobre la cabeza de tal modo que se apreciaba la piel rosada del cráneo a través de los bucles estirados. Las mejillas apergaminadas se veían enrojecidas por los polvos de carmín, pese a que no era de buen tono usar maquillaje entre las señoras. Ella decía que su palidez enfermiza la obligaba. “Es nuestra sangre inglesa, querida”, aclaró. Elizabeth habría querido recordarle que su sangre era irlandesa, aunque no estaba segura de la prosapia de la tía Florence, de parentesco lejano con su madre.

Roland era, sin ninguna duda, un hijo de Albión, con el cabello rubio y los bigotes rojizos, ojos azules y los huesos de la cara puntiagudos, rasgos que se combinaban en un cuerpo desgarbado que sugería torpeza, algo que él parecía explotar en su beneficio, sobre todo con las damas.

La visión de la prima Elizabeth lo deslumbró, no la imaginaba tan seductora, menuda y redondeada en los lugares adecuados. Inclinó la frente al tomar su mano y enseguida barrió con la formalidad al besarla en ambas mejillas, aspirando con deleite el aroma de lilas de su piel.

—Querida Liz, es un honor recibirte. ¿Cómo te ha sentado el viaje? Tremendo, ¿verdad? No te preocupes, aquí descansarás como es debido. Y apenas te repongas, nos iremos de parranda para que conozcas a nuestros amigos.

—¡Roland! —se escandalizó la tía Florence.

—Es broma, mamá. Quiero decir que la presentaré a nuestras amistades. Tenemos que presumir de nuestra bella pariente. Seré la envidia de todos —agregó, satisfecho.

Una vez cruzadas las cortesías de costumbre, Elizabeth fue conducida a su habitación, donde se hospedaría “todo el tiempo que quieras, querida mía”, según el comentario de la tía Florence. Allí se relajó por primera vez, después de las emociones de su arribo a la ciudad del Plata. Una muchacha como ella, acostumbrada al refinado Boston, podría haber desdeñado Buenos Aires, que vivía su primer empuje progresista, pero Elizabeth no era melindrosa y aquel sitio, tan distinto a todo lo conocido, la hacía vibrar con la expectativa del descubrimiento. Al desembarcar había aspirado la brisa mezclada con los aromas propios del puerto y, al caminar junto a Aurelia por las calles, el perfume húmedo de la tierra y el pasto que asaltó sus sentidos, embriagándola. Una promesa de aventuras se agazapaba tras las tuneras y madreselvas que vio a lo lejos, donde la vida urbana parecía disolverse en una extensión infinita.

La mansión Dickson no guardaba el recato de la casa Vélez Sarsfield. La tía Florence había copiado cuanto capricho europeo aparecía en los catálogos: muebles dorados, espejos venecianos sobre consolas de pie de cabra, tapizados de damasco y alfombras en todas las habitaciones. La de Elizabeth poseía una cómoda de brocato blanco y cortinas con flecos de seda. Una de las criadas había dispuesto, sobre la repisa de la chimenea, un copón de bronce donde se quemaban “pastillas de Lima” en carbón de leña. El ambiente resultaba recargado y agobiante, al mezclarse el perfume del sahumador con el de las flores repartidas en diversos jarrones. Elizabeth sospechó que aquella habitación sería poco utilizada y que estarían tratando de conjurar el olor a humedad con tanto perfume. Ella era más discreta en sus gustos. Sacó de su baúl de viaje un frasquito con su fragancia favorita: lilas. Lo pasó a un centímetro de su nariz y se sintió mejor al embeberse de aquel aroma dulce y silvestre.

Reparó en que sus bultos de viaje habían sido colocados a los pies de la cama. Los contó, temerosa de que en el trasbordo se hubiese perdido algo, y recién entonces descubrió, en el costado de uno de los bártulos, un trozo de papel adherido.

“Bienvenida —decía—. Estoy a su disposición.”

No le hizo falta mirar el nombre más abajo para adivinar que se trataba del inefable señor Morris. Un cosquilleo de excitación recorrió su espina al pensar que, tal vez, había cautivado un corazón en las pocas horas que duró el desembarco. De inmediato se reprochó la frivolidad de aquel pensamiento. Ella se encontraba allí para conocer otro mundo y, si se daba el caso, hacer aquello que mejor le iba: enseñar. No había querido comprometerse ante el Presidente al principio, por temor a no dar la talla para semejante empresa. Sin embargo, a medida que Sarmiento le exponía sus razones, se dejó invadir por el entusiasmo. El hombre resultó ser de lo más persuasivo. Ahora no podía defraudar a un espíritu apasionado por tan noble misión. Suspiró. ¿En qué se estaba metiendo? Nada conocía de las gentes de aquel país y el panorama pintado por Sarmiento no era muy alentador: chismes, embrutecimiento, pobreza… De nuevo saltaba dentro de ella la cabra loca que mentaba su tío a cada momento. Miró el pequeño reloj de broche que su madre le había dado. Calculó que la familia Dickson en pleno estaría aguardándola para darle la bienvenida con un almuerzo en el que la comprometerían a conocer a la flor y nata de la sociedad local. Si por ella fuese, se acostaría vestida y dormiría hasta el día siguiente.

El salón comedor estaba engalanado con sus mejores prendas cuando bajó, dos horas más tarde. Los Dickson adoptaban las costumbres decadentes de última moda: almuerzo tardío con sólo dos o tres platos, contrariando la costumbre colonial de los siete platos. Sobre la mantelería blanca, la mesa resplandecía con una vajilla de finas líneas doradas, copas de cristal veneciano y jarras de plata. En el centro, una fuente oval desbordaba de apetitosos pasteles que despedían un aroma delicioso. Elizabeth no había comido casi nada y su estómago empezaba a rebelarse, así que agradeció la reunión familiar, pese al cansancio y a la apatía que le producía el parloteo incesante de la tía Florence.

—Querida mía, te ves agotada. Bueno, después puedes dormir una larga siesta, ya que nuestros amigos vendrán a conocerte recién al atardecer. En su mayoría, están ligados al comercio y casi ni se detienen a almorzar. Son gente de apellido, ya verás. Quién sabe si no te vas de aquí con un costoso anillo en el dedo, ¿eh? —y sonrió a la muchacha, antes de que terminase de bajar el último peldaño de la escalera del vestíbulo.

Roland creyó oportuno intervenir:

—Nada de eso. Primero tiene que conocer a mis amigos y divertirse. Los colegas de padre son la mar de aburridos.

El joven tomó de la mano a su prima y la condujo a su sitio, a la izquierda de la cabecera, junto a él y frente a la tía Florence. Habían obviado la distribución solemne porque serían sólo los más íntimos.

El tío Dickson hizo su aparición en ese instante. A Elizabeth le causó la misma impresión que su tío Andrew. Eran hombres distantes, con sus propias preocupaciones, que concedían a la familia apenas la atención indispensable. Sintió de inmediato simpatía por su primo Roland. Él también, de seguro, añoraría la camaradería de un padre. En cuanto a la tía, llenaría sus horas con reuniones y conversaciones frívolas, algo de lo que ni siquiera gozaba su madre pues, desde que ella recordaba, no conocía otra gente que la que su tío permitía. Una punzada de dolor le atravesó el pecho al pensarla sola, a merced de aquel hombre amargo. ¡Cuánto la extrañaría a ella, que era su única animación y compañía! Elizabeth sintió afluir las lágrimas y utilizó la llegada de su tío como pretexto.

—Tío Dickson, qué alegría conocerlo, por fin.

Extendió ambas manos hacia el hombre sorprendido por el recibimiento. Elizabeth no sabía que acababa de ganarse un importante aliado, ya que Fred Dickson, de naturaleza reservada, no era sin embargo indiferente al afecto sincero, algo de lo que carecía en su propia casa, con un hijo diletante y una esposa que rehuía la intimidad conyugal.

—Pequeña Elizabeth, no imaginé que fueses una muchacha tan bonita. Bienvenida a esta casa. ¿Cómo está tu madre?

—Espero que bien, aunque triste por mi partida. No quisiera ser molestia para nadie aquí. No sé todavía cuánto tiempo permaneceré, ni si aceptaré el trabajo de maestra.

—De eso tenemos que hablar, sobrina —intervino la tía Florence—. No me gusta nada que andes trabajando por ahí, como si fueses una necesitada. Viniste a Buenos Aires a estar en familia y a conocer gente y nuevos lugares. Puedes quedarte todo lo que desees. Diciembre es muy bonito en la víspera de las Navidades y puede que, para entonces, ya ni siquiera pienses en irte.

La tía volvía a sacar el tema del posible matrimonio de manera velada, aunque a Elizabeth le molestó más la forma despreciativa con que consideraba su trabajo. Se armó de paciencia, pues no quería confrontarse con la familia, menos aún el primer día de su visita.

—Soy maestra, tía. Allá en Boston trabajo a diario y a todo el mundo le parece normal. No están mal vistas las profesiones en las mujeres.

—¿Aun en las de alcurnia? —se asombró la tía.

Sus ojos se veían como de lechuza, agrandados por la sorpresa y también por el maquillaje, más acentuado que antes.

—Sobre todo en ellas —sonrió Elizabeth—. La señora Mann dice que las mujeres somos las más adecuadas para enseñar a los niños. Al parecer, tenemos virtudes de las que carecen los hombres.

—La paciencia para soportarlos debe ser una de ellas —bufó la tía—. Ahora sentémonos, las empanadas aguardan.

Mientras ocupaban su lugar, en medio del rumor apagado de las sillas, Elizabeth observó que la tía lanzaba miradas furibundas a los dos hombres.

“Metí la pata con mi comentario”, pensó, y decidió ser más prudente en sus aseveraciones. Ella pasaría allí una temporada y cuanto más agradable fuese la estadía, mejor para todos.

Una criada joven acudió presurosa a servir el vino, que no era el carlón habitual sino de cosecha italiana. Sin duda, los negocios de su tío permitían lujos que otros no gozaban. Una imagen fugaz de las costumbres más sencillas de Aurelia y del propio Presidente le vino a la mente, mientras escanciaban el brebaje en su copa tallada. Se desilusionó un poco al ver que no conocería manjares exóticos en esa oportunidad, ya que sus tíos hacían honor a la comida extranjera: guiso de cordero con papas, sopa de cebolla y hojuelas con salsa de jengibre. La única concesión a los sabores criollos fue la fuente de empanadas del primer plato, que a Elizabeth le supieron exquisitas.

—Son de carne fresca, querida, no salada —aclaró la tía, vanagloriándose de cambiar las costumbres locales con mayor refinamiento culinario.

En la sobremesa, el tío Dickson se levantó para fumar en el despacho, dejándolos con la tía Florence, que jugueteaba con su copa y parloteaba:

—De modo que allá en el norte las muchachas salen a trabajar. En fin, los tiempos modernos… No puedo hacer más que darte buenos consejos, hija mía. En mi opinión, éste es el sitio más inadecuado para que una jovencita salga a las calles a ganar dinero, aunque sea de manera honesta. Los hombres no ven con buenos ojos esa conducta y, además, está el tema del peligro. Quién sabe, allá tal vez las calles estén más custodiadas o la gente sea más civilizada, pero aquí…

—En eso debo dar la razón a mi madre —apostilló Roland—. La calle no es lugar para una mujer de buena familia. Sólo las criadas salen a diario, las lavanderas, o…

—Pero primo, yo no trabajaría “en las calles” propiamente, sino en una escuela. ¿Es que no las hay?

Roland levantó los ojos al techo.

—Las hay y, gracias a Sarmiento, en ellas se codea todo tipo de gente, desde la más encumbrada hasta la más pelada, porque él quiere que la educación sea igual para todos. ¡Como si el hijo de un matarife fuese comparable al de un doctor en leyes o un ministro!

Elizabeth pensó en el entusiasmo de Aurelia y en el del propio Sarmiento. Sabía que los cambios eran siempre resistidos, por eso no le hizo mella el rechazo de su primo a la educación igualadora. Ella la compartía, lo mismo que los educadores del este de los Estados Unidos, que habían acudido a enseñar a los más pobres del sur. La única garantía de igualdad era educar a todos los niños del mismo modo, fuera cual fuese su origen social o condición.

—No serán iguales, Roland, pero pueden tener las mismas oportunidades. Creo que ésa es la idea del Presidente.

Roland abrió mucho los ojos y se inclinó sobre la mesa, exclamando con vehemencia:

—¡Te ha convencido! Ese loco te inculcó sus ideas reformistas en apenas un rato de conversación. Sí, es un loco arbitrario que arrasa con todo. Dicen —y aquí el primo bajó la voz, como si alguien en la casa ignorase el secreto— que ha dejado a su mujer para engancharse con la hija del “viejo” Vélez Sarsfield, esa que te recibió en el puerto.

—No conozco detalles de la vida privada de las personas, Roland —interrumpió con suavidad Elizabeth—. Y la señorita Aurelia me ha parecido una mujer de principios y de ideas. Me atrevo a decir que es una persona leal, pese a que la he tratado poco.

—Bueno, sí, a su modo lo es, aunque se corren rumores de que su esposo ha matado por ella.

El tono de voz de Roland no era tan bajo como para que la tía Florence, absorta de modo extraño en el fondo de su copa, no escuchase.

—Querido, no difames. No sabemos bien qué ocurrió, nadie lo sabe.

—Nadie lo comenta en voz alta, querrá decir. Todo el mundo rumorea que era un hombre prestigioso en su profesión y muy admirado, incluso por el mismo Sarmiento, y que se desgració al matar por celos a un cortejante de su esposa, recién casada, además. Es de esas mujeres que compiten con los hombres, Lizzie, no te conviene frecuentarla. Va sola a todos lados y se mete en cuestiones de política. Verás cuánto más divertidas son mis amigas. Y van a quedarse encandiladas contigo.

—Es curioso cómo las ideas son tan diferentes según los países. De donde vengo, hay muchas mujeres que se meten en cuestiones públicas. Si no es por ellas mismas, lo hacen a través de sus esposos. Y también van solas por la calle, primo, a nadie le parece impropio.

—¿Por eso viajaste sola? —se sorprendió Roland—. Ya me parecía raro.

—No tan sola, ¿no es así, querida? Un apuesto señor vino a traer tus baúles esta mañana. No puedo decir que me haya sorprendido. Una joven como tú debe haber atraído la atención de todo el barco.

Elizabeth sintió que el rubor le calentaba las mejillas. Su primo salió al cruce oportunamente:

—Un caballero, sin duda, que vio la necesidad de ayudar a una dama desvalida.

—Que no habría tenido esa necesidad si hubieses acudido al muelle cuando te dije —intervino de mal modo la tía Florence.

A Roland le tocó el turno de ruborizarse y a Elizabeth de salvar la situación:

—Es mi culpa, tía Florence. Como no conocía las caras de ninguno de ustedes, me apresuré a declararme desolada y el señor Morris se dio cuenta y se ofreció a ayudar. Es un verdadero caballero.

—¿Morris? —murmuró la tía, atraída por ese nombre—. No me suena para nada. No es de las familias inglesas de por aquí.

—Viene por negocios, a lo mejor se queda poco tiempo —aventuró Elizabeth, cada vez más molesta por la conversación.

—Por negocios vienen todos, querida. Después terminan quedándose porque, a decir verdad, la ciudad es muy hospitalaria. Pero volviendo al tema de por qué no fuiste, Roland…

—¡Sí que fui, madre! ¿No escuchó a la prima Liz? Es que ella no me reconoció y desapareció rápido entre la gente. Además, si la “petisa” se la llevó de allí…

—¿La petisa?

—Aurelia Vélez. Le dicen así los íntimos. ¿No viste lo bajita que es?

...