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LA MAESTRA RURAL

Luciano Lamberti  

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Fragmento

Santiago

Estoy aterrado, nervioso, a punto de enloquecer, enfermo. A veces, incluso, me pongo a temblar, como en una novela del siglo XIX. “Era una oscura noche de invierno y habíamos subido la escarpada pendiente hasta llegar a la cima, donde en medio de las lóbregas tinieblas se levantaba, imperturbable y gigantesca…”, etcétera. Estoy en cuclillas, en un rincón de mi departamento. Tengo un olor corporal espantoso. La barba crecida, el pelo largo y lleno de bichos. Anélidos segmentados que me saco de la cabeza y deposito en los mosaicos. Los veo retorcerse un rato y después los aplasto con un dedo.

Dejo de escribir y me miro las manos con la impresión de que están cambiando. ¿Son manos? ¿Cómo puedo estar seguro? ¿Por qué son manos y no otra cosa?

Me levanto cada quince minutos y espío, por las rendijas de la persiana, la calle, dos pisos más abajo. Un día común y corriente en la ciudad de Córdoba, en el centro de la ciudad de Córdoba, en Alvear pasando Colón. Gente lo que se dice común y corriente, yendo y viniendo. La mole roja del 38 que va hacia Ituzaingó, la mole gris del trole C dirigiéndose a General Paz, autos que suben hacia el puente en ordenadas filas, con un estrépito sostenido. Un viejo canoso con camisa de mangas cortas hablando por celular. Una pareja paseando a un perro. Una gorda vestida de calzas con una troupe de chicos que le piden juguetes a los gritos. Un hombre con las piernas amputadas, las perneras enrolladas hasta los muslos, vendiendo películas truchas en DVD.

Todo normal. Muy normal. Casi obscenamente normal. Ahí está el punto. Es una falsa normalidad. Una normalidad aparente. Lo sé porque tuve acceso a ciertas informaciones. Ciertos datos, muy valiosos. Ciertas experiencias de las que tengo que dejar un testimonio antes de que sea tarde.

Un ejemplo. El chico que atiende el kiosco en la esquina. El típico flaco de ojos saltones, que veo todos los días y con el que a veces entablo una conversación ligera, abonada por referencias al fútbol local y europeo, chisme del barrio, chistes con doble sentido. Una de esas personas que dan la impresión de no contar con una vida más que la que lleva en ese kiosco, día y noche, vendiendo cigarrillos, gaseosas y pebetes de jamón y queso a los taxistas y estudiantes universitarios. Pero ese chico no es quien dice ser. Me di cuenta el otro día. Él acomodaba unos nugatones y unos cadburys en el exhibidor que da a la calle, y cuando se agachó para alcanzar las cajas de las estanterías inferiores le vi, en el nacimiento del pelo, el tajo en la piel. Bien clarito. No era una lastimadura, que sé distinguir muy bien; era una piel falsa mal puesta, que dejaba ver una porción de lo que había debajo, su verdadera piel, una cosa negra y resbalosa que me dio arcadas.

Hace una semana salí por última vez. Usé un saco gris con las solapas levantadas, gorra y lentes negros. Caminé por las calles soleadas, dándome vuelta de golpe cada tanto para sorprender a quien pudiera estar siguiéndome. En un momento, a la altura de Rivera Indarte, hice una cuadra corriendo, esquivando a la gente, que se movía para dejarme pasar, y después me metí en la galería del Cinerama y prendí un cigarrillo. Un guardia vino a decirme que ahí no se podía fumar. El guardia era una persona, me di cuenta enseguida. Apagué el cigarrillo pisándolo y le pregunté si estaba bien así, su excelencia. No me respondió. Me puse a mirar vidrieras durante un largo rato, hasta que de uno de los negocios, una tienda de trajes de novia, salió una chica muy alta y flaca, de ojos extremadamente grandes, que no era una persona. Cuando nos cruzamos se me puso la piel de gallina. Salí corriendo.

Tomé la 9 de Julio, fui hasta la Cañada y caminé hasta la plaza que está en la esquina con 27 de Abril. Apagaba un cigarrillo y prendía otro.

Santiago, Santiago, me decía. Tenés que fijar los pies sobre la tierra. Pisar fuerte. Aferrarte al mundo. Si seguís así vas a terminar ido. Enfermo. Loco. Sentado en una playa de Goliklandia. Tenés que focalizar. Focalizar, focalizar. ¿Podés focalizar?

Puedo, me dije. Claro que puedo.

Frente a mí estaba el monumento a los caídos en Malvinas. Una escultura de hierro oscuro, fundido, que representa a un grupo de soldados subidos a un promontorio, en actitudes claramente heroicas. Soldados musculosos, de torso ancho, bien entrenados, con rostros duros, que poco tienen que ver con los adolescentes correntinos o formos

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